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When things go wrong and everything collapses ~ OS

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When things go wrong and everything collapses ~ OS

Mensaje por Megerah el Jue 14 Jun - 7:51

A raíz de los últimos acontecimientos y reencuentros, Megerah se había dado cuenta de esa nostalgia que le abordaba al ver a Elianne. Y también de cuánto la echaba de menos. Por el apego que le tenía a la niña y, ¿por qué no? admitir que a raíz de lo sucedido había llegado a sentir cierta empatía con el desafiado. No había visto del todo bien que él se marchara para continuar solo. No lo entendía pero no le había quedado más remedio que respetarlo. Más ahora que había conseguido empezar de nuevo, con otra mujer. Erah supo ver el cambio en los ánimos del desafiado. Y ahora, siendo objetiva, lo veía más capaz de superar el desafío. Algo de lo que se alegraba enormemente.
Aquellas dos personas eran lo último que tenía Erah de su amiga.

Y con ello, ahora podía superar esa pérdida, por muy dura que fuera, deseándole lo mejor al pelirrojo en su periplo. No obstante, no dudó en dejarle claro que si necesitaba cualquier cosa, avisara, con esa habilidad que ya tenía de conectarse a la red de los dragones, vetada para los humanos, a excepción de unos pocos afortunados.

Ni Erah ni Trystan sabían decir con exactitud si era una bendición o una maldición.

En este caso, podría decirse que lo primero, pues les permitía tener contacto, aunque la redimida poco pudiera contestar. El desafiado sabía perfectamente las limitaciones de la rubia, por lo que había prometido contactar con ella de vez en cuando, para hacerle saber que estaba bien. Pese al peculiar carácter de la rubia, sentía que era lo mínimo que podía hacer por ellos dos. Así, Trys cumplió con su palabra y se comunicaba con ella por la Red del Anciano de vez en cuando. Fue así como Erah supo de esa pequeña fiesta para la niña y la modesta despedida para Maeve.

Aquello había impulsado a la mujer a estar más presente en aquella red, en la que sólo podía escuchar. De hecho, era con su hijo con quien estaba pasando el rato en el momento en el que recibió otro mensaje por la red. Uno de carácter totalmente diferente: "Megerah. Si me estás escuchando, tengo que pedirte un favor. Hay un cargamento de armas de jade de última hora que no pude embarcar en la última remesa. Sé que Thareon está ocupado, y que te agradecería que te encargaras de que le lleguen lo antes posible." La mujer se incorporó despacio, pendiente de las palabras del dragón. "No son muchas, pero son de buena calidad. Las dejaré enterradas bajo la roca que asoma por encima del lago de la cascada del bosque, mañana por la noche."

Como otras tantas veces, ella podría acercarse, desenterrar ese pequeño cargamento y llevárselo a las cuevas. Agradecía en realidad, que no hubiese tenido que ir al puerto, esta vez. No con las medidas cada vez más opresivas del ejército, por mandato de la Reina. Así que, no se lo pensó mucho antes de hablar con Thareon y, como últimamente hacía, al día siguiente, recurrir a Lyvana para que se quedara con Itherskal. Con todo preparado, se hizo con una de las monturas que había en las cuevas y puso rumbo al bosque.


El viaje transcurrió sin más inconvenientes que esas pequeñas paradas casi forzadas, para que tanto el caballo como jinete, descansaran de tanto trote. Hasta que la rubia llegó a la taberna del último hogar, para dejar allí su montura y continuar a pie. Tenía aún un camino largo hasta la cascada, pero no tenía intención de llamar la atención con una montura. Cuanto más desapercibida pasara, menos probabilidades tendría de que la asaltaran. Toda precaución era poca.


Inmediatamente, adoptó un comportamiento más cauto, prudente, mirando constantemente a su alrededor, casi a cada paso que daba. Su melena rubia estaba recogida bajo una capucha vaporosa que había usado en Isaur varias veces.
Agradeció que Gihaial no la había hecho adentrarse en la ciudad o en el puerto donde había habido un ese aumento de presencia autoritaria del Ejército, con más guardias e, incluso, inquisidores que la última vez que Megerah estuvo allí. No le resultó del todo extraño, por ese yugo que cada vez era más cerrado. Una dictadura que ya no se escondía con palabras o meras censuras. Algo totalitario cuyas leyes y constantes actualizaciones ahogaban a la población cada vez más. Impuestos. Toques de queda. Formas de vestir. Para la rubia Madre parecía no ser suficiente nunca.
Pero nunca llegó a pensar que aquello podía ser una trampa, como las que pudieran organizarse en Talos, pues aparentemente, nadie la reconocería en un lugar tan recóndito y vacío. Además, la noche se cernía ya sobre ella. Aprovechándose de esa habilidad de redimida para ver mejor en la oscuridad, no llevaba luz alguna que la delatara. Así, al llegar a la cascada, buscó esa piedra indicada por el dragón, para hacerse con las armas. Pero toda tranquilidad se quebró cuando una voz sonó a su espalda, aunque ella no se diera cuenta aún del engaño. Del susto, osó girar parcialmente la cabeza, deseando que esa llamada de atención no fuera nada. Pero no fue así. Enseguida vio un par de guardias pendientes de ella. Y no le faltó ni un solo segundo para bajar de un salto de esa roca a la que estaba encaramada y salir corriendo.

Fue sin rumbo, sintiendo los latidos de su ahora apresurado corazón retumbando en su nuca y su respiración alterada salía con violencia de sus pulmones. Llegó un momento en el que se sintió lo suficientemente segura para agazaparse entre los matorrales, suplicando por que pasaran de largo y la perdieran la pista. Tan exaltada como estaba, había perdido práctica a pensar con rapidez.

Internamente se dio cuenta de que era muy probable que estuviesen esperándola. No pensó en esa posibilidad por esa fe y confianza ciega que tenía en el Teniente General. No le hacía falta pensar mucho para saber cuánto podían haber retorcido a aquel dragón terco y soberbio para que soltara prenda. Aún jadeaba, recuperándose de la carrera cuando escuchó pisadas a uno de sus lados-. ¡Ahí está! ¡Es ella! -esa voz hizo que la rubia se alzase, para mirar al guardia que la había encontrado. Apretó los dientes, antes de bisbisear con frustración:- Maldición... -levantarse y volver a correr, en dirección opuesta. Los saltos a los arbustos y el esquivar obstáculos era prioritario, mientras quería, con creciente ansiedad, perderse entre la frondosidad del bosque para que le perdieran la pista.

Erah miró a ambos lados, con el pulso acelerado y con el temor a ser atrapada encogiendo su pecho-. ¡Atrapadla! -exclamaron a su espalda. Sus azules ni siquiera se tomaron la molestia de mirar en la misma dirección en la que provenía esa voz. Era una contrarreloj peliaguda en la que ella misma decidía las posibilidades de salvarse que pudiera tener. Y jugaba con la desventaja de que no conocía muy bien el lugar y estaba en aplastante minoría.


Corrió entre árboles, sin rumbo fijo, esquivando a los guardias que parecía no dejaban de aumentar en número, conforme lo hacía la desesperación por zafar. Erah que siempre había sido mujer que gustaba tener el control, era consciente de que, en aquel mismo momento, no lo tenía, para su desgracia.

Aún pudo esquivar a sus perseguidores por unos minutos más, hasta que uno de los guardias se cruzó en su camino en el último momento. La rubia no lo vio aparecer y por ese choque, aunque fuera de refilón, perdió el equilibrio. Y a la redimida ni le dio tiempo a contar cuántos guardias se le echaron encima en aquel mismo instante.

De forma inherente, por la rabia y desesperación, el blanco de sus ojos se enrojeció ligeramente, en lo que lanzaba una contundente a uno de los soldados que intentaban apresarla. Las cosas no pintaban nada bien, pero la rendición no era algo que Megerah contemplase tan fácilmente. Lanzó cuantos golpes y patadas pudo, en fintas, o movimientos inesperados, como Thareon había llegado a enseñarle mientras la Revolución avanzaba su preparación. Pudo dejar totalmente inconsciente a más de uno, pero los azules de la mujer no dejaban de ver más soldados acercándose desde los segundos planos, entre los árboles.


Pronto se generó a su alrededor un círculo de soldados, difícil de obviar. Pero la que en su día fue esclava e inquisidora no tenía ni la más mínima intención de entregarse, por muy difícil que lo tuviera. Por mucho que aquella tensión y esfuerzo físico, ya conseguían que jadeara, echando nubes de puro vaho, en lo que mantenía una postura de alerta, para el primero que atacase.

Y por más que esos primeros valientes lo intentaban, Megerah tenía una rapidez y destreza que la libró de la mayoría de agarres y ataques. Hasta que sus contrincantes tuvieron la genialidad de atacar más a la vez. Llegó un punto que por muy rápida, fuerte y diestra que fuera, los golpes llegaron a ella con más frecuencia. Aún tuvo la genialidad, de agarrar a uno de esos soldados por la muñeca y absorber ese calor ajeno. Por la sensación intensamente ardiente que sintió, supo enseguida que no era ningún humano. No obstante, de haber sido dragón, un solo puñetazo suyo la habría dejado fuera de combate. La calidez llegó a ella con tal rapidez, en su obcecación por aprovecharse de la debilidad de las sierpes al frío, que no midió hasta que punto podría ella soportar tanta temperatura. Cuando el soldado empezó a flaquear, sin siquiera haber recibido un golpe, sus compañeros detectaron esa magia que los amedrentó.

Pero pronto verían cómo la rubia, por esa fiebre súbita, cayó de rodillas, con la lucidez embotada. Su cuerpo no había esperado subir tantos grados en lo que habían sido apenas segundos, con el tremendo peligro que aquel aumento conllevaba. Megerah contó con dejar a ese contrincante fuera de juego al quitarle el calor, pero no contó con la diferencia de razas, que establecía un calor corporal distinto. Y había comprobado ya que los dragones y los híbridos, contaban con más grados que los humanos. Cuando Erah se tuvo que apoyar con una de sus manos en el suelo, con la cabeza dándole vueltas por mucho que pestañeara con fuerza, los demás actuaron. La dieron por capturada en el momento en el que la obligaron a poner sus manos a la espalda. Algo que Megerah, por su estado aturdido no fue capaz de hacer. Finalmente, por todos los apuros en los que les había sabido poner, una simple mujer, uno se perdió en el orgullo herido y golpeó a Erah en la cabeza.

La rubia cayó al suelo, sin sentido. Y, sin embargo, siendo consciente del error que había cometido en ese último ataque, hundida en la angustia por librarse como estaba, desde que se viera completamente rodeada.
Un error que, seguramente, le saldría caro.





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