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Mensaje por Keith E Craig el Miér Sep 12 2018, 09:11

Una

presión desconocida se apropiaba de su pecho al escuchar esos sollozos que brotaban como veneno que por fin salía del cuerpo, purgándolo de su dolor brevemente. El mestizo, no la soltó y dejó que llorara, permitiéndose en ese silencio que sus dedos recorrieran sus cabellos, la forma de su cuello y estos captaran relieves de cicatrices que no debían estar allí.
Tensó su mandíbula con una fuerza que quería que los demonios se lo llevaran, aspirando el perfume de esos cabellos rubios, abrió sus cristalinos para posarlos en la silueta de la rubia, en el calor que desprendía y la debilidad que mostraba entre sus brazos. Sabía que ese era el límite de todo, de ella, de él, un punto que le hacía sentir que nada sería igual a partir de ese momento en que una ira irrefrenable hacía retemblar lo más profundo de su ser y ese lado dracónico rugía, con un salvajismo destructivo que sorprendentemente, ella tranquilizaba al sentir la presión en su agarre y como volvía a calmarse poco a poco.

Sus ásperos dedos, acunaron un lado de su cuello, ante ese cálido aliento que hizo arder su piel. Y que no le molestaba para nada, como tampoco le molestaba en lo absoluto, sentir el calor del cuerpo femenino entre sus brazos de ese modo tan íntimo.

Con los mil demonios del averno.

Fue allí, en que el híbrido, rompería esa distancia latente que había estado allí conteniéndose y dejó que sus manos actuaran a voluntad, como siempre había deseado.

La mano que acariciaba su espalda, subió para deslizar sus dedos y apartar los cabellos rubios lentamente de esa piel; Escuchando su voz y las palabras que brotaban en ese susurro agotado— Yo no... –contestó, llamando su atención con ese comentario— no es seguro para híbridos como nosotros, acercarnos demasiado al sol —con una sonrisa turbada— pero si de algo sirve para proteger lo que quiero, entonces vale la pena el riesgo —sin embargo, su tranquilidad se tornaba más seria al notar esa marca que había sentido en su fino cuello, la que acarició con su pulgar de la mano derecha, mirando los ojos de la rubia, profundamente.


Ambas manos la guiaron a que se alzara sin dejar de mirarla, sosteniendo con una sus rubios cabellos fuera del alcance de su cuello y la otra, no dejaba de proporcionarle suaves caricias que buscaban confortarla y a su vez verter su preocupación sobre ella, ladeó un poco su cabeza y observó esa marca a la dorada luz del fuego que se colaba por ese barandal de madera, sus dedos se deslizaron por su nuca y llegaron hasta la mejilla izquierda femenina, secando esas lágrimas— Nara —pronunció su nombre.

Sus azules, no se apartaron de ese rostro femenino, esas mejillas, esos labios, la forma en que su cuello lucía esas señales que había hecho evidente, había notado. Sin embargo, su voz no daba espacio a duda, separando sus piernas para mover su mano izquierda y agarrar su cintura y acercándola a él, propiciar que quedaran de frente; De modo que tuviera que acomodarse como fuese para que ocurriera, elevando su derecha que aún regalaba caricias y la hacía alzar su mentón y así descubrir ese cuello para él.

Escaneando la piel con sus ojos cristalinos, notando la decoloración general que reconocía era quizá resultado de una fuerte sujeción. Y como esas, estaba seguro que debían haber más.

¿Cómo era el tacto del mestizo? Había adoración, había preocupación y una profunda seriedad que había hecho que enmudeciera, solo encontrando su mirada con la suya cuando supo ella no podría evitarle, a una distancia corta de su rostro, llena de densidad dominante, protector y algo más que no poseía nombre, que él mismo no se atrevía a pronunciar aún. Dejó que bajara su rostro de a pocos y juntó sus frentes, continuando con esas caricias en su cuello, rozando la línea de su mentón y el contorno de su labio inferior.

Él sabía y quería.

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Mensaje por Yanara el Miér Sep 19 2018, 18:10

Sin casi aliento. Sin casi fuerzas. Hundida en un desánimo ahora tranquilo, gracias a ese margen que Keith me estaba regalando. Así estaba cuando sentí esas ásperas pero curiosas yemas ajenas, recorrer mi piel. Tal era el mimo que me regalaban que mi cuerpo se estremeció de pura añoranza y agradecimiento por el cuidado mostrado. Algo tan nimio. Algo tan significativo. ¿Podía siquiera Keith hacerse una idea de lo que aquel simple abrazo implicaba? Seguramente, no.

No obstante, sus palabras fueron del todo inesperadas para mí. ¿No se alegraba? Fruncí el ceño ante esa explicación que no tuve hasta segundos después. Y fue entonces cuando entendí su perspectiva. No podía negarle que tuviera la razón. Hacerse pasar por lo que no éramos, en realidad, era un riesgo que no se podía obviar. Pero, ¿qué más podíamos hacer si queríamos sobrevivir entre dragones? Porque la opción de fingir ser humanos, no casaba con ninguno de nosotros. Aún con los ojos cerrados y esa sensación electrizante que sus caricias me provocaban, fui incapaz de moverme, por no dejar de sentir todo aquello. Inevitablemente, temblé ligeramente por ese añadido de Kei. "Para proteger lo que quiero", había dicho. ¿Y qué quería? Aquel mestizo había sido siempre transparente conmigo. Habían sido muchas noches y, en todas ellas, horas y horas de charlas que nunca fueron tediosas o incómodamente profundas. No, Keith me había transmitido siempre una peculiar facilidad para hablar, como no la tenía ahora. ¿Tanto había podido cambiar yo en dos meses? ¿O él? ¿Acaso esa facilidad había desaparecido? ¿Lo seguía conociendo tan bien? Todo dependía de cuánto hubiéramos cambiado los dos. Y por un instante, quise aferrarme a ese Keith que había sido hasta que se había ido, temiendo que no fuera exactamente el mismo que ahora me abrazaba y sostenía como nunca antes lo había hecho.
Claro que, nunca antes, nadie me había visto tan rota.

Aún seguía cavilando esa simple pregunta, con varias respuestas inmediatas, cuando aquellas robustas manos masculinas tomaron mi rostro entre sus dedos. Mi semblante ascendió con ellas, haciéndome encararlo. Aquellos vivaces ojos azules buscaron los míos para engatusar mi atención, absorta en esa intensidad oceánica, angosta en ese par de ojos del mestizo. Y, en ellos, reconocí esos años de confianza, de preocupación mutua, hasta... ¿de anhelo?

Kei era el único hombre con el que había pasado noches enteras en su compañía, sin llegar a absolutamente nada.
En ese aspecto, podía decir que mi relación con él era un tanto distinta a todas las que había conocido. Mismamente, lo mencionado anteriormente lo hacía demasiado diferente.

Mi nombre en sus labios. Sus dedos deslizándose por la piel de mis mejillas, limpiando esos húmedos surcos de mis lágrimas. La inquietud en su mirada por esas marcas que Keith había visto y de las que yo me había olvidado en aquel rincón. Mis manos terminaron en sus pectorales descubiertos, cuando él hizo por acercarme a él, encarándolo, aunque mis piernas quedaran a un lado. Me vendí a ese infinito cuidado con el que me estaba tratando, sin darme cuenta de cuánto podía haber echado en falta ese trato por parte de Keith. Seguía siendo distinto a ese cuidado con el que Cedrik había llegado a tratarme. Pero también sabía que, el Capitán se veía influenciado muchas veces por su estado de ánimo... y el alcohol.

Una exhalación lenta salió de mis labios en cuanto cerré los ojos y acomodé mi frente contra la suya. El hormigueo de sus dedos se dejó sentir por la línea de mi mandíbula inferior, por mi barbilla y posteriormente, por mi labio interior.

E, inevitablemente, me nació agachar un poco más mi rostro, para alcanzar a regalar un beso a ese dedo protector. Algo tan sutil, que ni siquiera pudo constatarse como un beso. Aún con los ojos cerrados, sentí ese aliento tranquilo, calentar sutilmente parte de la piel de mi semblante y cuello. Y ese quedo impulso de alzar mi rostro, para dejar una sutil caricia con mi propia nariz en su rasposa mejilla, a causa de esa desaliñada barba suya. Aún respiré un par de veces con más intensidad que calma cuando tuve el valor e impulso de, finalmente, acercar mis labios a los suyos, sin tan siquiera plantearme el abrir los ojos. Los rocé con parsimonia, con la estúpida sensación de que, tal vez, no fuera una buena idea.
Pero no buscaba complacerlo. No lo hacía por la costumbre, por mi trabajo o porque hubiera enterrado de nuevo todas esas emociones que me habían desbordado aquel día.
No.

Era agradecimiento.
Era alegría por verlo.
Era...

... ya ni sabía decir qué más era.




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Mensaje por Keith E Craig el Jue Sep 20 2018, 20:30

La

suavidad de la piel de la rubia, era un manjar que pocos sabían realmente apreciar, él podría jactarse que solo él sentía la electricidad que fluía ante cada roce y por supuesto que era suya esa sensación. Tan nueva como conocida cada vez, única, que era siempre acompañada por la fragancia que dejaba cada roce con sutil encanto, acompañado con ese pequeño gesto que él sí pudo notar, ese acercamiento de sus rosados y suaves labios, que no hicieron más que hacerse más apetitosos a su añoranza.

Esa cercanía y como el calor de su cuerpo se entremezclaban con el suyo. Y sin abrir sus ojos el mestizo suspiró, al sentir como parecía acariciar su mejilla con esa traviesa nariz que dejaba su cálido respirar como invisible roce y augurio de lo que llegó luego.

Y bendita fuera ella y la suavidad que destilaba de cada uno de sus poros, porque no hacía más que sentir como en su interior se encendía un fuego que solo ella podía comenzar. ¿Por qué? ¿Por qué tenía ese maldito poder sobre él?

Y podría jurar que el aire se le escapa, al momento en que sintió esos pequeños labios rozar los suyos con una pureza y vulnerabilidad que rayaban en la inocencia más alegre conocida. Su corazón saltó un latido y sus manos que acariciaban ese dulce cuello, acunaron su pequeño rostro con extremo cuidado, adorándola como la encarnación misma de un ser celestial y hundiendo sus ásperos dedos entre sus cabellos rubios, como los rayos del sol.

La atrajo con un movimiento suave, capturó sus carnosos labios, inspirando su aliento y exhalando de nuevo, se atrevió a atrapar de nuevo sus cálidos cerezos, con una profundidad añorante y suave que no rompía la armonía de esas caricias que no dejaba de regalarla, paseando sus dedos por sus ondas de oro, hasta que estos se perdieran entre sus puntas y alcanzaran esa curva que era de su espalda y estaba oculta por ese suéter tejido que de una u otra forma le regalaba atisbos del calor de esa piel femenina. En lo que su rebelde mano izquierda, apartaba unos mechones rebeldes del rostro femenino y se perdía en su nuca, rozando esta con gestos íntimos y suaves.

Sus labios eran como la fruta más dulce y jugosa del desierto, un exhalo escapó de los labios del mestizo, dándose cuenta de lo vendido que estaba a esa dulzura suya.

Pero él conocía bien el demonio que vivía en su interior, ese dragón que deseaba tomarla por los muslos y volcarla boca arriba en el suelo, arrancarle ese suéter y recorrer cada rincón de su anatomía; Dejando la invisible señal de su presencia en ella, impregnando su piel de su olor y escuchar los temblorosos gemidos que nunca se había atrevido a arrancarle, sabiendo que no habría vuelta atrás.

Un rush de emociones le pasaron un escalofrío por la columna, hasta la base de su espalda, haciéndole contener el aire, sintiendo la asfixia que ese beso profundo dejaba en los dos.

El escozor de sus pulmones, el pulso acelerado, el calor de la inminencia y al mismo tiempo del infierno que significaba renunciar a esa manzana ofrecida por la oportuna buena ventura de los dioses. Pero ese ángel, esa rubia, era mucho más valiosa que cualquier otra criatura que conociera y aunque moría por escucharla gemir su nombre, sentir sus uñas incrustándose en su espalda y que su interior, fuera solo suyo.

La quería tanto, como para no hacerlo, si acaso tenía algún maldito sentido para su inquieto ser y vendida mente.


Respiró sobre los labios femeninos, sin abrir sus ojos, vapuleado hasta la médula de sus huesos y la sangre corriendo caliente y más rápido por sus venas, rozando su nariz con la suya, sin palabra alguna que plasmara lo que sentía en ese momento, lo que pensaba o lo que añoraba, esperando que esos roces hablaran más que suficiente por él en ese silencioso beso que aún hacía palpitar sus labios y le instaba a depositar pequeños pero muy significativos besos cortos sobre esos labios, hasta atrapar entre los suyos el inferior de ella y tirar un poco, hasta soltarlo.

Un jugueteo que sutil y naturalmente, apaciguaba esas ansias que se lo comían por poseerla, transformando esos gestos. En complejos y afectuosas demostraciones de algo que ni él y ella podían nombrar, aún, pero internamente estaba allí.

Y del cual, ya no podrían huir.

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Mensaje por Yanara el Dom Sep 23 2018, 09:15


Hasta donde podía recordar, el mestizo siempre había sido cercano conmigo, más a medida que compartíamos las horas perdidos en conversaciones variopintas. Habíamos hablado y reído de todo. Pero, no habíamos querido nunca llegar a más. ¿Querer? En realidad, nunca lo había llegado a ver como algo más que un compañero de plena confianza.
Y, cuán ignorante era en ese momento, al pensar que lo que hizo a continuación no iba a cambiar las cosas entre nosotros tarde o temprano.

Sencillamente, no me lo esperé.
Ese intenso beso de Keith me pilló con la guardia del todo baja. Fui yo quien lo tentó, era cierto, pero no hubiera esperado más de él que un beso suave y decoroso. Como siempre había intentado ser conmigo. El mismo cuidado con el que acunó mi semblante, como antesala a ese roce de sus cálidos labios contra los míos. Por un momento pensé que sería mera continuación de esa carantoña y caricia que habían supuestos mis labios sobre los suyos. Pero, cuando sus labios demandaron de los míos más de lo que pensaba que le daría, me vi sorprendida. Me vi turbada. Me vi... con un anhelo que no había sentido antes, correspondiendo ese baile que adquirió un matiz intenso en cuanto los dos nos dejamos llevar.

No supe a ciencia cierta si fue ese beso el completo culpable de que ese hormigueo de sus manos, atrayéndome contra él, con esa suavidad que sí lograba reconocer como propia de él. Una exhalación se vertió en el fondo de su boca cuando sus dedos acabaron en mi nuca y pude sentir ese calor propio del mestizo que ahora conseguía apagar mi castigada razón con esa profundidad emocional que aplacó brutalmente mi capacidad neuronal por unos instantes. Mis finas manos ascendieron, con titubeos y trayectoria errática, hasta rodear su cuello, como una reacción tardía a ese acercamiento que estaba siendo más intenso de lo que habría pensado.

Porque jamás había pensado que un primer beso con Keith fuese como resultaba estar siendo.

Aún no salía de mi asombro cuando ese beso nos hizo reclamar por aire. Y, sin embargo, como podría hacer tantas otras veces, con tantos otros hombres, con él no me aparté. mantuve mis labios casi pegados a los suyos, sintiendo ese cálido aire que Keith espiraba contra mí. Fue en lo más profundo de mi ser, donde sentí un hormigueo que no supe identificar. Unas ganas por más, por todo aquello que ese hombre pegado a mí quisiera darme. Algo que no sabría con seguridad hasta dentro de un tiempo. Suspiré, entonces, quedándome tan pegada a él como él mismo había querido…

Hasta que sus pequeños besos, juguetones, entremezclado con esa pequeña caricia de su nariz en la mía, terminaron por hacerme sonreír, aún sin querer abrir los ojos. Como si aquello fuera un sueño del que nunca despertar. Un oasis en medio de ese extenuante y agotador desierto de desesperanza.
Y, sin embargo, acabé riéndome con suavidad por esa presión que Keith llegó a ejercer al atrapar mi labio inferior entre los suyos. Una risa suave, melodiosa y hasta nerviosa, por haberme dejado sorprender de esa manera. Finalmente, una de mis manos, se atrevió a ascender con lentitud hasta su mejilla, dejando que la manga de aquella prenda que me cubría, cayera por holgada, hasta más abajo de mi muñeca—. También te eché de menos, Kei... —murmuré, reconociéndole una verdad que, tal vez, ninguno nos habríamos atrevido a decir hasta ahora.
Y, fue a los pocos segundos, que no pude posponer más ese abrazo que terminé dándole, escondiendo mi rostro en la curva de su cuello, dispuesta a quedarme allí el tiempo que él me dejara.
Quizás, sin llegar a darme cuenta de ese efecto que él había tenido en mí.




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Mensaje por Keith E Craig el Miér Sep 26 2018, 07:42

Con

ese beso el mestizo literalmente encendió esa hoguera que no se iba a consumir, aunque no lo imaginara en lo absoluto. Nadie se imaginaba esas cosas, nadie las pensaba realmente, por que llegaban a tu vida sin avisarte y como un huracán destruía todo cuanto conocías y lo transformaba; Así se sentía el roce con los labios femeninos a los que robaba el aliento con cada roce y jugueteo, deseando poder escuchar el corazón de la rubia y empaparse de sus latidos acelerados que esperaba estar causando sin compasión alguna.

Correspondió esa risa y mantuvo sus ojos cerrados, al sentir esos finos dedos juguetear con su desaliñada y rasposa barba que buscó sentir dueña de la piel de su mano, que quería rozar con algo más que esa palma cálida y suave, que quemaba. Siempre se había contenido de permitirse un acercamiento como ese, anhelante y rebosante de una posesión  que ahora pasaba por sobre todo lo demás y se apropiaba de la esencia que respiraba de la piel suave de la rubia.

Deslizó sus manos por esos femeninos costados, delineando esas preciosas curvas peligrosas por sobre el tejido del suave suéter y propició ese abrazo atajando su cuerpo y envolviéndolo con sus brazos, dejando que la postura cambiara a una que facilitara esa unión tan íntima que ahora compartían, con una añoranza que no sabía existiera en la forma de las sensaciones que ella estaba causándole y que, en ese día se habían desatado como sacadas de una caja de Pandora, que había permanecido dormida por mucho. Su mano izquierda se hundió entre sus rubios cabellos, enredando sus hebras doradas entre sus dedos, acariciando su cuello y deleitándose de la respiración tibia contra su piel.

Por todos los demonios que la quería solo para sí.
Pero ese era un pedido ridículo, que solo llegó a enardecer su vapuleado medio corazón que ahora entendía que debía lograr liberar a la diosa hecha mujer, que tenía entre sus fuertes brazos, protectores y guardianes de ella.

Mataría por sentir más esa respiración suave contra su piel, presionando con su mano derecha la cintura femenina, la rodeó lo suficiente para que se juntaran un poco más y ella no tuviera oportunidad a escapársele. Dividido entre la bestia que la deseaba como macho condenado ante el perfume hipnótico de la hembra que despertaba sus pasiones y el hombre que la adoraba y deseaba sofocar sus temores, aunque tuviera que arrancarle los huesos a quien se atreviese a lastimarla. Como tanto añoraba hacer con quien hubiese causado esas marcas que había visto en su divino cuello.

Quédate... —“siempre” pensó luego de poner en palabras ese deseo a medias— déjame cuidarte —susurró contra el hombro femenino, dejando que su mano izquierda descendiera del fino cuello y acariciara esas vértebras notorias en su nuca, deslizando sus dedos en el dibujo de su trayecto. Respirando contra la suave piel, posando sus labios sobre está dejando un único contacto, llenando a su vez sus pulmones con su aroma. Su brazo derecho, apretó. Él también la había extrañado.

Mucho.

Y para ser la primera vez que su acercamiento físico contenía ese tipo de gestos, algo hacía que no fuesen incómodos. No, se sentía diferente, como si hubiesen estado allí todo el tiempo y ahora, hubieran alcanzado lo que tanto habían esperado. Fuck el resto del mundo en ese momento en que la lluvia parecía quebrar los cielos y el fuego mitigarla en el interior de esa casa en el bosque, donde el calor del cuerpo que sostenía entre sus brazos le completaba. Podía sonar ridículo si lo pusiera en palabras. Cerró los ojos y apretó— Quédate —repitió al depositar otro nuevo contacto en esa tierna piel que ahora sentía arder, tratando de convencerla con el simple gesto de su nariz, sus labios y el picor de su barba. Murmurando entonces “Nara...”.

No me hagas extrañarte más

Bufó en un humorístico tono, antes de rozar su naríz en esa zona de la piel de su hombro que había mimado con sus labios y ahora con su naríz. Buscando causarle escalofríos agradables y debilitar cualquier fuera de voluntad que la apartara de él, en ese momento.

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Mensaje por Yanara el Vie Sep 28 2018, 00:07

Me sentí más que protegida en sus brazos, cuando Keith me devolvió el abrazo. Era una sensación extraña. Un hormigueo peculiar. No recordaba que me hubiera pasado algo así antes, a pesar de haber compartido mi vida con tantos hombres. Demasiados, quizás, por desgracia. Mero oficio que no me gustaba ejercer y que, irremediablemente, había opacado mi capacidad de sentir más allá del sexo.

No obstante, esa sensación de cuidado que aquel mestizo despertaba en mí, de forma inesperada, erizaba mi piel del escalofrío que me hacía sentir. La presión ejercida por sus manos, en ese paseo por mis costados, me robó el aliento, haciéndome inspirar y, con ello, aproximar más mi torso al suyo. Y, un deseo de permanecer así por siglos, quedó en lo más profundo de mi ser. Suspiré sobre la piel desnuda de la curva de su cuello, llegando a cerrar un poco más mi abrazo cuando escuché el murmullo que aquella voz ronca me regalaba. Mi cuerpo vibró de forma imperceptible, pensando que era por ese contraste de temperatura cuando realmente era el simple efecto que aquel mestizo tenía sobre mí, sin saberlo.

Como mera respuesta, cerré los ojos con algo de fuerza, rumiando internamente esas ganas de ser libre para poder hacer lo que me viniese en gana. Para poder quedarme, como él me estaba pidiendo. Tragué saliva ante las circunstancias, para murmurar con interna incongruencia—. No puedo, Kei...pero quiero. Presionaba mi abrazo contra él y, sin embargo, mis labios decían algo completamente opuesto—. Debo regresar. —había salido sin permiso, sin indicación alguna, ni siquiera dejando información alguna de a dónde podía haber ido. Principalmente, porque no pensaba volver. Hasta que aquel hombre se había cruzado en mi camino, tendiéndome la mano a la que aferrarme y liberar esa desesperación. Podría decirse que la imprevista intervención de Keith me había dado un inexplicable soplo de esperanza en que todo se arreglaría. O, al menos, había renovado mis fuerzas para seguir aguantando—. Nada ha cambiado en estos dos meses para mí. —¿o sí? En cuanto a situación se refería, desde luego que no—. Salvo el haberos extrañado horrores. —A Sybelle. Alexander, Andhra... aunque los viera con mayor frecuencia pero, sobre todo, a Cedrik y a él. Ambos habían dejado de formar parte de mis días durante meses. Casualidades de la vida que el rubiales se hubiera ido primero, unos pocos meses más. Ambos lo habían hecho por mejorar en su trabajo.
Y yo ahí, aún no tenía potestad ni cabida.

¿Por qué se lo admitía a Keith y no a Cedrik? El genio y carácter de ambos, distaba un mundo. El rubiales me brindaba menos oportunidades de verme tan vulnerable. Así había sido siempre. No se permitía la debilidad en su presencia. Y sus intentos por echar esas vulnerabilidades eran bruscos, como si no supiera autogestionar o siquiera aceptar que él también flaqueaba. En eso no era diferente al resto. Era ese carácter autoritario y en apariencia poco comprensivo en sus reacciones, lo que encendía mi frustración y, así, terminar gritándonos. De haber sido él quien me hubiera encontrado en los acantilados, todo habría sido drásticamente diferente. Y, tal vez, no habría podido desahogarme como me había permitido el lujo, con Keith.
Y, quizás, hubiera seguido con esas ideas suicidas que ahora eran un mero eco en mi mente, aplacadas por esa turbación inesperada que el mestizo que me mantenía entre sus brazos, me había llegado a provocar.




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Mensaje por Keith E Craig el Dom Sep 30 2018, 08:30

Sabía

perfectamente de qué estaba hecha la emoción que lo forzaba a anclar sus brazos en torno a la rubia, era una posesividad inaudita, queriendo proteger el femenino cuerpo de lo que fuera que pudiera dañarla, quería quedársela para sí y que esas sonrisas que en los pocos segundos había visto, fueran suyas. Y esa forma de hacerse pequeña, su olor, el calor de su cuerpo y esas preciosas curvas, de alma de creación divina.

Recibió su cuerpo contra el suyo con gusto, de modo que sus formas deleitaran ese incendio forestal que lo quemaba por dentro en completo silencio. Permitiéndose pensar que, por ese solo segundo, ella, era suya, solamente suya.

Una fantasía que tenía sus bases en ese deseo inaudito, nacido del tiempo que llevaban conociéndose y la frustración de haberla visto al borde de ese acantilado. Que le recordó esa vena iracunda con todo dios, por la situación por la que estaba pasando y a la que debía buscar una pronta solución, sin importarle realmente si los planes ajenos ya estaban en funcionamiento: Demasiado lentos para su gusto.

Y por ese pensamiento y suma de 2 + 2, los brazos del mestizo presionaron un poco más, ahogando el gruñido que quería brotar de su garganta como bestia enfurecida y recelosa. Territorial criatura del averno.

Houston, tenemos un problema.

Ninguna mujer había despertado esa bestia nunca, parecía una criatura interna y viciosa que no ronroneaba, no, gruñía mientras respiraba vapor sulfúrico. Ante el pensamiento de devolver ese día a la rubia, sin saber quién coño era el responsable de esas marcas, de devolverla a esa vida a manos de otros que buscaban placer entre sus piernas, a la que sabía que tenía que entregarla, al menos hasta que esas pulseras de estúpido jade, desaparecieran de sus muñecas.

Su sangre hervía por sus venas como si fuese solo fuego y quizo gruñir.

Putos celos.

Si él se sentía como una bestia enjaulada, no podía imaginar cómo se sentía Nara. Tragó ácido antes de escuchar ese “No puedo”, correspondiendo ese abrazo que ella re afirmó.


Y si esa bestia ya estaba caminando impaciente a que le quitaran la cadena, el escuchar de los labios femeninos que “NADA” había cambiado, tensó sus músculos, no porque no lo supiese, lo sentía desde el momento que vio sus intenciones de acabar con su vida, pero una cosa era verlo y otra, escuchar en su voz la confirmación que despertó algo peor que ese infierno interno. Encapsulando esa criatura interna, con el cuidado más palpable, aferró a la rubia, llevando su mano izquierda entre esos cabellos de su nuca, para hablar ronco y casi ronroneante, dominante— Déjame cambiar las cosas para ti, aunque sea hasta mañana –musitó. Sus azules, parecieron oscurecerse, sabiendo que solo tendría un día para hacer lo que quería hacer, si ella accedía— solo hasta mañana –necesitaba ir a la ciudad, para “tomar” el caso, que él sabía, era lo suficientemente importante para investigarlo, pero no lo suficientemente importante para que la inquisición metiese sus narices. Era completa jurisdicción de la armada.

Si él iba, hacía el paripé de llegar a investigar la desaparición, no llamarían a más nadie, podría hacer preguntas y al mismo tiempo indagar. Claro, con un poco de ayuda de uno que otro, pero era posible. Sus pulmones se llenaron con denso aire viciado por la ira y la lucha por contener sus arranques de furia que correspondía controlar si quería, que todo saliera bien.

Sus dedos se entrelazaron con esos cabellos, su mano derecha dibujó la silueta de esa pequeña cintura, la que juntó contra su cuerpo un poco más, acunando con su izquierda su rostro, depositó dos besos más sobre la piel de ese hombro descubierto— Déjame darte las fuerzas que necesitas hoy –sonrió suspirando cálidamente sobre su piel, para que esas sensaciones y la protección en ese abrazo, fuesen de ayuda para comprar su voluntad y lograrla convencer. Insistiría de ser necesario— Confía en mi –susurró sobre su hombro, "No mataré a nadie aún" pensó en un gruñido gutural en su mente, perdiendose en ese lugar sensible que había adoptado como refugio y calmaba sus mas instintivos deseos, moviendo su mano derecha para acariciar esa curvatura de su espalda baja, creando ecos de escalofríos tibios.

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Mensaje por Yanara el Miér Oct 03 2018, 08:57

No podía decir que esa presión que Keith ejercía en su abrazo, llegara a molestarme. Al contrario, me vi queriéndola. Necesitándola. Como el agua fría en un caluroso día de sol sin una sola nube. Algo que crees que no te hace falta hasta que lo pruebas. Que te envuelve y corrompe hasta el punto de sentir un alivio gigantesco que, a su vez, te hace ansiar más.
Nunca antes había tenido tal necesidad con él, estando en su compañía.

Y, tampoco llegaba a entender por qué la tenía ahora.

Más allá de agradecerle lo que había hecho por mí, con ese beso que parecía habernos turbado a ambos... todo apuntaba a que mi desesperación por quitarme la vida, me había hecho necesitar una razón para seguir viviendo, al no encontrarme del todo segura en el último momento.
Y, sin saberlo, Keith me había dado una. Diría que la más importante por la que se podría seguir luchando, pero en aquel momento, poco consciente era de todo lo que entre nosotros se estaba removiendo. O de la confusión que turbaba la claridad con la que podría llegar a verlo, más tarde.

Cerré los ojos, frunciendo el ceño ante su insistencia. Pero no dije nada. No me atreví, temerosa de que, volver a replicar y querer explicarle sólo me llevaría a dejar de sentirlo contra mí. Algo que, más temprano que tarde, sería inevitable. Por eso me mantuve en silencio, disfrutando de esos rudos dedos masculinos entre mis mechones dorados y su otra mano, amarraba mi cintura con solemnidad. Como si previniera mi inexistente deseo de apartarme—. Kei... —murmuré su nombre con lentitud, bajito, con la piel de mi cuello parcialmente erizada por esa húmeda calidez que sus labios se atrevieron a dejar en mi hombro—. No puedo. —y entonces mi mano se elevó hasta su nuca, acariciándola, con el gesto de sujetarle la cabeza pero, en realidad, sin ejercer presión más allá de la que ejercían mis finos dedos entre su fino cabello oscuro.

Y así fue como el momento en el que tuve que apartarme, se dio. Inspiré largo antes de apartarme un poco, hasta poder encarar al mestizo. Solté el aire, al verme privada de esa calidez que él desprendía, antes de fijar mis ojos en los suyos, y conseguir que mis manos ascendieran hasta sendas mejillas suyas—. Tengo que volver antes de que caiga la noche... —anuncié, sabiendo que muy probablemente, al no coincidir con sus planes, Keith podría molestarse por ello. Ya lo notaba ligeramente tenso. Pero era esa mi triste realidad. Esclava. Meretriz. En ese instante, estaba abusando de la poca libertad que tenía, con ese cambio de planes que, irremediablemente, me haría volver a Talos. A trabajar. A venderme por puro placer ajeno. A hacer del sexo una mísera moneda de cambio de la que ya ni disfrutaba. Simplemente, me dejaba hacer, llevando mi mente lejos de aquel cuarto de lascivia y desesperación.

Estaba convencida de que a Keith no le gustaba. Nunca le había gustado, de hecho. Pero él no sería quien tuviese que dar explicaciones o sufriera las consecuencias.

Mi mirada se perdió en la suya de forma inesperada e irremediable. Quizás, atraída o imantada por esa oscuridad que mostraron sus azules. Una que me arrancó un pequeño e inexplicable escalofrío. Mis labios, que se habían mantenido cerrados, se entreabrieron suavemente, para que pudiera articular, dejando que mi voz saliera con delicadeza—. Aunque nadie dijo que tenga que ser inmediatamente. —un pequeño aliciente para poder disfrutar un rato más de esa cercanía recién descubierta. Tal vez, también fuera un incentivo para movernos de aquel peculiar lugar que no era tan afín para ese abrazo que nos habíamos llegado a dar. Pero, ¿quién era yo para hablar de sitios dónde hacer según qué cosas?




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Mensaje por Keith E Craig el Vie Oct 12 2018, 01:44

Si

tuviera que poner en palabras lo que estaba sintiendo en ese momento, a lo mejor no las tendría. Él era simple para esas cosas, luego de ese beso, escuchar esa negativa que la rubia había depositado tan suave como un baldazo de agua congelada.

El mestizo, sentía una nueva emoción que no sabía nombrar, le gustaba y a la vez, no le gustaba por la vulnerabilidad que sentía y estaba entre la desesperación y la amargura que causaban ambas emociones por igual. Sin embargo, no tuvo tiempo de pensar demasiado, porque como sacada de una mágica bolsita, los dedos de la rubia en su nuca causaron un efecto y poder sobre su psique que no se creyó ni él mismo.  Atrayendo su completa atención hacia ella, como una bestia amansada por la música encantadora de un instrumento místico.

Yanara era la música y el instrumento, sus finos dedos que juguetearon con sus cabellos, empujándolo al borde en que, si se descuidaba, terminaría ronroneando y olvidando la ira que quemaba su sangre y la convertía en lava incandescente. Amansado por la suavidad que ella imprimía en sus haceres, el modo en que sostenía su rostro y le miraba con esos ojitos que brillaban turbados, como si pudiera leer en lo mas profundo de su ser y removiera las aguas en todo sentido.

Despertando una batalla campal, que podía verse en sus azules, una turbación para nada negativa, pero al mismo tiempo entendible.

¿Que era eso?

En él, había tres, la razón, la emoción y el animal.

Y el animal estaba ganando por mucho a la razón, al punto de tensar su mandíbula y los músculos de su cuello, al igual que sus hombros, marcando sus tendones con esa fortaleza que poseía y oscureciendo sus cristalinos. Una razón para no hundir en caos todo Talos, una razón para no reducir a cenizas el mundo. ¿Por qué ardía tanto? Consumía, devoraba y transformaba de formas que ni él lograba domar, incluso su respiración se había vuelto más densa, como si respirara vapor y este se condensara en sus pulmones viciados de cólera.

Una violencia que deseaba tener su desfogue.
La tensión de sus hombros no se deshizo tan rápidamente como quería, pero esas palabras solo lo hicieron emitir un gruñido bajo, en su deseo de desviar su iracunda mirada y que ese aliciente no surtiera efecto alguno.

Pero él no podía mentirse así mismo, ella tenía poder… un poder que había él, recién descubierto y no estaba seguro que ella sabía. Pero el brillo en sus ojos, parecía que indicaba que en efecto, si sabía y quizá, así fue como quedó claro, que esa bestia volvía a calmarse a manos de la rubia a la que deseaba apropiarse.

En ese momento, no eran ciento por ciento conscientes de lo que eso significaba, quizá por que estaban acostumbrados a otra cosa. Él a no desear a una mujer tanto como ahora sabía deseaba a la rubia que tenía en sus brazos y a ese tornado de emociones que le harían pasar el poco tiempo que tendría con ella, casi imantado a su figura, incluso cuando bajaron de ese rellano para disponerse a otras cosas.

Lejos del peligro de sucumbir a eso, que inconcientemente ambos evitaban, por sus propias razones.

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