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Depredadores con hambre | Libre

Mensaje por Qalona el Dom Feb 10 2019, 07:28

Qalona nunca había sido una mala persona. Había sido altiva, prepotente y hasta insoportable en ocasiones, pero nunca motivo de odio. Era una dragona tranquila y pacífica a la que, en ocasiones, le gustaba jugar con fuego y tensar el límite. Nadie podía culparla por ello. Era una dragona. El fuego de sus venas contenía vanidad y narcisismo como como el agua del mar contenía sal.
Había algo, no obstante, que conseguía transformar a la pelirroja en algo que no era ni pacífica ni insoportable. Cuando Qalona pensaba en los suyos, en todo lo que había sucedido desde que se diera cuenta de que su familia estaba en contra de la Reina, ella no podía evitar sumergirse en una amarga burbuja de indiferencia. Y entonces el huracán comenzaba. En su cabeza aparecían la culpa y el odio, la indiferencia, la venganza, el deseo de volver a amar, las ganas de querer acabar con todo y el profundo deseo de destripar a los causantes de su malestar.
Su mente se convertía en un mar a merced de las tormentas.
A veces reaccionaba bien y daba paseos largos. Otras, reaccionaba mal y mandaba ejecutar al esclavo de turno.. o peor. De entre todos esos paseos convendría destacar aquellos en los que, inconscientemente, sin querer admitirlo a pesar de saberlo, vagaba en busca de las respuestas que nunca tuvo. El cementerio, las montañas quemadas, la playa... el bosque. En la Antigua Grecia, su hogar natal, Qalona había disfrutado de enormes jardines, zonas boscosas y también zonas montañosas, de ahí que supiese manejarse en ambos terrenos. Recordaba lo mucho que se reía con las cabras haciendo cosas de cabras.
Ese día, en el que el atardecer ya se abría paso en el cielo, la dragona pelirroja se encontraba cruzando a caballo un páramo semi desértico. No tenía nada que ver con su Grecia, pero ¿qué era ya como antes? nada. Qalona, de cara a la galería, había salido a despejarse, pero en el fondo ella sabía que estaba haciendo lo mismo que había hecho tantas otras veces: vagar sin rumbo con la esperanza de poder cruzarse con ellas. Por casualidad, porque el destino así lo dictaminaba. Que no se enterase la Inquisición. Que no se enterase la Reina.
La inquisidora sabía que algún dí descubrirían las intenciones ocultas tras sus inofensivos paseos. Lejos de asustarla, la tranquilizaba. La mejor forma de ocultar un secreto era ponerlo en conocimiento de todo el mundo. Poco a poco el tiempo haría que se convirtiera en algo normal. ¿Qué tenía de malo ceder a su dolor de madre?




Ah, pero la dragona rojiza no contaba con que a la vida, a la naturaleza, les importaba muy poco si existía el Imperio del Fuego o no. Ellas tenían su propio modo de hacer las cosas, y si por lo que fuese te encontrabas en medio de algo, mala suerte. La griega había estado tan ensimismada que no había prestado atención a que la envergadura del páramo le abría un amplio abanico de posibilidades entre las que se encontraba la de toparse con algo de plano ya no insulso, sino desagradable. Una sorpresa que Qalona, inocentemente, no había barajado por considerarlo prácticamente imposible.
Allá, a lo lejos, una figura oscura, de una forma que poco a poco trajo a la dragona de vuelta a la realidad, se hizo presente ante sus ojos. Su caballo también se dio cuenta.
Huargos.
La dragona clavó sus ojos en la bestia, que no tardó en acelerar hacia ella con rapidez. A lo lejos un rugido. De cerca, muy de cerca, otro. Uno que no había visto venir porque se acercaba por la espalda. Malditas bestias.
Cuando Qalona quiso darse cuenta se había convertido en la víctima de una emboscada propia de depredadores de manada.
No pudo reaccionar a tiempo. Su caballo se asustó, se encabritó y de la fuerza del impulso cayó hacia atrás, sobre Qalona. La dragona tuvo una suerte inmensa porque el impacto solamente le aplastó una pierna, pero eso no impidió que el dolor le arrancara un grito ensordecedor. Deprisa, como pudo, se intentó incorporar, y fue ahí cuando se topó cara a cara con uno de los huargos. Qalona se quedó sin habla. El lobo mostró los dientes, se relamió y se dispuso a abalanzarse sobre ella. Su caballo lo impidió. Víctima de un ramalazo de fortaleza dado por el instinto de supervivencia el animal atacó al lobo, lo mordió. El pobre herbívoro no duró vivo mucho más después de aquello. Qalona fue testigo de la carnicería que se desató en apenas unos segundos delante de sus narices. Aquello le dio tiempo, por suerte, para, más o menos, levantarse y desenvainar la espada.
Necesitaba ganar tiempo como fuese. Necesitaba distraerlos.
El primer huargo, debido a la posición desde la que atacó, cayó fácilmente bajo la espada de la inquisidora. La hoja, teñida de rojo, fue blandida sobre otro lomo peludo con éxito, pero no sirvió de nada. El animal no pareció inmutarse, y si lo hizo, a Qalona no se lo pareció. La dragona creyó que aprovechar ese pequeño instante de confusión era lo mejor y se alejó, corriendo como pudo con la pierna herida, con intención de tomar su forma original. Y lo consiguió... en cierto modo. Aquella figura humanoide, pálida y pelirroja, se transformó en un dragón de color arcilla de un tamaño para nada dracónico. No era posible. No en ese momento. Le habían salido las alas, y ahora... ¿eso?, ¿en aquel momento?, ¿en serio? La sorpresa de la dragona fue incuso mayor cuando a ee tamaño tan ridículo se le sumó el que al ser más pequeña de lo normal su ascenso era distinto. No pudo alejarse demasiado del suelo. Un tercer huargo saltó y atrapó una de las alas de la dragona. Esto la desestabilizó y cayó contra el suelo. Qalona fue rápida y pudo girarse a tiempo para abrasar al que la había derribado. Como si de una victoria se tratase, su hazaña se vio recompensada con una llamarada de un color azulado que la dejó anonadada por varios segundos.
Su triunfo no duraría mucho, porque ahí, rodeándola, había tres huargos más —que ella hubiera alcanzado a contar—. A los huargos no les gustaba el fuego, de acuerdo, pero había un problema: Qalona solamente tenía dos ojos y una boca, y su fuego no podía salir en dos direcciones distintas.
Tuvo que elegir, y eligió encarar a uno de ellos y darle la espalda a los otros dos. Mala idea. El que ella encaraba, asustado por el fuego que asomaba por sus fauces semi abiertas, se quedó en su sitio, pero uno de a los que había dado la espalda saltó sobre ella.
Una parte de Qalona se había resignado a morir. La otra se resistía a ello y la hizo soltar llamaradas a diestro y siniestro, sin sentido alguno, pero que, con suerte, alcanzarían a las bestias. Con suerte.




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Re: Depredadores con hambre | Libre

Mensaje por Vaurien Aureon el Dom Feb 10 2019, 13:51

Otra noche de caza daba comienzo.

A finales de la semana, Vaurien había tomado la costumbre de reservar una noche libre en su agenda y pedir que se le soltara en medio del bosque, sin más pertenencias que unos pantalones de piel elástica y sin más compañía que Merlín, su fiel Búho Real familiar. Juntos formaban un dúo simbiótico de cazadores. Merlín exploraba el terreno en busca de caza mayor como jabalíes os venados, la carne favorita del dragón. Presas que, por sí solo, el ave nunca podría cazar, una vez vista la presa, el Búho avisaba a su amo y él daba caza a su objetivo usando la "Forma de la Bestia" de la que Vaurien estaba tan orgulloso. A cambio, Vaurien compartía con su compañero parte de la pieza. El lomo superior para ser exactos, Merlín se acabó volviendo un sibarita mimado con la carne.

Forma Bestial de Vaurien:

Era un momento sagrado para Vaurien, cada vez había menos dragones que entendían la pureza de cazar tu propia comida, con sus propias garras y colmillos. Por desgracia, los animales del bosque habían aprendido a evitar a un dragón en su forma verdeara, pero la forma de la bestia le permitía a Varien desplazarse ágilmente entre los árboles, como una mezcla entre un primate y un gran felino.

En la lejanía, el dragón dorado escuchó el familiar rugido de los Huargos...Vaurien reconocía ese rugido, era el que emitían las bestias para decir al resto de la batida que habían encontrado comida. Parece que iba a tener competencia esa noche.

Pero había algo distinto. Merlín se veía especialmente alterado, ululaba y se empeñaba en guiarme hacia el lugar de donde provenían los aullidos de los Huargos. ¿Por qué el Familiar iba a querer guiar a su amo a una emboscada? Merlín era extremadamente inteligente, y Vaurien siempre había confiado en su juicio, de manera que siguió al ave.

Lo que encontró fue una vista inesperada. Un caballo había sido despedazado por los Huargos, pero no había sido completamente devorado. Las pisadas y la sangre daban a entender que los Huargos había salido corriendo persiguiendo a una segunda presa. El jinete, probablemente. Vaurien soltó una maldición y salió a correr, usando sus cuatro extremidades, no esperaba llegar a tiempo, pero debía intentarlo.

La persecución no había durado mucho, Vaurien enseguida alcanzó a ver a un dragón...no, una dragona rodeada por los Huargos. Pero la dragona era tremendamente pequeña, más incluso que la forma verdadera de los híbridos. Parecía ser la llamada "forma de montura".

La dragona se defendía con valor, pero estaba rodeada y superada en número, tras chamuscar a uno de los Huargos, otro aprovechó la distracción para saltar sobre ella.

Justo en ese momento, el dragón dorado se los alcanzó y saltó justo por encima de la espalda de la dragona desconocida. Con su garra en alza, atrapó el cuello del animal y se lo quitó de encima. Acto seguido usó su otra carra para hacer un profundo tajo en el cuello del Huargo, segando así su vida.

Ahora ambos dragones se encontraban espalda contra espalda. Usando la red, Vaurien se comunicó con ella. -Yo cubriré tu espalda, cubre tu la mía y saldremos de esta.-

Los Huargos no eran un oponente fácil: eran grandes, eran fuertes, eran ágiles, estaban coordinados y sus colmillos eran de las pocas cosas que podían atravesar las escamas de un dragón, más fuertes que el acero.

Vaurien temblaba con anticipación, al fin, un desafío para sus habilidades.




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Re: Depredadores con hambre | Libre

Mensaje por Qalona el Lun Feb 11 2019, 16:39

Qalona perdió toda esperanza cuando sintió el peso del huargo sobre su espalda. No podía hacer nada. Era la emboscada perfecta. Uno saltaba sobre ella, el otro le mordía el cuello y entre ambos la derribaban. Lo había visto muchísimas veces en el Coliseo, sobre todo cuando soltaban leones a los cristianos. Los depredadores que trabajaban en manada se repartían el trabajo y luego comían en función de su jerarquía, aunque eso no significaba que el de menor rango fuese menos letal que el alfa.


Los rugidos de los huargos eran ensordecedores, guturales y eran capaces de encoger el corazón del más valiente. Estaba acabada. Todo su sufrimiento, toda su espera... para nada. En apenas unos minutos Qalona y su historia, su legado, dejarían de existir... o tal vez la vida, del mismo modo que daba lecciones, también otorgaba segundas oportunidades.
Cuando ya todo parecía no tener otro camino que volverse negro en algún momento la luz volvió a brillar en los ojos de la pelirroja. Una nueva bestia, ésta vez un dragón, apareció en escena en el momento justo, pues el segundo huargo ya había cerrado sus fauces sobre su mandíbula inferior y tiraba de ella con fuerza. Un aullido de dolor siguió al ataque del dragón dorado. Al liberarse del lobo que estaba en su espalda Qalona recobró fuerza y batió al huargo que mordía su mandíbula con su cola espinada. Un nuevo aullido de dolor.
No había podido ver bien al otro dragón, pero recibió su mensaje y adoptó una pose defensiva. El rugido de la dragona se impuso a los gruñidos de los huargos, los cuales, pareciendo no entender nada, se mantuvieron al margen, rodeándolos, testándolos. Qalona alcanzó a ver a dos en su rango de visión. Desconocía los que quedaban a su espalda, a los que se enfrentaba el otro dragón.
«Tengo a dos a la vista. Son grandes y sanos».
Su respiración era rápida, intensa, profunda. El fuego azulado se podía entrever en sus fauces semi abiertas.
«Voy a atacar».
Dicho y hecho, Qalona adoptó una postura de ataque y liberó una llamarada azulada, brillante, que provocó aullidos en los huargos. Alcanzó a uno de refilón que aulló de dolor y se alejó. El otro, pareciendo buscar venganza, se abalanzó sobre ella. Qalona  se alzó sobre sus dos patas traseras con intención de atraparlo entre sus fauces.




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