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Mensaje por Corvinus el Vie 26 Abr - 10:41

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La fuerza muscular podrá partir un escudo y aún destruir la vida, pero sólo el poder invisible del amor puede abrir el corazón del hombre, y hasta que no domine este arte no seré más que un mercachifle en el mercado.
"El vendedor más grande del mundo" Og Mandino

Era una mañana de mercado; había amanecido un día bastante agradable en el que las lluvias habían dado algo de tregua a sus gentes. Las temperaturas subieron ligeramente de modo que, esa humedad unida al calor permitían que la gente llevase manga corta para combatir un poco esa especie de pequeño bochorno mañanero. En el mercado, los comerciantes habían sacado sus productos; productos llegados hace poco a los muelles. Los pescadores mostraban con orgullo las capturas, pues durante los días de tormenta los peces más grandes subían a la superficie; así que era normal encontrar grandes peces.. pulpos.. así como otros peces de río, como salmones, truchas.. aunque no era todavía su época. Los panaderos habían sacado sus hornadas de pan recién hecho e incluso los taberneros habían sacado los barriles de su mejor vino y licor para mostrárselos a los demás.

Era una mañana realmente bucólica, enturbiada simplemente porque el suelo estaba húmedo y al caminar se te mojaban las botas.. Sí, el empedrado de la calle estaba húmedo, y esa misma humedad iba a ser la causante de lo que ocurrió. Se podía llamar suerte, se podía llamar causalidad pero.. Arthur Doogles, uno de los jóvenes porteadores que trabajaba en la taberna de "The jumping eye". O "el ojo saltón" había estado acarreando algunos barriles de un licor de nueva añada. Era conocido como Rongut; una variante de Ron con algo de fruta, que hacía que fuese algo más dulce, y que la mezcla no fuese tan cara. Sí, estrategia para poder vender más a menor coste y atraer también a un público algo más selecto. Arthur, estaba sacando ya el último de los barriles.. ¿Cuántos había sacado? Había perdido la cuenta cuando llegó a 8, porque no sabía contar más, así que suponía que bastantes más que esos. Completamente empapado de sudor, llevaba en su hombro el último barrilete tras salir del interior de la taberna.

- ¡Arthuuur! ¡Cuando termines ven para acá que tienes que llevar un encargo al pescaderoo! - Ese grito era de Luca; el dueño de la taberna. Un hombretón que hasta hace pocos años podría haber hecho ese trabajo con uno de sus brazos.. pero, en una de las revueltas recibió un mal golpe y se le rompió el hombro, no llegando a curarse bien. Desde entonces estaba resentido de éste y no podía llevar mucho peso.

Arthur, suspiró de manera pesada y desvió la mirada hacia atrás. - Va.. Vaaaa. - Con tan mala pata de que, al dar uno de los pasos pisó una piedra suelta. La piedra le hizo perder el equilibrio y se empezó a tambalear. Dió algunos pasos mas rápidos intentando no caerse, hasta que terminó por girarse. - Yeeeep.. Que me... - Pero pareció que iba a mantener el equilibrio. Claro, que en ese justo instante Danby, el perro de uno de los mercaderes, que se encontraba de ahuyentar a los gatos que se acercaban al puesto de los pescadores, estaba tumbado cerca, pues había estado correteando y persiguiendo a uno de esos gatos. Claro, cuando vió que Arthur se acercaba a él se levantó y fué a ladrarle; Arthur al escuchar el ladrido fué a girarse pero no le dió tiempo, chocando con él y cayéndose literalmente hacia atrás. El barril que llevaba en el hombro se cayó al suelo, reventándose y haciendo que el licor saliese en todas las direcciones, desparramándose y mojando todo.

- ¡A la porra el barril! Por los cuernos de la rei... - emitió un gruñido mientras que se empezaba a levantar, completamente empapado como estaba de ese licor; licor que olía de manera algo.. amanerada. Suspiró pesadamente y después tras levantarse miró hacia la taberna. - Verás Luca la bronca que me echa... - Arthur estaba ajeno, ignorante de que el licor que se había amontonado en el suelo empezaba a deslizarse calle abajo por esa leve pendiente. Más abajo Tuco "el truhán", como era llamado el hombre, por ser un jugador empedernido a los dados, estaba fumando una pipa mientras que preparaba los dados para la siguiente partida, ignorando completamente lo que ocurrió, pues necesitaba concentrarse para.. limar.. ligeramente las caras de los dados haciendo que siempre girasen hacia cierto sentido. Tras darle una calada a la pipa, la dejó sobre el banco en el que estaba. La brisa de la mañana, hizo que la pipa se girase y que la ceniza candente cayese al suelo.. justo por donde iba a pasar ese chorrito de licor.

Al final, ocurrió, el licor llegó a las cenizas y empezó a prender; como si se tratase de una tea, las llamas empezaron a recorrer el camino con rapidez hasta donde se había caído el barril empezando a cubrirlo todo rápidamente con llamas. Arthur, que no se esperaba eso, se vió envuelto en llamas. Sus ropajes, incluso su cuerpo empezó a arder mientras que chillaba. - Aaaaarghh.. Aaaargh. - Con las mismas empezó a correr, buscando apagar el fuego con tan mala fortuna que golpeó la pila de barriles que había acumulado. Estos, se tambalearon y empezaron a rodar, estrellándose aquí y allí, haciendo que al cabo de minutos, todo empezase a ser pasto de las llamas.. Puestos.. las personas que habían sido atrapadas... Fuego.. Todo era fuego.. Gritos.. y caos.

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Mensaje por Kenna el Dom 5 Mayo - 13:44

“Yo al igual que Dios,
ni juego al azar ni creo en la casualidad.”

(V de Vendetta)



Las casualidades no existían, era una explicación peregrina para darle sentido a aquellas cosas inexplicables, para hacer la desgracia más llevadera, pero lo cierto es que no había azar en aquello, sólo una gran falta de responsabilidad, cuidado, atención y previsión.

Esa mañana el maese Eaton regresó a la botica, todos se alegraron de verlo de nuevo, al menos de comprobar que su salud mejoraba al punto de permitirle pasear hasta allí y por esa razón Corvinus no había ido a la consulta.

Recibieron al viejo galeno con el cariño que se le profesa a alguien que ha sido tu jefe durante años, y no es que fuera el mejor del mundo, pero los había peores. Kenna se estaba acostumbrando al dragón y por un instante se quedó algo descolocada, las costumbres de Eaton eran muy diferentes y era como dar un paso atrás. Tras charlar un poco y saludar a clientes habituales, el viejo sanador se empezó a encontrar mal de nuevo y Fred lo acompañó a su casa. No hacía ni diez minutos que se habían marchado y empezó la hecatombe. Por la puerta entraron dos hombre arrastrando a un tercero, todos ellos cubiertos de hollín y con heridas sangrantes muy visible. A voz en grito pedían ayuda para su compañero que tenía toda la cara quemada, el cuello, el pecho y el costado, la carne estaba negra y olía como a cerdo asado pero rancio.

La pelirroja los hizo pasar a la consulta y tendieron al más maltrecho en la camilla, tenía heridas terribles, faltaba sustancia por doquier y con bastante probabilidad no superaría la septicemia. Sara corrió a por un frasco de leche de amapola porque el hombre tendría dolores terribles, y Kenna se afanó por cubrir todas esas heridas con paños húmedos jabonosos, tenían que limpiarlo bien y luego cubrirlo con ungüento de quemaduras, pero no tenían suficiente para todo eso. Y luego estaban los otro dos, que también tenían lo suyo.

Entre las dos mujeres se hicieron cargo de la cura preliminar, pero al poco entraron dos más con quemaduras. Entre unos y otros consiguieron enterarse de que había sucedido un accidente en el mercado que había dejado muchos heridos, pero sobre todo el que estaba casi calcinado era el peor. Fred llegó y de inmediato se puso también manos a la obra, necesitaban fabricar el ungüento en cantidades industriales. Les pidió a los acompañantes que le ayudasen a mezclar componentes y remover, se tenía que emulsionar bien todo. Kenna se vio superada por la gravedad del hombre que estaba en la consulta y decidió ir a buscar a Corvinus, para ser la mayor de ellos, era la más rápida corriendo.

El dragón vivía en una mansión bastante grande y lujosa, pero no tenía tiempo de pararse a admirar el entorno, llegó hasta la puerta y aporreó la misma con ansia. Estaba sucia de carbonilla, olía a hierbas y antiséptico y el pelo le revoloteaba como un enjambre de abejas furiosas, se le había soltado el moño con la carrera. Respiraba agitadamente, ya no estaba para esos trotes, y cuando el mayordomo abrió la puerta casi no consiguió balbucear.

-¡Agh!…Cor…Cor….el señor Crovinus. E…es…Urgente. ¡Arf!




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Mensaje por Corvinus el Mar 25 Jun - 1:22

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La mansión de Corvinus estaba situada en uno de los mejores barrios de la ciudad; algo que era de hecho innegable, con solo ver el estado de sus empedradas calles y de los jardines, que cuidados durante todo el año parecían rebosar vida y belleza. La mansión tenía un corte tradicional, ya perdido en el tiempo, sus jardines eran grandes y se escuchaba el rumor del agua procedente de varios lugares, seguramente sonido que venía de algunas fuentes o canalizaciones de agua, diseñadas o puede que construidas para llevar la misma a todos los rincones de la mansión. Se encontraba amaneciendo, y el sol que salía por el horizonte iba tiñendo de ananjado el mármol. Mármol que, ya algo desgastado, había visto el mismo paso del tiempo. Pese a todo y a la misma edad que parecía tener, todavía seguía manteniendo un cierto brillo, brillo que creaba una ilusión; la ilusión de estar caminando sobre las mismas aguas.

El joven Randal, había estado intentando ordenar el salón; intentando porque era una tarea que parecía ser apoteósica. Corvinus siempre estaba trayendo cosas, cada cual más pintoresca y siempre estaba, por otro lado moviendo de sitio las mismas. Corvinus, le dijo en más de una ocasión, que no servía de nada acumular, atesorar, si símplemente te dedicabas a adorarlo. "Las cosas estaban hechas para ser utilizadas", eso era lo que siempre solía decir Corvinus; y hasta ese momento pues tampoco le había encontrado el joven Randal sentido.

Escuchó que llamaron a la puerta y fué a abrir, encontrándose allí con una mujer; alzó una de sus cejas y entonces la escuchó. Parecía estar realmente alterada; por supuesto, Randal estaba acostumbrado a lidiar con pequeños.. problemas. Y es que Corvinus hacía muchas veces las cosas sin pensar, su señor era así, y era común que llegasen a su mansión para pedir ciertos favores. El joven sonrió de manera amable y movió un poco sus manos buscando tranquilizarla.

- ¿E qué e uedo audar? - El chico intentó primero comprenderla, ver qué ocurria. Obviamente no le iba a decir así como así donde estaba su señor. Por varios motivos: el primero era porque estaba ocupado y el segundo porque no conocía a la mujer. Si bien era cierto que parecía estar acalorada, como si hubiese estado corriendo durante un buen rato; Corvinus no "ejercía" la medicina como tal, solo era un curioso que buscaba aprender, y había escuchado a su señor hablando con Eaton; que era uno de los galenos que tenía en sus muchas boticas.

El joven observaba a la mujer, era más.. pequeño.. que ella; en todos los sentidos, ya no solo en altura, sino también en edad, pero trababa siempre de mantener la calma. Quizás porque el no tener lengua, y el haber sido sometido a tantos.. abusos, antes de que Corvinus le encontrase, le hizo tener una actitud algo más abierta sobre todo lo que ocurría. Así que lo que primero hizo, fué intentar calmarla. Le invitó a pasar, para que al menos se tranquilizase un poco y se giró para acercarse a una mesa donde tenía una jarra de agua y algunos vasos. Tomó la jarra y rellenó un vaso para después tendérselo a ella buscando que bebiese un poco y se refrescase.

- E eñor ovinus sta aora imo upado. ¿E e o ue asa? - Preguntó de nuevo mientras que miraba a la chica, por supuesto, denotando un cierto interés, sobre todo por si quería o podía ayudarle en lugar de su señor. Había aprendido que muchas veces la gente necesitaba simplemente que les escuchasen y para eso, pues tenía bastante.. paciencia. Era lo único que podía tener prácticamente al no poder hablar demasiado bien. Sonrió levemente mientras que la miraba esperando que le respondiese. Sí, ella seguía nerviosa y alterada. ¿Se trataba de un asunto de vida o muerte? Viendo cómo estaba ella.. o quizás ese estado de impotencia que parecía tener, terminó por hablar.

También era cierto que si ella, se ponía a mirar a su alrededor.. que puede que ahora mismo no fuese el mejor de los momentos.. Viese lo que había estado haciendo Randal, el criado de Corvinus, pues había estado literalmente desmontando las grandes estanterías del salón, estanterías que habían tenido que estar llenas de cachivaches y de trastos realmente variopintos. Posiblemente una de las aficiones de Corvinus. No era de extrañar, ya que él había viajado mucho y en cada uno de sus viajes siempre se había traido algo, aunque fuese una piedra que más o menos le llamase la atención.

- E eño ovinus etá auera. - Dijo de nuevo a la joven mientras que la miraba, moviendo ligeramente la mano para indicarle un pasillo refiriéndose quizás a uno de los jardines. - Ero io no he icho na. ¿Ale? - Hizo la señal de cremallera, para que la mujer supiese a qué atenerse. O más bien, para que mantuviese la boquita cerrada.




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Mensaje por Kenna el Mar 25 Jun - 3:45

La pelirroja apenas podía respirar, le ardían los pulmones del esfuerzo, pero el criado de Corvinus la hizo pasar al interior y allí pudo recobrar un poco el aliento.

-Ha habido un terrible accidente…ne…necesitamos al señor Corvinus, tenemos un herido muy grave.

La mansión del dragón tenía todas esas cosas que se podían esperar en una buena casa: techos altos, frescos pintados, escayolas labradas, cuadros y espejos con marcos de pan de oro, muebles que a todas luces eran más caros que su propia casa. Sin embargo flotaba en el ambiente una especia de pesadez… no era opresiva, tampoco lúgubre, era como si el propio olvido hubiera colonizado algunas estancias. Era similar a la sensación de entrar en la biblioteca, que no era más que el cementerio de los conocimientos olvidados, de aquello que una vez fue y nadie recordaba ya.

Tomó el vaso de agua entre sus manos y le dio un sorbo paseando la vista por el desorden del descomunal salón. No se le pasó por alto que no había visto más criados ni gente. ¿Viviría solo? ¿Quizás no tuviera familia? Corvinus era un misterio para ella, no conseguía captar de qué pasta estaba hecho, sólo sabía que era un yonki del saber y que le gustaba la conversación no banal, el razonamiento, las charlas con fundamento.

Sobre una mesa tapada con una sábana se amontonaban cacharros extraños y Kenna enarcó una ceja, le gustaría saber para qué serviría aquella cosa que tenía teclas redondas con letras, pero parecía antiguo y quizás hasta pudiera estar prohibido. Y sobre todo… que no había venido a eso. Randal le indicó dónde estaba su señor y ella tomó una bocanada de aire, dejando sobre una cómoda pulida el vaso de agua.

Había venido corriendo y dejaba tras de sí pequeñas manchas de barro, pero eso ya no tenía remedio, así que siguió caminando apresuradamente en la dirección que el criado le indicó. Salió por una puerta lateral del salón hasta una especie de terraza con suelo de piedra, desde allí se podía contemplar la propiedad y sus jardines, que eran realmente impresionantes, pero con el mismo halo de olvidados que la casa. Una escaleras la guiaron hasta el propio jardín donde se suponía que el dragón se hallaba.




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Mensaje por Corvinus el Miér 3 Jul - 4:30

Randal dejó que pasase la joven para después suspirar levemente. Sabía que no debía molestar a su señor pero.. la insistencia de la joven y la emergencia de la situación.. esperaba que le perdonase por ello, aunque en ese momento no es que fuese realmente importante. Se quedó en el salón, aunque miró de reojo las huellas que dejó Kenna al caminar. - Ah, etupendo. Oa vez a fregá. - Se pasó la mano por el pelo porque de hecho no era la primera vez que había tenido que hacer eso. Ya no solo porque el dragón tendía a entrar y salir cuando quería, sino porque... No es que la mansión fuese precisamente pequeña.

¡Es que encima se paseaba por todos lados mientras que iba pensando y meditando! Y si a eso, le sumamos el hecho de que.. ¡Es muy grande! ¡Hay mucho que limpiar! Y... vale. no tenía otra cosa que hacer pero a veces se le antojaba pedirle que le enseñase a leer y ponerse a curiosear uno de esos libros, que tenían dibujos que parecían moverse. O entretenerse con uno de esos libros en los que había que buscar a un muñequito que llevaba un sombrero, camisa roja y blanca y tenía los ojos muy raros.


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La joven salió al jardín, jardín que estaba iluminado aquí y allá por algunos candiles, cuyos fuegos parecían titilar frente a la caricia de la brisa de la mañana. En el horizonte ese sol anaranjado del amanecer que iba luchando contra la oscuridad de la noche, y cuyos rayos atravesaban las copas de los pinos que se veían en el jardín. Corvinus estaba de espaldas a la puerta por donde había entrado la señorita Kenna, de hecho, estaba algo alejado en el centro casi del gran jardín trasero de la mansión, lugar donde él solía ejercitarse.

Ese día en especial, había cambiado su indumentaria y vestía completamente de blanco; pantalones, camisa, incluso una chaqueta del mismo color. Perfectamente peinado. El color de esos ropajes, las luces de esos candiles, como el mismo amanecer, parecían cambiar el color de los ropajes que llevaba Corvinus haciendo que esos juegos de luces y sombras creasen particulares efectos sobre él. Entre sus dedos portaba algo, una especie de instrumento musical de madera, bastante cuidada pese al paso del tiempo. Había algunas letras escritas en su madera.

Tras tomar aire, Corvinus empezó a deslizar sus dedos por las cuerdas del instrumento haciendo que éste empezase a emitir algunas notas, notas que se perdían, notas que se alzaban hacia el mismo cielo. Pero.. esas notas, pronto abandonaron la soledad, pues él empezó a cantar..


Recuérdame... hoy me tengo que ir mi amor..
Recuérdame, no llores por favor..
Te llevo en mi corazón y cerca me tendrás..
A solas yo te cantaré soñando en regresar...


Corvinus se movía lentamente, caminando entorno a una especie de pequeña plazoleta en la que se unían distintos caminos del jardin. Cada uno de esos caminos, estaba iluminado por un candil de modo que las luces y sombras parecían envolverle y cubrirle desde todas las direcciones, haciendo que, incluso así, su guitarra pareciese temblar y estremecerse a cada uno de los acordes que estaba realizando. Sus dedos se movían de manera suave, acariciaban las cuerdas de la guitarra como si fuese la más sensual de las pieles femeninas. Sí, las acariciaba.. las rozaba.. denotando así ternura y calidez. Su voz, no era alta, era suave.. se mezclaba con las notas que estaba tocando en ese instrumento sin querer sobresalir en absoluto, dejando que la melodía le acompañase, y a su vez, él pudiese acompañar a ésta.

Recuérdame, aunque tenga que emigrar..
Recuérdame, si mi guitarra oyes llorar..
Ella con su triste canto te acompañará..
Hasta que en mis brazos estés, recuérdame...


A cada paso que daba, seguía siendo acompañado por las luces; el sol continuaba ascendiendo por el horizonte cada vez más y más, haciendo que de arriba a abajo, sus ropajes empezasen a cambiar de color tornándose completamente anaranjados, como si él mismo empezase a envolverse en llamas. Llamas que resultaban cambiantes; llamas que cambiaban de color entre ese anaranjado.. rojo.. y el blanco de nuevo de sus ropajes. Caminaba despacio, mientras que seguía rozando de manera lenta las cuerdas de la guitarra, dirigiéndose hacia un punto en particular del jardín mientras que, a cada paso que daba, parecía moverse con la guitarra como si estuviese bailando con ella, siguiendo un compás que tan solo estaba en su cabeza. Sí, acompañado por el arruyo de la brisa. Lentamente, algunos de esos candiles, conforme el sol iba ascendiendo, empezaban a dejar de brillar, su luz se iba apagando.

Recuérdame... hoy me tengo que ir mi amor..
Recuérdame, no llores por favor..
Te llevo en mi corazón y cerca me tendrás..
A solas yo te cantaré soñando en regresar...
Recuérdame, aunque tenga que emigrar..
Recuérdame, si mi guitarra oyes llorar..
Ella con su triste canto te acompañará..
Hasta que en mis brazos estés, recuérdame...


Al final.. su voz empezó a apagarse, justo cuando el sol terminó ya por salir y envolverlo todo con su luz; los candiles ya se habían apagado y el sonido de la guitarra, tras algunos últimos acordes también lo fué haciendo, dejando que tras de sí, quedase el quedo lamento de la brisa que se llevaba su voz. Se detuvo ya por fin delante de un banco de mármol en el que tenía una botella de vino. Se agachó y dejó la guitarra sobre el mismo, entonces tomó la botella de vino y la alzó un poco. - ¿Recuerdas? Aún me acuerdo Y no me voy a olvidar... - Sonrió levemente de manera un poco amarga para después destapar la botella, quitándole el corcho.

Acercó la misma a su nariz, disfrutando de su aroma y después la alzó, como si estuviese haciendo un mudo brindis; se la llevó a los labios y le dió un largo trago, paladeando el mismo sabor.




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Mensaje por Kenna el Sáb 27 Jul - 12:10

De todo lo que esperaba encontrarse, esa estampa era lo único que no. Supuso que a Corvinus le gustaría la botánica, plantar hierbas medicinales o extrañas, estudiarlas, buscarles aplicaciones nuevas… y creyó erróneamente que estaría trasplantando mandrágoras o algo así. La otra opción es que estuviera practicando algún tipo de arte marcial, espada, arco, lucha…eso le pegaba viendo como estaba hecho. Caminaba con el paso decidido a interrumpirlo en lo que estuviera haciendo para llevárselo lejos de su mansión a un infierno de carne quemada, dolor y quejidos, pero se detuvo en seco cuando aquella escena de desplegó ante sus ojos.

El dragón se mecía con las notas de la música que le arrancaba a la guitarra, su voz grave sonaba como el rumor de un río desgastando las rocas su paso, con esa cadencia de las cosas que debían ser así, que estaban hechas para eso. Kenna no se esperaba encontrarse a Corvinus de esa forma, su canción no era una canción cualquiera de esas que uno suelta en la ducha, ni en una noche con dos copas de más. Esa canción le salía del alma y tenía dueña, lo supo con la certeza aplastante como la que a veces tenía cuando un paciente tenía a la Parca rondando. Era una sensación que erizaba el vello, que reververaba en algún lugar profundo de su pecho. Instintivamente se llevó la mano al corazón, esa melodía estaba cargada de muchas cosas, sentimientos reprimidos, posiblemente escondidos, atesorados largo tiempo; ese tipo de sentimientos que podían mantenerte sin dormir con la mirada fija en el techo, recuerdos que dolían aunque el tiempo tratase de borrarlos.

Se sintió una intrusa, una ladrona que estaba robándole el momento de intimidad a Corvinus. Quería apartar la mirada, dejar de escuchar; ordenó a sus pies darse la vuelta pero la orden murió en algún lugar del camino porque no se movió del sitio, con los ojos fijos en la estampa de cambiante luz que estaba presenciando. Se sentía como una espía que estaba observando un momento privado entre dos amantes, una conversación entre ellos y sintió ganas de salir corriendo, pero seguramente el dragón se daría cuenta y sería aún más vergonzoso. Su voz se estaba apagando y lanzó un brindis al aire, posiblemente a alguien que había perdido o que tenía muy lejos de él.

Cerró los ojos un instante inspirando hondo, odiaba ser la que rompiera esa magia, la que además hubiera visto algo involuntariamente que no debería haber visto. Los abrió de nuevo, mirando hacia donde el galeno dejaba reposar la botella. Tragó saliva y esperó durante unos largos y tensos segundos a que él se diera cuenta de que estaba allí.




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