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Mensaje por Yanara el Vie Oct 12 2018, 23:36

El sol caía en el oeste y la oscura y fría noche despuntaba en el oriente, dispuesta a cubrir el mundo lenta pero inexorablemente hasta que el día siguiente decidiera aparecer. Una peculiar metáfora de mi vida, sumida ahora en la más densa de las oscuridades, esperando por ese rayo de esperanza que renovara mis ánimos para seguir avanzando hasta que mi nuevo día, llegara.

¿Había pasado ya?

Era difícil de decir. Aquel día en los acantilados, esa oportuna mano de Keith y sus posteriores cuidados e insistencia, hicieron de mí una criatura tan vulnerable e influenciable que si él me hubiera pedido entregarle mi vida en aquel fatídico momento, con mucha seguridad se la habría entregado sin pensar.

Pero, ¿por qué a él?

Las noches que había pasado con él, habían sido muy diferentes a las de cualquier otro hombre que hubiese llegado a visitarme a la Flor Azul. Con el mestizo no había tenido esa necesidad de venderme al placer, ni me había visto obligada a nada. En este último aspecto, no distaba de Cedrik, por ejemplo. Pero la relación que mantenía con ambos no podía ser más dispar. Incluso, era capaz de hablar más cosas con Keith que con Cedrik, conociéndole mucho más y teniendo una relación mucho más intensa. Intensa, físicamente hablando.
Tal vez fuera porque Keith me escuchaba. Tal vez fuera porque Cedrik me sacaba de mis casillas. Tal vez fuera porque yo...

¿Sentía algo más?


Mi ceño se frunció ante esa posibilidad. Como esclava, como meretriz, me era difícil discernir ya algo así. ¿Que no se resumía en ese deseo desvelado por las noches? Pero, de ser así, por qué ese hormigueo en el estómago mientras besaba a Keith? Era tan confuso que aquella sensación volvió a repetirse, hasta el punto de alzar mis dedos a los labios... ¿Acaso lo extrañaba?

Parpadeé un par de veces, no queriendo sumirme en esa línea de pensamientos que cada vez me confundía más. Mis ambarinos iris se elevaron a la luz de la ventana, ahora anaranjada, oscureciéndose a tonalidades violáceas. Un espectáculo de luz que, desde el balcón de mi habitación podía ver, antes de recibir visitas y empezar con mi tedioso trabajo. Una pequeña brisa hizo danzar la tela de mi vestido que cubría mis piernas, marcando mis curvas a través de la ropa, de forma irregular, mientras en lo más profundo de mi interior, rogaba por que aquella noche fuera tranquila.




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Mensaje por Keith E Craig el Lun Oct 15 2018, 08:58

Su

mal humor últimamente golpeaba las puertas de cada imbécil que se cruzara por delante suyo, pobres soldados que les tocaba tratar con él, su estado anímico era tenso, causando que sus subordinados, trabajaran más eficientemente para no tener que enfrentar a un teniente enojado sobre todo al quedar a cargo porque Cedrik, nuevamente se había desaparecido, no sabía porque carajo se extrañaba, había sentido en esa última conversación con él, que algo se estaba cocinando y aunque el rubiales había querido negarlo, sabía que algo venía.  

Dejarlo a cargo del entrenamiento de su amigo, el desafiado, dejarlo como su segundo al mando en el escuadrón y otro sin fin de pistas, lo hicieron pensar que ya lo estaba considerando.

Y sin cuestionarle nada más, ya que él sabía qué hacía con su vida y lo que dejaba de hacer y como lo hacía, se dispuso a atender sus propios asuntos que necesitaban organización. Y el asunto mayor, eran esos trabajos que el General le entregaba y él había aprendido a nivelar con esa misión personal que se había colocado y que tenía toda la intención de cumplir cada que podía. Su difunto padre, ese desgraciado dragón hijo de puta y sus posesiones que él estaba vendiendo para construir una residencia en el bosque le daban la ventaja de tener recursos de sobra, que usaba para pagar por materiales, costear mano de obra y de alguna manera vivir, eso junto a los trabajos que había realizado como caza recompensas y sumado a eso, lo que su trabajo de herrería le daba.

En pocas palabras tenía dinero para gastar en lo que se le viniera en gana y nadie cuestionaría aquello, debido a que frente al mundo dracónico, era un dragón en todo derecho.

Luego de terminar lo pedido, el mestizo había hecho su camino hasta ese antro de perdición y dejando dos monedas en las manos del muchacho de cuadra, le encargó su caballo e ingresó al local, donde fue golpeado por ese fuerte olor a opio y pues... por la puta. Si no era fumador de la mierda, acabaría de alguna forma adicto pasivamente a ello.

Mentiras.

Él ya era adicto a algo y ese algo estaba en el piso superior.


Una voz masculina llamó su atención, un dragón había mencionado a la Venus Azul y enseguida sus ojos se posaron en la bolsa que tenía en el cinto por la cual ya rebuscaba, por lo que, arqueando una ceja, emprendió ese camino hacia el mostrador, donde el dueño le miró al instante, reconociéndolo.


Quizá era el cabreo que repentinamente despertó, lo que hizo al humano encogerse en su lugar al verlo, mientras el mestizo colocaba el pago sobre este. “Hey!” había escuchado, conforme arqueaba una ceja y buscaba la vista del joven dragón, que por cómo lo miraba, debía ser de esos que habían nacido antes de la infertilidad de los lagartos. Pero se notaba a leguas que no era un luchador y mucho menos un macho alfa— ¿Algún problema? —preguntó el mestizo con la misma mortal seriedad. El muchacho dudó “Y-Yo quiero una noche con la Venus Azul” el híbrido se acomodó con sus brazos en el mostrador y recargó su cuerpo lo suficiente para que este crujiera un poco, tensando su mandíbula para tronar sus nudillos y hablarle— ¿De verdad? –el muchacho volvió a dudar. Seguro el hijo de algún aristócrata o burgués. El mestizo, miró a una de las muchachas que trabajaba allí, que llevaba una botella y una taza en una bandeja y extendió su brazo derecho para tomarla suavemente del brazo y tomar la taza y la botella, para servirse del licor y bebiéndolo todo de un trago, sirvió de nuevo y se lo extendió al dragoncillo— anda bebe –instó.

El dragón bebió y en un sacudir de su cabeza, se notó que no aguantaría otro trago más, antes de marearse— Como supuse –le pagó al encargado una suma suficiente para que nadie más fastidiara durante la noche, hasta el día siguiente— Dale a Misti, ella sabrá cómo convertirlo en un mejor macho para las grandes ligas –Y dejándolo con la palabra en la boca, se fue camino a las escaleras y piso superior de la Flor Azul, con la botella en mano, ojeó y saludó a una que otra chica, que seguramente habrían deseado que fuera en su dirección. Pero sus pasos no se detuvieron hasta llegar a esa puerta que abrió para huir de las miradas decepcionadas de las otras y cerrarlas a sus espaldas.

Y el aire se le fue de los pulmones.
La silueta femenina que logró ver, le hizo sentir la garganta seca, como su cuerpo se dejaba entre ver bajo aquella tela casi translucida, gracias al sol.


Abandonó la botella sobre una mesa cercana, palpó su chaqueta y de ella sacó un envoltorio que dejó sobre la silla, oculto a la vista de la rubia, aunque se girase. Se quitó la chaqueta y la descansó sobre una silla y aclaró su garganta, esperando darle la sorpresa de su llegada, notando tal vez la tensión en su cuerpo por ese sonido, a lo mejor pensando que sería un cliente más, pero recibió su mirada con una sonrisa ladina, tan propia de él— Está noche serás mía, solo mía –musitó con esa seriedad falsa, que se diluyó en un acercamiento tranquilo, invitándola con un gesto a que fuera a él y le saludara.

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Mensaje por Yanara el Mar Oct 16 2018, 08:15

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Aún perdía mis ojos en esa línea del horizonte, al que quise alcanzar por un momento. Era demasiado fácil plantearse la huida de aquel lugar, pozo de desesperanza y malos ratos para alguien que ahogaba sus ganas de vivir con cadenas hechas de jade. Algo que casi podía saborear de solo pensarlo. Pero la realidad era muy diferente. No por ser incapaz de cruzar las puertas de Talos y huir al bosque. No. Era la pantomima que me llevaba a afirmar que era una dragona, lo que realmente estrangulaba mi cuello, pues por fingir ser lo que no era, no habría lugar en el que pudiera esconderme, si lanzaban una búsqueda de mi cabeza.

Pero, no era eso lo que más atenazaba mi corazón si pensaba en escaparme.

Había lazos que me ataban a mis más allegados, que podrían correr muy mala suerte si yo llegaba a desaparecer. Simplemente, por esa relación que pudieran tener conmigo. Podía ser el punto de partida de una investigación que podría no llegar a buen puerto. Y ahora, había una más. Extraña. Peculiar. Que me había devuelto la sonrisa, por tímida que fuera o por mucho que yo quisiera negarlo. Ni siquiera era completamente consciente de ello. Fue justo esto último, lo que me hizo sonreír abiertamente, cuando aquella inesperada visita, entró a mi cuarto—. Kei. —se me escapó en un exhalo que llevaba más que su mero nombre. Y, tan sólo esperé a que dejara aquello que había traído, poco interesada en ello en ese momento. Fue ese gesto suyo, invitándome a alcanzarlo lo que me impulsó a ello. Pero no precisamente con la suavidad que él seguramente esperaba. Con paso apresurado, salté al llegar junto a él, aferrándome a sus caderas con las piernas, llegando a afianzar el agarre de mis manos en sus fuertes hombros. Aún así, con ese acercamiento repentino e intenso, simplemente junté nuestras frentes, culminando mi saludo, que a pesar de impulsivo, no dejaba de ser tierno. Reí con suavidad en el proceso, antes de articular:— Sólo tuya, ¿eh? —amplié más la sonrisa, en lo que deslizaba una de mis manos para hundir mis dedos entre los oscuros mechones que cubrían la parte posterior de su cabeza—. Y, ¿como has convencido a Niall... —el encargado— para que me reservase toda la noche para ti, esta vez? —pregunté, enarcando mis cejas por un segundo, con ese aire pícaro que aún se podía ver con claridad, entre las luces anaranjadas y violáceas que ahora atenuaban la luz del día, hasta que los colores vivos pasasen a ser esa gama oscura de azules y negro.

Otro juego que sólo había tenido con aquel mestizo, aunque hubiera sido antes de marcharse de Talos por unas semanas. Pues, por cada vez que había venido a verme, se inventaba una ingeniosa forma de decirme que había convencido a Niall para que pudiera colarse en mi cuarto, sin ser interrumpidos, por esa noche. La situación, pese a que él me había llegado a ver tan rota, seguía siendo la misma. No obstante, yo misma admitía que volvía a tener esperanza. Una esperanza que hacía latir mi corazón más deprisa con esa sorpresiva visita. Tal vez, por ello, quise jugar de nuevo.
Como si no hubiera pasado tanto tiempo desde la última vez que había venido a verme.




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Mensaje por Keith E Craig el Miér Oct 17 2018, 21:48

Y

la verdad era que todo el cabreo que cargaba, se esfumó cuando había cruzado el umbral de esa puerta y la había visto. No solo su presencia tal cual, sino principalmente esa sonrisa que había dibujado cuando lo vio antes de prácticamente correr a él y le llevó a prepararse para apañarla y sin vergüenza alguna, sujetarla de esos fuertes muslos y así, rodearla por sus costados, en ese mismo lugar donde estaba de pie.

Y joder que podía sentir eso que le había faltado desde que se habían separado, algo que decía demasiado y al mismo tiempo parecía esconderse, tras esas sonrisas mutuas, en la alegría del encuentro— uhum –fue la respuesta ronroneante a esa afirmación de posesión absoluta sobre ella. Yanara era la cosa más bella que pudiese existir, con esa sonrisa en sus labios, con el brillo que despedían sus ojos. Esa alegría que desprendía al verlo.

Sintiéndose derrotado ante esa perfecta imagen acompañada de los rayos del atardecer que se metían metiches en la estancia.

Sus brazos envolvieron un poco más ese cuerpo femenino que sostuvo con propiedad, hundiendo sus dedos entre la fina tela de ese vestido que llevaba— Digamos... –emitió con voz calma y ronca, como era habitual en él— que se dio cuenta que ya había tenido un día terrible y decidió que quería conservar todos sus dientes por un día más –contestó con travesura, mientras avanzaba en pequeños pasos, divertido y con un afecto que solo ella podía sacar de él, compartiendo roces suaves de sus narices, recorriendo la silueta de su espalda y sus costados— le miré con la peor de mis caras y no tuvo los huevos para decirme que no –la transportó con suavidad hasta ese lecho, en el cual la depositó con absoluto cuidado, mirándola a sus brillantes ojos.

Los pulmones se le comprimían en esa dulce presencia que representaba esa bella mujer, a la que sonrió estando sobre ella, regalándole toda su atención, como si fuese la cosa más divina encontrada y pese a la postura, él conservaba su compostura para deleitarse con esa ilusión que impregnaba su imagen de... algo que lo dominaba silenciosamente, abrazándolo, envolviéndole y que le gustaba.


Acercó el dorso de su mano derecha al fino contorno de su rostro y la acarició en completo silencio, colocando un mechón desordenado tras su oreja, para finalmente confesar— Te extrañé –palabras tras las cuales, inclinó su rostro, para besar la mejilla izquierda de la rubia, antes de rozar sus labios con su tersa piel y por fin encontrar la comisura de sus labios y luego sus labios con los de ella, en un beso que inició suave, pero que luego profundizó tomándose su tiempo.

La había extrañado.
Su compañía, su voz, el calor peculiar que manaba de su cuerpo, su olor.

Maldita fuese esa asquerosa prisión, de la cual quería sacarla, pero primero... las malditas pulseras ¿cierto? Necesitaban deshacerse de ellas y luego se la llevaría (si se dejaba) y ante ese pensamiento rio contra sus labios, traduciéndose en una juguetona risa que ronca y ronroneante, buscaba crear ecos de escalofríos en ella, recargando su cuerpo de lado poco a poco, para apoyarse en su antebrazo y codo derechos y así, depositar su mano izquierda sobre su abdomen plano y después en su cintura, dejando que ese beso lento y profundo, fuese lo que le robara el aire a la rubia y le demostrara con ello y ninguna otra palabra, cuanta falta si le había hecho.

Y lo continuó, con una lentitud tan familiar, hasta que con sus ojos cerrados y un exhalo, apoyó su frente contra la de ella— Mucho... –completó ese “te extrañé mucho”.
Y joder, como le había hecho falta y solo en ese momento se había percatado.

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Mensaje por Yanara el Dom Oct 21 2018, 13:11

Mi cuerpo buscó el suyo, sin ser plenamente consciente de ello. Pareciera que algo en mi subconsciente me hacía anhelar ese calor característico de Keith que venía acompañado de ese aroma robusto y embriagador, propio sólo de aquel mestizo que ahora me sostenía en sus brazos. Ese que había despertado la efusividad de mi saludo, haciéndome saltar sobre él, violando toda distancia que hubiera existido con anterioridad entre ambos.

Porque sí, algo había cambiado entre nosotros desde aquella mañana en los acantilados.

... Desde ese primer beso que no quise contar. Una muestra de cariño tal que no pensaba que tuviera ese efecto que había tenido en ambos. Y, a pesar de que aún no fuera totalmente consciente de ello, se nos notaba a los dos. A Keith más que a mí, al parecer. ¿Tenía algo que ver esa profesión que yo ahora tenía? La que me había hecho aprender las artes de la seducción y teatro suficientes para encandilar a todo hombre que quisiera pasar un rato conmigo, por un módico precio. Cumplir sus deseos, haciéndoles sentir únicos en mi mundo.
Pero Keith, en verdad, era el único con el que todo aquello era verdad.

Reí con suavidad, para morderme el labio inferior inmediatamente, después, por su respuesta, en lo que nos movía por la habitación—. ¿Un día terrible? —repetí, en un murmullo que sonó más invitante de lo que en realidad era, quizás, instigado por ese ronroneo en su voz—. Tendré que esforzarme entonces en mejorarlo, ¿no? —añadí cuando mi espalda yacía ya en aquel lecho, queriendo poner de mi parte, indistintamente si ese horrible día había tenido lugar o no.

No pude evitar dejar salir ese suspiro indecoroso, fruto de un extraño escalofrío que recorrió mi espalda al verlo y sentirlo sobre mí. Como si fuera algo que desease fervientemente y no lo hubiese sabido hasta ahora. Esos ojos claros hipnotizaron los míos, en lo que su mano empezaba a pasearse por mi mejilla. Mi respiración pareció ralentizarse, al contrario que mi pulso, que pareció saltar ante ese murmullo sincero de su parte. Oculté mi mirada, cerrando los ojos, cuando Keith se inclinó hacia mí, dejando quedos besos en la piel de mi mejilla, engatusando mis ganas hasta hacerlas sucumbir con aquel beso que se me antojó en extremo delicado. Una delicadeza que cayó sobre mi cuerpo a plomo, consiguiendo vapulear mi capacidad neuronal, hasta erizar por completo mi piel. Me sentí hasta temblar sutilmente por esa intensidad que se fue dejando ver en esos labios que parecían entregarme tanto como pedirme lo que yo pensaba que no estaba a mi alcance. Mis manos, tímidas al principio, se movieron hasta poder acunar sus mejillas, hundiendo con sutileza las yemas de mis dedos en esa barba rasposa, que ya dejaba una sensación leve de picor en la piel de mi rostro que rozaba.

Fruncí el ceño fugazmente, disconforme cuando rompió ese beso, aunque aquel ronroneo grave que fue su risa suplió (sólo en parte) esas renovadas ganas por tener de él. Ya fuera un beso, una palabra, o...

Exhalé entre mis labios contra los suyos, aún juntos como estábamos, cuando la calidez de su mano encontró mi vientre, consiguiendo que ese calor se transmitiera a mi abdomen y éste, sin control aparente, bajara por él. Me vi entregando mi aliento a ese beso que, nada tenía que envidiar al primero y que, a diferencia de éste, ya logró que reaccionase, inclinando mi propio cuerpo hacia él, como si ya echara en falta su calor. Se me antojó inverosímil cuánto, hasta el punto de expresarlo con palabras, justo al mismo tiempo que él— ... Mucho. —¿mucho? ¿De verdad? Esa voz en mi cabeza quiso confundirme una vez más. ¿Estaba siendo sincera o simplemente era de nuevo esa parte más femenina de mi ser que invitaba a todo hombre a sentirse esencial, necesitado por esa meretriz que era en aquel lugar?
Fuera como fuese, la coincidencia, me hizo reír con suavidad.




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Mensaje por Keith E Craig el Lun Oct 22 2018, 08:45

Y

poco a poco la envolvió con cuidado y lentitud contra sí mismo, deslizando su brazo izquierdo bajo su cabeza, de modo que ella la apoyara en él y él pudiese rodear los hombros femeninos con su brazo, hasta posar su mano sobre su hombro, juntándola contra su cuerpo un poco más, rozando su nariz con la suya, sin romper esa distancia que otra vez habían acortado hasta ser casi nula.

Su mano libre, que descansaba en esa cadera suya, se deslizó por la curvatura de su cintura y buscó rozar con sus ásperos dedos su brazo hasta encontrar su mano y propiciar un entrelace de sus dedos, buscando a su vez, sus labios de nuevo para besarle. Y entre besos, murmurarle con una honestidad estremecedora— No tienes que sobre esforzarte para mejorar mi día – Presionó su mano, antes de buscar sus labios de nuevo, jugueteando con ese camino de besos que dibujó por su comisura, viajando hasta el lóbulo de su oreja para morder y tirar, riendo juguetón y ronco.

Guio la mano que agarraba de la rubia para que la posara sobre su hombro y así, bajar la suya hasta su cintura, delineando con sus dedos la curvatura de su costado, paseando hasta su espalda donde alcanzó el centro y hundió sus dedos contra su piel. ¿La deseaba? Si. Pero él era caprichoso y por mas ansioso que se sintiera por sucumbir a ese deseo que había despertado desde ese primer beso que habían compartido, él quería algo de ella que nadie más había pedido y ese algo, solo podía dárselo ella misma.

Repartió pausadas caricias con esa mano libre, sintiendo el calor de ese cuerpo femenino bajo la fina tela de ese vestido, hasta subir de nuevo y acunar ese rostro suyo, que se detuvo a ver, la forma del puente de su nariz, la silueta de su rostro, el color en sus mejillas, el rosado de sus labios y el cómo sus ojos brillaban. Mirándola con adoración.


Hueles delicioso –susurró, sintiendo como un impulso interno lo hacía tragar saliva; Rozando con su pulgar, sus carnosos labios y añorando soltar las cadenas que se imponía para no comérsela entera. Sus ojos fijos en los de ella, brillaron con intensidad antes de esbozar una sonrisa ladina.

Solo un suspiro más de esos labios que había besado, solo un suspiro más o su nombre en esa voz y estaba seguro que acabaría olvidando esas cadenas y barreras que se ponía así mismo, por hacerla tocar otro mundo con cada rincón de su cuerpo y hacer con eso que ella le necesitara tanto como necesitaba el aire y él...

A ella.

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Mensaje por Yanara el Miér Oct 24 2018, 22:38

Levanté ligeramente mi cabeza para que él pasara su brazo por debajo, como imprevista almohada en la que apoyarme. No tenía ni la más remota idea de lo intensas que podían llegar a ser todas esas reacciones que sólo aquel mestizo había llegado a provocarme. No recordaba tales escalofríos por sentir el calor de su mano a través de la tela de mi vestido. Lástima que ascendiera lo suficiente, hasta buscar mi mano y así, entrelazar sus dedos con los míos.

Un hormigueo se encendió entonces en mi vientre, consiguiendo que esa mano que aún mantenía ociosa, serpentease por su cuerpo, rozándole con el dorso de mis dedos, hasta alcanzar la línea de su mandíbula y perder las yemas de mis dedos en esa barba que adornaba y semiocultaba su rostro. Y, en aquel momento de intimidad, al resguardo en aquel cuarto que visitaba tanto hombre, mi cuerpo pareció sacudirse sobre el lecho cuando sus labios me regalaron aquel beso que me hizo fruncir el ceño y cerrar mis ojos. Un pequeño jadeo se me escapó, contra su boca, por otro estremecimiento que llegó a provocarme—. Mejor. —murmuré, melosa—. Así puedo centrarme en otra cosa... —ansié por un mero segundo, pegarme a él, llegar mucho más lejos de lo que Keith y yo habíamos llegado hasta ahora. Tan lejos... como fuera físicamente posible.

¿Qué era todo aquello?

Un anhelo del todo intenso y agradable que envolvía mi cuerpo en una sensibilidad muy marcada, aumentando el efecto de cada caricia, beso o murmullo que Keith me dedicaba. ¿Cómo podía ser? Un torrente de sensibilidad que parecía haberse desbordado desde aquel día en los acantilados. ¿Habíamos ido un paso más? Ni siquiera era consciente de que Keith fuera una de mis mayores debilidades.
Y, de hecho, tardaría en descubrir algo así.

Mi mano terminó en su hombro, moviéndose hasta poder acunar su rostro con ambas manos, en lo que él bajaba la suya hasta mi zona lumbar. Esa sutil presión, me invitó a arquear mi espalda, y juntarme a él, volviendo a dejar una exhalación escapar de mis labios, por ese hormigueo que había ido descendiendo hasta mi bajo vientre.

Y lo que peor llevé fue que apartase su mano de mi espalda para sentirla ascender hasta mi mejilla. ¿Era adoración lo que brillaba en su mirada? De ser cualquier otro, habrían sonado las alarmas. No era la primera vez que un dragón terminaba colgándose por el favor de una prostituta.... y justo esos clientes, eran los que generaban peores situaciones, de lo más incómodas. Sin embargo, aunque, lamentablemente, Keith pudiera entrar en ese grupo, fui yo la que decidió dejarlo estar. Porque, lo que estaba descubriendo que él me provocaba era tan beneficiosamente bueno para mi alma que no quería dejar de sentirlo.

Sonreí ampliamente, con la respiración densa, marcada, por ese calor que ya Keith dejaba sobre mí. Orgullosa de que mi esencia le gustara, ridículamente ansiosa por querer, de repente, que todo lo que implicara mi persona y presencia, fuera suficiente para mantenerlo a mi lado.

Y, finalmente, esa picardía en su sonrisa torcida, hizo que la curva de mis labios fuera menguando, conforme pasaba los segundos en los que me perdía en su cristalina mirada, que dejaba entrever algo más a lo que no supe ponerle nombre. Y, por querer indagar más y ver hasta donde podía llegar todo aquello, fui yo la que terminó alzando el rostro, cerrar los ojos de nuevo, para regalarle un beso, profundo, en un intento por calmar ese picor de mis labios, ávidos por sentir los contrarios, por beber de ellos, reclamándole ese aire que me había estado robando, al estar tan cerca y atento.




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Mensaje por Keith E Craig el Sáb Oct 27 2018, 08:49

Keith

no era impulsivo cuando se trataba del sexo. Ninguna de las mujeres con la que había yacido había llegado a verlo al día siguiente y con ninguna repetía, porque había un algo que hacía que ese par de desconocidos fuesen solo eso, desconocidos y que no deseaba llegara más allá.

Pero esta ocasión era sin duda, algo que marcaría un hito en la vida íntima de ambos, que habían compartido hasta ese día. A Yanara la conocía muy bien y ella a él también, a ella no la consideraba una mujer de una noche y de ninguna manera deseaba que ella sintiese que lo era. No con él.

Y todas esas cosas cursis que él escondía.

¡Ella no tenía idea lo que significaba para él! Lo que tenía en sus manos era más de lo que hubiese pensado iba a recibir de aquella diosa mujer, que era preciosa físicamente. Si. Pero él adoraba algo mucho más profundo que podía oler y sentir.

Todos esos años conversando con la más profunda de las honestidades, no habían sido en vano, escuchándola, conociéndola y hundiéndose en sus sentires más profundos. Y por eso en el momento en que ella suspiró para él, cedió, vendido a ese beso que ella buscó, estremecido hasta la base de la espalda por el tacto femenino sobre si, enviando corrientes electrificantes hasta esa entrepierna que ya había empezada a hacer de las suyas en sus pantalones.

Capturó con hambre aquellos carnosos labios femeninos, profundizando aquel beso que buscaba juguetear con la sinapsis mutua, devorando y añorando el alma del otro en suspiros. Y en esa postura suya, sin realmente aún cubrirla con su cuerpo, correspondiendo ese beso profundo, deslizó su mano de nuevo por el mismo trayecto que le llevó hasta su cadera, donde hundió sus dedos. Él sabía bien lo que hacía repartiendo todas esas caricias tibias por sobre ese cuerpo suyo, evitando esas zonas en específico que pudiesen llevarla directamente a jadear con mayor intensidad para él. No aún no.


Una risa escapó sobre esos labios femeninos, gruñendo por lo bajo, en un arranque de torturador amante, que le llevó a morder ese labio inferior de la rubia y en su separación, rozar con apenas las puntas de sus dedos hasta esa suave piel del delicado muslo que se había descubierto al acostarla sobre ese lecho, caricias dulces intencionalmente dedicadas para erizar su piel y causar que exhalara, sin soltar ese labio que por fin, al usar su mano para hacerla doblar la pierna, hasta alcanzar su rodilla, soltó aspirando su dulce olor, su olor de hembra, ese olor que solo Yanara tenía.

Bajó su nariz hasta su cuello, donde aspiró y rozó sus labios, raspando con su barba su curvatura. Hasta que alcanzó el lóbulo de su oreja y lo mordió también, conforme esa mano en su rodilla, rodeó esta para deslizar esos dedos por la cara interna de su muslo, apenas rozando con sus ásperas yemas, su trayecto hasta su suave ingle y detenerse allí, retrocediendo en esas caricias que adoraban ese cuerpo sagrado, mientras sus dientes mordían en ese cuello, jalando la tierna piel en su descenso hasta su hombro, donde depositó suaves besos húmedos.

Su mano, exploradora traviesa entonces pasó a ese muslo que estaba pegado a su cuerpo y en un lento movimiento, finalmente la cubrió con su cuerpo, mirándola fijamente a los ojos y con estos fijos en los de ella, observó sus reacciones, cuando sus dedos, alzaron ese vestido, solamente para rozar su abdomen bajo y luego juguetear en torno a ese ombligo y esbozando una sonrisa ladina murmuró en un ronroneo, a su vez que llevaba esos dedos a recorrer su costado y perderse más arriba, sin llegar a la curvatura de sus dulces y seguramente suaves pechos— No me quites los ojos de encima...

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Mensaje por Yanara el Mar Oct 30 2018, 21:03

Spoiler:
El hambre que Keith reveló en ese beso, impulsó al mío, arremolinando esas corrientes internas que conseguían erizarme la piel y desembocarse a la altura de mi bajo vientre, excitando mi interior, poco a poco, en ese anhelo creciente por llegar a sentirlo como nunca antes.
Porque aquel mestizo, era el único que me había respetado hasta ese punto: pasar incontables noches con la prostituta que yo era, pagando para no hacer más que hablar. Sobraba añadir que, no habían llegado a ser incómodas en absoluto, acompañadas de sonrisas y hasta insospechables risas

Eran todas esas conversaciones, las que me habían invitado a conocerle. Pero no había sido hasta aquel primer beso, en su cabaña, cuando mi propio cuerpo y hasta mi alma, habían pedido algo más a aquel hombre que, en ese mismo instante, me robaba el aliento. Ese ávido baile de nuestras bocas, demandaba mucho más. Esa ansiedad terminó invadiendo mi cuerpo, bajando hasta mis manos que, más allá de quedarse acunando su rostro, le regalaron marcadas caricias. Primero en ese movimiento hasta la nuca del mestizo, llegando a engarfiar los dedos de mi mano derecha, mientras que la izquierda, con más facilidad de movimiento, bajó por su cuello, su pectoral izquierdo y, poco a poco, ladeando su trayecto hasta su costado. Pero fue a la altura de sus abdomen, cuando mis dedos se cerraron en esa camisa que llevaba, aferrando la tela para poder tirar de ella, en mi intento por desvestirlo. Jadeé sobre sus labios, por esas caricias que, como las mías, buscaban algo más.

No obstante, había algo más que extraño en sus besos, en esas caricias que me regalaba. Era algo que, inconscientemente, fruncía mi ceño sutilmente, pues era incapaz de reconocerlo como tal. Algo que no había sentido con ningún otro. Ni siquiera con Cedrik. Una intensidad que aplastaba mi cuerpo, haciendo mucho más densos y vivaces todos esos escalofríos que me recorrían de la cabeza a los pies. Así, como ese instinto tan visceral de mujer predispuesta a entregarse, mis piernas se separaron con suavidad, invitándolo a que se acomodara entre ellas, temblando como simple reacción a ese gruñido que sonó en su garganta que clamó el calor de mi entrepierna. Abordó mi muslo izquierdo, levantándolo, hasta doblar mi rodilla y pasear sus dedos por mi cálida piel. Como electrizante reacción, volví a alzar mi rostro, cuando él aún atrapaba mi labio inferior. Porque no quería que me soltara. Porque haría lo que él me exigiera en ese mismo momento, con tal de que no me soltara. Un quedo gemido escapó de entre mis labios, como simple réplica, cuando Keith hundió su rostro en mi cuello. Contrariamente a lo que pudiera hacer, queriendo que reincidiese en darme otro de esos besos que había supuesto un brutal terremoto para mi capacidad neuronal, ladeé mi cabeza, hacia el otro lado, ansiosa por dejarlo hacer. Mis dedos ya engarfiados a sus oscuros mechones, se movieron por la parte posterior de su cabeza, invitándole a que me devorara, a que perdiera ese cuidado que me estaba desesperando, poco a poco, de una manera tan intensa que me hacía sentir que no tenía control alguno sobre mi cuerpo.

El calor de su cuerpo sobre el mío, ese peso extra que me presionaba contra el camastro, que marcaba ese dominio masculino, me hacía anhelarlo aún más irrumpiendo en mi interior. Que empujara repetidamente, alcanzando mi centro, dándole la bienvenida y queriendo regalarle mi alma y hasta el cielo. Esa sensación movió mis caderas, alzándolas sutilmente, cuando esas yemas ásperas alcanzaron mi ingle. La aspereza de aquellos dedos, tan cerca de mi sexo, como no lo había sentido antes, sumado a ese picor con el que aquella densa barba castigaba la piel de mi cuello, consiguió arrancarme un jadeo. Quise buscar su calor aún más, arqueando ligeramente mi espalda en antelación, cuando esos dedos pasaron por mi abdomen, para sentirlo temblar bajo sus yemas. Para que viera esa sensibilidad que embotaba mis sentidos de manera inexplicable, encogiendo mi cuerpo mientras sus dedos subían con dolorosa parsimonia por mi costado. Pero fue esa lujuria que oscurecía sus azules, la que hipnotizó mi mirada, la que realmente arremetió contra mi entereza, haciéndome jadear una vez más. Mis piernas se movieron suavemente, flexionándose y abriéndose un poco más. Porque no concebía en ese instante, otra cosa que no fuera, regalarme a él—. Kei... —murmuré en ese gemido que llevaba su nombre—. ¿Qué me estás haciendo? —como si fuera esa la primera vez que me entregaba a un hombre.

O... quizás, así fuera, realmente.




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Mensaje por Keith E Craig el Vie Nov 02 2018, 08:12

+18:

Las

reacciones de la rubia bajo su tacto eran embriagadoras, esos temblores que recorrían su cuerpo, junto a los exhalos profundos que esos carnosos labios liberaban para regalar tan densa, dulce y erótica melodía a sus oídos que cosquilleaban y rebosaban de intensidad, al recibirla.

La forma en que sus manos se sujetaban, acariciaban y tocaban, su caliente piel

Atraído por esos invisibles lazos de pasión que solo ella despertaba con creciente ardor. Sus músculos se tensaban al paso de esas suaves manos y llamaban a que deseara simplemente mandar al carajo todo y apoderarse de ella de una buena vez, pero no, el mestizo no era esa clase de animal, se iba a tomar su tiempo para memorizar y recorrer cada rincón de ese cuerpo bendito que deseaba con tanto anhelo, desbordar de atenciones que no olvidara nunca, ni en sus más profundos sueños.

Permitió que ella le quitara esa camisa y descubriera su torso firme y trabajado por los fuertes entrenamientos a los que se sometía para paliar su temperamento y mantenerlo a raya, siendo su cicatriz de híbrido el centro de todo, sobre su corazón, acompañada de otras tantas marcas que hablaban de tiempos difíciles y ya pasados.

No tardó en recargar su cuerpo un poco más sobre el de ella, y posicionándose, acunarse entre sus piernas y aspirar su aroma, llevando su mano izquierda a ese cuello femenino antes de susurrar en su oído su apodo— Nara… —permitiéndole sentir contra su abdomen bajo esa dureza, que ya se marcaba y era contenida por sus pantalones, que empezaba a clamar una atención que él no dejaría que tuviera, hasta que consiguiera que ella se derramara para él primero— ... dándote todo ... —respondió ronco a su pregunta, mientras deslizaba un brazo por debajo de sus caderas y con firmeza la ayudó a acomodarse más arriba en esa cama, donde él no tardó en arrodillarse entre esas suaves piernas femeninas, observando ese vestido que portaba y que le quitaría.

Posó sus manos en sus rodillas, y poco a poco recorrió sus piernas, luego sus caderas, descubriendo sus costados, enrollando ese vestido, hasta que sus deliciosos pechos quedaran descubiertos, para él. Sin aire ante esa belleza femenina que se abría para él y sus planes de hacerla disfrutar al punto de la locura.


Una sonrisa ladina se dibujó entonces, empujando ese vestido por sobre su cabeza, deteniéndose en sus brazos para tirar de la tela e inmovilizarlos, sonriéndole con intención. Acarició una de sus mejillas y con una significativa mirada, besar sus labios en un exquisito contacto, antes de besar su cuello, perdiendo de vista su semblante para recorrer con sus labios su clavícula, depositar sus manos sobre sus firmes cumbres y masajearlas y presionarlas, con deleite y suavidad, rozando esas delicadas coronas que al roce con el aire y sus ásperas manos, empezaban a responder. Gustoso hizo su camino por entre los dulces montes, hasta que su traviesa boca se detuviera en esa rosada frutilla que era para él, uno de sus botones rosados, que capturó entre sus labios y acarició con su lengua, antes de succionar profundamente y halar al separarse.

Sus manos jugaban al mismo juego, hasta llegar ambas a sus caderas, que presionó con firmeza y mantuvo quietas, conforme bajaba por ese camino hacia ese delicado ombligo que no dudó en morder con suavidad y así besar esa tersa piel hasta llegar a su abdomen bajo, dejando que su aliento rozara ese monte de venus, en lo que su brazo izquierdo sujetaba el muslo derecho que descansó sobre su hombro izquierdo. Respiró contra su ingle que rozó con su nariz acercándose demasiado a esa caliente intimidad, acercando el dedo índice de su mano derecha, para rozar con extrema tranquilidad la tierna hendidura que escondía sus rosados pliegues y presionó, frotando con profunda lentitud ese punto donde reconoció de inmediato estaba ese botón dulce que degustaría en breves, cuando robara de ella gemidos.

Mírame —le recordó, encontrando sus ojos con los de ella, mientras ese dedo se hundía un poco más y a este se unía uno más para frotar sus suaves pliegues y el sensible botón, estimulándolo para que se endureciera y así, justo allí al sentir sus mieles humedecer sus dedos, él rozara su nariz, separando sus labios y capturar esa delicada carne. Que empezó a besar, succionar y degustar con parsimonia y un gusto irremediable por ella, sin quitarle los ojos de encima a las expresiones de la diosa que tenía a su merced y buscaba desarmar en placer, ese placer. Podía sentir su avidez de macho, por quitarse esos pantalones y liberar esa hombría suya, que recibía chispazos intensos de placer y gusto al escuchar los gemidos y sonidos femeninos, aspirar ese olor tan íntimo y ver como la predisponía para lo que vendría después.

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Mensaje por Yanara el Vie Nov 16 2018, 21:25

Spoiler:
Como si realmente llevara toda una vida preparándome para aquel momento, dejé que Keith serpenteara sobre mí con total libertad, adorando con cortos jadeos, ese calor transmitido a través de ese vestido que ya empezaba a molestarme sobremanera. Mucho más después de aquel escalofrío que hizo temblar drásticamente mi columna, por esa simple contestación del mestizo a mi pregunta. Mis piernas se separaron un poco más, y mis labios se entreabrieron al sentir aquella firmeza en su entrepierna, presa de su ropa. Mis manos viajaron con fijeza hasta el borde de aquel pantalón, siguiendo aquella línea hasta que alcancé ese broche. Pero Keith no me dejó seguir. Juré quedarme sin aire cuando él abrazó mi torso para reacomodarme mejor en la cama. Y yo, incapaz de negarme u oponer resistencia, me dejaba hacer con más ganas de las que admitiría realmente.

Al incoporarse, y comenzar a recorrerme con sus manos, de abajo a arriba, volví a respirar de forma marcada. Alcé primero mis caderas, sutil, tan sólo para que el vestido fuera subiendo, con aquellas cálidas y ásperas manos que conseguían sonsacarme más de un estremecimiento. Mi espalda se arqueó después, hasta incorporar ligeramente mis hombros, encogiéndome sutilmente por ese frescor que vino a atacar mi piel en cuanto se vio vulnerable, sin prenda. Pero sí un gruñido de repentina desesperación sonó en mi garganta cuando él se las arregló para inmovilizar mis brazos, por encima de mi cabeza. Mi mirada se estancó en ese gesto pícaro del híbrido hasta que se inclinó para robarme un beso. Pero la densidad de aquel baile casi me hizo entregarle mi alma, sin pregunta ni reparo. Fue entonces cuando supe identificar ese hormigueo que mojaba más interior, en ese deseo por entregarme sólo a él.

Mi sinapsis se vio embotada con aquel beso y ese posterior camino húmedo que dejaron sus labios por mi piel. Con apenas un pequeño empujón, su rostro se hundió en mi cuello para robarme el aire también. Mis piernas temblaron cuando su aliento se estrelló con mi piel en aquel íntimo hueco que no tardo en abandonar en su descenso por mi cuerpo. Tragué saliva, arqueando mi espalda, para incitarle a que me brindara caricias en aquellas dos excitadas cumbres que ahora eran mis pechos, reclamando su calor, de una forma que no había necesitado antes. Y sólo cuando mordió una de mis coronas, yo pude reaccionar. Forcejeé para librarme de aquel vestido que no supe ni dónde cayó y así, poder bajar mis manos. Una de ellas fue inmediatamente a perderse entre los mechones de su cabeza, para engarfiar mis dedos y así, invitarle a que siguiera succionando aquel botón erecto y sensible que me hacía jadear. La otra, buscó la de Keith que aún permanecía en mi otro pecho. Con un repentino descaro, entrelacé mis dedos con los suyos, regalándome de esa forma, suculentas caricias que, esperaba, nos ayudaran a ambos en ese ascenso de placer.

Pero lo que vino a continuación, consiguió que sucumbiera a ese pozo de lujuria que logré ver en el azul de la mirada de Keith, cuando él me pidió que lo mirara. Como hipnotizada quedé, con la respiración marcada que comenzó a alterarse en el mismo momento en el que sentí sus dedos entre mis piernas, rozándose entre mis pliegues para disparar cálidos estremecimientos que clamaron mi excitación y la humedad manando de mi interior. Esa misma que Keith abordó, dejándome sin aliento. Su respiración chocó, cálida contra mí, antes de que su boca me hiciera gemir al hundirse en mi entrepierna. Él hacía y deshacía a placer, mientras que yo era incapaz de hacer otra cosa que no fuera regalarle mis jadeos, mis gemidos, de nuevo, un tirón de mis dedos entre sus cabellos... y el susurro quedo de su nombre,  en lo que sentía perder toda capacidad neuronal por lo que me estaba haciendo.
Mi entrega. De forma incondicional.




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Mensaje por Keith E Craig el Sáb Nov 17 2018, 01:18

+18:

No

era caprichoso. Bueno, sí lo era... y lo demostraba por los gruñidos que escapaban de su garganta, deleitándose con su olor, con su dulzura, que manaba de ese cuerpo que ahora estaba dispuesto a recorrer hasta su propio centro, en una expedición arriesgada.

Y tenía unas ganas tremendas de dejarse dominar por esa necesidad suya de poseerla, regalarle todas las caricias que la hicieran desesperar, degustando esas mieles que desbordaban entre sus carnes y dejarla exhausta y sensible. Jugueteaba con esos pliegues superficiales primero, pasando su lengua por ellos, repasándolos, hasta indagar en ese secreto punto, donde estaba ese delicioso botón endurecido que capturó entre sus dientes, sin presionar, para luego envolverlo entre sus labios y succionar allí, atreviéndose a buscar con su índice y medio, aquella entrada que tanto añoraba explorar con su virilidad, pero que reservaba como el postre más delicado y esperado.

Hundiendo con suavidad aquellos dedos, a medida que marcaba la velocidad en la que sus labios devoraban esas dulces carnes, regalando con su mano libre, caricias a esa cálida piel de su abdomen, deslizando sus dedos ásperos hacia la silueta de uno de sus pechos y engancharlo en un agarre firme.

Él no era tan caprichoso, pensó. Bueno, sí.

Lo era y se notó de nuevo cuando los movimientos de su boca y la velocidad de sus dedos, jugueteaban en su intimidad a un ritmo que le regalaba los gemidos más dulces que pudiese escuchar. Deseaba que fuesen suyos y joder que quería quitarse los pantalones de una buena vez y tomarla como suya de una buena vez. Esa posesividad que como macho tenía, quería hacerla soñar y recordar sus intrusiones, que se mojara de solo imaginarlo, quería.

Él deseaba tantas putas cosas que no sabía por dónde empezar, cuando se trataba de Nara.

No se detuvo, aceleró aquellas intrusiones de sus dedos y la voracidad de sus labios, para llevarla derecho al clímax del placer, porque necesitaba su orgasmo primero. Besando y absorbiendo sus pliegues que ahora húmedos y de un rosa profundo, se abrían para él en esas sutiles contracciones que le hicieron gruñir y fastidiarse de la espera. Frustración que descargó hundiendo su boca en ese centro para juguetear con su lengua lo más profundo que podía, encontrando sus azules con la deliciosa visual de esa bella mujer disfrutando de sus atenciones, retorciéndose y gimiendo para él y desarmándose en esa danza erótica y de lo más natural.

No separó su rostro de esa intimidad, hasta que sintiera ese cuerpo convulsionándose bajo su cuidado, retorciéndose, contrayéndose y finalmente rindiéndose por primera vez, para propiciar una lenta separación, con el roce de su áspera lengua como si quisiera recoger los restos de sus mieles y con un suave beso, apaciguara esas palpitaciones y pasando su pulgar derecho por su mentón, limpiara un poco y terminar chupándolo en un intento de idolatrar ese manjar esquicito que ella había significado para su paladar y así mientras ella se recuperaba, deshacerse de esos pantalones y volver a descender sobre ese monte de venus, besar allí, subir sus labios en un camino de besos repartidos e irregulares hasta alcanzar sus tiernos pechos y repasarlos en tentaciones que la estremecieran, hasta encontrar su semblante agotado y besar la comisura de sus labios, para traerla de vuelta con él.

Encontrando su lugar entre sus piernas, ayudándose de su mano derecha para acariciar ese centro suyo. Tentándola apenas un poco más— eres preciosa... —susurró sobre sus labios, besándola con tierna picardía— dilo... –susurró besándola de nuevo, sabiendo que ella comprendería que se refería, a decirle que ingresara de una buena maldita vez.

Pasó su lengua por sobre sus labios y en un beso más profundo y húmedo, querer robarle la sinapsis y obligarla a desesperarse un poco más, sin dejar de rozar aquel endurecido miembro entre sus carnes, empapándose de ella, preparándose para lo que estaba seguro, ambos deseaban, empujando y haciendo tentativa de ingresar, pero conteniéndose de hacerlo, hasta escuchar una respuesta de esos exquisitos labios, entre exhalos.

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Mensaje por Yanara el Jue Nov 22 2018, 20:32

Spoiler:
Por regla general, a esos clientes que venían a verme, cuyos nombres ni me molestaba en recordar, ofrecía cierta resistencia a que me poseyeran. Era algo que les gustaba, pues exacerbaba esa sensación de dominio, por la que pagaban y así, podían irse del todo satisfechos...

Pero con Keith, toda resistencia se esfumaba.

Aquel mestizo, de la manera más sorpresiva e inverosímil, se había ganado mi deseo, de una forma que no había llegado a esperar. Era esa mirada cristalina, solemne e intensa, ese salvavidas que había necesitado en los últimos años de mi vida. Eran aquellas manos, contundentes conquistadoras a las que rendir culto y pleitesía. Eran esos labios y su sonrisa los que llegaban a esparcir una sensación cálida, casi abrasadora, en mi pecho, estremeciéndome hasta la médula. Eran ellos los culpables de que la respiración se me entrecortara, el pulso hiciera denso eco en mi nuca... y mi interior se mojara entero por esas intrusiones de sus dedos o las intensas succiones de sus labios, que conseguían exaltarme hasta arquear la espalda y romper esa conexión entre miradas. Alcé la barbilla sedienta de aire, sintiéndome incapaz de soportar por mucho más ese hormigueo intenso de placer en mi sexo por la dedicación de Keith. Parecía ansioso por querer verme perder el control, explotar en sus dedos, en su boca, deleitándose con ese poder tácito que yo le concedía aquella noche.

Y, al parecer, no quiso perder esa oportunidad.

Paulatinamente, mis piernas temblaron, al elevar yo mis caderas, regalándoselas a aquel mestizo que quería volverme loca. Mi mano izquierda acabó en sus cabellos, engarfiando los dedos, tirando de esos mechones atrapados con densa necesidad, para que no se apartara de mi entrepierna, mientras su aliento, aquella áspera lengua y el vaivén de sus dedos, hacían su trabajo a la perfección. Contraje mi abdomen y juré quedarme sin respiración cuando aquella tensión se hizo tan insoportable, hasta el punto de hacerme hizo lanzar mi mano derecha al cabecero de la cama y aferrarme a él como si me fuera la vida en ello. Un gemido se me escapó ante la expectativa de aquel orgasmo brutal que terminó arrastrándome, implosionando en mi interior, derritiéndome en sus dedos, en su boca, haciendo de mí la criatura más vulnerable en la faz de la misma tierra. Mi mente quedó embotada por ese temblor muscular tan contundente que golpeó mi sinapsis por igual, mientras mi cuerpo, vendido por completo, sufría esos espasmos que dejaban en evidencia la falta de control que tenía sobre mi propio cuerpo. El agarre de mis manos se aflojó, tanto en el cabecero como entre los mechones del moreno. Mi respiración quedó marcada, como si hubiera hecho el mayor esfuerzo de mi vida, quedando completamente laxa, agotada, bajo Keith.

Pero, al parecer, no fue suficiente para el mestizo.

Aún sin ser plenamente consciente, no supe a ciencia cierta cuando se desnudó para mí, tan sólo volví a estremecerme ante esos besos que fueron subiendo por mi abdomen, llegando a provocarme una suave risa desganada, por ese hormigueo que llegó a hacerme cosquillas y hacerme temblar por igual. Exhalé con relativa calma cuando él alcanzó mis pechos, para colmarlos de atenciones. Ese hormigueo ahora, tiraba de mi entereza para que regresara a él. Como así inquirió con ese beso que me exigió atender. O, ¿era yo quien quería besarlo en realidad? Parpadeé un par de veces, sintiendo cómo volvía a espabilarme, a tiempo de escuchar aquel halago que trajo una orden en aquel susurro.

Recuperándome lenta pero inexorablemente, a tiempo para poder colar una de mis finas manos entre ambos y alcanzar aquella hombría que no tarde en abrazar y presionar entre mis dedos. La sentí bien erecta, deseosa por regalarme más de aquellas nuevas sensaciones que no había sentido antes de aquella noche. Y, de repente, compartí esa ansiedad. Jadeé contra sus labios, correspondiendo ese beso demandante que terminó de despertar a esa amazona que quiso cabalgarlo en ese mismo instante. Con esto, cerré un poco más ese abrazo, hasta escucharlo regalarme una significativa exhalación—. Quiero que me hagas tuya... Kei. —murmuré, sin saber bien si era una súplica o un tórrido deseo expresado, siendo yo quien, estirase un poco más el brazo y colocara el extremo de su erección justo a la entrada de mi sexo. Una repentina corriente de hembra en celo se apoderó de mí, haciendo que mordiera su labio inferior, moviendo mis caderas suavemente, incitándolo. Como si aún viera algún atisbo de duda en aquella mirada que juraba devorarme con lascivia.




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Mensaje por Keith E Craig el Vie Nov 23 2018, 08:41

+18:

Un

gruñido bajo y ronco escapó de su garganta, al sentir la suave mano femenina tomar su hombría que doliente tentaba esa deliciosa, caliente y húmeda entrada que urgía por sentirlo muy profundamente. Y que él deseaba invadir con apuro.  

Gruñó de nuevo, empujando sus caderas contra aquella mano, rozando sin detenerse los carnosos labios que besaba, dejándole sentir cuanto la deseaba, tensando cada músculo de su poderosa anatomía, ante sus atenciones que disparaban corrientazos por su columna e involuntariamente, le obligaban a exhalar sobre sus labios, apoyándose mejor con sus manos a los lados de la cabeza de la rubia. Con su respiración irregular, el mestizo clavó sus ojos en ese rostro femenino, en sus labios y en esos bellos ojos, bañados en deseo y empañados en placer del orgasmo que la había sacudido.

La quería, si, su lado de macho entregado, caía en esas redes que solo la rubia tenía, para despertar esas emociones que sabía, eran demonios de un saco que no deseaba sacar.

Que iluso estaba siendo, al pensar que aún no estaban liberados.
Lo cierto era que...

Ya estaba jodidamente condenado, sin retorno al sentido común que lo había mantenido lejos de esa rubia, lo suficiente para solo haber sido un observador todos esos años. Lo suficiente para resguardarla a ella de su posesividad y la endemoniada criatura viciosa que podía ser, bajo el hechizo que ella derramaba sobre él, con solo pronunciar su nombre de ESE modo.

La quería.
Y lo sabía.


El mestizo gruñó por lo bajo y apoyándose en su brazo izquierdo, deslizó su mano derecha en una suave caricia por esa mejilla suave, por ese cuello, encontrando su camino por la silueta de ese pecho izquierdo que acarició, bajando por sus costados hasta su cintura, hasta sus caderas, donde presionó sus dedos y bajó un poco más para engarfiarse en ese glúteo, antes de presionar en un inhalar profundo y empezar a hundirse en ella.  Mirándola fijamente a los ojos, bajando su mano hasta ese muslo que alzó. Y así llevar esa mano de vuelta a su cuello, envolviéndolo con suavidad, deseando sentirlo vibrar ante sus gemidos.

Cada músculo de su cuerpo se crispó y una bestia muy profunda, rugió, en esa lucha campal por el control de ese ingreso tan lento, que los torturaba a ambos. Queriendo que su interior memorizara la sensación gobernante, a medida que conquistaba su húmedo y palpitante interior—Nara... —gruñó, juntando su frente con la de ella, antes de hundirse hasta el fondo y entre respiraciones erráticas, retembló en exhalos controlados, empezando a apartarse y así como entró. Casi salir de su interior, que embistió ahora con una firme estocada y otra, y otra.

Repitiendo ese vaivén firme y pausado que buscaba arrancarle la sinapsis.

Que buscaba disfrutar, al memorizar esa envolvente humedad que le hacía sentir como si fuese a perder el control en cualquier momento. Atando en corto a esa bestia que quería enterrarse con dominio y dureza, deleitándose y zambulléndose en lo que ella le regalaba. Y siendo un absoluto idiota fresa que, entre gruñidos, exhalos y ronroneos, murmuraba ese nombre femenino con adoración, empapada de lascivia, si. Pero adoración. Encontrando sus labios para beber de ellos, como si fuese el manjar más dulce que pudiese existir, conforme la velocidad y regularidad de esas embestidas aumentaba.

Dibujando una sonrisa ladina contra sus labios, exhalando para morder su labio inferior y jalar, marcando las siguientes embestidas profundas, escurriendo su mano derecha, para perderla entre sus cuerpos y con sus traviesos dedos, encontrar ese delicado monte de venus y hundir sus dedos a la caza de ese sensible clítoris que ya había torturado antes y volvía a empezar a masajear, sin perder el compás de sus caderas.

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Mensaje por Yanara el Lun Nov 26 2018, 01:00

Spoiler:
Aquellos gruñidos masculinos me estremecieron tan fuerte que perdí el aliento de golpe, ansiando volver a escucharlos. Como si no quisiera respirar de forma agitada hasta que el mestizo deleitara mis oídos y, éstos, a su vez, generaran ese intenso escalofrío de placer que ya había recorrido cada fibra de mi ser, tensando mi cuerpo por completo, por esa expectativa que sólo Keith había generado hasta ahora.

Jadeé sobre esos labios masculinos que aún traían el sabor de mis propias mieles, sintiendo mi propio cuerpo más pesado y, pese a todo, una de mis piernas buscó enredarse con una de las masculinas, mientras que la otra, se flexionaba y alzaba, y con ella, mis caderas, regalándole más espacio...
... regalándome a él.

¿Por qué esa ansiedad por que me hiciera suya? Más que ansiedad, se convertía en plena necesidad, tan intensa, que juraba no haberla sentido con anterioridad. ¿Por qué Keith conseguía mantener mi piel estremecida, con esa canción más que exaltante que suponía esa sucesión de gruñidos? Sus manos, ásperas y curtidas, se habían convertido en entregados exploradores, que recorrían cada centímetro de mi piel con una pasión y cuidado únicos. Y sentía mi dermis estremecerse de disgusto cuando dejaba de sentir la calidez y tesón de aquellos dedos. Me dio la impresión de ser incapaz de soportar todos esos temblores que me abarcaban y embotaban mis sentidos, al venir de tantos flancos, pues Keith parecía estar y conquistar cada poro de mi piel; mis oídos con cada uno de esos guturales gemidos que tenían un efecto lascivo en mí que no había notado con tanta intensidad; mi boca, jadeante sobre esos carnosos labios que bebían de mí a impulsos, exigiéndome entregarles mi alma; y... esa mirada, solemne y rebosante de placer, atraía el ámbar de mis iris, para esclavizarlos de la manera más contundente.

Y, por mucho que yo quisiera hacer por liberarme de todo aquello... sería imposible.

Mi propio cuerpo, se había disgregado de mi mente, volviéndose el doble de sensible en cuanto supe esas intenciones de Keith. Intenciones que, físicamente, yo también ansiaba, mientras mi mente, en ese esquina interior a la que fue desterrada, se preguntaba con sorpresa, cómo podía ser posible que aquel mestizo pudiera robarme y esclavizarme con total impunidad y facilidad.

Así, mi propio cuerpo serpenteó, cuando él lo recorrió en esa caricia que terminó en mi nalga, para clavar allí sus dedos. Comencé a tensarme de nuevo, a tiempo de recibir por fin ese pequeño empujón que lo llevó dentro de mí, poderosamente lento. Me vi en la necesidad de romper ese contacto entre nuestras frentes. Mis labios se entreabrieron y mi barbilla se alzó con la misma lentitud, dejando escapar un fuerte gemido que llevó su nombre, cuando lo sentí llenándome por completo. Mis manos terminaron en sus costados, como queriendo sujetar su cuerpo. queriendo apartarlo y juntarlo al mismo tiempo. Una incongruencia que también golpeó mis labios, al intentar corresponder ese beso. Pero fue tan inquisitivo que fui incapaz de seguir aquel ritmo. El sentirlo entrar, salir segundos después, y volverlo a sentir entrar, era del todo excitante. Me dejaba sin aire cuando sus caderas se aplastaban contra las mías y llegaba más profundo. Mis dedos comenzaron a ascender, colándose entre nosotros, para acariciar sus pectorales, su cuello y alcanzar con esfuerzo esa barba en la que no dudé perder mis dedos.

Pero fueron sus traviesos dedos los que se llevaron el aire en mis pulmones de una sola exhalación cuando los sentí abordar aquel botón que ya volvía a ansiar atenciones. Mis caderas, entonces volvieron a alzarse, buscándolo, invitándole a hundirse aún más. Inevitablemente, una de mis manos, acabó en el cabecero, apoyando mi palma, para amortiguar esas embestidas que, poco a poco, me empujaban hacia arriba en aquel lecho, que ya sonaba, como consecuencia de la fuerza del mestizo—. Dioses, Kei... —murmuré en un jadeo, cerrando mis ojos para sumergirme en ese mar de escalofríos e intensidad que aquel maldito hombre había descubierto para mí. ¿Maldito? Sí, con todas las letras.

Porque acabaría haciéndome adicta a todo aquello, anhelando tanta intensidad.

Y así, con ese atisbo de adicción, desperté, abriendo mi mirada, para buscar la suya. Mis iris ámbar desbordaron anhelo, lascivia y mis labios los acompañaron con un sensual gemido. Alcé entonces mi rostro, buscando besar la comisura de sus labios, trepar por su mejilla, dejando que su barba irritase mi tersa piel. A su vez, aquella mano que había permanecido en el otro lado de su rostro, fue subiendo, hasta encaramarse en su perlada nuca, donde perdí mis dedos, deslizándoles por entre sus mechones oscuros. Jadeé una vez más contra su oído esta vez. Más fuerte, arrastrando uno de tantos gemidos que el mestizo me estaba robando aquella vez—. Márcame... —susurré, con la respiración entrecortada—. Sí... —aspiré entre dientes, antes de volver a jadear, ansiando ser el ánfora dorada que contuviera toda su esencia. La esclava vendida y entregada a su dueño. Servicial y... enamorada, aunque estuviera lejos de saber que era justamente eso, lo que me hacía sonreír por cada vez que aquel dios conquistador aparecía en mi mente o ante mis ojos. Dios al que entregarme sin reparos y con cada fibra de mi ser, dejándole hacer a su antojo—. Quiero que llegues...




Dawn burial (Keith) O7S0OB4
Yanara
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