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Mensaje por Silvia el Miér Oct 23 2019, 21:06

-Deberías cortarle la mano, es lo más sencillo. - respondió su hermano meciendo la copa de vino que sostenían sus alargados y finos dedos de pianista consagrado. ¿Qué si sabía tocar el piano? Sí, su gusto especial era la música, también era un leñador como casi todos sus hermanos y un buen catador de vinos, a veces Silvia se asombraba de lo mucho que su cerebro y papilas podían decir de un aquel licor con sólo un trago. Él le llamaba leer al vino.

Silvia dejó de mirar al esclavo y dedicó sus ojos azules a su hermano mayor. También se asombraba de la frialdad con la que decidía y resolvía ciertos asuntos, hoy le molestó más que nunca pero se lo reservó, hace días que estaba cambiada y sus hermanos comenzaban a notarlo, lo malo pasaría si llegaban a su padre tales rumores. - ¿Y quién lo haría? ¿Tú? - preguntó con su célebre tenue sonrisa que mostraba su incomodidad con aquella idea, dispuesta a escuchar la respuesta como viniera. También había ternura en su ojos, amaba a sus hermanos.

Cedric se levantó del diván y se acercó, cuando llegó acarició su mejilla, ella pudo sentir la frialdad de la copa en su piel mientras lo hacía. - Sabes que por ti haría lo que fuera. - sonrió, ella no lo hizo, solo miraba el apuesto rostro de su hermano. Antes le hubiese creído ciegamente aquella premisa. Hoy... hoy era todo diferente, temía que su fidelidad estuviera del lado de su padre y no lo culparia, él había sido quien les había dado la vida y aunque los había usado para cumplir sus propios sueños había cuidado de ellos en el proceso, aún deseaba creer que la razón de aquellos anhelo era el bien de sus hijos.

-Además, prometo que lo haré rápido y seré certero, como el mejor galeno. Tengo los brazos más fuertes y la mejor puntería. Lo sabes, Silvia.- esta vez si le robó una sonrisa. Ël solía ser muy vanidoso con sus habilidades.- Estoy segura de eso. Solo déjame intentar algo más antes de mutilarlo de esa manera. - estaba sonando demasiado suave. Mientras buscaba sospechas en los ojos de su hermano, agregó. - Sé convertiría en un bien poco productivo. No podemos perder así nuestro dinero. - Sí, esa era la Silvia de siempre, la negociante práctica.

-Como quieras. - el dragón encogió los hombros. - Pero si al final resulto teniendo yo la razón y te cansas de gastar dinero y fuerzas en algo reemplazable, lo haré encantado. No lo dudes. Incluso iré al mercado y te compraré otro, más fuerte, más joven. Quizás haya alguno con tres manos. - con un beso en la frente de su hermana terminó el vino de un trago dejando la copa en manos del esclavo que aún aguardaba junto a ellos. - Sabes dónde estaré, hermanita. Mucha suerte con el juguete roto.- se alejó antes de permitirle una respuesta.

Silvia no deseaba dar alguna, solo calló y miró al esclavo. Pensó en lo que sentía, aún con la cabeza baja sin atreverse a mirar a su ama. Imaginó la rabia, el miedo y la desesperación, el dolor. - Thomas. Entiendo que es tu primo y que su mano se encuentra muy mal, ¿verdad? - recordaba haberlos comprado juntos cuando eran niños, tenían manos fuertes y eran ágiles, sus rostros mostraban una evidente inteligencia. -Lo es, mi Señora. Y lo está. - Silvia guardó una pausa. - Mírame. - ordenó y él dudó hacerlo, pero una orden era una orden por más estúpida que fuera y lo hizo.

La dragona constató lo pensado. Estaba afectado, pero era lo bastante inteligente para esconderlo. - ¿Estás de acuerdo con mi hermano? - no estaba bien darle tanto poder a un humano, pero le pareció justo. El esclavo bajó la mirada, apretó los puños y dientes como antes lo había escuchado al hablar su hermano, ella entendía porqué. Cedric tenía el pecado de la mayoría de dragones, el poco interés en el bienestar de sus esclavos. Nunca había existido problema Silvia suplía aquello.

- Responde. Esto no es una conversación, sigue siendo una orden y sabemos que me daré cuenta si me mientes. - sentenció escuchando con más atención los latidos del corazón del humano. Fue sólo aguardar unos segundos. - No. - salió rápido de los labios de su esclavo.
-Entiendo. ¿Y qué crees que deberíamos hacer? - lento su palabras se escucharon, quería darle tiempo a pensar y a encontrar un poco más de coraje. A veces pensaba que si en en verdad los humanos quisieran ser libres no se conformarían tan fácil, cuando pensaba eso sentía enojo.

-Entre los esclavos corre la voz de una sanadora que atiende seres humanos, Señora. Dicen que le ha arrebatado a la muerte muchos de nosotros. Puede que el pueda salvar la mano y la vida de mi primo.- sí, ella también había escuchado algo así sobre aquella mujer. Interesante. Esperanzador.Silvia dio la vuelta caminando hasta el diván donde su hermano había estado sentado hace algunos minutos. Se sentó erguida y lo observó colocando ambas manos sobre su regazo.

- Ve por ella y pon todo lo que necesite a su disposición. - su mirada se deslizó a la izquierda al ventanal bizantino para escapar de la reacción del esclavo. Los humanos tenían el don de hacerte sentir compasión de más. - Vete ya, la traerás ante mi en cuanto ya sepa qué es lo que hará con tu primo.- y guardó silencio aún después de que el humano había salido del amplio salón.

Tener esclavos humanos era interesante, eran baratos en comparación a los dragones e híbridos y podías entretenerte imaginando lo que pensarían en su cautiverio. El problema venía cuando alguno de ellos se enfermaba o tenía un accidente. Todos los amos sabían que las enfermedades y los infortunios amaban a los humanos y a sus debilidades.  
Quizás los infortunios también se enamoraban de los dragones, las cosas estaban cambiando desde lo de su hermana, muy dentro de ella sentía que había un cielo arrebolado como el que veía a través del ventanal. Pero en su interior había también una tormenta.

Quizás los infortunios se enamoraban del mundo. Aún más del nuevo.
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Mensaje por Kya el Vie Oct 25 2019, 18:17

Por alguna razón, los últimos días su madre había realmente deseado que ellos pasaran más tiempo por los alrededores, quizá era melancolía, quizá era solo su síndrome de abuela orgullosa. Aunque Annie no fuese hija biológica de la sanadora, su madre parecía haberlo ignorado por completo y parecía asumir ya, su papel de abuela amorosa y consentidora que ya se ganaba las risas eternas y un apodo tierno de parte de su pequeña nieta.

Conforme la revolución se acercaba, el pelirrojo pasaba más tiempo en las cuevas, algunas veces ayudando con los entrenamientos de los que combatirían y otras ensayando y repasando el plan de la incursión al castillo de la reina. Ella la mayoría de las veces lo acompañaba, pero en contadas ocasiones, se quedaba en las granjas para tratar pacientes y ganar algunos oros para comprar cosas necesarias y uno que otro capricho que solía tener para con ella, la pequeña o él. Era poco decir que su vida había encontrado un balance perfecto que ella no deseaba romper en lo más mínimo.

Amaba la sanación, era una de sus artes más preciadas, aparte de las variadas habilidades que ya de por si poseía, entre ellas el canto y el dibujo. Pero el recoger las hierbas, hacer ungüentos, pociones y fragancias, inventar y experimentar con la creación de nuevas medicinas que ayudasen a sanar a las personas, era sin duda su labor por excelencia, de allí a que le gustase trabajar con esmero por salvar vidas. Normalmente trabajaba en las granjas, atendía en su mayoría a gente del vulgo que trabajaba duramente en los campos y en efecto, había hecho su nombre atendiéndoles de la mejor manera y gracias a ese trabajo duro, su nombre había llegado hasta dragones que requirieran sus servicios para tratar a sus esclavos.

Ella tenía que admitir que odiaba la esclavitud y aunque, detestara a los amos con esclavos y el cómo trataban a estos, la única forma de ayudar a que sus vidas fuesen mejores, era sanándolos, aunque eso tomara el aventurarse a la presencia de variados dragones con sus respectivas personalidades que seguramente le habían puesto los nervios de punta. No por temerles, no. Al contrario, por cuidarse las espaldas de “desafiar” demasiado su “autoridad”, su padre no se había esforzado el doble para protegerla de caer en la esclavitud, para que ella y su boca, la hicieran terminar siendo esclava por provocar la ira de algún dragón. Eso no quitaba que quisiese explotarle en la cara a alguno que otro lagarto pedante que se creyera superior (todos) excepto ese dragón azul, líder de la revolución, que había cambiado su forma de pensar de algunos reptiles.

“¡KY!”

Gritó Dánae desde el porche de la casa familiar, la sanadora, echó agua en su rostro para refrescarse de lo que había estado haciendo, posó sus azules en la figura de su hermana que no tardó en hablar cuando había captado la atención de su hermana mayor.

“¡Tienes un cliente!”

Tomando un paño para secar su rostro, no dudó en caminar hasta la casa para hablar con aquel esclavo que había ido buscándola, no hace falta decir que le pidió un momento y luego de refrescarse, ponerse presentable y colocarse un conjunto de los que usaba para salir, buscó a su amado equino compañero Tormenta y partió con el esclavo al que le hizo varias preguntas. Este le contó sobre la herida, cuando fue y los síntomas que tenía el enfermo y ella se sintió aliviada que era algo fácil de tratar. Al menos para ella, con sus conocimientos complejos en anatomía y las hierbas y elementos minerales que usaba para sanar.

Fue un trayecto algo largo hacia los bosques, un área que estaba muy distante a donde ella habitaba con su pequeña familia, gracias a los dioses. Se internaron en los bosques y siguiendo un sendero, llegaron a un campo a un extenso campo de girasoles, divisando a la distancia el castillo que pertenecía al dragón o dragones que vivían allí. Pero ellos, se desviaron obviamente a donde estaba el enfermo y allí, ella ejerció sus conocimientos para revisar la herida infectada, hizo sus ungüentos allí mismo, creó una pasta especial que tendría que colocarse cada determinado tiempo, un agua medicada con hierbas para limpiar la herida y por supuesto creó un elixir que ayudaría a que las fiebres bajaran y la infección remitiera, con ayuda del esclavo, ella logró aliviar el dolor del pobre hombre, asegurándole que haciendo lo que le indicaba en el orden que le indicaba, sanaría pronto y su mano sanaría.

Dio sus recomendaciones en el proceso, pero el esclavo le avisó que tenía que decírselo a la ama y ante ese pensamiento la sanadora de ojos azules se tensó un poco. Era todo mejor mientras no tuviera que tratar con los amos, pero cuando era necesario, era necesario; recogió todo lo que había usado, limpio lo necesario y acomodando su chaqueta, se colgó su maleta de sanación, cruzada de hombro a cadera y siguió al esclavo hacia donde se reuniría con la ama de aquel pobre enfermo que finalmente había podido conciliar algo de sueño, en el castillo principal, entraron y caminaron por los pasillos amplios, sirvientes caminaban de aquí a allá, hasta que el esclavo la anunciaba a la dragona y luego la dejaba pasar a la presencia de la dragona- Buen día–saludó entonces, la sanadora de ojos azules y cabello oscuro.




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Mensaje por Silvia el Miér Oct 30 2019, 21:09

El día se le había dividido en dos. Luego de ver a su esclavo salir en busca de la sanadora pensó qué haría...En qué mataría su tiempo. Matar el tiempo, sonaba gracioso. Era algo con que los dragones aprendían a vivir, un arte que con el paso de las horas se volvía una habilidad que solo se podía mantener con rutinas y apegándose con garras y dientes a momentos nuevos, circunstancias que daban la oportunidad de improvisar. Pensó que si decidía salir a los campos a trabajar le molestaría si le anunciaban que debía dejar aquella labor para su encuentro con la mujer. Además de que teniendo la oportunidad de ver a tal celebridad entre los esclavos le parecía imposible, una estupidez dejarlo pasar por alto.

Entonces se decidió por lo imprevisto y recordó sus días en Gales, cuando se escondía entre los arbustos y árboles, entre el mar y las nubes para observar a los humanos.
Pero antes de eso aguardó con inmensa paciencia y el tiempo fue largo sentada en el diván con los ojos cerrados, escuchando la red y sintiendo el inmenso bienestar que le daba estar allí, ser una parte de ellos.
No podía negar lo que era, un dragón.

A veces deseaba poder conocer el abrazo de la Reina Madre, otras pensaba que quizás estaba siendo demasiado exigente y desagradecida con ella, en esas ocasiones creía que su hermana había tenido la culpa por no recordar su lugar en el mundo y que todo lo que tenían era gracias a la madre de todos, eso le dolía. Le hacía sentirse una traidora. Y la traición tenía dos caras cuando pensaba así, cuando miraba desde cualquier punto de vista. Porque de un lado o del otro, daría la espalda a su hermana o a la reina.

¿Qué era peor, dar la espalda a su familia o a su naturaleza creadora?

Abrió muy lento los ojos y observó un punto fijo de la habitación al escuchar los goznes de la puerta del salón y la noticia de que ella ya estaba en sus tierras.  Silvia se levantó y caminó rumbo a la salida del castillo.  La guiaron sin necesitarlo así los pasos acompasados, ligeros y ya conocidos de Thomas junto a otros que se acompañaban del tintineo que dio forma de pequeños recipientes de vidrio, junto a un olor a hierbas que reconoció. Aún si no supiera a donde ir era solo cerrar los ojos y dejarse guiar por ese aroma y el tin tin jocoso del cristal.

La observó de lejos cuando entró en el pabellón de los esclavos. En los campos todos los esclavos deseaban saber el destino del enfermo. Algunos, los más rebeldes, susurraban que lo habían  vendido, lo fieles estaban seguros que su ama jamás haría algo así, los más fanaticos decían que se había apiadado de él al cortarle aquella mano antes de que la fiebre se lo llevara.
¿Pensó aquella ama en la venta, muerte o mutilación de su esclavo? En la muerte nunca. En lo demás sí. Igual podría haberlo hecho sin preguntar a nadie, eran suyos, ¿verdad?Pero lo que vale es la decisión que se toma, ¿no?

Al ver a la humana en aquellas tierras se habían aumentado las esperanzas. Las de Silvia también.

Entre las sombras de los pasadizos secretos que no solo había en su castillo sino también en aquella construcción, observó la labor de la humana. Sus manos, sus cabellos negros y ojos azules, la firmeza de su voz y decisiones, le gustó que se tomara tiempo para inspeccionar a su esclavo, notó la esperanza en Thomas, notó el alivió en el corazón, la temperatura que mermaba poco a poco, la placidez en el sueño del enfermo y fue muy grato sentirlos así. Se complació en pensar en cómo se sentirían todos sus esclavos al saber que no perderían a uno de ellos. Era compasión y le daba algo de miedo.

Dio la vuelta y volvió por el mismo camino anónimo al castillo, volvió a tomar asiento sobre el diván negro y posó las manos sobre su regazo, cerró los ojos y a esperar se dispuso. Desde la distancia se dejó envolver por los cristales, dio nombre a las hierbas en su interior y sintió los latidos de su corazón. Algo intranquilos, pero controlados, sospechosamente controlados. Ya se estaba volviendo una paranoica.  - Mi señora, ya está aquí la sanadora.- habló Thomas. - Que pase y ve con tu primo.- él también estaba ansioso, era lógico porque. Su corazón iba muy rápido, Silvia le dio un nombre, una emoción a tal hecho...su corazón latía con alegría.

Los pasos femeninos cerca, los del hombre alejándose. Escuchó la voz de la humana y abrió los ojos. Pudo verla mucho mejor que antes en los pabellones de esclavos. Ojos azules, labios rojos y piel blanca, enmarcados por cabellos negros junto a una figura armoniosa, lo mejor estaba en lo visto antes, su talento y habilidades. Era muy bella y Silvia se sintió complacida con su presencia. Asintió como saludo mirándola fijo. - Cuéntame. ¿Cómo está mi esclavo y cuánto se te debe por tus servicios?- creyó era una buena forma de iniciar un conversación. Además sentía la necesidad de saber cómo estaba él y si el futuro era un existe esperanza. Lo único era que tal preocupación no fuera notoria, lo mejor para tales casos era esconder cualquier intención detrás del frívolo dinero.
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Mensaje por Kya el Vie Nov 01 2019, 02:07

Los pasos de la sanadora se detuvieron a cierto punto, vestía con pantalones y una chaqueta que remarcaba su silueta, por naturaleza era una mujer menuda y su cabello en apariencia oscuro, a medida que la luz solar daba sobre algunos mechones, tonalidades rojizas hacían su aparición. Sus manos sostenían la correa de la maleta de sanación y no fue hasta que sus ojos azules pudieron ver a su anfitriona que relajó un poco sus hombros- Su esclavo está bien, estará bien… la herida fue profunda pero he cosido esta y la he cerrado, realicé la medicación adecuada para que subsane y le he explicado a uno de sus esclavos como realizar los cambios de vendas y la limpieza -murmuró con su voz suave- por suerte la infección no llegó a su sangre, así que con los cuidados pertinentes sanará.

Dicho eso la muchacha esperó un poco y murmurando un muy suave “permiso” colocó la maleta de sanación en una mesa y rebuscó entre los bolsillos un trozo de papel donde ella había escrito y desglosado lo utilizado y el costo de sus atenciones. Era un precio moderado, se notaba que ella no era del tipo de humanos que se aprovechaba de la riqueza de otros, era un precio que sería alto para cualquiera por debajo de la burguesía, pero para un dragón era adecuado. Ella no solía cobrarle a las clases bajas y aunque le dieran algunos cobres, ella buscaba siempre ayudar, pero un dragón podía pagar por los servicios como propiamente debía ser, extendió el trozo de papel a la dragona- Allí está todo lo que he usado para hacer los remedios, más el costo del tiempo y el tratamiento… desglosado y contado, para que pueda ver el total de mejor perspectiva -explicó, esperando a que la dragona analizara su “factura”.

Y fue cuando Kya, vio la oportunidad de decir lo que solía decir cuando trataba de ayudar a un esclavo- Si me permite, quisiera hacer una sugerencia -dijo con suavidad, esperando que la dragona no se ofendiera- su esclavo necesitará descansar la mano por unas 3 semanas al menos, al ver la herida y la aspereza de sus manos, entiendo que es jornalero ¿verdad? -dedujo con inteligencia y observación- Quizá cambiar sus funciones por estas tres semanas... a una que no requiera utilizar forzosamente la mano, como ser mensajero o recadero, hasta que estas primeras tres semanas de tratamiento ayuden a la cicatrización de la herida, ya luego quizá tenga algo de dolor y una cicatriz activa, pero podrá volver al campo saludable.

También estaba preocupada por el hombre ya que sabía que si la herida no sanaba bien, si tierra, suciedad o polvo entraban en contacto, podría causar una nueva infección mucho más agresiva y esta si podría costarle la mano y esa no era la idea.

La muchacha mantuvo sus ojos azules en la dragona, era una mujer estéticamente hermosa, parecía como un hada de un bosque encantado, ver el ligero brillo de que adornaba su rostro, la forma tan delicada en la que se sentaba y hablaba. Se sentía así misma, brusca y vulgar junto a la delicadeza femenina de aquella hembra dragónica. Ella nunca fue femenina, su madre deseaba que lo fuera, pero todos esos viajes con su padre, la habían llevado a que vistiera pantalones y no vestidos, al punto de que entre sus ropas, no poseía ni uno solo. Pero aún así, amaba las flores y solía siempre decorar su cabello con ellas o crear esencias de aceite de flores, como la que llevaba ella en ese momento, de lavanda.




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Mensaje por Silvia el Miér Nov 06 2019, 19:38

Sobre los cabellos de la humana pudo ver algunos cuantos visos rojizos, se había equivocado con la primera impresión, no eran negros del todo. La sobriedad de la mujer le sirvió como distracción y también como guía para conocerla más, de alguna manera eso le decía que era práctica y sencilla y la forma de mirarla y hablarle que no era una esclava. Silvia ladeó la cabeza, casi descansandola sobre su hombro derecho. Algunos mechones de su cabello blanco se deslizaron por la corona de oro y perlas que formaban detalles marinos hasta llegar a su rostro con una sedosa caricia y las puntas terminaron rozando el dorso de sus manos causándole cosquillas.  

Mientras la humana hablaba y leía sus labios y la escuchaba,  se preguntó muchas cosas. ¿Qué se sentía ser un humano libre? Se reirían de los dragones los que carecían de cadenas. De seguro sí, pero lo que sabía con certeza era que debían odiarlos por lo que les hacían a sus congéneres. ¿Y sus congéneres? ¿Pagarían la solidaridad que sentían para ellos los libres con odio por ser los niños consentidos de Talos? ¿Quién decidía este y aquel, dando títulos de esclavo y libre como se le antojaba? ¿O era simple azar?
¿Qué pensaría de ella? Y su pregunta no nacía de la preocupación o el miedo a saber que sería una mala opinión, era querer saber, escuchar algo.

Complacida por el pronóstico positivo de su esclavo y con el trabajo de la joven no dio ningún comentario, aguardó la siguiente respuesta. Asintió ante el susurro sin saber que deseaba hacer al pedir permiso, la siguió hasta el dejar de la maleta sobre la mesa e imaginó los cristales meciéndose en su interior por el sonido y el aroma de la fricción entre las hierbas mientras buscaba algo de lo cual no sabía ni su forma, importancia o sentido. Sintió también interés que aumentaba con cada bolsillo que dejaba atrás sin éxito en su búsqueda.

Por fin vieron ambas aparecer un trozo de papel que le fue extendido para que lo tomara. Silvia levantando uno de sus brazos no dejó de mirarla cuando hablaba y lo tomó, bajando la cabeza y los ojos, estudió con detenimiento la información, dejando por ahora de lado el valor de los servicios de la joven. Lo que fuera lo pagaría siempre que tuviera sentido para ella. Lo que le interesaba era cada uno de los remedios, porque al saber y querer todo sobre la tierra las artes que tuvieran que ver con ella eran dignas de su atención. Le pareció curioso también que supiera leer y escribir, más que supiera el uso de un vocabulario tan refinado que le daba la capacidad de usar la palabra perspectiva con tanta finura.

Al querer responder o preguntar la joven habló de nuevo. Cerró sus labios y agudizó su mirada que ya se hallaba de nuevo en los ojos azules de su contraria.  Una sugerencia… Los años le habían dado la inteligencia para saber que debía escuchar, mucho más cuando de sabios o estudiosos de algún arte se trataba y su ego sabía cuándo callar. Era observadora, inteligente y valiente. Silvia asintió con una suave sonrisa en los labios y le dio a la sanadora la seguridad con los ojos de que así sería, aún si aquella sugerencia no hubiera existido, era algo que ya había decidido. El primo de Thomas no haría nada hasta no estar por completo recuperado. Sería tratado como un príncipe, algo con lo que pocos podían soñar.

- Tienes mi palabra de que así será. - Miró el final de la página sin darle mucho interés al encontrar el precio que encontró conveniente - Por favor, escribe las instrucciones, no deseo que haya algún fallo en la recuperación o esclavos a los cuales reprender por errores  de comprensión.- miró a uno de sus esclavos para que colocara  pergamino y tinta en la mesa donde la mujer había dejado su maleta. - Desde mi perspectiva estoy de acuerdo con el precio.- sonrió mirando a la mujer, entregando el papel al mismo siervo.

- Dile a Cilest que me envíe tres veces esta cantidad. - el esclavo con un asentimiento de cabeza salió con el papel en sus manos y la razón en los labios. Silvia se dirigió a la mujer. - Quiero que vengas tres días durante cada una de las tres semanas. - decidió que así sería. -Deseo que mi esclavo esté bien y creo que lo más pertinente es que seas tú quien esté pendiente de él. Nosotros haremos lo que has pedido. Pero el éxito real de su recuperación depende en mayor parte de ti. ¿No lo crees?- preguntó con dulzura mientras se levantaba, para acercarse a la mesa y verla escribir las instrucciones.
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Mensaje por Kya el Vie Nov 22 2019, 06:00

Sonrió al sentir que aquella sugerencia, no iba a caer en saco roto, notando quizá ¿empatía? Y preocupación por aquel esclavo, que esperaba mejorase pronto para que pudiera continuar teniendo una vida buena bajo el cuidado de la ama buena que aparentaba ser aquella dragona.

Por lo que gustosa, caminó hacia una mesa y pidiendo permiso se sentó para escribir las instrucciones de los cuidados necesarios para que cuando ella no estuviese, los esclavos tuvieran un trabajo más fácil- dejaré todo bien detallado para que no haya problemas... – informó mojando la pluma en el tintero y con ligereza escribir en el papel, con una escritura legible y fluida. Notándose en su forma de moverse, que era una mujer instruida y muy controlada, cuya calma solo se vio interrumpida por aquella sorpresa que expresó al ver a la dragona, después de escuchar el pago triple que rompía con sus expectativas o lo que esperaba de una de ellos.

Comprendiendo de inmediato la razón de semejante pago tan exuberante. La muchacha, había dejado de escribir por unos segundos, atendiendo con todos sus sentidos las palabras de la dragona, mientras en su cabeza, comenzaba a organizarse para las tres semanas que debía atender al esclavo de la dragona, mientras se extrañaba de la dulzura de la voz femenina, viéndola moverse hacia donde se encontraba- Bueno, sin duda es algo que no esperaba... –murmuró con una honestidad, propia de su personalidad vibrante, pero era una afirmación que iba acompañada de una sonrisa que se dibujó en sus rosados labios- Pero muy acertada... –le dio la razón- muchos de sus congéneres no querrían a alguien como yo, demasiado tiempo en sus propiedades... –agregó con una normalidad plasmada en su voz, que delataba que a lo mejor, no todas las experiencias con dragones, habían sido buenas- Cuidaré muy bien de su esclavo, en ese caso... –inhaló pensando en los mejores días para realizar sus visitas- Podría venir el primer día de la semana, el tercero y el quinto.... –en otro tiempo, habrían sido conocidos como “lunes, miércoles y viernes”- de ese modo me quedan algunos días libres para mis otros pacientes... –y atender a su familia.

La sanadora, volvió sus ojos azules al papel, donde enumeró las instrucciones llenando casi todo el rectángulo- Aquí, les he detallado como lavar la herida, como secarla y aplicar las medicinas que he preparado para dejarles, también he escrito que hacer en caso que haya fiebre o inflamación... yo de todos modos estoy muy segura que nada de esto será necesario, si se sigue muy al pie de la letra, cada uno de los pasos que detallo aquí... –la sanadora, escribió algo más y puntualizando el final, dejó la pluma en el tintero- crecí en una granja, vi muchas heridas como esta, por lo que sé muy bien cómo tratarlas para que haya una sanación completa....- dijo con optimismo, esperando que la dragona también pudiera sentir ese mismo optimismo.

Ella, tomó la hoja con las instrucciones detalladas y las extendió a la ama del herido- Sin el cuidado y descanso detallado, si podría resultar en algo catastrófico...-informó con preocupación- también me ha tocado atender ese tipo de casos y son lamentables, por ello me preocupo tanto por los esclavos... –murmuró ya permitiéndose expresar sus preocupaciones personales, como aditivo al peso que llevaba su profesión.

Una sonrisa se dibujó de nuevo en sus labios, cuando posó sus ojos en el semblante agradable de la dragona, mientras esperaba por alguna pregunta que ella quisiese hacerle.





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Un día más entre la causa y el efecto {Kya}  Empty Re: Un día más entre la causa y el efecto {Kya}

Mensaje por Silvia el Mar Ene 14 2020, 00:29

Al parecer la humana se sentía aún cómoda. La dragona ya se había encontrado con humanos libres que odiaban a los dragones y bueno, no los juzgaba, era lo que se habían ganado a través de los siglos y estaba bien, podía vivir con ello. Aunque a menudo se preguntaba si era tan diferente de los demás como se creía y algunos decían, sus hermanos solían hacerle ver su exceso de pasividad con los esclavos. Era algo que ella no le llamaba pasividad, rápido y sin pensarlo demasiado podría decir que no le nacía, eso era, no le nacía en ningún sentido portarse cruel o despota con ellos, de hecho con nadie, sencillamente nunca había estado en su naturaleza y al final del día siempre llegaba a la conclusión de que no importaba lo que creyeran ella o  los demás de sí misma, solo importaba lo que hiciera y eso estaba bien.

Con los años se aprendía a dar valor a las acciones más que a las palabras o a lo que se viera en el espejo. Aunque le gustaba lo que veía de si en el espejo.

En sus oídos pudo escuchar la fluida y sensual fricción que le permitía la tinta al papel y la pluma, eran un trío perfecto para sus oídos y sus ojos hielo siguieron cada movimiento de la mano de la curandera y en como por aparente acto de magia aparecían las letras. Leía también el texto que tomaba sentido en su mente cuando su abstracción fascinada se detuvo junto a la mano que la causaba. Silvia levantó los ojos al rostro meditabundo de la humana, parecía que su petición aún debía de ser estudiada y le permitió hacerlo, disponer del tiempo de los demás era algo que quisiera tener el poder de hacer solo si no le molestara que hicieran lo mismo con el de ella y deseaba que la decisión de aceptar  cuidar  a su esclavo personalmente fuera tan agradable como para dar lo mejor de sí al hacerlo.

Y con su sonrisa supo la respuesta desde antes y con sus palabras constató el hecho de que si la comparaba con el resto de sus congéneres, también le hablaba de malas experiencias en el pasado con dragones. La mujer continuó hablando, al escucharla Silvia suponía que no habían sido tan malas para atreverse a pisar de nuevo los dominios de una dragón o la verdad es que podía ser que fuese tan valiente como para seguir decidida a ayudar y ejercer su vocación aún con memorias de los dracónicos que quisiera olvidar. ¿Cómo saberlo? ¿Se ofendería si intentaba ahondar en su vida un poco más? Quizás terminara por espantarla, pero la fémina frente a ella no parecía ser de las humanas con personalidad de ratoncillo.

Su mente había retenido los días en que visitaría a su siervo. Lunes, miércoles y viernes, así dirían los humanos antiguos, a veces le gustaba juguetear con los equivalentes del pasado de aquellas cosas tan simples, pero que encontraba maravillosas. Escuchando en silencio tomó la hoja, mirándola a los ojos buscó algún indicio de falsedad en la esperanza que sus labios le daban, pero encontró los mismos ojos que desde el principio había visto. - Es bueno escuchar que él estará bien. Gracias. - -Que agradable humana, - pensó mientras descendía la mirada y repasaba línea por línea lo escrito. Lo hizo rápidamente, ya que tendría tiempo de sobra para leerlo con detenimiento cuando estuviera a solas.

- Lo son, siempre que suceden accidentes así con mis siervos siento miedo de perderlos, de no poder ayudarlos. Es una sensación horrible, la verdad. - en su voz y gesto se notó que no mentía. Era extraño pero aunque tenía sus siervos favoritos y cercanos recordaba detalles de cada uno de ellos, pequeñas individualidades y características personales que los hacían únicos, que la habían llevado a ella y a sus hermanos a comprarlos. Comprarlos… Adquirir, canjear, obtener, granjear, apropiarse, contraer, ganar...Aunque intentará buscar otra palabra que utilizar ninguna sonaba mejor, ninguna.  Pero sabía que perdía una parte de ella cuando fallecían y perder casi nunca se sentía bien.

-¿Me equivoco si digo que tu preocupación no es porque sean esclavos sino humanos?- dejando con delicadeza la hoja sobre la mesa cerca del tintero y la pluma, caminó de vuelta al diván y tomó asiento. - No digo que sea malo, sería lo más normal del mundo, así que no vayas a malentender mis palabras. .  - Apoyó los codos sobre sus rodillas y descansó su fina barbilla sobre el dorso de sus manos entrelazadas, enfocando sus ojos en ella. - ¿O ya has atendido antes a un dragón?- eso le interesaba, pero de seguro se encontraría con un decepcionante no, si a muchos les molestaba que los humanos libres pisaran sus tierras mucho menos dejarían que los sanaran o siquiera tocaran, además la anatomía de los dragones era diferente.

-¿Sabes sobre nosotros? ¿Sobre nuestro cuerpo?- ¿sobre nuestra alma?, quiso preguntar con mucho deseo por una respuesta. - Por cierto, no sabemos nuestros nombres. Y así, ¿cómo podremos recordarnos?- la invitó a sentarse con una mirada y deseó aceptara. - Soy Silvia. - le sonrió. - ¿Y tú, sanadora?-  no recordaba que se lo hubiesen dicho.

Te perdono si me perdonas por mi propia tardanza, la u me tiene en exámenes finales, pero no muero, aquí sobrevivo y sigo.




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