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Same city, different faces [Methild]

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Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Lun 20 Ago - 21:49

            Dayanara había empezado a apreciar las noches de luna llena. De pequeña aquella abrumadora falta de luz siempre le había inspirado un terror primitivo, un temor infantil e irracional que le susurraba que si esta noche no había luna era posible que mañana no hubiera sol, y se quedaría atrapada en una eterna negrura. Ahora que dormir se había convertido en una odisea había empezado a apreciar esas noches despejadas, silenciosas, en las que las estrellas eran la única compañía. Llevaba siete meses sin dormir ocho horas seguidas. Al principio era la soledad. Su nuevo amo, después de marcarla, la había lanzado a las entrañas de aquella casa desconocida sin decirle si quiera cual sería su lugar. Jeremiah le había adjudicado una habitación que podría tener alguna dignidad si lo llamaran “cuarto de las escobas”, pero como habitación dejaba mucho que desear. Era un cuartucho diminuto, con el espacio necesario para un catre viejo con un colchón duro y un baúl sin cierre, situado en la planta baja, al final del a casa. El ventanuco, con el marco tan hinchado por el tiempo y la humedad que a duras penas sostenía los cristales, daba al jardín. Con la llegada de la época de lluvias había descubierto que el agua se filtraba a través y empapaba el suelo, una de las razones por las que no podía dormir, pero eran varias.
            Al principio simplemente lloraba. Muy bajito, a susurros, atravesada por una mezcla de sentimientos. Miedo, incertidumbre, el dolor de la marca de esclavo, la esclavitud… Cuando el luto por su libertad pasó, empezó a perseguirla la soledad.  No estaba acostumbrada a dormir sola, en su hogar compartía habitación con Alastor, su hermano mayor. La ausencia devastadora de su respiración, el frufrú de las sábanas cuando se movía, todos aquellos pequeños detalles que le inspiraban tranquilidad y seguridad, a los que tan acostumbrada estaba, habían desaparecido. De hecho, la mayor parte de las noches se habían visto sustituidos por la algarabía sexual del amo Methild en sus habitaciones: el segundo motivo por el que muchas veces no podía dormir, abrumada por el escaso pudor de los gemidos que atravesaban paredes, o el golpeteo constante de los muebles contra las paredes. Después estaba aquella vaga sensación de vacío que le reptaba por las entrañas, la consciencia de ser una extraña en un lugar al que le habían atado de por vida, una cama que no podía reclamar como suya, una casa que jamás sería un hogar, personas a las que no podría llamar nunca familia. Ese fantasma la perseguía, le regalaba pesadillas  en medio de la noche, susurrándole horrores al oído hasta hacerla despertar.
            Aquella noche era una mezcla de todo un poco. Dayanara arrastró sus pies descalzos por el pasillo del servicio, palabra elegante para designar a los esclavos, hacia la puerta trasera que daba al pequeño jardín. Con su llegada las condiciones del mismo habían mejorado bastante, Jeremiah le permitía pasar allí en sus escasas horas de ocio. Desde que la recibió en aquella casa había sido amable, y tardó poco en entender el consuelo que significaba para Dayanara ver los tallos crecer. Se guió a través de las manos, sin la luna ni un candil no podía hacer más, pero conocía los caminos de la casa, al menos los que solía transitar. Fuera, la noche era oscura y fresca, un escalofrío le subió por los brazos desnudos. Se sentó junto a la puerta, la espalda pegada a la pared y la mirada perdida en las estrellas. Allí incluso el cielo parecía distinto.
            La puerta se abrió despacio. Daya se encogió como un conejillo buscando abrigo en su madriguera, con la diferencia de que ella estaba totalmente expuesta. Para su alivio sólo era Jeremiah, con un cuerno en la mano.
            —Oh, eras tú. Escuché la puerta pensé que algún imbécil estaba intentando colarse. —Le dio un trago al cuerno antes de continuar. Por la mueca de su rostro contenía algo con alcohol—. ¿No puedes dormir?
            Tomó asiento a su lado. Dayanara se encogió de hombros antes de tirar suavemente del bajo del camisón para cubrirse las piernas.
            —Nunca puedo dormir.
            Jeremiah alzó el cuerno en una invitación silenciosa. Ella miró en derredor primero, temerosa de que alguien los viera.
            —Está Lisbeth arriba, estará entretenido. Vamos, hace frío, te hará entrar en calor. —Tenía razón. El vino tinto estaba ligeramente avinagrado, le bajó caliente por la garganta, provocándole una andanada de toses. Jeremiah no pudo evitar reírse ligeramente, dándole golpecitos en la espalda—. Vamos, vamos… No está tan fuerte.
            —¡Es horrible!
            —Pero funciona. —Alzó el cuerno y le dio un buen trago. Dayanara se acercó las rodillas al pecho, incapaz de admitir que en eso tenía razón. Pasada la quemazón un agradable calor se le había instalado en el vientre, irradiando del estómago, por los brazos, hasta la punta de los dedos—. Volverás a dormir. Solo necesitas un poco más de tiempo.
            —Mmmju… —asintió Dayanara, sin mucha convicción—. ¿Tu tampoco podías dormir?
            —Se me ha hecho tarde con los libros de cuentas. Después ha subido Lisbeth y… bueno,  conciliar el sueño será complicado durante un buen rato.
            Jereh le guiñó el ojo y le dedicó una media sonrisa. Un amago de risa se formó en las comisuras de Dayanara antes de ser sustituido por un liviano sonrojo. Desvió la mirada y los dos se quedaron compartiendo el silencio roto del jardín. Las lejanas luces que iluminaban la ciudad titilaban del dorado al rojo, centellando como reflejos de las estrellas en un mar de tejados y chimeneas. En algún punto lejano de aquel océano estaba su hogar, y su familia. No quería pensar en ellos pero terminaban por volver irremediablemente a su corazón. Jereh la miró de reojo. Parecía más joven de lo que era, había perdido peso y a cada día sus ojos perdían un pedacito más de su luz. No era fácil ser un liberto, pero aquella niña le recordaba continuamente que él había dejado atrás lo peor. La cicatriz de su omóplato, gemela a la de Dayanara, empezó a picarle. Ver así a esa chiquilla le ablandaba el corazón. Le puso una mano en el hombro con suavidad.
            —Hace frío, y mañana tenemos que madrugar. Ven, te daré algo de cera para los oídos.  
            Dayanara miró la mano que le ofrecían antes de tomarla, primero con una ligera resistencia, después con resignación. Lo decía por su bien. Su peso era liviano al ponerse en pie. A pesar de que tenia los pies helados el suelo estaba mas frío todavía. Dentro los sonidos provenientes de la planta superior habían cesado, Jereh y Dayanara compartieron una sonrisilla cómplice mientras avanzaban, pasando por delante de la puerta de las cocinas. El brillo de unos ojos azules detuvo los pies de Dayanara, que se quedó quieta con la misma expresión que le ponen los cervatillos a las puntas de las flechas.
           — Methild. .. -Saludo Jereh despacio, con precaución.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Lun 20 Ago - 23:34

La vida que siempre había deseado era ésta, pero Methild era incapaz de conformarse: allá donde fuera, lograra lo que lograra, necesitaba superarse, necesitaba obtener mejores bienes; necesitaba ambicionar, aspirar a algo más que lo que tenía. Conformarse era para tontos. Detalles tan simples como el hecho de pasar de tener un par de esclavos a tener uno más lo decía todo.

Ésta nueva esclava, relativamente reciente (siete meses llevaba en casa) era una novedad, empero: Methild sabía que se trataba de su hermana, de una persona que compartía sangre con él. Cómo lo había descubierto y por qué la había llevado a casa son temas que podemos ir contando poco a poco, sin necesidad de estructurar en demasía un concepto que conforme pasen las líneas irá quedando claro. Lo importante actualmente está en cómo veía Methild a ésa chica hasta esa noche: como una esclava más. Desde ahora en adelante, eso cambiaría, sea a mejor... o a peor.

Los gemidos y los golpes se exteriorizaban al gozar al unísono con su esclava personal, Lisbeth. Era una mujer conformista, del tipo que no caería en gracia a Methild. Si exigía y disfrutaba de sus servicios sexuales, era por lo bella que era y por lo atribuido que era su cuerpo. Lejos de sentir que estaba forzando a alguien, Lisbeth disfrutaba con lo que sucedía. Methild no era estúpido: sabía que tenía cierto interés en lo que hacía. Quizá quería contar con según qué clase de ventajas, o con simple protección, por parte del híbrido. No la disuadiría de su idea siempre y cuando se mantuviese tan obediente y servicial como lo había hecho hasta ahora.

Centrado en la faena que pronto terminaría con un mutuo orgasmo, Methild entornó los ojos en cuanto un sonido ajeno al ajetreo de la habitación lo despertó de su ensueño repleto de pechos y pasión. Voces. En el exterior. ¿Del jardín venían?

Cerró los ojos y rodeó el cuello de Lisbeth para centrarse una vez más, pero esas voces persistieron; hicieron que se sintiese como un loco, como una persona que escucha cosas que no debería escuchar. Methild era fácil de desconcentrar en según qué cosas, y ésta resultó ser una de ellas. Apartó a Lisbeth con furia y se acercó enteramente desnudo a la ventana para observar el jardín.

Allí estaba Dayanara, su hermana; ésa mujer con quien compartía color de ojos y que contaba con una sorprendente belleza física, al igual que él. Acompañada por el esclavo más liberto que Methild tenía y tendría jamás. Aunque aún seguía sirviendo al híbrido, ése chico, por su forma de ser, se había ganado parte de su respeto. Quizá aún a día de hoy se mostrara en parte cruel con él, y quizá le echara la bronca en más de una ocasión por minucias, pero Jeremiah era un buen chico del agrado de Methild.

¿Pasa algo? —preguntó Lisbeth, apoyando la mano en el hombro forzudo de Methild; cubriendo su físico con la sábana blanca, como si tuviera algo que esconder, o como si escondiera algo que Methild no hubiera visto, tocado y degustado hacía unos instantes, apoyó a continuación la barbilla en ése mismo hombro y suspiró—. Vuelve la cama a hacerme mujer.

No olvides quién da las órdenes aquí, mujer. Vuelve tú a la cama y espérame. Si no vuelvo, quédate de todas maneras. Hoy dormirás en mi lecho.

Tiró de su cintura para besar sus labios con una sonrisa y luego se acercó a su ropa interior para ponérsela. Salió de la habitación e inmediatamente bajó a la cocina para atravesarla, cerrar la puerta y dirigirse hacia el jardín. No resultó necesario recortar la distancia que lo separaba del edén, el cual sería presente de una verdadera bronca, y él. Allí, después de un segundo, aparecieron Jeremiah y Dayanara.

Jereh —saludó Methild de vuelta con una sonrisa y esbozó un gesto con la mano—. ¿Qué, disfrutando de ésta hermosa noche? Es bonita, ¿eh? Lo suficiente como para que olvidéis dónde estáis. ¿Qué pasa, es que no os come la lengua el gato en los momentos más oportunos? Si habláis fuera, si hacéis ruido mientras intento desquitarme con una insignificante esclava, no entiendo cómo no recogéis vuestros bártulos para dejar Talos atrás cuanto antes. ¿Queréis provocar la ira del dragón? ¿Es éso?

Methild, ¿pasa alg...?

Lisbeth dio un paso atrás al ver cómo Methild alzaba el puño. El híbrido se detuvo a medio camino, sintiendo que las venas se le hinchaban allí donde el cuello se le veía. Tomó aire, intentando controlar sus nervios, y por un segundo, imperó el silencio.

Vuelve... a tu... habitación. Me pagarás haberme desobedecido. No volverás a hacerlo.

Temerosa, Lisbeth se apresuró a obedecer. Antes de que pudiera dar un paso más, Methild tiró de la sábana para descubrir su cuerpo desnudo frente a los otros dos esclavos. Esa sólo era la primera muestra de vergüenza que le entregaría antes de castigarla con una noche de sexo salvaje. Mordería la madera del armario hasta sangrar por la boca.

Methild observó cómo subía las escaleras y, cuando desapareció, giró raudamente su cabeza hacia los otros dos. Dio varios pasos hacia ellos, con una mirada y un aire que se traducían como "peligro". Miró fijamente a Dayanara. Le tenía cierto resquemor a su hermana porque no había querido hablarle del paradero de su madre. Claro está, para Dayanara, que no sabía que Methild era su hermano, dar información acerca de su progenitora era impensable. Methild no era más que un desconocido. Por tal afrenta, Methild la había esclavizado y puesto a su servicio. Sabía que se la tenía jurada, así que si seguía desafiándolo, las cosas llegarían a mucho más.

Para vosotros, hoy no habrá lecho en el que dormir. Tendréis una hora de sueño máxima. Si no despertáis por cuenta propia, os tiraré agua fría encima. Hasta que salga el sol, vais a estar trabajando: limpiad toda la casa. Si ya lo habéis hecho, volved a hacerlo. Vuestra miserable presencia ensucia estos lares. Antes, vais a explicarme si por lo menos tenéis un motivo para estar ahí fuera y perturbarme en medio de un polvo. Por vuestra culpa, ése polvo se ha interrumpido; y por vuestra culpa, no mostraré gentileza alguna con el cuerpo de ésa esclava. ¿Os motiva esa idea? ¿Saber que le va a doler considerablemente?

Methild sonrió con mezquindad, pero también con un toque de sadismo. Le gustaba explorar reacciones en sus esclavos, investigar y analizar sus comportamientos, como si fuesen conejillos de indias. Miró especialmente a Dayanara mientras se aproximaba a ella sin dejar de sonreír para acariciar su rostro. Le gustaba recordarles que les pertenecían.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Mar 21 Ago - 1:14

Jereh contuvo el instinto de sujetar el cuerno con más fuerza. Había temido a ese hombre en otro momento de su vida, cuando no era nada, ni nadie, y su mejor opción había sido arrastrarse hacia el primer dragón con la bolsa llena, pero conocía lo que escondía debajo de toda esa ira. Dayanara, por otra parte, desvió la mirada de aquellos ojos y casi fue peor que haberse quedado atrapada en aquellos pozos azules que podían ahogarla con una mirada. En el camino de vuelta a mirar sus pies sus pupilas atravesaron toda la altura de Methild. Tardó un segundo en darse cuenta, ni siquiera lo estaba mirando cuando un arrebol violento se apoderó de sus mejillas. ¡Estaba desnudo, por la Reina! Técnicamente no del todo, pero el recuento de hombres desnudos que había visto Dayanara se reducía a uno, y era Alastor.
           La bravata de Methild sonaba propia de alguien que había estado bebiendo, a pesar de que era Jereh el que portaba el cuerno de vino. Estiró el brazo para depositarlo sobre una de las superficies de la cocina. Podía ver venir la tormenta, lo último que necesitaba era que le regaran con vino barato. Iba a abrir la boca cuando Lisbeth hizo acto de presencia en la habitación. Como si hubiera activado un resorte, la ira de Methild se desvió hacia ella en la primera oleada.
           La amenaza de un golpe directo la hizo dar un paso hacia atrás, alzando ligeramente una mano para protegerse. Su cara tenía un valor irremplazable, no podía permitirse una semana con moratones. Lejos de amilanarse, expuesta y humillada, Methild sacó pecho y se marchó dando pisotones, luciendo su desnudez como si fuera una armadura contra la crueldad desmedida de su amo. Jereh siguió su estela con la mirada, no mirando su cuerpo sino juzgando su reacción. Aquella ingrata estaba dispuesta a jugar con fuego hasta que la quemase.
           Jereh no se movió de donde estaba aunque su primer instinto fue el de interponerse entre Dayanara y Methild. Conocía bien la furia de ese hombre, los arrebatos injustos, crueles, y estaba a punto de desatarse uno. Ella, por otro lado, se sentía hacerse más pequeñita a cada segundo. El calor del sonrojo, el pudor y el miedo la asfixiaban despacio, pero ineludibles. Se encogió visiblemente cuando el perfil de Methild se recortó demasiado cerca. Podía sentir en las papilas gustativas el olor de su amo. Una mezcla de sudor, besos y carne caliente que le resultaba absolutamente desconocida: el olor del sexo.
           —P-pero…
           Alcanzó a tartamudear, arrastrada por la frustración. Se levantaba cada día con el alba para preparar el desayuno mientras Lisbeth dormía después de sus trasnoches en el lecho del amo. Tenía que fregar todo tipo de utensilios, preparar los fuegos, los servicios de cubiertos, y una vez servido el desayuno del amo podían desayunar. Después el día se resumía a todo tipo de quehaceres domésticos que Jereh gestionaba. Ahora mismo estaba cansada, no dormía precisamente por culpa de Methild, del ruido que hacía al desahogar sus necesidades, del miedo que le metía en las entrañas todas las cosas que Methild podría hacerle con total impunidad. Casi debería estar dando las gracias por que la mandaran a limpiar… otra vez.
           —Yo —dijo Jereh — no pienso limpiar ni el más asqueroso de los azulejos de esta casa, Methild, ya no te pertenezco y harías bien en metértelo en la cabeza. —La determinación de sus ojos era firme, inamovible. No estaba libre tampoco de ser una amenazaba. ¿Con cuántos amigos podía contar Methild? Él era el único que, a pesar de todo, seguía allí—. Lo que hagas con tu esclava de cama no me pesa en la consciencia, pero esto no es culpa de la chica. Ha sido cosa mía, yo la invité a salir. —Mentía demasiado bien para haber sido un esclavo. La libertad le daba a un hombre unos valores que lo hacían sentir revitalizado—. Si vas a dedicarte a reventar a Lisbeth por donde más te plazca, y esta la obligas a limpiar, ¿quién te quedará mañana para ocuparse de la casa? ¿Las compras, la comida? Sin contar con que debes tener otro libro de cuentas del que yo no tengo ninguna noticia, porque hasta donde yo sé, no puedes permitirte el aceite suficiente para mantener los candiles necesarios para limpiar encendidos durante toda la noche.
           Los dedos de Methild cruzaron el aire y se posaron en la mejilla pecosa de Dayanara. Todos sus músculos se contrajeron al mismo tiempo, fue incapaz de contener un jadeo atemorizado, el instinto de dar un paso atrás a pesar de que Jereh había dado la cara por ella.
           —N-no, por favor…
Alcanzó a gemir, incapaz de levantar la vista del bajo de su propia falda.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Mar 21 Ago - 11:16

Jereh era el único hombre vivo que quizá se atrevía a cuestionar así a Methild en su día a día. Lo miró fijamente mientras decía lo que decía y poco a poco esbozó una peligrosa sonrisa. Ambos eran amigos: por ello, había decidido liberar a Jereh. No obstante, había límites que debía recordar si no quería tener mayores problemas. Methild era un hombre paciente, pero no estúpido. Ése era su hogar y Jereh haría bien en recordarlo.

¿Y quién te ha dado permiso para invitarla a salir, eh? Quizá tú no seas de mi posesión, pero ella sí. Entre dragones, las pertenencias son muy importantes hasta que nos hacemos uno con la tierra y privan de ellas a nuestros seres queridos. Tú lo has dicho: ya no me perteneces. Éste es mi hogar. No lo olvides. Te habrás ganado mi respeto, pero no te has ganado el derecho a pulular lo que te venga en gana en éstos lares. Dayanara es mía y sólo yo dedico qué hacer con mis esclavos.

En el fondo, Jereh tenía razón: si Methild descuidaba demasiado a dichos esclavos, Methild acabaría teniendo problemas. Sin embargo, a ojos del híbrido, la situación era muy simple: si dichos esclavos dejaban de servirle, encontraría otros. El problema estaba en que una de ellos era su propia hermana, Dayanara, y jamás encontraría a una como ella. La quería para sus propios planes. Aún no le había dicho nada de su madre. En todos estos meses, no había soltado prenda. Eso hacía que Methild enfureciera.

¿"No", qué? Me temes... Tú tienes los pies en la tierra: sabes dónde estás, a quién perteneces, qué puede llegar a suceder si desobedeces, ... Eres una chica lista. ¿Tanto te molesta una caricia? ¿Es que has recibido muchas en tu miserable vida? Como yo lo veo, te recogí de la ruina en la que vivías: te ofrecí mi hogar, trabajar para alguien tan apuesto y arrebatador como yo, y ahora te acaricio. ¿Sabes cuántos esclavos en Talos matarían por obtener el mismo trato? ¿Eres consciente?

Muchos esclavos pagarían y matarían por tener el trato de Lisbeth, quizá. Esa mujer pasaba el día en el cuarto de Methild, dormía con él de vez en cuando y gemía su nombre repetidas veces a la semana, quizá al día. Esto suponía una protección especial, un tratamiento distinto al de los demás esclavos. Algunos pensaban que Methild era un híbrido terriblemente cruel, pero en realidad, no lo era tanto. Jeremiah era testigo de ello, pues había ganado su libertad al ganarse el respeto de Methild.

No voy a permitir que me desautorices en mi propia casa, Jereh. No trabajas para mí, pero ella se ocupará de todo. Dormirás tres horas, no una; para reposarte. Hasta entonces, vas a estar limpiando, y luego harás todo lo que Jereh ha mencionado: irás a hacer la compra, y dejaré que Lisbeth cocine. Compartiremos lecho hoy, pero eso no significa que no sea mi esclava. ¿Te gustaría compartirlo a ti, chica?

Methild no tenía problemas con usar el nombre de pila de sus esclavos, como si se tratase de amigos. En ocasiones, dependiendo de su estado de ánimo, podían llover insultos o simples comentarios despectivos. Ahora mismo, "chica" sonaba más a superioridad; a creerse más invencible debido a su condición de híbrido. Si bien su padre se había encargado de hacerle creer durante años que era una abominación, Methild veía ahora lo mejo que podía que era superior a dragones y humanos en ciertos aspectos. Era un ser vivo más.

Deja en paz a la chica.

Me temes, mujer... Crees que sería capaz de enredar tu cuello con mis dedos, de embestirte con frenesí hasta fatigarme; de disponer de ti día y noche como bien me viniera en gana. Deja que te diga algo... —Llevó sus labios al delicado oído de Dayanara y acarició con el dorso de la mano su mejilla—. Estás en lo correcto, porque hasta donde yo sé, el amo aquí soy yo.

Aprovechó esa ocasión para sonreír, mirar a Jereh por encima del hombro de la mujer y bajar lentamente dicho dorso de la mano a su cuello, deslizándose dulcemente, hasta llegar a la zona del pecho; una zona que, hasta donde él no sabía, jamás había sido reclamada.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Mar 21 Ago - 15:09

            Las sonrísas de Methild no amedrentaban a Jereh. Hacía falta mucha paciencia para manejarlo y él había aprendido como hacerlo a base de palos, y aún así el instinto, en lo más profundo de su alma, gritaba vete. Sal, Corre. Huye. Al final del día era humano, igual que Lisbeth y Daya, no era nada, no era nadie. Podrían borrarlo del mundo por un simple antojo, por diversión, y no habría para él ni justicia ni lágrimas. En su fuero interno agarró ese sentimiento primitivo y lo convirtió en el alimento de su valor para seguir donde estaba, con los hombros rectos y el pecho ligeramente hacia fuera, haciéndole frente a Methild.
            —Disculpame si te ha ofendido, no pensé que fueras a necesitarla.
            Apuntó con evidente acidez, dispuesto a seguir tirando un poco más de aquel hilo ahora que el rubia había bajado un tono y le había sacado del saco de los esclavos. En situaciones como aquella era casi peor ser liberto que esclavo. Como esclavo podría haber asumido el castigo por ella, como liberto no tenía ningún derecho a inmiscuirse en los asuntos de una casa a la que ya no pertenecía.
            Dayanara encogió los hombros, intentando recluirse en sí misma, poner una barrera entre las palabras de Methild y sus sentimientos. Pero su amo tenía la lengua afilada y el alma retorcida, con un arsenal de puñales verbales que no dejaban a nadie indiferente. Más que un amo era un tirano. Pero, al recluirse, Daya se sorprendió a sí misma encontrando ira y rabia en vez de miedo. Había descubierto muchas cosas de Methild en los últimos meses, pero nunca lo había visto como semejante narcisista egocéntrico. Recogerla de la calle… secuestrarla en todo caso. Arrastrarla por media ciudad hasta un lugar desconocido, encerrarla en un cuartucho, arrebatarle sus ropas, sus abalorios, ir desmigajando cada pizca de su identidad hasta convertirla en nada. Era un sacrificio muy duro a cambio del silencio, pero era lo que uno hacía por su familia.
            —N-no me toque…
            Respondió con un hilillo de voz tan fino que ni siquiera ella misma fue capaz de oírse. Como si al abrir la boca le hubieran abierto el pecho, aquel mínimo espacio fue suficiente para que el aire frío explotara la bomba que tenía en el pecho. Se agarró la falda en sendos puños, intentando ocultar su rabia. Ni siquiera que Methild mostrara cierta razonabilidad y que dejara sus deberes a cargo de Jeremiah (que siempre sería más amable que él) fue suficiente para aplacarse. La pregunta sobre su lecho en vez de provocarle pavor le inundó la lengua de asco.
            Evidentemente Jereh tenía buenas intenciones. Conocía de primera mano las amenazas de Methild, sus instintos libidinosos, lo único que no entendía era porqué no había tocado a aquella chica todavía. Siete meses era mucho tiempo, Lisbeth no había pasado ni una sola noche sin abrir las piernas desde que llegó a aquella casa, quisiera ella o no. Desde luego estaba más que dispuesta a ganarse un lugar como la favorita del señor, y la cama acortaba mucho ese camino. Ni siquiera tuvo espacio para intentar protegerla, y ahora cuando intentaba proteger a Dayanara sólo empeoraba la situación.
            Un escalofrío recorrió toda la columna de Dayanara, de abajo a arriba, hasta erizarle los bellos de la nuca cuando sintió el aliento de Methild caer, pesado y profundo, sobre la piel del cuello y la mejilla. De cerca el olor de su piel era vibrante, tan intenso que le hizo sentirse mareada. El rechazo le rechinó en el alma, apretó los dientes, los puños, incluso los párpados para evitar esa mirada azul que se te metía debajo de la piel. El sonrojo en su cara era tan violento que casi no se le veían las pecas, incapaz de verse enfrentada al horror de que su imaginación dibujara los susurros de Methild en el fondo de su mente. El ceño de Jerehs se frunció visiblemente, los labios apretados en una evidente desaprobación de la conducta de Methild, lo único que podía hacer: censurarlo. ¿Lo estaría haciendo para torturarle a él, o para torturarla a ella? Daya, sorprendida y asustada por la trayectoria de sus dedos, abrió la boca en una pequeña “o”  horrorizada.
            —¡No me toque, bastardo! —Estalló, plantándole las manos en aquel pecho amplio y desnudo para empujarle con todas sus fuerzas. En comparación con la de un dragón no eran nada, pero consiguió obligarle a dar un paso atrás porque estaba desprevenido—.  Vos no me recogisteis de ningún sitio, yo ya tenía un hogar, ¡una familia! Me arrancasteis de mi mundo por el simple hecho de que sois incapaz de soportar que alguien os diga no. Y seguiré siendo una tumba así toméis lo que no os pertenece a la fuerza.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Miér 22 Ago - 14:13

El silencio que imperó por unos instantes el pasillo se vio repentinamente desprovisto de motivo de ser en cuanto Dayanara abrió la boca, usando la palabra que menos le habría convenido usar jamás. Lo peor no resultó el empujón que le dio, o la forma en la que se atrevió a desafiarlo. Lo peor no estaba en que se rebelara, en que no captara la realidad o en que se atreviera a propasarse físicamente con su propio amo. Lo peor estaba en una palabra de tres sílabas que había empleado.

Para los híbridos, quizá no había mayor ofensa. Esa palabra, ese insulto, parecía creado para hacer daño a esa raza en particular. Sintiéndose terriblemente adolorido, Methild la miró con peligro, mantuvo el silencio que quedó después de que Dayanara lo desafiara por un instante y vio cómo Jeremiah negaba con la cabeza desde donde estaba. De hecho, el joven liberto se llevó una mano a la cara. Sabía perfectamente qué vendría a continuación.

Methild se expulsó cualquier indicio de Dayanara que hubiera podido quedar sobre su pecho después del empujón y caminó hacia ella. Amenazante, la miró fijamente a los ojos y la cogió de las muñecas. Sintió que Jeremiah daba un paso al frente para interponerse, pero de inmediato, Methild giró sus ojos azules hacia los de su amigo.

Da un paso más y juro que la mato. Estamparé su preciosa cabeza contra esa pared y me encargaré de encontrar a otra más útil, más guapa y menos bocazas.

Jereh se paró tal y donde estaba, con una mano en alto, y tragó saliva. Pese a que era amigo de Methild, ni él ni nadie sabía que Dayanara era su hermana. Era una información que Methild había mantenido para sí mismo. Por ese motivo, no podía arriesgarse: para Jereh, para Dayanara, el farsante dragón podría cumplir con su amenaza perfectamente. Jeremiah dio un paso atrás y agachó la cabeza.

Sólo... Procura no hacerle daño.

Methild permitió que le diera esa orden, si es que podía considerar esa petición como una orden. Al ser su amigo, no le hizo falta un "por favor": sabía aliviar los temores del joven y no iba a empeorar las cosas en caso de no necesitarlo. No con él. Tenía una solución, un castigo, idóneo para Dayanara; para su propia hermana, la mujer por la que sentía atracción física. Una poca, al menos, pues era hermosa, de figura irresistible.

Replanteemos la situación: no dormirás hoy. Limpiarás toda la casa, sola. Cuando termines, sacaré a Lisbeth de mi habitación y tú lo compartirás conmigo. Quizá hoy, quizá mañana, no lo sé. Con compartirlo, me refiero a mucho más que simplemente dormir, porque no vas a hacerlo: te desnudarás, sacudirás con la mano mis necesidades sexuales más profundas y luego te postrarás para que te haga mía. Harás y tocarás lo que yo diga, y cuando yo lo diga. Niégate si quieres, y te mataré aquí mismo. ¿Ha quedado claro?

Miró a los dos. Pensaría si hoy se desfogaría con ella o no. En todo caso, Methild los miró mal a los dos. Jeremiah negaba con la cabeza.

¿Es necesario llegar tan lejos? —preguntó el liberto.

Es mi voluntad. Aquí, siempre se respetará. Vosotros, humanos mortales, no debéis olvidar dónde os encontráis, y ante quién os postráis. Los dragones siempre seremos superiores. Para vosotros, soy la justicia, la ley absoluta. No os atreváis a llevarme la contraria. Ahora, tú, antes de limpiar, ve a la cocina. Hazme algo de comer. —La cogió del brazo y tiró de ella para llevarla allí.

Jeremiah los siguió al interior de la sala. Methild le hizo un gesto para que se sentara en una de las sillas y luego empujó a Dayanara contra la mesa de cocinas, para que se pusiera manos a la obra. Tomó asiento frente a Jeremiah y le sonrió.

¿Cómo has estado últimamente, viejo amigo?




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Jue 23 Ago - 1:41

            Dayanara atravesó el silencio de su amo con una fuerza impropia de un esclavo, claro que ella llevaba muy poco tiempo perteneciendo a ellos. Todavía recordaba lo que era pertenecer a un sitio dónde se le tratara con amor, y respeto, vivir bajo un techo donde una vida era algo más que una mercancía. Sostuvo la mirada atronadora de Methild, todo azul frío, como el acero. La promesa de tormentas y castigos que se cernía en sus irises habría bastado para doblegar el fuego de una hoguera, y consiguió arrancarle a Dayanara parte de su fuerza.
            —No te tengo miedo.
Alcanzó a decir, casi orgullosa de que su lengua no se tropezara con sus propios dientes. Los dedos del dragón eran un cepo en sus muñecas, le apretó con tanta fuerza que podía sentir la presión en los huesos. Tenía una piel sensible, por la mañana probablemente le saldrían hematomas. Miró a Jereh, intentándole transmitir que Methild no podría romperla. Esperaba ver algo de apoyo en sus ojos pero se encontró de lleno con la mirada de alguien profundamente preocupado, el reflejo de unas palabras que no podía decir en voz alta: ¿qué estás haciendo, niña tonta?
            En otro lugar, en otra casa, casi en otra vida, Alastor no habría dudado un segundo en salvarla de una situación así. Cómo cuando se escapó al festival de la luna con una de sus amigas. Pema se enfureció tanto que llegó a pensar que no volvería a ver la luz, pero Alastor agarró el brazo de su madre antes de que alcanzara a darle una bofetada. El golpe de realidad la hizo sentirse miserablemente sola. Jereh no pararía golpes por ella, menos aún cuando se los estaba buscando. Miró el puño en alto de Methild, redondo como la luna que no había esa noche.
            Jeremiah se quedó allí, atrapado por el peso que le tiraba de los pies. Conocía una amenaza vacía cuando la escuchaba, se había encontrado demasiadas veces con la ira despótica de Methild como para no reconocer cuando iba en serio. O tal vez estaba estirando demasiado un hilo con el que no debería jugar. Había reclamado a la chica por una minucia, así que sólo podía apostar a que tenía algún interés en ella. El sexual debía ser lo suficientemente superficial para que no la hubiera tocado hasta la fecha. No iba a matarla, y probablemente no le hiciera mucho daño, pero Jereh sabía que Methild no necesitaba nada de eso para hacerla sufrir.
            —Sólo… procura no hacerle daño.
            Dijo, intentando imprimir a esas palabras un significado que Methild, tal vez, nunca llegara a encontrar.
            Dayanara quiso replicar, se estrujó el cerebro por encontrar algo hiriente que decir, una represalia, incluso el instinto de fruncir los labios y escupirle en la cara, pero aquel discurso de perversiones la trastocó. ¿Hacer qué con la mano? En vez de eso, dos lagrimones de rabia y confusión se le deslizaron por las mejillas mientras Methild citaba perversión tras perversión, ignorante de que Daya era incapaz de dilucidar a que se refería. Que la obligara a ponerse en movimiento físicamente consiguió que su cerebro se activara al mismo tiempo. Tropezó torpemente contra la mesa, clavándose el borde en la cadera. Otro moratón más para la lista.
            El hogar de la cocina llevaba horas apagado, apenas había unas brasas que no merecía la pena volver a prender. Demasiado esfuerzo y madera para un tentempié nocturno. No podía cocinar nada con eso, así que enfiló hacia la fresquera. A ciencia cierta: había poco con lo que trabajar. Algunas tiras de carne desecada, pan del día que ya debía estar lejos de ser algo esponjoso, frutas de temporada, algo de queso. Sacó el queso, las tiras de carne y el pan. Lo colocó todo en una superficie metálica y lo colocó sobre las brasas. No sería suficiente para hacer una comida caliente, pero podía fundir el queso, meterlo en el pan duro. Tampoco es que hubiera mejores opciones en aquella cocina. Y todo lo hizo sin dejar de llorar. Lágrima a lágrima su ira se iba derramando por su cara. ¿Qué iba a ser de ella? ¿Realmente iba a hacerle esas… cosas?  
            Jeremiah tenía que hacer un verdadero esfuerzo para ignorar los sonidos quedos de Dayanara, a un par de metros de la mesa. Methild había ido a sentarse precisamente en la que estaba el cuerno del que antes gozaba, pero ahora no ofrecía ninguna perspectiva placentera. Ningún vino sabe bien cuando hay una mujer llorando.
            —Como siempre… supongo. Estaría mejor si cumplieras los plazos de entrega y no tuviera que pelearme con tus clientes, Methild. —Agarró el cuerno y lo acercó a él, arrastrándolo por la superficie de la mesa. A oscuras Methild vería mejor que él, probablemente viera el rostro de Jereh reflejado en el vino, que él sólo podía percibir como un pozo negro de forma cónicas. No podría disfrutarlo, pero tampoco tenía nada mejor a mano. Empezaba a pensar que realmente podría encontrar algún consuelo en el fondo. Se lo llevó a la boca, amargado—. ¿Qué piensas hacer con ella? No es como Lisbeth. Lo sabrías su hubieras cruzado alguna palabra con ella desde que entró en esta casa—susurró, llevado por una imprudente indignación—. ¿Y ahora vas a hacerla tu esclava personal?  Es una cría, mírala, por la Reina.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Jue 23 Ago - 21:25

Methild resopló, negando con la cabeza mientras se llevaba la bebida a los labios y sonreía un instante después. Conocía a Jeremiah, y no hacía falta pensar demasiado para entender que le estaba echando en cara que se retrasara con las entregas. Si había algo que Methild no soportaba, por encima de muchas cosas, era que se pusiera en duda su compromiso con el trabajo. Si bien es cierto que, con el tiempo, se había relajado un poco, aún a día de hoy lo daba casi todo por el oficio. Casi.

Los plazos de entrega existen para meterle prisas al artesano. Si me los salto, es para que el producto que voy a vender sea de la mejor calidad; de la más acorde al precio que me estén entregando. Podría darme muchas más prisas, como tantos otros vagos en el mundo, en Talos, y entregarlo todo sin acabar, amigo mío. El secreto del negocio está en saber qué quieren tus clientes, pero más importantes aún, en saber qué merecen. Y éso, compañero, lo dicta la cantidad de monedas que metan en la bolsa.

Señaló a Jereh con el dedo índice que sostenía el recipiente de la bebida y arqueó una ceja con una enorme sonrisa para dar un sorbo más. Methild entendía mucho del oficio y sabía perfectamente qué se hacía. De no ser así, no sería uno de los artesanos de cuero más reputados de toda la ciudad, sino el que más.

Esperó un instante para responder a su pregunta. Escuchó qué le decía Jeremiah y miró mientras tanto cómo Dayanara trabajaba. La oía sollozar, y había visto algún que otro gesto que la delataba: secarse las lágrimas, temblar, ... Methild no pudo evitar sonreír al darse cuenta de que los resultados de sus intenciones resultaban fructíferos. Eso era justo lo que quería. Se aseguraría de cumplir con su amenaza, para que Dayanara nunca más volviera a cuestionarlo; a insultarlo, a ofenderlo en su propia casa. A enfrentarlo.

No debería importarte, amigo mío. El destino de esa chica está en mis manos; sólo en las mías. ¿Sabes por qué? Porque mi marca está en su piel. Esa es la única prueba que necesitas. Ahora que estamos hablando un poco más bajo, entre nosotros y en confianza, amigo mío, te recomiendo que... no vuelvas... a cuestionarme. Te lo digo de veras.

Lo miró arqueando una ceja, mal, encarándolo. Jereh tragó saliva, evitó la mirada azul de Methild y se fijó en Dayanara por un instante.

Es sólo que... Esa cría no merece sufrir. No le ha hecho nada a nadie.

Me ha ofendido.

¡Pero es...!

Es una fulana; o eso voy a hacer de ella si vuelve a desobedecerme. Por el momento, me conformaré con que me sirva sólo a mí: se ocupará de bañarme, de satisfacer mis exigencias más personales, y no de la casa. Y, si yo lo quiero, contentará también mi sexualidad. No tienes ni voz ni voto ahí. ¿Una niña, dices? ¿Es que acaso es virgen? Mejor no me lo digas, prefiero mantener la sorpresa. Tiene cierto atractivo, no te diré que no. Si tengo la posibilidad de desvirgar a una chica, sería... interesante. Hace mucho tiempo que no lo hago. Ni siquiera estoy seguro de haberlo hecho.

Se puso en pie para acercarse a Dayanara. La miró fijamente a los ojos, apoyando una mano en su hombro, y usó la otra para recorrer las mejillas de la joven con el dorso de los dedos. Secó sus lágrimas, sin mediar palabra por un instante, y luego se quedó donde estaba.

No vuelvas... a faltarme... al respeto. ¿Te ha quedado claro?

Apretó la muñeca de la mujer al sostenerla, sin dejar de mirarla, impidiéndole que siguiera trabajando por un momento. Luego de un instante, la soltó para que terminara de hacer la cena y volvió a sentarse enfrente de Jeremiah.

Mira... Hay cosas que no puedes entender. Sólo te diré que esa chica es más especial de lo que crees. Tengo el ojo puesto en ella por... otros motivos. No porque sea guapa, no porque quiera empotrarla. Nada parecido. O sí. En todo caso, hazme caso: sé lo que hago. Esa chica tiene algo que necesito, y voy a conseguirlo.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Jue 23 Ago - 22:46

            No sabía que era peor, si escuchar la conversación o no escuchar nada. El murmullo constante de sus voces hechas susurro la perseguía por la cocina, los ruidos de los cacharros y el tintineo de los utensilios ahogaban cualquier palabra que pudiera entender. Todos los bellos de los brazos se le erizaron al captar palabras sueltas, ninguna del más mínimo agrado para ella. Definitivamente lo segundo era mejor. Si pudiera encendería el fuego, dejaría que el crepitar constante de la madera siendo devorada inundara sus oídos. Perderse en su baile de dorado y carmesí sería un placer para su alma. Alimentar aquel fuego, con los muebles, con las cortinas, todo aquello que tuviera a mano y fuera útil para consumir esa casa hasta los cimientos, con su dueño y señor bien encerrado en ella. Y Lisbeth, Lisbeth también.  
            Las lágrimas empañaban sus ensoñaciones perturbadoras. Intentaba contenerse pero sorbía los mocos de vez en cuando, la rabia hacía que le temblaran los dedos y las piezas de comida se escurrían de las pinzas inestables. Por toda la estancia había empezado a filtrarse el olor de la carne caliente, el pan tostándose lentamente sobre las brasas.
            El tacto cálido de la mano de Methild hizo que Dayanara diera un saltito en el sitio, alarmada. Se giró despacio aunque todo su cuerpo reclamaba que echara a correr sin mirar atrás. Pero no podía, no cuando aquellos dardos azules que tenía por ojos Methild la anclaban a aquel lugar. Un tirón extraño se hizo dueño de sus entrañas, esa sensación emocional que de tan intensa parecía física, esa pregunta sin respuesta que paladeaba durante un instante cuando se encontraba con sus ojos, para justo después desvanecerse. Dayanara desvió la mirada, intentando sacudirse esa sensación y la caricia de su rostro.
No respondió a su pregunta. En un silencio lastimero se llevó la mano al pecho, dándole la espalda para tragarse el sabor salado de sus lágrimas y su rabia. En su mente se repetía una sola palabra: bastardo, bastardo, bastardo.
            Jeremiah siguió la estela de Methild durante toda la conversación, con los labios apretados. Methild estaba acostumbrado a un mundo demasiado descabellado como para entender a qué se refería cuando decía que Dayanara era una cría. Obviamente su cuerpo no tenía ninguna reminiscencia de su infancia. Tenía formas de mujer, las de una particularmente atractiva para ser tan delgada. Estaba madura, como quien dice. El secreto estaba en sus ojos.
            Jereh había tenido la oportunidad de pasar mucho tiempo con Dayanara. Le había enseñado cómo funcionaba la casa, dónde dormiría, que tipo de funciones tenía que cumplir. Cuando estaba en el estudio revisando libros de cuentas e inventarios y ella le servía un refrigerio solía invitarla a charlar un rato. Así, poquito a poco, la confianza había conseguido que aquella pátina de desdicha que llevaba puesta como una máscara pareciera más liviana cuando estaban solos. Y sus ojos… Jereh nunca había conocido a nadie que mirara el mundo con tanta bondad, con inocencia. Era un alma buena… no pertenecía a aquella casa.
            —¿Algo que necesitas? —Jereh frunció el ceño, intentando no mirar más a Dayanara. Se arrimó otra vez el cuerno, pensando mientras deglutía—. Sé que algunas partes de tu anatomía están faltas de sangre pero diría que tu lascivia no se ha parado a pensar en un pequeño problema. —Dijo Jereh, aplicando un retintín particular a sus últimas palabras—. Llevas años consintiendo a Lisbeth porque es tu tipo y siempre está dispuesta a abrirse de piernas o ponerse de rodillas. Que la reemplaces por una más joven y más virgen va a traer cola. Por supuesto no para ti, pero…
            Puso los ojos en blanco. Para él iba a ser un dolor de cabeza tener que soportar las quejas de Lisbeth si de pronto la mandaban a fregar la cocina y barrer el patio. No se atrevería a llevarle la contraria a Methild, pero a los demás podría hacerles la vida algo más que imposible.
           Dayanara se acercó a la mesa después de borrarse las lágrimas con el dorso de las manos. Depositó en el centro un plato con un bocadillo caliente de carne y queso, fundido a la brasa, con el pan crujiente. Lo había presentado cortado por la mitad, una manía de servirle a su padre, que siempre tenía las manos demasiado ocupadas para cortar su propia comida, que había adquirido a fuerza de costumbre. Dio un paso atrás, intentando desaparecer, fundirse con las sombras. Todavía tenía que limpiar toda la casa...
            —¿Eso es todo, —la palabra le hizo un nudo en la lengua, impidiéndole hablar—   amo?  




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Vie 24 Ago - 17:31

Los ojos de Methild temblaron por un instante, en señal de peligro, ante la pregunta retórica de Jeremiah. Si le había dicho que era "algo", precisamente lo hacía porque no quería detallar qué. Methild rememoró, sonriente, el día en el que había visto a Dayanara; el día en el que había ido a buscarla para obtener información de su madre. Había bastado un "no", una carencia de respuesta positiva a su pregunta acerca de la progenitora de ambos, para que Methild la esclavizara.

Por un lado, sentía atracción por Dayanara. Quizá Jereh no pudiera saberlo, más que nada porque no lo entendía, pero esa no era la razón principal por la que se había traído a Dayanara por la fuerza a casa. Al menos, eso creía Methild. Lo que quería era enseñarle modales, a no negarle nada a un dragón, a él. Por encima de eso, quería saber dónde estaba su madre: que Dayanara desembuchara, y la joven sabía que no podía matarla si quería saberlo. Methild no sabía cuánta resistencia física tenía, pero tampoco deseaba torturarla o pegarle hasta el hartazgo. Él también tenía límites de crueldad.

¿Y cuál es ese "pequeño problema", listillo? —preguntó picándose antes de llevarse el cuerno a la boca para degustar un poco más de la bebida alcohólica.

En parte, Jeremiah tenía razón: consentía a Lisbeth por eso, porque se abría de piernas o le daba la espalda para dejarse dominar voluntariamente. Aunque no vivía como una reina, pues seguía siendo una esclava, disfrutaba de varios tipos de ventajas. El destino de esa joven le importaba un comino a Methild: Lisbeth era su esclava personal, y haría con ella y con su cuerpo lo que le viniera en gana. Si así lo deseaba, despertaría a su lado por la mañana, le obligaría a aferrarse a su masculinidad y a atraparla con la boca, con los senos, con cualquier zona de su cuerpo hasta lograr que se derritiera de placer. Así había sido y así lo sería siempre. Mientras tanto, lejos de poder o querer quejarse, Lisbeth se ofrecía voluntariamente a satisfacerlo. Sin embargo, le faltaba... algo. Algo que le hacía pensar que Dayanara sería un instrumento más interesante. Una esclava personal más... capaz.

¿Más virgen? ¿Nunca ha...? —Era algo en lo que Methild ya había pensado, pero que Jereh lo confirmara le agregaba un tanto de morbo al asunto. El híbrido se giró a mirar a Dayanara y sonrió—. Olvidas una cosa: quizá Dayanara no esté dispuesta a abrirse de piernas, pero sí que es mi tipo. Siendo serios ahora, concordarás en que es preciosa. Mira esos ojos, ese pelo desaliñado pero, pese a todo, largo y sedoso. Mira esas curvas, ese cuerpo bien formado, ese pecho que...

Se encontró con la mirada de Jeremiah, quien claramente lo estaba juzgando. Methild tosió y bebió un poco más de vino, intentando hacer que no había dicho nada.

La comida llegó por parte de Dayanara un instante después. El híbrido arqueó una ceja al fijarse en aquel bocadillo. El olor era demasiado delicioso como para no derretirse tanto como el queso al momento. Le hizo un gesto a la joven para que aguardara después de haberle preguntado si quería algo más. Ahora, desde ahí, la veía cubierta por la oscuridad, partida en dos por ese hilo ennegrecido que dividía su cara en dos: una más iluminada, y otra menos.

Se llevó el bocadillo a la boca, masticó con consciencia y esbozó una mueca. Poco a poco, el sabor de la comida se esparció por su boca, llegó más al fondo y finalmente terminó por hacer que el híbrido asintiera, se girara hacia Dayanara y la mirara a los ojos.

Está exquisito. Eres muy buena cocinera. ¿Has trabajado de esto antes? ¿Te enseñó alguien? —La miró de arriba abajo, señalándola y mirando a Jereh por encima del hombro—. ¿Qué opinas, viejo amigo? ¿Quizá podamos perdonar parte de esa afrenta? —El híbrido sonrió un poco más, bebió del vino, le dio un bocado al bocata y luego tomó aire—. Está bien. Tengamos la fiesta en paz con una cosa: olvidaré las amenazas sexuales hasta que vuelvas a defraudarme, o hasta que me de la gana. De momento, me contentaré con que seas mi esclava personal en otros quehaceres: hacerme la cama, despertarme con el desayuno, no hará falta que me bañes, pero sobretodo... Cocinarás todo para mí. Todo. ¿Vale?

Que le preguntara "¿vale?" decía mucho de su engreída benevolencia. Methild la miró fijamente y tiró de su muñeca con mucha mayor delicadeza que antes.

Deja de llorar —le pidió secando una vez más sus lágrimas.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Vie 24 Ago - 22:16

            —¿Pequeño? ¿De verdad necesitas que te haga un croquis? —Jereh golpeó el tablero de la mesa con la uña del índice. Dejó una muesca sucia en la superficie pulida y limpia sin darse cuenta —. La hiciste tu favorita desde que entró por esa puerta. Ha dormido más noches en tu lecho que en su habitación, nunca ha sido parte del servicio doméstico como tal. La estás degradando, arrebatándole privilegios. A nadie le gusta, pero a ella menos todavía.
            Era más complicado que todo eso, pero Jeremiah no se atrevía a hablar en voz alta con Dayanara presente. Lisbeth era pobre, ambiciosa y narcisista. Encajaba a la perfección con Methild porque era la única persona que le despertaba más adoración de la que sentía por sí misma. Claro que Lishbeth también doraba solo tener que abrirse de piernas para un hombre, que casualmente era un dragón que tenía una cantidad de oro respetable y una reputación. Pero eso debía ser una serie de casualidades, por supuesto.
Jereh se arrimó el cuerno, ya medio vacío, a los labios. Al final la tensión del ambiente se había relajado un poco y Methild parecía más dispuesto a la benevolencia ahora que tenía el buche lleno de vino y el olor de la comida caliente a su alrededor. Tuvo ganas de reírse, admitiendo por dentro que su amo a veces era demasiado… básico.
            —Por la Reina, Methild. Si con todo tu draconiano sentido de la vista no has sido capaz de verlo no voy a explicártelo ahora…
            Se rió entre dientes después de tragar, poniendo los ojos en blanco. La muchacha no podía ser más evidente. Siempre había sido pudorosa, no se desnudaba ni en presencia de Lisbeth, había tenido que apretar mucho el calor del sol para que usara una túnica por encima de la rodilla. Claro que eso eran gestos sutiles. Que se sonrojara hasta las orejas y fuera incapaz su mirada viajara constantemente de los ojos de Methild a sus pies resultaba un indicio mucho más evidente. Si a los veinte años no podía mirar el pecho de hombre y mostrar ni un atisbo de picardía esa muchacha estaba más verde que un campo.
            A medida que Methild hablaba Jereh enarcó una ceja, frunciendo los labios, juzgándole en silencio. También tenía ojos en la cara, pero tenía la decencia de hablar de las personas como lo que eran, y no como objetos de consumo. Claro que Methild era un dragón, y solía olvidar ese detalle. Influía también el hecho de que a Jereh las mujeres no le despertaran ningún tipo de pasión.
            Observó la ración desde si silla, sin moverse. Desde luego la chica había hecho maravillas con las sobras que tenían almacenadas. Un silencio expectante se asentó en la cocina mientras Methild procedía a comer, con demasiada demora para el gusto de Dayanara. Solo quería irse a su habitación para llorar sus miserias antes de emprender las tareas encomendadas.
            Dayanara clavó la vista en el suelo, rehuyendo los ojos inquisitivos de Methild. Aun sentía rabia, dolor, se sentía humillada también. La pregunta de su amo silbó como una fecha en sus oídos hasta clavarse en lo más profundo de su corazón. Qué ironía…
            —No, me enseñó mi madre, amo.  
            Contesto brevemente, en un acto mordaz muy poco característico de ella. Era lo único que tenía, una cuestión de lealtad que se había convertido en su seguro de vida dentro de aquellas paredes. La localización de su madre, su nombre, su historia. La mujer que la había traído al mundo ahora era la misma que la alejaba de la muerte sin estar presente siquiera. Su garganta hizo un ruidito extraño, producto de tragarse un suspiro de alivio para no dejarlo escapar. Miró a Methild a través de las pestañas, la delicadeza de su caricia resultaba extraña. ¿Cómo podía tener un tacto dulce el mismo dragón cruel que le había hecho moratones en las muñecas mientras la amenazaba?
            —Lo haré.
Asintió en voz queda, dando un ligero paso atrás para poner distancia entre Methild y su cuerpo. Jereh se percató de la ligera mirada de auxilio. No estaba cómoda, tenía mucho que procesar.
            —Methild, sería prudente dejar descansar a Dayanara e informar a Lishbeth de sus nuevas funciones. Yo no lo retrasaría demasiado.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Dom 26 Ago - 12:08

La mención de su madre hizo que Methild esbozara una mueca. Claro, no podía ser de otro modo: ¿de qué otra maravillosa persona podría haber aprendido? Methild tenía un recuerdo escaso de su madre, quizá inexistente, porque había crecido separado de ella. Siempre había vivido con su padre, quien había muerto durante el frío que asoló Talos hace no mucho tiempo. Sin embargo, Methild sentía que quería inconsiderablemente a la mujer que le había dado la vida; a quien no conocía de nada y, pese a todo, sentía que conocía de toda la vida. Era algo extraño.

Methild asintió y sonrió, satisfecho por la respuesta de Dayanara. Lo haría. Claro que lo haría. Tampoco tenía mucho remedio. Era eso, o sufrir peores consecuencias. De hecho, presenciar cómo el híbrido (dragón a ojos de los presentes y del resto del mundo) se calmaba y reducía lo que cómicamente podría haber denominado como "la pena capital", era algo impropio del día a día. Quizá se debía a la presencia de Jereh, un amigo al que apreciaba y cuyo consejo siempre escuchaba; o quizá simplemente Dayanara le transmitía algo que le obligaba a tomar ciertas decisiones. En ese día, había tomado varias. En cuestión de minutos, había tenido que cambiarlas, modificarlas, abandonarlas.

Aguarda, amigo. —Methild alzó una mano para acallar con cierta dulzura a Jeremiah—. Eso es lo que haré, pero antes...

El híbrido pasó por el lado de Dayanara, la tomó de la mano y la llevó rápidamente a una de las habitaciones. En el interior de una de las tantas salas de la casa, Methild rebuscó en un desusado armario y extrajo una sábana, de tela más gruesa de lo que solía otorgar a los esclavos. Se la tiró a Dayanara para que la atrapara en el vuelo y se rió.

Si vas a ser mi esclava personal, no tengo por qué tratarte mal siempre y cuando obedezcas. Siempre y cuando seas leal. Verás, la lealtad es algo que el ser humano y dracóneo, que cualquier ser vivo, debería respetar. Los animales poseen una capacidad intelectual inferior a la de los humanos, no digamos ya a la de los dragones. Para ellos, es normal copular con distintas parejas. Si los propios humanos lo hacen, ¿cómo no lo harían ellos? Sin embargo, yo valoro mucho dicha lealtad. Puedes preguntar a tu compañera Lisbeth. No dudes que, mientras me ofrezcas lo que ansío, vivirás como un miembro más de la familia.

Le sonrió, dejando que se quedara con la sábana, y luego pasó por su lado, entornando los ojos, para retornar con Jeremiah a la cocina. No prestó atención a si Dayanara le siguió o no.

Methild tomó asiento enfrente de su amigo una vez más; se hizo con el bocadillo que Dayanara había preparado para cada uno y mordió una vez más. No paraba de pensar en lo exquisito que estaba.

¿Qué? —preguntó, viendo cómo lo miraba Jereh—. No le he hecho nada malo, malpensado. Solamente le he dado una sábana para que descanse un poco. Quizá tengas razón; quizá sea sólo una niña. Una niña a la que le he arrebatado su libertad. Algún día, amigo mío, podré contarte sin temor por qué la mantengo como esclava. Como te decía, tiene algo que ansío... que necesito. Sé que, con tus sabios consejos y con el tiempo, podré obtenerlo.

Methild no podía imaginar en ese instante que obtendría más de lo que podía imaginar.

[...]

A la mañana siguiente, Methild despertó a Lisbeth. Magullada, reposada y aún temblando por los diversos espasmos que había sufrido durante la noche, se vio obligada a ponerse en pie para abandonar el lecho del híbrido. Recogió su ropa lo mejor que pudo y salió de la habitación desnuda, pues Methild la apresuraba empujándole del brazo sin mucho cariño para dejar el lugar despejado.

Atinó a taparse con las sábanas, completamente desnudo, antes de que unos minutos después, la puerta se abriera por completo. Methild sonrió y miró fijamente a Dayanara una vez apareció.

¿Es impresión mía, o llegas tarde? —Methild le hizo un gesto con la mano riéndose—. Sólo bromeo. ¿Tienes idea de qué hizo Jereh finalmente anoche? Lo dejé en la cocina para irme a dormir. ¿Entiendo que Lisbeth y yo no hicimos demasiado ruido?




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Jue 30 Ago - 3:49

            Jereh no pudo evitar llevarse una mano al rostro, apretándose las sienes entre los dedos pulgar y corazón de la diestra. Una parte de él sabía que sería más fácil no ver ni escuchar los erráticos caprichos de Methild, así que se quedó allí en la cocina, levantándose despacio para buscar el escanciador de vino. Su cuerno llevaba vacío demasiado tiempo.
            Dayanara, por otro lado, se vio arrastrada otra vez tras los deseos de su amo. Tuvo que tragarse un gemido, incapaz de reprimir una imaginación vivaz. ¿Y si había cambiado de opinión? ¿Realmente iba a violarla? Si no estuviera en movimiento habría sentido como todos los tendones le temblaban de anticipación. Todavía temblaba cuando se abrazó, confusa, a la manta. Desde luego era más gruesa que la lastimera sábana de su habitación, y no tenía ningún agujero. Por otra parte, olía a polvo y a naftalina. Le daba repelús pensar quien la habría usado antes que ella, pero no estaba en disposición de rechazar semejante presente. Ya había pasado demasiadas noches atenazada de frío.
            —Sé cómo ser leal.
            Por supuesto, Dayanara se refería a algo muy lejano a la monogamia. Como humana no había muchas más opciones, de todas formas, pero su corazón no estaba centrado en eso. Al pronunciar la palabra “leal” pensaba en su madre, en el largo silencio del que no podía evitar enorgullecerse. Meses de frío, hambre, golpes, amenazas, y no había soltado prenda. Mares de lágrimas derramadas en soledad que, después de la soledad, le recordaban que tenía un motivo para estar allí, para soportar aquello. Ella era la última barrera entre Pema y aquel monstruo, una salvaguarda para su familia. No podía permitirse fallar, tenía que ser leal. “Esta nunca será mi familia”, pensó amargamente.
Se quedó allí en pie durante unos segundos, casi esperando a que Methild reclamara de nuevo su presencia. Los segundos se convirtieron en minutos antes de que se atreviera a dar un paso hacia el pasillo, aferrada a su manta como un niño aferrado a su juguete favorito. Se asomó, primero despacio, temiendo verle allí. Sin moros en la costa echó a andar por el pasillo, silenciosa como un ratón. Mejor dormir mientras pudiera.
En la cocina, Jeremiah observó largamente a Methild antes de suspirar y beber más vino.
            —Yo lo único que sé es que vas a convertir esta casa en una jaula de grillos…

*******

            Amaneció demasiado pronto, pero por primera vez en mucho tiempo Dayanara despertaba con la agradable sensación de tener el cuerpo caliente y los músculos distendidos. Tenía sendas manos reposando en la almohada, junto a su rostro, así que lo primero que vio a abrir los ojos fueron los juegos de hematomas que le rodeaban las muñecas, con las formas ovaladas de los dedos callosos de Methild. Le dolía, pero tenía que levantarse. Tomó aire y abandonó el lecho.
            Todas las mañanas tenía una rutina sencilla, pero no estaba segura de cómo se vería afectada por las decisiones de Methild. Intentó disfrutar de aquellos pequeños placeres mientras pudiera. Se brevemente con agua fría, que tenía poco de placentero, pero era la sensación de limpieza lo que la reconfortaba. Podría ser una esclava pero no sería una pordiosera. Se ponía la muda limpia, que tenía que lavar rigurosamente el día anterior y dejar tendida cerca del pequeño ventanuco de su habitación para que estuviera seca, porque sólo tenía dos túnicas, y ambas habían vivido mejores tiempos.
            No había nadie más despierto en toda la casa, lo que le daba cierta privacidad y libertad para hacer las cosas a su ritmo. Aseada, vestida y con el pelo en una larga trenza, se dispuso a hacer el desayuno para el amo. Normalmente le mismo bajaba y se lo zampaba sin mostrar el más mínimo agradecimiento, pero hoy tendría que subirlo a su habitación. Tardó un rato en encontrar una bandeja decente, prepararlo y subir cuidadosamente por las escaleras.
            Lisbeth estaba fuera de la habitación, escudriñando la puerta con los ojillos brillantes. Tenía el aspecto lozano y perezoso de una recién despertada, pero una intensidad inusitada bajo sus pupilas. Dayanara podía imaginarse en que estaba pensando, pero el desayuno que llevaba en las manos hizo que Lisbeth perdiera el interés rápidamente en ella.
            —Siempre ha sido caprichoso, pero nunca vago. Tengo que hablar con Jeremiah…
            Lo último lo dijo para sí misma, pero Dayanara pudo oírlo, así como sus pasos escalera abajo. Entró despacio, sosteniendo la bandeja con ambas manos.
            —No lo sé, amo. Volví a mi habitación.
            Y estaba siendo sincera. Depositó con cuidado el desayuno en una mesa sorteada por dos sillas, aunque tuvo que empujar ligeramente algunas piezas de cuero para conseguirlo. Se giró hacia Methild, esperando ordenes o algún tipo de indicación, casi había conseguido ponerse la máscara servil cuando se encontró de llano con la figura desnuda de su amo. La sábana tapaba sus partes pudendas pero la escena era bastante escandalosa para su sentido del pudor. Bajó la vista, taladrando los pies de la cama con un intenso sonrojo en las mejillas.
            —P-puedo ir a buscarle.
            Cualquier excusa parecía válida para escapar de aquella apabullante desnudez.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Methild el Miér 5 Sep - 16:52

La visión de tan bello ser entrando en su cuarto hizo que la vista de Methild se nublara tanto como lo había hecho por los primeros destellos de luz penetrantes en su dormitorio. Pese a que Dayanara se adentró en la caverna despacio, Methild no pudo evitar sonreír. Sentía que esa chica, en su inocencia, conocía mejor el hogar del híbrido que él. Parecía adueñarse del terreno con sólo mirar, avanzar e intimidarse.

Asintió a su respuesta, confiando plenamente en que su hermana decía la verdad. Observó distraidamente cómo Danayara se desenvolvía para colocar la bandeja con el desayuno en una de las mesas de la habitación, cerca de la cama, para que estuviera a su gusto. Quizá la desnudez de su cuerpo hacía que la joven se encogiera ligeramente. Quizá por eso no se había atrevido a dejarle la bandeja encima, como en las historias de cualquier clase de rey o de princesa.

No pasó por alto el hecho de que el color de las mejillas de la joven había cambiado hasta hallar una tonalidad rojiza. La sonrisa de Methild se esfumó por el simple hecho de que era incapaz de no perderse en demasía en aquel hermoso rostro. Compartir sangre no importaba en absoluto cuando Dayanara se mostraba, orgullosa, como una de las mujeres más bellas que había conocido en toda su vida.

No, tranquila, no será necesario. —Methild alzó una mano en caso para detenerla en caso de que se le ocurriera dar un paso más de la cuenta hacia una tarea que él no deseaba para ella—. Jeremiah sabe que está un poco como Pedro por su casa. No temas de más. Espero que no tengas esas prisas por deshacerte de mí cuanto antes, aunque si te soy sincero, entendería que así fuera.

Estiró los brazos para ponerse en pie, dándole la espalda a su hermana, y luego se dirigió sin prisa hacia la ropa interior que había caído al suelo en el agresivo vaivén de la noche. Methild se vistió para ocultar su humanidad a la joven, visiblemente perturbada por la escena en la que tenía que ver a su maestro y amo desnudo. Methild era más misericordioso de lo que muchos creían, o de lo que él quería dejar entrever.

Después de haberse calzado también con unos pantalones de cuero que le cubrían hasta la cintura y le llegaban hasta los pies, a la altura de los tobillos, Methild le hizo un gesto a Dayanara para que se sentara en la cama y él tomó sitio a su lado y al de la mesa, para hacerse con algo de la bandeja.

Espero que así te sientas menos... cohibida. Las cosas no tienen que ir mal entre tú y yo, Dayanara, si colaboras para que esto funcione. ¡Fíjate en Jeremiah! Un liberto que se ha ganado su puesto a pulso. Un hombre al que respeto. Lo sabe perfectamente y se aprovecha a veces demasiado de eso. No se lo digas o se le subirá a la cabeza, y entonces tendré que ponerme serio. Mira, voy a ser claro: no tengo ningún problema contigo. Lo único que quiero es que me pongas las cosas más fáciles. En su momento, no quisiste darme información acerca de ... tu madre, y por eso te traje a casa, porque es la voluntad de un dragón como yo. No obstante, tienes dos opciones que opino son atractivas: podrías contarme lo que quiero saber, o podrías colaborar en la convivencia y no volver a insultarme nunca más. Creo que son requisitos muy coherentes, ¿no?

Miró a Dayanara con una sonrisa, divertido, mientras le daba un mordisco al trozo de pan que acababa de coger, y luego cortó uno para pasárselo a ella.

Sé lista, Dayanara. No aburrida. —Le dio un toque en la nariz y le sonrió para después seguir comiendo—. A todo esto, ¿de dónde vienes? Juraría que no eres de por aquí.




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Re: Same city, different faces [Methild]

Mensaje por Dayanara el Vie 14 Sep - 1:56

            La esperanza de salir de aquella habitación se desvaneció en cuanto Methild habló. Sus ojos azules taladraban el suelo con una intensidad inusitada. Las superficies lejanas a Methild también captaban su interés. La habitación había tenido momentos mejores, de eso estaba segura. En algunos estantes había polvo acumulado, las prendas de ropa masculina poblaban el suelo como si trataran de converger en una informe alfombra.             Estaba segura de que todo el tiempo que Lisbeth pasaba allí con las piernas cerradas no lo dedicaba a la limpieza.
            —No, amo.
            Mintió sin atisbo de duda. Nunca había sido dada a las mentiras, alguna piadosa, una con picaresca para que la dejaran ir a los festivales de la ciudad con su hermano aunque, cuando llegaban allí, cada uno se iba por su lado hasta la hora de regresar. Tal vez mentía más seriamente sobre el número de galletas que había cogido a escondidas cuando era pequeña, pero nunca había tenido que mentir para ahorrarse sufrimiento.
            De arrepintió al momento de haber subido la mirada para responderle a Methild. Bajó la vista a sus pies descalzos, las piernas musculosas cubiertas de vello áspero. Había visto a su hermano desnudo, incluso habían llegado a bañarse sin ropa en el mar, lejos de la ciudad, dónde nadie los viera, pero un hermano no generaba vergüenza ni pudor.             Cuando miraba los pies desnudos de Methild para evitar ver otras cosas podía escuchar el eco de su madre dentro de la cabeza: se prudente, se pudorosa, se casta hasta que te cases. Una vida de principios batallaba con la curiosidad natural, los instintos humanos. Methild se estaba dando la vuelta para buscar otra pieza y Dayanara alcanzó a ver un atisbo de su pecho desnudo. Amplio, más músculos, más vello, más masculinidad desbordante; pero entre todo ello se encontró con la marca oscura de una cicatriz, justo en el centro del pecho.
            “No, por la Reina…” Suspiró mentalmente, atragantada con la desazón que le provocó el gesto de Methild. Se acercó despacio a la cama, todo su cuerpo rechazando cada paso que daba hacia delante. Se sentó cuidadosamente, todo lo lejos que pudo de Methild.  A medida que su amo hablaba su mirada se endureció y se le cerraron los puños. Methild podía utilizar toda la palabrería que tuviera en su arsenal, Dayanara no estaba dispuesta hablar. Jamás revelaría donde estaba su madre ni por qué había dejado la ciudad, solo rezaba cada día para que no volviera nunca. Estiró la mano con los dedos rígidos. Aunque cogió el pan, no comía. Empezó a desmigajarlo entre las manos, llenándose las faldas de migas.
            El toque en la nariz le pilló desprevenida. Jadeo ligeramente, dando un bote en la cama y su respiración se aceleró un segundo antes de que tomara el control sobre ella de nuevo.
            —Nací y crecí en Talos, señor.
            Se limitó a contestar, con los ojos fijos en el pan pero sin verlo realmente.




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Re: Same city, different faces [Methild]

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