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Mensaje por Cedrik el Dom Ago 12 2018, 15:14

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Un sobresalto lo alteró despertando de golpe en esa habitación. Su mano había agarrado la espada de su tío que por algún motivo había dormido con él esa noche. Las sábanas se adhería a él como una segunda piel debido al sudor de esa pesadilla y el gruñido que emergió de su garganta era más animal que humano, pues su inseguridad se incrementaba por instantes. Tampoco entendía porque se ponía así, simplemente los segundos, los minutos, las horas, los días… pasaban en un estado que lo alteraba demasiado. Una eterna caída libre que presionaba la sensación de ansiedad en su torso. En su pecho. Constriñendo poco a poco hasta asfixiarlo. Una semana. Una asquerosa, eterna y maldita semana que lo carcomía en un sin sentido que él mismo se había buscado. Lo sabía. Había releído su caligrafía en demasiadas ocasiones. Grabándose en su retina la curvatura graciosa de las letras que la caracterizaba. Pensaba demasiado; era simplemente un maldito viaje de negocios. Del que no tuvo constancia hasta que le permitieron volver tras varios días de misión...

Soltó la espada de mala gana y se sentó en el borde del lecho. La diestra viajó a su nuca en un intento de que sus dedos destensaran el agarrotamiento que estaba sintiendo. Los gélidos se dirigieron hacia el ventanal divisando ese color anaranjado que auguraba el amanecer entre las oscuras nubes de tormenta y se levantó hacia ella. Sus tediosos pasos se pararon ante el cristal con la mirada fija en un punto concreto del jardín: las tablas sobrantes por esa zona seguían desperdigadas desde que las había traido días atrás con la intención de entretenerse. De evadirse. Mientras que la estructura terminada se alzaba firme a pesar de las ráfagas de aire que pronto arrastrarían tormenta en esa estación inestable de lluvias. No estaba del todo seguro si aquella había sido buena idea. No después de la evidente huida de ella con ese improvisado viaje. Tampoco podía culparla. Una resistencia propia saltó en su cerebro; sería tan fácil poder encontrarla en la red, un endeble impulso que escapaba de su pensamiento en apenas una fracción de segundo, pues no pensaba hacerlo. Reticente a no querer saber si ella en realidad lo habría bloqueado; le otorgaría el tiempo que ella misma había buscado, el espacio que ella había impuesto entre ambos.

Se revolvió el pelo en un impotente movimiento y abrió la ventana. Avanzó varios pasos por el balcón hasta que alcanzó la barandilla y se apoyó en ella. Las palabras de Ae le vinieron a la mente:

- Yo sabía que tenía que haber algo malo contigo, guapo y valiente, con causa noble, arriesgado... e idiota. Claro estaba -se puso una mano en la cara y negó con la cabeza- [...] no seas cobarde. A la vida y a los sentimientos los enfrentas o te pasan por encima. Elegiste el camino fácil, dejarla pensar lo que quisiera. Pero seguridad? Eso no te da ninguna seguridad ni a ti ni a ella... [...] Habla con ella, dile la verdad, y abrázala.

Era posible que Ae tuviera razón al decirle que no sabía tratar con los sentimientos que desconocía y que era idiota. Las primeras gotas de lluvia le alcanzaron la desnuda piel provocando que una sonrisa apagada le recordara aquello que esa misma noche había decidido. Refrescante. Quizás… La lluvia le recordaba a ella… Una risa gruesa y pesada emergió de su garganta en una mofa de sí mismo. Un recuerdo agridulce de un viejo momento se instaló como una aguja en su retina; el lapso mental que lo llevó a otra tormenta lejana en el tiempo. Sus dedos rompieron sin pensar la barandilla de madera y miró hacía el trozo astillado.

Apartó de un manotazo mental sus cavilaciones. Sus recuerdos. Tendría tiempo de emborracharse más tarde y lamerse las heridas, ahora sólo debía terminar de recoger sus cosas de esa vacía y fría mansión. Porque sin ella se volvía exasperante, angustioso; porque si esperaba otra semana más allí se volvería loco. Como un felino encerrado y mareado en la pequeña jaula. Tiró el trozo de madera hacia el jardín y se introdujo en la habitación. Al igual que ella dejaría una nota, un cobarde indulgente, que le daría a uno de los sirvientes para que se la entregaran a su vuelta.

La nota recitaría así:

"Creo que todos sabemos que el tiempo no espera a nadie, sin embargo lo seguimos retando. Cuando quieras dejar de retarlo, avísame, estaré esperando.

C."




~~~~

El trozo de pergamino había sido doblado y sobre doblado en sí mismo de tal manera que los pliegues estaban desgastados de su roce. Sus gélidos lo veían girar sobre los dedos en un acrobático movimiento mientras su mente divagaba en asuntos demasiado problemáticos. Había estirado y dilatado el momento de tal forma que posiblemente le estallaría en la cara, mas ese no era el problema. El Capitán siempre conseguía arreglar los errores -o no tan errores- que cometía. Generalmente… pese a que ello le hiciera andar en la cuerda floja de la vida e incluso tropezar sobre el acantilado de su existencia. Un chasquido frente a los ojos lo hicieron parpadear y desviar el rostro con cara de circunstancia hacía la dueña de ellos; autómata y programado la miraba sin ver.

Lo que había que ver. En el poco tiempo que me había quedado de pie, a un lado de ese antro, ese soldadito de plomo se había pimplado por lo menos cuatro licores de un sorbo y empezaba con la segunda cerveza. Eso le iba a provocar una jaqueca de aupa al muy imbécil pero ese no era mi problema. Ni pensaba que lo fuera. Mi búsqueda de ese tipo se debía a otros temas mucho más llamativos y que me hacían bullir la sangre hasta límites insospechados. De solo pensar en él me hacía enojarme conmigo misma por el hecho de haberme dejado coger con tanta facilidad por ese sádico hijo de huarga malnacido. Si volvía a cruzarme con él, le ensartaría una maldita flecha entre sus inquisitivos y perturbados ojos azules por haberme partido la muñeca.

Alguien se puso en medio de mi trayectoria de visión haciendo que me centrara en el muro de carne de delante — Si necesitas compañía te la puedo dar — ladeé ligeramente la cabeza para mirarlo de arriba a abajo en un intento por evaluar lo que podría haber debajo de la mugrienta ropa — Seré dulce — insistió y mi mano abierta fue a aterrizar en su cara para apartarlo de un empujón — Lo dulce me da urticaria — espeté antes de ignorarlo y dirigirme hacia el rubio.

Un silbido de soberbia lo hizo parpadear y por fin verla. Centrarse. La castaña de cabellos sueltos sobre los hombros y ojos almendrados lo observaba con una ceja izada mientras un moratón insano de color oscuro se dibujaba en su mandíbula acentuando su carácter. Sus iris la recorrieron en una pronta examinación que lo hizo imitar el gesto de la castaña de alzar una ceja. En el rápido reconocimiento pudo ver arañazos, golpes, labio partido, moratones y una muñeca que se sujetaba con un torniquete cubierto de vendaje.

¿Qué demonios te ha pasado? —en realidad siempre había estado magullada pero esa vez era demasiado—. Le he dado amor a alguien —rió divertida y restándole importancia—, ¿también quieres que te dé amor? —los finos dedos femeninos se entrelazaron en sus rubios cabellos y Cedrik gruñó apartándose—. Vete al averno —ella sonrió con diversión y se acercó a él como si fuera a revelarle el mayor de los secretos—. Soldatito —ronroneó con gracia—, ya estamos en él —sus gélidos buscaron los miel de la mujer y la observaron con un deje de indiferencia pero ella sabía, por el brillo caótico de los grisáceos, que él estaba atormentado. ¿Por qué? En realidad le daba igual. La castaña se apartó de él, apoyando los codos en esa barra de taberna y barrió el interior de ese tugurio, al ver que seguía haciendo el tonto con ese trozo de pergamino se lo extirpó de los dedos y lo abrió en escasos segundos. Demasiado rápido para que Cedrik, con los sentidos embotados por el alcohol, pudiera siquiera reaccionar—. “Viaje de negocios. Vuelvo en dos semanas” —recitó Cedrik, al ser consciente de que ella no sabía leer, y se llevó la diestra al pelo con fingida indiferencia pero obvio nerviosismo—. ¿De quién es? —en realidad ni le importaba. Pura educación social. Teatro—. Pareces asquerosamente abatido. Estoy segura que ahora podría clavarte una flecha en la sesera y ni te darías cuenta —le crispaba esos ojillos de cachorro abandonado— ¡Joder!, das pena—. el mestizo intentó arrebatarle el pedazo de pergamino pero ella fue más rápida y lo ahogó dentro de la jarra de cerveza rancia de él. Los gélidos ojos se agrandaron de golpe viendo como el trozo se empapaba sin misericordia y se hundía hasta el culo de la jarra—. ¿Por qué demonios has hecho eso? —gruñó y la miró con molestia—. Cállate, pareces un cachorrillo abandonado y me da repelús, tengo algo para ti.

La atención de Cedrik se centró en algo concreto, un boceto que oscilaba de lado a lado frente a él, ante sus ojos podía ver el perfil de su desaparecida melliza. Se lo arrebató de los dedos y lo miró con detenimiento—. ¿De dónde lo has sacado? —increpó—. Eh, lo he dibujado yo, no me lo arrugues —se quejó indiferente la castaña y alzó la mano para captar la atención de la tabernera. Pidió dos jarras de hidromiel pues ya sabía que el Capitán sería todo oídos.

Por más que lo pensara no recordaba que ella la hubiera visto. Una escueta descripción verbal habían servido para que la hallara en el bosque y la dibujara en ese intento por ayudarlo a encontrar a su hermana perdida. Bueno, ayudarlo era decir mucho, ella quería algo más. Siempre quería algo a cambio. ¡Avernos congelados! Debía estar agradecido pero un nudo en la garganta le obligaba a detener el bombeo frenético de su medio corazón—. Jade, ¿me has visto cara de contrabandista? —eso era demasiado— Sí, Jade, y sí, tienes una cara muy de contrabandista. Admítelo, eres de los que no se mueven del todo por las reglas de la sociedad dracónica, puedes conseguirlo —ella se había acercado lo suficiente a él como para que su conversación no fuera más allá de esa pequeña mesa arrinconada que habían abordado en la taberna—. ¿Para qué demonios necesitas jade? —el ceño se frunció ante el pecado capital que pretendía que cometiera, aunque sinceramente, tampoco es que le importara demasiado—. Eso no te importa —espetó— ¿Por eso la has encontrado? —el rubio se bebió el contenido de la jarra con deje pensativo y pidió otra ronda. Esta vez necesitaba algo más fuerte, en realidad había necesitado algo fuerte desde el inicio, su petición sólo era la excusa adecuada—. El mundo se basa en intercambios, soldadito, ambos lo sabemos.

Eso, por desgracia, no podía negarlo. Él mismo había usado esa mierda con ella. Ella...

Le quitó la jarra a la castaña después de beberse la propia y evitó mirarla a la cara—. ¿Qué? —gruñó—. Eres un pozo sin fin, no pienso pagar —afirmó resuelta—. Como si lo hubieras hecho alguna vez —masculló y alzó la mano de nuevo para otra ronda. Intentó centrarse en la maldita conversación, eso lo haría olvidarse de la dragona, y su hermana era un tema pendiente también—. Está bien, veré qué puedo hacer, ahora dime dónde está mi hermana.

Pero sabía que tendría que hablar rápido si quería que me prestara atención antes de ahogarse por propia decisión en alcohol. Hombres… y esa fachada de “fin del mundo” cuando una mujer no les hacía ni puto caso, luego tenían los cojones de hablar de nosotras Centrate — chasqueé los dedos en su cara — Tengo cosas más importantes que estar viendo como te ahogas en alcohol por una mujer, ¿sabes? — me quejé cuando me ignoró para beberse otra jarra de cerveza, recién traída por la mesera, y dar un aspaviento al aire para que hablara. Osando ignorarme. Yo me lo cargaba..., pero el recuerdo del jade me hizo chasquear la lengua con molestia — ¿Seguro que no quieres que te remate? Estoy dispuesta a hacerlo por un módico precio — me miró con cara de “vete a la mierda” y volvió a zambullirse en otra jarra de cerveza.

He conseguido averiguar que está con “Tío” Kerrigan, uno de los subordinados de Ysrea, pero no creo que esté mucho tiempo estancada en el bosque — alcé una ceja al verlo beber como un cosaco. Con un sonoro golpe dejó la jarra en la mesa para darme su total y completa atención. Qué honor. Como si fuera a darle toda la información sin mi pago — No te emociones, soldadito, no voy a darte más información sin mi jade. Pero… como me estas dando pena en ese estado de muerte súbita te diré que los hombres de Ysrea, junto a tu hermanita, partirán al norte en tres semanas — me levanté cuando lo oí gruñir — Cuidado, si me sacas los dientes en ese estado acabarás barriendo el suelo de este antro — sonreí petulante cuando intentó agarrarme y fui más rápida al apartarme — Tu sigue ahogándote en esa mierda si quieres, pero averigua algo de mi pago antes de tres semanas si no quieres que tu hermana vuelva a huir de ti.

~~~~

Estaba borracho. Muy borracho. Como no lo había estado desde esa incursión al cementerio en su vuelta, pero claro, esa incursión ni la recordaba. Por eso sabía que volvía a estar como una cuba. Estaba seguro que un humano normal posiblemente hubiera acabado en un coma etílico de haber vaciado tal cantidad de alcohol en una sola tarde. Pero ¡bah! el General no lo iba a reclamar en unos días. La castaña lo había dejado horas atrás, hastiada de verlo acabar con la despensa de El Tugurio y sus vaporosos pies zigzagueaban ahora en una única dirección: la Flor. Yanara iba a matarlo, quizás, posiblemente -Nah, seguro que lo hacía... ¿lenta y dulcemente?- pero no tenía mucho que perder. Algún guantazo, algún objeto punzante, pegarle a quién estuviera con ella esa noche. Con suerte se lo devolvería y podría entretenerse… o caerse de bruces contra el suelo como un saco de patatas.

Los pesados escalones hacia el primer piso se le hicieron eternos y de un golpetazo abrió la puerta de la habitación de Yanara cuando la alcanzó. O creyó alcanzar su habitación. Alguien gritó agudamente ante el susto de la interrupción. Rubí, la belleza de Isaur, lo miró con un parpadeo curioso de esas inmensas pestañas coquetas y el hombre que la acompañaba volvió a gritar en un tono agudo que cualquiera confundiría con una mujer—. Infiernos, Rubí, ¿qué hacéis en la habitación de Nara? —y la idea feliz -errónea- apareció— ¡¿Estáis haciendo un trío?! ¡Iugh, me niego, Nara sal de ahí ahora mismo!  —se acercó a la cama y tiró de las sábanas. El hombre gritón aferró del otro lado e iniciaron un tira y afloja que no hizo más que reír a Rubí, rodó por la cama vestida únicamente por su conocida risa hasta que se cayó de sopetón contra el suelo. Cedrik metió la cabeza debajo de las sábanas a tiempo de ver cómo el cliente de Rubí huía por un lateral—. ¡Nara no te escondas! —un puntapié en la pierna lo hizo pelearse con las sábanas y acabar tumbado en la cama mirando a la mestiza con una sonrisa tonta—. ¡Nara! —extendió los brazos para que se arrojara a ellos por haberla salvado del terrible trío; porque ese tipo, por lo que había comprobado, no tenía grandes dotes de satisfacción.

¿Qué es ese escándalo? —inquirí desde mi cuarto, en lo que intimaba con el pertinente cliente de esa noche. La alarma se vio en mi semblante en cuanto reconocí la voz de Cedrik en ese griterío. Un verdadero impulso de taparme la cara de vergüenza fue contenido. ¡Lo iba a matar! Más cuando reconocí mi nombre en esas voces. ¡¿Qué demonios?! ¿Ya estaba bebido otra vez? —Lo mato. —susurré, levantando consecuentes preguntas de mi compañía—. Creo que va a ser mejor que te vayas. —me dirigí a él, viendo la inconformidad en sus ojos. Pareciera no estar tan dispuesto a cortar de golpe ese “buen rato”. Ni siquiera pidiéndoselo por favor. Porque internamente, para mí, Cedrik era una prioridad frente a todos esos rostros masculinos que llenaban mi rutina. Además, si estaba borracho, ya tenía comprobado que él mismo no reaccionaba bien si me veía acompañada por otro. Pero sentía que no podía entretenerme en una discusión con ese dragón, teniendo a Cedrik armando tal escándalo en la habitación contigua—Discúlpame un segundo. —enuncié con algo de hastío, aunando fuerzas para incorporarme y salir de la estancia con los puños blanquecinos.

¡CEDRIK! —grité al entrar en la otra habitación. Me encontré a Rubí tapándose la boca, para contener esa risa ante la divertida situación en la que se había visto envuelto. Mis ojos color avellana, se deslizaron hacia esas figuras, ahora tapadas con las sábanas, sobre la cama, incapaz de distinguir al mestizo. Presionando los labios, me acerqué con contundencia y cabreo para darle un puntapié allí donde alcanzase. Hasta que pude verle aparecer. Sí, estaba borracho. Bueno, borracho no, borrachísimo—¡Maldición! —exclamé, enganchándole de la oreja con fuerza, ignorando ese gesto caballeresco que no tenía razón de ser— ¿Qué te crees que estás haciendo? —una pregunta que recibiría un sinsentido como respuesta, seguramente. Tomé la rápida decisión de llevarlo, pasando su fuerte brazo por encima de mis hombros y tiré de él, para arrastrarlo como bien pude, a mi cuarto, disculpándome con Rubí. Nada que la belleza de Isaur no supiera ya. Como si no conociese la historia que compartía con aquel perjudicado mestizo de cabellos dorados.

¡Au au au au! —la oreja le ardía en un puchero más que gracioso en esa estampa. El Capitán se dejó arrastrar por su caballero de radiante armadura: YanaraSolo quería salvarte de ese trío, ¿sabes lo pequeña que la tenía? ¡Os hubierais aburrido horrores!—. Por el rabillo del ojo consiguió ver a Rubí que seguía en su ataque de risa y observaba como su cliente de la noche se vestía sumamente avergonzado por las palabras del mestizo. Bueno, había conseguido que se libraran de tediosa tarea: complacer a un hombre aburrido. Su labor estaba finalizada. La mestiza que lo arrastraba a no sabía dónde le tentó a olfatearla reconociendo su aroma y sonrió con ese puntillo pasado de borracho completo— Hueles a pimienta —se rió él solo por la ocurrencia y el recuerdo de la dragona huidiza.

Pero, ¡oh! ¡Qué rápido se me olvidó la compañía que había dejado en la habitación! Suspiré cuando él me increpó, indignado, creyéndose cualquier otra cosa. Cedrik enseguida se mostró hostil con el hombre, así que… lidié como pude, prometiéndole el doble de tiempo por lo pagado… otro día.

La avalancha de culpabilidad que lo arrastraba a un pozo oscuro se esfumó cuando vio al hombre -¿o eran dos?- en medio de la habitación de Nara— ¿Que infiernos haces aquí? ¡Vete antes de que te destri….! —los finos dedos de Nara le bloquearon la retahíla del sinfín de insultos y amenazas que se iniciaron un segundo después quedando en un murmullo furioso. Amortiguado y retenido por ella; gruñó como un pitbull rabioso sin apartar la vista de ese tipo hasta que lo vio desaparecer por la puerta.

Tuve suerte de que callase a Cedrik a tiempo, tapándole la boca para que toda barbaridad que saliese de sus labios hacia aquel tipo, quedara amortiguada entre mis dedos. Y sólo cuando el otro se marchó, regresé mi mirada al mestizo—¡Maldito rubio! —¿Por qué ponía mi vida patas arriba cada vez que venía a verme?—¡¿Cuántas veces te he dicho que con tanto alcohol no vas a solucionar nada?! —cruel refugio momentáneo de noche, instigador del dolor y la resaca de día. Lo tiré a la cama, quedando boca arriba. Con decisión me fui al baño, saliendo con una jarra llena de agua fría que no dudé en verter sobre él para espabilarlo—¿Qué ha sido esta vez? —inquirí, justo antes de acercarme a la puerta, como último movimiento, para cerrarla.

A nadie le importaba lo que hablásemos o hiciésemos a partir de ahí.

Cedrik rebotó en la mullida cama e hizo una mueca de asco cuando olió al tipo en ellas—. ¡Joder, Nara! Esto apesta a… —el cubo de agua helada lo dejó perplejo en ese revoltijo de sábanas hasta que reaccionó pasándose la mano por la empapada cara. No, la lucidez no hacía gala de presencia, todavía no, unos segundos más… quizás… se reincorporó en el charco de agua que ahora era el colchón y se quedó pensativo. Prestó atención a la cabreada rubia—. ¿Te he dicho alguna vez que estás preciosa cuando te cabreas? —ignoró la pregunta, y se levantó de la cama de un salto cuando vio que se dirigía a la puerta para cerrarla. Se acercó con nulo sigilo y la cogió de la cintura para arrastrarla a la -gracias a ella- mojada cama—. Explícame por qué las mujeres podéis ser tan crueles y viles con incautos como yo —se rió de sí mismo en un gesto desdeñoso. Evitó mirarla a la cara, sabía que cuando lo hiciera le haría cantar como un pajarito, y entonces estaría perdido; la conversación con la castaña sobre su melliza y todas sus reservas sobre la dragona serían como una granada estallando en pedazos sobre ambos.

Ahora, tendidos en la cama, los dedos del Capitán treparon por el aterciopelado muslo femenino iniciando una sutil incursión debajo de la sedosa tela… hasta que un manotazo los espantó. Sus gélidos se engarzaron con sorpresa en unos ojos que vaticinaban tormenta. ¡Mil infiernos congelados!. Y lo inevitable pasó, su lengua se soltó como si le pagaran por ello, empezó con su melliza y acabó por la dragona. Ya nada tenía que perder.

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Cedrik
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