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Mensaje por Thareon el Miér Oct 09 2019, 12:28

What if...? e_e


Era imposible no quedarse mirando a las hipnóticas arenas danzando con el viento. Éste aullaba suavemente entre las dunas, levantando la arena en densas nubes de polvo que caían como cascadas sobre las onduladas subidas y bajadas, bajando incluso la intensidad del brillo del sol. Se avecinaba una tormenta de arena, y una de las grandes. Tras tantos meses en el desierto, Thareon ya había aprendido a distinguirlas incluso antes de empezar.

"¿Qué opinas, hijo mío?", escuchó la voz de su padre, Tharthreiz, a través de la red.
"No tiene buen aspecto. Seguramente nos alcance esta noche", contestó con honestidad. Lo malo de luchar en el desierto eran las malditas tormentas de arena que impedían que sus tropas pudieran volar y reducía casi a cero la visibilidad. "Si la tormenta de arena nos alcanza, jugaremos en desventaja en el campo de batalla: no tendremos la ventaja del vuelo ni de la altura. Los humanos ya saben que en tierra somos más vulnerables, y además cuentan con una fortaleza". Aunque intentó sonar neutro, Thareon. "Eso sin contar con que, en nuestra última incursión, tuvimos bastante bajas por culpa de las bombas de gas con belladona. Los humanos están aprendiendo".
"Eso no evitará su destrucción. Cada vez son menos y están más desesperanzados".
"Sí, pero no deberíamos subestimarlos. Un soldado está más dispuesto a hacer cualquier cosa cuando cree que no tiene nada que perder".
"Ciertamente. Sería imprudente ordenar un ataque en esas condiciones", admitió el viejo Ironscale.
"De todas formas, lo que yo opine da igual. Un teniente como yo no tiene poder de decisión en estos asuntos". Cualquier otro dragón se hubiera alegrado por ello, pero Thareon no. No porque ansiara el poder: no lo hacía. Sencillamente le escamaba que las vidas de sus soldados dependieran de las decisiones de mandos que ni siquiera se molestaban en interesarse por el estado de las tropas, o de las inclemencias de los terrenos sobre los que tenían que combatir. Por mucho que se vanagloriasen de ser invencibles, los dragones también tenían que combatir contra cosas muy mundanas. Como, en aquella ocasión, las inclemencias del tiempo.
"Pero los altos mandos valoran tu opinión", contestó el viejo dragón en su mente. "Por eso el capitán Letyko va a reunirse contigo esta tarde".
"Letyko... ¿El dragón sanguinario del Cairo?", la pregunta de Thareon dejó entrever una mezcla de admiración y... temeroso respeto.
"El mismo", asintió su progenitor. "Le he hablado muy bien de ti. Tú sé honesto, hijo. Sírvele bien y haz lo que te él te pida. Puede que tu futuro en el ejército dependa de cómo termine tu reunión con él".
"Sí, padre".

La conversación terminó. Thareon cerró la puerta de tela de su tienda personal con un suspiro. No estaban entre grandes lujos, como sí había podido disfrutar en Dubái. Allí había podido operar desde una base militar bien establecida, con edificios y muchas tropas de valientes dragones alrededor. Ahora estaba en medio del desierto, en algún lugar de Arabia, persiguiendo las últimas tropas de humanos combatientes que se resistían al someterse bajo la grandiosa Reina Madre. El campamento de su pelotón era bastante espartano, aunque Thareon, en su calidad de oficial, contaba con algunas comodidades que muchos de sus dragones no tenían. Al menos dormía él solo en la tienda, con el suelo tapizado de alfombras, una cama cómoda y algunos muebles de madera plegable, la mayoría usados para sostener las velas y las lamparillas de aceite con las que iluminaba el interior. Las paredes de tela se agitaban con el viento, aunque evitaban que el polvo y la arena entraran, no acaballaban el interminable sonido del viento.


El sol comenzaba a bajar cuando uno de sus hombres le habló desde el otro lado de la tienda, advirtiéndole de que, por fin, su visita había llegado. Thareon suspiró con alivio. La tormenta ya empezaba a volverse fuerte, hasta el punto de casi ocultar el sol, de manera que, para poder escribir sus cartas e informes, Thareon había tenido que aproximar una de las lámparas a la mesa para poder ver algo. Dejó la pluma a un lado y se levantó, casi de un salto, abrochándose la camisa de lino color azul oscuro, a juego con unos pantalones holgados del mismo color. Deslizó sus pies descalzos sobre las alfombras y desató la cortina de tela gruesa que hacía de puerta para dar paso al exterior. El polvo ardiente le golpeó la cara de inmediato, embravecido por las ráfagas de aire cada vez más violentas. Unos pasos apresurados se dirigieron al interior, y Thareon rápidamente volvió a atar el cordel de la entrada de la tienda a uno de las varas que hacían de soporte, firmemente enterrada en la arena.


Soldado, retírate y busca cobijo. Esta noche no nos atacará nadie—le aseguró Thareon al soldado, quien con un muy agradecido "sí, señor", se marchó, seguramente alabando a Thareon en su fuero interno por no obligarle a hacer guardia en plena tormenta.
En el silencio que se instauró, el joven Ironscale pudo intercambiar por fin una mirada con el dragón que, en ese momento, se quitaba la capucha llena de polvo y desvelaba ante él un rostro inusitadamente joven y atractivo, coronado con dos hermosos ojos violeta. Thareon se quedó mudo durante un par de segundos, sin ocultar su cara de sorpresa. Por algún motivo se había imaginado a Letyko mucho más... diferente. Y desde luego, no con una apariencia tan juvenil, a pesar de que sabía que el dragón que tenía delante superaba en años incluso a su padre. Logró reaccionar por fin, juntando los talones y llevándose la mano al pecho antes de inclinarse respetuosamente ante él, a modo de saludo marcial—. Es un honor recibiros, capitán Letyko. Me alegro de que hayáis podido llegar antes de que la tormenta arrecie. Estaba empezando a considerar la opción de mandar una patrulla a buscaros—comentó, no sin menos veracidad.





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