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Mensaje por Reeva el Miér Oct 16 2019, 20:21

Las investigaciones, habían dado sus frutos.

Reeva, quien, desde hacía ya un largo tiempo, había puesto en pleno la fase más importante de sus planes, había recibido la carta de uno de los espías, uno de varios, que hacían para ella una red de personas leales y fieles de las cuales se había rodeado. Todos los que le seguían, lo hacían por una única razón: la supremacía de su raza, una en la que ella estaba dispuesta a hacer todo lo que tenía que hacer, sin importar el precio, por darle un lugar a los suyos. Se lo debía a la memoria de su hermana, y más que nada, a ella misma. No había nadie mejor que ella, con la práctica, el poder, la visión y la voluntad para guiarlos.

Allard, quien vivía como miembro del vulgo como un humano, ocultando, por supuesto, su condición de híbrido, había dado con un interesante posible híbrido. Había dedicado semanas en una labor de espía y vigilancia, manteniéndolo bajo su vigilante ojo. Fue solo cuando estuvo seguro, tal como lo prefería Reeva, que entonces se puso en contacto con la híbrida a través de un mensaje escrito en donde le dio detalles de todo lo relacionado a Rhynn. Había sido muy enfático en resaltar los rasgos de Rhynn: fuerza considerable, agudos reflejos, y una cicatriz en su pecho que, se esforzaba por ocultar. Las investigaciones recientes de la Inquisición sobre los híbridos le habían facilitado las cosas a Reeva, aunque también suponían un peligro mayor para ella y los suyos pues ya habían rasgos evidentes con los cuales los repulsivos dragones podían identificarlos, además, el espía de Reeva tenía un ojo casi perfecto para reconocer a los suyos, pero eso no los alejaba del error, por eso Reeva, quien era una mujer bastante autoritaria y perfeccionista, había dejado en claro su intolerancia a los errores. Que sus planes estuviesen en oídos de desconocidos humanos, era un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Solo tenía confianza plena en los suyos, porque para bien o para mal, para quien fuese que fuesen su lealtad, todos estaban bajo una cruenta y única realidad, no tenían cabida en un mundo de humanos y dragones, y era por esa desigualdad que ella estaba haciendo todo lo que había hecho hasta ahora.

La híbrida, interesada, tomó el siguiente paso. El mensaje llegaría con certera agudeza: Iba a extender una invitación a Rhynn, no como híbrida, sino como se le conocía, como una dragona, y Allard sería el encargado de llevar el mensaje. No solo era un espía excepcional, sino que sabía usar bastante bien el don de la palabra para despertar el interés en todos los desconocidos con unas simples palabras.

-Sé lo que eres, y no es algo de lo que debas sentir miedo, hermano. Ven esta noche al caer el ocaso, cerca del Turgurio, y te llevaré ante Payge.

Híbridos, y orgullosos.


Allard recibió a Rhynn en donde lo había citado, y entonces lo llevo entre las intrincadas calles de Talos hacia la zona de las residencias de los dragones, en donde se ubicaba la Mansión de Reeva, quien esperaba impaciente. -Mi señora, están aquí.- La híbrida sonrío, complacida, mientras miraba por la ventana de su habitación. -Justo a tiempo. Llévalo hasta mi estudio, y que me esperé ahí, y... que nadie nos moleste.- Ordenó. -Así lo haré.- Reeva habló de nuevo. -No lo olvides, es uno de los nuestros. Trátalo como se debe.- Recalcó. -Así será, my lady.- Reeva salió entonces, primero se encontró con Allard para verle, y luego fue hasta su estudio, en donde encontró a Rhynn, con cara de no entender nada. -Rhynn.- Dijo con una sonrisa segura que destacaba en su, aunque de baja estatura, imponente y elegante figura, pero no se detuvo a mirarle, sino que más bien, con plena confianza, se acercó a servir un par de tragos. -Había estado esperándote. Supongo que, tienes muchas preguntas.- Dijo mientras tomaba ambos vasos de whisky, y se giraba para por fin, encarar sus ojos con los de Rhynn, y acercarse a él extenderle el trago, y sentarse en el mismo sofá en el que él estaba, justo frente a él.

-Bienvenido.- Le dijo, con las piernas cruzadas, y mirándole directamente, mientras se bebió un sorbo de su trago. -Es un placer conocerte.

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Mensaje por Rhynn el Sáb Oct 19 2019, 14:34

La visita en si misma de aquel hombre, Allard de nombre, no me había llamado excesivamente la atención y mucho menos siendo el portador de un mensaje de una dragona. Pues, desde que inicié mis peripecias en el mundo de la herrería y la joyería, en más de una ocasión mis dueños han permitido que otros dragones, e incluso algún humano privilegiado, me encomendara algún tipo de encargo. Algo que no hace sino aumentar el prestigio de mi dueño ante el resto de la sociedad dracónica y que a mi me permite evadirme de las servidumbres y otras tareas típicas de los de mi rango, para centrarme en aquello que me sirve como vía de escape, en la creación de aquellos objetos, muchos de los cuales no dejan de ser fruto de esas extrañas sensaciones, ajenas a mi, que de tanto en tanto me llegan, como oleadas de pensamientos que no tienen nada que ver conmigo, pero que siento, que noto casi como si fueran propios, algo que me perturba pues no encuentro explicación lógica para semejantes sensaciones. Lo que sí que me turbó lo suficiente como para acabar con mi concentración aquel día y sumirme en un estado de reflexión interna fue la última frase, aquella en la que pone que ”sabe lo que soy”, en la que me llama ”hermano” y que termina con esas dos palabras lapidatorias; ”híbridos y orgullosos”.

Desde que leí la carta, tras la marcha del mensajero, no he podido dejar de darle vueltas a esos detalles. Aún después de quemar la misiva en el fuego de la fragua, para evitar que nadie pueda leer su contenido, pues poco sé de los híbridos, pero sé que es peligroso que te tomen por uno de ellos, por una de esas abominaciones, no puedo dejar de sentir una extraña sensación, como de urgencia, como si alguien me estuviera observando en todo momento, como si de un momento a otro los inquisidores cayeran sobre mi para acusarme de algo que nada tiene que ver conmigo.

Pero contrariamente a lo que me dictan todos mis sentidos de supervivencia, toda la lógica y el instinto de conservación, me encuentro abandonando el palacio de mi dueño con la puesta del sol, adentrándome en las calles de Talos, ciudad que no hace ni cinco ciclos lunares a la que llegué, amparándome en la necesidad de hacer la entrega del encargo supuestamente recibido aquella misma mañana, buscando las indicaciones que me conduzcan hasta el Tugurio.

Y es allí en donde, finalmente, y con las últimas luces del día, doy con el mensajero, con aquel individuo que me había hecho entrega de la carta y quien, no tarda, de una forma tan educada que no entiendo y a la cual no estoy para nada acostumbrado, en convertirse en mi guía por la ciudad. Un guía silencioso pero eficaz que termina por llevarme ante un imponente palacio, en la zona residencial de los dragones. Pidiéndome demasiado amablemente para estar tratando con un simple esclavo, que espere mientras se adentra en la mansión, dejándome solo, con la incertidumbre de lo acertado de mi actuación, de lo arriesgado de haber seguido una nota, a un desconocido hacia un punto en el que podría acabar ahorcado por tener relaciones con esos híbridos, que tanto asquean a los escamosos.

Tras una breve, pero tensa, espera por mi parte, Allard reaparece, conduciéndome de nuevo por las amplias y elegantes estancias del palacio. Una elegancia y un estilo que denotan que me encuentro en el hogar de un dragón importante, o con un gusto exquisito al menos. Deteniendo nuestra visita en una gran sala, de la que cuelgan grandes tapices y en la que todo el orden, y la decoración denota que se trata de un estudio, de un lugar de reunión pero con una comodidad que lo hace extrañamente acogedor.

Volviéndome a dejar solo tras pedirme que me tome asiento con esa extraña amabilidad hacia mí, me encuentro solo en aquella sala, más nervioso de lo que quiero reconocer y con la certeza de no entender nada de lo que está pasando. Impelido por esa necesidad impuesta a base de golpes y tormentos de obedecer las órdenes, tomo asiento finalmente en uno de los cómodos sofás que están en la estancia, permitiéndome recorrerla curioso antes de que la puerta se abra indicando la llegada de otra persona.

En cuanto veo aparecer a la mujer, una dragona, sin la menor duda por el porte orgulloso, magnífico y autoritario, no puedo evitar levantarme de golpe, bajando la mirada al momento, sintiendo como mi corazón empieza a latir desbocado mientras cruzo mis manos en mi regazo, humilde y servicial ante la presencia de uno de los suyos.

- Señora – le saludo no sin poder evitar que la misma incomprensión que acude a mi rostro y mi mirada, tiña también el tono de mi voz. Una incomprensión generada tanto por la situación como por el hecho de que se acerque a servir dos vasos de lo que conozco como Whisky pero que jamás he tenido oportunidad de beber en mi vida. Una incomprensión que crece ante sus primeras palabras, aquellas que sacan a relucir la verdad, las preguntas que desde que recibí su carta han estando formándose en mi cabeza.

Está claro que ella es quien me envió el mensaje, puesto que conoce mi nombre, pero verla sirviendo dos vasos, uno de los cuales me ofrece sin pudor antes de tomar asiento justo enfrente mío, me descoloca completamente. Tanto que durante unos instantes me quedo como petrificado, sosteniendo el vaso con una de mis manos, mientras mi mirada permanece en ella, en aquella dragona de porte glorioso y de mirada profunda y penetrante, una mirada que se me antoja capaz de descubrir hasta el último de mis pensamientos.

- El placer es mío, señora… – consigo articular finalmente, tras esos minutos de silencio, deteniéndome un momento a valorar la situación, a comprender qué está sucediendo y qué es lo mejor que puedo hacer en este momento - Pero… yo… – intento decir, luchando claramente por expresarme abiertamente, por hablar sin permiso, por dejar atrás todo lo impuesto por mis dueños - No sé por qué me esperaba… ni… ni muchos menos porqué me envío esa carta con esas palabras… señora… yo… no... no sé que quiere de mi – consigo expresarme finalmente, bajando la mirada con rapidez, preguntándome seriamente si he actuado correctamente ante mi atrevimiento a hablarle sin permiso, a expresar unos pensamientos que rondan mi cabeza y que me han enseñado a mantener callados en presencia de los dragones.
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Mensaje por Reeva el Dom Oct 20 2019, 18:00

No era extraño, ni peculiar.

Reeva no esperaba encontrar menos en un esclavo. Sumisión, rendición, obediencia. A la híbrida, de porte orgulloso y solemne; la apariencia perfecta y pura de un dragón que no dejaba a los ojos ajenos ningún atisbo que hiciera tan siquiera dudar que había en sus venas tanta sangre humana como de la extirpe dominante; no le era para nada incómodo el comportamiento de su invitado. Reeva, como la hija de un aristócrata ex militar y dedicado a la política del viejo mundo humano, estaba acostumbrada, formada y forjada para liderizar sin que se le cuestionase, como cualquier dragón, con plena autoridad. Era una política autocrática, sino perfecta, casi perfecta. El hecho de que Rhynn respondiese a ella con total rendición podía decirse, que hasta le éxitaba, pero aunque había un gusto en ello, extremadamente deleitable, chocaba con todo su ser, al tener que refugiarse en la mentira.

No era una orgullosa dragona, no. Era una orgullosa híbrida. El próximo paso en la evolución, estaba por encima y era así como quería ser vista y por lo que estaba dispuesta ha hacer todo cuanto debiese. Ese valor intrínseco de su raza, superior, era el que hombres como Rhynn, acostumbrados a obedecer, debían ver. La diferencia entre un híbrido, un humano y un dragón.

Reeva, mantuvo su mirada y rostro de satisfacción en Rhynn. Era una mezcla entre ese deleite de sentirse poderosa, y la rabia, hasta ahora oculta, de que le mirase como una mera dragona, forma en la que por los momentos, debía seguir manteniendo para el avance de sus planes. Y aunque aquella sumisión le gustaba y la disfrutaba, Rhynn no era un humano y no debía comportarse como tal. No ante ella y la verdad era que no era lo que necesitaba en sus futuros aliados. Lo dejó terminar de hablar entrecortado y río, irónica. -Vaya, te han enseñado bien.- Mencionó. -Tu amo ha de sentirse muy complacido de tener un perro tan obediente.- Y tras esa directa declaración, que dijo con total calma y frialdad cínica, volvió a beber un trago.

-Veras, Rhynn, lo primero que debes saber es que  cuando te hable...- Le dijo, y su mano, delicada, cálida y suave al tacto, tocó el mentón de Rhynn con dulzura y le hizo levantarlo y mirarle a los ojos. -...Debes verme siempre a los ojos. Eres mi invitado, no mi esclavo.- Le comentó con sutileza. -Y lo segundo.- Agregó mientras le miraba con una ligera sonrisa dibujada en sus labios. -Es que no debes tener temor aquí.- Y entonces, viró los ojos hasta donde yacía la mano de Rhynn, cerca de su muslo, y puso su mano sobre la muñeca de este, entrelazando sus pequeños y delicados dedos con los gruesos de la mano masculina, sintiendo la aspereza en ellos. -No soy tu enemiga, y mi casa siempre será un lugar donde no debes vivir con miedo ni de lo qué eres ni de quién eres.- Le dijo, mientras dedicaba repetitivas caricias con su dedo pulgar sobre muñeca del herrero, la cual seguía entrelazada con la suya.

-No quiero nada de ti. Te quiero a ti.- Respondió, porque no era un algo, era a él y a todos los híbridos, su raza, a los que quería a su lado. -Anda, bebe conmigo. Es un Whisky de muy buena calidad. Salud.- Mencionó cuando sintió entonces que ya parecía menos retraído y separó su mano de la de Rhynn, bebiendo y sintiendo como el liquido quemaba su garganta, una sensación natural para ella. -Háblame de ti. Quiero saberlo todo.




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Mensaje por Rhynn el Lun Oct 21 2019, 22:24

Su irónica risa me golpea con fuerza, como si me hubiera dado una bofetada con su delicada mano puesto que me hace sentir más incómodo, mucho más desorientado, por lo que bajo aún más mi mirada sin dejar de sostener el vaso con el brazo aún alargado, tal y como lo recibí cuando ella me lo dio. Y más perturbadoras son sus palabras, pues, si no fuera por el tono irónico, burlón, el mismo que ha surgido con su risa, me harían sentir tranquilo y orgulloso de haber sabido comportarme como se espera de mi. Sin embargo, tengo mis serias dudas sobre si aquello ha sido un elogio o un insulto por lo que el desconcierto ahonda más en mi interior, sintiéndome cada vez más extraño, más fuera de lugar y notando cómo mis labios se aprietan y la vergüenza provocada por quedar como un estúpido ignorante delante de la dragona no tarda en reflejarse en mi rostro.

Ahora ya tengo bien claro que ha sido un completo error, un grave error el haberme dejado llevar por mi curiosidad y haber abandonado el palacio de mi dueño para presentarme ante alguien que no conozco. Y todo por la curiosidad sobre los malditos híbridos, porque había sido eso lo que me había llamado la atención del mensaje que me entregaron, el hecho de que hiciera alusión a esos seres de los que todo el mundo habla y que la Reina parece odiar con toda su alma inmortal. Pero ya estaba hecho, ya no había vuelta atrás y ahora debía aguantar lo que me cayera sin protestar, sin quejarme, porque cualquier cosa que me pase será por mi propia culpa y estupidez.

Su mano aparece en mi campo de visión escasos minutos antes de que note la suavidad de la delicada y cálida piel de sus gráciles dedos al sujetarme por el mentón y elevar mi rostro hacia el suyo. Gesto que no oso impedir, pues bien sé que un esclavo no puede desobedecer el mandato de un dragón, por lo que pronto mis claros ojos se encuentran frente a esos ojos oscuros que amenazan con engullirme, con desnudarme completamente y conocer así hasta el último de mis pensamientos.

Con la incomprensión esculpida en mi rostro y en mi mirada, asiento ligeramente a su primer punto puesto que sé perfectamente que ella no es mi dueña ni yo su esclavo, esforzándome por mantener mi mirada fija en su rostro a pesar de no poder evitar que quede bien claro que me siento como un cervatillo asustado mientras observa con terror al cazador que le persigue.

El inesperado contacto de su mano sobre la mía, aquella cálida y agradable ligera presión sobre mi mano tras sus palabras me toma tan de sorpresa que no puedo evitar dar un ligero respingo e incluso me cuesta mucho esfuerzo el hecho de no retirarla automáticamente. No así consigo evitar que, con un brillo mezcla de sorpresa y miedo mis ojos se pose en esa delicada mano, cuyos dedos no tardan en entrelazarse con los míos haciéndome comprender por primera vez lo tosco de mi piel y falanges en comparación a las suyas, sintiéndome como un auténtico bruto, un animal, un perro como bien ha dicho ella, un sucio esclavo que no debería tocar con sus ásperas y rugosas manos la delicada piel de alguien tan noble y delicado.

Pero toda esa tensión ante su contacto va desapareciendo, mermando, según el suave y dulce roce de su pulgar sobre mi muñeca se va repitiendo, consiguiendo que vuelva a fijarme en esos ojos penetrantes, mientras sus siguientes palabras se abren paso en mi mente como ninguna de las anteriores había logrado, calando hondo en mi mente, en mi ser, sintiendo que lo que dice es verdad, que no es mi enemiga, que no va a hacerme daño, que en esta casa, en su casa, no he de temer nada y que puedo expresarme sin miedo, que puedo hablar franco y que puedo ser quien realmente soy, ¿Pero quién soy realmente?.

Esa es la gran pregunta que toda mi vida ha rondado mi cabeza. Desde que fui convertido en esclavo, me enseñaron a fuerza de golpes, humillaciones y castigos a comportarme, a pensar y a actuar como ellos querían. Y si bien ha quedado claro que es así como me comporto, aquellas personas que logran llegar a conocerme, aquellos otros esclavos con los que he llegado a convivir tanto tiempo como para forjar una amistad, saben perfectamente que mi esencia, que mi verdadero yo continúa vivo en mi interior, y que aflora al exterior cuando estoy lejos de los amos, de los dragones, cuando estoy realmente tranquilo y relajado.

No quiero nada de ti. Te quiero a ti. En cuanto esas dos frases llegan a mis oídos mis ojos vuelven a mostrar la incomprensión que siento puesto que es la primera vez en mi vida que alguien dice que me quiere a mi. Siempre he oído a todo el mundo, sobretodo a mis amos y aquellos que se relacionaban conmigo, elogiar mi habilidad en la fragua, mi obediencia, mi lealtad hacia mi dueño, pero nunca nadie antes me había dicho algo así. Si bien es cierto que seguramente se refiere a que quiere usarme para satisfacer sus necesidades carnales, algo que sé que muchos esclavos se ven obligados a hacer por sus dueños y que personalmente nunca me ha pasado, algo en la forma de hablarme, de tratarme me dice que no tiene nada que ver con eso.

Tan agradable, o quizás necesario, me ha parecido su roce que, unido a esas palabras, consigue tocarme tan profundamente logrando su objetivo de relajarme, atreviéndome a dejar salir al verdadero Rhynn. Pero sobretodo haciéndome sentir como si hubiera sufrido una gran pérdida al notar como desaparece. Tanto me afecta que aparte su mano que llevo mi mirada al lugar en dónde hace escasos momentos su pulgar rozaba mi muñeca, antes de llevar el vaso a mis labios y obedecerle, pero no porque me lo hubiera pedido, sino porque simple y llanamente me apetecía. - Salud – me uno a su brindis permitiendo que una pequeña cantidad del ambarino líquido entre en mi boca y baje por mi garganta quemándolo todo a su paso, haciendo que me vea obligado a hacer una mueca de desagrado ante aquella bebida y que me pregunte seriamente el motivo por el que la gente y los dragones parecen disfrutar tanto de ese líquido ardiente y de desagradable sabor.

Aguantándome las ganas de toser ante la reacción de mi organismo al Whisky vuelvo a sorprenderme, nuevamente, por sus siguientes palabras, aquellas que me piden que le hable de mi. Jamás en mi vida nadie nunca antes se había preocupado realmente por mi. Esto es nuevo, una sensación nueva, extraña, que no sé cómo encajar bien, puesto que es la primera vez que la siento y me cuesta encajarla. Ladeando ligeramente la cabeza, mostrando mi nueva incomprensión ante su petición, sosteniendo el vaso con ambas manos, sintiéndome extrañamente relajado, me permito separar mis labios nuevamente para hablarle - ¿Quiere saberlo todo de mi? – le pregunto en tono más seguro, pero sobretodo relajado que antes - Pues no tengo mucho que contar… mi vida no es muy interesante – añado, esbozando una tímida sonrisa antes de pasar mi mirada de su rostro al contenido del vaso - No conocí a mis padres, pues me encontraron unos navegantes en una lejana playa septentrional. A las afueras de un asentamiento arrasado por el ejército de Su Majestad – empiezo a explicarle, mientras mi mirada se va perdiendo en el líquido oscuro del vaso, al igual que mi mente va viajando al pasado, permitiendo que los recuerdos de mi vida pasada comiencen a aflorar mientras voy hablando, tranquilo, relajado, con un ligero matiz melancólico en mi voz - En aquel barco me crie. Un buen hombre se convirtió en lo más cercano a un padre que tuve, o que recuerdo. Sí me crie en el mar… el mar es mi hogar – me detengo un momento ante esta última afirmación pues ahora sé que es verdad, que el mar es mi hogar, por lo que una sonrisa triste, de añoranza se dibuja claramente en mi rostro - Con aquella tripulación estuve muchos años, hasta que finalmente fuimos abordados y yo vendido como esclavo. No era más que un niño a las puertas de la adolescencia, un chiquillo al que moldearon a golpes, igual que yo moldeo un trozo de hierro a martillazos, un chico que terminó convirtiéndose en un buen herrero, pero en un mejor esclavo… un instrumento al servicio de sus amos… un hombre al que todos creen dominado y sometido… – termino de decir casi en un murmullo, con la mirada perdida más allá del vaso, completamente sumido en mis pensamientos y recuerdos.
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Mensaje por Reeva el Mar Oct 22 2019, 21:48

Por supuesto que nada era nuevo.

Para Reeva; que poco a poco había logrado, parecía ser, que Rhynn por fin pudiese reconocer que lo que le decía era verdad y que, en ese lugar, uno en donde no tenía por qué ocultar lo que era ni sentirse como los de su raza se habían visto obligados a sentirse durante todos lo que llevaban de existir, que por supuesto era mucho más tiempo del que ya eran un acontecimiento público porque ella misma ya rondaba el primer siglo de existencia: ocultos, con miedo; escuchar con detenimiento a Rhynn se le hacía familiar. Parecía ser que cada historia era contada con distintos hechos, por supuesto, pero siempre tenían a un antagonista principal en ella, una sola raza, un solo nombre: dragones. No había otros que causaran tanta repulsión en ella, y por eso los odiaba tanto como se podía, y, aun así, estaba obligada a vivir como una de ellos, más, sin embargo, ella también sabía reconocer lo que le habían enseñado, y por eso en su odio, había cierto respeto y admiración, uno en el que los consideraba como el principal enemigo de su raza y la evolución. Un enemigo, que se debilitaba, pero seguía siendo poderoso y la obligaba a actuar con toda la cautela y paciencia que debía para poder por fin, llegado el momento, dar la estocada final.

Lastimosamente, cada vez que le tocaban cosas así, debía rememorar su pasado. Lo que le habían hecho los dragones a ella. El odio incontenible mientras escuchaba a Rhynn, en su mente removía cosas que se reflejaban en su expresión endureciéndose sus facciones poco a poco, la a medida que el otro híbrido hablaba. Desvió la mirada un segundo mientras él le iba a contando, con un semblante ya más serio y duro y se vio obligada a beber otro trago, y acabar el Whisky.

Y entonces dio justo en el clavo, y terminó por volver a ver con sus ojos negros el cristalino color de los ojos de Rhynn, dibujándose entonces una expresión de completa satisfacción en su rostro. Reconoció esa rebeldía en el híbrido, la cual no había mostrado para nada, pero que, en ese momento, quizá porque ya tenía la confianza que Reeva quería alcanzar o porque sin darse cuenta su lado híbrido, ese que reclamaba tener su lugar en el mundo, se revelaba de forma inconsciente en sus palabras, salía a relucir. -Interesante.- Mencionó ella, con una risa aún más interesada, pero que no dejaba de lado su orgulloso y seguro porte fémino, que resaltaba por supuesto su belleza y elegancia como una “poderosa” dragona. Decía no tener mucho que contar, pero realmente a Reeva le había mostrado más de lo que él parecía reconocer.

Suspiró. -Entiendo, entonces no tienes ni idea…- Analizando todo lo que le había dicho y con ese panorama, debía buscar la mejor manera de proceder con Rhynn ahora. Se levantó, y caminó a servirse otro trago. -Quiero que te quites la camisa.- Dijo, mientras sirvió otro vaso, y se giró, mirando al confundido híbrido directo a los ojos y enarcó una ceja. -¿Acaso no fui clara?- Cuestionó. -Tu camisa, quítatela.




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Mensaje por Rhynn el Miér Oct 23 2019, 22:18

El ondulante movimiento del líquido encerrado en su prisión de cristal evoca en mi mente recuerdos de mi lejana infancia vivida en el mar. Un mar que, en algunas ocasiones, podía adquirir un color mucho más oscuro que el del Whisky de mi vaso. Un mar al que justamente ahora desearía volver, un mar que hace escasos momentos he descubierto que considero mi hogar, un hogar perdido, un hogar lejano, pero un hogar a fin de cuentas, al que pertenecí y al que me gustaría regresar algún día en libertad. Libertad una palabra realmente hermosa, una palabra que se comenta mucho entre los grupos de esclavos, pero con la que solo nos atrevemos a soñar, puesto que muy pocos de los nuestros consiguen alcanzarla, una palabra que nos tortura con una esperanza sin sentido. Por eso hace mucho tiempo que yo mismo debí haber entendido que jamás lograría volver a ser libre, pero en mi fuero interno, aún recuerdo la sensación de no estar siempre preocupado, temeroso de los castigos, pensando en qué se ha de hacer y qué no, en poder simplemente, hacer algo porque te interese, no porque alguien te lo ordene.

Su voz se cuela por entre mis ensoñaciones devolviéndome a la cruda realidad, haciendo que, poco a poco deje el vaso en el suelo, con cuidado, incapaz de volver a dar un solo trago a esa bebida ardiente que tanta gente anhela y que, una vez la he probado, no le he encontrado el más mínimo sentido. Pero lo curioso del caso, lo que realmente me hacer darme cuenta de que he hecho algo impropio de mi, es el hecho de haber despreciado un vaso ofrecido por una dragona, pues nunca antes se me habría pasado por la cabeza, y habría terminado bebiéndome ése líquido ardiente tan asqueroso.

Por lo visto esta dragona cree que yo debería saber algo de alguna cosa que desconozco, pues no duda en comentar que no tengo ni idea, algo que es totalmente lógico, puesto que, como esclavo que soy, solo obtengo aquella información que mi dueño quiere que tenga o lo que llega por los rumores que se cuentan, algo que mejor no tener en cuenta.

Tras ese comentario, escucho cómo se aleja de mi lado, haciendo repiquetear sobre el suelo la suela de sus elegantes zapatos, que conjuntan a la perfección con el hermoso vestido que luce, algo para nada sorprendente en los de su raza, pues todos los dragones disfrutan luciendo las mejores galas para impresionar a quienes se encuentran en sus paseos o reuniones. Pero es justo cuando el repiqueteo cesa, que me llega una clara orden de su boca, una orden que me pilla por sorpresa y que consigue que vuelva a elevar mi clara mirada hacia ella. Una mirada cargada de tanta incomprensión como al principio, puesto que me vuelve a descolocar que me de una orden cuando hace escasos momentos me decía que en su casa no tendría que obedecer a nadie. Es por ese mismo motivo que me permito mirarla, sin comprender, hasta que, como buena dragona, no tarda en ordenarme, en exigirme que me quite la camisa.

Al instante, ese mecanismo aprendido durante tantos años al servicio de otros como ella, hace que me levante del sofá casi de inmediato, bajando la cabeza al instante, evitando mirarla con a sus ojos para no ofenderla, maldiciéndome internamente por haber sido tan estúpido como para haber creído que podía relajarme en esta casa. En silencio, volviéndome a plantear cual es el motivo por el que me ha hecho venir, y suponiendo que no es más que un uso carnal de mi cuerpo a lo que se refería con que me quería a mi, empiezo a desabrochar uno a uno los botones de la camisa, la cual no dudo en dejar caer sobre el sofá, volviendo a cruzar sumisamente mis manos con mis brazos caídos, quedándome con el torso desnudo bajo su atenta mirada. Una mirada que seguramente será como otras tantas que he visto, miradas de desagrado por las cicatrices que cubren mi pecho y mi espalda. Las primeras provocadas por el mismo hombre que me hizo de padre en mi infancia, el cual, tras una extraña visita a una anciana en un pueblo me provocó varios cortes profundos en el pecho por mi bien, que se unieron a la marca de nacimiento que ya lucía en él. Mientras que las segundas, son las marcadas de los latigazos recibidos durante mis primeros años como esclavos. A lo que hay que sumarle los tatuajes que me hicieron mis dueños, con su emblema, para que todo el mundo sepa a quien pertenecía en cada momento.

De nuevo vuelvo a quedar en silencio, con actitud sumisa, sintiendo la incomodidad de estar medio desnudo delante de una desconocida a la que estaba empezando a tomar confianza, pero que se ha encargado de recordarme quién es quién en el la escala social.
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Mensaje por Reeva el Lun Oct 28 2019, 21:01

Se daba la tarea de no fiarse.

La verdad era que Reeva quería corroborar ella misma que en definitiva, Allard no se había equivocado. Era por eso que actuaba como lo estaba haciendo ahora. La híbrida, había obtenido un panorama bastante claro de la situación ante las declaraciones de Rhynn, y por tonto que pareciera y la confianza que ella mantenía en sus leal espía para la tarea que se tenía de reunir a los suyos bajo su liderazgo, siempre cabía la posibilidad del error, y era ese pequeño limite de margen, tan insignificante, el que para ella, con una mente tan aguda, separaba el éxito del fracaso. Miró, expectante al esclavo, ir desabrochando botón por botón la camisa que cubría su pecho. Poco a poco, se descubría el contraste de la historia de Rhynn con las cicatrices visibles en su cuerpo, que daban testimonio de una vida dura y de sometimientos injustos.

La mirada de Reeva era seria y estudiosa, y aunque su porte era el de una orgullosa dragona, el silencio que se presento en los próximos minutos delatan marañas de pensamientos entre ambos. Ella, acostumbrada por supuesto a ver hombres atractivos, no se inmuto por admirar el cuerpo de Rhynn en absoluto, sino más bien en el dolor que este debió haber pasado con los años, de forna injusta, igual que ella. Algo que compartían los de su raza y sin duda era parte de lo que movía su lucha y sus planes. Aun así, la dureza de su orgulloso rostro se mantuvo, y solo se giró, dándole la espalda, para no obligarse a ver más y sentir más pena. -Bien, puedes vestirte.- Le ordenó, con un tono ensombrecido, mientras bebió un sorbo de su trago y pensó en su propio pasado. Incluso ella, alguien que a simple vista se miraba fuerte e inquebrantable, podía sentir pena por el dolor ajeno y más cuando se trataba de los suyos. Era el dolor lo que la había forjado, pero tenía el suficiente autodominio y voluntad para no quebrarse ante nada y ser alguien con una dureza envidiable. Al girarse, volvió a mirar a los ojos a Rhynn, con una suave sonrisa en su rostro. -Esta claro que no eres humano, y eso es afortunado para ti. De serlo, tristemente este estudio y mi cara habría sido lo último que habrías visto, Rhynn.- Dijo con total tranquilidad a pesar del significado de esas palabras.

-Comprenderás que, esta campaña requiere mucha discreción de los ojos de los dragones, y que algunas de las cosas que tú has oído o visto desde el momento en que Allard entabló contacto contigo cayese en oídos de un humano podría poner en riesgo mis planes, y es un riesgo que no me voy a permitir correr.- Le declaró con tranquilidad y total sinceridad a Rhynn. Una muestra de lo terrible e implacable que podía ser Reeva para alcanzar sus objetivos, pues ella había aprendido que sin duda alguna: el fin justificaba los medios y por ello, ella, con la suficiente entereza para actuar con fuerte voluntad ante decisiones difíciles, era la indicada para poder lograr llevar a los suyos a la cima y, gobernar por derecho. -Así que despejadas mis dudas, sí, soy exactamente lo que piensas: una híbrida, igual que tú.- Le mencionó.

-El próximo pasó en la evolución.- Añadió, con una sonrisa, mientras sus manos estaban juntas, entrelazados sus dedos por delante, con porte elegante.




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Mensaje por Rhynn el Mar Oct 29 2019, 21:27

¿Cuándo fue la última vez que me encontré en esta misma situación?, desnudo, en actitud claramente sumisa, bajo la mirada escrutadora de uno de los seres dominantes del planeta, sintiéndome como aquello en lo que creen que somos los esclavos, simples herramientas, simples objetos de los que sacar beneficio o provecho. De hecho, una vez, en Iasur, presencié la compra venta de un caballo por parte de mi anterior dueño y he de reconocer que no distó mucho de la forma que me examinó antes de adquirirme. ¡Si hasta me miró la dentadura!, exactamente igual que lo hizo con aquel animal.

Es por eso que no dejo de sentirme incómodo ante la inspección de la que soy objeto por parte de la dragona. Haciéndome pensar una y otra vez en lo estúpido que he sido por haberme presentado en aquella cita, ”y todo por la absurda curiosidad”.

Durante el rato que permanecemos en esa situación, por mi mente no dejan de formularse las diferentes posibilidades por las que me ha hecho venir, siendo la de plantearse comprarme la más inofensiva de todas. Soy muy consciente de que se me da bien la herrería, sobretodo cuando me dejo guiar por esas extrañas sensaciones, emociones que de vez en cuando aparecen en mi mente, como si fueran de otra persona. Y es esa habilidad la que me ha llevado a ser vendido una y otra vez, puesto que los dragones así pueden lucir mis creaciones como algo único, algo exclusivo, algo que les gusta de restregar a sus amigos.

El suave frufrú de sus ropajes al girarse de forma algo brusca me llega escasos momentos antes de que su voz, exigente pero con un tono más lúgubre, me indique que el examen ha terminado. Como es de esperar en un esclavo, me agacho ligeramente para tomar la camisa y volver a colocármela, cubriendo así mi desnudo torso, ocultando a la vista las feas cicatrices que tanto disgustan a la vista de los dragones, pero que no les importa infligir sin remordimientos.

Es justo al acabar de abrochar el último de los botones cuando, por error mío, su mirada oscura, regia, digna, imponente se clava con fuerza sobre la mía, con una profundidad que me es imposible apartarla, algo que pocas veces me ha pasado, pero que ahora mismo no puedo evitar. Pero lo que más llama mi atención es la leve pero visible sonrisa que forman sus labios, unos labios que no tardan en formar palabras, unas palabras cuyo significado consigue que mis fosas nasales se abran, al igual que mis ojos ante la sorpresa. Incluso me veo obligado a tragar saliva al notar una sequedad repentina en mi garganta, no por su alusión a que no soy humano, sino a que es gracias a esa impresión que tiene sobre mi que no va a matarme allí mismo.

Sabiéndome incapaz de ocultar la sorpresa, la cual se refleja claramente en mi rostro y mi cristalina mirada, continúo sin apartarla de la suya. Siempre he creído que los esclavos estábamos protegidos en cierta forma por una leyes, concretamente por una que indica claramente que ningún otro dragón que no sea nuestro dueño puede provocarnos el menor daño sin su consentimiento. Por eso, el tener la certeza de que esta dragona acabaría con mi vida sin importarle lo más mínimo que no sea su esclavo no hace sino un creciente miedo hacia su persona. Es por esto que mantengo la boca cerrada mientras ella vuelve a tomar la palabra, haciendo alusiones a temas que me son totalmente desconocidos y que, cada vez, azuzan ese miedo creciente en mi interior.

Pero es su afirmación, esa afirmación clara y rotunda que no deja lugar a la menor de las dudas la que rompe mi entereza, la que me hace dar un paso atrás, notando cómo mi pie golpea el sofá que se encuentra a mi espalda, mientras niego con la cabeza. - No… no… eso no es cierto… – consigo balbucear con el miedo tiñendo cada una de mis palabras. Pues es imposible que yo sea un híbrido. Está claro que ella lo debe ser, sobretodo por el convencimiento de cada una de sus palabras, pero es de locos pensar que yo sea uno de esos seres.

Viéndola parada delante de mí, con esa porte tan magnífica, la cual podría competir perfectamente con la de Su Majestad la Reina Madre, me doy cuenta de que esa seguridad que ella tiene sobre mi naturaleza es la que me está manteniendo con vida y, llevado por el sentimiento de autoprotección, de supervivencia que disponemos todos los seres vivos, decido actuar en consecuencia. Es por eso, que, dejándome caer de golpe sobre el sofá, manteniendo la boca abierta por la incredulidad, y el brillo temeroso en mis azulados ojos, no aparto mi vista de ella - Quiero decir… ¿yo?... ¿un híbrido?... ¿cómo?... – rectifico mi anteriores palabras, pues el temor a no ser realmente lo que ella cree que soy y me mate ahí mismo es mayor ahora mismo que lo que significaría ser un híbrido realmente - ¿cómo sabe que soy un hí.. híbrido? –.




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Mensaje por Reeva el Sáb Nov 02 2019, 16:43

Era un esperada reacción.

A Reeva no le sorprendío lo que miró en los confundidos ojos de Rhynn. Aunque no era por supuesto una sensación por la que ella se hubiese tenido que ver encarada porque para cuando el Imperio declaró oficialmente la existencias de los híbridos ella ya sabía que era algo que ni era dragón, ni era humano, porque su difunto padre, al cual ella mató, siempre se había encargado de restregárselo a ella y a su hermana, ya muerta, en la cara. Sin embargo, sí se había visto, en su campaña, envuelta en tener que ver a muchos híbridos, afrontar la realidad de lo que eran. Las sensaciones y emociones que desataban en ellos eran todas comprensibles y normales considerando la situación que significaba ser un híbrido en un mundo dominado por una raza para quienes eran abominaciones que tenían la soberana orden de exterminar. Ella sonrío suavemente y se mantuvo tranquila. -Adelante, bebe un poco del trago que te di. Te ayudará.- Reeva no le había ofrecido el Whisky por mera casualidad.

-Porque soy una híbrida, Rhynn.- Respondió a su pregunta. -Reconozco a los míos, porque llevo buscándolos mucho tiempo, y porque no actúo a la ligera. No me permito errores.- Recalcó. -Las investigaciones de la Inquisición, la marca en tu pecho que se han esforzado por esconder con esas malditas cicatrices...- Le ofreció detalles del cómo le era posible, pero al hablar de las cicatrices en su pecho en su tono se notó la ira al hablar de ello. -Allard lleva muchos días tras tu pista. Tu fuerza, tu agilidad, tus reflejos... Dime, ¿de verdad siempre has creído que eres un humano y nada más?- Cuestionó con la ceja enarcada. -Eres superior en mucho, y tú sabes muy bien que es algo más de simple práctica o esfuerzo.- Le mencionó, porque aunque fuese lo que había creído toda su vida, en algún punto todo híbrido era consiente de sus diferencias.

Entonces, cruzándose de brazos, decidió seguir, haciendo más empático el tono de su voz. -Sé que es difícil de creer, al menos para ti.- Dijo mientras volvía a sentarse a su lado, y le miraba directamente a los ojos. -Pero no tengo ninguna razón para mentirte.- Y una vez más puso su mano sobre la de él para que pudiese sentir confianza, haciéndole entender que no tenía nada que temer por lo que ella le estaba revelando. No fue solo colocar su delicada mano sobre la áspera mano masculina, sino que entrelazó sus dedos con los de la mano ajena, en un acto más íntimo que los anteriores. -Lo que eres no es más que la criatura más hermosa que existe ahora, Rhynn, y lo que quiero que entiendas es que no tienes que sentir ningún miedo por ello, sino algo que los dragones te han querido arrebatar pero que yo voy a restituirte.- Declaró, y en su tono suave se hallaba la seguridad y la convicción de una híbrida que realmente creía en lo que estaba diciendo. -Y es el orgullo de pertenecer a una raza poderosa que ha nacido para gobernar, porque lo que somos: Allard, tú, yo y muchos más, es más de lo que la Reina Madre dice. Somos el futuro, y debemos reclamar ese derecho.

Y con su otra mano, libre, tomó la otra mano libre de Rhynn, estando ahora ambas manos de ambos, entrelazadas, una con la otra. -Juntos.- Sentenció, en una petición intrínseca en la que sin pedirlo de forma directa, le estaba diciendo que se uniera a ella. Que debía unirse a ella.




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Mensaje por Rhynn el Dom Nov 03 2019, 21:18

Era inconcebible, simple y llanamente era así. - ”¿Yo un híbrido?” – esa pregunta, esa afirmación realizada con tanto convencimiento por la dragona, por la híbrida, no dejaba de repetirse en mi cabeza, desatando un torbellino de emociones difícilmente controlables, por lo que mi rostro mantiene esa mirada atónita y esa lividez provocada por el shock de sus palabras.

Tomando el vaso que había abandonado previamente con un mano, en un movimiento bastante torpe pero más rápido de lo esperado, sigo su consejo y doy un fuerte y largo trago al ambarino contenido, notando como el ardor y el sabor de la bebida alcohólica se apodera de mi boca, y lo que es peor, de mi garganta consiguiendo que mi rostro adquiera una mueca de desagrado ante la quemazón que me produce el ardiente líquido al descender hasta mi estómago.

Sus palabras me van llegando como mazazos, como golpes de la cruda realidad, aquella que amenaza seriamente con destruir los cimientos de toda mi vida, con destruir mi realidad, mis sueños, mis esperanzas, todo lo que creía cierto hasta hace escasos momentos. - ”Está demasiado segura para haberse equivocado, Rhynn… ¡Por los dioses!... ¿y si tiene razón?” – no puedo dejar de preguntarme, pues está claro que lo que va explicándome me demuestra que ella lo cree firmemente. Pero aquello que confirma mis temores, aquello que se convierte en el golpe mortal a todas mis antiguas creencias, a todas mis dudas es su comentario sobre la cicatriz, aquella cicatriz en mi pecho que siempre me ha acompañado, que estaba ahí mucho antes de que aparecieran las otras y, lo peor de todo que por fin aquellas palabras cobraban sentido.

Al instante esa pieza del rompecabezas de mi vida encaja a la perfección. Pues nunca entendí porqué el marinero que me crio, el que se convirtió en una especie de padre para mi me marcó el pecho de aquella forma, me cortó con su daga mientras no paraba de repetirme una y otra vez ”es por tu bien”. - ”Demonios… ¡Él lo supo!, seguramente aquella vieja bruja se lo dijo, por eso quería ocultar la maldita cicatriz, por eso digo aquello…” – no paro de repetirme mentalmente mientras siento una punzada de dolor en el corazón provocada por el cariño que siempre le guardaré. - Lo hiciste para protegerme… – no puedo evitar murmurar permitiendo que la verdad de ese pensamiento salga a la luz, mientras mantengo la mirada clavada en el vaso, el cual sostengo entre mis manos, permitiéndome dar otro largo trago sin dejar de escuchar como sigue explicándose, aunque con un tono que demuestra un fuerte enojo.

- Yo… – balbuceo ante su pregunta, ante la clara explicación de cosas a las que nunca antes presté atención pero que ahora veo que no eran normales. ¿cómo podía ser que aguantara aquellas duras jornadas en la forja sin apenas comida o bebida?, ¿cómo era posible que me recuperara tan rápidamente de las palizas?, ¿cómo podía tener un espíritu tan rebelde a pesar de todas las penalidades sufridas?. No puedo negarle que no estuviera en lo cierto y que muchas de las cosas que he hecho superaban con creces a las que cualquier humano pudiera soportar sin sucumbir a ellas. - Yo nunca pensé en eso… yo.. siempre me he creído humano – me atrevo a decirle, sabiendo lo estúpido que suena ahora eso, pero incapaz de reaccionar de otra manera a sus palabras.

El movimiento que realiza al sentarse hace que me atreva a volver a mirarla, encontrándome nuevamente con esos duros ojos, aunque ahora lucen en un rostro menos agresivo, menos inquisitivo. Siendo sus siguientes palabras mucho más relajadas, amables que las anteriores. - ”¿difícil?... ni te imaginas cuanto" – me permito pensar puesto que, pese lo que me pese, empiezo a darme cuenta de que tiene razón, de que no soy un humano, algo que sé que me costará aceptar y que complica aún más mi ya desgraciada existencia.

De nuevo el suave tacto de sus delicadas pero firmes manos sobre las mías consigue calmarme, haciendo que mi mirada vuelva a centrarse en esos dedos que no tardan en entrelazarse con los míos, atrapándolos, atrapándome en su red. En silencio, agradeciendo extrañamente el calor ajeno que emana de sus dedos, vuelvo a mirarla, con el miedo grabado en mis ojos, puesto que es miedo lo que me embarga ahora que empiezo a comprender qué soy realmente. Miedo a la muerte, una muerte segura, mucho más segura que siendo un esclavo, puesto que los esclavos son útiles mientras que los híbridos no son más que ofensas a la vista de los señores dragones.

Según va hablando, noto perfectamente el fervor en sus palabras, pues realmente ella cree en lo que dice. Realmente cree que no somos aberraciones, que no somos ningún insulto y que somos algo más, el siguiente paso en la evolución. Algo que no es para nada descabellado, puesto que parece que lo único que saben engendrar ahora mismo los dragones somos nosotros, los híbridos. Hace demasiado tiempo que no nacen dragones y quizás la llegada de los dioses y la aparición de la nueva raza signifiquen el inicio de una nueva Era en la Tierra.

- Juntos – repito su palabra sin dejar de sentir cómo me toma por la otra mano, quedando nuestras manos unidas, sellando nuestro destino de forma simbólica. Una parte de mi me grita a voz tendida que todo esto estaba completamente preparado, que ella me ha estado guiando como un títere, haciéndome bailar a su son hasta este preciado momento, pero ahora mismo soy incapaz de reaccionar. Incluso esa palabra que acaba de brotar de mis labios no es más que una repetición de lo pronunciado por ella. Quiero creer lo que dice, quiero creer que soy algo más que una mezcla de razas, pero las dudas surgidas por la nueva realidad de mi vida no hacen sino golpearme con fuerza.

- Entonces… ¿me enseñarás? – me escucho preguntarle, en un tono que suena más a súplica que a otra cosa, como si buscara comprobar por mi mismo que realmente soy lo que ella dice, que realmente no soy más que un simple humano mientras me permito aferrarme a sus manos con más fuerza, buscando un apoyo, algo que realmente me ayude ahora que todo lo que creía cierto ha sido convertido en polvo, ahora que todo mi mundo se ha desmoronado a mi alrededor dejándome con la única certeza de que soy un simple esclavo, cuyo único interés ahora mismo es lograr la libertad para huir, para esconderse y poder encajar su nuevo papel en el mundo.




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Mensaje por Reeva el Mar Nov 05 2019, 15:34

Estaba complacida.

Reeva, era una burguesa criada por un dragón, su difunto padre, que había vivido milenios, antes de que ella lo asesinara. En el pasado, antes de que los dragones fuesen a ese dichoso sueño al que llamaban "El Letargo", una historia que como "dragona" Reeva debía y conocía a la perfección para entender, según su padre cuando se lo enseñó, la grandeza de la extirpe dragónica y el Imperio del Fuego. Criada por un dragón demasiado basto en conocimientos de política y guerra en las antiguas civilizaciones humanas en las que vivió, siempre acostumbrado al poder, y tras que dominaran el mundo, un dragón con el merito de la aristocracia dragónica. El punto más alto en la pirámide de la Reina Madre. Todo ese conocimiento, y el que ella misma fue adquiriendo viviendo como dragona y empapándose de sabiduría humana antigua y prohibida fue el que forjó a Reeva y la hacían una clara figura hecha para liderizar o estar en lo más alto. Una pieza poderosa en el tablero de ajedrez, en los juegos de poder de la sociedad dragónica, y era algo de lo que ella estaba muy consiente. Por eso, siendo así, su elocuencia y oratoria no era para nada despreciable. Tenía el don de la palabra para influir en los otros y mover lo más interno, y por eso ella era la indicada para hacer lo que estaba haciendo: unir a los suyos.

Así, la satisfacción de ver a un dudoso Rhynn que parecía no entender nada al principio y ahora lograba, aparentemente, reconocer la lógica y sentido de los planes de Reeva, le embargó.

Reeva sonrío cuando el repitió tras ella, mirándole directo a los ojos y asintiendo levemente, recorfimando que así sería: juntos. Al escuchar aquella pregunta por parte de Rhynn, entonces supo con total certeza, que el híbrido de ojos azules estaba con ella. Mantuvo su leve sonrisa en sus finamente pintados labios y su mano derecha soltó la de Rhynn, y la dirigió hasta la mejilla de este en un tacto de alianza y compromiso. -Te enseñaré.- Confirmó al híbrido, dejando un leve silencio entre ambos mientras sus ojos siguieron mirándose, forjando una alianza entre dos seres de una misma raza, pareciendo que ya cualquier palabra más era innecesaria.

Una de sus sirvientas entró al despacho. -Mi señora, Lord Arkram esta aquí.- Reeva entonces miró a la sirvienta, asintió y luego miró a Rhynn y suspirar. -Debo atender algunos asuntos ahora, pero puedes estar aquí todo el tiempo desees y servirte cuánto gustes. Mi hogar siempre será el hogar de los míos, y aquí eres más libre que en cualquier otro lugar ahora mismo.- Le explicó, para levantarse y caminar a la entrada del despacho, no sin antes girarse, y mirar de nuevo hasta donde estaba Rhynn.

-Ah, y Rhynn...- Dijo para que este le viese por última vez, antes de salir. -No lo olvides: Híbridos y orgullosos.- Y Reeva salió, con la sirvienta detrás de ella, cerrando la puerta y dejando a su invitado, y nuevo aliado, atrás.




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Mensaje por Rhynn el Vie Nov 08 2019, 18:07

Su mirada, junto a la satisfacción y la firmeza que refleja su rostro me mantiene atrapado. Incapaz de apartar mi mirada de ella, incapaz de tan siquiera pestañear ante la fuerza que desprende su espíritu dejo de sentir el calor, el contacto de su mano derecha sobre la mía para sentirlo en mi mejilla, en un claro contacto más cariñoso, más personal, en una muestra de acercamiento, de aceptación propia de una guía, de una mentora, de una líder para uno de sus nuevos seguidores. Pero es el silencio posterior que se instala entre ambos, la unión casi mística de nuestras miradas lo que termina de forjar ése pacto, esa extraña alianza que ella ha logrado crear en una sola tarde y que ha significado otro gran punto de inflexión en mi vida.

Por desgracia la irrupción de la sirvienta hace que el mágico momento se rompa abruptamente, tanto como el suspiro que brota de los finos labios de la híbrida.  - Gracias, seño… – empiezo a decirle tras escuchar su ofrecimiento - Payge, gracias Payge – rectifico al instante, omitiendo mi habitual ”señora” que tan acostumbrado estoy a utilizar cuando me encuentro ante una dragona, para utilizar su nombre. Algo asombroso para quienes creen conocerme realmente, puesto que híbrida o no, su presencia no deja de semejarse a la de los orgullosos dragones.

- Híbridos y orgullosos – repito en cuanto lo dice, justo antes de abandonar la sala, levantándome para realizar una solemne reverencia ante ella, viendo cómo la puerta se cierra detrás de ella, dejándome solo en la sala, con el torbellino de los nuevos pensamientos en mi cabeza.

Permanezco un rato de pie, con la mirada clavada en la puerta, intentando asimilar todo lo que ha sucedido, pero sobretodo el hecho de saber que no soy lo que siempre he creído ser. Finalmente aparto la mirada de la puerta, acercándome lentamente a un pequeño espejo que hay en una de las paredes. Parándome delante de él, veo mi rostro reflejado en la lisa superficie, contemplando mis facciones, mis ojos, mi barba incipiente, mi corte de pelo. Ladeando ligeramente la cabeza observo la imagen reflejada hacer lo mismo, mirando mi propio rostro con otros ojos, puesto que ahora ya no veo al humano esclavo que creía ser, que todos creen que soy, sino que ahora sé que, tras esa mirada de un azul tan profundo como el del mar, yace el espíritu de un híbrido, de un ”orgulloso híbrido”.



Esbozando una ligera sonrisa, me aparto del espejo, dirigiéndome hacia la puerta, abandonando así la estancia, la mansión y adentrándome en las calles que me conducirán a donde se supone que debo estar. Pero el ser que abandona aquella mansión no es el mismo que el que entró, pues si hubiera habido alguien observando, habría notado un cambio, pues el ser que ahora abandona la majestuosa edificación camina más erguido, con la espalda bien recta, con la mirada altiva, más seguro de sí mismo, más orgulloso y majestuoso que cuando se adentró asustado y curioso en el mismo edificio.




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