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Mensaje por Thyraxes el Vie Jun 29 2018, 18:58

Con todos los tratos cerrados con ese apestoso dragón que se hacía llamar maestro de gladiadores, le arrebató más de lo que hubiera querido pero así era Thyraxes, el Rojo, implacable en los negocios y siempre saliéndose con la suya, costase lo que costase. No le quitó solo a Varlaam, también se llevó un par de gladiadores mal aprovechados y compró algunos esclavos isauritas para llevarlos a la casa y tenerlos por allí para su divertimento o el de los gladiadores, o ambos. Tras eso terminó de sellar otros tratos importantes en la ciudad con cierta mercancía más delicada que no hizo en persona, se lo dejó a meros niñatos a los que pagó por ello a través de esclavos suyos para que no le relacionasen directamente.

Tras eso quedaba lo más costoso, ir al puerto en Isaur para un barco que alquilar, necesitaba mucho espacio así que tendría que desembolsar un suma atractiva para el capitán que no le dejase muchas más opciones, no le interesaba un debate con un simple humano de mierda. Remarcó que hubiera sitio en la bodega de sobra para sus "mercancías" y cuando lo selló se aseguró de que empezasen a trasladar a los humanos y a los gladiadores. Mandó por ellos a una escolta de fieros campeones reconocidos del pasado, sus nombres eran legendarios en las arenas, de su mejor cosecha. También a un esclavo doméstico para que hablase lo que se tuviera que hablar y poco más, las cadenas estaban preparadas.

Cuando los subieron al barco, Thyraxes se demoró un poco, no quiso bajar de buenas a primeras a la bodega a ver a sus adquisiciones si no que se codeó con los marineros para estudiarlos y ver si le darían problemas. Tras eso, se permitió bajar con el resto, la bodega era amplia, la habían despejado para ellos y no había marineros, solo la guardia de Thyraxes, sus gladiadores entrenados para ser escolta y el esclavo personal que llevaba consigo. Había unas cuantas jaulas con esclavos dentro, los normales, los gladiadores humanos iban en otra jaula los dos juntos y por último Varlaam, que estaba encadenado en una jaula en solitario, de manos, de pies, para evitar posibles confrontaciones, tenía cierta libertad de movimiento por la jaula eso si. -Bueno, parece que ya estamos en marcha, Varlaam... espero que no te molesten las cadenas pero a los perros hay que atarlos para evitar que meen donde no deben, no queremos que líes alguna en medio del mar.- dijo con sorna, tomando una silla para sentarse frente a la jaula, con un buen espacio entre ambos.




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Mensaje por Invitado el Sáb Jun 30 2018, 01:53

Nombre del tema: El viaje
Personajes: Varlaam y Thyraxes
Ubicación: El océano

Las conversaciones en Isaur habían dado a Varlaam Escama Roja el incentivo necesario para decidir, aquello que había estado esperando durante doscientos largos años. Las palabras que El Rojo había dicho en aquel momento, hacia algunos días en el Coliseo de Isaur, habían despertado el interés del dragón, no por ser el lacayo gladiador de un dragón como aquel que ahora se hacía llamar su amo, sino porque realmente, Thyraxes era su boleto directo al inicio de lo que durante dos siglos, el dragón había estado esperando. Varlaam había aprendido bastante bien que en Isaur, jamás lograría lo que quería, y era recordar con su gloria y su talento que seguía vivo y que su nombre sería por siempre recordado, pese a que la Reina Madre se hubiese esforzado por borrarlo de la existencia. Ciertamente, doscientos años le habían servido para aprender que aunque la Reina Madre se hacía llamar reina del mundo, el mundo más allá de Talos realmente le importaba una reverenda mierda.

Ciertamente, en Isaur había iniciado desde el primer momento en que la Reina Madre cometió el error de hacerle esclavo su carrera, de hacer que la gloria que de la que él era digno, aquella que había reclamado y por la que había luchado con ferocidad antes, durante y después del Despertar no desapareciera. Había caído en las manos correctas, y no dudo en usar todo lo que pudo a su favor. Como gladiador haría que su nombre quedase en las memorias, y así se dijo hacerlo, y lo logró, hoy era no por nada la adquisición más valiosa de las arenas del Coliseo de Isaur, se había convertido en un campeón y disfrutaba de todos los beneficios de la gloria de un gladiador, y aunque sabía que su nombre era sonado en todo el Imperio del Fuego también tenía bastante claro que era solo un ligero murmullo que cobraba fuerza en la ciudad de arena, pero estando en Talos, y en manos de Thyraxes, aquello habría de cambiar y sería un golpe directo a la misma autoridad de la Reina Madre, tal como lo anhelaba.

El Dragón que nunca se arrodilló tuvo bastante tiempo, dos noches exactamente, para recordar y meditar sobre las palabras de El Rojo. En una de esas noches, bajo la luz de la luna que entraba por una especie de ventana enjaulada que tenía en su habitación en el Coliseo de Isaur, tuvo la oportunidad de soltar una sonrisa socarrona mientras andaba sentado en su catre y pensaba en el cómo había salido el dragón de aquel lugar. Estaba claro que El Rojo era un dragón acostumbrado a que sus posesiones hicieran lo que él deseaba, después de todo Varlaam le había conocido ya antes de que fuese hecho esclavo, cuando aún era Capitán, pero Varlaam, no era su posesión, ni la de nadie. Un guerrero solo era esclavo cuando su voluntad era socavada, y la voluntad del vigroso dragón seguía ardiendo como el fuego del desierto, ferviente e intensa. Estaba claro que si bien El Rojo se podía convertir en su camino hacia la venganza que tanto deseaba en contra de la puta Reina Madre, también podía ser un obstáculo muy tedioso, con el cual iba a tener que lidiar.

Cuando llegó el día, el vigoroso dragón estaba listo. Estaba claro que no tenía absolutamente más que las ropas pobres que llevaba. Un gladiador no tenía nada más, o por lo menos él no había conseguido algo que realmente le interesará hasta ahora ya que, su anterior amo le proporcionaba todo lo que pedía, pues un campeón era digno de su gloria y todo lo que ella conllevaba. Había sido escoltado de manos atadas hacia el barco y no era extraño que los ojos de todo Isaur estuviesen sobre él, quien siempre mantenía esa sonrisa altiva, arrogante y orgullosa, no opuso resistencia a la orden de ser atado aun estando en una jaula. Le complacía saber que Thyraxes, pese a sus palabras, sabía bien que debía tenerle por lo que era: un guerrero. Pasado el día, y en silencio mirando a la nada, escucho la puerta abrirse y reconocio aquel andar. Sonrió, altivo, ante sus palabras, y giró su rostro para verle mientras estaba en el suelo sentado. –¿Tanto temes mi nombre, Rojo?– Dijo, riendo para volver a girar su rostro mientras tenía su espalda y cabeza apoyadas sobre una parte de la jaula. –Haces bien en hacerlo.  
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Mensaje por Thyraxes el Miér Jul 04 2018, 18:58

El aristócrata sabía que ese esclavo era difícil, su lengua demasiado afilada y sus formas eran un desastre de proporciones épicas, quizá por eso tardó en bajar también, a parte de por estar metiéndose en el bolsillo al capitán y a parte de la tripulación. Cuando se sentó allí estaba seguro de que ese gladiador saldría con alguna de las suyas y no tardó en darle la razón, mas el señor del coliseo se mostró impasible, sin prestarle mucha atención al encadenado, se iba a tomar su tiempo en hablarle, porque le tenía que quedar claro que su vida dependía del pelirrojo, este podía darle su fama y quitársela con un movimiento sencillo. Además, no podía estar más equivocado, no le temía, ni siquiera le respetaba, el Rojo tan solo lo hacía con gente que le demostraba que se merecía ese reconocimiento y pocos dragones lo habían obtenido en los últimos siglos.

El pelirrojo se inclinó un poco, serio al principio, pero luego curvó ligeramente la boca para componer una especie de sonrisa corta y más cargada de desprecio que otra cosa. -Para nada, ni siquiera eres digno de mi preocupación. Si te he encadenado es porque el capitán del barco quiere las mercancías bien fijadas en la bodega para que se mantengan en su sitio todo el viaje.- respondió escueto, chasqueando los dedos para que uno de sus sirvientes, el que estaba con él, le tendiese una copa de vino, de los mejores viñedos de Talos, el más exquisito que se pudiera pagar. Le dio un sorbo a la copa, paladeando el líquido bien, que este se sintiese en sus fosas nasales y dejase ese regusto tan característico de la cosecha.

Tras eso el dragón se volvió a acomodar en el respaldo de la silla, usando al sirviente para que le sostuviera la copa, cosa que hizo sin dilación. -He decidido que te quedarás en las celdas del coliseo, allí hay espacio de sobra para ti, podrás empezar tus entrenamientos como el resto, para ver al nivel que estás. No suele haber muchos dragones como gladiadores pero si buenos guerreros que pueden hasta ganarte en un combate.- y previendo que diría alguna de las suyas por esa afirmación le cortó antes de que hablase. -Y no, no eres invencible ni pienso que seas el mejor, tu fama en Isaur es una mierda pisada en el campo. No te vas a enfrentar a gente débil, los he entrenado para hacer frente hasta a un dragón y ellos de momento me dan más confianza que tú. Como te dije, vas a entrar siendo parte de lo más bajo en la escala, porque así debe ser y conforme demuestres que eres bueno irás subiendo.- fue bastante claro con eso.




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Mensaje por Invitado el Jue Jul 12 2018, 19:18

No saber a lo que debía enfrentarse y no estar preparado para ello era algo que solo a un tonto a un estúpido podía sucederle. Desde el primero momento en que Thyraxes había hecho gala de presencia en Coliseo de Isaur con la pretensión de que Varlaam pasase a ser de su posesión el vigoroso dragón sabía que era lo que podía suceder si accedía al hecho de someterse a su voluntad, la cuestión era ¿realmente lo hacía? No era así. Varlaam estaba lejos de haber sido sometido, y si El Rojo era inteligente, debía tener por lo menos la duda volátil de preguntarse y tomar en cuenta por qué un dragón como Varlaam seguía siendo un esclavo, alguien que había hecho lazos fuertes con dragones que aún se mantenían en servicio activo en la sociedad dragonica y aun así había preferido estar solo y no buscar ayuda, sabiendo que había podido tenerla, y haber dejado de ser un esclavo hacía mucho tiempo.

Pese a que ello pudiese ser así, para Varlaam era mucho mejor que aquel dragón no se entrometiera en sus asuntos personales. Sabía bien lo que El Rojo quería con el hecho de haberle comprado: dinero. Varlaam era un mina de oro que puesta en las manos correctas, iba a generar ganancias a quien supiese administrarla, tal como lo había hecho con su antiguo amo, y aunque El Rojo no lo reconociera, era un acuerdo de mutuo interés, sobre todo para Varlaam si recordaba bien la clase dragón que había sido siempre Escama Roja: un dragón embaucado en la búsqueda de la eterna gloria y la inmortalidad de su nombre, ese pensmiento arrogante que le había grajeado más de una opinión mal sana por parte de los dragones antiguos que veían en el ímpetu de Varlaam el deseo de un joven arrogante, pero realmente temían que un joven dragón lograse medirse con ellos, ta como Varlaam había logrado hacerlo demostrándoles que sus tan preciados milenios de existencia y conocimiento podían ser menos que nada ante su voluntad y su habilidad.

Al vigoroso dragón no le sorprendió para nada la respuesta de su congener, era evidente el ciego ego que dragones como El Rojo tenían al creer que tenían algún tipo de poder y más sobre otro dragón. Giró la vista estando aun recostado sobre aquella parte de la jaula, y antes de dar una respuesta a lo que el otro había dicho, dedicó una especial e intencional mirada a la distancia bastante evidente que el dragón había puesto entre él y la jaula, para de nuevo subir los ojos y buscar la mirada ajena y verse obligado a volver a quitarle la mirada de encima, mostrándole bastante desinterés con ese rostro lleno de orgullo y tranquilidad impaciente, pero no dejando de ser altiva, porque sabía que dijese lo que dijese, El Rojo se estaba cuidando bastante de que Varlaam pudiese intentar algo, aun sabiendo que le tenía encadenado. –Si hubiese querido intentar algo contra ti, no habrías salido en una pieza aquel día de aquella habitación.– Y no había gloria alguna en un acto como ese. –No será así, Rojo. Si tengo que hacer algo contra ti algún día, ese día…todos lo verán y serán testigos de tu muerte, o la mía.– Era así como Varlaam luchaba.

Las palabras del dragón dejaban claro que Thyraxes no conocía bien a Varlaam. Realmente eran pocos los que conocían bien al orgulloso gladiador, muchos decían que su ego dragonico era semejante al de todo dragón por su condición dragónica, pero no era realmente así. Srkány, el antiguo General del Ejército, y su maestro, le había enseñado a valorar a todo enemigo como un guerrero. Era un código de honor por el cual Escama Roja no dejaría de guiarse. Escuchó con atención cada palabra de su actual amo, no le interrumpió en ningún momento. No quiso hacerlo porque no había necesidad de ella. Cuando terminó al fin, entonces el dragón río. –Necio...– Sentenció. –No quieras creer que soy como ella, arropado en el eterno pensamiento de que soy invencible. He visto a dragones caer en manos de humanos…y ni yo, ni tú, ni ella misma es la excepción a la regla.– Dijo. –Lo único real es la inmortalidad y eso será lo que conseguiré.– Desvió la mirada. –Tú asegúrate de hacer que mi gloria sea digna de mí, y tendrás lo que quieres conseguir…si es que realmente eres lo que dices ser, Maestro de Gladiadores.
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Mensaje por Thyraxes el Sáb Oct 06 2018, 23:27

No le sorprendió que ese nuevo esclavo suyo hiciese gala de su fanfarronería, pero estaba muy lejos de la verdad, no estaba tomando tantas precauciones porque temiese que podía intentar algo, si lo hacía le daría la excusa perfecta para partirle unos cuantos huesos. Se recostó más en la silla, en una pose de bastante tranquilad y su rostro, serio como el hielo en situaciones como aquellas, se suavizó para componer una medio sonrisa, cargada de desdén. -Sigues pensando en tu ingenuidad, que soy un adversario a tu altura, cuando en realidad en esa habitación habrías encontrado la derrota más absoluta de tu carrera. Así que aparca esa fanfarronería tuya y deja de soñar en espectáculos como ese, en el que sueñas con enfrentarte a mi delante del público. Te encierro porque a las bestias es como hay que tratarlas y por la tripulación.- tenían que poder pasar tranquilamente a la bodega, con seguridad, para sus labores.

El señor del coliseo llevó los dedos a sus sienes, las frotó un poco porque siempre aludía a lo mismo, a la Reina y el dominio, como si en esos momentos al dragón le importase lo que ella pensase. Estaba en su territorio, su coto de caza y ahí ella no tenía cabida, pero lo aprendería a base de golpes, el látigo y la espada templarían esa rebeldía que no paraba de exponer, como si sintiese la necesidad de mostrar sus atributos a todo el mundo cual animal marcando el territorio. -Recurres siempre a lo mismo, cansa un poco escucharte despotricar de la Reina. Imagino que es una necesidad tuya para no asumir la verdad de tu vida, que ella ganó la batalla que libró contigo sin espada alguna y tu has quedado relegado a un mero perdedor. Pero claro, es mucho más que eso, quieres la inmortalidad ante el pueblo porque sabes que nadie recuerda ya tu nombre en la sociedad, al menos no como el de un héroe o guerrero, sino como traidor, escoria... un desecho.- se rió.

No tardó en levantarse de la silla cuando acabó de reírse y se acercó a la jaula, acariciando uno de los barrotes. -No olvides que soy yo el único que puede darte esa inmortalidad que buscas, porque lo controlo todo, los combates, los oponentes, quien tiene el combate principal, quienes son carnaza... así que empieza a replantearte como vas a comportarte, a dirigirte a mi, o esa gloria que buscas tardará en llegar. No quieras ver mi lado salvaje tan pronto Varlaam... hay dragones por encima de la moralidad social, yo soy uno de ellos, no te conviene ser mi enemigo.- sus ojos rojos como el fuego casi parecieron crepitar mirándole, porque si tenía que aplastarlo, lo haría, nadie iba a llorar por él, nadie le echaría en falta y mucho menos se enterarían de eso.




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Mensaje por Invitado el Lun Nov 19 2018, 02:50

Varlaam Escama Roja, el Dragón que nunca se arrodilló, estaba acostumbrado a lidiar con dragones como el que ahora tenía la pretensión de hacerse llamar su amor y señor. Tenía mucha experiencia en ello y eso bastante que le había grajeado en la antigüedad el desdén de los dragones más antiguos, que miraban en lo que ellos llamaban y tildaban osadía, una considerable falta de respeto. Dragones acostumbrados a que se les mirase por desde abajo, tomando en poco la juventud de dragones de generaciones menores, muy parecidos todos, según el criterio de Varlaam, a la perra de la falsa reina a la que servían, y eso por supuesto era algo que Varlaam se pasaba por debajo pues los guerreros como el sabían bien que hasta el más diestro guerrero podía morir. Todos podían morir: hoy o mañana, daba igual, habría de pasar y aquellos que menospreciaban a sus enemigos, la experiencia y el talento de otros, como lo estaba haciendo El Rojo, era algo que el vigoro dragón de rubios cabellos difícilmente iba a respetar e iba a ser un indicativo de ser lo que esperaba este del gladiador.

Lo que verdaderamente respetaba y por lo que toda su vida se había enfrascado en conseguir era aquello que parecía haber vuelto a los dragones más antiguos inconscientes de la realidad que viviesen dos o tres milenios, la muerte seguía estando ahí. Esa posición en la que se creían dioses, superiores a cualquier cosa, intocables, tal como la Reina Madre creía ser, tal como la falsa de la sociedad que habían construido y de la cual se decía así misma pilar, olvidando quienes realmente habían hecho posible el nacimiento de ese reino del cual tanto se jactaba. Varlaam no quería ser como esos ancianos, como Thyraxes. No era que menospreciase el hecho de la existencia de aristócratas, o que pusiera en menos el hecho de que aquellos que alcanzaban la inmortalidad de sus nombres, dignos de ser recordados, fuesen menos, sino el complejo que nacía en ellos lo que chocaba con Varlaam. El vigoroso dragón miró al Rojo despotricar parte de ese estúpido ego, mientras siguió sentado en el rincón de la jaula, siendo su mirada no menos altiva que siempre, y una risa se dibujó en sus labios porque aquellas palabras ya las había oído de muchos.

Varlaam volvió a bajar la mirada viendo las cadenas en sus muñecas, prestándole menos importancia a Thyraxes. –No me resulta extraño que la zorra de la reina se sienta tan cómoda en ese trono, si todos los lameculos que tiene alrededor hablan como ella y quieren ser como ella.– Mencionó, de forma insultante y sin la más mínima intención de ser indirecto y demostrar el asco que sentía por dragones como El Rojo. –Creerse intocables, invencibles, todopoderosos…– Hizo un ligero silencio. –¿Inmortales?– Cuestionó, de forma burlona, y volvió a burlarse de esos ideales absurdos porque él si conocía la verdadera inmortalidad: era lo que anhelaba. –Eres patético, Rojo. Realmente estúpido.– Le recriminó, porque era el reflejo de todo lo que Varlaam no sería nunca. –Pero si tanto te interesa seguir jactándote, “amo”…créeme cuando te digo que eres el menor de los dragones que me interesa tener como rival.– Sentenció. –Eres un camino a mi grandeza y nada más.– Mencionó. –No me interesa obtener más nada de alguien como tú.– Aun así, si aquel dragón se atravesaba en su objetivo, no iba a dudar en ir contra él, y eso era algo que tenía claro.

El vigoroso dragón no interrumpió al Rojo, le escuchó con atención, sabiendo bien lo que buscaba. Varlaam sabía que aquellas palabras buscaban provocarle, pero estaba lejos de hacerlo, a pesar de que era bien sabido que el gladiador era un dragón de carácter bastante volátil e iracundo. Varlaam sabía quién era, y para lo que había nacido. Varlaam sabía que hoy su nombre seguía siendo un recuerdo y de una forma u otra: como traidor o no, como héroe o no, se le recordaba como guerrero y ese hecho era el indicativo de que lo que tanto había querido la Reina Madre, relegarle al olvido, a la nada, no lo había logrado. Había perdido, y Varlaam no estaba dispuesto a hacer que esa victoria fuese menor haciendo lo que muchos hacían que era rendirse. Río burlón y altivo cuando se refirió al control del que tanto se sentía orgulloso. –Cuidado, oh gran señor de gladiadores, recuerda que es a Varlaam Escama Roja a quien llevas a tu Coliseo, un nombre que ni siquiera la más “poderosa” de nosotros pudo controlar. Te vendría bien recordarlo.– Dijo, desviando la mirada desinteresado.
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