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Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

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Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Jue Ago 16 2018, 16:52

No era común ver a Lady Eara sola, sobre todo por que muy pocas personas, al menos hasta no saber, preguntarle o escuchar su nombre, lograban reconocerle. El nombre de la dragona era por mucho uno de los más populares del Imperio, pero su rostro uno de los más misteriosos. No solo por su posición entre los dragones y su codiciada fortuna, sino por los rumores y cuentos sobre su innegable belleza y su hermosa juventud.

Eara era una dragona joven todavía, su edad no pasaba los tres siglos y medios. La hermosa dragona se había esforzado por siempre ser alguien que pudiese disfrutar del anonimato para tener una vida más tranquila. Llegar a ella de manera oficial era una cuestión protocolar y realmente cuesta arriba. La arrogancia de la fama no era algo que ella codiciase, era una dragona que había logrado mucho en muy poco tiempo, sí, pero sus motivaciones siempre habían gozado de la sencillez y la humildad de su corazón no para que otros la admirasen, sino para poder ser alguien que aportase a la paz y estabilidad del Imperio del Fuego, pero eso, más allá de ayudar, realmente había creado alrededor de su nombre y sus acciones para con el mundo, un aura de misticismo y misterio que le había dado el sobrenombre de “La Benévola”.

Eso, muchas veces como hoy, le facilitaba las cosas a la dragona en las secretas escapadas que solía tener. Se decía que la señora de licores Crane nunca acostumbraba salir a ningún lugar sola, siempre iba acompañada, rodeada de cortesanas, sirvientes, siempre en su carruaje a pesar de que sabía ir a caballo. Esa era la verdad a regañadientes para los pocos que le conocían de manera personal: aristócratas o dragones que exigían que fuese la misma Eara quien les atendiese en las negociaciones considerando que el hecho de que un humano representase a un dragón en un negocio, siendo que el humano podía creerse a la altura de un dragón, era una total falta de respeto. Y aunque el misterio del rostro de Eara era más un misterio para humanos que para los dragones, teniendo estos últimos gracias a la red acceso a él, la misma presencia de la hermosa y joven dragona si que lo seguía siendo. Así que el misterio en torno a su nombre si podía considerarse realmente uno que abarcaba a ambas razas, exceptuando a uno que dragón que, en definitiva y para evitar que se sintiese ofendido, la señora de licores Crane aceptaba a atender ella misma.

La joven dragona había hecho lo mismo de siempre: su doncella más allegada, su amiga. Era una humana a la que Eara había comprado cuando apenas era una niña, y ahora que era adulta, era muy cercana a ella. Le había encargado que se dispusiera a hacer que su ausencia en la Mansión Crane no se notase, con la finalidad de que ninguno de sus esclavos se preocupase por ella y de que nadie supiese lo que dragona solía hacer ya desde hacía mucho.

Tomó su túnica, y salió por la parte de atrás de la mansión. Con la capucha de la túnica azul, cubrío su cabeza, y le fue fácil mezclarse entre las gentes. Iba de forma no tan llamativa, lo que le aseguraba pasar desapercibida entre los dragones y humanos, siendo solo una simple miembro del grueso de la clase burguesa o incluso, una de esas humanas que tenían la gran suerte de caer en manos de buenos dragones y gozar de buenas y lujosas ropas y una impecable educación. Cualquiera que fuese la definición que le diesen, era bastante convincente para que simple y llanamente no llamase la atención de nadie. Sus pasos le llevaron hasta el Mercado, disfrutando de poder caminar sola y ser igual al resto de las personas. De verdad no había sensación igual para ella. Se detuvo en un puesto que gozaba de suculentos alimentos traídos de varias partes del Imperio. Seleccionó algunas cosas, llenando la canasta que llevaba con ella, pagó al mercader, quien agradeció la suculenta compra y sin que nadie le viese, o eso pensó, se introdujo por un oscuro callejón.    

Para cuando llevaba ya varios minutos caminando por los laberinticos callejones de Talos, su sentido auditivo dragonico le había advertido de pasos repetitivos en la cercanía que iban tras ella. Había intentado mantener la calma, sabía a lo que se arriesgaba estando sola en los lugares donde los más desamparados y desafortunados se escondían. Tenía que perderlos de alguna forma. Desvió su destino y terminó adentrándose en lugares en los que no había estado. Corrió como pudo apresurando el paso, y se escondió entre uno de los callejones. Miró desde el cobijo del escondite, y miró como su perseguidor le perdió el paso. Respiró y apretó fuerte su pecho ante los nervios. Creyéndose a salvo, intentó recuperar los senderos por los que había escapado, pero fue inútil.

Estaba perdida.

Y aunque no se rindió, se vio obligada a detenerse cuando entre uno de los callejones, delante de ella, un hombre salió de la nada, con un cuchillo con filo de jade en mano, y detrás, otro le tomó del cuello por la fuerza. –Son unas ropas muy finas, mi señora. Decidme, ¿qué sois en realidad? ¿acaso una humana privilegiada…o un premio aún más grueso?– El hombre le tomó del mentón, le lamió de forma repulsiva y eso hizo que la palpitación de su corazón se acelerase, trayéndole terribles recuerdos, y paralizándole por completo. –¡Soltadme!– Imploró, asustada.


Última edición por Eara el Miér Ago 22 2018, 17:24, editado 1 vez




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Vie Ago 17 2018, 09:37

No

había olvidado para nada sus contactos. El híbrido había sido mercenario durante un tiempo antes de ser llevado por su amigo al lado “bueno” de la ley, donde se supone que tenía que comportarse como un buen soldado. A veces, era interesante, a veces, aburrido.

Un viejo conocido en los barrios bajos de Talos, le tenía un encargo del mercado negro, por lo que aprovechando sus auto-tomadas tres horas al final de la tarde, se perdió sin su uniforme por esas calles oscuras que eran un indudable foco de buenas oportunidades para los manos rápidas que estaban sufriendo bajo el poder dracónico, era de esos días en que se veía con lamentable crudeza, lo que ese Imperio estaba haciendo.

Pero, así como veía la propagación de la marginalidad, tampoco podía creer que hubiese aun valientes que se metieran por esas calles, aun sabiendo el peligro que representaban. Para él, estos pecaban de ignorantes o subestimaban el poder de la pobreza y las desgracias por las cuales muchos de los que vivían allí, pasaban. Es por ello que él optaba por dejar su uniforme e ingresar como un extraño más, sin nada de aparente valor encima.

“Ted” a quien le faltaba una mano y el ojo izquierdo, le esperaba en ese callejón donde le hizo entrega de un paquete. El desgraciado hombre dijo:

“Ya casi nadie se atreve a meterse por estos lados, digamos que se les está yendo de la mano el control de los territorios”

No me extraña  —dijo a Ted sin-brazo-ni-ojo, el hombre era feo y con gusto espantaba a cualquiera, con suerte hasta a su madre. El híbrido, abrió el paquete y descubrió el contenido, antes de asentir y sacar de entre sus ropas una bolsa de monedas que lanzó a las manos del hombre, que ágilmente la capturó con su única mano.

“Asumo que es lo que querías”

Ahá —habló, perdiendo sus ojos azules en el fondo del callejón— Nunca me fallas —bromeó, con una sonrisa, estampando un golpe amistoso en la espalda de Ted-sin-suerte, impulsándolo hacia el frente, casi escupiendo el alma por sendo gesto que se repitió unas cuatro veces-— Cuídate buddy, mantén tu nariz limpia y no nos encontraremos en el lado equivocado del bando —aconsejó, antes de guardar su encargo en un bolsillo y comenzar a caminar metiendo sus manos en los bolsillos de esa chaqueta que llevaba.


Y fue que, pasando casualmente, por entre una serie de calles, una voz femenina, pareció suplicar “¡Soltadme!” decía con esa voz juvenil, con matices suaves y vulnerables. Deteniendo uno de sus pasos, lo suficiente para observar al final de la callejuela viendo la espalda amplia de ese criminal-con-poca-suerte, que cubría como ave de rapiña a alguien contra la pared.

“Yupi-otro-hijo-de-puta-desgraciado-y-problemático” pensó desenfundando su espada para alzarla y recargarla sobre sus hombros, al avanzar— A plena luz del día, se están volviendo más descarados —llamó la atención del criminal, que, como todos, tenía que preguntar quién era, mientras encaraba en su dirección, sin liberar el agarre que tenía sobre la muchacha, a la que pudo mirar mejor. Por sus ropas y ese rostro semi oculto, debía ser una mujer de la zona más alta— digamos que te doy tiempo, o más bien, que no decido partirte la cara a golpes, porque dejas a la muchacha en paz y me la entregas, te ahorrarás muchos problemas venideros, posiblemente tres o cuatro huesos rotos y a lo mejor, mucho dolor.

El imbécil por supuesto, tenía que reírse y tenía que ponerle las cosas complicadas, preguntándole “¿Y si no quiero?” el militar, miró con peligrosidad en sus ojos azules, al criminal, antes de bajar su espada y apoyarla contra el suelo de roca desnivelado y adoquinado— Si no quieres, voy a tener que hacerte querer, última advertencia, suelta a la muchachita o lamentarás haberte topado conmigo.

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Miér Ago 22 2018, 17:20

La situación se había complicado más de lo que dragona hubiese creído. Era normal, considerando la precaria situación en la que el pueblo de Talos se había sumido en los últimos años haciendo incluso de la misión de aquellos dragones que apostaban por la paz y por el bienestar de los demás un lugar peligroso. La vieja riña entre humanos y dragones incapaz de ser superada entre los siglos, al menos por muchos.

Calles plegadas de uniformes negros inquisitoriales, las funciones de los miembros del Ejercito relegadas a la mera vigilancia y guardia de la ciudad despertando riñas entre los grupos militares que servían a Su Majestad, aumento de ejecuciones y juicios públicos de herejes y traidores. Todo estaba dado para que las furtivas misiones de la hermosa dragona se volviesen siempre más complicadas. Aun así, Eara había sido una dragona siempre fuerte, que había superado muchas cosas, esto no iba a ser algo que la derribase, y aunque sabía que cada vez que salía a las calles, sola, se arriesgaba a que cualquier humano lo suficientemente hábil con una cuchilla de jade en su mano podía simplemente matarla por rabia hacia su raza o por solo hacer daño, o peor aún, un hibrido, cuyos datos oficiales exponían que podían ser lo suficientemente fuertes y agiles para hacerle frente a un dragón. Todo era bastante complejo, pero esto lo había sido aún más. Eara se había paralizado, no porque no hubiese podido hacer algo en contra de aquellos dos hombres, por supuesto que hubiese podido defenderse, era una dama, pero seguía siendo una dragona, por mucho con habilidades raciales superiores a las de un humano en agilidad, fuerza, velocidad, sentidos, etc, pero cuando un espejo había sido quebrado, y eran removidos los fragmentos que yacían de él, este solo podía quebrarse un poco más.

Eara era la belleza de un espejo quebrado.

La fuerte palpitación de su corazón vino dada por el horrible recuerdo de su pasado. Esos gestos, esa cercanía de un cuerpo masculino sobre ella, tomándole a la fuerza, ese olor tan característico de la lujuria implícita en el ambiente y que resonaba en eco de las palabras amenazantes de los dos hombres que le habían abordado para robar. Todas fueron causas más que sumadas y suficientes para hacer que la dragona pidiese ayuda, viéndose arrinconada y acorralada. Los dragones eran muy fuertes de forma física, pero incluso sus mentes podían ser machacadas con facilidad, esta había sido la muestra.

Intentó mantener la compostura, dentro de todo, Eara se había jurado no verse débil nunca más ante nadie, por eso su mirada era dura ante los hombres, pero su cuerpo no le estaba respondiendo. El trauma estaba presente. Hizo ademan de forcejear cuando otro intento tocarle pero quien le sostenía de la espalda, con el filo del cuchillo en su cuello le hizo recordar que un movimiento en falso y la degollaría.  La dragona escuchó aquella voz que habló de la nada, y le hizo una clara amenaza al otro, pero por supuesto no la soltó. Las cosas ahora estaban siendo más complicadas. –Moveos…– Se dijo así misma. –¡Moveos!– Se exigió. El contacto físico seguía siendo un problema, y seguir aferrada al miedo y a la paralización como único mecanismo de defensa.

La hermosa dragona de tés blanca sostuvo la mirada baja todavía cuando el hombre la obligó a que se girase, sin soltarle, le tiró del cabello hacia atrás y le levantó el cuello colocando el filo del cuchillo sobre su cuello. Pudo cruzar miradas con el desconocido que parecía ser tenía intenciones de ayudarle. –Qué le parece, señorita. Aún perviven los héroes en Talos, ¿No es una linda escena?– Mencionó burlesco y con ironía. Eara miró a los ojos a quien fuese, intentaba ser su salvador. –¿Ves esto, “héroe”? Cuchilla con placa de jade pulida, un movimiento en falso y le rebano el cuello y ni aun siendo dragón se salva.  Te diré que haremos, tú continua tu camino…y deja que la señorita y nosotros terminemos nuestro…– Entonces le habló al oído, susurrante, mientras el otro rió. –…Encuentro, y todos salimos ganando.– Cuando le habló así, la dragona cerro los ojos ante el desagrado, pero siguió manteniéndose temple, aunque realmente sus manos temblaban.

Eara solo guardó silencio, pudo hacer un llamado de auxilio por la red, era simple, pero eso significaba preguntas y averiguaciones. No quería que nadie, y menos la inquisición, metiese sus narices en sus asuntos personales. Quizá lo mejor era realmente que el otro se retirase. –Hacedle caso, no tenéis oportunidad contra dos.– Dijo ella misma a su salvador, pero con los ojos realmente le rogó que no le dejase sola.




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Miér Ago 22 2018, 21:11

Por

supuesto que él trataba de no reflejar la raza que tenía, por lo que era totalmente desconocido para los humanos que ahora buscaban intimidarle en un encuentro así. ¿No podía ser más jodido? El fastidio se dibujaba en su rostro como si ni siquiera estuviera escuchando lo que tanto hablaban, los ojos azules del híbrido se posaron en los de la morena, fijos y serenos, haciendo un leve movimiento hacia la derecha de ella, como si le indicara que se arrojara al suelo, con obviedad, cuando tuviera oportunidad.

El volvió a mirar al sujeto que hablaba, con pereza absoluta— ¿Terminaste? —preguntó otra vez, notando el enojo en el rostro del humano. El militar sin uniforme, mordió su labio inferior y esbozó una sonrisa. Cuando no tenía su uniforme tenía la tendencia a no preocuparle de cuánto daño hiciera con el fin de proteger a alguien o solo cargarse a quien le arruinara el humor por esos lares. Y esos humanos le estaban arruinando el humor— Yo no doy segundas advertencias como tampoco, regalo o pierdo mi tiempo —dijo con voz baja y tranquila, no había tensión en él y eso ponía de nervios a los dos criminales, porque, eso significaba que o se iba o no lo haría.

Pero Keith, no era idiota y tenía que crear una distracción para que el primer hombre le quitara los ojos de encima y así hacer uso de sus habilidades naturales y terminarle la fiesta. Una idea cruzó por su cabeza entonces, posando sus ojos azules en el segundo hombre, esta vez con seriedad— Creo que te conozco —el hombre entonces lo miró bien y no lo reconoció.

“¿Qué mierda estás hablando?”

Preguntó el confundido hombre— sí, te conozco muy bien, ya era hora que te encontrara — y eso llamó al estrés del segundo hombre y que el primero se distrajera y aflojara la presión del cuchillo y por un momento le quitó los ojos de encima al castaño, haciendo lo que este deseaba— calma, ya me reconocerás —en segundos, mientras tomaba un respiro, deslizaba sus dedos por la empuñadura de su espada y en un movimiento más rápido que el humano tomó impulso y haciendo uso de toda su fuerza, alzó la espada y forzando su brazo derecho lastimado. Lanzó la pesada espada contra el primer humano, con impulso y fuerzas sobrehumanas.

Esperaba la dragona se arrojara al suelo en el momento que lo vio moverse, porque lo que venía iba a ser desagradable, el tipo no tendría oportunidad, la espada atravesaría su cara o su cuello de una manera brutal, salpicando sangre— ¡Ven! —llamó a la dragona en el momento que tuvo oportunidad, para que se alejara de allí y se apartara a sus espaldas, mientras el otro hombre boquiabierto, se daba cuenta que él no era un humano como ellos. No. Tenía que ser un dragón, según la mente pequeña del humano que vio al mestizo caminar hacia él a pasos amplios, haciendole temblar ante su cercanía.

“¿¡QUE DEMONIOS HICISTE!?”

Preguntaba el hombre— Matar al hijo de puta que toma inocentes desarmados por la fuerza. Si y dije que tengo poca paciencia, pero prefirieron burlarse de ello —el hombre, tomando el cuchillo con una placa de jade en la punta, se lanzó contra él, intentando cortarle con el arma blanca desde arriba, pero él, lo bloqueó, sujetándolo del antebrazo e interponiendo su pierna izquierda, movilizando su cuerpo para apartarse del camino y hacerlo perder el equilibrio y hacerlo caer al suelo pesadamente. Mientras pisaba la mano que tenía el cuchillo y con rapidez, pateaba el cuchillo a un lado, para tomarlo y observarlo— Buena pieza ¿Por qué unos ladronzuelos como ustedes tendrían algo así? Ni idea, pero gracias —dijo caminando hacia donde estaba su espada clavada y jalándola del cuerpo muerto del primer hombre, se agachó junto al adolorido humano— Me has enojado como no tienes idea, dime ¿Por qué no debería darte el mismo destino que tu amigo? —preguntó limpiando la hoja de su espada con las ropas del caído y lastimado.

Dejó que dijera un par de cosas antes de golpearlo en la cara con la empuñadura y llevarlo a la inconsciencia— Te tengo una noticia —formuló— No te conozco —fue lo último que hizo, antes de erguirse y girarse a mirar a la muchacha— ¿estás bien? —su voz ya no contenía atisbo de hostilidad. Acercándose a ella, mientras se guardaba la daga con punta de jade bien y enfundaba su espada de vuelta.

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Jue Ago 23 2018, 10:49

La violencia era una de las cosas a las que la mirada de la joven dragona se había, lastimosa y de una manera que se encarnizo, acostumbrado a ver. Por esa razón, había decidido, cuando el origen de toda esa horrible violencia que tuvo que presenciar y ser parte, alejarla lo más posible de ella. Los siglos en la ciudad de Talos en la construcción de su pequeño imperio licorero habían sido lo más alejado de ello y de esos recuerdos que le perseguían como sombras que siempre amenazaban su existencia, como crueles recuerdos y tormentosas pesadillas que jamás olvidaba. A pesar de ello, era casi imposible estar alejado de eso. Cualquier dragón, por supuesto, había sido testigo en algún momento de su existencia de alguna masare, algún asesinato, alguna riña callejera.

La sangre era parte de Talos. Pero en los últimos años, la sangre era parte de la vida y de la vieja riña entre dragones y humanos.

A pesar de eso, de la costumbre a las cosas que podían parecer naturales, para la aristócrata aquello resultaba en cosas que le perturbaban en sobre manera. La situación se había vuelto más difícil de lo que ella esperaba que fuese, su cuerpo no quería reaccionar, solo respondía con inercia y de forma cada vez más abrupta al contacto físico que el otro obligaba en tener con ella. La repulsión de cada gesto del criminal era cada vez más inocultable para ella. También lo eran las ganas de querer matarlo ella misma pero el miedo que le sucumbía y hacia palpitar su dragónico corazón, hacia aterrarlo era aún mayor. Cada segundo en el que el humano le obligaba a un acto más indecoroso con claras intenciones lujuriosas la hundía un poco más en mostrar cada vez menos entereza y más miedo. En acorralar su mente. Algo que, por clara visión y visto en un dragón, era una vergüenza. Por supuesto, ninguno allí podía dar por sentado el origen racial de ella. Sus fachas seguían denotando o bien a una humana acomodada de la parte alta de la ciudad, de esas que caían en mano de dragones que le daban muchos privilegios por quien sabe qué razón, o bien también y la para nada descartable idea de que verdaderamente si se tratase de una dragona burguesa.

Si hubiese dicho que esperó algo de lo acontecido en ese instante hubiese mentido. La mirada azul de quien intentaba ser su salvador se cruzó varias veces con su aparentemente tranquila mirada. Parecía ser que su llamado de auxilio, contenido en sus ojos pero no en su expresión que a pesar de estarse hundiendo poco a poco en la desesperación y el quiebre de los recuerdos, había sido captada en la tranquila expresión del otro. Cuando les respondió y pareció decir algo que evidenciaba que le dejaría, los nervios aumentaron en ella, ¿qué iba a hacer? Por suerte un giro de los acontecimientos fue inesperado, pero ella sabía que eso indicaba que las cosas por venir no irían bien.

Le fue sencillo, hasta cierto punto a pesar de estar entre la espada y la pared entre sus terribles traumas originados por el horrido pasado, reaccionar por inercia y en movimiento evasivo al filo de la espada del otro. Aunque se movió con rapidez detrás del otro, no fue realmente porque estuviese muy consciente de lo que hizo, sino más bien por la sorpresa en sí.

–¡Cuidado!– Gritó con sorpresa viendo al otro irse contra él, claramente no humano, que le había salvado. Todo acontecía en ese instante muy rápido.  Todavía estaba en shock. Se mantuvo quieta a la espalda del otro, mirando toda la escena: el cómo mostró un gran dominio de la espada y una formidable habilidad para el combate físico. Entre sus palabras, la de ambos, aparentemente dragón y humano en el suelo, no reparó en ellas con detalle, solo en el bizarro desclave de la espada sobre el cuerpo muerto y ensangrentado del otro. Rebanado como si se hubiese tratado de un tajo de carne sin valor alguno. Todo eso, era lo que ella no había querido, y ahora un pensamiento rondaba su cabeza con ferocidad: era su culpa.

No reparó en lo que él otro dragón hablo contra el otro hombre, pero si que se vio obligada a mirar y por suerte, no le mató. Aun así, permaneció en shock. El tono de voz del otro le hizo levantar la mirada y clavarla en sus ojos en lo que este se acercó. –Está muerto.– Dijo, con sus delicadas manos cubiertas por aquellos guantes, puesta sobre su pecho, aparentando contra este. –Lo habéis matado…– Susurró. Volvió a mirar, con afectación, al hombre con su cara, desfigurada y vuelta nada, atravesada y la sangre chorreante aún sobre el suelo. –Por mi culpa.

Era necesario que apartase la mirada de la lamentable escena, pero no se obligaba a hacerlo. No era lo que ella hubiese querido. No muerte, y no sangre.




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Vie Ago 24 2018, 03:36

Las

palabras balbuceadas por la joven morena, le hicieron mantenerse silencioso. Pues sí, el criminal que quería acabar con su vida estaba muerto, lamentable era que muchos tuvieran que acabar así, por no querer ceder a su propia podredumbre interna, humanos, dragones, incluso híbridos podían caer en esa misma postura.  

Observó el rostro de la muchacha, el temor que sus avellanas revelaron y la forma en que estos cristalinos enfocaban el cadáver que él había dejado atrás. Acomodando su chaqueta, el mestizo, ajeno a como calmar mujeres como aquella, desvió su mirada hacia la callejuela que estaba a unos pasos de ambos, meditando en sus acciones y palabras a elegir. Volviendo su atención a la mujer, que no apartaba su vista de esa escena que probablemente dejaría recuerdos. Levantó su mano izquierda y en esa distancia de apenas dos pasos, utilizó sus dedos para reacomodar un mechón oscuro que estaba sobre la frente femenina y se deslizaba por su rostro, revuelto como muchos otros por el forcejeo y las acciones repentinas en el momento de la pelea.

Apartando el sedoso cabello, llamó su atención, posando su áspera mano en esa nívea mejilla, antes de mirarla fijo— Cada uno de nosotros tomamos una decisión Señorita, decidimos que hacer con nuestras vidas, decidimos si hacer caso o no, a las advertencias o a los peligros que aparecen en esta —re direccionó su rostro hacia él y entonces bajó su mano una vez tenía su completa atención— si vivimos o morimos, en parte, también está en nuestras manos, él decidió no hacer caso a la advertencia que le di y como muchos otros, prefirió hacer mal las cosas. Talos no necesita su maldad —dicho eso, el híbrido caminó hacia la callejuela, hasta detenerse y volver a verla.

Vamos, la acompañaré a salir de este laberinto de ratas —los ojos azules bajaron para detenerse sobre el inconsciente criminal y el cadáver más allá. Y desvió la mirada, una vez tuvo a la muchacha a su lado para salir a las calles— Talos ya no es como antes, ya no —habló, perdiendo su vista entre lo deteriorados que estaban los edificios de esa zona—Áreas que antes eran seguras, ya no lo son, y no hay casi gente buena que se mueva por estos lados y los pocos que hay, dudo que vean a personas como usted, con buenos ojos —el pueblo resentía a los aventajados más que nada, la pobreza estaba aumentando, el descontento y la peligrosidad más. Y ahora que lo pensaba, desde la caída de los altares del agua y la tierra, la economía se había ido al carajo también.


Por lo que el descontento y la ira iba en aumento— por amor a su propia vida, le recomendaría que no volviera a andar por aquí y mucho menos sola —sus pasos tranquilos por esa calzada, se detuvieron apenas unos segundos, encontrándose con unos soldados que pasaban por allí.

“¡Ah! ¡Teniente! ¿día libre?”

El hibrido hizo un gesto con su mano derecha a modo de “más o menos”— Hacia abajo, rodeando la esquina de ese callejón, hay una callejuela. Dejé un cadáver y un criminal inconsciente, llévenselos —ordenó, recibiendo un “Si señor” de parte de esos soldados de menor rango que recorrían seguramente las calles como mera tarea que otros de mayor rango no querían hacer.

Cuando se retiraron, el volvió sus azules a ella— ¿Segura que está bien? —preguntó por fin.

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Vie Ago 24 2018, 21:41

La misteriosa dragona de renombre en el Imperio del Fuego, esa de la que muchos decían y pocos realmente sabían algo, era tenida por ser una dragona bastante alejada y fría de carácter. No era así realmente. Había aprendido a ser alguien capaz de mantener la calma ante los momentos más difíciles y embarazosos. Había aprendido a pensar antes de hablar, a guardar silencio y observar, a soportar. Había tenido que hacerlo para hacer frente a las monstruosidades que su padre cometió contra ella. Se había vuelto fuerte en medio de la tempestad. Si era un espejo quebrado, nadie lo vería. No estaba dispuesta a ello. Pero incluso momentos como el que estaba viviendo en ese instante, eran capaces de descolocarle un poco.

La sangre derramada, el contacto físico que le incomodaba en sobremanera con un hombre y las sucias palabras que evocaban las horridas memorias del tiempo en el que era débil y no podía hacer nada. Todo estaba dado para que tuviese un momento de vulnerabilidad.

Las acciones físicas del supuesto dragón que le había salvado, lejos de ser reconfortantes, fueron incomodas. Toda cercanía, acción física venida de un hombre hacia ella era parte de esa sombra que la perseguía. De esa marca que su padre había dejado en alma quebrada y que la hermosa dragona se esforzaba siempre por ocultar en una máscara de solemnidad indemne. Un miedo que le aterraba enfrentar. Para ella era mejor solo ignorarlo. Al principio, no reparó mucho en el primer movimiento del dragón, cuando este movió parte de su cabello un tanto desaliñado por los bruscos movimientos que habían supuesto los eventos de hacía unos segundos, eso solo generó que momentáneamente posase su atención en los azules ojos del otro, pero cuando sintió la aspereza de la mano contraria se tensó. Normalmente no lo hubiese hecho, solo habría alejado un poco el rostro como un acto reflejo, pero estaba aún un tanto en shock por lo ocurrido. Se sobresaltó un poco por el calor de la mano ajena y salió del shock enteramente volcando solo su atención en este y en lo cerca que estaba de ella. Su incomodidad fue inmediata, pero supo ocultarla bien. Para su suerte, el dragón bajo la mano rompiendo el contacto físico de forma rápida.

Sus ojos no se quitaron de los azules, quien era con claridad más alto de estatura y le obligaban a ella a erguir un tanto su rostro hacia arriba. Rápidamente, tras escuchar aquellas palabras bajo la mirada, con un deje de apenamiento ante el hecho de haberse visto tan vulnerable ante alguien. Ahora que podía pensar con cabeza, sabía que si era un dragón, lo más seguro era que este supiese quien era ella. Después de todo, ya le había visto el rostro de forma completa y el rostro de los dragones era algo accesible para cualquiera en la red. –Te…– Tartamudeo. –Tenéis razón, Sir.– Era algo más por salir del paso.

Acomodó un poco su cabello y se echó para atrás. No le volvió a mirar en los ojos de momento, lo necesitaba. –Yo, lamento que tengáis que haberme conocido en esta situación.

La hermosa dragona de tez blanca volvió a mirar al hombre cuya cara había sido atravesada, y al otro en el suelo. Esta vez, lo hacía de forma calma. No dejaba de pensar en que definitivamente había tenido parte de culpa. La voz del otro, quien se alejó llamó su atención de nuevo, indicándole que le acompañaría. Eara asintió, sin oponerse y volvió a cubrir su cabeza con la capucha de la túnica azul que llevaba. Aunque en aquel instante, ya no hacía falta, porque un dragón le había visto. Esperaba que las preguntas sobre el porqué Lady Eara, una aristócrata cuyos rumores decían que jamás iba a ningún lado sola, estaba en lugar como aquel, no solo arriesgándose, sino sin compañía alguna. Recogió la canasta en la que había comprado varias cosas, la cual, por suerte, cayó en una forma tal sobre el suelo en la que ninguno de los víveres se fue al suelo, y siguió al dragón.

Esperaba alguna pregunta sobre el que hacía ahí, eran tiempos peligrosos para cualquier dragón y cualquier cosa podía ser considerada sospechosa, por suerte para ella no llegaron. No dejaba de esperarla pese a que el dragón hablaba sobre la peligrosidad de la ciudad. De alguna forma ambos estaban pensando en lo mismo. El detalle que hizo referencia a ella, le hizo tener en cuenta que seguramente sí, el dragón sabía quién era. No era de extrañar. –Tendré en cuenta vuestro consejo, Sir. Es uno que agradezco.– Mencionó, mirándole mientras andaban y sonriendo amable. Encontrar más dragones fue, por supuesto, lo que no quería. Al escuchar la palabra “Teniente” se sintió más incómoda. Cabizbaja, queriendo no hacerse notar, no entrometió en la conversación, pero fue imposible, pues tras que explicase lo sucedido a ambos soldados, uno de ellos le reconoció y su expresión de sorpresa y muestra de respeto hacia la hermosa dragona fueron inevitables. –Lady Eara… es un honor conocerle.– Ella alzó el rostro, no quedándole otra cosa que hacer y les miró con cortesía. –Agradezco vuestro cumplido, Sirs. Pero temo que el honor pertenece a mí. Vosotros sois quienes trabajan día con día para que la paz de nuestro ciudad se mantenga.– Dijo con educación y una ligera y tranquila sonrisa. Uno de ellos la vio embobado, ella ignoro eso. Estaba acostumbrada a los elogios innecesarios. Les miro irse, calle abajo y murmurando quien sabe qué sobre ella o sobre el por qué el Teniente estaba con ella.

Volvió a quedarse sola con el que, ahora sabía, era un dragón, y además un Teniente. No respondió a su pregunta, porque sabía que tras ella podían venir otras, así que llegada a ese punto, pensó que era mejor adelantarse. –Teniente.– Mencionó, y le miró a los ojos con tranquilidad y serenidad. –Me honraría que me acompañaseis a hacer lo que he venido a hacer en este sitio. Es un lugar peligroso, y no quisiera tener que verme en riesgo de nuevo.– No estaba haciendo nada malo, pero era mejor librarse de cualquier sospecha sobre su nombre.

Una investigación era lo menos que necesitaba sobre ella y sus fructíferos negocios. Y menos si la Inquisición podía verse involucrada.




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Dom Ago 26 2018, 09:02

No

fue hasta que ese soldado había dicho “Lady Eara” que, el mestizo había reconocido el nombre y ahora se le antojaba más que familiar. Quizá había escuchado de boca del viejo dragón que había sido su padre, que ella era una dragona realmente hermosa y mientras les recordaba a su hermano y a él que eran demasiado “especiales” (una forma muy elocuente de no llamarles directamente aberraciones cuando estaba de buen humor) para merecer saber más de dragonas como la que tenía delante y aun así pudo captar un atisbo de lo que se decía de ella.  

Y tenían razón esos comentarios que contaban sobre su reputación y las cosas que otros murmuraban, pero en esos campos no se metía. Porque estaba muy ocupado cuidando sus espaldas, fingiendo ser un lagarto más dentro de esa sociedad para cuidar su cuello de la misma inquisición con la que se cruzaba muchas más veces de las que quería, estando en el ejército.

Lady Eara, ante sus ojos, era una dragona “perfecta”, que había adoptado la forma de vida que los humanos, según había sabido de terceros, habían llevado alguna vez antes que los mismos dragones gobernaran. A pesar de ser una dragona, también dependía mucho de sus esclavos y sirvientes y como había escuchado, nunca salía sin ellos ¿Por qué había salido sola esta vez? Una vez ambos soldados se fueron, el volvió sus azules a la dragona para prestar atención a sus palabras, bien formuladas, con la correcta modosidad de las damas más educadas.

Él no sabía tratar con damas educadas, niñas buenas que llevaban la belleza de una flor imperturbable y no estaban acostumbradas a las rudezas que alguien como él siempre expresaba. O eso quería maldita sea creer.

Díganse las mil vulgaridades que ya hubiera soltado, de no haber estado a su lado. A lo mejor hubiera sacado un cigarrillo, fumado un poco y bromeado con aquellos soldados de forma grosera y poco correcta, sobre quien sabe que cosas que no eran dignas de los oídos delicados de alguien como su acompañante a la que sin duda había notado tensa ante su cercanía y tacto. Sí, había sido atrevido en su intento de confortarla, pero como ya lo sabían todos, él no tenía modales prístinos.

Su atención estaba en la expresión de la dragona al pedirle su compañía, quizá no siendo él, una de sus mejores opciones. Pero la más sabia al pasearse por esas vías que ya habían comprobado traían cosas terribles para los que parecían presas fáciles, para los depredadores como ese par de sabandijas, de las cuales uno había tenido que morir. Con un movimiento de su cabeza, el híbrido asintió acorde a los pocos modales que poseía— aye m´lady —contestó en su ronca y serena voz, al esperar por la guía de la mujer— Y se puede saber ¿Qué asuntos tiene una dama como usted, por estas calles? Si se puede saber, claro. Sin lugar a dudas no es lo común y por lo que he oído, no suele salir sin sus esclavos acompañandole. —preguntó por fin.

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Dom Ago 26 2018, 17:16

Todos tenían secretos. Secretos oscuros, secretos simples, secretos valiosos. De toda clase. En una sociedad como aquella, tan dividida, era algo muy común. Lady Eara, por supuesto, no era la excepción a la regla de oro de los secretos. Ella, quizá no tenía muchos, era una mujer transparente, pero esos pocos  que existían habían preferido ocultarlos y dejar así, por su bien. Muchos que de saberse ahora, ya no tenían ninguna importancia pero que cambiarían para siempre la percepción del buen nombre de los Crane. Ese era un peso que ella llevaba sobre sus hombros y con el cual estaba dispuesta a cargar. Limpiar ese nombre y devolverle su esplendor. Lo había decidido en el primer momento en que había dejado Edén, hacía ya más de tres siglos.

Estaba encaminada en ello para que cuando el momento de reclamar el apellido por el cual sus padres eran recordados, llegase.

Parte de esos secretos que un dragón podía tener, como el que le suscitaba la situación en la que hoy se había visto entrometida, muchas veces no eran bien visto por los dragones. Muchos de su raza seguían teniendo ese odio encarnizado hacia la humanidad, ese odio que había incluso trascendido la propia historia y el propio tiempo y hoy era el motivo principal por el cual los cimientos del Imperio del Fuego se veían en una situación embarazosa, sobre la cual se estaban tambaleando. Sobre la cual todo los que sus congéneres habían construido se veía en un peligro inminente. Por supuesto, la hermosa dragona era de las que habían nacido en aquella sociedad en tiempos de construcción y paz, y visionaria, estaba dispuesta a dar lo mejor de sí para que ello no ocurriese. No en una horrida guerra. Ella no estaba en guerra con nadie, ella creía bastante bien que lo que los dragones habían hecho era lo correcto, y que la guianza de la Reina Madre era necesaria para que el mundo perdurase en bienestar. Ella creía en lo que ofrecía la Reina, en lo que ofrecía aquella a la que llamaban Diosa, porque cuando ella más lo necesito, esa paz de la que todos hablaban, a ella le alcanzó en tiempos de tempestad y gracias a esa fe, hoy era quien era. Era parte de su impulso.

Por eso, esta vez, siendo alguien quien entendía el mundo desde el punto de vista de aquellos que habían sufrido en carne propia lo que el odio de un dragón por una raza era capaz de hacer, se arriesgaba así, como en aquel día. Porque ella no sería igual a ellos, igual a su padre. Ella mantenía los alegres recuerdos del padre que creía y apostaba por una vida en equilibrio entre dragones y hombres: “la vida de la humanidad ahora yace sobre los hombros de quienes gobernamos. De la humanidad, y del mundo.” Esas palabras se las enseñó él mismo, antes de que la tristeza carcomiese su alma, el dolor quebrase su espíritu y la oscuridad mermase su corazón.

La dragona se había abocado a demostrar a los hombres, y a los dragones, que sí, el odio no tenía que ser el motor del mundo en el que vivían. Ella había superado ese odio, y había nacido rodeada de amor: el de sus padres, y el de la Diosa y Madre de todos los dragones. Eso era lo que iba a trasmitir para que el mundo por el que sus padres habían luchado guiados por la Reina Madre, el Imperio del Fuego, perdurase.

Movida por ese sentimiento y esa misión que pesaba sobre ella, desde la cual entendía su respondabilidad como aristócrata era que la dragona hacía lo que hacía. Su mirada, que seguía fija en el dragón, ahora Teniente para su conocimiento, se mantuvo tranquila. –Os lo agradezco.– Y empezó a caminar sin salir del entramado de callejones. Por suerte para ella, el Teniente le había llevado a un sitio cercano y que pudo reconocer. Estaba cerca de aquel lugar. Sabía bien que dada su reputación y su renombre, envuelta en tantos comentarios y misterios, iba a ser inevitable que el soldado hiciese preguntas, sorpresivamente habían tardado, pero ella se había adelantado. Quizá lo que el dragón estaba por ver no iba a ser algo que el viere de buena forma, realmente era algo que tenía sin cuidado a la dragona, pero con el fin de que no hubiese ningún tipo de sospecha sobre ella, estaba dispuesta a que aquel dragón viese una parte de ella. Una sospecha sobre ella era lo menos que necesitaba siendo alguien que tenía una reputación que cuidar sobre un apellido el cual estaba dispuesta a reclamar cuando el momento fuese indicado. –Descuidad, Sir. Lo que me trae a este lugar no es algo que deba preocuparos, ya lo veréis con vuestros propios ojos.– Y desviando un tanto hacia la derecha, por una callejuela hacia abajo, se encontraron con un lugar más grande y frente a ellos se hallaba un pequeño edificio en condiciones precarias, del cual se escuchaban voces de infantes.

Eara se acercó a la puerta, y tocó. Al abrirse la puerta, salió una mujer a clara vista, humana. –¡Lady Eara!– Expresó con emoción, pero al ver al dragón que le acompañaba tras ella, abrió los ojos como platos. –No os preocupéis, viene conmigo.– La mujer simplemente asintió e hizo una reverencia, como creía debía hacerla ante un señor dragón. –¿Podemos pasar?– Preguntó la dragona. –Ha sí, sí, claro.– Y les abrió pasó, cerrando tras ella la puerta. Tan pronto como estaban en pobre y pequeño recinto, una manada de niños entre los 4 y 7 años corrieron felices, viendo quien era quien había llegado. La expresión de la dragona fue más que visible. No era la típica sonrisa amable que los dragones estaban acostumbrados a ver. Esa que era solemne y de modales, era una sonrisa cálida y de felicidad. Una que resaltó bastante en aquel hermoso rostro. Eara se agachó saludando con especial atención a una pequeña niña que la abrazó eufórica, un abrazo que a ella le fue tan grato como más nada en el mundo. –No he olvidado lo que os prometí...– Y de la canasta sacó una pequeña muñeca de trapos. La niña la miró con emoción y la tomó en sus manos. –¿Vais a darle algún nombre?– La niña, con ternura, sopeso y con la infantil e inocente voz dijo. –¡Dianny, como mami!– La dragona volvió a reír, pero al escuchar ese nombre y esa inocente expresión un deje de tristeza se vio en sus ojos. –Es un lindo nombre. Vuestra madre se sentiría muy feliz de saber que la llamáis así.– Tras ello, los pequeños fueron tras la niña, queriendo jugar con ella. La felicidad de lugar era casi palpable.

Eara se levantó y dio a la joven mujer la canasta. –Os he traído algunas cosas.– La mujer las tomó. –No sabe cuánto os lo agradezco, sin usted…– Bajo la mirada y Eara le tocó le tomó de la mejilla con su delicada mano. –No hago nada, vos sois la que hace esto posible. Estos niños os necesitan. No tienen porqué sufrir igual que nosotras. No lo merecen.– Mencionó, pero su mirada se desvió a lo sorpresivo. –¡Lucy!– Llamo la atención la mujer a la pequeña infante, creyendo que podía ser tomado a mal por el dragón que un humano se le acercase así.

La pequeña niña que hacía unos instantes se encontraba con Eara, escurridiza, logró llegar hasta el Teniente, y le jaló del pantalón y extendió sus brazos. Quería que la tomase entre sus brazos.

La dragona soltó una ligera risa que le fue imposible ocultar por lo gracioso de la escena.




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Mar Ago 28 2018, 20:52

No

solía sentirse cómodo cuando le mantenían en la oscuridad y desconocimiento de los planes, el misterio que portaba la dragona de cabello de ébano y nívea piel como Blanca nieves, le llenaba de mayores preguntas, conforme empezaban a caminar por esa calle, lado a lado, acompañados solo de ese intento por calmar su inquietud y saciar su duda, a medias, con una respuesta ambigua y poco detallada que tocó el temperamento del híbrido.

Porque tenía que recordar, que, aunque frente a la sociedad fuera un dragón, él seguía siendo un híbrido y tenía que mantener esa fachada. Y la mejor forma de mantenerla, era no tentando a su suerte y arriesgándose a situaciones en las que podría ser descubierto, en ese caso, ni se ponía a pensar en la puta red dracónica a la que tenía que aprender a ingresar ASAP, para mantener en alto su fachada y cuidar su cuello.

El híbrido, metió sus manos en los bolsillos de esa chaqueta de cuero amarronado que llevaba puesta, conforme dispersaba sus pensamientos en los alrededores, luciendo ligeramente distraído escusa factible para su dilema mental, pero al mismo tiempo atento y observador a que ninguna otra amenaza, los atacara en medio de ese trayecto, viendo las estructuras y como la pobreza, había robado la belleza de la arquitectura que alguna vez brilló concurrida y pensar que ese era el futuro para las calles concurridas que aún se mantenían brillantes. De vez en cuando miraba el perfil meditabundo de su acompañante, que digna caminaba, sumergida en sus pensamientos, distante, ajena a lo que ocurría a su alrededor, como si en automático ya conociera el camino, sin fijarse siquiera en nada más.

Sus ojos azules, siguieron el sendero que tomaron hasta ese edificio que de alguna forma le pareció familiar. Niños, risas de niños llegaron a sus oídos y entonces se tensó, al cruzar el portal y encontrarse con lo que parecía ser un orfanato, la acompañó silencioso caminando a un paso tras ella, perdiendo su mirada en la desgastada y deplorable roca de la que estaba hecha la estructura, seguro no era un lugar muy acogedor en lo absoluto.

Con un gesto de cabeza saludó a la mujer que los había recibido, el mestizo ingresó en el edificio junto a la dragona, observando curioso el entorno que ahora los rodeaba, la interacción de su acompañante con los residentes de dicho lugar, revelando que a lo mejor ella era una de esos pocos dragones que parecían tener una pizca de empatía, pero la palabra clave era “parecía”, porque no todo lo que brillaba era oro y esa era una lección que trataba de recordar siempre. La dragona repartió regalos, entregó los víveres de la canasta y otras cosas, a los niños, conversando con la mujer y esos críos que corrían hacia ella y hablaban en sus agudas voces infantiles y esperanzadas; Y sintió pena por ellos, porque no sabían lo que les deparaba la vida y no era por ser negativo, era ser realista.

Cabe destacar que las expresiones de la dragona, fueron las que más sorpresa causaron en el híbrido, había pasado de ser distante, estoica y ambigua, a sonreír vivaz, cálida y cariñosa con esos muchachitos que ahora corrían a jugar por allí con sus nuevos juguetes. Pero tampoco perdió de oídas, esas palabras que le hicieron preguntarse ¿Qué le habría pasado a una dragona que aparentemente tenía todo para existir?

Fue cuando un grito lo sacó de sus pensamientos y, bajando sus azules, encontró a una pequeña de bellos ojos mirándole y extendiendo sus bracitos. Los únicos infantes que había tenido cerca habían sido siempre de su edad, en su tan misteriosa niñez que no contaba nunca, nunca había sostenido a un bebé, ni a un niño del tamaño de la pequeña que frente a él estiraba los brazos, obligándolo a arquear una ceja por unos segundos antes de contener el aire y pensar chu chu criatura, precisamente pensando en que eso es lo que evitaba siempre que compartía lecho con una amante y las dejaba a la madrugada, con un par de monedas para que fueran derecho a un sanador a asegurarse que nada quedaba atrás.

Pero si seguía de promiscuo, seguramente dejaría uno que otro chiquillo y le tocó la vena emocional. No es que no quisiera ser padre, quizá sí, pero no había llegado la mujer que llamara a su primaria resolución y natural instinto de poseerla, marcarla, preñarla y quedarse para cuidar a sus futuros cabroncillos retoños, que iban y esperaba que fuesen todos tan bestias como él.

Y cuando menos lo esperó, inclinó su cuerpo y tomó a la niña por debajo de sus bracitos a nivel de sus axilas, para alzarla y acomodarla en sus brazos del lado derecho. Mirándola fijamente a los ojos, frunció el ceño un poco más y le gruñó. La peque, sonrió y él correspondió.

Sin palabras de por medio, parecían haberse comprendido casi al instante— Con que Lucy es tu nombre ¿eh? —preguntó— yo me llamo... —acercó su rostro al pequeño oído de la niña y murmuró “Kei” y alejándose hizo un gesto de silencio— eres preciosa ¿te portas bien?

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Miér Ago 29 2018, 18:52

Todos conocían de Eara a aquella mujer de belleza innegable, modales recatados, entereza envidiable y templanza inigualable. Eran pocos, casi por decir nadie, los que conocían la otra cara de la moneda o en este caso, de la joven aristócrata del Imperio del Fuego. Sus más allegados más que nada: sus leales doncellas, las cuatro jóvenes mujeres que le servían con lealtad y siempre le acompañaban allá a donde iba, sus confidentes y cabía decir, amigas, pues era con quienes hablaba la mayor parte del tiempo y por último, y en rara ocasiones, su cochero y de vez en cuando uno que otro de los esclavos que servían en la Mansión Crane. Sin embargo, era eso lo que Eara había hecho gran esfuerzo por mostrar. Fortaleza, la fortaleza de una Crane. La dignidad de una dama del imperio, lo cual mostraba con bastante afán. Ella creía en los buenos modales y el respeto entre las clases sociales.

Había nacido, después de todo, en un matrimonio de dragones cuyas costumbres se asemejaban a las antiguas costumbres humanas de la Europa del Medioevo. Era la tradición de su linaje y por eso debía honrarla y respetarla.

Para ella significaba la conexión más fiel entre los humanos y los dragones, ya que por siglos, era de su conocimiento, sus padres habían vivido en paz y gozando de buena posición social entre los hombres y era eso lo que habían querido mantener cuando decidieron participar en la gran guerra del Despertar. Sus padres le habían hablado mucho del pasado, del como los hombres se mataban unos a otros en guerras sangrientas y crueles batallas por el poder, corrompiendo sus corazones con la sed de poderío. Eran tiempos que ella solo podía imaginar pues era una dragona joven que había nacido tanto después del Letargo. Por eso, su lealtad y devoción hacia la Reina Madre era tal, que era casi incuestionable a pesar de por los difíciles tiempos Eara distará de ciertas opiniones sobre ciertos temas sobre los cuales simplemente sabía bien que debía mantenerse alejada por el bien de su propia reputación. Sus padres le habían enseñado que la última guerra que vería el mundo sería aquella, una guerra que era distinta de todas aquellas que ellos habían visto, puesto que quien dirigía aquella gran guerra era la soberana Diosa Madre, quien trajo la paz al mundo que los humanos por poco casi destruyen, destruyéndose ellos mismos en el proceso. “Eres un dragona afortunada, Eara. Tus ojos verán erigir un mundo de paz para hombres y dragones.” Dijo su madre en algún punto de su niñez. Y así lo seguía creyendo, a pesar de que aún hoy las grietas de la vieja riña siguiesen palpitantes entre las razas.

Era esa oscuridad y ese odio resultante de la gran guerra el que debía superarse y por el cual ella se esforzaba tanto, pues ni siquiera su padre, devoto dragón de la Fe en la Reina Madre, pudo escapar de la oscuridad de ese sentimiento alcanzándole incluso a ella de formas horridas y dejando tantas secuelas en ella, que le quebraron como un espejo que seguía roto.

De esa forma horrida que muchas veces quisiera borrar de su corazón, de sus pesadillas, aprendió a comprender a los humanos que sufrían el odio encarnado de los dragones hacia ellos y viendo que, la línea que dividía a ambas razas era tan efímera y débil como nada en el mundo. Se sentía identificada e igual porque ese odio también le quebró a ella. Por eso había decidido convertirse en lo que todos veían hoy: Lady Eara, una de las dragonas más misteriosas del Imperio del Fuego. Parte del superar ese odio, era ser ella un símbolo de lo que su madre quería ser para el mundo que Su Majestad había erigido desde las cenizas. Era lo que significaba para ella la visión de la Diosa Madre, quien le había dado paz en momentos de tormentos.  

Por eso también, la dragona muchas veces escapaba de aquello en lo que se había convertido. Ella entendía muy bien los conceptos sobre los cuales la sociedad se establecía: posición y roles sociales. Los entendía en la forma del orden establecido para que las cosas funcionasen bien, pero no por eso dejaba de sentirse igual a sus semejantes. Recordaba como sus padres en Edén decidían salir a las calles, sin vigilancia alguna, mezclándose con los humanos de forma normal. Era una paz que disfrutaba, el hecho de poder compartir con ellos, razón por la cual sus padres eran admirados y respetados y ella conocida por ser el hermoso Lirio de Edén. Esa sensación de cercanía con el pueblo como parte de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, pero también había aprendido a ver que a la mayoría de los dragones, esa visión resultaba insultante. Por eso, ella lo hacía, lo necesitaba, pero se andaba con cuidado.

Era mejor así. Para su propia protección y para la de los humanos.

Por eso, la dragona en ese instante podía sonreír de aquella forma en la que solo sus más allegados estaban acostumbrados a ver. Se sentía en paz, y en familia. Disfrutaba de lo simple y del calor de un hogar que teniendo lo más mínimo, hallaban la felicidad. Eara poseía un humilde corazón a pesar de ser quien era y de tener lo tenía. La dragona miró con atención la escena que estaba frente a ella y no perdió detalle alguno de las expresiones del Teniente. No dejo de resultarle gracioso el ver cómo le era un tanto ajeno. Pudo percibirlo. La hermosa dragona de tez blanca se acercó a él, y tomó a la pequeña infante entre sus brazos, la cual río juguetona y le abrazó con fuerza. La dragona disfruto el calor de esa cercanía y procedió a bajarle, dejando que esta fuese a jugar con los otros.

La humana río con calidez, cuando algunas palabras salieron de sus labios. –¿Nos acompañarían a la cena?– Preguntó, mirando a la joven aristócrata. –No sería apropiado.– Respondió Eara. –Por favor, My Lady. Los niños siempre han disfrutado de vuestra cercanía y vos disfrutáis de ellos como nadie que allá visto. Yo soy quien les cuido, pero vos…sois como una madre para ellos.– Cuando la dragona escuchó esas palabras, se vio obligada a responder solo con una risa estoica y bajando un tanto la mirada, algo le había incomodado. Por supuesto la humana no lo notó. –¿Que decís?– Y miró al Teniente, como buscando apoyo en este.

–Pues…– Soltó la dragona, cabizbaja y pensativa y con movimiento que había sido casi por inercia: su delicada mano derecha se hallaba posada sobre su vientre.




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Vie Ago 31 2018, 09:58

Él

era en extremo torpe con los niños, aunque sostenía a la pequeña como si fuese a romperse. Con mucho cuidado y usando toda su voluntad para no asustarla, se la entregó a la dragona para que la liberara del suplicio de tratar con alguien como él. Él no era material para padre, nunca lo fue, o quizá se equivocaba al pensar eso, lo sabría si llegaba a ser padre y no moría antes.

Observó el diálogo entre las dos mujeres, una siendo muy amable y en extremo servicial, por el agradecimiento que sentía le tenía a la aristócrata de oscuros cabellos y la segunda, siendo absolutamente reservada y controlada, demasiado correcta, como sacada de un molde de estrictas medidas. Él no se rehusaría a que le dieran comida, después de todo, tenía hambre.

No solía ser observador con todo el mundo, de hecho, prefería mantenerse distante de situaciones como esas, porque tanto sentimentalismo era una debilidad. Y ya tenía una debilidad demasiado grande a la mano, como para dejar abrirse otra brecha en esa barrera que mantenía con el mundo, sin embargo, no podía evitar dar con esa actitud retraída y cerrada que estaba demostrando repentinamente su acompañante, ya podía decir que estaba incómoda. De verdad que lo estaba intentando, comprender a las mujeres, estaba volviéndose más difícil y titánico que entender la lógica de la lagartija Madre, en la que él no creía ni una pizca y a la que detestaba, por decir algo. Vamos que si una loca puede ser reina, el día llegaría en que la sangre que correría por las calles, no sería solamente la de humanos, “herejes” o híbridos.

Los mismos dragones serían víctimas y no habría quien los defendiera. Porque Híbridos como él, solo defendería a los inocentes y no todos lo eran. Incluyendo esas “nuevas generaciones” de dragones, que eran enseñados por sus familiares a repetir el mismo patrón de humillaciones, esclavitud, tortura y muerte. Haciendolos igualmente culpables del dolor.

Y la reina, alimentaba el odio.

Para ella, después de todo, los híbridos eran aberraciones que eran cazados, torturados y ejecutados por la panda de enfermos, que conformaban la inquisición. Oh si, el retorcido dragón que había sido responsable de su nacimiento, se había asegurado de grabarle en la cabeza, que no debía dejar que nadie descubriera que era un híbrido o lo drenarían en los calabozos del castillo. Y creció en miedo, sobreviviendo solo a golpes, entre peleas callejeras y con el conocimiento que su padre, había matado a golpes a su madre y los hacía vivir con él de todos modos, hasta que tuvo la fuerza para escaparse con su mellizo.


Ante esa serie de pensamientos, el mestizo suspiró y mirando a la humana, consideró su petición unas cuatro veces, observó la nostalgia de la dragona y luego el rostro de la humana. Mujeres, eran demasiado complicadas— Pienso que, si los niños le quieren tanto, debería acompañarlos y enseñarles algo que recuerden al crecer —le habló a la dragona, sin realmente mirarla. Solo fijando sus azules en los niños que jugaban en la lejanía— Si tanto parece que los quiere, querer, no es solo entregar juguetes y comida, también es enseñar. Enséñeles algo que quede con ellos por el resto de sus días y ellos recordarán y serán mejores personas — aconsejó llevando sus manos a la espalda, en esa postura marcial— ¿Por qué no se asegura que todos obedecen y comen todo lo que se les da? A lo mejor lecciones de modales al comer, quizá consejos para que compartan sus alimentos o sepan ser generosos, en fin. Un sinfín de cosas de las cuales quiere privarlos, al irse así de repente.

Sus ojos se posaron entonces en la figura de la bella dragona como una estatuilla de mármol.

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Mar Sep 04 2018, 22:00

La incomodidad de la hermosa dragona estaba basada en los viejos recuerdos y las viejas memorias. Memorias alegres de la calidez de un hogar, las risas alegres de la inocencia y el calor de una pequeña chimenea. Unos recuerdos tan familiares que ahora hoy se le hacían más que lejanos, en aquella vieja niñez en la que había conocido el amor de un hogar antes de que la sombría presencia del dolor y la tristeza engullese cada rincón de la originaria Mansión Crane que vio sus bases sembrarse en los inicios de la hermosa joya cultural del Imperio del Fuego.

Si bien era más que lejano, los atesoraba con especial atención en su corazón. Eran esos mismos recuerdos del amor los que le impulsaban a seguir adelante y mostrarse como la Eara que todos conocían hoy: una mujer que mostraba mucha fuerza. Una digna dragona de la sociedad de la Reina Madre.

En el tiempo que llevaba haciendo lo que hacía en ese lugar, jamás había hecho algo como tal. Sus visitas siempre eran tan como la había planteado hoy: ir, verles. Saber que estaban vivos y bien, cada uno de esos niños que le hacían preguntarse con especial hincapié si hubiese sido así con ese niño que había salido de sí. De su hijo. El niño que ella miró con odio al nacer y entregó a la Guardiana del Templo del Dragón en Edén, dejándole atrás y no sabiendo jamás más nada de aquel ser fruto de si y de su padre. Un acto atroz que si bien los dragones veían con naturalidad, a ella se le hacía, repugnante porque su sola existencia marcaba en ella cada maltrato y cada marca que su propio padre, el hombre que más amaba y admiraba había dejado en su alma. Convirtiendo aquel hermoso espejo lleno de inocencia y sueños, un cristal que reflejaba no más que luz en un cristal quebrado que luchaba aún por mantenerse pese a queda quebradura que yacía en él. Cada vez que miraba a aquellos niños, se preguntaba si tener a su hijo hubiese sido igual. La mano en su vientre no había sido un movimiento meramente de inercia. Ella misma no lo había notado, pero el inconsciente jugaba muchas veces en su contra, como lo había estado viniendo haciendo desde el momento en que había salido de sus aposentos sin ningún tipo de compañía.

Era increíble aún para ella que un ser cuya existencia al nacer no había tenido la culpa de absolutamente nada, despertase en ella tantos sentimientos negativos. Había sido esa la causa de que le abandonase.

El rencor y el odio, en ese momento, era algo que no podía ni siquiera soportar.

En ese instante muchos pensamientos pasaron por su cabeza. Pensamientos que intentaba suprimir lo más posible, siempre que podía. Ni aún sus doncellas tenían conocimiento de aquello. Solo dos dragonas sabían que Lady Eara era madre: la Guardiana del Templo de Edén, una dragona que había visto en la joven dragona la devoción al Culto de Su Majestad y por tanto había llevado a que tanto la Guardiana como la joven burguesa de aquellos años se acercasen en un lazo de fe, y ella misma. Que fue de ese niño, si estaba  vivo o muerto, era algo que aún hoy ignoraba.

La dragona de tez blanca, dubitativa en seguir alargando aquello, se vio obligada a levantar la mirada cuando la voz del Teniente intervino. No dudo en desviar el avellana de sus ojos a los niños que jugaban en la lejanía. Un instinto que ella misma reprimió era que el la impulsaba a hacer aquellas cosas, el de madre. La dragona volvió a centrar sus ojos en los azules ojos del dragón que le había acompañado hasta el lugar, y con una especie de suspiro melancólico, apostó en seguir mostrando lo que durante mucho tiempo se había esforzado por mantener a la vista de toda la sociedad dragonica. Aunque aquello trajese para sí recuerdos punzantes que de seguro le dañarían, ella sabía que tenía la fuerza para soportarlo. –Bien.– Mencionó en un tono lineal. –Os aceptaremos vuestra invitación entonces.– Dijo, mirando a la humana que les había recibido y riendo de forma cortes. La mujer pareció emocionarse y les invitó a tomar asiento en una pequeña mesa en la cercanía de la chimenea mientras cocinaba algo simple con algunos vegétales y hierbas.

La dragona, esperó y tomo asiento. El silencio siguiente que prosiguió, fue palpable. Lady Eara se mantuvo en quietud. Alejada y con la mirada baja pensando en todo lo que acababa de pasar por su mente y por supuesto, no dejaba de pensar en aquel Teniente. –Teniente.– Mencionó, sin verle. Solo hablando de forma calma. –Usted y yo sabemos lo que piensan la gran mayoría de nuestros hermanos y hermanas de los humanos. Muchos siguen marcados por el odio, un odio que nos consume. Aun así.– La dragona presionó su mano derecha contra su pecho. –Realmente creo que en el momento en que decidimos dominar el mundo, lo hicimos con un motivo, y fue el de enseñar a los hombres a convivir en paz. Es la visión que nuestra Diosa Madre nos encargó y por la que levantó este mundo desde las cenizas.– Y una cálida sonrisa se dibujó en sus labios. Ella realmente creía en la Reina Madre como Diosa, y en todo lo que esta significaba para el Imperio del Fuego.

–El odio solo siembra odio.– Mencionó, ella lo sabía bien, y el odio no perdonaba ni a hombres ni a dragones. –Yo creo en algo más, y depende de nosotros tomar con responsabilidad el peso que yace sobre nuestros hombros.– La mirada de la dragona miró a los niños que seguían jugando. –Eso me impulsa a hacer lo que visteis hoy. No voy a pediros que lo entendáis, pero sí os pediré que mantengáis esto en secreto. Es difícil querer hacer la diferencia en medio de quienes se arraigan a la vieja riña entre razas.

Levantó la mirada y encaró el azul de los ojos del contrario. –¿Puedo confiar en vos?




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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Keith E Craig el Miér Sep 05 2018, 10:23

El

silencio se había hecho en ese momento, dejó que la mujer los guiara y llevara hacia esa mesa que ocuparían, con los gritos de los infantes que jugueteaban en el fondo. El mestizo miraba el fuego de la chimenea y perdía sus pensamientos en lo que había observado esa tarde y las ocho mil preguntas y dudas que tenía de esa dragona aristócrata que estaba junto a él.

El fuego creaba sombras con las siluetas y hacia tronar la madera y él, solo sentía ya el hambre que quería saciar, por hacerse más tarde de lo que hubiera querido quedarse. Fue después de ese pensamiento que escuchó su cargo en la voz de la dragona a la que miró, regalándole toda su atención, para que hablara, de alguna manera justificándose cuanto quisiera.

Y esto señores, eran los efectos de esa tiranía de mierda que la bruja Madre, estaba causando en los habitantes de Talos. Y con una mierda querría llegar a vivir así.

Tragó saliva, dejando que ella acabara, analizando sus palabras, una a una. Hasta que ella preguntó eso que él consideró un salvo conducto a los ojos de los acusadores dragones que aún creían en esa mierda de legado. El mestizo, ladeó su cabeza, mirando a los ojos a la dragona de oscuro cabello y tez nívea que le miraba fijamente— En mi trabajo —comenzó, acomodando su cuerpo en esa silla que, por ser de madera, crujió un poco bajo su peso— he visto muchas cosas, cosas horribles, otras no tan horribles... —él, era un bocón y siempre lo sería— pero jamás había sido tan consiente como ahora de la —se contuvo antes de soltar algo burdo—  ... sucia doble moral que se come viva nuestra sociedad —simplificó, mirándola fijamente— Si, muchos siguen marcados por el odio y le enseñan a los pocos jóvenes que quedan a preservarlo, digo —hizo una pausa- “enseñar a los hombres a vivir en paz” — repitió citándola, antes de apoyar un brazo en la mesa y bajar más la voz— golpear hasta la muerte a un niño, como los que ves aquí, solo por ser humano y haber derramado el copón que su “dueño” ¿es enseñar paz? —cuestionó— golpear hasta la muerte a una madre con dos hijos, luego de haberla violado, por ser híbrida o haber dado a luz a esos dos hijos ¿es enseñar paz? ¿la esclavitud obligatoria, separando familias, entregando a las niñas a un sistema abusador y a los niños a un sistema de explotación, es enseñar paz?


Sus palabras crudas, se mantuvieron bajas— Muchos de los padres de estos pequeños, posiblemente los amaban, otros quizá no podían pagar por mas comida, otros a lo mejor fueron forzados a abandonarlos, otros, quizá ni los querían por ser “aberraciones” como llaman a los tan conocidos híbridos, monstruos, sin alma o corazón, cosas que no deben existir —habló— destruir lo que los humanos creen y reducirlos a mero ganado ¿es enseñar paz? —una risa baja, llena de ironía salió de su garganta, en esa voz ronca— Quizá ese deseo de “enseñar a vivir en paz” fue al inicio, ahora, luego de ver todas esas desgracias —confesó más bajo aún— No sé qué creer... por lo que, lo que haces aquí —tuteó— es darles una esperanza de vida y un futuro, nunca atentaría contra eso —contestó entonces con honestidad— pero si vas a hacerlo, debes hacerlo bien, no le sirves a ninguno de ellos muerta, así que, si me prometes tomar precauciones y mantenerte segura, puedo prometerte que esto —señaló alrededor— no se sabrá nunca por mi boca. —entonces quizo conciliar y suavizar lo dicho, aunque no habia forma— todos esos horrores, los he visto y son una realidad

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Re: Secrets that await great dangers [Keith E Craig]

Mensaje por Eara el Miér Sep 05 2018, 17:44

Lady Eara no era una dragona excepcionalmente comunicativa, no se le conocía así. Quienes habían cruzado palabras con ella, le tenían como alguien bastante reservada en todo sentido. Una dragona silenciosa y alejada que decía solo aquello que tenía que decir en los momentos indicados. Así le habían enseñado sus padres a comportarse porque en el principio de sus años, solía ser alguien bastante curiosa y esa curiosidad infantil era impropia de una dama, y más de la hija de un matrimonio cuyas costumbres estaban sobre el fundamento de las viejas costumbres de la antigua Escocia del Medioevo.

Era la visión que todos tenían de la hermosa y misteriosa dragona del Imperio del Fuego, de la cual muchas cosas se decían.

A pesar de ello, Eara jamás había perdido la esencia de la niña curiosa y arriesgada. Se veía en sus ojos cada vez que decidía salir a solas de la Mansión Crane, perdiéndose en las calles de Talos entre sus gentes. Disfrutando de lo sencillo, de la arquitectura, de los eventos en la plaza llevado a cabo por humanos. De los actos simples de la vida común. Era una especie de desligue de aquello que todos esperaban de la dama perfecta. Su padre y su madre siempre habían sabido de esa mala costumbre de la dragona, una costumbre que no había perdido y que en más de una ocasión había causado la preocupación de ambos, en los momentos en los que se perdía, preocupación, y ligeras risas al ver en la esencia de la hija que habían tenido una sencillez de corazón más humana que dragónica. Otra muestra de que las grandes diferencias raciales podían caer con simples semejanzas espirituales. Evidentemente, de aquellos recuerdos, los cuales Lady Eara conservaba como su más hermoso tesoro, solo quedaba eso, recuerdos. Todo aquello antes de que la pena y la amargura consumieran a su amado padre y le convirtiesen en un demonio que quebró hasta lo más profundo, parte por parte, el inocente corazón de Eara.  

Aun así, la dragona había tenido la entereza suficiente para superar eso, y empezar de nuevo. La Fe en la Reina Madre era la esperanza viva que mantenía a flote el deseo que su padre y su madre una vez hubiesen tenido y le habían trasmitido a ella desde niña. Su responsabilidad como una Crane, y como dragona. Era el fuego de esa visión por la cual Lady Eara trabajaba: mantener el Imperio del Fuego.

Ella había encontrado paz en la presencia de Su Majestad. Ella había encontrado amor y confort en la imagen de la Diosa Madre en los momentos en que su corazón se estaba quebrando y el odio y la tristeza la consumían. En la Fe. Había encontrado esperanza. Debía a la Diosa Madre su fuera, había sido su fuerza y por eso hacía cuanto hacía, rescatando el sueño que sus padres…su madre, ya muerta, tenían: Un mundo en donde dragones y hombres viviesen en paz. Miró al Teniente acomodarse sobre la silla de madera tras cuestionar el si podía o no confiar en él. Ella no perdió detalle de todo lo que el dragón empezó a decir. Prestó atención debidamente y no habló para interrumpirle en ningún momento, señal de sus buenos modales. No le era ni meramente posible que cosas había podido observar aquel dragón. No sabía ni aún cuantos años había podido vivir ese dragón que estaba delante de ella. Quizá esos ojos azules habían visto más cosas de los que ella en sus pequeños tres siglos de existencia, un ligero respiro para la vida milenaria dragonica, había visto, pero si sabía bien que ella también había visto cosas horrendas en su corta vida, y esas cosas horrendas eran por las que seguía creyendo y seguía luchando por mantener el sueño de la Diosa Madre y cumplir su rol en ese mundo levantado desde las cenizas. Aun así, aquellas palabras, cada una, fueron ligeras punzadas con las que la dragona ya se había encontrado. Lo hacía a diario.

A medida que el dragón de azules ojos hablaba, su mirada, descendía y se desviaba hacia la madera de la mesa frente a ella. Sus manos, perfectamente posicionadas sobre su regazo y una posición erguida eran iguales, algo que con el paso del tiempo se hacía natural en la postura de quien conocía los buenos modales de la clase alta.

Extrañamente, de lo que hubiese esperado, la posición del dragón en sus argumentos frente a lo que estaba acostumbrada a escuchar de sus congéneres no era una pro dragónica, sino pro humana.  Aquello si le había resultado extraño. Y aunque parecía ser que el dragón distaba de la visión general de ver a los humanos como enemigos, tal como ella, seguía haciéndolo desde el punto de vista de los humanos que odiaban y detestaban a los dragones y el Imperio del Fuego. Sintió que era más un hombre el que hablaba, que un dragón. Lady Eara no se inmiscuía con los de su raza más de lo que debía. Ella lo prefería así. Era parte de la imagen que había adoptado la señora de la Mansión Crane, pero ese dragón le había llevado a despertar su curiosidad, la cual, evidentemente se iba a reservar para sí. El tema de los híbridos fue algo que por supuesto no ignoró.

Todo en él era contradictorio.

La hermosa dragona de tez blanca no se esperó el tuteo, pero no le incomodó tampoco. Simplemente decidió restarle importancia. Miró a los niños jugando en la lejanía mientras el fuego ardía cerca de la chimenea y la mujer seguía ocupada en la comida. El dragón se había metido en un terreno peligroso para cualquiera de ellos. No sabía si estaba consciente de lo que hacía, o sí el dragón era simplemente así de directo siempre sabiendo lo que suponía tener su mente conectada a la red dragonica en donde cualquiera podía ser objeto de observación bajo el vigilante ojo de la Santa Inquisición y el mismo Ejercito. Iba a ignorar aquello porque ni en la red ni en ningún otro sitio la dragona iba a tocar temas tan sensibles. –My Lord.– Dijo sin verle, tras un silencio. –Nuestra Diosa Madre no es solo justicia. Existe bondad en ella. La humanidad ha visto su amor. La existencia del hombre aún después del Despertar es la prueba de una bondad que en cualquiera de nosotros, sería imposible. Pudimos erradicar a toda una raza tal como ellos hicieron con nosotros en el pasado, y aunque en el corazón de muchos de nuestros hermanos ese fue el deseo y el objetivo de su lucha…no fue el de nuestra Diosa Madre. Nunca.

–Atributos de una Diosa…– Mencionó y su mano derecha presionó un tanto. –…De una Madre.–Y su voz se quebró ligeramente por hacer mención de lo que ella había sido incapaz de tener por el odio mismo.

–No cuestionaré vuestras razones. Nuestro Imperio no es perfecto, ninguno lo ha sido según sé.– Dijo. –Pero sabed, como regente de la paz de nuestra ciudad, que aunque el corazón de los dragones sea imperfecto, como el de los hombres, el de nuestra Diosa Madre sigue firme e incambiable, como el pilar de este Imperio. Mientras sea así, el sueño de dragones como nosotros.– Como ella, como él. Como sus padres. –Una sociedad de paz, guiada por el amor y la esperanza.– Volvió a enfrentar sus ojos con los del otro dragón y en su rostro fue imposible ocultar la fe y la esperanza que tenía en sus palabras. –Es posible.– Ella había encontrado paz en la Reina Madre, y creía que todos podían encontrarla también. Sabía que era posible y concluyó, reflejándose en su rostro una risa que estuvo lejos de la risa protocolar y estoica, y reflejo un poco de la luz de la esperanza que yacía en su alma. Del sueño por el que luchaba todos los días. Tras ello, la dragona había hecho un silencio entre ambos, no había respondido aún a los cuestionamientos del Teniente, no porque no quisiere, sino porque no acostumbraba a ser tan cercana con desconocidos.

–No sé vuestro nombre, pero, tenéis un corazón noble, Teniente.– Dijo sobre él, a pesar de que las palabras que había dicho el dragón sobre todos esos temas hacia solo segundos estuviesen cargadas de un rencor casi palpable. –Tendré más cuidado. Os lo prometo.




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