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Mensaje por Yanara el Sáb Ago 25 2018, 22:11

Empieza en el minuto 1:52 ><

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Se me había hecho demasiado difícil seguir en esa aparente apatía y resignación. Yo no era así. La vida que llevaba enfrascada en esa rutina de mierda, sin cambio alguno en los últimos cinco años, había podido definitivamente conmigo. Había consumido con ansiedad todas esas fuerzas y energías que me habían caracterizado durante mi paso por el Ejército. Palabras, promesas y esfuerzos ajenos, me habían mantenido a flote con esa esperanza de mejora que... esa mañana ya sentí del todo inalcanzable.
Eran esos maltratos, cada vez más frecuentes, los que ya no me molestaba en enfrentar. Me había vuelto hermética para aquellos que pagaban por mi compañía... pero, también, para los que lo hacían para ayudarme.

Antes de que el Sol hiciese acto de presencia en esas tierras, me había despertado con la dolente presión en el pecho, De súbito, había incorporado mi torso, hasta quedar sentada. Mi mano se agarró al cuello de ese camisón que usaba, a la altura del esternón. Por ínfimas milésimas de segundo sentí que me faltaba el aire, después de aquel sueño que tornó en pesadilla. Los recuerdos de ese mal sueño eran borrosos, innombrables, inedificable... pero habían dejado una sensación desalentadora. Me sentí una tara, supeditada a lo que mis amigos hicieran por mí, mientras yo aguantaba vejaciones. Finalmente, había traspasado ese punto de inflexión aquella noche, con esa última visita que no había sido para nada suave o cuidadosa. Pero, ¿qué más podía ser si no podía hacer gran cosa por mí misma? Ni siquiera podía transformarme o estar en conexión mental con los demás. No servía en ese momento, más que para...
Me costó recuperar el aliento, sintiéndome al límite como no lo había alcanzado antes. ¿De verdad merecía la pena todo aquello? El seguir esperando... ¿para qué? Mi maquiavélica voz interior sembró la semilla de esa idea que decía que mis más allegados podrían vivir mejor sus vidas sin estar pendientes de mí. Y, para mi desgracia, me pilló con la guardia tan baja que germinó demasiado deprisa.

En otras circunstancias, me habría sido mucho más fácil desechar la idea y desahogarme en cualquier otra cosa. Pero mi aguante ya no dio más de sí.

No dudé en levantarme, dejando esa compañía inconsciente, en la cama. El único momento de paz que encontré aquella noche. Me vestí con el primero de los vestidos que encontré, haciendo el menor ruido posible. No lo vi como un verdadero reto, pues a esas horas tan tempranas, todos los presentes en la Flor Azul se habían rendido a Morfeo tan profundamente que no se percatarían de un crujir de las maderas de la escalera, en lo que yo bajaba y salía de allí con verdadera prisa. Y, a la puerta del burdel, le siguió la de la ciudad. No encontré soldado pendiente de las salidas. Quizás estaba en su cambio de guardia pero, a mí me libró de objeciones ante mi deseo de salir.

Mi desesperación por salir.

No quise interesarme por el tiempo que pareció pasar deprisa en lo que yo enfilé mis pasos a los acantilados más cercanos a Talos. Aquellos en los que había estado ese famoso Altar de Tierra, destruído hace más bien poco. Al poco de empezar a escuchar el mar golpeando con rabia las rocas por detener su paso, empezó a llover, como venía pasando las últimas semanas, de forma insistente. Pero mis pasos continuaron, uno tras otro, con una determinación que sentí no flaqueó en ningún momento. El rugir de las olas pudo avisarme de lo peligroso que era aquel lugar, algo a lo que se le sumó inesperadamente otro de esos temblores que sacudían la Tierra ultimamente. Perdí parcialmente el equilibrio, posando una rodilla y la mano del mismo lado. Consecuentemente, me detuve.

Y fue entonces, cuando mi determinación flaqueó de forma considerable.

¿Estaba segura de querer hacerlo? Sí, ¿no? ¿Qué podía ofrecer? ¿Qué más podía hacer para acelerar las cosas? No medí ese dolor que mi pérdida podría originar. No contemplé las reacciones de aquellos que más me querían, si yo llegaba a desaparecer. Volví a levantarme cuando el temblor cesó, sin mayor consecuencia. Mi mirada ambarina estaba fija en aquel borde. Como imantada, incapaz de atender nada más. Mis oídos se veían mermados y embotados por ese rugir del mar que, inexplicablemente, también me invitaba con un poder ineludible. En mi mente, sólo repiqueteaba esa insistente voz que me invitaba a dar unos pasos más.
Tan sólo unos pocos pasos más y todo habría acabado...

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Mensaje por Keith E Craig el Dom Ago 26 2018, 05:49

Una

pesadilla había despertado al híbrido, un grito femenino y la figura de su golpeada madre “¡Protege a tu hermano, CORRE!” gritos, más sonidos sordos de un maltrato que acabaría en sangre y muerte. Eso había forzado a que sus ojos azules se abrieran a ese nuevo día, escuchando el sonido de los animalillos mañaneros.  

Removió su cuerpo entre las sabanas de esa cabaña a donde se había fugado, para que no pudiesen encontrarlo en la mansión que había comprado y que aún no había terminado de revisar para vender lo necesario y con ese dinero hacer su hogar en el bosque, esos lindes que estaban cerca de los acantilados, donde solía ir a perderse en esas conversaciones continuas con Summer, que estaba presente en su mente.

“Buenos días hermano”

Escuchó su voz. El mestizo sonrió ladino y adormecido aún, levantó su cuerpo para sentarse en la cama que apenas si crujió un poco por su movimiento, cargado de lentitud y sopor.

Su torso desnudo era iluminado por la luz azulada de la madrugada que ingresaba por la ventana, bostezando como un oso recién levantado, llevó sus manos anchas a frotar su rostro y movilizar sus piernas fuera de las sábanas, descalzo y con unos pantalones ligeros como única prenda.

“¿Otra pesadilla?”

Un gruñido hizo vibrar sus roncas cuerdas vocales, en lo que se levantaba y frotando su cuello, pasaba a buscar ropa que ponerse, botas, pantalones, camisa y chaqueta de amarronado cuero que se ajustaba a sus músculos. Lavó su rostro y caminó por el suelo de madera hacia ese armario donde encontró una ballesta y armándose de proyectiles, se la colgó al hombro para salir de la casa e internarse en ese bosque que ya conocía— Si, una pesadilla, pero creo que podemos dejar esa charla para luego —dijo, escuchando en su propia cabeza la vibrante risa de su mellizo que lo hizo sonreír, encaminándose hacia los acantilados, con pasos tranquilos.

Un senderismo donde el tiempo no importaba.
Al ser temprano, el sol no había tocado esas tierras, por lo que un rocío dulce se apoderaba de las plantas y los arbustos que adornaban el suelo. El hibrido caminó hacia los acantilados, enfrascado en una charla con su mellizo que continuaba como la más amena que pudiesen tener, aunque ambos estuviesen separados— Si, es normal que no haya, los barcos no están llegando a donde deberían llegar y de alguna manera así vamos a continuar, hasta.. —decía, a medida que llegaba a esa planicie que se alzaba.

Y fue cuando dejó de ser consciente de la voz de su mellizo, al ver una figura femenina en lo más alto de esa cumbre que daba al mar. Una figura apenas cubierta por un vestido ligero, acompañado del amanecer y sus colores, de cabellos largos y dorados, que se revolvían con la furiosa brisa que ahora seguía ese estruendoso silencio. Frunció el ceño y permitió a sus ojos enfocar mejor— Summer —susurró— hablamos luego —terminó, conforme se aproximaba a esa figura delicada y femenina que se veía frágil contra el viento, siendo sacudido solo por ese temblor que atacó la tierra bajo sus pies, viéndola a ella y como erguía su cuerpo.

Como si fuera a desplegar sus alas y volar.
Excepto que no estaba seguro que volaría en realidad. Su brazo derecho, soltó la ballesta en el suelo y avanzó quitándose su chaqueta a medida que subía, aspirando el aroma que trajese el viento y sin tardanza, reconocer ese olor tan peculiar que solo ella desprendía—Nara —susurró en esa ronca voz que se atoró en su garganta, subiendo con mayor determinación hacia esa cumbre donde la figura estaba, como esperando la salida del sol. ¿Estaba pensando realmente en dejarse caer? Y por ese momento el híbrido pensó en las aterradoras posibilidades, si no la alcanzaba.

Pero no, no se rendiría en su intento de querer hacerlo.
Casi corriendo por el césped verde, rocoso y empinado, antes que ella diese nuevos pasos y rompiera toda posibilidad del híbrido de rescatarla, intentó alcanzarla, utilizando a su favor el sonido estruendoso del mar para esconder sus pasos y cualquier ruido que causara en su maratónico avance.  No llamó su nombre, porque sabía que, en ese momento, gritar era lo que menos ayudaría a un rescate como ese, el mestizo saltó rocas y haciendo uso de su agilidad física, se esforzó mucho más para llegar a tiempo. A lo mejor fueron ideas suyas, pero pensó que había visto a la rubia dar un paso más y luego otro, que la acercaban al precipicio y esa caída que la mataría.

Y en esos últimos segundos, extendió su mano izquierda y sin dudarlo la sujetó de su brazo derecho, cerrando sus dedos en torno a este, tirándola hacia él. Encontró sus azules con la sorpresa en los ojos contrarios, antes de sostenerla lejos de ese borde, por el que fuertes oleadas de viento potente y frío amenazaban con doblegar a quien lo enfrentara. Con el corazón apresurado ante ese repentino susto, por la idea de no lograr retenerla.

A esa rubia que no veía desde...

Lo que parecían eternidades.

Y la sostuvo, con fuerza, por mas que de la impresión forcejeara, agarrandola firme y lo suficientemente cuidadoso para no lastimarla— Soy yo, Nara, soy yo. Estoy aquí —fueron sus únicas palabras a la espera que ella, volviera en si.

"Estoy aquí"

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Mensaje por Yanara el Dom Ago 26 2018, 19:58

Mis lágrimas de desesperación, se veían mezcladas con la lluvia, empapando por igual mis mejillas, mi rostro. Las gotas de lluvia se veían mecidas por el viento, hasta chocar con mi figura temblorosa, en aquel borde. Con franqueza, no alcanzaba a distinguir si todas esas gotas también contenían parte de esas embravecidas olas que chocaban contra las escarpadas rocas del acantilado. Mi cuerpo entero se veía indefenso ante el inclemente tiempo, que mojaba mi cabello, mi piel y mis ropas, y los secaba por igual con su intensa brisa.

Mis enrojecidos ojos seguían puestos en esa imponente marejada que atronaba mis oídos y, sin darme cuenta, me robaba el aliento. Pudiera ser que también la determinación a dar esos últimos pasos. Algo para lo que necesitaba un valor que, curiosamente, había disminuido de forma proporcional a la distancia que guardaba con aquel precipicio. Sentía las plantas de mis pies contrariamente imantadas al suelo. O, tal vez, fuera esa falsa sensación de hacer fuerza para levantar una de ellas, en ese camino final. A pesar del sosiego que pudiera exteriorizar, mi interior era el más dantesco de los infiernos. Ahogada por la presión, por esa desesperación de verme tan capaz y, simultáneamente, tan inútil. Un jadeo escapó de mis labios entreabiertos, antes de pasar saliva.

¿Por qué me costaba tanto ese último pequeño esfuerzo? ¡Tan sólo era un paso!

Había demasiado cabos que podían atarme firmemente al suelo. Y cada uno de ellos tenía un nombre y un lazo conmigo demasiado fuerte. Mi mirada escocía, incapaz de frenar todas esas lágrimas de puro desahogo. ¿Tenían razón de ser? ¿Todo aquello tenía algún sentido? Llegado a ese punto, cerré los puños, reconociéndole internamente la victoria a ese mal nacido dragón que había truncado toda mi carrera. De hecho, fue ese maldito recuerdo lo que finalmente, me hizo recopilar algo de decisión. Y así, ese impulso se dio y mi pie derecho se despegó del suelo.

Fue entonces cuando una mano asió mi brazo derecho, súbitamente, asustándome hasta el punto de hacerme gritar, volviendo a posar el pie para apoyarme de nuevo. Acto seguido, sin darme apenas tiempo ni opción, tiró en sentido contrario—. ¡No! —exclamé sin siquiera mirar. Encogí ese mismo brazo, queriendo zafar de esa contundente fuerza que me alejaba del borde. De mi propósito. Tiré segundos después, tentando a mi suerte, pues con la humedad en mi piel de la tormenta, a lo mejor conseguía soltarme por escurridiza. Pero comprobé con frustración que no fue así. Apreté los dientes al pensar que ni siquiera tendría libertad para elegir algo así.
Tal vez, me había tardado demasiado en decidirme.

Finalmente, abrí los ojos, parpadeando rápido un par de veces, por esa cortina de agua que ahora caía sobre mí y mi imprevisto acompañante. Busqué el rostro contrario sin dilación para llevarme aún una mayor sorpresa. Keith. Un nombre que quiso salir de mis labios sin voz que lo transportara. ¿Hacía cuánto no lo veía? ¿Cuándo había vuelto? Como el Capitán, se había ausentado de Talos por meses... Y enseguida negué con la cabeza, sin dejar de forcejear—. ¡Se supone que no debías estar aquí! —¿O sí? ¿Podía ser esa mano tendida en el último momento para evitar que me hundiera en las profundidades? Aún me mostraba del todo reticente a ese tirón que me aproximaba a él—. ¡Se supone que esto no tenía que pasar! —desbordé, llegando a golpear su torso con mi puño izquierdo, incluso el derecho, cuando me vi arrastrada a sus brazos.

Y, sin embargo, una cálida sensación de alivio, inaudito, me hizo romper a llorar cuando sus brazos finalmente, rodearon mi espalda. Los golpes de mis puños, fueron perdiendo toda la fuerza, haciéndome flaquear con tal violencia que sentí mis piernas momentáneamente frágiles. Por esto, me aferré a él, escondiendo mi rostro contra su pecho, queriendo esconderme del mundo—. ¡Oh, Keith! —exclamé entre sollozos, ahora incontrolables que me hacían perder el aliento contra la tela de esa camisa que se dejaba ver entre esa chaqueta abierta. Mis brazos terminaron deslizándose por sus costados, para corresponder ese gesto, aferrándose al escurridizo cuero que cubría su espalda—. No puedo más...




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Mensaje por Keith E Craig el Lun Ago 27 2018, 09:20

La

sostuvo en su forcejeo salvaje, dejó que arremetiera como quería y pudiera contra él, la sostuvo a pesar que ella luchara y exclamara todos esos argumentos que le daban a entender el estado de incredulidad por su presencia junto a ella, en el que se encontraba. El mestizo llevó sus manos y atrayéndola, la abrazó contra su cuerpo y re afirmó ese gesto, rodeando el femenino cuerpo; Siendo completamente consiente del frío de la lluvia que arreciaba, helando hasta los huesos, cuyas gotas frías empapaban sus cabellos, sus ropas y su rostro.

Hundió entre los rubios y mojados cabellos, sus dedos, enlazadores toscos de sus hebras para refugiar su cabeza contra su pecho caliente donde podía sentir su relentizado corazón latir lo más rápido que era posible, por la impresión de haber visto a esa rubia que había conocido en el centro de su fortaleza, antes de que fuera enviada a ese castigo injusto que ahora veía, estaba por empujarla a una muerte segura. Sostuvo su peso sin problema, convirtiéndose en ese soporte que ella necesitaba, sintiéndola pequeña en ese fuerte abrazo que le recordaba la prenda nada cubierta que ella llevaba.

Los híbridos toleraban mejor el frío que los dragones, pero no al punto de que no fuese molesto y ahora empapados, contra el viento del acantilado, era terriblemente molesto y sabía que este, no ayudaría a calmar el estado en el que se encontraba su protegida.

Cerró ese abrazo un poco más, antes de apoyar su mentón y su nariz en la coronilla de la rubia y depositar un beso en ella— Lo sé —contestó con su tono ronco y grave, a ese debilitado “No puedo más”.

Verla en ese acantilado a punto de lanzarse al vacío le hizo saber que, en su ausencia, las cosas se habían rehusado a mejorar en lo absoluto para ella ¿Qué demonios estaban haciendo por solucionarlo? ¿de qué tanto se había perdido? En un impulsivo instinto sobreprotector el híbrido, presionó ese abrazo más— Estoy aquí —repitió, perdiendo sus cristalinos en ese borde que había quedado en un segundo plano y miraba con un destello mordaz y receloso.

No supo cuánto estuvo allí abrazándola con la misma fuerza, escuchando sus sollozos, permitiendo que desahogara hasta que estuviese demasiado cansada para protestar por lo que sea que hiciera. Y esperó hasta sentir su cuerpo tiritar y resentir el helado frío entumecer su piel, para sin realmente apartarla demasiado, acunar su rostro, con su áspera mano derecha y con sus dedos apartar los cabellos mojados que cubrían este, para mirarla pálida y fijarse en esos ojos enrojecidos—Resiste un poco allí, te tengo ahora ¿bien? —musitó exhalando un vaho de aliento cálido por el frío que calaba, liberó el abrazo y se despojó de esa chaqueta de cuero que poseía aún su calor, a pesar de estar mojada.


La extendió y ayudó a la rubia a colocársela y cerrarla de modo cruzado, sin darle espacio a réplica. Aprovechando que esta le quedaba lo suficientemente grande para abrazarla por completo y cubrirle bien, comparado a lo que llevaba puesto que no la protegía nada. Por no decir que estaba malditamente desnuda bajo la lluvia.

Y bajando su mano izquierda, tomó la derecha femenina para llevarla con él a donde había arrojado la ballesta que se colgó al hombro y soltando su mano, deslizó su brazo izquierdo por su espalda y sin aviso previo se agachó y pasó su brazo derecho por detrás de sus rodillas, alzándola sin problema alguno. Y claro que sintió una diferencia que le hizo fijar sus ojos de nuevo en el rostro femenino, por todos los demonios... estaba demasiado ligera, demasiado para su gusto. Desgastada, marchita. Ella, era una mujer hermosa y dolía observar como esa belleza estaba consumiéndose por las lágrimas y sus congestionados ojos, las ojeras que en ese momento eran más notorias por la diferencia de palidez en su piel. Todo en ella estaba mal.

Sus manos la presionaron contra sí y así emprendió ese camino por el sendero que conocía.

Tal vez en otro momento y en otras circunstancias, él, hubiera sacudido fuertemente a la rubia, para espabilarla y hacerla entrar en razón, pero su estado físico, el llanto, el intento de acabar con su vida y la desgarradora forma en la que había susurrado su nombre y esas tres palabras mortales, le indicaron que no era el momento.

Holy shit...
Justo allí, ella no era la Yanara que alguna vez había entrenado en su compañía con una fiereza digna de recordar y temer.

No vamos a ir a la ciudad, no te preocupes —tranquilizó sin quitar sus azules del sendero bajo la lluvia que parecía iría de mal en peor. Y en el silencio de ese trayecto, algo largo a pie, llegaron a esa cabaña de madera que él mismo había construido cuando era solo un mercenario con pocas ganas de servirle a nadie más que a sí mismo. Era un lugar acogedor, poseía una rústica salilla, un comedor sencillo acompañado de una “cocina” con su respectiva chimenea, una puerta bajo la escalera central que llevaba a lo que podría llamarse “cuarto de baño”. La escalera, llevaba a un rellano superior con una barandilla de madera cortada, donde seguramente se encontraba el lugar de descanso del híbrido.

Solo allí, bajo el techo seguro de la lluvia, cerró la puerta con una patada y fue que la bajó, con sumo cuidado, para encararla y atender a las expresiones de su rostro— Considera esto un secuestro —musitó, intentando sonreirle ladino, deseando probar la respuesta que ella pudiera darle a un comentario así y con eso medir, por dónde iba a comenzar.

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Mensaje por Yanara el Lun Ago 27 2018, 18:51


Lloré.
Como no lo había hecho en toda mi vida, quebrada por toda esa presión que había podido conmigo, cambiando mi percepción de la realidad hasta hacerme sentir irrisoria, molesta... e inútil. Algo que, sumado al hecho de que los demás tuvieran que pagar un precio por estar conmigo, me hacía hundirme aún más. Porque, por mucho que pudieran estar moviéndose por ayudarme, la triste realidad era que, después de cinco años, me sentía en el mismo punto. ¿Acaso no era desesperanzador? ¿Qué tenía que esperar? ¿Veinte años? ¿Cincuenta? ¿Un siglo? Si bien el tiempo era algo con lo que podía lidiar... mi situación distaba de ser sostenible. Había noches realmente largas y trágicas como para que, al final, no pesaran en mi consciencia y mermaran mi fuerza de voluntad, hasta el punto de llevar hasta aquel lugar donde más de uno había decidido acabar con sus circunstancias de la manera más contundente.
No obstante, yo, por mi titubeo, no había tenido tampoco la ocasión.

Pudiera ser que en algún momento llegara a agradecérselo. Pero no sería ese mismo instante. Mi cuerpo temblaba, de forma irregular, dependiendo de mis angustiosos sollozos, contra el cálido cuerpo del mestizo que había objetado a mi decisión de la manera más drástica: evitando que hiciera una estupidez. Podía decirse que el destemple por el viento y la lluvia no ayudaban a recuperar ese calor perdido, mas sí lo hiciera él.

El soldado había aguantado mi forcejeo, mi indignación y mi posterior derrumbe con una estoicidad que no recordaba en él. Su silencio daba pie a mi desesperación. A mi desahogo, tuviera sentido o no. No obstante, eran frases y palabras inconexas que se entremezclaban con esos incontrolables hipidos. Su voz grave y acertada, hacía vibrar ese pecho en el que yo me escondía con solemnidad. Como si pudiera fundirme y simplemente perder la preocupación que conllevaba mi existencia en esos duros momentos. Su mano se perdió entre los empapados mechones dorados, mientras el brazo contrario me apretaba contra él, en su intento por confortarme.
Y, maldito fuere, funcionaba.

Pudieron pasar lo que se me antojaban horas, entre sus brazos, ganando la tranquilidad que su sola presencia me daba. No por nada en particular. Simplemente necesitaba a alguien en ese momento. Tan sólo asentí con ese susurro de Keith, al separarme, siendo yo la que se recogiera uno de los mechones que ahora se adherían a la piel empapada de mi rostro, para ponerlo tras mi oreja. Agradecí con un suspiro ese calor que impactó sobre mi espalda en el mismo momento que el mestizo se quitara su chaqueta para posarla sobre mis hombros.

No me sentía con ánimos de hablar. Ni siquiera de poner resistencia o mismamente pelear, por lo que a Keith le resultó fácil llevarme lejos de aquel borde natural y posteriormente, cogerme en brazos. Hubo un momento en el que temí que me llevara de vuelta a ese agujero que era la Flor Azul. Pensando que era aún demasiado pronto, me tensé sin remedio. Seguramente, el mestizo se dio cuenta, por lo que calmó mi ansiedad creciente y repentina, asegurándome que no me llevaría de vuelta. No, al menos, de momento.

Y, cuando él decidió ponerse de camino, mi mirada color miel, se deslizó por encima de su hombro, observando ese abrupto límite del acantilado. Como si me despidiera temporalmente de él. En realidad, ni siquiera sabía a ciencia cierta si era justamente eso lo que estaba haciendo. Tampoco podía asegurar que fuese a volver... arriesgándome a que alguien más interviniese esa segunda vez. Finalmente, cerré los ojos, para apoyar mi mejilla sobre el hombro del mestizo, acomodándome. Ninguno de los dos se aventuró a decir palabra y romper ese silencio que, si bien no era incómodo, tampoco era significativo. Hasta que llegamos a una humilde cabaña que parecía habitada.

Mi gesto se llenó de incomprensión, pensando que Keith vivía en los barracones del castillo. ¿Esa era su casa? Desde luego, se sabía desenvolver con destreza. Al entrar, agradecí ese resguardo, que nos salvaba de la inclemente lluvia que nos había empapado por completo. Fue al posarme de nuevo en el suelo, cuando me dispuse a desabrocharme esa chaqueta que llevaba la esencia del Teniente, que se había empapado como así lo había hecho mi vestido. Pero el tener el vestido pegado a las curvas de mi cuerpo, dejando poco margen a la imaginación, no era algo que en ese momento me preocupara. Cuando él me encaró y yo lo miré, sentí esa necesidad de tragar saliva, por todas esas explicaciones que no quería dar. Sin embargo, lo que dijo en primera instancia, queriendo regalarme el don de la tranquilidad, me animó a sonreír con sutileza. Mis labios se curvaron en una sonrisa triste y leve, sin llegar a mis ojos.

Aparté la mirada en un movimiento lento, para echar un parsimonioso vistazo al lugar—. ¿Hace... —carraspeé con algo de desgana— ... hace mucho que has vuelto? —me interesé por él.
Principalmente, porque no quería hablar de mí. De lo que él había visto. Ni tampoco de lo que me había llevado al lugar.




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Mensaje por Keith E Craig el Lun Ago 27 2018, 21:23

Esa

sonrisa desganada y triste, fue la respuesta que el necesitó para saber que el mundo se desarmaba para la rubia que tenía delante. Él era un maldito perceptivo cuando se concentraba lo suficiente y, aun así, luchaba por contener la ansiedad de cuestionarla de mil maneras, pero primero, lo primero: Ambos necesitaban calor y la ropa mojada y el fuego moribundo de la chimenea no iban ayudar nada a ello.

Vamos —dijo colocando su mano en la espalda de la rubia y así la guio hacia las escaleras, con la intención de buscarle ropa seca y menos ilustradora como la que llevaba bajo su chaqueta y que se recostara un poco en ese lecho que seguro le vendría bien. Sus cristalinos dieron con la chimenea que tenía que avivar para que les diera más calor— No, hace relativamente poco, unos días para ser exacto y no me han dejado en paz hasta ayer que por fin pude mandar al infierno todo y venir aquí —contó tranquilo, tratando de obsequiarle cierta normalidad a esa charla entre los dos.

Una charla, más monólogo que otra cosa, pero que contenía una reconfortante rutina normal, que esperaba resultase cálida para ella. Él conocía muy bien los resultados traumáticos de alguien que había sufrido. Maldítamente demasiado, diría él.

Al llegar al rellano, a su derecha estaba el lecho de base de madera, recubierto de un “colchón” que se había traído de la casa que había comprado de su padre como la mayoría de las cosas allí, pieles y sábanas que lo hacían en extremo cómodo. Hacia el frente había una ventanilla pequeña y a su izquierda, una cómoda rústica, donde abrió uno que otro cajón rebuscando algo.

No tenía ropa femenina allí y dudaba que ella quisiera ponerse vestido alguno y él, trataba de no ver más allá de lo necesario porque era hombre y tenía sus debilidades, y no queríamos dragones gruñéndole al oído a la rubia ¿cierto? ¿cierto? Se conocía lo suficiente para hacerlo.

De no auto dominarse, supiese el dios que supiese, lo que podría llegar a querer con ella. No era la primera vez que veía su desnudez tampoco.


Hasta que sus manos se toparon con un suéter de lana tejido de manga larga que una de las ancianas sirvientas de su difundo hijodeputa padre le había hecho, para cuando la Nevada había azotado talos— Necesitaba un descanso y el General, acertó dándome días libres —Sacó la gris y cálida prenda y tomó una “toalla” que colgaba de la pared para volver a donde había dejado de pie a Nara y colocar la toalla sobre su cabeza, para ayudarla secándole un poco su rostro y cabellos, queriendo de alguna manera reconfortarla un poco más, con esas caricias rusticas pero cuidadosas como solo él era con contadas mujeres. O sea: YanaraNo es mucho, pero hará el trabajo —dijo entregándole la prenda cálida y suave. Susurrando un poco más bajo— ya vuelvo —dando un toquecito a esa barbilla suya.


Y sin más bajó las escaleras, dándole privacidad para que se cambiara de ropa y se metiera entre las sábanas si deseaba, mientras él salía de la cabaña rápidamente hasta ese lugar donde tenía madera cubierta ya cortada y así cargar la suficiente al interior. La arrojó al fuego y con un atizador, empujó los bloques para que comenzaran a arder en ese momento y el naranjado del fuego iluminara mejor la estancia y el calor se sintiera más— Dime cuando estés —dijo colocando sobre la flama una sopa que la misma anciana mujer, que había hecho de “madre” para él y su mellizo le había regalado el día anterior en la tarde.

Hervida seguro recuperaría su valor al paladar y les ayudaría a ambos a recuperar calor.

Él caminó hacia el cuarto de baño donde encontró otro par de pantalones que no tardó en ponerse, colocando los mojados sobre una silla junto a sus botas en el suelo y la camisa empapada en otra silla. Alzó la vista hacia el suelo del rellano que estaba sobre su cabeza y como si hubiese sido golpe de suerte, una rendija le había regalado la vista de la línea de la espalda femenina. Una línea que se le antojó... hermosa.

Bajó la mirada viendo la sopa humear de reojo, al escuchar la confirmación que esperaba, tomando dos tazas de madera y retirando el caldero del fuego, las llenó.

Descalzo y sin camisa, el mestizo subió, para encontrarse con la rubia de nuevo y sonriéndole con esa picardía tan propia suya, dejó ambas tazas en una mesilla próxima a ella y tomó la toalla usada por ella y se la colgó al cuello, sentándose en el borde derecho del lecho— Servicio al cuarto, tenemos sopa y ... sopa —bromeó llevando una mano para frotar esa "toalla" sobre su propia cabeza y revolver sus cabellos cortos y suspirar. Olvidándose del panorama horrible que se dibujaba en su hombro y omóplato derechos, que amoratados, apenas empezaban a intentar cambiar de color y sanar. Llevó su mano izquierda a su hombro y emitió un gruñido que hizo evidente que el dolor aún era latente.

Aún a pesar de eso, buscó los ojos de la rubia y entre cerrándolos, le sonrióbebe, la señora Juddy la hizo para mí porque no me cree que sé cocinar —habló ronco— Yo sé cocinar, pero comida real, carne de caza al fuego, ya sabes, comida para guerreros como nosotros —bromeó, sabiendo que solo sabía lo básico para no morir de hambre. Tampoco podía darse de altas en la cocina.

Pero si esos comentarios tranquilizaban a la rubia.
Bendita fuese su ignorancia en esas cosas.

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Mensaje por Yanara el Mar Ago 28 2018, 20:59

Sentí hacerme más pequeña en el calor residual que quedaba en esa chaqueta cuando Keith me invitó a subir las escaleras. Mi cuerpo aún temblaba pero ya era por todo ese agua que me empapaba casi por completo. Escuché su respuesta, con relativa atención, y otro par de preguntas automáticas me surgieron internamente. ¿Dónde había estado? ¿Qué había ido a hacer a ese sitio? Casi de forma inmediata, pensé en esas misiones que estaban de moda últimamente. Como la que había mantenido a Cedrik fuera de Talos por otros tantos meses.

Mi primer instinto al llegar al final de las escaleras, fue buscar la cama con la mirada. Y sólo con verla supe que era mil veces más cómoda que el amplio camastro que tenía donde ahora vivía. Mi cuerpo empezó a pesarme, repentinamente, acusando todo el cansancio del tenso esfuerzo en esa decisión que aquel mestizo no me había llegado a dejar tomar. Perdida estaba en mi ensoñación que ni siquiera me di cuenta de lo que estaba haciendo Keith, hasta que volvió a hablarme.

El General. Días libres. Por un momento, se me antojaron cosas con las que yo no podría llegar a lidiar o tener en algún momento de mi vida. Y los labios se me volvieron a apretar de pura frustración y rabia, por ese futuro truncado por la sola palabra de otro. Alargué la mano, para coger esa ropa abultada que el mestizo había buscado para mí. Pero que me pusiera ese símil de toalla sobre la cabeza y aprovechase para ayudar a secar mis cabellos, me hizo reír con suavidad. Al menos, Keith llegó a verme sonreír antes de darme ese toquecito en el mentón, diciéndome que volvía enseguida.

Cuando el mestizo desapareció escaleras abajo, fue cuando dejé el jersey encima de la cama. Mis dedos recorrieron la prenda, persiguiendo su suavidad con parsimonia. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para detenerme en cada detalle. Mis ojos la recorrieron por igual antes de querer quitarme la chaqueta que no era mía. El cuero aún escurría agua, por lo que, la agarré del cuello al quitármela y dejarla en esa barandilla de madera. Y ahí acusé mucho más ese frío que, con menos inclemencia que en los acantilados, golpeó mi piel hasta erizarla. Enseguida, me abracé a mí misma, en un burdo intento por confortarme en aquel extraño lugar. Abajo, los ruidos delataban al mestizo, que parecía estar azuzando el fuego para que no muriese. Con un silencioso suspiro, eché una de las manos a los broches del vestido, en los tirantes, para dejar que la parte que cubría mi torso cayera por el propio peso del agua que mantenía la tela empapada. Miraba hacia aquel camastro cuando llevé ambas manos a la cintura del vestido y lo empujé conforme me iba agachando para quitármelo. Apenas fue un momento entre lo que salía del vestido, ahora en el suelo, y tomaba la prenda seca para ponerme, lo que estuve desnuda. Pero no pude sentirme más vulnerable. Aunque estuviera en conocida compañía en un lugar que no se me hacía del todo ajeno. Tal vez, influyera el hecho de que era la casa de aquel mestizo que había compartido incontables noches conmigo... con largas charlas hasta quedarnos dormidos. Cerré mis ojos cuando ese suave y gordo jersey empezó a ejercer de protector. Me quedaba enorme, cayendo hasta cubrirme por la mitad de mis muslos, y tener que remangarme las largas mangas que cubrían más allá de las pulseras de jade y mis manos—. Ya puedes subir... —enuncié, habiéndome acercado hasta el rellano— Keith. —se me hacía raro pronunciar su nombre. En la rutina que había seguido en los últimos meses, no recordaba haber paladeado aquel pseudónimo. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta que había echado en falta momentos como los compartidos con aquel mestizo. Irremediablemente, pensé que, como todos harían en algún momento, Keith priorizó su vida a ese favor que me estaban haciendo, para evitarme cuantos más malos ratos mejor.

No tardó en subir, con esas dos humeantes tazas, para dejarlas en la mesilla y ser él, esta vez, quien se secara el pelo y la cara con esa toalla que ya había usado yo. Templé mis brazos, para no alzarlos y regalarle ese mismo gesto de ayudarlo a secarse.

Requiem for a dream (Priv.) KSSRHOz

Sonreí, agachando la mirada, con esa broma que denotaba ese servicio aparentemente exclusivo de aquella cabaña. No obstante, ese moratón que me dejó ver, me hizo fruncir el ceño. En menor medida, decoloraciones como aquella también adornaban mi piel. Por lo que sabía perfectamente las posibles circunstancias en las que podía haberse hecho algo así. ¿Pudiera ser que él tuviera elección como no la tenía yo? Me hice con una de esas tazas, dejando que las mangas del jersey cayeran al doblar los brazos por el codo y acercarme ese recipiente a la boca, haciéndole caso al mestizo. Ese primer trago caliente me supo a gloria, haciéndome bajar los párpados mientras tragaba, notando cómo ese calor se expandía por mi cuerpo. Y lo que pretendía ser una simple broma inofensiva por parte del Teniente, dio justo en el centro de esa dolorosa diana con la que yo cargaba desde hacía tiempo—. Hace... hace mucho que dejé de serlo. —concretamente cinco malditos años. Pero por lo dicho, sólo sonreí de forma vaga por un momento—. Parece que estás del todo preparado para sobrevivir solo, Kei. —quise cambiar de tercio, con una suave sonrisa ladeada, buscando sentarme a su lado.




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Mensaje por Keith E Craig el Miér Ago 29 2018, 08:46

Extendió

, su brazo izquierdo para sujetar su taza por el asa y beber de esta un buen sorbo, apreciando a la mujer que había hecho ese manjar y que estaba en lo cierto cuando le decía que no sabía cocinar ni una mierda, emitiendo un sonido ronco y casi ronroneante por ese delicioso sabor que le reconfortó enseguida y le comenzó a quitar el frío que había penetrado hasta la médula. Sus azules reflejantes se posaron sobre el rostro femenino, adquiriendo matices verduzcos con el naranjado del fuego que ardía vivo en la chimenea inferior.

Quería cuestionarla hasta el cansancio, hasta que le dijera todo lo que la había forzado a semejante locura. Pero algo muy en el fondo lo hacía enmudecer y pre-sentir que ella no necesitaba ningún interrogatorio inquisitorial. Y menuda putada era que él era como era, con ella. Solo con ella. Y callaba para no saciar su propia preocupación, que sabía, ella podría notar y en un entendimiento mutuo, él dejaba pasar.

Para él, ella era una guerrera, una que ahora luchaba otro tipo distinto de batalla, pero el olímpico cambio de tema, no hizo nada más que confirmarle lo que ya estaba sabiendo, con cada evasiva y gesto que ella dejaba notar. Sin realmente desearlo y a lo mejor sabiendo reconocer en ese momento algo más. ¿sería?

Por la puta loca reina madre.

Su mano, estrujó el asa de la taza y apretó sus labios juntos, mordiendo su inferior antes de volver a dar un sorbo lento y a gusto, mascando un poco de patata asada que se había colado. La mirada del mestizo, fue a parar a un punto en blanco en la pared de madera, calmando sus ansias por saber un poco más, ¿se culpaba por no estar con Nara durante ese tiempo? No, no podía, era vital que el resto del mundo, continuara creyendo que era un dragón, si quería estar con ella, DEBÍA cuidarse las espaldas.

Requiem for a dream (Priv.) 1GWtAoW

Sus hombros se tensaron un poco y bajó su mirada a la sopa que tenía aún caliente entre sus toscas manos que apretaron la taza— En realidad no dejo de rozar la muerte un par de veces —dijo con una sonrisa ladina, llena de ironía y a su vez frustración. Pero él no solía hablar de sí mismo a tan profunda escala. Excepto con esa rubia que tenía justamente al frente, con ese suéter suyo que le sentaba muy bien, tan bien que una punzada de orgullo de macho ardía oculta, por saber que la piel femenina, oculta bajo esa suave y cálida prenda, olería a él. Y estaba dichoso por eso.

Ridículo orgullo machista de alfa. Sip

Por fin, alzó sus ojos de nuevo y levantándose, dejar la taza en la mesilla cercana y la “toalla” sobre la barandilla de madera y así, girarse y apartar las pieles y frazadas de la cama, para mirar a la rubia y extenderle una mano esperando que ella la tomase, mirándola fijamente a los ojos antes de sonreírle cómplice y una vez que tuviese su agarre, atraerla hacia él, tomándola por los hombros, presionando con suavidad y depositando un beso en su frente, en completo silencio. Preservando ese único gesto, por unos segundos y finalizar acunando su rostro— venga, te la sigues tomando en cama —la guio hasta el lecho, regalándole ese lado derecho, que era tan común de él cederle durante esas noches que habían compartido juntos.

El clima arreció, la lluvia se tornó más fuerte, incluso acompañada de relámpagos, oscureciendo el día haciéndolo parecer más tarde de lo que era.

El mestizo tomó su taza y rodeando la cama, se acomodó en el lado izquierdo bajo las mantas, mirándola. Apoyó su espalda contra el respaldo y extendió su brazo izquierdo para darle la bienvenida a que se acurrucara contra su pecho si quería donde esa cicatriz y su relentizado corazón latía.

Dejando que el silencio se apoderara del entorno, enredó sus dedos en los rubios cabellos, entregándole caricias suaves. No tenía que decirlo para que ella lo supiese: La había extrañado. Ambos lo sabían.

Creo que me he jodido el hombro por un tiempo —rompió el silencio por fin— me descuidé demasiado, fui realmente tonto al dejarme sorprender —confesó, regalándole la oportunidad a ella de preocuparse por él un poco.

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Mensaje por Yanara el Jue Ago 30 2018, 22:03

Volví a beber, por sentir de nuevo esa ola de calor interna que, esta vez, se vio menguada, al haber intentado entrar en calor una primera vez con ese trago inicial. Mis manos acabaron abrazando esa taza, para calentarme las manos. No se me escapaban esos gestos de Keith, nimios, que me indicaban cierta represión de todas esas preguntas que indirectamente sabía que se podía estar haciendo. Muchas de las cuales, podían tener respuesta sin siquiera tener que formularlas para que yo hablara. ¿Acaso no resultaba obvio dada mi situación? Enseguida, me percaté que él llevaba meses fuera y podía no tener total constancia de lo que había llegado a ser mi rutina diaria en aquel antro de perversión y opiáceos.

Mi ceja se enarcó, casi como un resorte automático, con ese comentario que me revelaba cuánto le gustaba arriesgarse a aquel mestizo. Tal vez, demasiado. No podía evitar inquietarme por él. Le conocía desde hacía tiempo. Y si bien había formado parte de la que fuera mi rutina por un tiempo, me era difícil siquiera el contemplar alejarme. El lazo que me ataba a ese mestizo, como al Capitán o a Sybelle, era muy sólido. Por eso, imité su sonrisa ladina, mucho más desganada—. Lo cual afianza lo que acabo de decir, ¿no crees? —repliqué con incipiente sorna. Si había rozado la muerte un par de veces, ¿no implicaba que sabía cómo salir indemne de escabrosas situaciones?

Podía decir que la estancia y la compañía, poco a poco, aplacaban cada vez más esas inquietudes y desesperación que me habían invitado a correr hasta el borde de aquellos imponentes acantilados. Keith era de los pocos con los que conseguía olvidarme de todos los problemas que me esperaban al cruzar la puerta de nuevo. Así podía irse el mundo entero a la mierda en ese momento, que yo me veía protegida y a gusto.
Como pocas veces, a decir verdad.

Ignorando por completo esa punzadita de orgullo masculino por verme llevar aquella prenda suya que me quedaba holgada por todos sitios, correspondí su mirada y, finalmente, extendí mi mano para tomar su ofrecimiento, después de verlo abrir aquella cama. Pero ese gesto tierno me pilló del todo de sorpresa. Sentí en la piel de mi frente la humedad y calidez de sus labios por unos segundos, con esa necesidad inesperada de soltar un suspiro. Me era tan extraña esa sensación de verme protegida hasta ese punto. Si bien Sybelle y Cedrik tenían gestos así, los de Keith eran diferentes. Tenía la sensación de sentirlos más profundos, aunque no dejara de ser un simple y quedo beso en mi frente. ¿Podía ser?
Desde luego, por mucho que se juntase con el rubio y tuvieran ambos esa misma apariencia de hombres hoscos y despreocupados... nada que ver con la realidad.

Finalmente, cuando se apartó, hice lo propio para dejar la taza en aquella mesilla antes de seguirlo a la cama. Aunque él me invitara a terminarla, yo no contaba con tanto hambre. Como si no hubiéramos perdido la costumbre, terminamos acomodándonos en la cama, como tantas otras veces habíamos llegado a hacer. Fuera de allí, el inclemente tiempo parecía enfurecer por no poder alcanzarnos.
Sentí algo cálido en mi pecho, cuando terminé acomodándome en ese pectoral izquierdo de Kei. Mi mano izquierda recorrió de costado a costado su abdomen, para hacer el ademán de abrazarlo. Y sólo entonces, disfruté de aquello, cerrando los ojos para olvidarme de mi profesión y castigo, mi desesperanza, la ciudad, y todos los planes y expectativas truncadas. Ese hormigueo sutil en mi cabeza marcó un poquito más la curvatura de mis labios. Sentí que justo en ese rincón, podía dejarme cuidar, sin miedo a represalias, malos modos o golpes. Cuando el mestizo habló, sentí la reverberación de su voz a través de mi mejilla, apoyada sobre él. Y sus palabras suavizaron mi sonrisa, y me hicieron abrir los ojos, con un brillo ligeramente inquieto—. ¿Qué tuviste que hacer? —pregunté, refiriéndome a esa ¿misión? que lo había alejado de Talos. ¿A qué se había tenido que enfrentar?




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Mensaje por Keith E Craig el Vie Ago 31 2018, 07:06

Sus

ásperos dedos, acariciaron esos cabellos rubios, enredándolos con cariño, dejándose engatusar por su sedosidad. Permitiéndose degustar el reconfortante calor del curvilíneo cuerpo femenino que le acompañaba a su lado, calentando ese frío que ni las frazadas eran capaces de mitigar, dejando que fuese esa musa que le recordara, porque era la única mujer con la que se permitía amanecer.

Pero esa cercanía, removió sus pensamientos que, en silencio, analizaban todo lo ocurrido esa mañana, fragmento tras fragmento, segundo tras segundo de lo que había visto y presenciado en el comportamiento de la rubia. Que ahora protegía con celoso cuidado. Recordando los gritos y el susto que se había dado ante su llegada, esos locos forcejeos por soltarse, la violenta defensiva en su contra antes de por fin razonar, reconocerle y dejarse vencer por el agotamiento y el llanto.

Era evidente.

Justo en el momento en que se había quitado la chaqueta para ayudarla a colocársela, sus azules habían capturado la visual de rojizos espacios en su piel que aún contenían matices amoratados. Él ya conocía eso, el resultado era demasiado similar a lo que alguna vez había podido notar en su pasado en otras personas allegadas suyas. Y esa resolución le trajo el sentimiento de tener agujas en el estómago, acumulando una fuente de calor interna que podría desear asemejarse al fuego que en forma dracónica querría escupir para desatar su ira, destruyendo cosas y reduciéndolas a cenizas.

Pero mantuvo la calma, presionando el cuerpo femenino contra el suyo en un posesivo impulso que fue acompañado de un gruñido bajo y ronroneante. Por la maldita mierda, que eso no iba a quedarse así.

En el fondo ya sabía que estaba pasando. El que ella considerase la muerte y dijera que ya no era una guerrera, eran las confirmaciones que él quería ignorar, pero no podía, deseaba estarse equivocando.

Localizar a un sospechoso que el General quería interrogar, el imbécil que debía darme todos los detalles, perdió el pergamino con las indicaciones detalladas. Así que a ciegas tuve que buscarlo y apresarlo —conforme hablaba, dejaba que sus caricias, llegasen a ese fino cuello de modo que cosquilleos juguetearan con los sentidos de la rubia, bajando un poco su semblante y apoyar su mentón y mejilla en esa cabeza femenina— al final, lo encontré a las afueras de Krosan y el maldito era un dragón exiliado, perdido en la locura por la falta de la red —hizo una pausa recordando esa pelea que iban a tener— Estaba calmado, hasta que estalló y comenzó a despotricar contra todo, se transformó en dragón y tomó como rehén a una campesina.

Morena, con unos bellos ojos verdes.
Y al verla entre las garras del dragón...

Sintió que la adrenalina hizo corto circuito y se entremezcló con esos sentimientos conflictivos y en una bomba de recuerdos, quedó paralizado, cuando ella gritó por ayuda. Era justo, como esa mujer que aún gritaba en sus pesadillas y recuerdos. Era como un fantasma de ella, atormentandolo en el momento menos indicado.

El silencio se hizo en el rellano, él no detuvo sus caricias, pero sus labios sellados permanecieron así por lo que él podía llamar eternidades en segundos. Deslizando sus dedos por esa curva que llevaba al hombro femenino, rodeando este para dejar de contener el aire y continuar— Ella clamó por ayuda y me paralicé como un imbécil —confesó— alguna jodida mezcla de sensaciones me paralizaron y apenas si reaccioné lo suficiente para moverme lo necesario para que la garra del dragón atravesara mi hombro y no algo más. Dislocándolo, por supuesto.

Recordó como la garra había atravesado su hombro de una manera brutal, la sangre brotó manchando su ropa, dislocando la articulación y sumiéndolo en el extremo dolor vivo. Debió esperar a recuperar el control de sus sentidos y enterrar un cuchillo entre la piel y la garra. Haciendo que le soltara de una puta vez y tuviera que re acomodar el hueso y solo allí. Transformarse en dragón para confrontar al otro cuando soltó a la campesina y enfrascarse en una pelea, que con táctica y técnica pudo dominar— Ya luego me zafé y pude transformarme para reducirlo y dejarlo inconsciente —el mestizo, cerró sus azules, aspirando el aroma que ella le regalaba y sonrió un poco.

Mi mente es un huevo revuelto desde que he empezado a intentar aprender a replicar la señal que un dragón dejaría en la red —sin éxito por supuesto, lo cual lo llevaba a la deducción que solo funcionaría en forma dracónica. Sus dedos continuaron esas caricias que no parecían tener final. Remojó sus labios con su lengua, antes de morder el inferior y dejar que el silencio volviera a aparecer, reconfortante y tranquilo— Necesito eso, si quiero seguir aparentando ser un dragón, más ahora que me han ascendido —anunció por fin.

Un ascenso significaba una cosa: Lo vería seguido y las misiones ya no serían “el trabajo que no quieren hacer otros”, ahora serían misiones de extrema prioridad que no solían ser muchas. Él bajó su mentón un poco, sabiendo que ella buscaría sus ojos por ese comentario y cuando tuvo la visión cercana de sus cristalinos, esbozó una íntima sonrisa ladina, con un centelleo intenso en su mirada. Sintiendo el llamado de esa suave y tersa piel, a que le acariciara, un impulso que contuvo, atandolo con cadenas, anclas y toda atadura que tuviera en si. Pero que deseaba satisfacer.

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Mensaje por Yanara el Dom Sep 02 2018, 01:10

En ese hueco de pura tranquilidad, en el que me vi protegida y segura, mi cuerpo se relajó de una forma tan contundente que, de haber estado más cansada habría caído profundamente dormida. Era inexplicable que la respiración pausada, traducida en esas sutiles subidas y bajadas del torso del mestizo, y ese medio corazón, latiendo tan lento como el mío, conseguían hacer un eco en mi propio cuerpo que espantaba toda inquietud que tensara mi ser.

En lo que fue narrando toda esa respuesta a mi pregunta, no dejé de sentir ese sutil hormigueo que dejaban las yemas de sus dedos en mi piel. La leve curvatura de mis labios se ladeó por un momento—. Algo me dice que pudo ser tu humor lo que le hizo explotar. —contemplé, basando mis palabras hechas susurro en lo que conocía a aquel mestizo socarrón que siempre contaba con una broma en la recámara. Viniese a colación o no.

Pero, su historia desembocó a un tenso silencio, que evidenció esos malos recuerdos de Keith. No parecía que la historia hubiera acabado del todo bien. Pero, fue tal el silencio que no reprimí ese impulso de alzar un poco la barbilla para poder mirarlo—. Las mujeres siempre fuimos tu peor debilidad. —enuncié en el mismo tono, confidente e íntimo—. No pudiste dejar pasar la ocasión de ser nuestro salvador una vez más. —podía decir que tenía calado al mestizo, por todas esas horas de conversaciones que me enseñaron cómo era realmente. No obstante, tras esa sutil broma, mi gesto se suavizó, para observarlo con curiosidad. Sólo un par de segundos, antes de volver a acomodarme contra él—. Y... ¿qué pasó con ella? —daba por sentado que, gracias a él, había sobrevivido, más allá de un rasguño o el mismo susto que le había dado aquella bestia descontrolada.

Por suerte, Keith también estaba bien.

Pero ese anuncio que vino en esa última parte me pilló del todo desprevenida. Me incorporé un poco, apoyándome ahora en el codo, volviendo a mirarlo—. Vaya... —murmuré, en un principio, antes de fruncir el ceño con una media sonrisa que no sabía bien de dónde salió—... Enhorabuena. —me alegraba por él. Por Cedrik también.. De verdad que lo hacía. De todo corazón. Después de todo, yo era la primera que quería que consiguieran sus metas e incluso, ascendieran para poder vivir más cómodamente entre aquellos que les consideraban sus iguales. Pero, ¿eso no los alejaba de mí? No podía evitar caer en el cliché comparativo que era mi situación en declive, frente a esos prometedores ascensos. Porque, claro, alguien tenía que caer para que los demás pudieran subir. Agaché la mirada cuando una punzada de puro egoísmo, de repentina envidia malsana, me trajo una sensación de ardor al estómago, terminando tajantemente con esa sensación de calma y tranquilidad que me había abordado al llegar allí y dejarme cuidar por Keith.
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Negué ligeramente con la cabeza, apretando los labios por un sutil instante y tragar saliva—. Parece ser que la buena suerte os persigue a Cedrik y a ti... —esa sensación amarga volvía a extenderse por mi paladar. A lo mejor, demasiado rápido como para poder detenerla. Espiré sonoramente por la nariz, antes de elevar la mirada de nuevo, evitando deliberadamente la de Keith. La desesperante angustia volvía a presionar mi pecho, ahogándome, haciéndome inspirar con ansiedad—. Debería irme. —me terminé girando sobre mí misma para alcanzar el borde de la cama, en un movimiento que, contrariamente a lo que mis labios decían, denotaba aún menos ganas de volver a esa desgastante rutina. Me incorporé, con intención de no mirar al mestizo que dejaba atrás, olvidándome de mi propia ropa que se quedaba en el suelo, mientras yo me dirigía a las escaleras. Mis ojos quemaban, mis pulmones clamaban por aire... y mi corazón, inicialmente alegre por la suerte ajena, agonizaba ahora por esa lejanía inminente, como consecuencia de esas noticias.
Estaba siendo infantil una vez más, de una manera ridícula.




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Mensaje por Keith E Craig el Dom Sep 02 2018, 23:44

Quiso

refunfuñar por ese comentario que sabía que de alguna forma era verdad, un tanto distinta, claro está. El mestizo no era así de demostrativo con todas las mujeres, al contrario, solía ser cerrado, cuando las trataba en esa vida que llevaba, fuera del circulo cercano, para silenciar muchas cosas que solo confiaba a pocas personas. La rubia era una de ellas.
Las noches que tenía libre y no eran ocupadas por la compañía contraria, eran calentadas por mujeres que trabajaban en esos burdeles más “baratos” donde él podía entrar y salir sin intención de quedarse o dar ilusión alguna, a la acompañante que eligiese. Y nunca iba al mismo, no repetía noche, lugar u hora con nadie más, aun así, no las trataba mal o eso quería creer, ni siquiera cuando los tragos de más se le pasaban y solo buscaba llenar algo que no tenía nombre.

Luego de eso, estaban las mujeres respetables que trataba en sus horas de trabajo, como esa dragona aristócrata que había ayudado hace poco o la humana que había vivido para cuidar de él y Summer.

Y finalmente, estaba Yanara.
No, aún a pesar de su castigo, el mestizo jamás le había visto como una “prostituta” “meretriz” “fulana” o cualquiera de todos los términos que tuviesen para ese “oficio”.

Y por eso y varias razones mas, él nunca había sucumbido a ese dulce aroma que ahora inundaba sus sentidos y le reconfortaba, a la vez que él intentaba reconfortarla. ¿Lo había llegado a pensar? Si, en el silencio de su mente, un lugar donde se había quedado.

Había un gusto embriagante, en el saber que ella sabía que estaría siempre segura en su compañía.

La mujer de la que le había contado, había sobrevivido y se lo confirmó a la rubia antes de que ese “vaya” decorara el tono de voz que él supo interpretar, luego de esa noticia que había querido dar de la mejor manera.


Por suerte, la conocía lo suficiente para comprender sin esfuerzo cuando algo en ella se tornaba como una piedra en el estómago y como tal recordaba, el temperamento explosivo de Nara, brotó como un volcán, desbordando como ácido que quería escupir, pero contenía en esos gestos suyos que fueron tan transparentes para él. Su mirada lo dijo todo y sus palabras, pese a ser sinceras, contenían esa agria alegría. Que él no reprochaba en lo absoluto.

Los ojos azules del mestizo siguieron sus movimientos, acompañados de esa decepción en su rostro, ese atisbo de esa Nara que, si no estuviera tan agotada y emocionalmente, tan afectada. Quizá, dejaría escapar con mayor contundencia y solo por dejarla hacer un poco a su manera, le permitió levantarse, guiándose de ese olor suyo tan dulce y a su vez tan especial, entremezclado con el suyo, por llevar esa prenda que le pertenecía y escondía ese cuerpo que actuaba de recipiente para esa híbrida de feroz esencia.

Él apartó las frazadas y levantándose de un brinco, apresuró el paso tras ella, que apenas dejó llegar al borde de ese rellano, donde pudo alcanzarla y rodeando sus costados con sus brazos de una forma suave y diluida en caricias, se apropió de su abdomen.

Juntó el cuerpo femenino en ese abrazo cálido, sin dejar espacio entre su pecho y su espalda, sonrió al sentir lo pequeña que se sentía contra su cuerpo, como sus rubios cabellos desprendían un aroma embriagante y una atrayente sensación de “tranquilidad” junto a un rugir interno que lo hizo morder su labio inferior, atreviéndose a apoyar su mentón en su hombro derecho y juntar su rostro contra el suyo— No Nara... —dijo ronco, en un susurro cercano a su oído. No, no solo no debíaNo quiero —musitó de vuelta, acallando los diablos desatados que desperezaban a esa bestia incauta que era él y sus instintos vapuleados por esa mujer.

Sus manos cerraron esa compresa contra sus curvas, las que degustó sin caer en ningún tipo de ansiedad, evitando que ella se escapara de ese abrazo, permitiendo que su barba de tarde, cosquilleara la femenina piel de su mejilla y cuello— Quédate —¿ordenó? ¿reclamó? No, él solo lo pidió. Hundiendo sus dedos contra sus caderas y ese suéter suave, sin romper esa distancia que dibujó matices de electrificante añoro— Quédate —susurró una vez más contra su oído, apresándola, conteniéndola, dejando a su nariz, respirar sobre su piel. Y esperó por que entendiera que no la dejaría cruzar ese umbral, quebrando la distancia que ella había creado al llegar hasta ese punto, con sus manos firmemente ancladas a su pequeña cintura.

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Mensaje por Yanara el Jue Sep 06 2018, 22:45

Quería llegar a las escaleras. Con un poco de suerte, tropezaría, caía de mala manera y no llegaría al suelo con vida. O, de última, siempre podía volver a los acantilados y terminar lo empezado. Esa buena noticia sobre su ascenso había sido uno de los peores baldes de agua fría que podía recordar. Tal vez, por ese cúmulo de pequeños detalles que había contenido hasta ese momento. Hasta ese día en el que la vida me había superado con creces y me había hecho desear caer. Irme. Desaparecer. Sucumbir a la tranquila oscuridad y que me abrazase con fuerza para no dejarme ir nunca más.

Y fue justo en Keith, en quien encontré ese abrazo.

Sus manos sujetaron mi vientre, ejerciendo una fuerza que no pude obviar, deteniendo mi avance y toda expectativa de salir al exterior para poder siquiera respirar bajo aquella lluvia torrencial. Mi mano, viéndose libre, se agarró al pasamanos, por esa posibilidad de que el mestizo volviese a tirar de mí, lejos de las escaleras. Con la otra, me apoyé donde pude. No quería regresar a esa cama. Tampoco quería volver a la que tenía en la ciudad. La desesperación, la desesperanza, volvían a presionar mi pecho, a quitarme el aire, a mellar mi entereza pese a ese calor que ahora Keith me transmitía al tener su torso pegado a mi espalda. Su negativa y su deseo expreso de no querer dejarme marchar llegaron a pesar en mi alma y aliviarla por igual—. No... —musité con un suspiro, al borde del derrumbe. Estaba segura que de haber articulado más, ese titubeo inconformista y agotado habría sido del todo evidente.

Como así fue mi forcejeo, si era que se podía llamar así a ese intento que hice.

Quédate, había dicho. Como una petición tremendamente íntima. Mis ojos se cerraron, hasta apretar mis párpados, en lo que sentía que esa presión en el pecho, me aplastaba contra el cuerpo ajeno. Mi cabeza negó con suavidad. No podía quedarme. En mi mente ya había germinado la desesperanzada semilla de que no había lugar u oportunidad para mí. ¿Por qué parecía todo tan complicado? A pesar de todo, mi estado revelaba una sensibilidad que acusé con su aliento sobre mi piel. Un calor que en otras circunstancias, lejos de esa angustia que ahora agotaba mi cuerpo, habría encendido esa llama que acababa quemando cada noche, por trabajo. Por castigo. Pero no en ese momento. Nada más lejos de la realidad. Mi gesto se acabó congestionando paulatinamente, intentando calmar ese creciente escozor en mis ojos.

Quédate, repitió. Esa misma petición me sonó aún más suplicante. Como si el hecho de verme partir ya se le hiciera tan inaguantable como seguramente se me haría a mí. Porque, aunque no quisiera admitirlo, Keith parecía la única roca a la que aferrarme para salvar una caída estrepitosa y mortal.
Hasta que mi propio cuerpo suplicó por aire y fueron mis pulmones los que se abrieron, haciéndome inspirar de forma sonora. Fue en ese mismo instante, cuando rompí a llorar. Cuando sentí la cálida humedad de mis lágrimas recorrer mis mejillas, en lo que apretaba los dientes. Como si con esa fuerza mal empleada me ayudara a contener esa presa resquebrajada que por fin parecía romperse. Esa orgullosa guerrera que una vez llegué a ser, se manifestó en esa voz de viva frustración que sólo interrumpió un sollozo. Y un segundo, no me dejó respirar, hasta el punto de llevarme una mano al pecho, por instinto, queriendo normalizar una errática respiración que no atendía al control. Mi cuerpo entero temblaba por el llanto... y yo era incapaz de pensar en nada más que no fuera ese pozo negro al que parecía haber ido de cabeza. Tenía miedo oculto en ese manifiesto desasosiego que me había hecho incapaz de contener esa avalancha que ahora no me dejaba razonar, ni tomar control de nuevo sobre mí misma.
Sentí, con esa desazón que me llevaba a pensar que tardaría horas en recuperar la firmeza, que mis piernas flaqueaban, hasta el punto de desmoronarse, como lo había hecho toda fortaleza que me restara. Y fue así como me dejé vencer en peso, a pesar de que Keith me tuviera sujeta.




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Requiem for a dream (Priv.) Empty Re: Requiem for a dream (Priv.)

Mensaje por Keith E Craig el Dom Sep 09 2018, 20:08

Los

brazos del mestizo rodeaban ese menudo cuerpo femenino, deteniéndola de escapar de allí y llegar a las escaleras. Negándose a dejarla ir. Talos podía irse al carajo y ese antro de perdición también, podían buscarse otra a quien llamarle cómo diablos le llamaban y follarse ellos mismos si tanto les gustaba, sus dedos se hundieron en esa tela suave, comenzando a tomar nota de la inestabilidad que ella poseía, a su vez que un instinto primario de posesiva furia despertaba en él.

Eso y el miedo a lo que ella sería capaz en ese estado, atravesó su pecho, dejándolo en la cruda realidad de lo rota que estaba, allí, frágil e incongruente.

Testigo de cómo forcejeaba y combatía contra él, a sabiendas que estaba allí para ella— Si... —susurró en voz muy baja contra su oído, sosteniéndola firme, pero a su vez como si fuera lo más preciado existente en ese asqueroso mundo de mierda, una criatura que quería resguardar, incluso de sí misma. Por qué valía mucho para él, “pecando de egoísta” al no querer dejarla terminar con su vida— Sí, estoy aquí —dijo de nuevo en voz ronroneante y baja, contradiciendo todas las negativas que ella desbordaba verbal o físicamente, sosteniendo el cuerpo femenino, lo suficientemente junto para que no dejara de sentirse protegida y envuelta.

Mantuvo su rostro contra su cabeza, sus labios cerca de su oído, en ese íntimo abrazo de protección que él quería derramar sobre ella— Estoy ahora contigo — agregó No se te ocurra irte a ningún lado o dejar este mundo sin ti, dejarme a mi sin ti pensó entre esas esporádicas letanías de recorderis que vocalizaba— No iré a ningún lado —y no mentía. Ser militar en ese momento había pasado a un lejano tercer plano, en el que no le importaba en lo absoluto nada más.

Podían besarle el trasero.

Hasta que pudo sentirla boquear por aire, luego respirar violentamente y por fin, estallar en un llanto que le transmitió la frustración y el enojo que la poseían como espíritus malignos devoradores de almas. Sin soltarla, dejó que sollozara hasta que la tensión y el forcejeo fueran reduciéndose; Hasta que perdiera fuerza y su cuerpo se sintiera mucho más pesado. Solo allí, el mestizo, se permitió descender con ella en brazos hasta el suelo, ahora sí pasando sus brazos por sobre los de ella para hacerla sentir sostenida— Quédate conmigo –pidió, no siendo solo en ese momento, si no ella misma y su vida.


Keith, siempre había mantenido una distancia auto impuesta, con esa rubia que tenía en sus brazos ¿tenía sentido? No, no lo tenía. Ya no podía permanecer lejano y ajeno a cómo esa mujer se había marchitado de ese modo, como había llegado a ese punto en que sintió el cansado cuerpo temblar, agitarse y dejarse hacer. Su brazo derecho se cerró en torno a su espalda, hasta que capturara bien el brazo femenino con su mano y su izquierdo, la rodeó por el frente de modo que representara un soporte firme y en silencio apoyó su rostro contra la parte alta de su espalda, hundiendo su nariz en la tela del suéter y cerrando sus ojos azules.

Su mano izquierda, se deslizó por esos hombros suavemente, hasta hundir sus dedos entre esos cabellos dorados, haciéndola apoyar su cabeza contra su pecho y seguramente con su oído a nivel de su corazón y allí, permaneció. Depositó un beso sobre su espalda alta y luego en su cabeza. Luchaba contra la ira, contra ese rampage de violencia que ardía en su interior, por buscar al hijo de perra responsable de esa condena y mirarlo a los ojos, mientras le daba un pasaje al otro lado gratuitamente. Pero ella lo necesitaba allí, no en otro lado, allí, junto a ella para recordarle muchas cosas que había olvidado, cosas que tomarían tiempo, proponiéndose la obra titánica de reconstruirla.

La mano en su espalda, empezó a acariciarle de arriba hacia abajo, masajeando, creando sensaciones cálidas que la ayudaran en medio de ese llanto a saberse segura, que podía llorar todo lo que deseara y él la sostendría. No la detuvo, era una buena señal el escuchar sus sollozos y que por fin dejara salir ese amargo dolor que la estaba consumiendo, a la vez que repasaba sus rubios cabellos, enredando sus sedosas hebras entre sus ásperos dedos, no limitándose para nada con cada caricia que regalara sobre ese cuerpo bendito y agotado; Por su cuello, sus hombros, espalda y costados, demostrando con gestos nimios e íntimos un silencioso apoyo que estaba diseñado, solo para ella.

Acompañados solo por los relámpagos a la distancia, la lluvia que tormentosa caía sobre esa tierra y chocaba contra el techo de la cabaña, donde el fuego abrazaba la nueva madera con furia. Nimiedades que les acompañaban a ambos en ese rincón, donde él intentaba salvarla de ese abismo oscuro y amargo, depositando un último beso en uno de sus hombros, cerrando sus ojos.

Faniahh/Lala/Cyalana






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Mensaje por Yanara el Lun Sep 10 2018, 23:24

Fue el llanto desconsolado e imparable, esa válvula que yo necesitaba para canalizar toda esa frustración acumulada en esos cinco últimos años. Sollozo tras otro, mi cuerpo temblaba entre sus brazos, demasiado ocupada por calmar la ansiedad que latigaba mis pulmones a suplicar por más aire, mientras yo misma hacía por querer calmarme, siendo un fracaso rotundo.

Ambos acabamos arrodillados, en el suelo. Keith, con gesto impropio de infinito cariño, tiró de mí, buscando una postura que me permitiera hundir el rostro en su pecho, cerrando mis ojos, mientras él me rodeaba en un abrazo calmo pero significativo. De hecho, llegué a sentir que no quería soltarme. No, al menos, mientras fuese incapaz de dejar de llorar. Mi mano derecha se aferró a su brazo izquierdo, llegando a anclar las yemas de mis dedos en su piel descubierta.

Sus murmullos y peticiones, sumados a ese pausado ritmo de su corazón, que había estado escuchando antes en aquel lecho que habíamos llegado a compartir, supusieron alicientes a los que aferrarme para volver al mundo real. Mi refugio en aquella extraordinaria tempestad que azotaba mis cimientos hasta el punto de no saber quien era y quien había podido llegar a ser.

No obstante, no supe cuánto tiempo pudo llegar a pasar, en aquel rellano, escuchando aquel latido lento, y la incesante lluvia por igual. Una canción que se me antojó perfecta para que aquella semilla de tranquilidad volviera a germinar. Poco a poco, mi llanto fue remitiendo, con extraordinaria parsimonia, pero mi mano no menguó su agarre ni mi rostro abandonó ese hueco en su torso, dando clara muestra de cuánto quería esconderme y huir del mundo aquel.
Mi respiración, lenta pero inexorablemente, se fue normalizando, y mi cuerpo dejó de temblar, en ese abrazo reparador. Aún mantuve mis ojos ocultos a la poca luz del día que pudiera colarse en la casa, alargando la estancia en aquel refugio, un poco más. Terminé dejando que fueran mis labios los encargados de liberar el aire cálido de mis pulmones, estrellándose con esa piel del mestizo, contra que apoyaba mi propio semblante. Fue ahí cuando pude pensar con algo más de claridad, castigándome internamente por ese arranque egoísta e infantil que había llegado a tener. Ninguno se merecía que pagara con ellos mi cada vez más inestable carácter—. Me alegro que hayas podido ascender... —murmuré finalmente, en un susurro roto, exhausto y, sin embargo, del todo sincero.




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