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Mensaje por Eara el Vie Ago 24 2018, 02:54

Para la misteriosa Lady Eara, las noches, era una de esas pocas partes del día en la que no atender sus negocios y sus quehaceres para el continuo crecimiento del pequeño Imperio  de licores Crane le permitía ir más allá del protocolo y la vida de continuo y arduo esfuerzo a la que se había acostumbrado desde que había llegado a Talos, hacía ya tantos siglos tras la muerte de su padre, Lord Crane. Algunas veces escapaba, solitaria, a los lugares de la baja Talos, mezclándose entre las gentes queriendo sentirse común, porque ella se consideraba así misma así. Era sencillamente alguien más. La fama ganada y el aire de comentarios sobre su nombre a veces le atosigaban, por eso recurría al misterio y a la reclusión, al protocolo y a la dificultad de llegar a ella de forma personal.

Otras noches, como esta, andaba como era costumbre verle: rodeada y acompañada de sus fieles y leales doncellas. Todas y cada una, mujeres que estimaban mucho a Eara.

Eara era una dragona que había vivido en carne propia el sufrimiento, el dolor. Había experimentado el odio y la tristeza. La soledad y la desconsolación. Era testigo vivo de los horrores que un dragón era capaz. Por eso, su conexión con los humanos era quizá una de las más fuertes que podían existir, y como miembro de la raza dragonica, sabía que debía demostrarse así misma que era mucho más que lo que los humanos veían en los dragones. Lo sabía porque aunque los recuerdos más perturbadores eran aquellos en lo que su padre se volvió un monstruo, también recordaba que en algún punto de su infancia, su padre sonreía al lado de su madre, y buscaba junto a esta un bienestar para la raza humana. Algo que iba más allá de los horrores de la guerra. Eso que hacía a los dragones realmente diferentes a los humanos y daba un valor agregado a aquella en la que Eara había encontrado refugio cuando más lo necesito, la Diosa y Madre de los dragones: La Reina Madre. En aquel entonces, en ese tiempo que guardaba en sus memorias con recelo, memorias felices que le daban fuerza para continuar hacia adelante, tenía un nombre por el cual hoy no le agradaba ser llamado: Lirio de Edén. Fue llamada desde niña porque tuvo la virtud de gozar de una innegable belleza desde que nació, pero más que belleza, el significado de aquel nombre simbolizaba lo que Eara era en aquel tiempo, alguien lleno de bondad e inocencia.

Blanquecina cual lirio.

La dragona de tez blanca y hermosa apariencia había llegado al Castillo en su carruaje, acompañada de su leal y fiel cochero. Aquella noche, simplemente iba de la Destilería Crane, en las afueras de la ciudad, hacia la Mansión Crane, en la parte alta de la ciudad, tal como era costumbre cuando debía apersonarse en el negocio a atender y notar por ella misma como iba la producción de licores, le agradaba saber que el producto que ofrecía era de calidad, era parte de mantener y recuperar el buen nombre de su familia, pero en el viaje, había recordado que aquella noche era particular. Indicó a su cochero que desviarían al Castillo, a lo que le replicó, dado que estaba cayendo la noche y le preocupaba la seguridad de su señora, pero esta le invito a no preocuparse, pues el Castillo era un lugar más que seguro no solo para ella, sino para él.

La dragona de carnosos labios sabía lo que ello significaba, un evento único que era visible cada cierto tiempo bajo la hermosa luz de la luna llena. Lo había observado muchas veces en el tiempo en el que el Castillo fue su refugio cuando llegó de Edén y no tenía absolutamente nada.

Era una noche fría, así que iba abrigada. Esta noche había decidido llevar encima de sus vestiduras negras un abrigo de piel color café. Era más que suficiente para poder estar a gusto con la temperatura natural de su cuerpo. Llevaba el cabello suelto. Al llegar al puente levadizo de Castillo, siendo ya la noche, los guardias pidieron ver quien iba dentro, y al ver de quien se trataba, se apresuraron a dejarle entrar sin problema alguno. Para los dragones, el rostro de Lady Eara era bien conocido gracias a la red que los unía, pero su personalidad, su hablar, su psicología, un misterio total envuelto en rumores y cuentos de camino del cual solo uno podía considerarse cierto: su envidiable belleza y su codiciada fortuna.  

El cochero estacionó el carruaje en las grandes estancias de la parte principal, y abrió la puerta, para que Lady Eara bajase. Se aseguró estuviese bien, y se aventuró a internarse en el Castillo. Los soldados que encontró en su caminó le saludaban con cortesía, era sorpresivo que la misteriosa señora hiciera acto de presencia. Aun así, la dragona estaba acostumbrada a esas manifestaciones de sorpresa. Otros dragones, simplemente no le prestaban más atención de la necesaria, cosa que ella agradecía en sobremanera. En cada paso, recordó gratos momentos en aquel lugar, el lugar donde la Madre acogía a sus hijos sin pedir nada a cambio, donde le acogió a ella cuando lo necesitó.

Llegó hasta el lugar al que deseaba llegar, y miró con agrado en sus ojos como la noche cubría los extensos jardines en los que muchas veces se había perdido, admirando su belleza.




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Mensaje por Templar el Vie Sep 14 2018, 19:52

La noche había empezado con bastante tranquilidad y por suerte aquel día no debía ocuparme de ningún informe o interrogatorio por lo que podía gozar de tiempo para atender otros que haceres que todo inquisidor debía pensar en ejecutar cuando tuviera tiempo. Me refería a que los inquisidores también nos debíamos ocupar de la seguridad del propio castillo pues, si los guardias estaban allí para algo, pero los inquisidores teníamos aun mas deber de proteger a la reina madre que todos los guardias allí presentes que eran tanto dragones como humanos.

Había dejado mi despacho atrás y me había dirigido a la murallas que rodeaban el castillo para poder ver que todo en la ciudad estuviera bien y que nada se estuviera preparando en los alrededores del castillo. Con los resistentes por ahí sueltos no me fiaba absolutamente de nada, si una vez ya organizaron un atentado en las montañas quien nos decía que no intentarían alguno en el mismo castillo; era por eso mismo que estaba asegurándome que todos los guardias estuvieran en su lugar y cumpliendo con sus obligaciones.

Justo cuando estaba sobre la entrada del puente levadizo vi como un carruaje era detenido y como los guardias asignados abajo procedían a verificar quien estaba dentro del carruaje y por la prisa que se dieron los soldados debía tratarse de alguien importante así que seguí con la mirada a aquel carruaje hasta que se detuvo para ver como una mujer de hermosa figura y un gran porte bajaba del carruaje y se dirigía al interior del castillo. Desde donde estaba no había podido divisar de quien se trataba así que decidí ir a averiguarlo.

Caminaba por los pasillos del castillo tranquilamente, con aquel porte de seriedad tan característico mío, al igual que la costumbre de caminar con las enguantadas manos entrelazadas a mi espalda. Muchos guardias me saludaban a pasar e incluso otros inquisidores a los cuales me cruzaba me saludaban y con alguno mediaba alguna palabra antes de seguir mi camino. No sabía exactamente donde había podido ir aquella mujer que había visto desde las murallas pero algunos rumores de algunos aristócratas me dieron alguna pista de donde dirigirme.

Finalmente mis andares me llevaron a los jardines del castillo y allí, con mi único ojo sano, pude ver a aquella mujer que había visto descendiendo de su carruaje. Me quedé unos segundo quieto observandola en completo silencio hasta que pude descubrir de quien se trataba. Se me conocía por ser un inquisidor que rara vez sonreía aun así me acerqué con pasos tranquilos a la dama que estaba enfrente mía para saludarla. -Buenas noches lady Eara, un gusto conocerla.- Le dije con total cortesía aunque mi tono sonara con mi mas típica seriedad. -¿Disfrutando de la hermosura de los jardines bañados por la luz de la luna?- Pregunté aunque la respuesta era mas que obvia si la dragona se encontraba en aquel lugar nada mas haber llegado de su viaje.




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Mensaje por Eara el Sáb Sep 29 2018, 02:11

La misteriosa dragona del imperio del fuego había ido en busca de aquellos viejos recuerdos, los cuales atesoraba con especial melancolía en su corazón. Momentos como el que la dragona quería presenciara aquella noche de luna llena, eran una conexión directa a memorias agradables que la hermosa dragona tenía consigo y llevaba siempre, siendo esos, los impulsos de la lucha que daba día a día por ser una digna representante de los deseos de paz que la sociedad dragonica, y en especial, la raza dragonica de alta clase social de la piramidal sociedad que habían construido, debían representar.

Momentos que recordaban la niñez en Edén, antes de que la sombra, la oscuridad, la tristeza y la muerte convirtiesen su cálido hogar en el infierno que jamás espero vivir a manos de su progenitor.

Aquellos jardines, el lugar más hermoso del Castillo de Talos, guardaban entre cada una de sus verdosas hojas, encriptados en distintos arboles de tantas y muchas clases, los momentos de soledad en los que la dragona de tez blanca buscaba recluirse. Llenos de todos los tipos de flores y rosas que pudiesen ser encontrados, la dragona recordaba con especial cariño el momento en que había descubierto esa belleza al lado de su madre cuando esta aún vivía, en los jardines de la primera Mansión Crane, en Edén. El abrir de una flor bajo la luz de la luna, un evento que ocurría solo cuando la luna estaba sobre el firmamento, llena, y daba paso al florecer de la Epiphyllum oxypetalum o como era llamada: Flor Luna. Cuando lo había descubierto en su nuevo hogar, en donde había decidido iniciar de nuevo, la belleza oculta en los jardines del Castillo de Talos, Lady Eara apenas tenía meses de haber llegado a Talos y como muchos otros dragones, antes de tener la Mansión Crane, vivía en las habitaciones del lugar, gozando como lo había hecho desde hacía mucho de la gracia y la benevolencia de la Diosa Madre. La dragona que le dio paz en los momentos en donde más lo necesitó y hoy por hoy seguía siendo la dragona a la que debía ser quien era, habiendo puesto una paz en su corazón la cual ella quería que imperase en los difíciles omentos que atravesaba la ciudad.

El Castillo, en ese tiempo en donde no tenía nada, se había convertido para ella en más que un simple lugar donde descansar. Con su padre declarado muerto, para su tranquilidad, Eara no tenía nada, y desde ahí, cuando decidió dejar atrás todo lo que dejo en Edén, queriendo huir del odio en el cual temía caer, convirtiéndose en un ser igual de despreciable como su padre, había empezado siendo nadie. Una dragona más que hoy por hoy gozaba de una fortuna la cual muchos dragones codiciaban haciendo de su nombre uno de los que más rumores tenían consigo.

Rumores que se entrelazaban en sí, tejiendo una red de misterio tanto para dragones como hombres por igual.

La hermosa dragona de tez blanca había esperado estar sola, pues los minutos que sobrevinieron le fueron gratos y agradables dejándole en un silencio sublime que le robó de sus carnosos labios una sonrisa que se dibujó, de forma simple, resaltando en su rostro. Era la risa del recuerdo grato, de las sensaciones de la vida antes de la sombra que Lady Eara había tenido que atravesar, obligándose a hacerse una mujer fuerte hoy. La que todos creían conocer. El espejo roto que no estaba dispuesto a dejar que sus trozos fuesen algo de lo cual pudiesen ver y hablar.  Tal como había ocurrido hacia unas noches en los callejones de Talos, pocas veces era común ver a Lady Eara sonreír de manera tan natural. Una risa que se alejaba de todos los rumores y que solo los más allegados a ella, sus doncellas, las esclavas que le servían en todo cuanto necesitaba, conocían de su señora.

El tono de voz masculino que rompió la quietud de aquella noche le tomo de imprevista y se sobresaltó un poco. Estaba perdida en su propia mente, evocando cálidos recuerdos. Con posición firme, recuperó la compostura y de forma delicada, giro su cuerpo, y respondió el saludo del dragón. Por el traje, supo bien que se trataba de los dragones con los que siempre había intentado interactuar lo menos posible: Inquisidores, pero eso no había sido lo que más le había llamado y captado su atención, aquello, fue secundario cuando notó el parche sobre el ojo del otro. Pocas veces se veía a dragones con heridas tan visibles.

Al momento no respondió nada, pero se obligó a hacerlo. No podía permitirse que su silencio fuese motivo de incomodidad para el otro por el rasgo distintivo el parche. No era el comportamiento de una dama. –Disculpad, creí estar sola. Os lo agradezco, es un honor para mí también, My Lord.– Dijo, con una sonrisa amable y un tono neutro.    

–Supongo que os debe parecer extraño, pero hace mucho que no venía. Tengo gratos recuerdos entre estos jardines.– Mencionó, mirando de nuevo el lugar. –Y a vos, ¿qué os trae aquí?– Preguntó, de forma cortes.




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