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Mensaje por Shelby el Mar Nov 20 2018, 09:21

Fire Nation:



"Cuanto más cerca del peligro, más lejos del daño".

O algo así. No estaba muy segura de que ese dicho fuera cierto, pero de lo que sí estaba segura es que de que en el Coliseo se movían ingentes cantidades de dinero y una muchedumbre importante, lo suficientemente grande como para camuflarse. Eso sí, si la pillaban podía darse por muerta.

La gran estructura de piedra gris se alzó ante sus ojos con esa infinidad de huecos y arcadas que parecían engullir gente como si se tratasen de las puertas del infierno llamando a las almas perdidas. Respiró hondo y rotó las muñecas, moviendo los dedos para desentumecerlos, iba a necesitarlos ágiles y rápidos. Se detuvo a "atarse el cordón de una bota" mientras observaba con disimulo la gente que trajinaba por allí, la mayoría tan pobres como ella. Diablos desgraciados que se gastaban hasta el último mísero drac en bebida, juego o apuestas. Caras grises, barbas descuidadas, ropas sucias y hedor a humanidad reconcentrada... el escenario perfecto.

Tomó buena nota de los guardias, dos a cada lado de la entrada y del vomitorio. Le encantaba esa palabra Vomitorium, porque era la salida por la que el coliseo "vomitaba" a la gente. A ella se le representaba en su cabeza como un enorme ente ávido de sangre que regurgitaba los desechos al acabar. Hablando de desechos...

Allí estaba, y resplandecía como una trucha bajo la luna plateada: una mujer bien vestida rodeada de esclavos mejor vestidos que la propia Shelby, cubierta de joyas, con un peinado imposible y la piel tan cuidada que parecía porcelana. Ya tenía objetivo. Las mujeres que acudían solas a esos espectáculos eran pudientes y les gustaba derrochar, disfrutaban de la sangre y del prestigio social, se reían de las desgracias de los pobres miserables que luchaban por sus ínfimas vidas. Zorras crueles y odiosas.

Shelby cuestionaba el orden de las cosas, no era una hermanita de la caridad, se dedicaba a garantizarse su propia supervivencia y sustento,  pero sin duda esa no podía ser una sociedad ideal, en la que los poderosos aplastaban sin tregua el cuello de los que no tenían la suerte de nacer con escamas o con dinero. Ella no iba a someterse a esas leyes opresivas, no entraría en ese círculo sin fin para que petardas como ésa tuvieran más oro y más sedas.

Serpenteó entre la gente sin perderla de vista, observó a los esclavos que la rodeaban, algunos cabizbajos, mirando al suelo, ésos no presentarían batalla. Pero el tipo alto y de color de ébano portaba una espada corta, seguramente sería su guardaespaldas. Bueno, había muchas formas de distraer a un sabueso. Se colocó cerca de él caminando con indolencia y esperó que pasase por su lado un transeúnte bien grande y fornido. Sacó el cuchillo y pinchó al hombre disimuladamente, y después dando un paso hacia atrás de forma que pareciese que se lo había clavado el negro. Como no podía ser de otra forma, el hombre se le encaró al negro increpándole y empujándolo. El esclavo no se hizo de esperar, sacó el arma y amenazó al otro, que le gritaba acaloradamente. La ladrona sonrió entre dientes mientras se deslizaba cerca de la mujer envuelta en seda púrpura, cortando su cinto recubierto de piedras engarzadas, apresando con los dedos la bolsa que pendía de él y que estaba abultada. Mientras estaban ocupados en ese pequeño tumulto ella aprovechó para llevarse el botín, un trabajo fácil y rápido, se dio la vuelta y se encaminó hacia las callejuelas que lindaban con la Arena.

Pero para variar, el karma la castigaba. No tenía ni idea de qué le había hecho al maldito karma, pero últimamente estaba en plan pejiguero. Uno de los esclavos alzó la voz y la señaló con el dedo.

¡al ladrón! se lleva la bolsa!

Mierda. Tocaba correr. Los guardias estaban demasiado cerca y si consideraban que valía la pena atraparla no lo pensarían mucho. Empujó a un hombre joven que portaba de la mano a su mujer, corrió entre la gente rezando para que nadie se interpusiera, para que a nadie le diera un ataque de justicia gratuita y la detuvieran hasta que los guardias la cogieran, pero había mucha gente y era difícil correr.
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Shelby
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