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Mensaje por Ruven el Dom Ago 12 2018, 15:59

Las imágenes de captura que había visto una y otra vez no mentían. Quizá los dibujadores de descripciones de Talos no eran los más simpáticos, como Ruven, pero desde luego eran eficaces. La mujer que se hallaba justo enfrente de él, ahora, allí, en medio de la calle, era idéntica a la cara que le había dado tantos quebraderos de cabeza. Unos que no se había comido él particularmente, pero cualquier tipo de infiel le era un motivo de desprecio y de evidente sufrimiento.

Lo primero que Ruven hizo fue desenvainar la espada y tratar de dejar que cayera sobre Nyssa, pero la mujer se movió mucho más rápidamente y emprendió la marcha, la carrera. Ruven apretó los dientes, furioso, y apoyó el mandoble en su hombro mientras se echaba a correr con la descomunal armadura que llevaba, la capa roja que tanto calor daba, el bochorno que tanto agobiaba.

Por muy inquisidor que Ruven fuese, le era imposible evitar follones: la sangre, la sensación de sentirse superior a los demás al maltratar, al torturar, al violar, ... Todo eso eran alegrías que acariciaban su vida constantemente. El día a día de Ruven consistía en eso: el sufrimiento ajeno. Como su vida era horrible, pues no podía tener lo que realmente quería (la Diosa), lo pagaba con los demás. Con su enamoradiza hermana, entre otras personas.

Maldita furcia. ¡Eh, tú, puta! ¡Detente ahora mismo! ¡Voy a estamparte la cabeza contra la pared en cuanto te pille, y después me implorarás que deje de pegarte mientras te violo! ¡He dicho que te detengas!

La carrera los llevó por las calles de Talos. Esa mujer parecía conocer el terreno, porque no aparecían más inquisidores o guardias por la zona. Bajo su casco, Ruven apretó los dientes y se colocó el mandoble debajo de la axila, asegurándose de que el peso de la armadura y la misma solidez lo sostuviera soberbiamente.

Tomó aire y se impulsó aún más para alcanzar a esa tipa: se movía mucho más lento que ella por el metal que llevaba encima, pero sabía que, en cuanto lograra atizarle un golpe, ella también perdería velocidad. Eso sucedió cuando el guantelete descendió con fuerza sobre el hombro de la mujer y aparentemente le hizo el daño suficiente para hacerle bajar el ritmo. Ruven casi se detuvo en seco por la falta de aire, pero mantuvo la distancia prudencial con esa tipa.

Atravesaron un callejón que los llevó a una ventana abierta, el piso bajo de un hogar que pusieron patas arriba con su paso. Ruven estampó el puño en el rostro del pobre desventurado que pasó al lado preguntando qué sucedía. No prestó atención a si le hundió o no el cráneo, pero sí que vio después que el metal se había salpicado de sangre.

¡He dicho que pares! —¿Era un burdel eso que se hallaba justo enfrente?




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