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Mensaje por Cedrik el Vie Jul 06 2018, 22:49

Las noticias desde su retorno eran peores que recibir una patada en el esternón y que repitiera el proceso hasta que el aire de sus pulmones se tornara sangre y se ahogara en ella. Era irónico. Tanto que empezaba a creer que sus esfuerzos, su pasos hasta ahora, no servían para nada. Pero, ¿quién era él para regodearse en su pena? Nadie. No siempre que hubiera alguien peor que él. Alguien que debía salvar a toda costa. A pesar de que pensara que era autosuficiente. Que no lo necesitaba. Una mentira que se repetían, ya no sabía por qué, y seguirán haciéndolo. Porque ellos eran así. ¡Bah!

Cedrik, pensé que Yanara había vuelto a echarte el otro día —saludó Rosalie con una sonrisa divertida en el rostro—. Ya veo que sigues sin rendirte—. Un gruñido molesto rasgó la garganta del mestizo como única respuesta—. Y que vuelves a estar de mal humor, pero temo decirte que hoy estará ocupada. Tiene un cliente esperando

Sus gélidos se centraron en ella.

¿Y desde cuándo te crees que eso me importa, Rosalie?

Sí, tanto ella como las que lo conocían sabían que no le importaba nada con quién estuviera. Sabían que incluso sacaría a algún hombre de la habitación de su prima a rastras si se le antojaba. La mujer señaló como respuesta a cierto individuo que estaba esperando con cara de pervertido en la sala de espera.

Pues ves tu a decirle que su reserva ha sido cambiada —bufó demasiado hastiada.

Cedrik desvió la vista hacia el susodicho y retornó a ella. Se dirigió hacia el varón y captó su atención dándole una patada al pie contrario—. Tu reserva ha sido cancelada—. Normalmente habría sido más sutil y menos capullo pero esa noche no era una de esas noches—. ¡He pagado ya la mitad del precio por esta noche! —y aunque el contrario se levantó para encararlo lo que vio en el rostro del Capitán lo hizo volver a sentar el culo en el sillón y carraspear—. Gya podrá satisfacerte —soltó sin tacto alguno para encaminarse hacia la habitación de Yanara.

El mestizo entró sin llamar ni anunciarse, como si aquella fuera su casa, y recorrió la estancia en un rápido movimiento. La alcoba tenía un halo de vapor y un olor a flores que se escapaba ya por la ranura de la puerta hasta el pasillo común del burdel. Los gélidos se centraron en la revuelta cama que le informaba de algún cliente cercano a su llegada y un sentimiento de cabreo lo invadió. No es que estuviera celoso, ni tampoco le importaba que la rubia se acostara con más varones pero… que fuera por un maldito traidor y con hombres que pagaban por ella hacía que su sangre bullera frenética. Se encaminó hacia la zona donde la estancia tenía la bañera y sólo esperó no encontrar allí a su anterior reserva .

Pero no fue así. La tensión que había acumulado desde que había dejado a la pareja en la taberna se sintió quebrar en un laxo movimiento de impotencia. La visión de la rubia en la tina le hizo sonreír con tirantez y cierta nostalgia que le arrullaba los sentidos con tristeza. Seguramente no era por ella. Había visto esa escena en incontables ocasiones, donde ella acababa gritándole que la dejara en paz y le tiraba lo primero que tenía a mano; pero él solía esquivarlo para hacerle una mueca graciosa y obligarla a salir de su momento de paz—. Deberías cerrar la puerta si no quieres que entren pervertidos —comentó con un tono que pretendía ser su mezcla entre lo divertido y lo irónico—. Espero que no te importe, he decidido cambiar tu cita de esta noche—. Y si le importaba a él no.


Última edición por Cedrik el Lun Ago 06 2018, 19:27, editado 1 vez




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Mensaje por Yanara el Lun Jul 09 2018, 10:19

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Ajena a lo que ocurría en el piso inferior de la Flor Azul, y a la visita del todo inesperada de Cedrik, intentaba disfrutar de ese baño con pétalos de rosa que me estaba dando en la intimidad de aquel pequeño cuarto colindante de mi estancia principal, donde se encontraba la tina de robusta madera.
Aquella última visita me había dejado magulladuras y una asquerosa sensación de suciedad que ahora intentaba paliar con agua y esencias. Mi humor se había visto ennegrecido por esa vuelta del ahora capitán del ejército y esa última vez que nos habíamos visto. Y por cada vez que el recuerdo se repetía en mi cabeza, los dientes se me apretaban de manera automática. Tomé una sonora inspiración, en ese proceso de autocontrol. El vapor del agua caliente volvía a llenar mis pulmones, como forma rápida y aplastante para evadirme de aquella mierda de situación que no dejaba de repetirse desde hacía cinco años. Por muchos hilos que pudiera estar moviendo desde mi cómodo lugar, me comía la ansiedad por ser todo demasiado lento y frustrante.

Oí la puerta, pensando que sería alguna de las mujeres con las que compartía oficio. Pero el olor intenso del mestizo rubio alcanzó mi nariz antes de que lo hiciese su voz. Abrí mis orbes almendrados, deslizándolos a la entrada, justo para verlo llegar a través del cuarto. Aún estaba molesta por esa última vez que se había ido, sin dar explicación ni despedida alguna. Pero nunca reconocería que tenerlo conmigo me aliviaba sobremanera—. ¿Qué haces aquí? —pregunté, manteniendo el enfado en la mirada. ¡Una lástima no tener nada a mano que tirarle! Odiaba verme en esa situación con él. Sabía perfectamente que mi cabreo no tenía razón de ser. Cedrik tenía una vida más allá de la mía y había tenido que marcharse para poder seguir. Era esa rabia por verme abandonada por él lo que no me consentía dejar de culparlo.

Su tono jocoso me molestó más—. ¿Acaso tengo opción? —pervertidos o no, esa puerta no tenía pestillo y mi disponibilidad ya no era mía. Era de quien pagase más por mí. Mi ceño fruncido dio paso al enarcado de mis cejas cuando me anunció que se había tomado la libertad de cambiarme los planes aquella noche—. ¿Quién te crees que eres para elegir por mí.... Capitán? —le recriminé sin tapujos. Tan sólo el retintín con el que mencioné su nuevo cargo ya era un reproche por esos meses que me había abandonado a mi suerte, después de jurarme e hiperjurarme de que no me dejaría sola. Pero, el orgullo no me dejaba asimilar que, él no podía supeditar su vida a la mía. Sobre todo, porque yo estaba mucho más limitada que él. Y, también, ser consciente de que, efectivamente, todo el mundo podía elegir antes que yo—. Es un poco tarde para hacerme creer que tengo elección... —dejé de tenerla cuando aquel malnacido consiguió que me condenaran. Por mucha esperanza que tuviera... estaba comprobando lo agónico que era intentar cambiar mi situación. Las circunstancias habían mellado mi carácter, aunque aún plantara cara y batallara. Ya no era la misma, eso seguro.

Sus gélidos ojos no se apartaron de mí, a pesar de toda la hiel en mis palabras. ¿Qué ocultaba ahora? No supe encontrar la razón por la que aquella maldita mirada calmaba los demonios que querían echarlo a patadas de mi cuarto. Pero, ¿para qué? Era tan terco como yo. Y así como yo me negaba a ceder... él tampoco querría irse. Al menos, no de momento—. ¿Qué... pasa, Ced?




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Mensaje por Cedrik el Miér Jul 11 2018, 21:24

¿Esas son formas de recibirme?¿No puedes decirme: “Hola, mi amor, ¿te he echado de menos?” —respondió con una pincelada de ironía para intentar calmarla -o quizás cabrearla pero de otra forma-. En realidad, no estaba seguro de cuándo se le iba a pasar ese enfado tonto. Ella, además, había sido de las pocas que sabían que debía irse de misiones para ascender. Cierto que el Capitán no había previsto pasar tanto tiempo alejado de Talos pero tampoco había hecho grandes esfuerzos para volver más rápido. En cierto modo no podía considerarse inocente en el hecho de que había evitado con gustosa intención el permanecer lejos de esa ciudad, mas su interés había sido llevado por la última noche que había pasado en la mansión de la peliblanca. La culpabilidad de sus egoístas actos lo emponzoñaban cada vez que visitaba a la rubia.

Desconocía el trato que había recibido en su ausencia y eso lo molestaba; siquiera sus compañeras habían soltado información la primera noche que había vuelto a Talos y preguntó por Yanara. Como si tuvieran un maldito código de honor. Eran demasiado fieles a la mestiza o, empezaba a creer, lo culpaban a él de esos meses de ausencia. Y eso lo molestaba. Esa ausencia, fuera intencionada o no, lo llevaba a un vacío demasiado amplio de cómo había estado su compañera. Apoyó el hombro en el marco de la puerta y alzó una ceja, apartando los pensamiento pasados que sabía, tarde o temprano, rellenaría ese vacío temporal. Ella misma se lo contaría. Porque ellos no solían tener secretos. ¿O sí?—. Siempre puedo reservar más de tus horas para tener más libertad, aunque sea en estas cuatro paredes —porque por ahora no podía hacer más; porque por ella se gastaría toda la maldita herencia familia pero la siguiente alusión a su título lo hizo arquear una ceja y bufar. ¿Por quién se creía que era Capitán? Un puesto más elevado daba más ventajas y eso ayudaría a destripar al traidor que la traicionó. Porque en su mente no cabía opción de exilio, no para los traidores como su abuelo, para ellos sólo habría… La imagen se disipó al recorrerla con la mirada. Sus gélidos siguieron las gotas acuosas por la tez femenina hasta entrecerrarse en los rasguños y moratones que su piel empezaba a vislumbrar—. Siempre podemos huir e irnos lejos para dejar todo esto atrás —comentó en esa idea infantil con la que siempre fantaseaban pero ninguno de los dos acababa viendo coherente.

Chasqueó la lengua ante la suspicacia de la mestiza. A veces olvidaba que esa mujer lo conocía demasiado bien. Su vida entera avalaba cada una de sus predicciones y, creía, para su gracia o desgracia, era la única que lo conocía del todo—. ¿Por qué crees que me pasa algo? —alegó en un tono que pretendía ser más airado. Se acercó a la tina, sin apartar la mirada de las magulladuras que habían captado su atención desde la puerta y se acuclilló a su lado para llevar la zurda hacia ellas. Las yemas de los dedos persiguieron con delicadeza las rozaduras. Sus gélidos acariciaron en una sensación de malestar la piel visible y acercó el rostro para depositar un cálido beso en la más cercana—. ¿Antes no deberías decirme quién te ha dañado? —se apartó para engarzar la mirada en la femenina con un brillo sombrío que amenazaba con llevarlo a los infiernos. Y, aunque deseaba golpear a algo o alguien, por ser una noche de mierda, no esperó una respuesta por su parte. Porque tenía la maldita manía de nunca decirle quién era el cliente que la golpeaba. Sus brazos la rodearon en un abrazo demasiado necesario para ambos y ocultó el rostro en el ángulo de su cuello. El conocido aroma lo embriagó con esa calidez que le recordaba estar en casa. Aunque no lo afirmara, ella, a pesar de sus locuras y esa manía acogida años atrás de lanzarle cosas, era la calma que precisaba. Era su hogar—. Me he reunido con Trystan y su mujer —mencionar a Kya seguramente le haría entender que algo había cambiado en el pelirrojo—, para que me ayudara con la misión del General. Parece ser que ya no forma parte de la Resistencia sin embargo intentará ayudarme con las células extremistas y con lo que pueda recordar. También me ha informado de que en mi ausencia… Ae… —la garganta se le resecó en un nudo que no dejaba salir esa noticia oída horas antes. La sensación de malestar lo invadió de golpe. Una sensación que lo caldeó entre la impotencia y la ira por no haber estado en ese altar— ...ella… —insistió, sin poder reproducir las palabras del pelirrojo— ...le he fallado a alguien más... —concluyó incapaz de repetir que había muerto. Presionó un poco más el pequeño cuerpo femenino entre sus brazos.




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Mensaje por Yanara el Lun Jul 16 2018, 00:40

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Mi gesto habló por si sólo con ese comentario irónico que me soltó por ese recibimiento. ¿Qué quería? ¿Recibirle con los brazos abiertos después de haberse largado como se largó la última vez? ¿Había tenido alguna enajenación mental y se pensaba que yo iba a olvidar con toda la facilidad del mundo aquello? Bien, si eso pensaba, tenía más de una forma de hacerle ver que no era así.
Pero... nada dije.
Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, no quería hacer por alejarlo con mi explosivo temperamento. Porque... ¿qué éramos para el otro sino esa única vía de escape a la que aferrarse? ¿Qué era Cedrik para mí sino ese salvavidas al que me había estado agarrando con todas mis fuerzas desde hacía ya cinco años? Y la inestabilidad que me había golpeado con su ausencia me había hecho irritable, insensata... y, para qué negarlo, injusta con él.
No hacía más que repetirme que nuestros caminos tendían a separarse y, aunque el mío se estancara o fuera más cenagoso, no tenía derecho a tirar de mi Ced para que me ayudase a salir.
... No, ¿verdad?

Fue justamente lo siguiente que dijo lo que implicó otra piedra a ese saco que ya portaba sobre mi espalda. Reservar más horas de mi tiempo, significaba pagar más. Seguía viéndome en la tesitura de saber todo lo que estaba haciendo por mí, y yo no refutar nada, por desearlo conmigo. Volvía de nuevo a esa injusticia, actuando de manera errática que lo mantenía cerca de mí y, a su vez, reprendiéndome internamente por ello. Tragué saliva con ese último comentario antes de que me quedase observando el hielo en su mirada y le preguntara directamente por su estado. Y, de una forma estúpida e inexplicable, llegué a sonreír con nimiedad—. Siempre podremos imaginarnos en cualquier otro lugar, sí. —soñar era gratis. Y, los dos teníamos claro que, huir no era la solución. En cualquiera de los casos.

Lancé mi ceja a la estratosfera cuando me rebatió mis premisas con esa simple pregunta a la defensiva. En todos los años que conocía a aquel rubio, había aprendido lo que significaba esa actitud en él—. Porque siempre que te pasa algo, tiendes a contestarme una pregunta con otra. —terminé por sonreír, con la picardía y satisfacción de quien sabe perfectamente lo que dice, mientras me paraba a observar ese gesto protector tan suyo, llegando a posar sus labios sobre una de esas heridas que podían verse más allá del escondite que pudiera suponer ese agua enturbiada con colorantes y esencias que opacaban el transparente líquido. Y sólo sentir esa calidez en mi piel, ya me la erizó. Nuestras miradas se encontraron y, sin tiempo para contestar me vi envuelta en ese abrazo que no dudé en corresponder. Quise decirle que aquello también sanaría; que prometía decirle algo si volvían a ponerme la mano encima. Pero era algo que Cedrik ya sabía. Y en el momento en el que ya lo había dejado acomodarse en el hueco de mi cuello, hundiendo mis dedos entre esos mechones dorados y rodear parcialmente su fuerte espalda con mi otro brazo, me vi interrumpida en mi intento de respuesta por lo que turbaba ahora su temple. Y no importaron las salpicaduras fuera de aquella tina o que mi propio cuerpo empapara sus ropas. Eran meras nimiedades.
Fruncí el ceño por lo dicho, inquietándome más cuando el mestizo empezó a titubear—. Ced... —me nació buscar su rasposa mejilla para dejar ahí un beso de mis labios, como burdo gesto de ánimo. Pero sólo con esa voz ahogada, supe que no bastaría, inconforme con lo que estaba escuchando. No ya de Trystan y su supuesta mujer, que me esclarecía bastante la nueva situación del pelirrojo, sino por la carga que Cedrik se estaba echando encima—. No digas eso, tonto. —lo regañé, dejando que presionara su abrazo. Algo que, lógicamente, no impedí. No me gustaba escucharlo así—. No seas melodramático. —¿había tenido posibilidad de hacer algo por ella? Estaba casi segura de que no. Acaricié parte de su nuca, sin levantar apenas la voz—. Hay cosas que ni tú puedes controlar. —porque lo conocía y sabía que se culpaba siempre por no estar en el momento justo en el sitio indicado. Y esa culpabilidad absurda, me hacía centrarme en él, de manera inaudita, olvidándome de mis cabreos, mi orgullo y esa guerra interna entre mi egoísmo y mi cariño por él–. Ven. Entra en el agua conmigo. —lo invité, cuando sentí menguar la presión en su abrazo, decidida a esperar que se desvistiera y se metiese conmigo en aquella tina, para apoyar su espalda contra mi pecho.




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Mensaje por Cedrik el Mar Jul 17 2018, 19:32

El mestizo no usaba otra pregunta para evadirse de sus problemas, ¿o sí? Sí, sí lo hacía. Era su forma de no preocuparla. Una manía instalada en sí mismo desde años atrás que en realidad no le servía de nada por ser Yanara. La presión de sus labios sobre la mejilla le hicieron sonreír con esa tenue media sonrisa ante el escueto ánimo.

La situación, le gustara o no, como le estaba diciendo la rubia, no podía depender de él, ni estuvo en su mano. El Capitán se encontraba a millas de distancia en un mundo donde la supervivencia de la piratería, tormenta y olas gigantes menguaban sus fuerzas en ese intento por avanzar. Y era posible que en sus hombros no estuviera el peso del mundo, ni que de él dependiera la mitad de los sucesos que ocurrían pero… sentirse así era algo que siempre lo había devorado. La sensación de abandonar a aquellos que lo necesitaban era parte de él desde que abandonó a su melliza a los doce años—. Melodramático… —repitió con la aspereza de ese nudo inquebrantable. La tirantez que perfiló una sonrisa al percibir las yemas de sus dedos acariciando su nuca correspondió ese abrazo necesario. ¿Lo era? ¿Era melodramático? La duda siempre había estado presente en él. Siempre había creído que la necesidad de proteger aquello que quería era primordial en este infectado mundo de sangre, traición y guerras. Una moralidad que le inculcó su tío a lo largo de los años y que sabía, conocía, era la misma que su padre había tenido durante siglos. No podía simplemente chasquear los dedos y creer que toda su herencia, junto a su carácter, era simplemente una fachada de melodrama. Se negaba a ello—. Por desgracia sé que no puedo controlarlo ciertos sucesos —comentó con ese hilo de voz que lo llevaba a imaginar otras tantas y ya imposibles posibilidades—, pero a veces creo que el propio destino me lleva lejos de esos momentos necesarios para castigar mis malas decisiones—. Era una tontería, posiblemente, pero ¿qué otra razón había para no estar en los momentos verdaderamente necesarios?. Suspiró con contenida resignación y dejó de presionar el cuerpo femenino ante la invitación al baño.

Ese momento de tregua, fuera por esa confesión o no, era algo que necesitaba y rogaba. Desde su vuelta, aparte de ahogarse en alcohol y noticias nefastas que lo devoraban en una desesperación más que evidente, necesitaba reconciliarse con esa temperamental mujer que lo torturaba de una manera cariñosamente cruel. Se irguió de su acuclillada postura, no sin antes depositar otro beso en su hombro, y se desvistió sin mucho reparo. Para introducirse en la bañera y acomodarse en su pecho. Notó como el nivel del agua, demasiado elevado para abarcar dos cuerpos, rebosaba por los bordes hasta empapar el suelo. Tal era su estado que había permitido, sin importarle, que fuera ella la que lo abrazara y no al revés como tendía a hacerlo por simple placer. Por la sensación de poder rodearla entre sus brazos y así protegerla. Tomó una de las manos femeninas para entrelazar los delicados dedos con los suyos y poder acariciar en un sinuoso movimiento de la yema contraria. Persiguió el recorrido de una vena que traslucía en la nívea piel y continuó ascendiendo en su trayecto a través de la muñeca, por el antebrazo y el bíceps para volver a descender con la misma delicadez. Recorriendo su miembro en busca de apaciguar los moratones y rasguños que podía percibir con sus dedos y su propia vista—. He olvidado cuando fue la última vez que estuvimos así —admitió y frunció el ceño ante la clara evidencia— Lo echaba de menos.

Sin dejar de realizar esa interminable caricia se apoyó en ella, sin dejar que todo su peso la aplastara, pero lo suficiente para acomodarse en ella. Cerró los ojos antes antes de apoyar la cabeza en su hombro. Se centró en el goteo del agua que parecía caer del contorno de la tina por el desborde previo, sintió como el pecho de Nara ascendía y descendía en su espalda hasta que su propia respiración se acompasó a la de ella. Y en la reciente calma una pregunta lo incomodó, a pesar de conocer la respuesta, preguntó—: ¿Me has echado de menos? —abrió los ojos como si le pesaran los párpados y la miró esperando su respuesta. Posiblemente esa pregunta acabara siendo mala idea, que ella volviera a recriminarle su ausencia, y que derivara a concluir en alguna disputa tonta. O, posiblemente, ella templara su genio por su estado. En realidad no estaba seguro de qué prefería en ese momento: si la Nara cariñosa o la fierecilla gritona. Lo que sí sabía es que, sea como fuere, quería estar allí con ella.




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Mensaje por Yanara el Mar Jul 17 2018, 22:47

Aún en su abrazo, su comentario me sonó amortiguado contra mi piel. Y no fue menor motivo para seguir regalándole ese paseo de mis dedos entre los mechones dorado oscuro de su cabello—. No hay malas decisiones, Ced. —no las había. O eso me esforzaba en creer. ¿Era malo dejarse llevar por el egoísmo a la hora de tomar decisiones? ¿Qué sentido tenía arrepentirse después? ¿Acaso yo me arrepentía de haberle dicho que no al degenerado que me acusó y me destinó a mi situación actual? No. Seguía dándome verdadero asco y, de volver a vivir lo mismo, mi respuesta no cambiaría.

Tal vez, por eso me costaba entender ese arrepentimiento de Cedrik que lo llevaba a pensar que había tomado una mala decisión.

El rubio no se pensó el aceptar mi invitación, desvistiéndose para meterse en el agua conmigo. En cuanto así lo hizo, el agua sobrepasó los bordes, empapando el sueño. Dejé que se acomodara contra mí, siendo yo esta vez quien lo dejara sentarse entre mis piernas, apoyando su fibrosa espalda contra mi pecho, para poder rodearlo con mis brazos, que se veían del todo pequeños frente a los suyos. Rara vez me permitía regalar gestos de cariño, viéndome incómodamente vulnerable y paliando con rapidez esa sensación y situación. No. No podía flaquear así delante de él. Sólo conseguiría preocuparlo más. Y ya me había dejado ver todas esas inquietudes con las parecía lidiar diario, aunque no concretase cuales fueran.
Enredé los dedos de mi mano izquierda con los masculinos de su mano derecha. Acto seguido, cada uno se valió de su mano ociosa para regalar una suave caricia al otro. Yo deslizando las yemas de mis dedos por cada marca que cruzara la dermis de su brazo. Él repasando cada rozadura o herida que tuviese mi extremidad, deseando borrarlas con las mismas ganas que yo. Esa protección que volví a sentir del mestizo, en algo tan irrisorio como era ese hormigueo por una caricia, terminó por erizarme la piel. Mis labios se tensaron en una sonrisa, por ese murmullo nostálgico que rompió toda barrera que yo pudiera querer construir para hacer creer que era lo más insensible y fuerte que pudiera encontrarse en la Flor Azul. La peor de las patrañas, si podía añadir. Ese híbrido en concreto, tenía esa maldita habilidad. Y yo, a ratos, lo odiaba por saber desarmarme—... y yo. —terminé admitiendo, en ese disfrutar del calor ajeno, en aquella tina. Como si el agua pudiera arrastrar todos los problemas de cada uno, y, simplemente, regalarnos esa tranquilidad en la preciada compañía del otro.
Eran demasiados años ya en su compañía.

Pero, claro, un momento así no podía durar demasiado. Porque los dos éramos inquietos, obstinados, y rara vez nos sentíamos cómodos siendo del todo honestos, en cuanto a sentimientos guardados se refería. Como ese afán que nos profesábamos mutuamente. O la culpabilidad para con el otro. Busqué su gélida mirada, para mostrar cómo rodaba los ojos—. ¿Tú qué crees? —sí, yo también me ponía a la defensiva con preguntas que podían derivar en una conversación sentimentalmente más profunda de lo normal—. Más que tú a mí, seguro. —alcé la barbilla, con fingida suficiencia. No llegaba a ser exactamente lo que me habría nacido decir: Sí, Ced, te eché de menos. Mucho. Habría simplificado las cosas. Habría propiciado que, a lo mejor, acabáramos hablando de todo aquello que callábamos después de cinco años en una situación que cada vez me parecía menos sostenible.

Simplemente, reí con suavidad, sin pecar de cariñosa ni de impulsiva. presioné esos fuertes dedos masculinos que se entrelazaban con los míos. Un gesto que podía hablar por mí, más que todo lo que pudieran pronunciar mis labios que, por regla general, siempre decían lo contrario a lo que quería expresar realmente. Si esperaba de mí el típico impulso, esa irreflexión que, en realidad, lo divertía mientras que a mí me molestaba aún más... se iba a decepcionar de forma estrepitosa. Suspiré largamente. Hacía demasiado tiempo que yo no veía a Cedrik tan "tocado". A pesar de comportarse de igual modo, lo veía agotado, alicaído. Lo suficiente como para darle prioridad frente a mi carácter, por mucho que él quisiera pincharme. Porque, debía de tener en cuenta que era la persona que más estaba haciendo por mí, desde que yo pasé a ser una esclava. Y, de haber tenido una de mis malas reacciones, me habría comido la culpa después.

Justo por esto, me di cuenta de que, la última vez que nos habíamos visto, habíamos hablado realmente poco y yo, ni siquiera, había tenido un detalle con él que ahora, se me antojaba como algo básico, haciendo una retrospectiva rápida de esa vez que se había quedado conmigo al volver después de su ausencia—. Enhorabuena por el ascenso, por cierto. —murmuré entonces, juntando mi mejilla con él, a la altura de su sien, tentada de volver a regalarle la calidez espontánea de un suave beso, como burdo premio—. Creo que no te lo había dicho hasta ahora. —reconocí, sin llegar a sentirme avergonzada, mientras ascendí hasta su hombro con esa mano ociosa que le había dejado sutiles caricias que habían querido ser reconfortantes.




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Mensaje por Cedrik el Vie Jul 20 2018, 12:34

Alzó sendas manos entrelazadas hasta sus labios y besó el dorso húmedo de la contraria. En un gesto cálido que acabó cuando apoyó la mano sobre la cicatriz de su propio pecho y siguió recorriendo de manera distraída la tez humedecida de su brazo. El mestizo no solía ser egoísta, ni mucho menos deseaba mostrar esa faceta que había erradicado años atrás, pero en algunos casos acababa flaqueando en su templanza y querer. Cediendo como un adolescente mimado a unos actos tan naturales como mostrar debilidad. Esa flaqueza que parecía aumentar de un tiempo para atrás. Y aunque hubiera deseado que esa faceta no estuviera presente, en aquel momento parecía querer emerger con más fuerza y necesidad, arrastrándolo a ese pozo de desconfianza por la situación que le tocaba vivir. Yanara le había dicho que no había malas decisiones, él no lo creía así. Las malas decisiones habían estado presentes en su vida desde su infancia, desde que sus pasos lo habían llevado, equivocadamente, a creer que dejar a su melliza sola los llevarían a protegerla. Y a partir de ahí sus malas decisiones no dejaban de aumentar: pues si él no hubiera insistido en entrar en el ejército Yanara no habría seguido sus pasos y su situación actual nunca hubiera sido posible; si hubiera sabido dialogar con su hermana en ese reencuentro no habría huído de él; si no hubiera conocido a la dragona no tendría esa molestia instaurada en el maldito pecho; y si hubiera estado en la incursión de la Reina a los altares podría… a Ae.. podría haberla ayudado… o al menos hubiera hecho todo lo posible por ella.

Una sonrisa se dibujó en su faz ante la declaración, ya sabida, de esa afirmación. Una vaga, templada, afirmación que dejaba entre sonar ese continuo dudar que la hacía querer molestarlo con ese gesto que lo hizo sonreír ante el rodar de ojos—. ¿Qué me creo? Que no tanto como quisiera —pinchó un poquito al ver esa fingida altivez que la caracterizaba y acabó negando—. Está bien, en eso debo darte la razón, tú ganas —admitió sin menguar esa sonrisa ladina, algo más relajada—. Pero no puedes culpar que no tuviera tiempo de echarte tanto de menos; han sido unos meses complicados —desde su mano sintió la presión de su calidez. Los finos dedos entrelazados con los suyos y un fruncimiento de ceño, casi imperceptible, lo hizo centrarse en ese acto. Era posible que esa mujer, junto con Anastasia, fueran las que más lo conocían. Tanto era así que ocultar su templanza era irremediablemente abordado por ellas hasta el punto de rascar demasiado y hallar la treta, o el intento de ocultarlo—. He tenido que estar en un barco demasiado tiempo —y no es que le entusiasmara demasiado; aún cuando en esas maniobras y aprendizajes con el Comandante Arkay lo habían hecho tener que luchar con piratas, tifones y olas gigantes; o con contrabandistas de huesos de dragón. El mundo se estaba volviendo loco y él, en sus pocos ratos libres había intentado menguar su propia locura con esa recién descubierta bebida: Aborto, quiero decir, Ambrosía de los Dioses.

El calor de su mejilla en el lateral de su cara lo hizo mirar de soslayo el perfil de la mestiza, el tacto de sus labios en la sien lo hizo sonreír ante la muestra de afecto, y fue incapaz de no apartarse levemente para poder mirarla. Para recorrer el sus rasgos en una sonrisa tirante que buscaba el “pero…” que no parecía llegar. Ni las quejas, ni las muecas de disgusto o esa fingida altivez que aún se preguntaba -tras tantos años- si era por su herencia dracóniana o humana; pero nada de eso llegó— No, no me lo habías dicho —comentó aún en ese escrutinio que indicaba que seguía esperando alguna reacción más. Pero no llegó. Nada cambió en ese rostro impasible y sereno que no había visto en demasiado tiempo. El Capitán se apartó de la seguridad que la híbrida parecía querer otorgarle y, con complicación e incomodidad momentánea por lo pequeña que siempre le había resultado esa bañera, se movió al lado opuesto de la tina para tenerla de frente. Sus piernas se encogieron en una incómoda posición que lo hizo gruñir. Tiró, con suficiente fuerza pero sin causarle daño, de la mano que no había querido soltar en ningún momento y la atrajo hacia él—. Era algo que debía hacerse —sentenció cuando el cuerpo femenino cayó sobre el propio y la atrapó con la diestra por la cintura para que no pudiera escapar. La proximidad de ambos, tan escasa y conocida, lo hizo sonreír ladino. Liberó la prisión en la que pretendía contener las zurdas para apartarle un mechón del cabello. En momentos como aquellos creía que esa fierecilla indómita, que no dejaba de preocuparlo por su carácter, era demasiado inocente y tierna para estar en ese lugar—, para hacer lo que queremos necesitamos influencia y gente que nos respalde. Sin embargo, ahora que te tengo atrapada —no quería hablar del tema, no cuando la tenía entre sus brazos, y no iban a molestarlos porque decapitaría a quién lo hiciera— ...vas a contarme qué has hecho estos meses o me obligaras a torturarte... —con suspicacia ensanchó la sonrisa— …un poquito.




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Mensaje por Yanara el Dom Jul 22 2018, 21:25

¿No tanto como él quisiera? Enarqué las cejas, fingiendo indignada sorpresa—. ¡Maldito engreído presuntuoso! —exclamé con una sonrisa incrédula, salpicándole agua a la cara por su desfachatez forzada. Cedrik estaba jugando conmigo y yo, una vez más, picaba el anzuelo por mi falta de temple e impulsividad. Le gustaba divertirse a mi costa, en ese sentido. Claro que, yo tampoco tenía problema pues tanto me picaba él a mí, como yo a él. Hasta que las bromas se volvían ácidas y generalmente Ced se terminaba cubriendo la cabeza para que yo no le acertase, cuando tenía objetos arrojadizos a mano.

Pero, en nada, volvimos a la calma, cuando me dio la razón y se justificó por su falta de tiempo como motivo por el que no había llegado a echarme en falta—. Sólo espero que no se te escapara mi nombre con esas mujeres que te dio tiempo a visitar. —solté, encogiendo la nariz, por ese reproche entre líneas. ¿Tan difícil era dejar de picarle al respecto? Era celosa con él, sí. Demasiado para no ser el hombre que me tuviese enamorada. No recordaba una vida sin Cedrik, a decir verdad. Mi ejemplo. Mi mentor. Mi amante... Mi amigo. Nuestra relación era tan peculiar como intensa e imprevisible.
Pero ese sentimiento protector para con el otro, llegaba a generarnos ansiedad.

Entonces, el mestizo reveló de forma superficial lo que había llegado a hacer en esos meses de ausencia. Exhalé por la nariz, cuando mencionó su estancia en un barco—. Con lo que a ti te gusta el agua... —¿Cedrik? Cuanto más en tierra estuviese, menos tenso al respecto. No podía imaginarme todo aquello con lo que él había lidiado para conseguir ese rango más alto. Y sabía que, la principal razón de buscar ese ascenso, desgranando todos sus motivos, era yo.

En parte, por esto mismo, en ese arranque de lúcida consciencia, en la que era estúpido e injusto reprocharle nada, por esa culpabilidad por mi situación que no conseguía quitarse de encima, tan sólo lo presioné suavemente contra mí. Y, dicho sea de paso, lo felicité, a pesar de la rabieta que había llegado a montarle por haberme dejado abandonada.
Aquella sospechosa calma en mi persona, no significaba que hubiera abrumado y cambiado mi carácter.
Pudiera ser que, esa vez, simplemente estuviera cansada.

Emergí de mis pensamientos cuando Cedrik se movió, apartándose de la comodidad de mi pecho. El ámbar de mis ojos buscó el hielo de los suyos, recogiendo mis piernas para darle margen de movimiento en ese espacio reducido, sumergidos en el agua. Una sonrisa afectuosa se dejó ver cuándo él tiró de mí, para cambiar las tornas y ser yo quien se apoyara en él. Y eso hice, sin siquiera girarme. Esa presión en mi cintura, contra él me hizo reír por lo bajo, quitándome las ganas de posar mi cabeza en uno de esos fibrosos pectorales que ahora se proclamaban firmes protectores de mi menudo cuerpo entre sus fuertes piernas. Como pasatiempo, deslicé las yemas de mis dedos por aquellas líneas que hacían su torso, marcando los músculos. Sin embargo, sus palabras trajeron una sombra a mi semblante, otra vez. ¿Debía hacerse? Cedrik no estaba obligado a hacer nada. Y, ambos sabíamos perfectamente el porqué. El Capitán no me debía nada y, aún así, todo lo hacía por sacarme del atolladero en el que ni él habría podido evitar que yo cayera.

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Presa de sus brazos, perdida en esa sonrisa lobuna, compartiendo la calidez de nuestros cuerpos en aquella bañera de madera, insistió en saber qué había pasado en esos meses en los que él no estuvo. Y un gesto de cansancio ante su perspicacia me hizo mirar a otro lado, mientras me humedecía los labios—. Si te digo que estos últimos meses... he venido haciendo lo mismo que en los últimos cinco años, ¿te sirve? —alcé una ceja, deslizando mi mirada de vuelta a la suya—. ¿O quieres detalles? —pregunté con un tono más inquisitivo, antes de morderme el labio inferior—. Porque no te los diré así como así. —entrecerré la mirada, evitando una vez más que se saliera con la suya a la primera. ¿Qué podía hacerme? Desde luego, sus torturas podían parecer el cielo frente a las palizas que había llegado a recibir, sin que él lo supiera. Además, sabía de sobra que él precisamente, nunca haría nada para lastimarme—. No te tengo ningún miedo, Ced.




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Mensaje por Cedrik el Lun Ago 06 2018, 18:29

Cedrik rió por la reacción de Nara y se cubrió ligeramente con una mano para que el agua no lo cegara—. Lo soy, y adoras esa parte de mí —ahí volvía ese halo de fanfarronería y alzó sendas cejas en una imagen de fingida inocencia—. En realidad, se lo dije a todas ellas, porque ya sabes que siento cierta debilidad por crearte enemigas acérrimas —recalcó en la línea de esa simplicidad que causó un manotazo en el hombro como queja—. Auch —masculló como si hubiera dolido para frotar después la zona con la otra mano. Teatro. Suspiró en esa calma completa que era su pecho y rió ligeramente cuando la oyó hablar del agua—. El agua me gusta en otras situaciones. Situaciones como esta, por ejemplo, aunque corro el mismo riesgo de ser ahogado en el profundo y mar azul que en esa bañera contigo —esa no era más que otra forma de evadirse del camino en que había naufragado su vida en los últimos tiempos pero ¿qué mejor forma que naufragar que hacerlo con ella? La mestiza le habría tirado un salvavidas en cualquier parte, al igual que él haría por ella, y su salvavidas ahora eran esos pequeños y finos brazos que lo rodeaban con ternura.

Por ese motivo, posiblemente, su mente pateó sus propios problemas y pesares para centrarse en ella. En los meses de ausencia que tanto le preocupaban tras ese telón bajado después de una función que se había perdido. Le molestaba, a pesar de haber sido el único que había decidido irse, avanzar en esa meta de ascenso, pero todavía creía tener el derecho de saberlo. Siempre tendría derecho. Egoísta por su parte, lo sabía bien, pero le era indiferente. Era algo tácito en sus vidas desde que apareció en la puerta de su tío Alec. Y, pese a que era una nimiedad, creía, él siempre la reconfortaría; en cualquier parte y lugar, aunque eso implicara que un jarrón le estallara en la cara. Hasta que no la tuvo entre sus brazos no se detuvo. Era extraño ser él el protegido. El mimado. Y en cierta manera lo prefería. Cedrik nunca había sido un hombre que le agradara sentirse débil, ni protegido. Él era el protector y, si lo pensaba con detenimiento, el dominante. Le gustaba controlar aquello que quería pero eso, en muchas ocasiones, se escapaba entre sus manos. Algo que lo molestaba de sobremanera. Engarzó sus ojos en el dorado licuado de su mirada. El sol que parecía ensombrecerse tras sus palabras en un eclipse que drenaba la alegría de la rubia. Se maldijo por hablar, por preguntar, pero necesitaba saberlo. Y ahí volvía esa evasiva natural que la caracterizaba con ese gesto que no podía más que incordiarlo. Últimamente tenía más secretos de los que podía admitir. Ambos lo tenían. Ella callaba más de lo que hablaba. Él evitaba mencionar cosas que la incomodaran. Como dos malditos idiotas.

Cedrik se mantuvo quieto cuando respondió, cuando su mano trazó hormigueante su torso en una oleada de calor latente y acabó alzando una ceja cuando se mordió el labio desviando la mirada. Eso era jugar sucio. Muy sucio. Era una maldita embaucadora...pero no cedería. Aún no. Quería los detalles por fogosos o dañinos que pudieran ser—. Me gustan los detalles —aseguró y los dedos que en algún momento se habían enredado en sus cabellos se deshicieron en una leve caricia sobre su mejilla. Se deslizaron a través de su mejilla hasta los rosados y carnosos labios, siguió el recorrido de su barbilla con el dedo índice y descendió en  una trémula caricia por el cuello. Con delicadeza siguió el camino que trazaba su clavícula para perderse en una caricia de su hombro que descendería por su brazo. Sin prisa. Intentando memorizar aquello que de sobra ya conocía. Entrecerró los ojos con una sonrisa doblada cuando osó decir que no le tenía miedo—. Descarada —la mano derecha que aún persistía en su cintura descendió a la baja espalda femenina, persiguiendo esa mojada y tersa piel submarina para atraerla hacia él cuando sus dedos se hundieron con delicadeza en sus nalgas. Buscó su mirada cuando el peso completo de ella acabó encima de él y sonrió en esa complicidad más que evidente. Estaba seguro que esa sería mala idea. Muy mala en realidad. Había evitado estar en esa situación con ella desde hacía meses pero la debilidad lo había hecho acabar cediendo a una situación complicada. Bajo su peso ella podría percibir como palpitaba en un sollozo ahogado que lo hizo suspirar. Sí, eso era un problema para él.

Estaba seguro que esa postura le estaba clavando su maldito miembro en el estómago. Su izquierda apretó la parte trasera del muslo femenino en un intento de autocontrol cuando ella se movió sobre él para acomodarse. Ascendió la mano por la espalda, trazando un río de agua sobre la espalda de ella. Se sentía cálida, vibrante, refrescante. Su mano acabó en su nuca y la atrajo hacia él, pero no la besó. Su nariz acarició su lóbulo antes de acercar los labios hacía él para susurrarle—. Miedo... que menciones ese sentimiento sobre el resto es curioso. Me hace querer saber con más insistencia qué ha pasado en mi ausencia —autocontrol, eso precisaba, simple y llanamente. Podría hacerlo. No era un maldito adolescente hormonado. La miró de soslayo cuando la mano de la nuca la liberó en una mirada sombría que vaticinaba determinación. Una decisión conocida que los arrastraría a una situación más que conocida. Sus dientes mordieron con delicadeza el hombro desnudo y apartó el cabello con la mano. Sus labios recorrieron hombro en un ascenso por el cuello. Y su mano volvió a invadir su nuca para impedir que se alejara de esa tortura personal. Besó, mordió y torturó la misma zona del níveo cuello femenino en un intento por proclamarse dueño de ella y cuando consideró que la zona estaba demasiado enrojecida y sensible le dedicó un ligero y cálido beso. Solo entonces la liberó de esa presión para buscar su mirada. La mano que aún presionaba contra él su cuerpo descendió acariciando la tez empapada de su trasero, alzandola lo suficiente para que sus dedos viajaran más abajo. Se detuvo en el límite donde podía percibir la calidez de su entrepierna, torturosamente doloroso incluso para él — Entonces… ¿me vas a contar los detalles? —su pulgar trazaba círculos inquietos sobre su nalga. En su redondeado y aterciopelado culo. Los dedos se movieron insistentes en un calambre inquietante que casi le hizo ceder a la tentación de seguir. Todavía no, le dijo su voz interna.




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Mensaje por Yanara el Miér Ago 08 2018, 17:40

Cedrik me conocía demasiado bien. Demasiado. Diría que hasta mejor que yo misma, muchas veces. Lo cual le daba ventaja absoluta sobre mí... al igual que yo pudiera tenerla sobre él. Nuestras vidas llevaban enlazadas prácticamente desde que ambos teníamos uso de razón. Un fuerte vínculo que ninguno queríamos romper, pues Cedrik seguía buscándome tan a menudo como le era posible. Y sus visitas en mi rutina me daban la vida que ésta me quitaba. Aunque nunca llegara a admitir ésto último. Ambos podíamos dar por sentado ser el faro en la oscuridad del otro, ser ese bálsamo necesario para poder continuar enfrentándose a sendos monstruos.

... Así, era el único al que dejaba sacarme de quicio hasta límites insospechados para mí.

Como así liberó esa sensación de reconforte en cuanto me sostuvo contra él. Por su carácter sobreprotector y dominante conmigo, era del todo inevitable que pecara de inquisitivo y preguntara sobre lo ocurrido en esos meses pasados en su ausencia. Pero... ¿Por qué quería saberlo? Cedrik era avispado. Había visto lo que venía siendo mi vida desde que me condenaron. Y no le gustaba lo más mínimo. De hecho, se exaltaba con mucha facilidad. Razón más que loable para mí, para protegerlo de esos detalles que tanta ansiedad malamente contenida, le generaban.

Y sólo esa caricia suya que empezó en mi mejilla pudo derretirme. Cedrik era perfectamente consciente de que el roce de sus dedos, me erizaba la piel allá por donde sus yemas pasaran. Todo un seductor, consciente de su poder y de mi debilidad. ¡Maldito fuera! Pero hasta el poder de hacer sonreír tenía, con un reto inherente brillando en el avellana de mis ojos. Descarada, había dicho. Sin embargo, era él quien tortuosamente lento, recorría mi tronco superior con sus manos, hasta la atrevida curva de mi trasero—. Me has enseñado bien. —murmuré, echándole la culpa. Tiró de mí, hasta colocarme sobre él. Esa exhalación cálida, emergente de sus labios, fue bastante elocuente. Pero, sin duda, aquella paulatina dureza entre nuestros cuerpos, a la altura de mi bajo vientre, fue fulminantemente significativa. Tanto que hizo valerme de una de mis manos que ya paseaban por sus costados, apoyarme con suavidad y, aprovechando la ligereza que ya me daba el agua, moverme con cuidado hasta poder sentarme a horcajadas sobre las caderas del mestizo, con una sonrisa del todo ladeada, besando su hombría con los labios de mi entrepierna. Nadie podría decir que la última vez que nos viéramos o mismamente, cuando entró por la puerta en esa misma ocasión, estaba enfadada con él.  

Fui yo la que suspiró esta vez, con aquel maldito juego, con aquel susurro que expandía mis pupilas, mientras su voz rasposa y grave se colaba por mi oído, arrancándome un escalofrío que bajó desde mi nuca hasta donde la espalda perdía su nombre. Tensé mis nalgas, haciendo inevitable esa ligera presión de mis caderas contra él.
Entramos de cabeza a ese juego lleno de morbo y erotismo, en el que el mestizo, cruelmente, me regalaba caricias, mordidas y besos en la piel, que me encendían, queriendo imponer ese dominio masculino... si yo le dejaba.
No podía negar que excitaba mi parte más sumisa, dejando caer suavemente mi cabeza al lado contrario al que él estaba para que pudiera hacer a su antojo, llegando a emitir un sutil gemido con esos dientes agarrándome. Lo cual generaba una disconformidad interna con esa parte que no quería dejarse dominar. Esa indómita híbrida de carácter que acostumbraba a lanzarle objetos y a gritarle que era un desgraciado, se encendía, queriendo plantarle cara.

Cuando me vi apartada, en lo que él buscaba mi mirada, mis manos se activaron, para subir de sus costados a recorrer sus pectorales hasta alcanzar su fuerte cuello. Mis ojos encontraron los suyos, tan intensos como lo pudieran estar los míos. Y ese implacable hielo en su mirada me impulsaron a morderme el labio, en pura provocación. Había aprendido a ser una vendida, sabiendo tantear a todo aquel que pagara por mi compañía. Y, a pesar de que con Cedrik no era diferente, esa ventaja que ya tenía sobre él, despertaba todas mis ganas de jugar—. Te los podría enseñar. —maticé, dejando así el beneficio de la duda. Bien esas magulladuras que eran visibles o esas heridas que aún eran invisibles a los ojos del mestizo; bien fuera esa tortuosa moneda de cambio que ya era el sexo para mí... no eran detalles que pudieran contarse, solamente. Menos, estando desnudos y en aquella comprometida posición.

Con aquella respiración ahora marcada por sus intensas y atrevidas caricias, llegué a acunar su rostro entre mis manos menudas—. Te gusta tentar demasiado tu suerte. —alcé ambas cejas, sonriendo con complicidad y divertida advertencia—. Porque sabes a la perfección que yo también sé jugar a esto. —y precisamente, en esa postura, estaba casi convencida de tener las de ganar—. Esa tortura podría volverse en tu contra. —musité, inclinándome sobre él, evitando el beso, como había hecho él, enunciando lo evidente.
Algo que, sin motivo aparente, me hizo reír por lo bajo, traviesa, con una ligera sensación de verme más en control que él, en ese momento.
¿Quién torturaba a quién?




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Mensaje por Cedrik el Dom Ago 12 2018, 12:38

Debería haberte enseñado menos —se lamentó teatral sin poder evitar sonreír. Cedrik lo pensó en muchas ocasiones y hacía tiempo que sabía que ella había superado en sus posibles doctrinas para mostrarle cosas que ni él mismo conocía. Enseñanzas que lo hacían reconocer una fingida fortaleza que parecía haberla envuelto tras esos años de esclavitud y no era más que una forma de no preocuparlo. Mantenerlo a salvo de algo que escapaba a su entendimiento y lo desgarraba. En sus almendrados ojos había un brillo de ansiedad y oscuridad oculto en esa sonrisa robada. Que deseó se reflejara en esos preciosos ojos que lo miraban, pero para eso debía hacer que olvidara dónde estaba. Y ello, incluso para el Capitán, era complicado. No se rendiría. No mientras pudiera hacerla evadirse de esa realidad.

Se perdió en ese suspiro femenino que prosiguió a la sensación cálida de su desnudez rozando su dureza. Una palpitación en ese agua que parecía querer evaporarse con el reciente calor que se desprendía de ambos cuerpo, y lo llevaba a querer ceder a esa satisfacción. Una tortura más para él que para ella, como había pretendido que fuera, pero.... pero… un quejido de placer escapó de su garganta cuando la musculatura de las nalgas se contrajeron en la cercanía de su virilidad. Atormentando en esa exquisitez que precedía a algo inevitable. Algo ancestral. Sus dientes se clavaban con la presión justa para provocar placer y persiguió el rojizo hinchazón con la lengua mitigando de una forma lastimeramente excitante del posible dolor causado por el morbo del momento, y siguió besando su cuello. Sus hombros. Buscando su pulso ante la agitación que le provocaba tenerla encima. Con la oculta posesividad que ella le demostraba en su cuerpo. Ambas manos, ahora, habían acabado en el trasero femenino con una presión de los dedos para devolverle la mirada.

Su cuerpo se tensó bajo ella al percibir las caricias que ascendían indulgentes a través del agua. Y una sonrisa tirante se reflejó momentáneamente en su rostro. No quería que se lo enseñara, en realidad quería borrar cada marca, moratón o rozadura que le hubieran provocado un mal recuerdo. Por ello, su insistencia, era acérrima. Quería conocer cada una de las angustias que debía pasar en esas cuatro paredes que la retenían. Las húmedas manos atraparon su rostro obligándolo a no apartar la mirada de ella, aunque estaba seguro que jamás la apartaría, y sonrió ante la evidente provocación—. Encima que te cedo el poder sobre mí — retó con esa picaresca que acompañó al maravilloso y escaso ronroneo de su risa. Tan maravillosa que la echaba de menos. No había sido consciente de cuánto hasta ese instante. Una mirada que descendió por sus ojos y encontró sus carnosos labios. Provocadores infieles que eran humedecidos por la rosada punta de la lengua deseando ser atrapados y maltratados entre los suyos. Quiso ceder a ese anhelo, devorarlos hasta que se quedara sin aliento y pidiera más, pero se contuvo. Su tortura y que, bien puntualizado por la preciosa rubia que lo miraba, era más suya que de ella. Nara se inclinó y se le resecó la garganta al percibir que lo había imitado—. ¿Para qué sirve la suerte sino para tentarla? —retó en un murmullo ronco con una evidente excitación que ensombrecía sus gélidos.

Bajo ella flexionó las rodillas para elevar esa fricción mortificante de la presión de sus nalgas. Se apartó de los cálidos labios que acabarían derrotandolo. Las fuertes manos masculinas alzaron las redondeadas nalgas para poder moverse sin lastimarla. Una de ellas ascendió por la espalda, usó todo su cuerpo para arrodillarse sin alejarla demasiado y obligando a que se arrodillara frente a él. Sus manos vagaron a través de su espalda con electrizantes y mortificantes deseos de tumbarla ahí mismo para poseerla. Yanara siempre provocaba esa necesidad, como una droga adictiva, que provocaba la febril exaltación con el simple roce de sus dedos. Tan ansioso que lo obligaba a retenerse a sí mismo. Y ella lo sabía. Demasiado bien. Sus dedos recorrieron la espalda degustandola en un tacto mojado que la hacía tentadora, exquisita, allá donde posara los ojos. Los gélidos, caldeados por el deseo, recorrían su torso, sus pechos y su vientre hasta que el agua perdía su visión bajo ella. Su índice derecho se deslizó en una mortificante caricia a través de su costado, persiguió las ondulaciones de sus costillas y trazó con un hormigueo casi etéreo una espiral alrededor de la aureola del tugente pezón. Hasta que lo pellizcó con cariño—. Creo que aún puedo hacerlo mejor — sonrió ladino antes de ascender la mano derecha por su espalda para atraerla hacia él.

La lengua lamió con aparente timidez el pezón antes de atraparlo entre sus labios, lo mordisqueó y succionó para deleitarse con su sabor, para besarlo y torturarlo con total devoción. La derecha apretó su cadera en esas insaciables caricias que recorrían su caliente piel entre sus yemas, y se sumergió en el agua. Traspasó la curvatura de sus nalgas para ir más allá; mucho más allá. Los dedos acariciaron la calidez de su ingle; rozó con religiosa parsimonia su intimidad sin llegar a iniciar el movimiento de sus dedos. Simplemente se quedó allí torturandola con la cercanía de su mano sin darle el placer que sabía deseaba. Su nariz acarició el hinchado pezón con una sonrisa gratificante y se dirigió al otro. No tenía preferencias en ese aspecto. Ambos senos, pequeños, turgentes y deliciosos recibirían la misma atención por igual. Los mordería, chuparía y disfrutaría en un placer propio sin dejar que ella se apartara. Deleitándose con ellos—. Entonces... —inició volviendo a morder el pezón— ...debería detenerme, Nara? —engarzó su mirada con la de ella y sonrió lobuno. Los dedos que habían permanecido indolentes en la proximidad de su intimidad se movieron hacia ella para entrelazarse con sus labios íntimos. Presionaron y rozaron en un estimulante pero lento masaje que no se detendría aunque ella lo pidiera.




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Mensaje por Yanara el Mar Ago 14 2018, 21:36

Sonreí hasta enseñar mi blanca hilera de dientes ante ese lamento del todo fingido de Cedrik. En esos últimos cinco años había aprendido más acerca de ese arte de la seducción que mi trabajo requería. Si era que podía decirse así, pues realmente todos aquellos que pagaban ya estaban seducidos por la idea de tener a una hembra cabalgándoles sin sentimientos de por medio ni ese proceso, a veces largo o tedioso de enamorarlas. Y, si bien esto último sonaba de libro, o aspiración de la mayoría de las chicas, el escepticismo ahora caminaba conmigo en ese aspecto.

Era la costumbre la que, inconscientemente, me convencía de que aquello no era para mí. No, tenía demasiado carácter como para tener un caballero de brillante armadura que me robara los suspiros. Con mi iniciativa, seguramente era yo quien acababa salvándolo a él, por lento.
Curiosamente, era lo que me pasaba con Cedrik muchas de las veces. Sobretodo, cuando le daba por aparecer de manera inesperada en la Flor y trastocaba cualquier plan que yo pudiera tener en compañía. "Para librarte del trabajo", había dicho en una ocasión. Como ese caballero a lomos de un caballo blanco, viniendo a rescatarme... de un monstruo que me torturaba cada noche. Y... eran muchas noches, por lo que era inevitable que, siendo mestizo libre, terminase por dejar de hacerlo en algún punto.
Sin embargo, aunque yo le reprochase, entre otras cosas, ese egoísmo de querer vivir su propia vida... lo adoraba. Mas estaba convencida de que lo nuestro como una pareja normal no podría funcionar. Éramos el imán del otro, pero, también, éramos incapaces de estar sin discutir la inmensa mayoría de las veces, pasadas unas pocas horas.
Porque lo que pasaba en esas pocas horas...

Cedrik tenía esa capacidad de hacerme sentir amazona, acariciando mi ego con esas recriminaciones vagas que eran del todo directas. Retos tácitos que me iban encendiendo de una manera hasta inaudita. Tenía tanto poder sobre él... como él sobre mí. Y la facilidad que tenía para desmontarme, volviéndome molestamente receptiva, sin que pudiera hacer nada para evitar que él ejerciera ese poder sobre mi cuerpo menudo. Sobre mi atormentada mente que, en ese castigo de esclavitud, gritaba a pleno pulmón por una pausa. El Capitán era de los pocos que llegaban a conseguir que yo me olvidase de la triste realidad de haberme convertido en un simple juguete.

Sin olvidar, claro, que yo también sabía volver juguetes a los hombres que se atrevían a ponerse en mis manos. Y Cedrik tampoco se salvaba.
Aún encima de él, acunando aquel rostro de marcada y rasposa mandíbula, nos tentábamos el uno al otro, de diferentes formas. Ya fueran meros gestos, caricias o miradas, yo podía sentir que me derretía entre sus brazos. Volví a suspirar con ese hormigueo de sus dedos, presionándose en mis nalgas. Segundos después, sentí que me alzaba, cortando ese anhelado contacto entre nuestros cuerpos. Gruñí suavemente como simple protesta, aunque no dejé de sonreír. Aparté mis manos de su rostro, para llevarlas a sendos bordes de la bañera. Era del todo atractiva esa habilidad de llevarme y moverme con total facilidad. Y adictiva, en realidad. En esos momentos, me dejaba moldear por esas fuertes manos, disponiendo mi cuerpo para él, como el lienzo virgen esperando a que ese pintor le diera color y sentido. Rogando por sentir esas yemas rozando los poros de mi piel y que está, extasiada, se erizase a su cálido paso.
Ya de rodillas, pegados, estrellé mi aliento sobre su piel húmeda, por esa caricia que ascendió por mi espalda y costado, hasta pellizcar mi pecho—. ¿Ya es reto personal? —murmuré con retórica y sugerente diversión, justo antes de verlo bajar la cabeza, encaprichado de esas curvas que tanto le gustaba repasar, con dedos, labios y dientes. Levanté mis manos de nuevo, haciéndolas subir por sus fibrosos antebrazos, hasta sus hombros y, con un pequeño gemido de comodidad por ese hormigueo por todas esas atenciones sobre mi pecho, terminar con mis dedos hundiéndose en esos cabellos rubios que nacían en su nuca. Fue ahí, dónde los engarfié, ejerciendo sugestiva presión que sabía le causaría un escalofrío.

Porque esa parsimoniosa excitación que él me andaba provocando, arrancándome estremecimientos que generalmente iban con pequeños murmullos sonando en mi garganta, como sonoras pero quedas invitaciones a que no se detuviera, sintiéndome momentáneamente capaz de rogarle por que no lo hiciera. Y, justo entonces, su mano se deslizo entre mis piernas, haciéndome alzar la barbilla y estirar mi cuello para jadear abiertamenta. Mi cabeza cayó calculadamente hacia atrás, y mi mano derecha se deslizó hasta su rostro. Fueron sus palabras las que me hicieron reír con suavidad, consiguiendo que volviera a bajar la barbilla, con la solemne intención de buscar esa intensa y gélida mirada que no perdía detalle de cada una de mis reacciones—. Tramposo... —musité, melosa, reconociendo ese juego como mera respuesta a mi advertencia—. No te veo las ganas de escucharme pedirte que pares. —ronroneé, permitiéndome alzar las cejas un segundo, con un atisbo de travesura que empujó a mi mano izquierda a dejarse caer, por su cuello, repasando la clavícula y bajando por entre sus pectorales, convirtiendo la suavidad de mis yemas en intensidad de mis uñas conforme bajaba por su abdomen, rodeando su ombligo y, con algo más de caída, alcanzaba su virilidad. Volví a dejar que fueran mis yemas quienes lo recorrieran, notando esa firmeza despertada mucho más dura y predispuesta. Como así empezaba a estar yo, con la insistencia de aquellos dedos que me hacían ahogar algún gemido, más por orgullo que porque no me excitase. Porque el maldito mestizo lo hacía. Y mucho. Finalmente, mi mano abrazó su miembro, mientras nuestras miradas centelleaban, como si acabáramos de salvar un punto de inflexión. Y sólo entonces, me atreví con total descaro a ascender ese abrazo desde la base hasta el sensible extremo del sexo masculino. Los dedos de mi mano derecha, volvieron a buscar hundirse entre los mechones dorados y mojados del Capitán—. No... Claro que no. —finalmente, contesté con un sugestivo tono que contenía malamente un jadeo por esa mano en mi entrepierna, siendo suave, mortalmente incitante... e insistente. Como apoyo a mis palabras, abrí un poco más mis piernas, invitándolo a campar a sus anchas por mi zona más sensible. Apenas segundos después, presioné aquel abrazo con mis dedos, antes de descender por su dureza con la misma parsimonia con la que los dedos de Cedrik se movían sobre mi cuerpo.
Yo también sabía jugar a aquel juego.




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Mensaje por Cedrik el Mar Ago 21 2018, 21:33

Una risa ronca se escapó de su garganta cuando ella gruñó ante el cambio de postura, al verse desprovista de la posición de autoridad que durante poco tiempo le había permitido dominar. Una dominación corta que le había recordado con sus palabras y lo había instado a molestarla un poco en esa perversión propia. Únicamente la miró cuando la mención de su pregunta lo hizo detener ligeramente la caricia iniciada. Apenas un segundo para mortificar un poco más la caliente piel que sus yemas recorrían con ciega devoción—. Contigo siempre es un reto personal —confesó con el ronco deseo que talló el desnudo cuerpo marmóreo de Venus. Ascendió la mano, llevándola a su nuca, y tiró con cariño de su cabello. Abriendo paso al tentador cuello que ahora se mostraba ante sus ojos. La punta de su nariz persiguió la vena que podía divisarse a través de la nívea piel exhalando su aliento sobre la piel húmedo. Sus labios acabaron cediendo a un beso cálido, húmedo y sabroso que lo hizo sonreír al notar como su piel temblaba. El suave sentir de su inspección contrastaba como un frío anhelado sobre la cálida piel del mestizo. Interesado, ansiado, en esa necesidad que tanto había postergado y lamentado. La ligera presión en su cabello lo hizo morder el cuello que estaba degustando cuando el estremecimiento recorrió insano por su cuerpo. Excitándose más de la cuenta. Notó como la entrepierna se quejaba en una palpitación de incitación y suspiró quejumbroso sobre su piel.

Algo en él le decía que era mala idea. Que no sería capaz de retar a esa mujer sin … Su mano buscó la humedad de sus labios, calientes e hinchados para él, embriagados por el mismo anhelo en el que el mestizo poco a poco se veía también arrastrado. Sus dulces gemidos se instalaron en los oídos, y envolvieron la estancia, como la más bella de las canciones; excitantemente necesaria y deseada. Pero lo que más había codiciado era ver su rostro en esa exquisita intimidad. La mano libre ascendió por su costado con la intensidad de su fuerza, marcando a fuego el recorrido de sus curvas que deseaba hacer arder y que le hiciera perderse en ella. Yanara solía embriagarlo de esa forma, lo había descubierto la primera vez que se acostaron, era como el opio. Un opio demasiado puro que lo enardecía y conseguía que se perdiera en su influjo si no tenía cuidado; una precaución que tendía a olvidar demasiado a menudo. Por eso, quizás, había evitado estar cerca de ella los últimos meses, por temor a perderse en esa necesidad de ella. Notó como las caderas se movían ligeramente instándole a que siguiera, a que no se detuviera, y la observó. Su nariz rozó la suya en respuesta anterior a sus palabras, cariñosamente, en un contraste demasiado obvio en ese reto infundado—. Tramposo es una palabra muy fea… digamos que… ¿sólo pretendo afianzar mis intereses? —bromeó con esa sonrisa lobuna que se fue extendiendo a medida que percibía las suaves yemas descendían con un peligro inminente.

Mas no la detuvo. Su cuerpo traidor deseaba que lo tocara, que sus dedos recorrieran indulgentes cada uno de sus músculos y lo torturara de esa forma excitación que lo volvía loco. Que tanto había ansiado en esos meses de ausencia, de esos meses que había decidido no ceder a la tentación que ella provocaba. Un gemido escapó de sus labios cuando percibió la templada presión sobre su miembro. Y entonces lo supo… estaba perdido. Ese era un juego espinoso en el que él solía perder. Un jadeo se acentuó en su garganta cuando ella osó revelar sus propios pensamiento. No, no quería que se lo pidiera. Los dedos que aún masajeaban su húmedos labios presionaron y torturaron con experta exploración su sexo; lo provocó en un pellizco suave de los hinchados labios que lo excitaban en esos gemidos extraviados que perseguían los ronroneos de placer. Los curiosos dedos persiguieron ese placer que la atormentaba una y otra vez volviéndola más sensible a su tacto, a su deseo, a su devoción;  invitados por esa apertura que propiciaba su penetración los dedos se deslizaron en el acogedor interior en contestación a su reclamo. Un ligero movimiento, templado y piadoso, se movió en el interior de ella antes de usar el pulgar en un masajeo de su sensibilidad. Propiciando ese temblor femenino que lo volvía loco con cada una de sus caricias. Tranquilo y pausado, maldiciendo la suavidad con la que ella estaba torturándolo y él pretendía obviarlo. Un quejido escapó de sus labios cuando ella empezó a torturarlo con más fuerza, haciendo que tuviera que agarrarse a ella para no ceder al malicioso temblor que el descender de la presión de sus dedos sobre su sexo le provocaba. A no dejarse vencer en ese juego inclemente—. No seas mala —rogó, cuando dejó de contemplar el rojizo fulgor de su seductor rostro, atrayéndola hacia él desde su nuca y exhalando su aliento sobre su oído—. Si sigues mirándome así sabes lo que pasará.

Claro que lo sabía, era Yanara, había usado ese truco en demasiadas ocasiones y él había caído en él en cada una de las ocasiones. Notó como una risa ronca y juguetona escapaba de ella maldiciendo su voluntad doblegada por esa bruja. Sus dedos empezaron a moverse con más vehemencia, torturando, degustando y saboreando esa presión con que el sexo femenino los acogía con ciega devoción. Ennareciéndolo con esos gemidos que lo ponían ansioso. Notó como la presión de su dureza se escapaba de entre sus dedos, pero no le importó demasiado extasiado por la devoción de ella. La abrazó con férrea determinación mientras seguía observando su rostro, perdido en él, en esa placentera imagen que licuaba cada uno de sus pensamientos. Hasta que los músculos de sus labios presionaron sus dedos en un exquisito deleite. Cedrik mantuvo allí la mano percibiendo ese temblor que lo hizo sonreír y que hacía palpitar su extremidad contra ella. Agitada y ansiosa por ella. Y lejos de darle un tiempo para recomponerse, descendió la otra mano hacia sus nalgas y la obligó a rodearlo con ellas por la cintura. La tumbó de nuevo contra la tina, acomodándola contra su espalda y la observó apenas un segundo donde debatía consigo mismo—. Lamentaré hacer esto —aseguró, por desgracia, sin ningún atisbo de culpa. Sus manos persiguieron los costados sumergidos e hicieron que se acomodara en al tina, alzando con veneración sus delineada piernas para que las situara en los bordes y así acoger su fibroso cuerpo sobre ella. Con cuidado se tumbó sobre ella buscando los carnosos labios que había estado evitando y los besó con delicada urgencia.




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Mensaje por Yanara el Sáb Ago 25 2018, 23:07

La mera presencia del Capitán, tan cerca, tan entregado a mí, hacía temblar mi cuerpo con una constancia poco vista. Esas caricias en mi entrepierna. Esos besos y mordisco en mi cuello. Su aliento contra mi húmeda piel. No podía. Simplemente, era incapaz de resistirme a los encantos de aquel mestizo. Incapaz de no estremecerme por todas esas atenciones tan íntimas que se escudaban en un juego que ya, a esas alturas, debería carecer de sentido. Debería. Como tantas otras cosas en esa extraña relación que mantenía con Cedrik. Si se podía considerar tal: conociéndonos desde niños e intimando desde jóvenes. Sin ser nada más que primos de cara a la galería. Y, sin embargo, habíamos caído en esa peculiar adicción que nos hacía necesitar y buscar al otro con la más burda de las excusas. ¿Queríamos ser algo más? No. O, al menos, nunca me había llegado a plantear algo así. Mis circunstancias no eran las mejores para mantener una relación propiamente dicha, sin destruir a esa persona que quisiera estar conmigo de esa manera. Porque yo cada noche debía volver a ese lecho en el que me juntaba con extraños. ¿Qué podía ofrecer que no fuese ese buen rato por un módico precio? No obstante, tampoco era consciente de esos celos posesivos que yo tenía con él.
Ni él de los que tenía conmigo.

Reí con suavidad ante esa broma acompañada de esa sonrisa tan suya que llegaba a derretirme. Desde luego, sus dedos masajeando mi entrepierna, no ayudaban mucho a que yo dejase de desear ese cuerpo entre mis piernas, pese a esa ternura que él destilaba en comparación con tantos otros que habían llegado a visitarme—. Tramposo. —reafirmé, con una sonrisa juguetona, en ese murmullo acompañado de otra de tantas caricias sobre su endurecido miembro, antes de sostenerlo en el abrazo de mis dedos. A mis quedos gemidos y cálidas exhalaciones por todo ese empeño que ponían sus dedos en mi sexo, se unieron los suyos, mucho más graves y esporádicos. Un acompañamiento que contribuía a esa predisposición de mi propio cuerpo al suyo, anhelándolo y necesitándolo, cada vez más a cada minuto que pasaba.
Esos insistentes dedos me mantenían temblorosa y excitada con impresionante facilidad. Un gruñido suave reverberó en mi garganta por estar tan supeditada a cualquier contacto de Cedrik. Como simple y ridícula queja, reconociéndole que tenía demasiado poder sobre mí.

Dejé que hiciera por acercarme más a él. Exhalé suave al sentir sus dedos en mi nuca pero, terminé estremeciéndome al sentir su aliento tan cerca de mi oído. En silenciosa respuesta inicial, mi mano soltó sus cabellos y descendió hasta su omóplato, para hundir ahí mis yemas—. Puede que tengas que recordármelo. —mentí con descaro. Era perfectamente consciente de ello. Por eso, no detuve el movimiento de mi mano sobre su virilidad, por más que él y sus dedos hicieran pericias para doblegar mi entereza y hacerme del todo sumisa por momentos. De hecho, volví a dejarme mover, con su destreza y fuerza conjunta, en esa habilidad para manejar las posiciones de mi cuerpo con mejor facilidad aparente que yo. ¡Sobre mi propio cuerpo! ¿Qué tipo de magia era aquella? Cedrik, de saberlo y ser consciente de algo así, podría alardear de ser el único que tenía esa influencia sobre mí. Pero era algo que nunca admitiría delante de él. Porque, conociéndole hasta esos límites, sabía que eso lo influenciaría de alguna forma. Más de lo que ya lo hacía.

Por orden tácita del mestizo, mi espalda se apoyó en la madera de nuevo, arrancándome un suspiro. No obstante, era reticente a permitir que se apartara, por lo que relegué, apartando mi mano suavemente de su endurecida hombría, tan suplicante por irrumpir en mi interior como así estaba yo de predispuesta. Ahora con el dorso de mis dedos, desanduve lo andado, ascendiendo por su abdomen y pectoral para rodear su cuello. Y, aún así, Cedrik tuvo ese momento de observación. Apenas segundos en los que podía sentir su gélida mirada repasar parte de mi cuerpo mientras le invadían miles de pensamientos por una milésima de segundo que, finalmente, decidía ignorar. Como así quise hacer yo de su comentario. De haberle dado un par más de vueltas... o no estar tan excitada, era posible que hubiera parado todo ese juego en seco y le hubiera dicho que si tanto lamentaba hacerlo... que se fuera. Pero ya habíamos sobrepasado ese punto de inflexión en el que... por mucho que él dijera, ambos queríamos lo mismo ya. Por mucho que intentáramos negarlo o reconocerlo, esa atracción con el otro era implacable—. Qué embustero... —sentencié, con una sonrisa ladeada, mientras sus manos eran las artífices de que mis piernas se alzaran, para acabar apoyándose en el borde de madera de aquella bañera. Un violento escalofrío surcó a placer mi columna cuando el mestizo se tumbó sobre mí. Sentir su entrepierna reposar en mi bajo vientre, sumergidos, me hizo querer exhalar. Pero aquella exhalación se vio parcialmente interrumpida por aquel deseado beso que el Capitán no pudo posponer por más tiempo. Beso que no dudé en corresponder. Mis labios buscaron los suyos con el reflejo de esa desesperación de los ajenos. De nuevo, afiancé esa mano en su cuello, para ascender con ella un poco más y hundirla en su mojada melena. Aún con todo, no dejé de regalarle esos quedos gemidos que lo ayudaban a dejarse llevar con mayor facilidad. Tensé un poco mis piernas, consiguiendo elevar ligeramente mi pelvis, para que nuestras caderas se encontrasen, en esa súplica inherente por no alargar más ese ansiado momento. ¿O era mera tentación para el mestizo? Mis labios, ahora en un inciso, murmuraron una invitación que fue melosa y apenas audible.

Ced...




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Mensaje por Cedrik el Vie Oct 12 2018, 13:13

parecían absortos en la propia situación y cedían, a pasos cada vez más vertiginosos, a algo que el mestizo había intentado evitar. El motivo de no sucumbir había quedado relegado a algún rincón de su cabeza; uno que parecía estar cerrado con llave y, ésta, arrojada a un desconocido lugar. Donde las consecuencias de sus propios actos se verían después descubiertos y se lamentaría. Lo sabía. Pero ese banal sentimiento de futura deploración claudicó ante la necesidad. Una excitación que se remontaba a los inicios de los tiempo y que se había heredado en ese sucumbir del tiempo. Pero era en instantes como aquel, perdido en la ambrosía del conocido aroma de Nara y el cántico armonioso que la excitación los unía, cuando las palabras de su tío solían retornarlo a la realidad; mas en esa ocasión no fue así. Al igual que una caída libre que lo llevaban inevitablemente a estamparse contra el duro suelo. Y aunque lo viera venir era incapaz de remediarlo.

Embustero… ¿lo era? ¿se mentía a su mismo?

Atrapó sus labios tan deseosos como los propios en ese ritmo excitado de provocación. De mordiscos incitantes causantes de que su piel se erizara a pesar del calor desprendido por la excitación de sentirla. De acariciarla. Un contraste entre el frío maquiavélico y el calor bullente del deseo exasperante por desear fundirse en la sensación. En ella. La misma que llevaba ansiando más tiempo del que jamás había pensado. Aún con todo, algo en él lo obligaba a alargarlo, a matizar ese deseo de doblegar la angustiosa sensación. ¿En realidad a quién deseaba torturar? ¿A ella o a él? ¿A ambos? La diestra descendió por la suavidad de la húmeda piel, ahogado entre los gemidos propios y los de ella, haciendo que deseara acabar con ese juego de torturas para ceder al placer. Pero no scumbió. Abandonarse le daría la victoria a su bella Nara, un triunfo que en realidad ya tenía y que para su desgracia siempre lo alcanzaría.  

Una exhalación escapó sobre los labios ajenos, en un quejido lastimero al sentirla moverse bajo él, al verse desprovisto de la poca sensatez que hubiera podido tener hasta ese momento. La atrajo hacia él, aceptando la invitación que tan sumisamente le ofrecía, y lejos de sonreír con malicia triunfadora -como tantas veces hacía solo por molestarla-, buscó su mirada para rendirse a ella. Con suma delicadeza, como si ese acto fuera el primero, la penetró y aguardó. Un fruncimiento de ceño lo abordó en un inquietante sentimiento que lo atenazó y tensó apenas unos segundos. Recordándole por qué era un problema aquella situación y, esperando que Nara no se hubiera dado cuenta, ocultó la incertidumbre en renovados besos. Atrapó los carnosos labios femeninos en un cálido beso, casi casto, en un intento por borrar la sensación de traición que estaba cometiendo, y derivó la pureza de ese ligero acto a algo más placentero. Cedrik inició el movimiento en suaves embestidas que acompañaban el apremio en que sus caricias y besos deseaban que se borrara la precipitada sensación de deslealtad que… en el fondo no estaba cometiendo. ¿O si?




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