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Mensaje por Mysandre el Miér Jul 24 2019, 00:57

Los rumores no tardaban en llegar.

Días y noches habían pasado ya desde que la Dama Roja, abordando un simple barco pesquero perteneciente a un comerciante humano sin ningún tipo de renombre, un don nadie, había salido desde la lejana ciudad de Edén hacia Talos, surcando los océanos. Era difícil imaginar que Mysandre de Edén estaba en un lugar cómo ese. Una aristócrata y la Guardiana del Templo de Edén, la ciudad que era considerada el tesoro del Imperio del Fuego por su hermosura. Simplemente eran cosas que no combinaban en ninguna forma posible. Aun así, tan inverosímil que pareciera, había pasado exactamente así.

Tan pronto como había tocado el puerto de Talos, su misión, había comenzado. La Dama Roja, impulsada por el fuego de su creencia, había llegado para hacer algo: reafirmar la Fe. Predicar sobre la única y verdadera diosa. Ese era su misión como humilde y leal servidora de su Diosa, la única y verdadera. Tan pronto como eso ocurrió, los rumores no se habían hecho esperar porque hacía más de 300 años que Lady Mysandre no tocaba aquella parte del mundo. El rumor de una mujer de vestiduras rojas que hablaba de la Reina Madre como de una diosa, de una forma y estilo que no se miraba desde los tiempos del Despertar: con una arraigada y verdadera fe, algo que se estaba perdiendo entre los dragones. Así, tan pronto como aquellos sucesos ocurrieron, así como llegó a los Puertos de Talos, Mysandre desapareció, sin dejar rastro alguno. Se hubiese esperado que la Dama Roja, de tal posición, hiciera lo que era común, llegar a Talos acompañada de guardias, o en un gran carruaje, pero no. No era tan sencillo para ella. La misión que Mysandre sabía que tenía en Talos, era una que no cualquiera podía entender y no cualquiera podía lograr. Su peregrinaje hacia Talos apenas y comenzaba, y hacer reavivar la llama del fuego de la fe, era un camino que llevaría por sendas oscuras.

Con el pasar de los días y las noches, fue vuelta a ver en la lejanía del horizonte nocturno: La Dama Roja había llegado a Talos por la noche a lomos de un caballo blanco. Aunque fue recibida por la guardia de turno y le fue ofrecida vigilancia y compañía hasta el Castillo, ella se negó. Algo que con clara lógica pareció extraño, pero realmente, nadie nunca podía ver cuáles eran las verdaderas intenciones de Mysandre. Simplemente, le fue abierta la puerta de la ciudad, y se le permitió el paso y su paseo por la nocturna Talos, la cual no miraba en sus rojizos ojos desde hacía tanto tiempo, le llevó entonces hasta aquel lugar: El Templo del Dragón.

Mysandre bajó del caballo, y entró al ancestral recinto de la fe de fuego. Y con un rostro sonriente, miró la gran estatua, y hecho la capucha de la túnica roja hacia atrás, en modo de respeto y veneración, arrodillándose entonces ante su Diosa, y oró.

-Reina Madre, enciéndeme con el fuego de tu sabiduría,
para que pueda amar sólo aquello que es sagrado.

Reina Madre, ilumíname con tu inteligencia,
para que pueda percibir sólo aquello que es sagrado.

Reina Madre, enciéndeme con tu consejo,
para que pueda  ver sólo aquello que es sagrado.

Reina Madre, derrama tu conocimiento en mí,
para que pueda hacer sólo aquello que es sagrado.

Reina Madre, dame devoción ardiente,
para que pueda buscar sólo aquello que es sagrado.

Reina Madre, hazme arder en el temor a ti
para que nunca más pierda lo que es sagrado.-

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