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Mensaje por Abbadon el Jue Jun 20 2019, 13:18

Después de la "pequeña" aventura hecha en Krossan con Vaurien y el resto por la planta endemoniada, al regresar a casa decidi volver a mi rutina trabajando como siempre, acudiendo a actos sociales, celebrando festividades, dando la cara por el imperio y mi reina, puteneando, bebiendo y follando como nunca... lo habia echado mucho de menos, y mis chicas y chicos me lo hicieron saber: tambien me echaron en falta. Pero tambien extrañaba algo, y es que habia pasado de nuevo la estación y ahora la moda seca se acercaba, ademas de que con tanta transformación en mitad de guardias o simples juegos, la ropa quedaba hecha jiroles, ergo... ¿como iba a usar ropa sumamente pasada de moda? Y estaba aburrido de ver siempre lo mismo en mi casa, necesitaba cambiar otra vez de decoración y sabia donde acudir.

Acompañado por unos cuantos de mis esclavos y esclavas, los cuales tenian un gusto refinado (aunque no tanto como el mio), nos dirigimos hacia el "territorio" de Olayinka, una dragona que tan solo en su mirada se podia contemplar pura exquisitez. La verdad, me encantaria hundirla en cera y ponerla sobre un pedestal de marmol en mitad de mi jardin para lucirla mejor, claro que quizás no le gustaria mucho la idea. Supongo que observarla era mas que suficiente, ya que no era una de esas dragonas fácilonas que se abrian de piernas si la susurrabas al oido algo bonito o caliente. Y ciertamente, eso me gustaba mas, pues al igual que mi difunta esposa, tenia clase.

Cuando llegamos al hogar de la dragona, fueron mis esclavos los primeros en pasar las puertas para que el resto que hubiera en el interior, se diera cuenta que aquellos seis humanos que entraban en orden, bien cuidados y hermosos, iban seguidos por un dragón, por mi. Al entrar al interior, me quede quieto en mitad de las puertas obserdando a la gente que estaba por alli mirando la mercancia en diferentes puntos de la habitación. Alcé ambas manos a mis lados colocandolas hacia el cielo y sonrei ampliamente con los ojos brillantes y rojos.


- Buenos dias gente de Talos, que la Diosa os bendiga en este próspero dia - salude en voz alta con impetú, mostrandome completamente deshinibido, enseñando la fila de dientes superior de mis dientes. Comencé a caminar al interior de la habitación, amplia y clara, llena de estantes y objetos poco peculiares y ordinarios. Me sentia como un niño en una tienda de dulces. Notaba como algunos me miraban de reojo, y no me extrañaba: llevaba mi uniforme de inquisidor y después de saludar de aquella forma, dejaba claro que hace unos meses habia masacrado en el discurso a varios ciudadanos sin compasión, y era asi. De forma que si se les ocurria tomarme el pelo, les cortaria la puta cabeza alli mismo.

Una de mis esclavas se acerco con una tela maravillosa aterciopelada, en un tono tostado, que era realmente suave al tacto - Oh querida, sin duda tienes buen gusto - acaricie la mejilla de la chica con una sonrisa - Pero... ¿no hay algo mas colorido? Esto me recuerda a lo que compramos hace dos años, es un color taaaan aburrido - hinche las mejillas y enarque una ceja mirando alrededor - Quizás ella tenga algo novedoso... - entrecerré los ojos y comencé a caminar por alli en busqqueda de la dueña, algo fácil, pues era realmente llamativa incluso en su forma humana.




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Mensaje por Olayinka el Jue Jun 20 2019, 17:53

A lo largo de los años, el negocio que comenzara con su hermano había pasado a tener diferentes sedes a lo largo de Talos. Un gran puesto invariable en el mercado, algunos vendedores ambulantes, callejeros que se ganaban la vida con los objetos más cotidianos. Así como contactos, vendedores y mensajeros en el resto de las ciudades hasta las que ella o su hermano hubieran llegado. Cuando le exiliaron, se aseguró de aclarar a sus congéneres que ella continuaría con el negocio, a pesar de todo. La mas reciente adquisición ahora que estaba centrada en rodearse de belleza, creatividad e imaginación no era otra cosa que un interesante carromato al que la troupe había tenido el placer de bautizar como "el cascarón de nuez". Era un carromato con espacio suficiente como para que un grupo pasara la noche en él con ciertas estrecheces, pero para los pequeños viajes y festejos, era ideal.

Sin embargo la sede central de todo su negocio se encontraba en el que también era su hogar. Era un lugar abierto para las personas con talento que buscaran refugio, instrucción o ayuda para desarrollarse, siempre y cuando estuvieran dispuestos a poner sus talentos al servicio y placer de la mercader.

Si bien Olyainka tenía una reputación bastante importante dentro del negocio mercantil, sucedía lo mismo con su hogar. La mayoría lo conocían antes por lo que se decía de su aspecto que por tener el privilegio de visitarlo. A pesar de que era un templo para los placeres, las personas que disponían de acceso directo a "La colmena de las delicias" era muy limitado. Familiares, amigos, protegidos, sirvientes, y algunos de los clientes mas excelsos eran los que podían disfrutar de la hospitalidad entre sus muros, y como buena anfitriona, Olayinka los recibiría con la calidez que le caracterizaba.

Según fueron apareciendo los esclavos por la puerta, dos de sus sirvientes corrieron para avisar de su llegada. Un par de mercaderes se giraron al verle llegar, y el resto, mujeres y hombres acogidos bajo el techo de "La salpicada" le dirigieron sonrisas tímidas, saludos efusivos, o ligeros flirteos antes de volver a ponerse a trabajar.

En el salón de entrada, las estanterías estaban plagadas de tesoros, algunos más emocionales que valiosos. Contra las paredes se apilaban rollos y rollos de hermosas telas que pasaban de ser ligeras y finas ideales para la estación seca, a fuertes y cálidas para poder afrontar la estación húmeda. En una mesa se apilaban las pieles de animal, y sobre las perchas se veían algunas de las piezas de armadura de cuero y hierro más exquisitas que podían encargarse a un curtidor o herrero.

La mujer apareció al descender por la escalera principal, observando al dragón. Lo había conocido en una de las visitas formales a su padre. Se trataba de otro inquisidor, pero a diferencia de su progenitor, a éste podía comprenderlo bien. Abaddon también tenía una reputación que le precedía. Tenía la capacidad de adueñarse de cualquier lugar al que entrara con sólo andar por allí, ese carácter embriagador y encantador que hace envidiar a los hombres y preñarse a las mujeres. Era un vividor putero y vicioso. Una forma ideal de vivir la vida, si le preguntaban a la mercader, que como buena hedonista adoraba los placeres del materialismo y el hambre carnal. De no ser porque Abaddon resultaba también un hombre de carácter volátil y cruel en extremo, resultaría una buena compañía. Aunque ese componente de peligrosidad podía hacerte sentir vivo, había que tomarlo en pequeñas dosis, ya que también cabía la posibilidad de que te hiciera sentir muerto... literalmente.

- Mi señor Abaddon, sed bienvenido a la colmena de las delicias...- se aproximó a él, las manos entrelazadas frente a sus caderas. Vestía hermosas telas con un estampado que recordaba a pequeñas colas abiertas de pavo real, en un vestido largo elegante y cerrado que caía hasta el suelo. Se cerraba con un fajín azul . Sobre él había enrollado de manera diagonal una tela dorada y roja, que hacía juego con el acabado de sus brazaletes de oro. Portaba un gran cuello dorado coronado con una perla blanca, al igual que en sus orejas colgaban sendos pendientes de aro grueso. Su pelo corto y sus cejas habían sido tintadas con un tono azulado, y su maquillaje recordaba el de algún lugar exótico. Al completo resultaba extravagante pero exquisito. Se aproximó a él con un andar sinuoso y le ofreció una cálida sonrisa. Si había algo importante en el negocio era conocer a tus clientes, y a ese hombre había que cuidarlo porque parecía tener deseos que nunca conseguía saciar del todo. Música en los oídos de la mercader. - decidme... ¿qué apetitos venís con ganas de satisfacer hoy?- le murmuró, inclinándose con levedad hacia adelante como si compartieran un secreto, y llenando su rostro con una suave sonrisa enigmática.
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Mensaje por Abbadon el Vie Jun 21 2019, 20:25

Tal y como predije, no fue complicado encontrar a Olayinka puesto que descendio de lo mas alto bajando por las escaleras principales, haciendo que todo el mundo la mirasemos encandilados. Sin embargo tome la compostura para ir acercandome y cuando me dio la bienvenida, hice una leve reverencia, pudiendo aprobechar para observar por completo su atuendo, y volver a mirarla a los ojos con una amplia sonrisa. Se me hacia extraño su cabello azulado, pues nunca entendia esa pasión por las mujeres y algún hombre por cambiar el color de sus cabellos, teniendo el propio que es natural y propio, como una marca de nacimiento, algo único.

- Oh querida, muchas gracias por este recibiento tan amable - a la vez que ella, yo de igual forma me acerque sin invadir su espacio, colocando mis manos a la espalda - Zareh sin duda debe estar orgulloso de su hija, es una gran empresaria, ademas de hermosa dama - sonrei cortés ignorando por completo el hecho que tenia un hermano exiliado, pues no queria empañar el buen ambiente del momento. Cuando la mujer pregunto por los apetitos que queria saciar, rei satiricamente en una corta carcajada echandome a un lado para fijar mi mirada sobre un par de mis esclavos - Bueno, lo cierto es, que necesito saciar ciertos apetitos que ni siquiera yo o mis esclavos no pueden cumplir... - alcé ambas cejas y mire a la dragona con ternura - ¿Podria ayudarme con este lamentable caos interior? - rápidamente aparecio en mi rostro una picara sonrisa.

- Verá, ya estamos en la estación seca y bueno, ademas de cambiar algunos ropajes y comprar nuevos... - me acerque a una estanteria tomando en mis manos una tela azulada como el cielo - ... soy bastante efusivo, y bueno, la ropa no me dura mucho. Transformaciones, cazas, lavados, sangre... trabajo y lo que no lo es... - deje la tela y volvi a mirar a Olayinka - Pero ademas de eso, la ropa no es lo que me trae aqui principalmente. Sé que Las colmenas de las delicias posee excentricidades que pocos poseen, o que pocos entiendan. Quiero renovar partes de mi hogar, como suelo hacer cada año. Salones, habitaciones, jardin, baño... ¿comprende? - suspire pasando mi mano por la frente - Zestka era quien se encargaba en decorar esas cosas, aunque admito que yo si decidia los colores. Y ya hace dos años que la Diosa decidio llevarsela de mi lado - me quede serio recordando a mi esposa, hasta que sonrei levemente suspirando - Y mis esclavos no son realmente buenos escogiendo cortinas o sabanas, Mucho menos cosas que jamás hayan visto antes. Pero usted, querida, tiene mucho mundo - la señale con el indice un segundo, haciendo un sonido con la boca al separar los labios teniendolos bajo presión, haciendo que pareciera que hubiera quitado el corcho de una botella.




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Mensaje por Olayinka el Vie Jun 21 2019, 23:48

Había que concederle algo más al sangriento inquisidor. Tenía una exquisita educación cuando así lo quería. Parecía algo común entre los inquisidores. La mayoría disfrutaban de vicios en el límite de lo conocido, añoraban escenas de muerte o encontraban en los vicios mas perniciosos un motivo de regocijo. Pero casi todos tenían una instrucción en protocolo tan implacable que les ayudaría a convencer a un ciego de que era sordo. Respecto al comentario sobre su padre, sólo cabía encajarlo con elegancia. De puertas para afuera nadie tenía porque enterarse de la disfuncional relación que mantenían. "La salpicada" le ofreció una sonrisa cortés y en apariencia confiada, mientras no se privaba de repasar con su mirada la completa silueta del inquisidor.

- Adulador...- le susurró con picardía, al tiempo que con el dedo índice y el anular daba un suave toque furtivo bajo su mentón, para ayudarse a mirarle a los ojos.  

Repasar a los clientes no era una mera forma de flirteo que ayudaba en la mayoría de transacciones. También le ayudaba a ver las formas de los cuerpos, las tonalidades de las pieles, posibles defectos que quisieran cubrir o cortes de ropa que pudieran favorecer sus virtudes físicas.

- Haré todo lo que esté en mis manos, mi señor. - le aseveró, antes de escuchar sus peticiones.

Se trataba de algo grande. Algo MUY grande, y pensar en las implicaciones hizo que su columna se estremeciera erizando su piel.

- Es mucha la responsabilidad que colocáis sobre mis modestos hombros, Mi señor Abaddon.- dijo posando una mano en su pecho y haciendo una elegante reverencia agradecida con el rostro. Le devolvió una mirada intrépida que prometía aventura y misterio, acompañada por una honesta sonrisa que evidenciaba su disfrute enmarcado de azul. - Convertiré esta experiencia en algo que os haga sentir que mereció la pena depositar en mi semejante honor...- añadió, al tiempo que giraba sobre sus pies con gracilidad y arrancaba a andar con paso firme. Si el hombre quería acompañarla, debía darse prisa en reaccionar. En su casa, se movía como la abeja reina que era.

- ¿Tendréis a bien ofrecerme la asistencia de alguno de vuestros muchachos, Mi Señor? - preguntó al dragón, esperando su aprobación.-Dadme un par de nombres y sus favores se recompensarán con gentileza, os lo aseguro.- le tranquilizó, dejando entender que sus labores serían livianas. Si denegaba, haría que alguno de sus trabajadores cesara en sus tareas lo que durara su visita. Jamás se habría tomado la confianza que hundía la reputación de muchos otros, al atreverse a usar los esclavos de sus clientes como si fueran sus propios sirvientes.  Avanzó a través de los numerosos cajones y mostradores mientras miraba en todas direcciones. A pesar de lo cual, tanto Abaddon como sus esclavos podían convencerse de que estaba segura de lo que buscaba. - Permitid que empiece por ofreceros algo sencillo que os deleite.- sugirió al tiempo que alcanzaba sin esfuerzo uno de los estantes superiores y alargaba la mano hacia lo que parecía una sencilla tela blanca. La desplegó con un movimiento de ambos brazos, colocó una punta sobre su hombro izquierdo, y la dejó caer a través de su propio cuerpo hasta su brazo derecho, que dobló y extendió de manera que ofrecía la tela a los ojos del hombre que ahora tenía que agasajar no sólo con sus productos, si no con el encanto del buen anfitrión. Al fin y al cabo estaba en su hogar.

- No os privéis. Acariciad el suave y ligero tacto del algodón de Issaur. - le invitó con sugerencia, al tiempo que inclinaba la barbilla para pellizcar con ella el lateral que mantenía en el hombro, de manera que la mano izquierda pudiera realizar un nuevo pliegue que mostrara los exquisitos bajos de la tela, donde estaba la sorpresa de un bordado dorado, fino y tan apretado que no se podían adivinar las puntadas. Trabajo manual de una calidad que no estaba a disposición de la mayoría.
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Mensaje por Abbadon el Dom Jun 23 2019, 19:07

La educación y forma de expressarse de Olayinka era muy poco frecuente en dragones de su clase. Estaba claro que era hija digna de un exquisito inquisidor, pero no solo eso, sino que ella misma poseia en su sangre algo antiguo y ancestral. La juventud de los dragones jovenes y burgueses, creian estar a la misma altura de los que idealizaban el imperio, de los que trabajabamos para el. Ella puede que poseyera la misma edad que yo, o casi, pero sabia donde estaban los limites y controlaba exclusivamente las lineas entre cliente y vendedor. Por eso me gustaba acudir a Olayinka, porque me hacia sentir como un rey, y bueno, para que mentir, tambien me gustaba todo lo que la dragona podia obtener para vender.

Al escuchar la oferta que le ofrecia a la Salpicada, esta respondia de forma que me hizo sonreir mirandola con ojos entrecerrados - Lo sé, eres la mejor ¿porque crees que acudo a ti? ¿Puedo tratarte de tu, verdad? Me siento mas comodo asi - rei divertido pero con cortesia, sin parecer un bufón al que le mirasen para esperar ver hacer el bobo. Examine el lugar nuevamente, viendo a un par de esclavos hablando entre ellos, y por lo que pude ver parecian interesados en algo mas que unas simples telas. Supuse entonces que tendria que darles un pequeño sermón de que no me apetecia aguantar enamoramientos fugaces, porque si era eso, o bien lo terminaban o se casaban de inmediato, aunque fueran hermanos. Era bastante hipocrita pensar que me habia convertido en mi madre, pero bueno, ¿quien iba a contarselo a ellos?

La voz de Olayinka me saco de mis pensamientos y la mire atento, completamente serio ante lo que habia dicho y sonrei asintiendo después de medio segundo - Por supuesto querida, escoge los que quieras o todos. Son buenos en las artes de la costura y pintura, pero como digo, a veces no sacian lo que necesito. Es como si no me entendieran - me encogi de hombros mostrandome algo vulnerable, pero ciertamente eso era imposible. Seria como hacer que una mamba negra, fuera una mascota para niños. Hacerlo es posible, pero que todo salga mal es seguro que ocurra.

Olayinka comenzó con la presentación de lo que parecia una tela traida de mi Isaur natal. Su altura le facilitaba el trabajo para obtenerla de las baldas, pero tambien para exponerla ante mi como cabellos de angeles - Por la Diosa, es tan... perfecta - embelesado no dejaba de mirar la tela, casi con la boca abierta, e incluso cuando me invito a acariciarla senti que me daba miedo a romperla si asi lo hacia. Alcé la mano pasando el dorso de mi mano por la tela, ladeando la cabeza para mirar los detalles del bordado con cuidado - Me recuerda a mi niñez - sonrei ladino abriendo la mano para pasar ahora el interior de esta nuevamente por la tela - Me gustaria tanto empapar una de mis habitaciones en eso, en mi infancia - mire fijamente a la Salpicada - ¿seria posible? No solo cosas de Isaur, sino... ambientado en lo que eran esas tierras - alcé el mentón mostrandome nuevamente serio. La idea de poder tener mi habitación como si fuera de hacia mas de dos milenios, me emocionaba muchisimo. Zestka siempre pensaba en las modernidades, pero yo siempre era mas nostalgico y ahora ella ya no estaba para impedirmelo.




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Mensaje por Olayinka el Mar Jul 02 2019, 14:08

Con un leve asentimiento de cabeza permitió que el hombre la tuteara si así lo deseaba. No tenía problemas con ello, pero cuando trabajaba prefería mantener la formalidad a menos que la persona le pidiera que no lo hiciera. En este caso Abbadon había pedido tutearla, pero no había sugerido nada acerca de la forma en que "La salpicada" se refería a él, de modo que continuaría con el protocolo al que estaba habituada.

Cuando el inquisidor le dio permiso para trabajar con dos de sus esclavos ella lo agradeció con una reverencia teatral, y entonces chasqueó los dedos haciendo un fuerte sonido. Muchos sabían hacerlo, pocos con el imperativo y la urgencia que Olayinka imbuía en los suyos. Seleccionó a los dos esclavos que la miraron con mas premura, que se pusieron a su lado de inmediato.

- La nostalgia es una dulce agonía... - susurró con un tono cargado del espíritu de tiempos pasados. Ella misma añoraba los tiempos en los que todo era mas sencillo. En lo que lo único que la perturbaba era la exigencia de su padre, pero tenía un hermano con quien compartir la pesada carga de sus expectativas.

Entonces Abbadon realizó una petición que hizo que la mujer se congelara durante un eterno minuto. Su mirada oscura perdida, su barbilla apuntando hacia arriba. Parecía mirar al techo de la estancia, pero su expresión era ausente, como si su espíritu no se encontrara allí. Entreabrió los labios y su mirada se iluminó poco a poco a medida que sus labios de azul bruñido se convertían en una hermosa sonrisa plagada de emoción.

- Ya la estoy viendo, mi señor...- murmuró, al tiempo que arrancaba zancadas a sus piernas y se movía a través de la estancia esquivando personas, enseres, y todo lo que se ponía a su paso. Los esclavos tuvieron problemas para seguirla mientras agarraba anillas de latón que estaban llenas de nudos de tela que servían como muestras, y las introducía en sus brazos sin parar de andar.

- Coged esa caja de madera. Agarrad esas dos de latón. Tened cuidado, su contenido es frágil. - advirtió señalando aquí y allá, mientras los esclavos se disponían a cumplir sus peticiones.

En su mente todo empezaba a cobrar un lugar, todo se llenaba de color y luces. Elegancia en la confección, materiales exquisitos. Algo único que rememorara tiempos pasados, pero dejara sin habla a quienes vivían hoy.

Volvió junto a Abbadon y depositó sobre un cajón lleno de telas plegadas las múltiples anillas, desatando de ella las correas de tela que quería mostrarle, colocando una junto a otra para que pudiera ver la combinación.

- Dejad eso en el suelo. - sugirió a los esclavos. Abrió los cajones y sacó con cuidado varios azulejos que había ordenados en su interior, colocándolos separados para que pudiera ver cada una de las cenefas por separado. Presentó todo aquello, que para la gente sin visión, sólo eran un montón de cosas sin orden ni concierto. Era ahora cuando debía obrar el encanto de su visión. - Imagináos, mi señor. Una habitación cubierta hasta el techo de bello tono tierra como la arena del desierto. Azulejos sencillos en la parte baja, coronados de tres cenefas distintas: la enredadera, la estrella, y el horizonte. Tupidas alfombras sobre las que reposarán sus muebles de madera con detalles ojivales y taracea de mármol blanco. Tonos púrpura dignos de la realeza allá donde poséis la vista. Suave seda, delicado terciopelo, y lino teñido en un suave degradado hasta el blanco mas puro en la parte superior cubrirán vuestros ventanales. Presidiendo, vuestra cama cubierta por las suaves y blancas sábanas de algodón de Isaur. Un enorme espejo con incrustaciones que os recuerde vuestra propia gloria...- a medida que narraba, mostraba las telas, la colocación de los azulejos, la disposición. En un arrebato, sacó de entre los pliegues de su ropa un pequeño trozo de pergamino y alargó la mano hacia un cono de madera, en cuyo interior guardaban carboncillos. Abocetó con rapidez y una precisión técnica exquisita la habitación que su mente había dibujado en el lado interno de sus retinas, para que el inquisidor pudiera verla con sus propios ojos.

Pero eso era sólo el principio. En el fondo de su mente nadaban más y más ideas que cobraban forma como una lluvia de estrellas fugaces en el cielo. Imparables. Únicas. Sólo podías esperar tener la suerte de poder contemplarlas, mirando en la dirección adecuada en el momento preciso...


Última edición por Olayinka el Mar Ago 13 2019, 13:55, editado 2 veces
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Mensaje por Abbadon el Lun Jul 08 2019, 11:41

La nostalgia era además de una agonia, una enorme traidora y debilidad. Todo dragón aprendia tarde o temprano a mantenerla a raya, pero jamás podiamos ignorarla, y era odioso. En estas ocasiones era cuando deseaba ser como Aldebarán para poder ser inmune a cualquier sentimiento, aunque eso conllevase a no sentir ninguno de mis placeres favoritos. Pero realmente queria aquello, no solo entrar en una habitación ambientada en algo encaminado hacia mi pasado, sino sentirme realmente en casa, algo que no conseguia desde hacia varios años, quizás por falta de mi esposa, falta de confianza por el resto. Poco a poco ya no quedaba nadie en quien confiar, ni en quien apoyarme. Era todo tan complicado.

Trás comunicar a Olayinka mi primera petición, esta quedo en un pequeño trance, que me hizo mirarla con una ceja enarcada. Estuve a punto de chasquear los dedos frente a su cara, pero vi como reaccionaba para comentar que "ya lo estaba viendo". Sinceramente me hizo sonreir, pues era tan sumamente teatral y exagerada con sus movimientos y excentricidades, que no podia negar que la dragona pareciera estar un poco loca. Observé como ordenaba a los dos esclavos que pidio su servicio, la siguieran. William era uno de ellos, mi bastardo hibrido quien incluso él desconocia quien era su padre. Segui con la mirada a los tres unos segundos, hasta que decidi tomar asiento en un banco de espera, donde uno de los empleados de la Colmena se acerco para ofrecerme algo de tomar, cosa que rechace con un gesto señorial.

Y si las mujeres, e incluso algun hombre, solian tardar a la hora de hacer compras, Olayinka tardo lo suyo para hacer aquella pequeña reunión de objetos, que trajo ante mi. Observé lo que fue colocando delante de mi, tanto los azulejos, como las telas... etc. La mire a los mientras hablaba, intentando imaginar lo que decia, por lo que rápidamente di en la cuenta que tendria por delante muchas obras por delante. Mi casa patas arriba no era algo que me gustase tener, pero podria ir a vivir con uno de mis hermanos durante ese breve tiempo, e incluso ir al castillo sin mas, aunque esto ultimo no me apetecia mucho.
Olayinka me mostró un dibujo de su idea, que observe con detenimiento mirando de reojo las telas - Bien, bien... aunque ese púrpura, ¿podria ser en un color vino o rojo oscuro? - mire a la dragona - Recuerdo que hubo muchas revueltas con los cristianos, y desde entonces no soporto el púrpura demasiado - me encogi de hombros mostrando media sonrisa - El detalle de las alfombras me gusta. Cuando me despierto por las mañanas el suelo esta frio - amplie mi sonrisa mirando el dibujo - ¿El espejo es de cuerpo entero verdad? Me gusta eso - alcé la mirada hacia ella. Y es que no solo me gustaba mirarme al espejo para ver como iba vestido y emperifollarme, sino para compartirlo en mis perversiones, e incluso estando a solas.

- ¿El baño seguiria esta linea? Se podria actualizar con las modernidades de hoy dia, tampoco quiero algo demasiado anticuado - rei divertido recordando en el baño de mi niñez, o mas bien en aquel cuarto exterior mas parecido a una caballeriza que otra cosa, sin bañera ni nada similar.




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Mensaje por Olayinka el Mar Ago 13 2019, 14:27

Si algo le gustaba más que dar forma a la visión, es que la persona no se conformara con cuanto le decía. Satisfacer a Abbadon era un reto complicado con el que disfrutaba cada segundo. Si bien era cierto que se la conocía por tener un gusto exquisito, siempre buscaba el modo de ir un paso mas allá cuando se trataba de dar forma a los sueños de los demás. A ella le gustaba explicarlo como había instruido en la disciplina del dibujo durante años. Lo que daba vida a los retratos no era la perfección técnica. Ella la había alcanzado tiempo atrás. No. Lo que convertía un retrato en algo capaz de atrapar la mirada con su belleza innata era todo cuanto el artista veía a través de sus ojos, que luego quedaba plasmado en sus líneas, en la elección de sus tonos, en los riesgos que tomaba. En la búsqueda de la perfección, sus obras siempre habían estado vacías. Sin embargo, las de los humanos, tan imperfectos, llenos de pasiones y sensibilidad... atrapaban todo aquello que a ella se le escapaba. Esto era igual. Ella usaba su imaginación para atrapar las ideas despedidas de los labios que las dejaban volar en el aire... y nunca se cansaba de atraparlas entre sus dedos.

- Rojo... que descuido no haberlo visto. Es un color con el que debéis sentiros como en vuestra propia piel. - Si. Potente. Fuerte. Agresivo. Había quien lo comprendía furioso y ardiente, si. Tanto destructivo, como pasional. Pero también cargado de emociones fuertes, y una sensibilidad visceral que impulsaba los apetitos.

Desde luego relataba mucho de ese hombre. A día de hoy no habría mucha gente que se dejara exponer a través de sus gustos de un modo tan evidente. Su mente estalló como una llamarada, y dio la vuelta al pergamino, garabateando al otro lado con insistencia.

- También podríamos darle un toque más terroso. Maderas negras, paredes tostadas. Los espejos deben ser amplio, estoy segura de que si los objetos tuvieran conciencia ni ellos mismos querrían perder la oportunidad de abarcar todo vuestro reflejo. - sugirió con sutil coquetería dirigiéndole una leve sonrisa cómplice. Sabía que el hombre que tenía delante disfrutaría con cierto flirteo inocente. Le mostró pequeños bocetos de cuartos distintos. Desde disposiciones mucho más basadas en lo más clásico hasta arriesgadas decisiones que serían capaces de sorprender por su originalidad.

- En cuanto al baño, podemos irnos directos al más tradicional. Suelos de mármol blanco, paneles de madera y techos de piedra. Una fuente tallada en el centro, el aseo a un lado, y la bañera al fondo. - sugirió, tanteándolo. - Aunque creo que resultaría hermoso introducir algún elemento frío en este punto. Para aunar, piedra templada, blanco roto, incluso con toques de textura en beige. Grifos discretos en suaves bronces viejos, y la bañera soterrada a nivel del suelo. Puede añadirse un biombo o un ventanal con cenefas para completar el conjunto. - sugirió para girarse y volver a dar diversas órdenes a los esclavos sobre lo que debían traer, mientras sus propios asistentes se aproximaban a recoger los muestrarios que había terminado de usar.

A menudo ni siquiera le hacía falta dar órdenes. En la colmena de las delicias se respiraba una sincronía natural en quienes compartían tantísimo tiempo trabajando juntos con un objetivo común.
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Mensaje por Abbadon el Miér Ago 14 2019, 12:35

Fascinación. Eso es lo que sentia al ver trabajar a la dragona en sus proyectos, fueran para mi o para otros. Sin duda habia nacido para ello y cuando alguien se apasionaba tanto en lo que hacia se notaba, y parecia que incluso un congénere de mi propia especie, podia replicar esa espiritualidad que los humanos impregnaban en su arte. Pero es cierto que no es asi. Olayinka y otros maestros de la construcción, solo habian aprendido a combinar, a distinguir lo bueno de lo malo, a construir ambientes ya creados para mejorarlos con otras obras del pasado y actuales. Si, podrian hacerlas pasar por aútenticas obras de arte perfectas, pero.... no eran originales en su totalidad. Evidentemente, no buscaba un cuadro, ni un jarrón, ni tan siquiera una figurilla de barro horneada. Lo que queria era algo práctico y que solo alguien a mi altura supera darme.

- Nunca lo habia visto asi, pero si, el rojo es mi color - entrecerré los ojos pensando en aquello. Tal cúal lo habia dicho, me llevó a pensar en ese color que habia pintado mi vida, no solo en los iris de mis ojos, sino que prácticamente era parte de mi verlo cada dia. Desde mi nacimiento comer presas cazadas por mi madre, desangrandose en el nido; después ver mis primeras heridas, comprendiendo que era mortal; el paso de las guerras dejando muertos; torturas y vicios hechos a placer o rutina; incluso la muerte de mi esposa, tiñendo el mar azul en un intenso rojo que fue acompañado por el rojo del fuego al quemar aquel barco. Si, el rojo era mi color, era mi propio reflejo, y aunque pareciera que solo tenia cosas malas, tambien era capaz de ver en el, cosas como las rosas de Zestka, los labios de aquellas mujeres con las que habia compartido lecho, hermosas pinturas del pasado, capas y ropajes de soldados con los que comparti buenos momentos en tiempos de batalla.

Olayinka nuevamente empezó a esbozar nuevos bocetos como loca, por lo que me coloque a un lado para observar mejor. Habia cosas que me gustaban y otras no, lógico, pero cuando dibujo la última, le arrebate el pergamino arrugandol entre mis manos - Este no querida. Me parece demasiado... "persa" - medio sonrei forzadamente tirando la bola del dibujo al suelo de mala gana. Aquello me habia recordado a la estancia de Aldebaran en mis años mozos, cuando me custodio entrenandome y no tuvo ninguna moralidad a la hora de ver en mi que era aún demasiado inocente para hacer lo que hizo.
- Los dos primeros me gustan. De hecho podrias usar el primero para mi habitación, ya que me encantaria tener un espejo justo ahi... mientras que el otro, podria usarlo en otra de mis habitaciones para, bueno ¿invitados? - me encogi de hombros, aunque se me ocurria que podia usarlo para otra cosa, como que fuera la habitación del sexo.

Las ideas del baño tuve que mirarlas varias veces, para finalmente unir las ideas en mi cabeza - ¿Y si pones una bañera a nivel del suelo, con todo lo de la primera idea? No me gusta que todo sea tan... blanco, me da frio. Me gusta la cálidez, y los arcos son tan bonitos - pase mi dedo por los dibujos perfectos que la morena habia hecho - Este baño me recuerda a las termas griegas... - sonrei divertido pensando en aquel tiempo - Ay que tiempos locos aquellos - mire a Olayinka de reojo - La verdad es que tenian un aspecto mas rustico, pero prefiero esto. Como digo, mejor lo moderno que para algo llegamos al futuro - me encogi de hombros - En cuanto al resto de la casa, creo que tienes una idea aproximada de lo que quiero y confio en ti. ¿Cuanto crees que durará la reforma? - la pregunte con los ojos entrecerrados mientras colocaba mis manos trás la espalda.




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