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Mensaje por Mysandre el Vie Ago 30 2019, 21:20

Los rumores no tardaban.

La Dama Roja había salido de Edén con un propósito fijo. El carmesí de sus ojos que se miraban como el fuego se habían centrado en un objetivo tan igual como el que la había movido en tiempos del Despertar: Guiar por la senda de luz a aquellos que yacían perdidos en el vestigio de voces de dioses blasfemos y falsos, en los ideales de traidores y desleales, en la duda de incrédulos y fantasiosos que creían estar a la altura del poder de la Diosa. Sí, ciertamente habían echado raíces; todos sus hermanos, incluyéndola a ella en especial, lo habían sentido. La Fe se debilitaba, la llama que ardía iluminando el mundo se hacía débil y la oscura noche amenazaba con extinguirla, afectando así el corazón de su Madre.

Mysandre, quien había sido esclava de Yaveh, lo había visto antes, y ciertamente no había algo que temiese más que ello: la ira de un Dios cuando la fe moría era devastadora y las cosas que empezaban a ocurrir con la Reina Madre eran un aviso de que nadie escaparía al juicio del Fuego. Dependía de sus hijos entender su rol en la pirámide y cumplirlo, tal como ella lo hacía ahora. Llegando en un simple barco pesquero en el cual nadie se imaginaría que una Guardiana, y ademas aristócrata, iría, desembarcó en los Puertos de Talos sembrando la curiosidad entre los habitantes. Se había establecido en una posada muy barata, siendo su presencia, así como su identidad, un misterio que los primeros días solo circundo entre navegantes y locales sin que dragones diesen menor importancia. Para su suerte, ningún dragón había notado su presencia porque era muy fácil, al menos para los que tuviesen mas de 300 años recordarla. Así entonces, Mysandre había empezado a hablar, pasado los días, sobre la fe, haciendo que más y más curiosos se acercaran a escucharle. Pronto el rumor empezó a cobrar fuerza entre los suyos y no tardó en alcanzar la red dragonica: Una mujer de vestiduras rojas que hablaba de la Reina Madre como no se había visto en mucho tiempo, un hecho que caía como anillo al dedo ante los últimos acontecimientos.  Fanática o no, el hecho era qué, los días pasaban y el rumor cobraba fuerza con el hecho de la atracción de cada vez, ya fuera por miedo o por fe real en las profecías y palabras de la Dama Roja, más adeptos que arrepentidos de dudar buscaban el perdón de la Diosa a través de las manos de Mysandre.

Entonces, ese día, se hallaba en el centro del creciente pueblo, y la multitud le rodeaba mientras hablaba. -Bienaventurados los que lloran por su Diosa, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los que no dudan, porque en ellos es hallada la luz del fuego. Bienaventurados los de limpio corazón y mente, porque ellos verán a la Diosa y no temerán. Bienaventurados los que no se inclinan a dioses paganos, porque no arderán junto a quienes lo hacen. Bienaventurados los que buscan la verdad, porque que el fuego sagrado les iluminará.- Decía Mysandre, a voz audible en medio de la multitud que atenta escuchaba. Y de entre todos en aquel lugar, una presencia que no pasó desapercibida y que le miraba en silencio, sin interrumpirle, le hizo sonreír suavemente al reconocer de quien se trataba.

Sus ojos carmesí, clavados en los de Aureon entre las gentes, parecieron centellear con complacencia, como si de alguna forma Mysandre hubiese estado esperándole. -Bienaventurados son cuando por causa de nuestra Madre den su vida, porque ella nos premiara a cada uno según convenga y, juzgará, a cada uno según convenga.- Esclareció, para apartar la mirada de su hermano dragón y ver a las gentes. -Gócense y alégrense, porque el galardón es grande para aquellos que la luz les hes revelada y la eligen. Renacerán del fuego y no perecerán.




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Mensaje por Vaurien Aureon el Mar Sep 03 2019, 23:11

Los rumores no mentían.

Realmente Mysandre estaba en Talos. Cuando Vaurien lo oyó, no pudo evitar salir a comprobarlo en persona. La verdad era que eran tiempos inciertos para los seguidores de la Reina Madre. La llegada de su más ferviente (y prácticamente exclusiva) sacerdotisa no podía ser más oportunamente planeado.

Ella no había perdido su toque, ni mucho menos. Después de lo de Navidad, la popularidad de la Reina estaba en su punto más bajo desde la Guerra del Despertar y, sin embargo, Vaurien notaba como algunos de los gestos de los humanos presentes cambiaban de furia a desconcierto, de desconcierto a curiosidad, de curiosidad a duda, y finalmente, de duda a confianza. Un trabajo impecable, pensó él.

Durante su discurso, los ojos carmesí de ella se encontraron con los de él, de color rubí. Con esa conexión, no hacían falta palabras, ni siquiera un contacto por la red. Las intenciones de ambos estaban claras. Por ello, una vez terminado el sermón. Vaurien acudió a su lado y le ofreció su mano enguantada en negro para ayudarla a bajar del estrado improvisado.

-Un discurso excelente, Dama Roja.-saludó Vaurien, con una sonrisa calmada.

-Permítame ser el primer Inquisidor en darle la bienvenida a Talos. La Diosa sabe que es necesaria aquí ahora mismo. ¿Puedo invitarla a una copa?-





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Mensaje por Mysandre el Vie Sep 06 2019, 22:55

La fe.

La fe, para Mysadre, era desde siempre su pilar, su razón de ser y existir. Aquella que le había llevado a encontrar un significado, a buscar respuestas, a encontrarlas. A tener una razón, para saber quién y qué era, y eso se resumía hoy en una sola palabra: Reina Madre. Ese fuego ardiente que brillaba en su interior desde tiempos ancestrales, sin haberse jamás y nunca apagado, era lo que se miraba en todo lo que ella era y como una luz, parte muy minúscula de una luz sagrada, de la primera de todos, guiar e iluminar con su llama a aquellos que estaban envueltos en el cobijo de la larga noche que para ella no era más que la ignorancia y la cegues. Era esa luz de fuego, ardiente y purificadora, la que salía de su boca, haciendo como en los primeros tiempos del nuevo Imperio del Fuego, que la palabra de Fuego fuese escuchada y los ojos de todos fuesen abiertos, para que entonces todos pudiesen elegir.

Muerte o vida, castigo o redención. Esa era la elección. No había puntos intermedios. Muchos consideraban aquello crueldad, nada más alejado de la realidad. Ella lo sabía: era la bondad de la Reina Madre.

Las gentes a su alrededor, que habían ido creciendo con el pasar de los días de haber llegado a las costas de Talos, despertando así el rumor de su arribo algo que serviría para recordar que la fe, lejos de morir, seguía viva. Que todos iban a hacer lo que fuese necesario para que el Imperio del Fuego permaneciera fuerte. Y aunque pareciere imposible, los humanos empezaban a creer de nuevo. El fuego estaba siendo avivado y las palabras de Mysandre calzaban en los corazones apagados, no solo de humanos, también de dragones que circundaban el lugar, soldados del ejército y miembros del cuerpo de la Marina en su mayoría, quienes recordaban en las palabras de la Dama Roja el origen de todo lo que eran hoy y les llevaba a una sola cuestión: elegir. Mysandre, terminada su prédica, y viendo como Vaurien Aureon, a quien recordaba desde hacía siglos, se acercaba. -Lord Aureon- Le dijo, con una sonrisa sutil y enigmática, demostrando que, aunque hacía siglos que no le miraba, estaba al tanto de aquel título honorario que había reclamado, y ella respetaba. Aceptó a bien su cortesía, tomó su mano, y bajó del estrado improvisado. Enarcó una ceja cuando rebajó lo que había dicho a un “discurso”. -Oh, honorable Aureon, la sutileza sigue sin ser tu fuerte.- Le declaró, posando su suave y delicada mano en la mejilla del dragón, y dando como una caricia de condolencia por parte de su barba, como si de un pequeño niño inocente al cual su madre, con amor y agrado, le explicaba algo. -Hemos vivido mucho, hermano mío, tanto como para saber la diferencia entre palabras de fe y un simple discurso. La palabra de Fuego es real, y quema como nuestro poder mismo, porque es de ella quien proviene, de la primera de todos. Tan fuerte y veraz que incluso los dragones creímos, y nos unimos.- Dijo, con el rostro levantado y sus ojos carmesí clavados en los del contrario, para luego quitar su mano del rostro de Vaurien.

Volvió a sonreírle, cuando este le dio la bienvenida. -Y es algo que agradezco y una invitación que estoy dispuesta a aceptar con agrado, viniendo de quien aún mantiene su fe viva.




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Mensaje por Vaurien Aureon el Mar Dic 31 2019, 01:43

Ese último comentario le produjo a Vaurien un cierto resquemor. Si le era sincero, su "fe" pasaba por un mal momento. Desde el ataque a los altares, donde pudo ver con sus propios ojos cuan bajo su Reina había caído, había estado empezando a dudar de su absolutismo. Ésa era una de las principales razones que le había llevado a acercarse a Mysadre. Su fervor, su ardiente fe en la Diosa, le había recordado como era él poco después de la Guerra. Su gran emoción y absoluta convicción habían conseguido revivir viejas pasiones...de todo tipo.

-Tengo un coche esperándonos, nos llevará a donde desee. ¿Algún lugar en particular de talos que quiera visitar?-

Ambos dragones caminaron juntos hasta el elegante vehículo. El coche de caballos de Vaurien Aureon era una de sus posesiones más utilizadas. Y, como tal, servía como una clara señal de su hegemonía. Todo en ello, desde el elegante acabado en negro mate con adornos dorados, a los poderosos pura sangre que tiraban de las riendas, hasta las elegantes ropas del propio cochero, con el que apenas intercambió una mirada, tal era la conexión entre Vaurien Aureon y Bernardo Butler VI, su mano derecha y principal sirviente.

De forma caballerosa, Vaurien invitó a la Dama Roja a entrar. El interior tampoco mostraba falta de lustre, con asientos forrados de un suave terciopelo de un intenso carmesí.

Ambos se sentaron, uno frente al otro, y el coche emprendió su marcha. Las suaves carreteras pavimentadas de Talos, hacían que no hubiera turbulencia.

Vaurien echó mano, de un pequeño compartimento que había bajo su asiento. Dentro había una botella de vino tinto, procedente de la cosecha del Castillo de Talos. Lo guardaba para ocasiones como aquella.

Sirvió dos copas, y le ofreció una a su acompañante. -Por la Reina-dijo, para brindar.

"Por la Reina". Las palabras resonaron en su mente. Eran palabras que antes abría dicho de forma evidente, casi sin pensar. Pero ahora, cada vez que las decía, debía meditar si realmente eran las palabras apropiadas.

Vaurien conocía a Mysandre desde hace tiempo, pero sus encuentros en persona eran escasos y, a menudo, demasiado breves para su gusto. Siempre fue una dragona ocupada. En su incasable cruzada contra la ignorancia a la Fe de la Reina Madre. Una encomendable labor, sin duda. O, al menos, eso había pensado durante siglos. Tal vez ella podría devolverle la fe.

-Como he mencionado antes, es cierto que la ciudad la necesita...pero, ¿que le ha traído a la capital?




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Mensaje por Mysandre el Dom Ene 12 2020, 18:11

Devoción.

Solo así podía resumirse todo lo que la más antiguas de las guardianas, la primera de todas, la primogenita, era. Ella, quién había creído desde sus primeros años de vida, quién sabía que amaba a la Diosa porque ella los había amado, a todos sus hermanos, primero, tenía una entera devoción y una clara convicción en la que sabía que dedicar su vida a hablar de su Diosa era su misión y su deber. Ser una luz en medio de la oscuridad, un sendero que guiase al fuego primigenio en medio de las sombras de la terrorífica y cegadora ignorancia. Una guía, para todos. Sin exepción.

Las palabras se Vaurien; aquel inquisidor que recordaba tan bien, a pesar de que siempre sus encuentros habían sido escuetos y muy contados, inclusive en el tiempo antes del Letargo, donde habían cruzado sus caminos en la travesía de Mysandre, quien buscaba a su Diosa por alrrededor del mundo; le hicieron sonreír con sincera diversión. ¿Por qué? Nada nunca parecía claro con las intenciones de Mysandre. Era imposible deducirlas. De la misma forma en la que su llegada a Talos fuese una sorpresa, de la aún nadie sabía, de la misma forma en la que nadie hubiese esperada que la Dama Roja arribase a los Puertos en un barco mercante de pobre y humilde follaje, de esa misma forma lo que quizá se esperaba era que, como aristócrata, por lo menos, la Guardiana diese un sí completo al inquisidor, un "a la ciudad", pero no. Su misión era clara, para ella y para la Diosa. -Salgamos del poblado de los Puertos. Al llegar a donde el camino entonces sea solitario, y la distancia de este lugar prudente, entonces ahí este encuentro habrá acabado, Vaurien Aureon.- Respondió sin dar mayor explicación, y casi como si fuese una orden. -Nada escapa a los ojos de la Diosa, Vaurien. Todo tiene una razón. Tu presencia aquí, tiene una razón.- Añadió, de forma misteriosa y mística aquellas palabras, para entonces ir con él.

La Dama Roja caminaba, envuelta en sus rojos ropajes, con las manos a la altura de su regazo. Su paso y porte delataban la imagen sin duda de una dragona, y la seguridad propia en su mirada orgullosa y su sutil sonrisa siempre invitaban al misterio de intenciones desconocidas. Una imagen de poder y mística. Mysandre subió entonces al coche y tomó asiento, y miró de soslayó por la ventana mientras el suave repiqueteo de las ruedas sobre el camino real los empezaba a alejar.

Entonces la Dama Roja miró el vino que tuvo bien a ofrecerle el inquisidor, y sonrío ante su formalidad esperada, sin embarho solo levantó la mirada de sus ojos de intenso carmesí para volver a encontrar los de su interlocutor, sin recibir la copa, pues ella no bebía ningún tipo de licor. -Por la Reina.- Tuvo bien a responder con una ligera sonrisa y movimiento afirmativo de cabeza, para volver su mirada al paisaje de las afueras. Aquello sería suficiente para que Vaurien entendiese, si bien no que Mysandre no ingería ningún licor pues ese dato lo sabría solo si ella lo revelaba, que no iba a aceptarle aquella atención. El silencio fue tranquilo unos minutos, hasta que entonces Vaurien habló. Por unos minutos más no le respondió, no lo observó, solo hizo silencio. -Son tiempos oscuros, Vaurien.- Rompió por fin su delicada voz. -Tiempos oscuros y terribles en los que la ira de la Diosa se desborda, ¿quién entonces estará exento?- Preguntó y volvio a mirar al dragón. -Como en los primeros tiempos del Despertar, la oscuridad se extiende en los corazones. Esta vez no solo de humanos, sino también de dragones. El enemigo se levanta queriendo extinguir la llama, ¿quién sería yo si hiciera oidos sordos a ello? ¿qué merito tendría yo si no entendiese la bendición del don de la Diosa?- Mencionaba. -Soy una guía. Y tal como el los antiguos tiempos, mi Diosa demanda que predique su palabra. La Palabra de Fuego, aquí, en Talos.

-Todo aquel que tenga oidos oiga lo que la Diosa dice.- Añadió, mirando al dragón y manteniendo su sonrisa ligera en aquel enigmático rostro y misteriosa mirada carmesí que parecía ver más y saber más de lo que decía pero no revelaba. -Has venido como inquisidor hoy aquí, y has visto y sido testigo de que la llama de la fe empieza de nuevo a encenderse, empezando aqui, en los Puertos. Acabado tu trabajo, ¿por qué sigues entonces frente a mí, Vaurien?




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Mensaje por Vaurien Aureon el Sáb Feb 01 2020, 22:42

"Ouch"

Ese fue el primer pensamiento que se le cruzó por la mente a Vaurien ante la adornada, pero no menos afilada, repuesta de Mysandre. Como una noble daga de plata.

Estaba claro que, tras 300 años de auto-exilio, quizá su etiqueta y gallardía no estaban al día. Con su orgullo algo magullado, Vaurien decidió salvar la dignidad que le quedaba y accedió a la petición de la dragona.

-Así se hará-declaró el dragón, y le comunicó al cochero la dirección deseada.

Aún tenían algo de tiempo antes de que llegara el momento de separarse, y Mysandre parecía no haber terminado con él.

-Mi trabajo nunca acaba, querida, no realmente. Los herejes y enemigos de la Reina crecen por días, el descontento del pueblo es evidente. Así pues, los inquisidores hemos pasado de ser sus ojos y oídos a sus garras y llamas. Pero la razón que me ha llevado hasta ti es distinta.-

Vaurien meditó muy seriamente sus siguientes palabras, pues se aproximaba a un terreno muy peligroso.

-Algo pasa con la Reina Madre, Mysandre-declaré, con absoluta seriedad.

-Supongo que estarás al corriente de el ataque a los altares elementales, hace ya algún tiempo. Tras destruir el Altar de la Tierra, yo y otros dragones selectos tuvimos el privilegio de reunirnos con la Reina Madre para recibir una condecoración...tendrías que haberme visto, con el pecho henchido de orgullo, expectante por ver a mi Diosa por primera vez en 300 años...sin embargo, no era lo que me esperaba. La Reina parecía una otrora hermosa flor, marchitándose en las tinieblas. Hablaba sinsentidos, nos alababa y nos acusaba de traidores al mismo tiempo...gritaba a enemigos invisibles...no echó a gritos...me rompió el corazón, Mysandre.-

Miré por la ventana del carruaje, como si entre la espesura del bosque se encontraran las respuestas a mis dilemas.

-No he pensado en otra cosa desde entonces, ¿que le había pasado a la Diosa? ¿Contra qué enemigo luchaba? ¿Cómo podía ayudarla? ¿Que hace un fiel cuando ve a su Diosa, a su Reina, a su Madre...sufrir de esa forma?-

-Entonces creí haber llegado a una posible respuesta a este enigma. La Reina no estaba enferma...todo lo contrario...estaba ascendiendo.-

-Existe una teoría, entre algunos dragones eruditos (yo incluido) que dice que, cuanto más compleja es una forma de vida...más lo es su alimento: Desde la lombriz que come de la tierra, hasta el animal que devora esa lombriz. Los humanos, algo más avanzados que las bestias, deben cocinar y preparar sus alimentos para poder consumirlos.-

Tomé mi copa de vino, y a través de ella vi el mundo del color de la sangre.

-Los Dioses, sin embargo, no se alimentan en el mundo físico. Sino que lo hacen a través de la fe de sus creyentes. La única forma de matar a un Dios sería matando a todo aquel que lo adorase, de forma que fuera olvidado en el tiempo.-

-¿Dónde nos deja eso a nosotros, los dragones, que estamos a medio camino entre lo mortal y lo divino? Necesitamos sustancia física para mantenernos...pero nuestros corazones no están satisfechos sólo con eso. No podemos mantenernos de la fe de nuestros creyentes, pues no somos dioses...sin embargo, nos vemos atraídos por cosas que generan una gran devoción: las riquezas, el arte y, últimamente, los placeres de la carne en sí mismos. Cosas que todo el mundo asía, en las que todo el mundo tiene "fe". Por ello los dragones de antaño (como un servidor), acumulaban grandes tesoros y raptaban a hermosas princesas, aunque no tuvieran interés carnal en ellas. ¿Qué iba a hacer un dragón con ese oro? Nunca lo gastaba, querían cosas simplemente porque éstas en sí eran valiosas.-

Dejé la copa en la mesa, y crucé mis dedos, llegando al final de mi argumento.

-Lo cual nos lleva a nuestra Diosa. Mi opinión es que la Reina Madre ha llegado a acercarse tanto a la Divinidad, que el mundo físico ya no es suficiente para ella...necesita creyentes...verdaderos creyentes como tú. Ahora mismo, creo que eres la cura para nuestra Diosa.-

Llegando al punto acordado para terminar su reunión. Vaurien le dedicó unas palabras finales.

-Mysandre, he conseguido una audiencia con la Reina. Será pronto, y en ella pretendo decirle a la Reina lo que pienso. Lo cual será, o bien el mayor acto de fe que se haya visto, o la más atroz de la herejías...ella será quien lo juzgue....pero no niego, que hasta entonces, me sería de gran ayuda contar con tu consejo. Realmente espero que esto no sea un adiós.-




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Mensaje por Mysandre el Mar Feb 25 2020, 15:20

Reconocía.

La más antigua de las guardianas, Mysandre de Edén, reconocía muy bien el valor de aquellos que se habían vuelto los ángeles de la Diosa. Sus arcángeles. La Sagrada Inquisición de Su Majestad, era sin duda, una de las instituciones más nobles creadas y acertadas por su Diosa. La Madre amaba a sus hijos, y buena Madre era sabia cuando debía corregir. La traición y la deslealtad, la incredulidad, se habían apoderado del Imperio del Fuego, y que la Madre ahora se rodease de los más leales no era una sorpresa. Lo más leales debían servir y con ellos mostrar el camino a la luz. Al fuego. Era para ella un honor guiar a quienes ahora tenían tal labor, como leal servidora de su Diosa.

Mantuvo el silencio y no apartó los de Vaurien. ¿Lo sabía? Parecía como que sí. Siempre era así con la misteriosa Mysandre. Aquella sensación de saber muchas cosas. Lo que estaba claro es que sus palabras habían revelado al inquisidor que en efecto tenía en claro que algo turbaba el corazón del inquisidor.

Seguía las palabras de Vaurien, en silencio. Lo escuchó, lo escrutó todo. Lo analizó todo. Detalle a detalle, cada fina letra y palabra de la explicación del dragón.

Como guardiana, Mysandre era perfecta escuchando. Muchos eran los dragones y humanos de los que sabía tantas cosas, y las guardaba porque no era su trabajo el juzgar, sino el dar consejo y guiar. Al final de camino, era la Diosa quien lo juzgaba todo. Mysandre miró el carruaje parar muy alejados ya del pueblo de los puertos. Por un instante, su rostro, que mostraba una sonrisa tranquila y enigmática, viró hacia el camino real. -El pueblo más cercano esta hacia el norte.- Mencionó. Algo que no tenía, sin duda nada que ver con el tema del que el dragón le habló. -Y luz les resplandeció, y la luz entonces fue con ellos. A algunos para redención, a otros para condenación.- Dejo escapar y volvió a mirar al dragón a los ojos. -Ay de aquel que sabiendo hacer lo bueno, no lo hace, porque le será contado por pecado.

Tras ello, hizo un minuto de silencio, volviendo a mirar hacia el bosque y el camino que se extendía. -Vaurien.- Por fin habló nuevamente. -Dragón de poca fe. Nuestra Diosa siempre ha sido, es y será. Con o sin nosotros. Intentas comprender con una mente mortal aquello que es inmortal.- Explicó. -Ni tú ni yo podremos entender los misterios de lo divino si no es su voluntad, pero siéndolo, te diré lo que sé: Lo que ves ahora no es más que el corazón de una Madre dolida, y la ira venidera de una Diosa traicionada. Lo que para muchos es locura es en realidad un corazón ardido, que juzgará.- Explicó. -Es tiempo de juicio, y nadie escapará a él.- Sentenció con tranquilidad. Y fue todo lo que dijo. El cochero abrió el carruaje y bajó de él, con Vaurien a su lado para antes de partir volverse y dedicarle, con su mano derecha, un suave toque y caricia en la mejilla, mirándole con ternura. -Que no se turbe tu corazón, dragón. ¿Quieres mi consejo? No intentes andar con la razón un camino que es por fe. Veas lo que veas ese día... serás tú quien deberá decidir, pues nadie más que tú estará tan cerca de su presencia, y para cuando eso ocurra, tú y yo nos volveremos a ver, Vaurien Aureon.- Señaló. -Está destinado.- Entonces la dragona apartó su mano.

-Que el fuego de Diosa ilumine tu camino, siempre.- Y la guardiana, cubriendo su cabeza con la capucha de aquellas vestiduras rojas, emprendió su camino para perderse a la vista, en el peregrinaje de su fe.




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