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"La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

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"La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

Mensaje por Haven el Vie Sep 08 2017, 12:26

Tenía la garganta constreñida y ahogada a falta del aire que mis pulmones insistían en tomar a bocanadas. Unas bocanadas de alfileres fríos que rasgaban la aspereza de mi reseca boca. Centré los iris tras de mí, escudriñando en la maleza con todos mis sentidos puestos en ello, y cuando comprobé que no había sombras cerniéndose sobre mi exhausto cuerpo me apoyé en el rugoso tronco. Noté como los nudos de la natural madera se clavaban en mi espalda y un exhausto suspiro acarició mis labios. El palpitar desbocado del corazón martilleaba las sienes. Estaba cansada. Un cansancio que me recordaba que seguía viviendo. Eso implicaba algo bueno y algo malo: lo malo es que tendría que seguir huyendo; lo bueno que parecía que ese maldito dragón no quería que mi cabeza estuviera en una pica cuando regresara. Dicho placer sólo le correspondía a él. Ya notaba las firmes y fuertes manos alrededor de mi garganta apretando. Y apretando. Hasta que me asfixiara o me partiera el pescuezo. Instintivamente llevé la mano a mi cuello de manera protectora. Lo siento…. La lamentación llegó antes de darme cuenta de los funestos pensamientos que me abordaban. Aún puedo volver y rogarle perdón. Aún.. ¡No! Sabía que no me daría más oportunidades y no podría abogar de nuevo por su clemencia. Ya no. Lo había dejado muy claro la última vez. Él era el causante de haber marcado mi cuerpo. Mi carcelero. Me estremecí solo con recordar sus duras facciones recorriendome sin ninguna misericordia y no pude más que abrazar el arco robado que también portaba su sello. Su propiedad.

Me asfixiaba. Deshice los nudos del corpiño que parecía querer ahogarme, en la medida que el decoro me lo permitía, y volví a mirar hacia el sepulcral silencio tras mi escudo natural. Mi pecho ascendía y descendía en ese intento por tranquilizarme al percibir que las bocanas de aire y la liberada opresión de la prenda me lo permitían. En la divagación entre recuperar el aliento y la indecisión había cerrado los ojos. Tienes que seguir corriendo. Lo sabía, era consciente, pero me temblaban las piernas del cansancio. Llevaba corriendo horas. Y entonces, mis pestañas se abrieron con alarma al percibir el sonido roto de una rama tras de mí. Unos metros, ¿tres o cinco?, no estaba segura. Asomé mi encapuchada cabeza por el lateral del nudoso tronco y fruncí el ceño. Mis zarcos iris danzaron de un lado a otro en la maleza. Una y otra vez sin hallar a las sombras que me perseguían. ¿Había sido un animal? El sonido de las copas de los árboles moviendo las hojas hicieron que mi atención se centrara en ellas. Él no vendría a por mí. ¿O sí? La inquietud me hizo removerme en un estado de alarma y miedo. Un terror que convertía la sangre de mis venas en hielo. De nuevo un sonido de rota rama hizo que contuviera el aliento. Con pausados movimientos tomé una flecha entre el índice y el corazón. Las oscuras plumas recortadas hormigueaban entre mis dedos mientras tensaba la saeta en la cuerda. Para cuando de nuevo el ruido sonó indicando la dirección no dudé; la flecha surcó el aire en un silbido preciso que acabó ensartada en algo. La presa aulló de dolor e hizo que una bandada de cuervos se alzara graznando entre las copas. El augurio de la muerte aleteaba tensando el ambiente. Volví a ocultarme tras el tronco. Hasta que las maldiciones de Quinn llegaron a mis oídos como una letanía mortal. La invocación de todo aquello que su oscura mente procesaba y deseaba hacer. Antes muerta que dejar que los deseos ocultos de ese relleno saco de orín y sudor me tocara.

¡Maldito fuere!. Corrí a través de la maleza en dirección opuesta. Una zancada. Otra. Y otra. Notaba como los bajos de la incómoda falda se rasgaban con las ramas y me obligaban a avanzar más despacio. Dichosas faldas. Tendría que haberle robado la ropa a él. Unos pantalones anchos y una camisa de lino hubieran sido mejor opción pero no podía arriesgarme a despertarlo en su alcoba durante la mañana. Me mordí el labio inferior y me detuve mirando alrededor. El bosque había cambiado en mi ausencia. Mis pardos iris buscaron en las primeras estrellas que iluminaban el anaranjado firmamento y los achiqué con ojo crítico. Entonces la dirección llegó a mi mente. Oeste. Los pies corrieron en la dirección. Más lejos. Mucho más. Aún notaba como las frías manos de la muerte me asfixiaba. «¡MALDITA SEAS, VEN AQUÍ, ZORRA!», el enfadado grito hizo que un gemido fluyera con terror por mi reseca garganta. ¿Por qué estaba tan cerca? Giré el rostro reafirmando mis temores. Y los horrores de ver tres sombras más me hicieron querer gritar; entre la frustración y el horror. Quizás debí percatarme más de lo que tenía delante porque cuando me dí cuenta estaba rodando montículo abajo.

El choque fue implacable. Y el grito fue mudo por la falta de aire al golpearme la boca del estómago con algo demasiado duro. La fuerza de todo mi cuerpo impactó contra algo que se estaba convirtiendo en dolor, quejidos y lamentaciones. Los árboles danzaban mareados de arriba a abajo. Y de derecha a izquierda. En ese rodar que se engarzaba con las sensaciones de escozor, rozaduras y golpes duros; mi mente no consiguió discernir si era de piedras, ramas, armas o huesos. Solo sabia que estaba rodando y uno de los hombres de ese maldito dragón conmigo. ¡Malditos fueran! Rodamos entrelazados hasta que el suelo se allanó y un quejido quejumbroso salió de mis labios. Pero no me rendiría. Me dolían los huesos, los músculos, la piel; y el aire parecía huir de mis pulmones. La cabeza me daba vueltas en un mareo de dolor que creía era debido a un golpe en la cabeza. Después lo comprobaría. Ahora… urgía más deshacerme de los brazos que osaban rodearme la cintura. En la negra visión que retornaba como puntos de luz, mi mano alcanzó una de las pocas flechas que habían sobrevivido en el carcaj y la tomé. El destello de la afilada punta de la saeta fue posicionada con precisión sobre la piel que protegía la vena yugular de mi agresor. A horcajadas sobre él no tenía más remedio, pues sabía que no me dejaría ir sin más—. No hagáis nada de lo que podríais lamentar —el escote se había agrandado debido al rodar haciendo visible más de lo que el decoro permitía cuando el pecho ascendía y descendía en un ritmo alocado por la propia supervivencia. Presioné la afilada flecha para reafirmar mi determinación causando que una gota de sangre emergiera del cuello masculino.





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Re: "La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

Mensaje por Trystan el Sáb Sep 09 2017, 13:19

FDR:
Todo lo que implica a terceros personajes del foro ha sido pactado con antelación

Con eso de que andaba con el pie aún adolorido, Kya me pidió que le fuera a buscar unas hierbas que, según ella, mezcladas en un cataplasma, le aliviarían el dolor y combatirían la hinchazón que aún le impedía pisar con normalidad. No le pasó desapercibida la mirada fugaz que le dediqué a la niña, ahora dormida plácidamente en su cuna. Tal vez si me fuera en aquel momento, estaría de vuelta para antes de que despertara. La sanadora sonrió, murmurando que ella atendería a Elianne de despertarse antes. Sin saber por qué razón, sus palabras me tranquilizaron, haciéndome sonreír con agradecimiento antes de tomar el arco, las flechas, un pequeño cuchillo que me até al cinto y avisar que estaría de vuelta antes de que se diera cuenta.

Probé suerte cerca de las cascadas, mirando en alguna ocasión con más detenimiento el dibujo que me había hecho Kya de la forma de la hoja e, incluso, de la flor, de esa planta. Pero parecía que no estaba muy por la labor de dejarse ver. Para aprovechar el tiempo, dejé un par de trampas, por si en eso sí que tenía el tino de que alguna presa cayera en un rato.

Con cautela, me fui alejando de las cascadas, hasta el punto de no escuchar el agua de fondo. Tan sólo el aleatorio piar y el sonido de las hojas meciéndose al viento a la altura de las copas de los árboles era todo lo que yo llegaba a escuchar... hasta que un sonido precipitado de pisadas irrumpió en mi oído. No venían en mi dirección siquiera, pero estaba cerca. A éste, se le sumaron unas voces masculinas con sus respectivas pisadas de carrera. ¿Una persecución? ¿Tan lejos de la ciudad? Decidí arriesgarme y acercarme, medio agazapado entre los campos de helechos, arbustos y vegetación varia, viendo a la muchacha que encabezaba la persecución, seguida muy de cerca por un aventajado.
De nuevo, me vi en el papel de justiciero, aunque en esta ocasión , la chica no me sonaba de nada. Luego más tarde me llevaría la sorpresa de que estaba más que equivocado.
Muy pocas razones tenía para pensar que aquellos tres hombres fuesen justamente a quien debiera ayudar. A lo sumo, la chica podía haberles robado algo. Pero ni mucho menos vas armado y en grupo, persiguiendo a una ladrona.
Todo apuntaba a que la perseguían por algo que no era del todo legal. Y eso no hacía más que acercarla a mi situación.

En esos segundos posteriores, en los que corría detrás de los más rezagados, tomé la decisión de ayudarla. No podía meterme ya en más líos, ¿no? Ya era un prófugo a encontrar y arrestar, aunque fuera desafiado.
Cuando el primero se tiró a por la mujer, justo cayeron por un terraplén. Sus compañeros pararon en seco y eso me dio a mí la oportunidad de sacar una flecha de mi carcaj, cargar el arco y disparar. Ni siquiera me paré en lo que la flecha salía disparada hacia la garganta de uno de los hombres, quienes respiraban agitadamente, mientras veían a la pareja rodar hasta el final. La primera de las víctimas, acusó el impacto, haciendo ruidos de ahogo que consiguieron llamar la atención de su compañero justo en el momento en el que yo ya estaba casi a su altura, con el cuchillo de mi cinto, en la mano. Tuvo los reflejos para detener mi brazo con el suyo, aunque el filo, rasgara parte de su manga-. Joder, ¿¡y tú de dónde sales!? -se quejó antes de recibir  un rodillazo en el estómago que lo dejó sin aire. Cayó de rodillas, doblado por el golpe. Y, aún así, tuvo la osadía de echar mano a la empuñadura de su espada-. Te vas a enterar, cabrón entrometido.
No supe bien por qué pero, en respuesta, apreté los labios y lancé la pierna en una patada que se estrelló contra su cara. Algo sonó, por la fuerza que ya llevaba, la inercia lo incorporó hasta que el pesado cuerpo de aquel malnacido, se desplomó sobre el suelo arenoso que empezaba a caer, boca arriba.

En un par de inspiraciones sonoras me quedé mirándolo, justo antes de verificar qué había pasado con los otros dos individuos protagonistas. Habían rodado hasta el final del terraplén y la muchacha parecía tenerlo todo bajo control. Decidí entonces, bajar con ellos. No sin cierto recelo, claro.
En el camino, recogí ese arco que había quedado colgado cuando ambos rodaron ladera abajo. La verdad es que no fui del todo cuidadoso de no hacer ruido al descender. De hecho, mi intención era hacerle saber a la chica que iba hacia ellos, al estar ella de espaldas a mí.




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Re: "La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

Mensaje por Haven el Dom Sep 10 2017, 20:50

Y en el subir y bajar de mi pecho cuasi desnuda ante los ojos desorbitados de mi agresor pasó desapercibida la tenue pelea que había en el montículo. Los otros dos enemigos parecían tener su pequeña contienda con un desconocido, mas para mi y mi dolorida cabeza sólo había enemigos. Los sonidos se habían mitigado en el mareo del rodar y los puntos de luz de mi nebulosa visual empezaban a diseminar los contornos y las formas. El llamativo bermellón contrastado con el acero y el color de la piel fue lo que acaparó mi atención en primer lugar. Apenas tenía unos segundos, demasiado valiosos para dudar, y es que estaba claro quién iba a sobrevivir. Yo. Noté como el cuerpo de debajo mía se movía con inquietud y nuestros iris se engarzaron en una pelea muda: ¿De verdad debía hacer que un hombre se desangrara? ¿No había más remedio? Las sienes me palpitaban con el pulso acelerado, la mano empezó a temblar por la anticipación y supongo que la arruga de preocupación fue visible cuando el varón hizo su movimiento. Mi espalda sintió las afiladas piedras del suelo y la opresión del cuerpo masculino sobre el mío hizo que el aire dejara de llegar a mis pulmones. Un gemido mudo salió de mis labios; no estaba segura si fue debido a la sobrecarga de peso que aquel animal estaba poniendo sobre mi tórax, a percibir como la punta de una piedra se me clavaba en el omóplato o ambas. La lucha se retomó. Él forcejeaba para quitarme la flecha, yo forcejeaba por clavarsela.

Se dice que en momentos difíciles la adrenalina es la droga de la supervivencia. Una droga que dura un suspiro y que es suficiente para otorgar la fuerza necesaria para sobrevivir. En esa batalla clandestina y poco honorífica era ese narcótico el que podría salvar a uno de los dos. Todo pasaba demasiado deprisa. Mis zarcos ojos se agrandaron al percibir el calor espeso de la sangre entre los cuerpos; burbujeaba entre las ropas hasta traspasarlas y alcanzar la fría piel. ¿Era suya o mía? La adrenalina opacaba los primeros momentos de dolor hasta que su influjo se mitigaba poco a poco haciendo que las garras de la aflicción irradiaran constantes. Mi instinto me hizo retroceder de espaldas. Alejarme. Me aparté del contrario por la incipiente sorpresa y le di una patada con un grito ahogado cuando sus dedos atraparon mi tobillo. Un agarre del que fui incapaz de zafarme; clavé por inercia la punta de la saeta en la muñeca y el dueño aulló de dolor. La punta de la flecha, teñida de sangre, acaparaba mi visión.  Mi cerebro intentaba procesar lo sucedido y fue en ese pequeño lapsus cuando mis manos manosearon con urgencia la mancha de sangre de mi corpiño. El dolor no avanzaba. La adrenalina no menguaba. No parecía más herida que lo que había sido la caída y el forcejeo. Y no pude evitar que el alivio me invadiera. Apenas una fracción de segundo porque mi mente racional me obligó a pensar en los otros dos hombres. Con rapidez gateé los pocos pasos del que me había obligado a retroceder y arranqué la flecha de la cada vez más pálida muñeca enemiga. No me demoré en saber si aquel agresor sobreviviría o no; la pérdida de sangre auguraba que -para bien o para mal- había conseguido alcanzar un órgano vital en el forcejeo.

Mis ojos danzaron por la cercanía en busca de mi arco. ¿Dónde estaba? ¿Y el arco? Pasé sin ningún recato -ni resentimiento- por encima del cuerpo y rebusqué entre sus pertenencias. Sabía perfectamente que ese idiota usaba cuchillos arrojadizos y, a falta de arco, intuí que ese sería un buen arma. Cansada y temblorosa no me veía capaz de empuñar una pesada espada. De pequeña lo había intentando en la herrería de Dev y aún podría rememorar las agujetas de mis pequeños brazos. Y eso que era una espada corta. Esperaba con todas mis fuerzas que sólo se necesitara precisión, tanteé, no podía ser tan difícil. ¿O sí?. No acostumbraba a usarlos y eso causó que en la frenética búsqueda me mordiera el labio con ansiedad. Para cuando mi mano alcanzó el extremo del estuche y sacó uno de los cuchillos para sopesarlo, el sonido de los poco sigilosos pasos me hizo girarme y lanzar con precisión -más o menos- uno de los cuchillos en esa dirección. El silbido del afilado extremo se dirigió hacia el nuevo enemigo mucho antes de que mis ojos le dedicaran una mirada de advertencia sin apenas prestarle atención—. Ni se os ocurra acercaros más —me sentí orgullosa del tono amenazante pero no tanto al saber que los certeros tiros de esas armas no podrían atinar dos veces en una diana. Si al menos tuviese un arco. Me reincorporé con fingida calma, buscando con la mirada a la otra sombra, y sin ver más allá de la difuminada figura que ya tenía localizada. Mis ojos danzaron estratégicos por los árboles colindantes y alcé la voz con -esperaba- la misma determinación—. ¿Y vuestro compañero?.

Busqué por fin el rostro de mi atacante, con la intención de reconocer a uno de los gladiadores de  mi dragón, y la mano me tembló. El corazón parecía haberse detenido en el reconocimiento de las facciones que se hallaban ante mí y el nudo de la reseca garganta amenazó de nuevo con asfixiarme a falta de aire. No creí que las manos de mi verdugo fueran las de él. ¿O no lo eran? El aire que huía de mis pulmones, al pensar que Cronos había detenido caprichoso las manillas de nuestro reloj, no deseaba retornar en esa visión tan poco real porque sabía que no era real. No podía ser real. ¿O sí? ¿Lo era? Me escocían los ojos. Las lágrimas empañaron la figura que tenía delante y no alcanzaba a saber si aquello no era simplemente una mala jugada de mi exhausta mente. Y si lo era mi cuerpo se negó a reconocerlo como ilusorio. Mis pies pasaron por encima del inerte mercenario y avanzaron hacia él, pero temerosos de que el espejismo se disipara como en las doradas dunas del desierto. Se detuvieron a pocos pasos de él.

No supe cuando las perladas gotas saladas de mis ojos descendieron por las sucias mejillas hasta alcanzar mis labios y degustar su amargo sabor, pero lo habían hecho. Entreabrí los labios para emitir la voz pero el nudo de angustia de mi garganta opacó la palabra. Extendí la temblorosa mano hacia su rostro, percibí como miles de arrugas de preocupación se formaron en mis facciones, y la retiré si llegar a tocarlo. Hasta que habló y supe que mi propia mente no podía estar tan ociosa. Mi cuerpo reaccionó mucho antes que mi mente. El sonido del guantazo hizo eco entre los árboles y mi preocupación se reflejó como una ira contenida hacia él. Aunque la ira no era hacia él en particular, solo había sido el detonante. El escozor de mi mano me afirmaba que si estaba allí. Completo y absolutamente—. ¿Por qué demonios no me buscastes? ¡Se lo prometiste a Bane! —acusé demasiado contrariada. El título de Líder y la distancia en mi forma de tratarlo tras la muerte de mi hermano huyeron como la espuma en el oleaje. Estaba furiosa. Era cierto que antes de irme no habíamos compartido muchos momentos buenos, habían sido tiempos difíciles para los dos, pero maldita sea. Estaba demasiado … demasiado… ¿tranquilo?—. ¡Espera! —caí en la cuenta y me aparté entrecerrando la mirada cuando comprobé que tenía un arco con su sello. No puede ser él. No puede. Él no—. ¿Te ha mandado él a matarme? —la voz se me quebró ante la simple idea de que Trystan pudiera ser mi muerte.





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Re: "La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

Mensaje por Trystan el Lun Sep 11 2017, 20:04

Y, ¿quién iba a decirme a mí que la situación iba a tomar un cariz tan equivocado? Desde luego, iba tan cegado por ayudar o, más bien, alcanzar a la chica para cerciorarme de que estaba bien, que no pensé en la posibilidad que finalmente sucedió, en la que la muchacha se pensase que yo era otro de los atacantes que habían quedado muertos o inconscientes en la cima de la ladera. O el suplente, vaya.

Algo de lo que fui consciente cuando ese cuchillo arrojadizo salió disparado hacia mí, y que esquivé a duras penas, lo justo para que su filo solo rasgara la camisa que yo llevaba. Me paré en seco, entendiendo la advertencia antes incluso de que hablara. De que rompiera el aire con esa voz. Una voz que quiso sonarme familiar, que mi cerebro no descartó como desconocida, aunque no la ubicara en un principio.
Pero la sorpresa me golpeó cuando la reconocí, justo cuando formulaba la pregunta con el mismo tono solemne y amenazante. Tragué saliva, sin saber bien cómo reaccionar, ignorando el contestarle, en principio. Mis azules eran incapaces de apartarse de aquella figura femenina y maltrecha en aquel momento, perlada de sudor y de ropa rasgadas por el esfuerzo y la carrera por el bosque. Sobraba decir que a mi estática mirada se sumaba mi cuerpo entero, quieto, más pendiente de sus movimientos que de los que yo pudiera hacer.

Con cierta parsimonia, la emoción se dejó ver en mi semblante, aliviado enormemente por verla con vida. una exhalación salió de mis pulmones en lo que ella se acercaba, haciendo visible esa emoción con lágrimas en los ojos-. Haven…-aún no salía de mi asombro cuando su primera reacción fue cruzarme la cara, como quien da un abrazo en su lugar-. ¡...! -fruncí el ceño, sintiendo que yo reaccionaba con cuentagotas. Tarde, me llevé la mano a la mejilla, adquiriendo un gesto de incomprensión por su reproche. ¿Buscarla? La mención de Bane, sin duda, se sintió como una puñalada al corazón que ya no latía en mi pecho. Otra condena por la que, esta vez, no me castigaría-. Creí que tú también lo estabas... -enuncié sin saber realmente si era motivo suficiente. Había perdido el rastro de aquella sanadora tras ese año entero que se había ido a Eneas. Esa fecha de regreso prevista tras aquel viaje se perdió en la inmensidad de la incertidumbre. Y, por mucho aprecio que la tuviera, no habría sabido siquiera por dónde empezar a buscar. Además, de verme enfrascado en una espiral de vida frenética que me hizo olvidarme de muchas cosas que a lo largo de mi vida como terrorista me habían llegado a importar.

Mi ceño se arrugó aún más cuando se apartó de súbito, con una desconfianza característica de alguien que huye y no se fía ya de nadie. Ni siquiera de aquellos que ya conocía. ¿Por qué y cuántas penurias habrá tenido que pasar para estar tan recelosa hasta de una mano amiga? Hasta que preguntó y terminó de descolocarme-... ¿Qué? -inquirí a medio camino entre la indignación, el estupor y la incredibilidad-. ¡No! -añadí con un tono seguro, solemne y hasta más alto-. Haven, te estoy ayudando. -alcé ambas manos, palmas arriba, tendiéndole aquel arco que había recogido como señal de confianza. Ignoraba si para ella sería suficiente. Tenía que serlo, porque desde luego, había errado por completo con su suposición.

Aún la miraba, con el ceño arrugado y la respiración algo exhaltada por la carrera, en un silencio que no vi incómodo pero, tal vez, sí necesario para que ella asimilara que yo no había cambiado-. Vamos. -acabé diciendo, antes de apartar mis azules de Ella para mirar la cima de la pequeña colina por la que habíamos bajado. Tan solo fueron un par de segundos, antes de mirarla de nuevo-. Debemos irnos de aquí. -dije, haciendo ademán de moverme hacia el frondoso bosque, con la esperanza de que me siguiera.




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Re: "La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

Mensaje por Haven el Dom Sep 17 2017, 12:22

El picor de la palma de la mano se convirtió en un hormigueo clandestino mientras me alejaba del pelirrojo con precaución. Era posible que mi mente lógica me estuviera dando una voz de alarma o una voz de apaciguamiento, pero ambas posibilidades se quedaron bajo una cortina de agua imaginaria. Las evidencias: el arco, el momento y la persecución, me hacían desconfiar de aquel en el que Bane había depositado mi vida completa. Mi ser. Y mi mente lógica volvió a hacer que mis ojos buscaran con nerviosismo entre la foresta. Esperando que al menos uno de los persecutores se abalanzara sobre mí. Clavé los pardos en el arco, en el pequeño símbolo que decoraba su puente, y entrecerré los ojos en un intento por buscar una aclaración. Las palabras me aguijoneaban la sesera cuando consiguió formularlas. Yo también lo estaba.. ¿yo también qué?¿Buscarlo?, la pregunta me abordó con la misma desconfianza que la  formulada en voz alta. Yo siempre lo buscaría. Cuando me zafara de los hombres de mi dragón, cuando las piernas dejaran de temblar del cansancio, y estuviera convencida de que no me seguirían a casa. Una parte de mi mente seguía reticente a creer que él era mi enemigo. Siempre había considerado a Trystan como parte de la familia, una familia impuesta por mi hermano, pero a fin de cuentas una familia. En los años que habíamos convivido en las alcantarillas había conseguido alcanzar mi corazón de una manera que nunca -ni antes ni ahora- iba a verbalizar. Jamás -quizás-. En este año y medio había aprendido que los sentimientos no valían de mucho para sentirse a salvo. Sólo los actos y los hechos te dejaban sobrevivir ante la tiranía, la dependencia y el egoísmo. Sentirme traicionada por el resistente, era como ser apuñalada una y otra vez, y causaba que mi mente vagara hasta el recuerdo del dragón que me había mantenido confinada. Un sabor agridulce que se apelmazaba en mi garganta. Su negativa consiguió que los tensos músculos de mi cuerpos se convirtieran en flan ante un alivio que ni mi mente era capaz de reconocer. ¿Por qué una simple negación me hace tan feliz?. Noté como las lágrimas volvían a deslizarse por el precipicio de mis pestañas y surcaban el arroyo ya marcado por las primeras lágrimas por mis polvorientas mejillas.

Seguía sin estar segura. Para nada segura. Retiré con la diestra la borrosa visión de mis ojos, intentando que la capa acuosa de sentimentalismo redescubierta me dejara ser analítica en una situación que se mostraba cada vez más clara. Un malentendido que deseaba que se confirmara y que el pelirrojo fuera, en parte, mi salvador. Salvador. Eso sí que tenía gracia. ¿Ahora me había convertido en una damisela en apuros? Mis labios se presionaron con el sabor salado de las gotas que emanaba de mis orbes. Toda la culpa era de él. Mi captor. Por él desconfiaba de mi familia. Mi única familia—. Te creo —susurré entrecortada ante sus palabras de salvación. Agarrándome a ellas como un salvavidas en medio de una tempestuosa tormenta de alta mar. Necesitaba creerlo. Necesitaba saberlo. Y ese fruncimiento de completo desconocimiento no podía ser fingido. No con el Líder. Nunca había sido tan buen actor y dudaba que en su ausencia hubiera practicado para ser un traidor. Siempre lo había visto como alguien férreo a sus ideales. Además, si fuera enemigo, no estaría tan loco de darme un arco en señal de tregua. No a mí. Tomé el arco por el lomo y examiné la marca que compartía con el arma. Los largos dedo tocaron la rugosidad y descendieron por el mango y el brazo inferior hasta alcanzar la muesca—. Es mi arco—. Tres palabras que hacían que todas mis dudas se disiparan de golpe por la evidencia de que había sido poco observadora. Tendí a desconfiar antes que ha aclarar. El alivio volvió a embargar mis acciones en un deseo por abrazarlo. Una necesidad que vi imperante en ese día de persecuciones.

Antes de darme cuenta mis brazos lo habían rodeado por la cintura en un inexorable abrazo que: o me rompía los brazos o lo dejaba sin respiración, pues me negaba a despegarme de su calor. La reticente advertencia de irnos quedó relegada unos segundos. Solamente un par en esa súbita necesidad—. Lo siento... solo unos segundos —formulé con egoísmo y oculté la cara en él. No supe discernir si la disculpa era por haber desconfiado de él, golpearlo con la ira retenida de esos tres años o por osar abrazarlo sin permiso. Pero era consciente, muy consciente, que debíamos irnos; de que debía dejarlo guiarme entre la maleza y seguirlo con ferviente devoción. Era como un dejà vu. La misma experiencia que había sentido antaño con Bane; un pasito hacia el abismo de la confianza familiar o el quedarse en el borde del precipicio con desconfianza y yo siempre acababa saltando hacia la fosa—. Vamos. Conseguí divisar a tres; uno ya no es problema pero los otros dos pueden seguir siéndolo —anuncie cuando me separé de su calidez y asentí con recargada determinación. Achiqué los párpados pensando que dos contra dos no sería tanto problema como tres contra uno; lo que me dio un evidente alivio. No veía tan complicado el deshacerme de mis persecutores. No con Trystan como aliado, pero la idea de que mi dragón apareciese hizo que el color de mi rostro desapareciera—. Debemos alejarnos lo más posible de Talos. Si él nos encuentra no sé que nos hará; no sé que te hará a ti —en realidad sí lo sabía: lo haría pelear en la arena por su vida y a mi me torturaría hasta que mi vida expirara—. Ese dragón disfruta demasiado con las peleas entre esclavos. Nada bueno augura si te encuentra conmigo; nada bueno… —aclaré en mi afán para que nos alejáramos de allí lo más velozmente posible. Y sin saber hacia dónde dirigirnos lo seguí a través de la foresta.





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Re: "La muerte es un ángel", cantaba Perséfone ||Privado||

Mensaje por Trystan el Lun Sep 18 2017, 22:50

Hubo un momento en el que Haven me hizo creer que estaba convencida férreamente que yo había cambiado de bando, que iba tras ella para capturarla de nuevo y devolvérsela a su dueño.
Nada más lejos de la realidad.
La veía dispuesta a golpearme de nuevo, dependiendo de lo que yo dijera. Y, aún contemplando la idea de ser sincero, Haven, por su carácter, era incluso capaz de volver a pegarme tan sólo para alegar que la había asustado. No era que llevase la violencia o la desconfianza por escudo tampoco. No siempre fue así. Cuando su hermano vivía, era una persona más abierta, más cercana, cosa que cambió con la caída de Bane. Pese a esa profesión de sanadora que ejerció cuando vivió en la base, era persona que le gustaba mantener la distancia con la gente. Aunque conmigo mantuvo la cercanía, como con gente contada en la Resistencia. Siempre pensé que era por mi amistad por su difunto hermano. Cuando ella lo perdió, así como yo había perdido a mi familia, hicimos el intento de ayudarnos de forma tácita y mutua. Sin siquiera saber si, realmente, había servido de algo.
Se me antojaba ya una eternidad de aquellos días.

Pese a la tensión e incertidumbre del momento posterior al bofetón, a que ella me confirmó que me creía, le tendí su arco, sin pensar siquiera en la posibilidad de que siguiera desconfiando hasta el punto de dispararme. Quizás, mi subconsciente supiese que Haven no contaba con flechas cerca o a mano, para que no me diera tiempo a darme cuenta de sus intenciones.
Aún me mesaba ligeramente la mejilla cuando la escuché murmurar de nuevo, reconociendo su propia arma.
Pero ahora el que no las tenía todas consigo, era yo. Me fue inevitable pecar de perro apaleado y después de advertir de que debiéramos irnos de allí, aceptar ese otro impulso suyo de abrazarme.

En un principio, me descolocó, con esa fuerza en el abrazo. De haber sido humano, tal vez, hubiera acusado más aquella presión, pero el desafío traía consigo una mayor resistencia al dolor y los golpes. De todas formas, ¿desde cuándo tenía Haven tanta fuerza? ¿Qué había estado haciendo durante tanto tiempo? Fue entonces cuando consideré seriamente ser un poco más observador también.
Pudiera ser que la sanadora que yo conocía, no fuera exactamente la misma que la que en aquel momento escondía su rostro en un abrazo que aún no correspondía.

Y, entonces, eso fue lo siguiente. Mis brazos, lentamente, la rodearon para cerrar ese gesto que, ya por su presión, denotaba alivio. Y por cada instante que pasaba abrazada a mí, más me hacía pensar en que la sorpresa, en principio desagradable para ella -al parecer-, pasaba a ser del todo agradable, conforme asimilaba que yo seguía siendo el mismo. Aunque fuera con matices que aún desconocía. Finalmente, hice mi presión más sentida, admitiendo de forma tácita, cuánto podía alegrarme al verla viva y ahora, a salvo-. No hay nada que disculpar. -murmuré aún sin apartarme, dándole el tiempo que pudiera necesitar.
Ambos podíamos permitírnoslos.

Pero, también sabía que ese momento no tardaría en terminar, siendo Haven quien decidió separarse, finalmente-. Ehmmm... -titubeé con sus palabras. ¿Los otros dos?- No serán problema tampoco. -enuncié antes de volver a mirar la cima de aquella colina por la que había bajado. Como si, de repente, temiese que ambos se hubiera levantado y como muertos vivientes, bajaran a terminar lo empezado.

No obstante, pese a esa miradita que me echó, al parecer por la solemnidad en mi respuesta, sonreí de lado y justo antes de empezar nuestro paseo apresurado entre la maleza, hice ese repaso pendiente, evitando intencionadamente esa tentación visual que suponía esa parte de su vestido roto generosamente, en la línea de su escote. La vi algo más delgada, y mejor formada que la última vez. No me hacía falta pensar mucho para saber que después de ese año sabático, bien podía haber sido capturada. Pero ya preguntaría después. Por lo pronto, la prioridad era esconderse-. Ven, adentrémonos un poco más en el bosque. -sin más tomé su mano, para asegurarme que no se rezagaba y comencé a avanzar.

Sus palabras acompañaban mis pasos sobre la hojarasca, y algún que otro arbusto que me salía al paso-. No tengo miedo de lo que pueda hacerme. -le hice saber, sin darme cuenta de que, en ese momento, ella ignoraba mi condición de desafiado. Y, también, no menos importante, el que yo ya no ostentaba el cargo que ella pensaba-. Y no dejaré que vuelva a tocarte. Por supuesto. -¿qué le iba a hacer? En ese momento, sí me veía capaz de interponerme entre un dragón y su esclava-que-no-quería-ser. Era tal la adrenalina de la persecución, la pelea e incluso la tensión posterior y ese abrazo lo que ahora impulsaban mi cuerpo y hasta mi lengua para decir semejantes estupideces. Así seguía siendo, hiperprotector con esas pocas personas a las que realmente necesitaba en mi vida.
No dejé que pasara más rato antes de que, al final, acabara mirándola, sin llegar a sonreír-. Aguanta un poco más. -rogué con tono tranquilo-. Nos resguardaremos un rato más adelante, para asegurarnos que no nos sigue nadie más.
Luego ya veríamos qué hacer.




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Trystan
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