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Remolino [Aymel] [+18]

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Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Lun Jul 09 2018, 18:57

Ruven se sentía mucho más intimidante dentro de su armadura inquisitiva que la que lo identificaba como un miembro directo del ejército. Pese a ello, Ruven sabía o pensaba que la Inquisición era una rama del ejército dracóneo, sólo que una mucho más aferrada a la Diosa. Sólo los que realmente creían en ella, seguían sus pautas y hacían su estadía posible en el mundo, recibirían la justa recompensa llegado el momento; sabía que él la recibiría por sus tantos años de servicio y devoción, pero aún no era hora.

Apoyado en la espada que su padre le había ofrecido a modo de regalo muchísimos años atrás, Ruven se fijaba en todo aquel que pasaba por la calle, aburrido, pensante. Sabía cuántas de estas personas podían ser híbridos, humanos y dragones, y sabía muy bien que todas ellas podían ser traidoras a la corona, a la fe en la que todos deberían encontrar la paz. Los sirvientes de la Reina Madre tenían como obligación ofrecer el acero de sus espadas a todo aquel que no la aceptase por las buenas. Eran pobres almas incapaces de cuidarse a sí mismas, como los niños.

A ojos de Ruven, la traición se presentaba bajo todo tipo de fechoría en contra de la tranquilidad del pueblo o, mejor dicho, del reinado de la Diosa: el asesinato, la violación hacia otros dragones, pues era la raza más pura y la única que merecía la verdadera protección de la Diosa, e incluso el hurto. Un ratero era un desgraciado que merecía caer pasara lo que pasara, y poco le importaba a Ruven los motivos que pudieran existir para arrebatar la propiedad de otra persona y, especialmente, de otro dragón; no digamos ya de la Reina Madre.

La justa recompensa que algún día los fieles guerreros recibirían era denominada como "el regalo de la Diosa" por Ruvén; a veces también la llamaba "la promesa de la Diosa". Si había algo que Ruven ansiaba, era obtenerla. El problema estaba en que no sabía siquiera qué era realmente: ¿un mundo totalmente nuevo y bueno? ¿Poder ilimitado? No tenía ni la menor idea.

Lo que estaba claro es que rateros como la furcia que pasó por delante jamás lo recibirían.

Tú... No te muevas un solo paso más. Ven conmigo. —El inquisidor tiró de la mujer que acababa de reconocer; tiró con fuerza, además.

Ante cualquier posible intento de huida, Ruven se movió rápidamente y sintió cómo el cuero de sus guantes se hundía en la piel de la chica. Pronto llegó a un callejón que descendía a otra calle aparentemente barrio bajera. Ruven apretó con más fuerza aún si cabe el brazo de la chica.

Te recuerdo. Me robaste, desgraciada. Me robaste mi bolsa. ¿Dónde demonios la has metido, eh? ¡Habla de una puta vez!

Sin esperar a que pudiera hacerlo, la empujó escaleras abajo para que se estrellara y sólo después, si sobrevivía, pudiera hablar. No toleraría semejante acto osado contra su persona.

Lo que aquella bolsa había contenido había sido un colgante: una cruz que había escogido para que, de ahora en adelante, le permitiera llevar su fe a todas horas.


Última edición por Ruven el Jue Jul 12 2018, 15:23, editado 1 vez
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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Mar Jul 10 2018, 13:26

Iba con prisa. Demasiada prisa para prestar atención a la figura oscura que había sobrepasado unos pasos antes de sentir la opresión en el brazo. Estaba más que segura que la fuerza ejercida en mi antebrazo traspasaría con fiereza la fina piel y me dejaría el moratón de su maldita manaza. Mis párpados se entrecerraron en un intento por centrarse en la figura oscura que me daba la espalda en ese intento por llevarme.. ¿a dónde? ¿Y quién era?. Alcé la vista hacia arriba, al casco que ocultaba las facciones masculinas -¿por qué me sonaba esa voz?-, y ocultaba al Inquisidor que se había empecinado conmigo. Para una vez que no había hecho nada — ¡EH! — intenté zafarme y él apretó más — ¡QUE ME VAS A DESMEMBRAR, MANÍACO!

Y como si lo hubiera visto, a pesar del asqueroso yelmo, percibí esa sonrisa prepotente característica de   los suyo: Perros sarnosos de dragones psicópatas; a veces creía que esos sacos de huesos eran peores que los lagartos que los domesticaron. Presioné la mandíbula al percibir otro apretón en el brazo y lo miré con ira. Odiaba a los dragones. Los odiaba con todas mis fuerzas, pero ese grupo devoto de la Reina era el que conseguía hacerme vomitar; fueran sierpes o… gruñí humanos psicópatas. Me sentí zaranderar como una mierda hebra por el viento pero las palabras me hicieron abrir los ojos de par en par ante la revelación. Había olvidado esa pequeña bolsa. Más bien había olvidado a quién pertenecía. La cruz había llamado mi atención desde el primer instante. No por la simbología por la que ese loco la tenía, sino por la soltura de esas tuercas forjadas con la perfección de su unión. Cierto que no era algo que pudiera ayudarme en mis inventos, ni en mis mejoras armamentísticas, ni en la creación de mis bichejos en miniatura a base de hierro y restos de chatarra pero… esa pieza única había conseguido que yo le robara a un Inquisidor. A él.

Sentí como la presión del brazo se liberaba y como el empujón se ejercía sobre mi pecho. Percibí como el equilibrio se descompensó atraído mi cuerpo por la gravedad… ¡Y una mierda! Por acto reflejo lo tomé de la muñeca, como un posible apoyo, pero no preví que el saco de huesos no sería suficiente. Eso o lo había cogido desprevenido. Mi mano se aferró como hierro fundido a su muñeca y ambos caímos escaleras abajo. Noté como la armadura y los escalones golpeaban mis huesos en una dolorosa caída. Pero no tan dolorosa como otras ya vividas.

Antes de darme cuenta ambos estábamos en el suelo, al final de las escaleras, uno encima de otro. La diestra se apoyó en el torso de la armadura. ¿Estaba encima? A horcajadas sobre él, sacudí la mareada cabeza, y pude ver el yelmo medio fuera de la cabeza del Inquisidor. Éste dejaba entre ver la parte baja de la mandíbula y de un manotazo se lo quité. El choque del metal contra los adoquines me pareció lento mientras mis ojos se centraban en ese rostro vagamente conocido. Y por mero instinto o placer -o ambas- le dí un puñetazo que me dolería más a mi que a él — ¿Se te ha fundido la sesera? ¿Qué robo ni que mierdas? — grité cogiéndolo de la armadura del cuello para atraerlo con ese resentimiento óptimo de una venganza emergente; me acababa de tirar por unas malditas escaleras por una puta cruz robada hacía un par de meses — ¿Es que quieres matarme? — no esperé a que lo confirmara, le golpeé la cabeza contra el suelo y si no se movía pronto lo golpearía hasta saciarme. Si quería matarme no se lo iba a poner fácil. ¿Por quién me tomaba? ¡Era una maldita Bolt!




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Mar Jul 10 2018, 19:07

Seguro de sí mismo, Ruven esperó a ver cómo la chica caía escaleras abajo y le suplicaba por su vida... pero presa de una fuerza repentina, o de un momento de excelsa lucidez, la joven tuvo la idea de agarrarse a su brazo y esto provocó que ambos cayeran juntos. Digo "fuerza" porque hay que tenerla para hacer que un hombre ataviado con una de las armaduras de la Inquisición perdiera así el equilibrio; o bien tal vez Ruven se había mostrado precisamente demasiado confiado. ¿Quién sabe?

Se sacudió la cabeza sobre el yelmo con la mano, tocándose y dándose cuenta de que un hilo de sangre caía por su rostro. Se había hecho un corte en la frente probablemente. Esa chica lo pagaría con creces. Ya era la segunda afrenta.

La tercera resultó el puñetazo que le dio de forma osada, lo suficiente como para quitarle el yelmo antes de golpearle. Antes de poder devolver la afrenta, se vio sujeto del cuello de la armadura y se encontró con la insoportable voz de la chica.

Después de recibir un nuevo golpe contra el suelo, Ruven reaccionó: harto de la falta de respeto de aquella chica hacia un ser claramente superior, además enteramente fiel a la Reina Madre, alzó la mano y le arreó una bofetada que le cruzó la cara y la hizo perder el equilibrio pese a no hallarse de pie y apartarse de encima suyo. Ruven se puso de inmediato de pie, se acercó y le tiró del pelo con mucha fuerza, temiendo por un momento que se lo arrancaría de cuajo. Esto no sucedió, por fortuna para la belleza de la joven, pero el dolor estaba ahí.

Vuelve a moverte o a decir una sola palabra y te juro que te estrello la cabeza contra esa pared. ¿Me has oído? —Empujó la cara de la chica hasta la pared y la golpeó con mucha mayor dulzura de lo que en realidad deseaba, pero quería darle una última oportunidad—. ¡Cierra la boca, he dicho! ¡Voy en serio! ¡Una sola osadía más y te la estampo!

Hizo una pausa para cogerla con la otra mano de la muñeca y torcérsela, tal vez impidiendo así que se moviera de más. No estaba seguro de si se la llegó a romper o no, pero estaba claro que doler dolería.

Para responder a tu última pregunta, sí, quiero matarte: ¡no sabes cuánto lo deseo ahora mismo, pero no puedo hacerlo hasta que me des el puto colgante! ¿Quién te crees que eres para tirarme y golpearme a mí? ¿Eh, puta? ¡Soy Ruven, sirviente de la Reina Madre, miembro de la Inquisición!

No le hacía falta recordar a sus víctimas que era un dragón: con decir que servía a la Reina Madre bastaba para sentir el mayor orgullo de toda su vida.

Empieza a cantar de una vez. ¡Ya! —siguió tirando de su muñeca, a pesar de que no tuvo en cuenta que el dolor habría disminuido un poco después de mantenerla en una misma posición durante varios instantes. Ignoró por completo el yelmo que se encontraba en el suelo.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Mar Jul 10 2018, 21:06

Aunque había visto venir el guantazo, el golpe recibido en la mejilla me cogió por sorpresa, más fuerte de los esperado, incluso para un tipo de sus dimensiones. Usé de aplomo la mano contrario para detener el vertiginoso mareo recién provocado. Posiblemente, creí, la caída por las escaleras habían hecho mella en mis sentidos y percepciones. Con un jadeo ahogado miré de soslayo al Inquisidor pero no fui lo suficientemente rápida para evitar que esa manaza me atrapara y me arrastrara por el suelo ¿En serio? ¿Es que se creía que era un rastrillo o qué? Llevé una de las mano a la que me sostenía del doloroso cuero cabelludo para intentar zafarme en vano. Putos maniácos. Todos ellos. Cada uno de ellos lo eran.

Sentí como el cuerpo se levantaba con demasiada ligereza antes de oír esa verborrea inútil de boca ajena. Claro, simplemente dejaba que me zarandeara como un junco quebradizo, capullo¡Vete a la … — la frase se cortó de golpe. Sentir el tacto duro de la pared hizo que recordara lo que era comer piedras en la caída de un precipicio. Una sensación demasiado conocida. El mareo se acentuó ante la contundencia y una sensación de pringoso néctar carmesí emergió de, intuí, alguna parte de mi frente. Con los años había aprendido que la cabeza sangraba a borbotones por pequeño que fuera el golpe. Algo de tener demasiado riego sanguíneo o no sé qué.

La mueca de dolor se acentuó en mi faz al notar como la muñeca era presionada de una forma demasiado antinatural como para no partirla. Pero ese agarre fue el que consiguió que me estuviera quita -un rato-. El recorrido de la sangre parecía caer de manera lenta sobre la frente y pronto alcanzaría la ceja. Ladeé la cabeza para así desviar la trayectoria del fluido y que no acabara introduciéndose en el ojo. El sonido del resquebrajar del hueso se acentuó a tiempo de presionar los incisos para no gritar. Iba a matarlo. Iba a despellejarlo tira a tira como me partiera la muñeca. Lo haría.

Y ahí estaba esa mierda presentación que tendían a hacer como si me importara. A medida que hablaba ese saco de huesos con aires de grandeza me daba cuenta que sus humos estaban demasiado altos. Tanto como para que creyera que su nombre y su servidumbre de perro fiel me ¿qué? ¿me acojonaría y lloraría como una niña?. Era posible que a su lado, con este enclenque cuerpo y pocas proporciones, pudieran pensar que era fácilmente maleable. Pero eso nunca había, ni sería así. El orgullo tácito de su presentación me daba arcadas. La sensación de entumecimiento en la muñeca retorcida me hizo mirar hacia él y sonreír con ironía — ¿Y qué te molesta más, perro de la Reina, que no lo vieras venir o ser golpeado por una puta? — espeté a sabiendas que ello lo haría enfurecer más.

Viento. Lo oía implacable y furioso en una insinuación de guerra que se arrastraba a través de las paredes de esa callejuela. La ráfaga de aire nos alcanzó en un siseo brusco que rasgó las telas y carnes que encontraba a su paso. Pequeñas agujas casi imperceptibles en un eco furioso. Una sacudida nubló mi mente durante una fracción de segundo. Hasta que noté como el entumecimiento de la muñeca se liberaba, no quise averiguar por qué, era una oportunidad. Lo empujé consiguiendo apartarme un par de pasos. Con la mano libre alcancé el arco recogido que portaba en la parte baja de la espalda. En un sonido de raíles y engranajes el arco se abrió en la segunda posición -una especie de arco corto- que había probado pocas veces: su precisión y potencia en poca distancia podía ensartar una flecha y atravesar a la presa.

Con la tirantez que me permitía la mano dañada posicioné una de las flechas en la cuerda y apunté sin duda a la cabeza masculina — No me interesa ni tu nombre, ni me importa una mierda a quién sirvas. Pero dame una razón para atravesarte la cabeza y lo haré con sumo gusto — entrecerré los párpados en un claro acompañamiento de la suscita amenaza. No haría falta mucho, debía admitir que era de proyectil fácil. Cloqué la lengua en un intento por concentrar mis sentidos en las calles colindantes y el barullo que pronto se había formado escaleras arriba. Aunque no lo viera podía percibirlo. Ruidosos. Los rumores se extendían como la pólvora y, ya fueran los uniformes negros o rojos, alguien vendría y esa vez podría ser una lagartija. Pero eso no era lo que captó mi atención, sino ese sonido de agua proveniente de algún lugar cercano.

Pensar en el resultado de un rompecabezas siempre era algo que me entretenía, sólo necesitaba un poco de tiempo del que a simple vista ese Inquisidor no me daría. Debía pensar rápido




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Mar Jul 10 2018, 21:55

"Perro de la reina" no era el mejor término para definir a Ruven; no para él, por lo menos. Era fiel a la Diosa, sí, y haría todo lo que pidiera y cumpliría con cualquiera de sus deseos, pero jamás se consideraría a sí mismo como un "perro", sino más bien como un fiel sirviente y creyente. La mujer a la que ahora mantenía sujeta aumentaba el número de cosas por las que pagar en la lista del inquisidor.

Iba a terminar de torcerle la muñeca a la chica para romperle el brazo, y tal vez se lo arrancaría con la espada que siempre llevaba encima, pero un dolor repentino hizo que se detuviera y, pese a que Ruven trató de sujetarse con fuerza a la chica, al final tuvo que ceder para cubrirse. La capa que llevaba encima de la armadura se rasgó y quedó hecha un completo desastre, desaliñada y despotricada, con numerosos agujeros a lo largo del tejido.

Por fortuna, llevaba la armadura y sólo sufrió heridas en muy contadas partes del cuerpo, entre otras una zona clave del cuello y la cara. El aire se había sentido como cuchillas cayendo del cielo por un momento, como si algo maligno hubiese rondado la zona y se hubiese cebado sobre él. Antes de darse cuenta, Ruven tenía la cara rasgada y apenas podía ver bien por la sangre que caía sobre sus ojos. Profirió un alarido de rabia y trató de alcanzar a la chica con la mano, pues sólo pensaba en crujirle el cuello, pero cuando logró ver algo en aquel campo de visión rojizo y emponzoñado, se percató de que no podría volver a sujetarla. No fácilmente.

Baja ese arco de las narices —ordenó con evidente autoridad pese a que ahora mismo no controlaba la situación; al menos, no por unos instantes.

Aunque el viento había desaparecido por completo, y todo había vuelto a la normalidad después de un breve instante, Ruven se encontraba a merced de una flecha, de una furcia probablemente humana. Le daba igual su procedencia: todo aquel que amenazara con perturbar su tranquilidad merecía morir, pero sobretodo sufrir.

Sin embargo, tenía que tener cuidado si no quería terminar con una flecha en el entrecejo. Por muy dragón que fuese, sabía que, en su forma humana, era tan débil como cualquiera de aquellas patéticas criaturas inferiores.

¿De verdad tendrías los ovarios necesarios para dispararle a un miembro de la Inquisición? ¿Eres consciente, fulana, de lo que te harían mis compañeros si encontraran mi cadáver? Cosas peores de las que yo te haré una vez hayas bajado ese arco, porque serán más numerosos: te golpearán, azotarán, violarán y te mantendrán encerrada durante toda tu vida. Pasarás de ser una ramera de esquinas a ser una esclava sexual y... "rabística" para mis compañeros.

Como la palabra le pareció un buen descubrimiento, se sintió satisfecho de su pequeño discurso, pero no hizo intento alguno por acercarse. No todavía.

Las autoridades no tardarían en llegar, fuesen compañeros o enemigos jurados de Ruven. Bastaría con esperar, dar su versión y todos le creerían a él, por muy inestable que todos sus conocidos supiesen que era. ¿De qué valía deshacerse de un valioso guerrero en comparación con una malhumorada humana?

No podía dejar que los inquisidores o el ejército lo hicieran todo por él. Quería divertirse con aquella chica.

Mira, vamos a hacer una cosa: ¿por qué no bajas ese arco y dejas que te toque un pecho? Tal vez, si eres buena en la cama — o en medio de la calle, como tú lo veas — te perdone el haberme hurtado, siempre y cuando me devuelvas lo que me pertenece por derecho: el colgante. Tal vez sólo te rompa una mano, te parta el labio y te arrastre durante unas horas. Tal vez. Pero...

Había ganado el tiempo que necesitaba. Al final, harían el trabajo por él. O eso pensaría durante unos días.

El sonido de botas pesadas bajando los escalones le brindó la oportunidad a Ruven que necesitaba: un escaso segundo de distracción para golpear el arco con todas sus fuerzas, tirarlo al suelo y desenfundar la espada que su padre le regaló siglos atrás. El filo del arma acarició la garganta de la chica justo cuando dos inquisidores llegaron a su lado.

Alejáos, hermanos. Lo tengo todo bajo control. Esta chica se viene conmigo a calabozo.

Pero, de momento, no tenía pensado llevarla a calabozo.

Tiró del pelo de la mujer una vez más y, esta vez, se permitió romperle la muñeca de un tirón muy indiscreto. Ante el claro dolor de la chica, Ruven le golpeó el hombro con el pomo de la espada para hacerle daño y amenazar con desubicarle el omóplato.

Camina. Te violaré en un callejón y después te llevaré a los calabozos o a mis aposentos para que me sirvas de entretenimiento. Te golpearé hasta que me quede a gusto.

Aún sosteniéndola con fuerza de la muñeca para evitar que se zafara, Ruven empujó a la mujer para que empezara a caminar hacia algún callejón. Eso sí, al mirar el arco, el dragón entornó los ojos, lo recuperó y lo colgó en el cuerpo de la chica. Tendría que llevarlo como prueba de su derrota.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Jue Jul 12 2018, 12:16

Que bajara el arco no era una opción. Una sonrisa prepotente perfiló mis labios con una única respuesta posible: ¡Y una mierda!. Para ser un humano -pues creía erróneamente que lo era- empezaba a cabrearme; y todavía me preguntaba por qué no le había clavado la maldita flecha entre los ojos. Directa y clara en una evidente declaración de guerra contra los de su calaña. ¿Por qué hablaba tanto? Más verborrea inútil que solo conseguía caldear la sangre que recorría mis venas. El codo que sostenía las plumas de la flecha tensada se flexionó más para otorgar la capacidad palpante de que si la soltaba la presión será máxima. La extrema tensión de la saeta sobre la cuerda indicaban más que de sobra que lo haría — ¿Lo comprobamos? — aparté uno de los tres dedos que hacían de soporte haciendo que la cuerda vibrara momentáneamente por el cambio de tiraje — Así que te consideras más misericordioso ¡Qué loable por tu parte! Pero ¿recuerdas? Soy una ramera de esquinas, la diferencia a esclava sexual no dista en demasía. Además, ¿qué te hace pensar que no soy lo suficientemente buena como para que tus compañeros acaben doblegados ante mí?

Seguirle el juego me daba tiempo. Un tiempo para examinar la situación y, por tanta inutilidad verbal, conocer su retorcido carácter. Era claro que ese maníaco conseguía abrir cada uno de los candados que oprimían mi vipera lengua. Pero en contrapartida me quitaba tiempo. Los pasos cercanos me hicieron fruncir el entrecejo en ese intento por no descentrarme del todo. Demasiado cerca. Escaso tiempo. Si corría podría esquivarlo y torcer la esquina pero, ¿eso me daría suficiente tiempo? El sonido fluvial del alcantarillado me indicaba, además, que debía pasar a su lado para tomar el callejón de su derecha. A unos pasos tras él. Maldito saco de huesos prepotente y cabrón.

Y ocurrió. El saco de huesos con patas me hizo reir. La risa divertida y poco reprimida envolvió durante apenas un instante la zona para detenerse de golpe. Centré la vista en él. Lo recorrí como pudiera recorrer alguien un trozo de carne para terminar mirándolo a los ojos con la fingida inocencia de un demonio — ¿Sabes? Si sigues diciendo esas cosa tan bonitas empezaré a creer que me deseas y tendré que rechazarte. Siento decirte que no darías la talla a mis expectativas  — Mierda me había dejado llevar . La inminente aparición de los soldados me distrajo lo suficiente para no verlo venir. Los dedos que sostenían la flecha la dejaron escapar por el golpe recibido en el cuerpo del arco pero ésta, sin una trayectoria definida, simplemente silbó a través del aire para acabar incrustada en una pared cercana. El brillo del metal acercándose a mi cuello hizo que detuviera la acción de recuperar mi arco. La fría sensación del tacto metálico hizo que me detuviera en seco. Las piernas en una molesta flexión de la inacabada intención se alzaron al ritmo sinuoso de la espada. La misma que mis almendrados ojos recorrieron.

Un siseo, unido a la presión de los dientes, emergió por mis labios cuando volvió a tirarme de los pelos ¿qué cojones le pasaba a ese tipo con los cabellos? ¿Era un fetiche o qué? Por inercia, al notar la libertad del frío acero alejado del cuello, alcé la mano hacia la manaza que me sostenía con dolor sin ser consciente de la oportunidad que le ofrecía. El sonido del hueso llegó en apenas un segundo. Un dolor agudo y claro que me hizo gritar con fuerza para no ceder a la sensación de desmayo que casi me sobrepasó. El golpe ejercido en el hombro me tambaléo en una amenazante caída que evité movimiento un poco el pie izquierdo. Ignoré a los dos soldados que observaban la escena sin saber del todo cómo reaccionar demasiado centrada en el dolor hormigueante que empezaba a expandirse por la mano y parte del antebrazo. Iba a matarlo. Lo despellejaría tira a tira y le arrancaría ese putrefacto corazón. Lo haría .

El empujón me hizo alzar la cabeza y mirarlo con una declaración más que evidente de guerra. Una batalla que pensaba ganar. Y él parecía darme las armas para hacerlo. Demasiado confiado. Demasiado altivo. Demasiado maníaco. Dejé que me devolviera el arco y una sonrisa sutil se perfiló en mis labios. Apenas una fracción de segundo antes de iniciar la marcha en dirección hacia donde me arrastraba. Con el hombro bueno limpie el sudor de la barbilla a causa del efervescente dolor y percibí el inminente hormigueo proveniente de la muñeca rota. No estuve segura si era por tenerla rota o por la esposa que ejercía su mano alrededor de ella. Debía pensar en algo. Antes de que la adrenalina se evaporara y me hiciera sentir el peso del cansancio. Desvié la vista sobre mi hombro para comprobar que los soldados se retiraron en dirección opuesta y me centré en él  — ¿Y piensas violarme con la armadura? — pregunté con retintín para provocarlo — Todos los soldados a los que me he tirado con armadura han acabado siendo un absoluto fracaso — volví a recorrerlo de arriba a abajo con evidente desagrado — Aunque viéndote, ni sin ella conseguirás entretenerme lo suficiente — Retiré intencionadamente la mirada de su ser con indiferencia para centrarme en la callejuela que estábamos atravesando. Con suerte las temperamentales acciones que había tenido hasta ahora me darían una opción.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Jue Jul 12 2018, 15:22

¿Por qué no? Tal vez el roce del metal te haga más daño. Tal vez así sientas más peso sobre ti —propuso enervado para responder a su pregunta.

Si la violaba en la calle, estaba claro que no haría esfuerzo en demasía por quitarse la armadura y mucho menos la ropa: le daría lo que se merecía como pillara, y después la dejaría sin ropa para que tuviera que volver a casa desnuda, muy probablemente con sangre entre sus muslos por la resistencia que pondría. Sin embargo, algo le decía que Aymel era una dura de roer.

Parece que te tiras a mucha gente, chica. Dudo que sea algo que la Diosa pudiera apreciar demasiado. ¿Qué clase de creyente se vendería como tú lo haces?

Por supuesto, era un comentario muy hipócrita por su parte: ¿por qué él podría violar a su antojo y no los demás acostarse voluntariamente con quienes quisieran? Tal vez Ruven sabía que lo que decía era estúpido, pero era difícil de saber: le gustaba decir tonterías de vez en cuando y dejarse en evidencia para que los demás se dieran cuenta de que, fuera ético o no lo que él deseaba, lo obtendría de todas maneras.

Fracaso... ¿Fracaso yo? —Ruven se dio cuenta de que empezaba a perder el control y a enfadarse en demasía—. ¿Es que acaso te has visto a ti, eh? —tiró de su mano para pegar su espalda al peto de su armadura y estiró la otra mano para tirar de la tela de su prenda y descubrir uno de sus pechos; Aymel tuvo suerte de que no le rompiera la ropa—. ¿Ves? Violarte va a ser más una tortura que un placer —dijo estrujando el seno por un momento y después dejándola tal y como estaba para que siguiera caminando, haciéndole entender que ese tamaño era insatisfactorio.

Ruven sabía — al menos, eso opino yo como narrador — ridiculizar a sus víctimas, y le daba igual que los ciudadanos de Talos lo vieran empujando a una chica con un pecho al descubierto, evidentemente retenida por un inquisidor. No pudo evitar dejar escapar una risa sintiéndose ahora satisfecho con su venganza. Eso le pasaba por decir tonterías.

Aunque tal vez tengas razón: tal vez no pueda darlo todo de mí con esta estúpida armadura. ¿Sabes qué? Te voy a llevar a mis aposentos, porque perdernos en una posada ahora sería malgastar el dinero por una ramera gratuita —tiró de su pelo para que echara la cabeza hacia atrás y aprovechó para mirar el pecho de la chica—. Te arrepentirás de lo que ha pasado hoy aquí por el resto de tus días.

Teniendo a Aymel enteramente retenida, Ruven siguió avanzando por las calles de Talos.

[...]

Llegaron al hogar de Ruven unos veinte minutos más tarde: era espacioso, grande y solitario, pero había mucha luz en el interior y parecía ser también una iglesia debido a todo el decorado que se encontraba allí.

Como no quería mancillar la presencia de la Diosa con el acto que estaba a punto de cometer, llevó a Aymel a la cocina, el único lugar donde no había amuletos, dibujos o presencias divinas. La empujó con fuerza contra la encimera y después la cogió de la cara, a la altura de los mofletes, para que lo mirara fijamente.

Empieza a desvestirte —le ordenó, enfadado, mientras la soltaba después de hacerle daño y empezaba a quitarse la armadura.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Jue Jul 12 2018, 18:58

Como si una armadura fuera a hacerme tanto daño — rebatí ante la mención de hacerme más daño y las evidentes partes rojizas que empezaban a vislumbrarse en las zonas golpeadas. Ese hombre tendía a hablar demasiado, ¿nadie se lo habría dicho o es que le gustaba escucharse?. Lo que me hizo mirarlo con cara de estupor fue su mención con quién me acostaba. Él. Precisamente él que se jactaba de querer violarme y hacerme saber que esos actos maníacos eran su rutina habitual. ¡Oh, genial, gracias! ¿Cómo no? ¿Por qué no añadir a tal estampa la idea de la divinidad? Total los locos siempre eran guiados por una mano divina que les decía qué hacer, como perros fieles ¿Creyente? — me detuve momentáneamente antes de que volviera a empujarme para obligarme a andar. No, para nada, era evidente que yo no le rezaba a esa puta barata que era su diosa, ni mucho menos me arrodillaría ante ella. Mi sublevación hacia ella era más que evidente con cada una de mis acciones. Además, para eso tendría que decapitarme y que mi cuerpo inerte cayera de rodillas apenas los segundos antes de ser atraído por la gravedad.

Allí llegaba esa acción impulsiva que había pretendido y que en vano me estaba echando por la borda de ese barco imaginario. El tacto de su palma para ejercer demasiada presión en el seno me hizo hacer una mueca de dolor y que una lágrima se escapara por el lateral de mi pestaña. Los nervios de esa zona, fácilmente sensibles, hicieron que lo mirara desde su posición. El metal de la armadura y el cuerpo de mi propio arco se incrustaba en mi espalda en una molesta y asquerosa posición. Alcé la vista para encontrarme con esos desquiciantes ojos azules en un desafío tácito. El nuevo empujón y los sucesivos sin la opción que había esperado para escapar me hicieron bufar con fastidio. Tendría que pensar en otra cosa, pues parecía que ese saco de carne con patas, no pensaba soltarme.

En realidad, lejos de sentirme humillada por la acción del Inquisidor, a pesar de tener ese pecho a la vista, me sentía ligeramente frustrada. Mi mente siguió debatiendo alternativas hasta que… lo miré con interés. Así que había tocado un punto débil de ese varón. Uno que lo obligaría a bajar la guardia ante mí y que cedía a quitarse esa pesada armadura antes de forzar nada. — Vaya, ¿he herido tu orgullo varonil? — Esta vez fue un contundente golpe lo que recibí, causando que me tambaleara y se me nublara la vista. Tuve la sensación de que incluso él, siendo un demente sin prejuicios, me había sostenido para no acabar en el suelo pero eran imaginaciones mías por el dolor, el cansancio y el bajón de adrenalina. Si seguía golpeándome lo que tendría sería a una mujer inconsciente. No creí que eso le importara. Sacudí la cabeza para apartar la sensación de nebulosa visión. Ignoré los susurros de quién osaba hablar de la evidente escena e intenté centrarme en ese último giro. El cambio que había llevado al dragón de querer violarme en un callejón con su armadura a brindarme, a un ramera gratuita -no lo olvidemos-, la oportunidad de ver sus aposentos y de que se quitara la armadura.

Tenía demasiada confianza en sí mismo

[...]

Estaba aturdida. El hormigueo había retornado en un dolor punzante en la muñeca, hombro y cabeza. La sangre que había caído por mi frente, ya reseca, me picaba y tenía la sensación de que el grillete que eran sus manos reteniendome eran molestas y engorrosas. Que no las apartara me crispaba y alteraba al no sentir que pudiera moverme con libertad. Sólo esperaba que esa opresión se hiciera más liviana al llegar a donde él deseaba.

Lo primero que pensé al entrar en esa casa es que el adiestrador lagartijo de ese perro debía estar más loco que su propio perro. Pero a medida que avanzabamos por la luminosa casa me fue imposible alzar ambas cejas y reflejar una mueca de asco sin poder evitarla. Entre tanta asquerosa devoción entendía la evidente demencia de ese individuo. ¿Cómo no estarlo con tanta mierda en esa casa?Ahora entiendo: lo que pasa es que estas frustrado por no poder tirarte a la rubia — retuve la lengua para no llamarla ramera por mi propia seguridad pero la presión de su retención se hizo tal que creí que me rompería algún hueso más.

Antes de darme cuenta estaba en una cocina con el canto de una encimera clavado en la espalda y viendo quién de los dos pretendía dar más miedo. Lo cierto es que él no lo conseguía. Aparté de un manotazo la mano, que estaba segura no hubiera podido sin que él quisiera, y llevé la mano buena a mi lastimada mandíbula. Tenía la sensación de que cada agarre era como estamparme con una maldita pared. Seguí masajeando la mandíbula e ignoré su orden mientras se deshacía de la pesada armadura — ¿Por qué? ¿No se supone que ese es tu trabajo? — mi voz fue contundente — Así que duermes en una cocina, como un buen perro, tu amo debe estar satisfecho — Y mientras hablaba los ojos viajaban por la cocina buscando algo que fuera de utilidad. A esa corta distancia, pese a que el arco seguía en segunda posición, no podía disparar. En realidad dudaba que me diera más distancia en algún momento y eso suprimía el beneficio del arco.

Fue la sensación de una mirada aguijoneante lo que hizo que volviera a prestar atención al Inquisidor — ¿Qué? — aparté la mano de la dolorida mandíbula. Recorrí la encurtida toga de cuero que se adhería a su pectoral, ignorando como se desprendía de la armadura, y alcé los ojos para encontrarme con los suyos — Te estas tomando demasiadas molestias por violar a una ramera gratuita que será una tortura más que un placer — El Inquisidor, consciente o inconscientemente, estaba haciendo -más o menos- lo que yo había pedido: quitarse la protección que en la calle lo había protegido del viento. El motivo aún escapaba de mi conocimiento — Es más incluso estás complaciendo mis deseos — Por sus anteriores acciones estaba convencida de que no tardaría en reaccionar, pero tenía el tiempo preciso para tomar esa ventaja que él mismo me estaba dando. ¿Aún podía oscurecer más esa mirada de querer asesinarla allí mismo? Sí, podía. Y ahí estaba. El movimiento de su hombro se anticipó al golpe que lo perseguía. Con un hábil reflejo, algo lento para ser yo, lo esquivé, y lejos de apartarme desenfundé su propia espada para apuntarlo con ella. La punta, en un tembloroso movimiento por no estar acostumbrada a su peso, se clavó en el cuero de su pecho. Llevé ambas manos a la empuñadura para estabilizar el arma y moví los pies para dar apoyo. Una duda me hizo fruncir el ceño y espeté — ¿O es que te estas excitando? — En realidad no era tan descabellado. No con ese maníaco. La idea me hizo dar un paso con la clara intención de clavarle su propia espada.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Jue Jul 12 2018, 19:45

Aymel sólo conseguiría que Ruven se mostrara más bruto con cada insulto que dirigiera hacia él o su creencia, y más todavía, hacia la Reina Madre. Tal vez por eso agarró con mayor fuerza su rostro, pese a que Aymel se liberó de un manotazo. La miró mal y no dijo nada, ni trató de remediarlo, por el simple hecho de que deseaba deshacerse de su armadura cuanto antes para poder dejarse llevar con el cuerpo de la mujer. Tal vez estaba lleno de sudor, tal vez carecía de pecho, pero Ruven debía reconocer que Aymel era... bella.

Porque yo te lo digo. Puedes desvestirte o puedo arrancarte la ropa con los dedos y dejar que vuelvas desnuda a casa. Al menos ahí puedes deci... —Iba a terminar su frase, pero Aymel soltó un nuevo insulto—. Oh, te equivocas. Yo soy el único amo aquí. Tal vez conozcas pronto a alguien que te lo recuerde, o tal vez me limite a pegarte hasta que se quede grabado en tu mente... Si es que no mueres en el proceso.

La miró fijamente a los ojos mientras se quitaba cada pieza de su armadura, hasta que finalmente se quedó en la túnica de cuero que siempre llevaba debajo. En días de verano, solía sudar mucho debido al peso de la armadura, al tono oscuro y al espesor de la tela que llevaba encima, pero le parecía una manera inteligente de mantenerse constantemente despierto.

Puedes considerarlo como un auto castigo por no ser digno de la Diosa o algo por el estilo. Algunos tenemos a torturarnos a diario para recordar que tenemos mucha suerte por lo que tenemos, y que hay que saber apreciarlo más. Mírame a mí: tengo el derecho de tirarte de tu pelo mientras retozo a costa de tu cuerpo y créeme si te digo que pienso aprovecharlo.

De repente, Ruven se detuvo.

Iba a empezar a desabrocharse el cinturón y los cordones que ataban su túnica cuando la mujer habló una vez más. ¿Complaciendo sus deseos? Creyó entender algo más allá de lo que podría parecer a simple vista, pues dudaba que se refiriera precisamente a querer acostarse con él. De hecho, de desearlo, tal vez lo haría todo menos placentero, porque no quería brindarle placer alguno a aquella mujer. Quería violarla, hacerla sangrar y golpearla hasta quedarse a gusto.

Demasiado tarde para reaccionar, pero Ruven lo intentó aún así con un ataque que quedó en la nada cuando la chica lo esquivó. Apretó los dientes, preguntándose de forma muy aleatoria cómo se llamaría, y se vio de repente al otro lado del filo de su propia espada. Se vio sorprendido por la velocidad de la chica y además la eficacia a la hora de coger un arma tan pesada. ¿Cómo lo había hecho?

Tragó saliva, viéndose repentinamente en desventaja. Tal vez ella podría... No, dudaba que saliera de su habitación ahora. Ruven tenía que pensar con velocidad si no quería verse asesinado en su forma humana por una ramera.

Por supuesto que me estoy excitando. ¿Has visto ése movimiento? ¡Tú no eres una burda puta de las calles! ¡Eres puta, y seguro que vives en la calle, pero no veas cómo te defiendes! Oh, será más placentero aún deshacerme de tu trampa y violarte mientras piensas cómo has fallado por segunda vez. ¡Ten cuidado con el filo!

Tenía que pensar con velocidad o, de lo contrario, moriría. Le daría un manotazo para despistarla o aturdirla, o directamente hacerle perder el conocimiento, pero la espada era demasiado larga y bastaría un solo paso más para perecer. Tenía que pensar... ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía librarse?

Apartó el filo de la espada de un manotazo, abriéndose un profundo corte en la mano y haciendo que apretara los dientes y dejara escapar un gemido de dolor, pero la fuerza con la que impactó el arma logró que Aymel se tambaleara con tan pesada espada y ésto le dio el momento idóneo para agacharse, recoger una de las piezas de su armadura y golpear el vientre de la chica.

El golpe hizo que la mujer soltara la espada, la cual cayó al suelo estruendosamente; Ruven aprovechó la ocasión para empujarla con todo el peso de su cuerpo y la agarró del cuello con ambas manos, apretando ligeramente y preparándose para matarla. Las venas de su cuello y alguna de la sien se hincharon mientras él gruñía de rabia, evidenciando lo mucho que deseaba matarla ahora mismo y lo enfadado que estaba.

Tú... ¡Tú!

Aún sosteniendo a la chica con una mano, bajó la otra hacia su propio cinturón, se deshizo de él y lo tiró al suelo. Tiró de los pantalones de la mujer para dejar al descubierto sus piernas y después empujó su cabeza contra la pared, justo detrás de la encimera, haciendo que se estirara de forma anormal.

¡Empieza a desvestirme, ahora! ¡O te juro que te mato!

Y apretó la mano en su cuello, dispuesto a cumplir con su promesa... aunque no lo haría ahora, sino tal vez después de violarla incluso si no cumplía con su demanda.

Mientras tanto, él se limitó a tirar otro poco de su camiseta para descubrir el segundo seno, sin molestarse en quitarle la camiseta.

Acercó esa mano después al rostro de la chica y lo cubrió de la sangre del profundo corte que Ruven ahora ignoraba. Por fortuna, los dragones se regeneraban rápidamente.

¿Huele bien, mi sangre? ¡Dime tu nombre! —No es que le importara demasiado, pero quería saber a quién insultaría a partir de ahora y tal vez por siempre.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Jue Jul 12 2018, 21:28

¿El único amo? , recorrí con la mirada la cocina y fruncí el ceño un momento ante la idea de que los perros de la reina vivían excesivamente bien por vanagloriarla. Tanto que un mero humano podía permitirse, bajo el estandarte de ese mujer, un hogar como aquel. Era irrisorio. Ignoré de manera más que evidente la misma cantinela de maltratar y violar. Demasiado repetitivo. Entrecerré los párpados en una evidente amenaza cuando profirió sus castigos. ¿Derecho de tirarme el pelo mientras retoza a costa de mi cuerpo? ¿En serio tenía los cojones de decir que era un castigo de indignos de esa puta rubia? ¿La misma furcia que era, supuestamente, la madre de todos los dragones, y que fornicaba con sus hijos?. Fui incapaz de callar — Porque es un castigo sumamente tedioso satisfacerte sexualmente — alegué con ironía y bufé con descaro.

Ese.. Ruven.. como se había presentado tendía a hablar de más y a actuar de manera brusca. Como si la autoritaria amenaza sirviera para que las víctimas se encogieran con pavor. De hecho, reconociendo ese patrón, podía asegurar que pocas o ninguna serían las mujeres que le plantaran cara. La sensación de rebeldía y supervivencia aplacaba mis deseos por llevar a cabo una buena jugada. Y así, en un pequeño error, su error, pude hacerme con su espada. En cierto modo, mi padre y Thors, me habían enseñado a empuñar armas como aquellas pero no me sentía del todo cómoda por su peso. Una espada como ella podía pesar fácilmente un cuarto de mi peso y eso provocaba que mis posibles ataques fueran erráticos

Y aunque fallara, la satisfacción de tenerlo acorralarlo me embriagó. La clara sensación de molestia, ira y enfado que se evocaba fácilmente en todo su ser. Un peligro demasiado latente que en vez de hacerme parar me invitaba a querer seguir. A desear llevarlo a un extremo masoquistamente doloroso que me embargaba con el odio contenido. Clavé un poco más la espada en su pecho cuando los elogios aparecieron con una tácita amenaza final — Eres un demente — siseé con claro asco.

De pronto, las tornas volvieron a girar a su favor.

Como un maldito humano con demasiada suerte. Un grito de rabia escapó de mí cuando el peso de la espada me tambaleó por su peso a un lado. El desequilibrio me impactó a tal punto que no percibí el tajo de la mano del Inquisidor. Fue tarde cuando comprobé que mi dañado cuerpo no reaccionaría a tiempo para esquivar ese golpe en la boca del estómago. Contundente y dañino. El aire se cortó causando que boqueara para adquirir esa falta de aire. Anhelado y necesario que atoró mis sentidos. El tacto de la empuñadura se escapó de entre mis dedos y de nuevo, cuando el aire quiso retornar a mi ser, sentí el golpe contra la pared. Las manos que sostenía mi cuello de una manera contundente causó que el aire de los pulmones volviera a quedar en un suspiro cuasi imposible. La sensación de asfixia me hizo llevar las manos a los brazos contrarios en un intento por retirarlas; pero pronto la presión disminuyó. Y el aire retornó deseoso a mis pulmones.

Con fuerza presioné la mano sobre el brazo masculino que aún amenazaba con partirme el cuello. Busqué con la mirada la otra mano, oculta detrás de lo que alcanzaba a ver, fue el sonido del cinturón lo que me advirtió de su posición. La orden, de nuevo, me hizo mirar a la imponente figura que se encorvaba sobre mí y sonreí de manera sombría — ¡Venga, mátame! — incité y mi castigo fue de nuevo quedarme sin aire. Sí, posiblemente estaba agotando todas las vidas que tenía. Todas y cada una de ellas se desvanecían en cada una de las palabras que usaba para desprestigiar, para molestar, para cabrear y pisotear su forma de vida. Su credo. La mano del cuello volvió a aflojarse y otra bocanada de aire alcanzó los lastimeros pulmones. Anunciando que pese a las amenazas, pese a las ganas, no me mataría hasta complacerse. Hasta desquitarse esa desquiciante necesidad de doblegarme.

Me removí inquieta debajo de él cuando la sensación húmeda de su mano llena de sangre alcanzó mi seno. Y mientras me removía intentaba colocarme de una forma menos dolorosa y que me diera un mejor ángulo de movimiento. Lo miré con fijeza cuando la mano dejó de manosear mi seno para alzarla a mi rostro con la intención de, ¿qué?¿Asquearme? Una idea fugaz pasó por mi mente. Mi mano retuvo la suya en el mismo lugar donde la había dejado él, para que no pudiera retirarla, y en un calculado movimiento mi lengua siguió el trazo de la herida causada por la espada. El sabor metálico invadió mis papilas gustativas en un escalofrío de sensaciones incomprensibles. Embriagada por la sensación me lamí los restos de sangre que habían quedado en mis labios para acabar mordiendo el labio inferior en una sensación de exquisitez demasiado buena — Debo admitir que sabe mejor — No supe cuando había cerrado los ojos pero cuando los abrí los fijé en él.

Su reacción un tanto contradictoria me hizo ladear la cabeza por no acabar de entender qué pasaba por su mente. Eso me molestaba. La postura, empezaba a hacer mella en el hombro lastimado con anterioridad, y con rabia lo empujé con ambas piernas causando que por la sorpresa o por lo que fuera, soltara mi cuello y diera un paso atrás — Deja de excitarte — grité a tiempo de propinarle un puñetazo en la cara. Lejos de sentirme satisfecha, cuando me puse de pie, volví a golpearlo para intentar aturdirlo. Con rapidez me aparté varios pasos de él para dirigirme al exterior de la cocina. Estaba segura que mi cansancio no daría para darme el tiempo necesario en esos inútiles golpes pero… estaba segura que si conseguía la distancia óptima para cargar el arco sin que me interrumpiera, podría demostrarle lo que hacía la familia Bolt con los maníacos.

Mi nombre, ¿quería?, lo escucharía antes de morir.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Jue Jul 12 2018, 22:04

¿Matarla? ¡Matarla! ¡Aymel no tenía ni idea de lo que decía! ¿Por qué iba a matarla cuando podía divertirse mucho más haciéndole daño al torturarla? ¿Cuán salvaje podía ser violándola para provocarle realmente dolor en su intimidad, para golpearla hasta el hartazgo y hasta que se postrara a sus pies? ¡Tenía que aprender a respetar a la Inquisición, a su hogar, pero sobretodo, a la Diosa! Ruven se encargaría de enseñarle modales.

Como si se tratase de un vampiro como los conocían los humanos contemporáneos, Aymel se aferró a su mano y succionó el fluido escarlata que emanaba del extenso y profundo corte que más pronto que tarde sanaría. Ruven, lejos de sentirse molesto, sonrió al ver cómo la mujer degustaba el sabor de la misma herida que se había abierto únicamente por su culpa. ¡Todo lo que había pasado desde que se habían topado por primera vez era culpa suya, y de nadie más!

Así que mi sangre es rica, ¿eh? ¿Pretendes enfadarme con eso? ¡Es todo un cumplido! ¿Quieres más, verdad? Te encantaría morderme la yugular y embriagarte en el sabor de mi sangre... ¡Pues esa ha sido la última vez que la probarás! ¡Ahora, me toca a mí degustar la tuya, y créeme que no me contentaré con un sorbo! Voy a hacer que te desangres para perderme en ti, y suplicarás por tu vida.

Dejó escapar un quejido, viéndose casi interrumpido, cuando la mujer lo empujó con ambos pies y lo hizo separarse de ella. ¡Justo cuando iba a deshacerse del todo de sus pantalones para penetrarla! La miró con rabia, sin poder evitar perderse antes en sus senos al descubierto, y apretó los dientes. De haber tenido la espada a mano, tal vez le habría cortado el cuello ahí mismo cuando habló.

Algo me dice que tú estás más excitada que yo. ¡Mira tus pez...!

Se vio interrumpido por el puñetazo de la mujer, que hizo que apartara la cara y que se tocara la mejilla y la nariz. De esta última salió sangre. ¡La furcia lo había herido!

Un nuevo golpe le llegó, esta vez en el cráneo, haciendo que se sujetara la parte del pelo con la mano y se arrodillara debido al golpe. ¡Ese había ido a mala leche! ¿Quién demonios se creía que era para golpearlo así! Apretó los dientes una vez más, se puso en pie rápidamente y estiró el brazo para interceptarla antes de que saliera de la cocina.

Eres lenta —le espetó al agarrarla del hombro malo, y tiró de ella con todas sus fuerzas para hacerla retornar a la cocina, provocando que se chocara contra la mesa y que ésta se tambaleara y se cayera al suelo con todo lo que tenía encima, así como la chica—. ¿Planeabas usar ese arco, eh? ¿Quieres que te lo rompa? ¡Pues no! ¡Será mío hasta que me devuelvas mi colgante!

Tiró del pelo de la mujer para estampar su cara contra el suelo y tiró de arco para sacarlo por encima de su cabeza. Ahora, lo lanzó al suelo, a la entrada de la cocina, y al reducir a la mujer y darle una bofetada con la intención de vengarse de los golpes y de aturdirla, se percató de que había un par de pies en la puerta de la cocina.

¿Hermano? ¿Qué sucede?

¡Me cago en la puta! ¿Qué coño haces aquí?

Empujó la cara de la mujer contra el suelo para noquearla y luego caminó hacia su hermana para cruzarle la cara de una bofetada. La sacudió de los hombros cuando perdió el equilibrio y le gritó:

¡No vuelvas a salir sin mi consentimiento cuando haya visitas! ¿Me has oído? ¿Quién te crees que eres? ¡Ahora, recoge ese arco y llévalo a mis aposentos! ¡Ya, si no quieres ser la próxima a la que viole!

Hizo ademán de golpearla una vez más, pero se vio obligado a girarse hacia la otra mujer antes de que pudiera hacer algo; tiró de su brazo bueno para ponerla en pie y empujarla contra la pared, y esta vez, golpeó con el puño cerrado su estómago.

No pienses en aprovechar esta situación. Ahora, tu arco es mío. Estate quieta. ¡Enséñame tus pechos! ¡No me digas que estás excitada! ¿Te tiemblan las piernas? ¡Tranquila, esto no dolerá tanto como la paliza que te daré cuando acabe contigo!

La retuvo sosteniéndola del cuello y apretando un poco mientras se desnudaba la parte inferior del cuerpo, descubría su miembro y se preparaba para entrar en ella. En todo momento miró sus ojos y su pecho, alternando de un sitio a otro. Aymel sangraba por los golpes, pero pronto sangraría por algo peor.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Vie Jul 13 2018, 11:33

Por un instante, algo en mi cerebro se cortocircuitó, porque  la idea de mordelo no me pareció tan errática. Ni tan molesta. Ni tan descabellada en esa vorágine de necesidad, ira y supervivencia que parecía unirnos de algún modo en esa demencial situación — Yo no suplico — aclaré con furia. Inquina que se acentuó con sus comentarios.  ¿¡Qué yo estaba excitada!? ¿¡Yo!? Ese.. ese… ¡Arg! ¡Vesánico, hijo de huarga! ¿Quién demonios era el único que estaba desesperado por desnudarse en esa maldita cocina y desquiciadamente frenético por cumplir su castigo? Castigo, ¡y una mierda!

Sólo espacio. Distancia suficiente para tomar a Fuyu y perforar su carne. Giré el arco sobre el cuerpo para poder retirarlo del hombro. Eso era incómodo, me recordaba por qué había optado por llevarlo recogido en la baja espalda, y entonces él me alcanzó. ¡Lenta! Oh, si que lo sería, sobre todo cuando empezara a despellejarlo vivo.  El agarre firme del hombro me hizo mirar hacia atrás para encontrarme con la apremiante figura masculina — Y tu demasiado insistente — el empellón hacia la mesa causó un vertiginoso mareo que se acentuó con el golpe y la estrepitosa caída. Sentí cómo algo se me clavaba en las costillas con dolor. Astillas de una mesa quebrada— No tengo tu puto colgante — mentí y llevé la diestra hacia la mano que empecinada tiraba del pelo.

Intenté retener el arco cuando me dejó cierta libertad de la opresión contra el suelo y gruñí desviando la vista en su trayectoria. Vi como el arma chocaba con los pies de alguien y… la visión se oscureció. La bofetada me precipitó a un mareo vertiginoso que revolvió mi estómago. El escaso diálogo eran un murmullo indescifrable bajo un pitido insistente de oído. Intuí que el vértigo sentido fue a causa del golpe cercano al tímpano. Con la ayuda de las manos, a pesar de la muñeca fraccionada y lacerante intenté alzarme. Sublevarme a su insistencia por reducirme. El aturdimiento del segundo golpe hizo que la poca fuerza que tenía se exhalara en un quejumbroso suspiro y me dejara momentáneamente exhausta. No, no iba a dejar que él ganara. No lo haría. No le daría esa satisfacción.

Pero me estaba empezando a costar seguir ese irrisorio ritmo.

Mi cuerpo se tensó ante la mención del arco y esa orden tácita que me hizo alzar la vista a ambos, pero sobre todo a la mujer. Mis párpados se entrecerraron en una clara amenaza cuando nuestros ojos se cruzaron y causó que su labio inferior temblara. Estaba segura que su expresivo temor no se debía a mi, sino a él, y aunque me sentí mal por ella sería mi enemiga si tocaba lo que era mío — Toca ese arco y te degollo como a un jabalí — escupí y con fuerzas -más o menos- renovadas tanteé el suelo en busca de algo que pudiera servirme de utilidad. Mis dedos alcanzaron un trozo de madera astillado. Demasiado lenta. Otra vez. Los entumecidos sentidos le estaban dando demasiada ventaja a ese demente. Y nuevamente volví a ser reducida contra una dichosa pared. El golpe en la boca del estómago me hizo toser ahogada.

Desde ese ángulo, al menos, podía ver a la petrificada muchacha que nos miraba  sin poder reaccionar. Ignorando parcialmente como el Inquisidor se bajaba los pantalones. Si bien era cierto que me temblaban las piernas por la insistencia de su brutalidad, volví a mirarlo para fruncir el ceño. Seguí la trayectoria de su visión de los desnudos senos a encontrar su mirada. ¿¡Qué demonios!? ¿¡No era él el que no dejaba de excitarse solo!?¿No te estás excitando demasiado para ser un cuerpo tan insatisfactorio? — quizás si era masoquista porque la presión del cuello aumentó asfixiandome y embotando de nuevo mi percepción del momento. Boqueé en el anhelo de ese aire cuando volvió a aflojar la manaza. Era incongruente. Sus precipitadas acciones y estar medio desnudo sin que yo lo estuviera me indicaba que estaba ansioso. Estaba disfrutando demasiado de esa situación.

Con torpes movimientos la hermana se agachó a recoger el arco de la entrada y lo abrazó con una expresión inexplicable de lástima y compasión. Una contradicción que llevó a que la sangre de mi cuerpo bullera frenética. ¿Qué se creían esos hermanos? Atrapé el cuello  de la toga -que era lo único que aún portaba ese animal- y tiré de él hacia mí con determinación. La mano herida, insensible ya, no me ayudaría a golpearlo pero… — Para violarme antes tienes de desnudarme, capullo — eso era provocación pura.  Le dí un pisotón con el tacón de la bota a su desnudo pie, causando que gruñera o algo similar en un par de saltitos por el dolor, y en esa danza le propiné un rodillazo entre las piernas — Y sigues siendo insatisfactorio — agregué mientras se doblaba aún más de dolor y acababa arrodillado ante mi. El regocijo de verlo así fue deleitante.

Sin embargo, corrí hacia la inmóvil mujer.

¡No! ¡No te acerques! — gritó en una encorvación aterrada por mi precipitación.

¿Qué demonios le había hecho ese maníaco?. Tiré de su mano, causando que trastrabillara hacia delante y dándome un fácil acceso a recuperar el arco. La hermana chocó en un quejido con el cuerpo del Inquisidor, ya recuperado del doloroso rodillazo -¿No se recuperaba excesivamente rápido?- e hizo que por inercia ambos perdieran el equilibrio. Mi mano tomó el cuerpo del arco con firmeza y dolor. Un dolor agudo que me hizo sisear entre dientes al ser la mano rota. Pero la otra se hizo con una de las tres flecha supervivientes de toda esa situación que tensé con el sonido conocido de las poleas. Esta vez no habría advertencia. Centré la mirada en ambos cuerpos tambaleantes y, en una rápida observación de trayectoria, disparé. La saeta silbó hacia ambos. Rozó la mejilla de la chica, causando un evidente corte que empezaría a sangrar, y se clavó en el hombro del varón. Palpé en el carcaj y me hice con otra flecha que también tensé dispuesta a disparar de nuevo — La próxima irá a tu cabeza — advertí — Así que sé un buen chico, suéltala, y me pensaré si sigo entreteniéndote. Que por cierto mi cuota de ramera gratuita ha cambiado a ser de pago y con extras, así que deja de hacerme perder el tiempo — porque tiempo no me sobraba si me paraba a pensar en el estado de mi lastimado cuerpo.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Vie Jul 13 2018, 14:11

Lo excitante es violarte, no tu cuerpo —respondió con una sonrisa maliciosa para dejar clara una cosa: que por muy bella que fuese, eso no quitaba que tuviera una falta de pecho importante a ojos de Ruven.

Es más, seguramente se mofaría de ella aún más en base a eso conforme se dejase llevar por sus propios instintos salvajes, pero por ahora bastaría con incapacitarla hasta que pudiera hacer lo que quisiera con ella. La mujer no le estaba poniendo las cosas fáciles y sabía que podía retomar parte del control de la situación de un momento a otro si no tenía cuidado. Ahora, la presencia de su hermana estorbaba más que ayudaba. Por eso le había soltado la bofetada.

Abrió los labios, embobado por un momento, al sentir el tirón que la mujer le daba en el cuello de su túnica y la miró fijamente a los ojos. Por un momento pensó en hacerse de nuevo con su cuello y penetrar directamente en ella para terminar con la situación cuanto antes, pero las palabras de la chica lo dejaron un instante distraído y esa fue la ocasión que ella aprovechó para darle un pisotón con el tacón.

Ruven lanzó un alarido de dolor al sentir cómo la punta le creaba una herida en el pie de la que de inmediato brotó sangre. Sabía que se restablecería muy pronto, pero el dolor era casi insoportable en una zona tan delicada del cuerpo hasta para alguien como él. Le había pillado de lleno.

Lo peor resultó al final en el rodillazo en sus partes íntimas. Ruven se encorvó roto de dolor y apretó los dientes aferrándose con una mano a la encimera de la cocina mientras alzaba la mano para mirar a la mujer. Iba a pagar tal afrenta muy caro: estaba harto de que tratara de zafarse y ahora no la dejaría huir.

Al menos, algo quedaba claro: había perdido mucha energía. Estaba cansada. Eso le daría la oportunidad que necesitaba. No llegaría muy lejos.

¡No toques a mi hermana, furcia! —advirtió señalándola con el dedo índice después de incorporarse, aparentemente como nuevo.

De repente, se vio retenido por el peso de su propia hermana cuando la mujer la empujó contra él, y Ruven la apartó casi de inmediato de un empujón. Tal vez no a tiempo, o tal vez no lo suficientemente lejos, porque entonces escuchó un silbido que fácilmente reconoció como el volar de una flecha. La mujer se había armado con su arco y había...

Ruven gritó de dolor y se dejó caer sobre una rodilla mientras su mano derecha viajaba al hombro izquierdo, donde se había adentrado la punzante flecha. La sangre brotó con intensidad y Ruven temió por un momento que pudiera infectarse, pero de repente recordó que no era un estúpido y miserable humano y que no podía contraer enfermedad alguna.

De pago, ¿eh? —Ruven se rió mientras luchaba por incorporarse; se acostumbró rápidamente al dolor y alzó la cabeza al estirar su cuello para mirar a la mujer desde un ángulo muy alto—. No me digas qué tengo o qué no tengo que hacer con mi hermana. Es mía. Ambas lo sois.

Entonces, tiró del antebrazo de su hermana, sintiendo que el hueso le crujía con evidente peligro a la pobre joven, y la tiró encima de la mujer, repitiendo la misma táctica que ella había llevado a cabo. Logró apartarse de la trayectoria de la flecha que se vio extraída del arco por reflejo y motivos lógicos al agacharse y avanzar con velocidad y, una vez llegó frente a ambas chicas, alzó el puño y lo hundió en su vientre una vez más.

La chica perdió el equilibrio y soltó el arco. Ruven tiró de su pelo para alzar su cabeza y sintió que, de repente, todo su cuerpo se destensaba. Estiró la mano para darle una nueva bofetada a su hermana por resultar una inútil y luego miró a la mujer con una sonrisa de oreja a oreja.

Dulces sueños, ramera.

Bastó un solo golpe más para que perdiera el conocimiento.

[...]

Ruven cerró los ojos, se arrodilló en su oscura habitación únicamente alumbrada por unas cuantas velas, y agachó la cabeza frente a la representación de la Reina Madre para llevar a cabo su misa diaria. Reflexionó acerca del pequeño combate que había tenido en la calle y en este mismo lugar, su propia casa, contra la mujer, y se sintió aún más orgulloso de haber contribuido a su propio castigo.

Le había ordenado a su hermana que la llevara a la sala de torturas, una de las tantas habitaciones de la enorme mansión, para amarrarla a cadenas. Le dijo que no ocultara sus pechos ni que le quitara más ropa, porque tenía pensado violarla así: tal y como había perdido ante él.

Miró fijamente a la imagen de la Reina Madre, un retrato que le había robado a alguien mucho tiempo atrás, y tragó saliva.

Después, siguió rezando un rato más.

[...]

Al llegar a la sala de torturas, Ruven se encontró con su hermana encogida y temblando en aquel oscuro lugar. Tenía varios agujeros en la ropa por la batalla en la que se había visto inmersa y parecía temerle a algo. A alguien.

A Ruven, por supuesto.

¿La has encadenado bien?

S... Sí.

Bien. Y parece que me has hecho caso en cuanto a la ropa. Aún no ha despertado. Esperaré a qué lo haga para violarla. No pienses en irte, vas a tener que verlo. Hasta tal vez vivirlo en tus propias carnes; lo decidiré en un rato. Ahora, quiero que te dirijas hacia esas otras cadenas y te aprisiones a ti misma. Ese será tu castigo por haber resultado el mayor estorbo del día. Decidiré qué haré, de nuevo, cuando acabe con ésta furcia.

La joven tragó saliva, aterrorizada, pero no dudó en obedecer, avanzando temblando pero con velocidad y encadenándose a sí misma. Ruven dio un paso hacia la otra mujer, le dio un guantazo y, al ver que no reaccionaba, se encorvó a recoger el cubo de agua fría que le había pedido también a su hermana. Se lo tiró encima y, de inmediato, la chica abrió los ojos.

Hola, hola, amor. ¿Qué, has dormido bien? —preguntó mientras llevaba sus manos a su pantalón para desgarrarlo en la parte de la intimidad de la chica y acercó su desnudo miembro a la zona, dispuesto a entrar—. Espero... que no —murmuró una vez se halló dentro y se aferró al cuello de la chica con una mano y a su pecho con otra—. Parece que me va a salir más barato de lo que creías.

Ruven la miró por un momento sin moverse, esbozando una mueca y suspirando. Tal vez un golpe más la espabilaría, o tal vez volvería a desmayarse. En todo caso, optó por tirar de su pelo y besar sus labios mientras empezaba a moverse.




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Aymel el Vie Jul 13 2018, 21:57

Sí de pago — repetí. En un examen sobre él. Su umbral del dolor estaba demasiado alto o sus nervios estaban demasiado oxidados. ¿Por qué respondía tan rápido? ¿Por qué era la única cediendo al cansancio?. Alcé la cabeza para ser consciente de la evidente amenaza que escondía su imperiosa altura. ¿Por qué tenía que ser tan alto o yo tan baja?No te pertenecemos  — espeté y sin saber por qué la incluí a ella.

Aunque imperceptible la mano rota hacía temblar el cuerpo del arco en ese desafiante mandato que, ya sabía, le seguía sentando como una patada en su orgullo. Era posible que la adrenalina que me había ayudado se estuviera evaporando demasiado rápido. Demasiado acorde a ese pesar del cuerpo adormecido y doloroso ruego de descanso. Conocía mis limitaciones y las había sobrepasado hacía tiempo. Por eso, la precipitación del cuerpo de su hermana, devuelto como un escudo de defensa, me atrapó entre un grito de horror de la joven y el intento de evitar que la flecha no la traspasara como una manzana. Sé que nuestros ojos se cruzaron en una fracción de segundo que acabé lamentando con dolor por la distracción de saber que estaba bien. Lo único que percibí cuando el vehemente puñetazo fue incrustado en mi estómago fue como escapaba el tacto del metálico arco de entre mis dedos…

.... y después... sólo hubo oscuridad.

[...]

La sensación húmeda y fría del agua hizo que mis párpados se abrieran con la única reacción que albergaba la raza humana: supervivencia. Pero el instinto no era lo único que debía reaccionar. Tan pronto como la imagen de la habitación, de ella y de él apareció, se desvaneció. La oscuridad volvió a cubrir el sentido de la vista pero el oído, distraído con un murmullo de conversación me hizo quejarme con un murmullo ininteligible en esa una situación que aún escapaba a mi percepción. ¿Amor? … ¿No?... El cerebro demasiado aletargado por el lacerante dolor de la musculatura entumecida había cedido a la rendición. Pero, como los engranajes oxidados de un reloj recién engrasado, fue iniciando el tic-tac de su nuevo tiempo. La percepción del calor en el cuello, en el seno desnudo y en la entrepierna contrastando con la tela empapada por el agua fue alentando poco a poco a mis sentidos. Los dedos de la mano buena se movieron en un acto reflejo.

El calor del cuerpo ajeno fue socavando en el muro de ropas como si ardiera ante esa proximidad. Mi cabeza tocó lo que supuse sería el torso masculino y la sensación de sentirme arrastrada hacia atrás con un doloroso tirón de pelos me hicieron abrir los ojos con una sinuosa queja. Pero volví a cerrarlos pues antes de darme cuenta unos labios me urgían a que los correspondiera, que le devolvieran el beso en ese insistir de que reaccionara, y poco a poco así lo hice. Mis labios atraparon los suyos con la misma urgencia, con la misma necesidad indecente de verme atrapada en ese nuevo duelo. Un lance de lascividad que invitó a entrelazar nuestras lenguas cuando comenzó a moverse. ¿Por qué sus labios eran como oxígeno líquido? Tan jodidamente anhelados como respirar.

Con un tirón me deshice del enganche de una de las manos. No me pregunté por qué estaba tan floja la cadena, ni por qué tenía la ferviente necesidad de llevarla a su nuca para atraerlo más hacia mi. Quería sentirlo más dentro, más cerca, más fuerte en esa tormenta de sentimientos encontrados. Gemí sobre su boca. Más. Necesitaba saborear más de él. Necesitaba su esencia en el vehemente momento en el que me estaba dejando arrastrar por sus embestidas. Embriagándome de esa esencia de sudor y sexo que conseguía alterar cada parte de mi cuerpo… pero algo en mí hizo click: la sensatez. ¿¡Qué demonios!? ... Abrí los ojos de par en par y tiré de su pelo hacia atrás, como tantas veces había hecho él conmigo, para apartarlo de mis hinchados labios. Algo en mi lamentó que dejara de moverse ante la sensación caliente y palpitante en la que seguían unidos nuestros sexos — ¡¿Qué crees que estás haciendo?! — intenté soltar la otra mano pero el agarre era firme — Así que necesitas cadenas para retenerme, ¿temes que te mate, perro de la reina? — mi sonrisa de prepotencia fue borrada con el temblor causado por una fuerte acometida — Vuel.. vuelve a hacer eso y … — un jadeo cortó la frase. Mis uñas se clavaron en su cuello como dagas envenenadas y lo miré con ira antes de que mis labios volvieran a ser abordados por los contrarios. Esta vez mis dientes mordieron con fuerza el labio masculino y el sabor metálico invadió mi boca antes de que se apartara — Voy a castrarte — aseguré .




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Re: Remolino [Aymel] [+18]

Mensaje por Ruven el Vie Jul 13 2018, 23:05

Aquella mujer conseguía aturdirlo con sus reacciones. Al menos, un poco.

¿Era correspondencia lo que sentía proviniendo de sus labios? ¿Acababa de besarlo del mismo modo que él la había besado a ella, con más frenesí incluso? Ruven se vio con la boca ocupada y los ojos abiertos, dando una imagen un tanto rara, más si cabe, a su hermana si lo estaba mirando fijamente. Tal vez presenciar un acto así le haría aprender los mismos modales que le estaba enseñando a aquella desconocida. Tal vez se los enseñaría después a ella cuando hubiese acabado con la primera.

Sintió que una de las manos de la mujer se liberaba y tuvo el instinto y el reflejo de apoyar una mano en su cuello, apretando ligeramente, para advertirle de que le bastaría un simple apretón para rompérselo. Prosiguió con el movimiento de sus caderas mientras la miraba por un momento a los ojos, pero pronto se vio sumergido una vez más en un profundo beso en el que sus lenguas se encontraron al entrar en evidente contacto. Ruven se sirvió de la mano del hombro malo, el cual se había regenerado casi por completo a estas alturas, para agarrarse al pecho de la mujer.

¡Eh! —exclamó apretando un poco más su cuello al sentir el tirón de pelo, con cuidado de no hacerle daño: no por piedad, sino porque no quería que se desmayara; quería que presenciara cada momento de aquella violación—. Te estoy violando, ¿no lo ves? —respondió de mala gana a su pregunta, dejando en su interior una estocada más fuerte que las anteriores al intentar liberarse de su agarre—. ¿Matarme? Reza para que no te ocurra a ti.

Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando logró desarmarla de una fuerte acometida, en efecto. La forma en que no finalizó su frase hizo que Ruven arqueara una ceja. ¿Estaba disfrutando con todo ésto? ¿Cómo era eso posible?

Abrió la boca para decir algo, pero antes de darse cuenta, se encontraba de nuevo fundido en un beso con la mujer. Descendió ambas manos hasta su pecho para estrujarlo y motivarse con él, pese a que seguía pensando lo mismo que le había dicho en la calle: que no tenía de qué presumir. Tal vez por la excitación o por el simple instinto, de repente parecía un tanto atractivo.

Estás disfrutando... ¡Estás disfrutando! ¡Así no vale! —exclamó apretando los dientes y tirando de su pelo cuando dijo que lo castraría, haciéndole reír evidentemente—. No parece que sea precisamente lo que quieres ahora, encanto, pero no te preocupes: cuando destroce tu interior, será precisamente lo que desearás hacer una y otra vez, porque pienso matarte a polvos.

Aferró ambas manos a sus caderas para hacer que lo rodeara con las piernas y se elevara del suelo; después, empujó su cuerpo una y otra vez con el suyo propio para permitirse un mayor acceso en el interior de Aymel. Las estocadas se volvieron más duras, más certeras y más veloces. El sonido de sus pieles perturbaba irremediablemente a su hermana mientras que los senos de la mujer subían y bajaban. Ruven empezó a moverse con más fuerza, buscando un punto en el que poder hacerle daño, en el que pudiera dejar de gemir, pero parecía estar disfrutándolo demasiado.

Maldita ramera...

Se separó de ella, saliendo de su interior por un momento, para empujar su cuerpo y hacer que se diera la vuelta. Aferró sus manos a sus hombros y, hallándose a espaldas de la mujer, la penetró una vez más. Aprisionó su cabello en una mano para dominarla y tiró de él para observar su pecho palpitante por debajo de su cuello blanco como la nieve.

Esta... posición... es mejor... —murmuró excitándose en demasía y sintiendo que el cosquilleo de su intimidad incrementaba, así como la velocidad y la fuerza de sus estocadas—. No vayas a desmayarte ahora. Quiero que sufras.

Y aumentó más y más el ritmo, intentando realmente hacerle daño, hundiendo sus uñas en sus hombros para crear sangre, aferrando su otra mano a su boca para tirar de ella y estirar demasiado su cuello... Algo que pudiese mantenerla despierta y dañarla sin matarla.

¿Ves? Te dije que lo haría yo todo —tuvo la genial idea de comentar riéndose y prosiguiendo con el burdo acto.




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