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Setting priorities straight... again || OS || Megerah

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Setting priorities straight... again || OS || Megerah

Mensaje por Trystan el Lun Ago 28 2017, 01:19

Hacía poco que el Astro Rey había dejado de bañar los alrededores de Talos cuando llegué al callejón donde me encontraría con ese compañero de la Resistencia que se hacía pasar por boticario. Cuando yo era líder había hecho de él uno de los contactos más activos, siendo el mensajero para tantos simpatizantes de la organización. Aquel hombre no era completamente de la Resistencia, no tendría sentido, pero su ayuda resultaba inestimable como informador y contacto. Gracias a él pude transmitir mensajes a terceros para posibles favores y/o encargos que interesaban a la organización.
Una extensa red de resistentes, contactos y socios que tejer y afianzar para conseguir que la Resistencia fuera más activa y poderosa.

Pero al perder el liderazgo, necesité desconectar. Tanto que me había olvidado de lo que yo había llegado a ser como explorador. Hasta que me topé con una chica que nada tenía que ver con mi círculo más cercano. Sin llegar a saber bien cómo, lo ocurrido aquella tarde me recordó de raíz algo que había quedado olvidado por la cómoda vida que había estado llevando en pareja y lejos de todo lo que yo llegué a ser como terrorista. Lo único que podía quedarme, después de todo.

Precisamente por todo esto, una de las partes que me había propuesto retomar era el volver a contactar con esa red externa a la Resistencia, de forma personal. Pero el destino parecía cruelmente juguetón con mis intenciones, pues aquel contacto ya empezaba a retrasarse un tiempo que no era propio de él. En un principio, no se me ocurrió ni remotamente lo que iba a acontecer -ni en un millar de años-, en lo que esperaba en aquel punto de encuentro.
Hasta que me cansé de estar simplemente parado.

Con precaución, me acerqué adonde sabía que tenía esa herboristería de tapadera, mirando en derredor a cada paso que daba. Quizás se habría olvidado de nuestro encuentro, pues era un buen hombre entrado en años, con un humor intachable. Una persona con la que pasar unos minutos te animaba el alma para seguir luchando. Por su edad, había preferido no implicarse tanto en la organización, como para vivir en las alcantarillas, no obstante, su local siempre había sido considerado casa franca, desde antes de que yo pudiera recordar. Un lugar en el que había estado varias veces a lo largo de mis intrusiones a la ciudad. Un lugar que se me presentó desvalijado y caótico en cuanto entré. Nada parecido a lo que yo recordaba. El suelo se había visto inquietantemente adornado con el contenido de aquellos frascos cuyas etiquetas rezaban nombres extraños de hierbas, semillas y hasta legumbres. Las sillas yacían de lado, boca arriba o con alguna pata rota, desperdigadas por la estancia. El mostrador había sido parcialmente arrancado y movido. Con el ceño fruncido, eché mano a mi empuñadura, mientras me adentraba en la estancia. ¿Qué demonios había pasado? ¿Una redada? Si bien existía la posibilidad, los guardias no habrían hecho tanto desorden. Mis pasos se volvieron aún más cautelosos, cuando alcancé la trastienda. El panorama era el mismo: todo desorden. No obstante, mis azules divisaron las botas de un cuerpo, al parecer yaciente en el suelo, tras una mesa y un par de tinajas que no me dejaban verlo en su totalidad. Apresuré mis pasos, librándome de muchos obstáculos de un par de zancadas. Alcancé al hombre, reconociéndolo enseguida. Me arrodillé con rapidez a su lado, pasando el brazo bajo su cabeza. Pareció despertar sobresaltado, con la respiración entrecortada-. ¿Qué ha pasado? -inquirí, en voz baja pero con tono demandante.
Aquel herborista tosió... y tosió sangre. Mis azules repasaron su cuerpo, ansiosos por encontrar una herida sangrante o algo que yo pudiera atender-. Ladrones… -contestó él con esfuerzo. Alzó su brazo para asir el mío con fuerza. Una energía que denotaba miedo, ansiedad... ¿Qué demonios había pasado en realidad?- Darius… -articuló después, con aire desubicado.
Como el que adquirí yo también, frunciendo el ceño-. ¿Qué?
Por fin, el hombre herido pareció tener un golpe de lucidez, mirándome como no lo había hecho antes. Como si me reconociera, finalmente-. S... hija… -añadió, respirando costosamente, trepando con su mano hasta mi hombro, donde engarfió sus dedos a mis ropas y tiró para acercarme más a él-. Cuídala. -¿cuidar? ¿A quién? ¿Quién era Darius?
Apenas tuve entereza para llegar a pronunciar más preguntas cuando los pulmones del hombre parecieron colapsar. Tiró aún más de mí, abriendo aún más los ojos. Se veía aterrorizado, quizás por algún dolor interno que ni siquiera le dejaba articular. Que ni siquiera le podía aliviar-. Eh... ¡Eh! -quise llamar su atención, pero parecía como si su propio cuerpo había llegado al límite del aguante...
Finalmente, aquel hombre murió en mis brazos sin que yo pudiera hacer absolutamente nada.

Y me fue inevitable pensar en Elianne.

No era la primera vez que la había dejado al cuidado de Megerah, mas en aquel mismo instante, una acuciante necesidad de tenerla conmigo me golpeó. Y no vi mejor decisión que el enfilar de regreso a las cuevas, con ella.

Aún tardé un rato más en salir de la ciudad, siendo especialmente cuidadoso de que los guardias estuvieran convenientemente mirando hacia otro sitio cuando yo pasara. A ese rato, se sumó más tiempo, en alcanzar mi montura, que había tenido el cuidado de dejar en un sitio medianamente apartado de cualquier camino para evitar imprevistos a la hora de volver.

Galopé por horas, en plena oscuridad nocturna, sin más compañía que las estrellas. Más de una vez sucumbí a la tentación de detenerme para descansar un momento y perder mis azules oscurecidos en aquella infinidad de haces de luz, haciéndome las mismas preguntas que muchos humanos pudieran haberse hecho mil años atrás.

Era entrada la mañana cuando yo regresaba a las cuevas. Había estado el día anterior en la capital. Recabando información beneficiosa para la Revolución… pero también para mí.
Con lo primero siempre tenía suerte y, por poco que fuera, siempre era útil según Thareon.
Con lo segundo, hasta el momento, nunca había tenido suerte. Habían pasado tres meses bastante largos desde que la morena desapareciera. Y mis salidas por Talos para buscarla o enterarme del más mínimo indicio de su paradero, no habían aumentado gracias a que Megerah supo ayudarme a darme cuenta que ahora tenía una responsabilidad como padre de una preciosa niña pequeña. El último y mejor regalo que Moira pudo dejarme.

Erah llegó a ayudarme, saliendo ella a la ciudad para abusar sutilmente de esa red de contactos, cuando yo volvía para quedarme con mi hija… y ahora su pequeño también. Un revoltoso híbrido que sentía fuerte curiosidad por Elianne. Sin pretenderlo, la rubia y yo habíamos creado un extraño vínculo con la base de cuidar de ambos pequeños y ese sentimiento de pérdida común, pese a que queríamos a la morena de maneras muy diferentes.



Por fin, alcancé las cuevas, recibiendo con algo de alivio todo aquel bullicio y actividad escondida parcialmente bajo tierra, como el más grande de los hormigueros. Sabiéndome a salvo, caminé, bajando los hombros, relajándome conforme caminaba hacia aquel habitáculo escondido que compartía ahora con mi pequeña. Fue a ella a la que primero vi, sentada sobre unas pieles puestas en el suelo-. Buenos días, princesa. -saludé, llamando su atención. La niña tardó apenas segundos en mirarme y sonreír. Con una sensación indescriptible y algo de orgullo en mi mirada, observé como se lanzaba hacia delante, con la clara intención de gatear. Viendo sus intenciones, me adelanté, tomándola en brazos justo antes de que llegara al límite de aquellas mullidas pieles-. Uy... -enuncié, con la voz algo tomada del esfuerzo repentino-. No se te puede dejar sola, ¿eh? -la niña, sin llegar a entenderme, rió de forma adorable en mis brazos, antes de rodear mi cuello con sus pequeñas extremidades y acurrucarse en mi pecho-. Papá ya está aquí. -susurré, girando mi cabeza para ver a Megerah acomodada en otro montón de pieles, jugando con su hijo.

Nuestras respectivas miradas se cruzaron y ella sonrió levemente. No tardé en acercarme, para sentarme junto a ellos-. Trys... -Erah, llamándome, me hizo mirarla, mientras encogía y cruzaba mis piernas, con Elianne sentada en mi regazo-. Tenemos que hablar. -las peores palabras que se podía escuchar y, sin embargo, en ese instante, no lo vi así:
- ¿Se sabe algo? -inquirí esperanzado.
Megerah negó con la cabeza-. No. -suspiró de forma leve, sin apartar su mirada-.Y dadas las circunstancias...
- No lo digas. -la interrumpí, frunciendo el ceño.
- Que no lo mencione no lo hará menos cierto. -espetó ella, con toda la razón del mundo, por más que me fastidiara.
- Me niego a aceptarlo. -alegué, aún estancado en una esperanza que, aunque no me lo preguntase del todo, no dejaba de ser precaria.
Oí su suspiro soltado por su nariz-. Resulta curioso que seas tú el que más esperanzas tiene. -de no haber tenido a Itherskal entretenido y adormilado en sus brazos, seguramente los habría cruzado.
- Por muy amiga tuya que fuera... ni de lejos es lo mismo.
- No digo lo contrario. Pero justamente gracias a ella... sé parte de tu pasado.
-... -la morena y su afición por compartir todo con su amiga. Quién podía saber qué más podia haberle contado.
- ¿Por qué sigues creyendo que aparecerá? -continuó, aceptando mi silencio como una peculiar luz verde.
Acabé bajando los hombros-. ¿Por qué no? -repliqué, dejando que Elianne jugara con los dedos de una de mis manos. En una pequeña distracción para sobrellevar la densidad de la conversación, le hice cosquillas, jugando, disfrutando de esa risa infantil que daba la vida a cualquiera. Pero las palabras de Megerah ya habían empezado a turbarme.
- Trystan, está bien tener esperanzas. Pero deberías ser realista ahora que tienes a alguien que depende de ti, por mucho que yo te ayude. -soltó la rubia, de una forma tan solemne que la verdad en sus palabras fue un auténtico golpe de realidad para mí-. Además, conoces a Momo de sobra. -o conocía, ya no sabía que pensar después de esos tres meses largos sin noticias-. ¿No crees que, de haber tenido la oportunidad en este tiempo, habría cruzado ya la entrada de la cueva, volviendo con nosotros?
- Supongo. -susurré con resignación. Con ese tono de quien se ve regañado.
- ¿Supones? Tú eres el primero en complicarte las cosas.
En este punto, antes de articular palabra, inspiré y espiré profundamente-. No puedo darla por perdida, Erah. Aún no.
- ¿Cuando entonces? -inquirió, decidida a hacerme entrar en razón-. No tienes todo el tiempo del mundo y tu hija te necesita. Y te necesita ahora, no dentro de unos meses cuando a ti te dé la gana aceptar que se ha ido. -el silencio hizo aparición en la estancia, mientras la rubia me miraba, como si esperase una respuesta por mi parte.
Suspiré, atreviéndome a negar con la cabeza-. No lo sé. -articulé, antes de tragar saliva, consciente de que la redimida tenía toda la razón-. ¿Por qué? -me animé a preguntar finalmente, en uno de esos impulsos que bien podían calificarse como estúpidos. Pero había algo que no entendía de ella-. Tú la conoces desde que eráis unas niñas. ¿Acaso tú no la echas de menos? ¿No quieres encontrarla? ¿Por qué tengo la impresión de que ya no te importa? -giré mi cabeza para que sendas miradas se encontraran de nuevo. Y fue entonces cuando un titileo de turbación se vio en sus pupilas.
La rubia alternó su mirada entre mis azules antes de contestar:- Claro que me falta, Trys. -Erah se recolocó, bajando los hombros e irguiéndose parcialmente-. Me importa encontrarla como así me importa su hija e incluso tú. -todo un logro, visto como empezamos en aquellas cuevas-. Pero sois vosotros dos los que aún seguís aquí. No puedo volcar toda mi energía en esa posibilidad, cuando en la realidad que tengo frente a mí, hay personas que me necesitan más. -habló, habiendo suavizado ese tono tan cortante que tenía a veces, como si su palabra fuese la verdad absoluta. ¡Maldición! Esta vez lo estaba siendo. De verdad-. Lo he intentado todo, Trystan. He buscado en todos lados. Me he arriesgado a entrar en Talos sabiendo que si me descubrían las posibilidades de que volviese aquí se veían drásticamente reducidas. -agaché la mirada, acariciando ahora a la pequeña, que seguía entretenida con mi mano. Los dos lo habíamos estado intentando de todas las maneras posibles, sin cruzar la línea que nos llevase a hacer algo verdaderamente inconsciente-. Tengo la conciencia tranquila en cuanto a la búsqueda de Momo se refiere. No puedo dedicarle más tiempo, sin perderlo con la gente que realmente sigue conmigo y me necesita. -esos dardos hechos palabras, eran del todo certeros. Me animé a mirarla, ante esos segundos de silencio que ella pareció dejar, adrede, para que nuestras zarcas miradas volvieran a encontrarse-. Es mi elección. Y me preocupa que tú sigas dedicándole tantos esfuerzos cuando vas contrarreloj. -me mordí los labios. Ese aire de niño regañado había madurado hasta ese hombre que empezaba a darse cuenta del peso que conllevaba esa contrarreloj, si quería disfrutar de mi hija-. ¿Crees que a ella le gustaría ver lo que estás haciendo? ¿Que aceptaría ver como consumes tu tiempo en buscarla, sabiendo que tienes a Elianne... o mismamente tu desafío, como prioridad?
Enarqué ambas cejas, con una ligera indignación-. Ella hizo lo mismo cuando yo desaparecí. Lo sabes.
Erah apretó los labios, pensándose el qué contestar. O calmándose internamente por mi obstinación-. Pero tú volviste en un mes. Abre los ojos ya, Trys. Esta vez han sido casi cuatro y no hay noticias de ella. Asume que ha pasado el tiempo suficiente para dejar a la suerte el que ella vuelva a ti. Tú debes seguir con tu vida. Por Elianne.
Y otro dardo certero-. No es fácil.
Ella negó ligeramente con la cabeza-. Está bien que alegues lo mismo los dos primeros meses. Deja de escudarte en eso, pelirrojo. -espetó con solemnidad aunque el tono que usó era sorpresivamente afable-. Eres más fuerte de lo que crees, aunque tiendas a desmeritarte. No cualquiera sobrevive a tanto y tiene la cabeza tan entera como tú.
Mis hombros se convulsionaron en una risa suave e incrédula-. Tú lo sabes todo. -murmuré, sin esconder una sonrisa turbada, antes de enarcar una ceja al mirarla.
Megerah se encogió de hombros, exagerando el movimiento-. No, pero te conozco. -sus palabras me dejaron momentáneamente sin saber qué decir, hasta que la vi sonreír-. Admito que el hecho de que la morena estuviese constantemente hablando de ti, me ayudó a tener una opinión más consistente que la primera vez que nos vimos... cuando... ya sabes. -se señaló la cabeza, en el mismo sitio donde yo hacía meses había recibido un sartenazo.
Ese recuerdo afianzó un poco la sonrisa en mis labios-. No sé si alegrarme...
Ella enarcó una ceja, casi con gesto inquisitivo-. Alégrate. Te habrías llevado más de no ser así...
Y ahí, justo ahí, ambos reímos con suavidad. Era la primera vez desde que la conociera que teníamos un instante tan relajado. Erah parecía sesr la consecuente voz sabia que ignoraba los sentimientos desgarradores que presionaban mi pecho. Pero, sabía sus inofensivas intenciones. No podía negar que tenía toda la razón, aunque mi situación era algo diferente a la suya, por esos sentimientos más intensos que yo tuviera por la morena.

Pero, quizás, por esa pequeña bolita de adorabilidad que se sentaba en mi regazo y ahora se dedicaba a chuparse uno de sus pies mientras balbuceaba, ajena a lo que le había podido ocurrir a su madre, merecía la pena intentar seguir. El futuro y lo que pasara en él era más que incierto, por mucho que se quisieran cambiar las cosas. ¿Por qué no dejar de sufrir y disfrutar lo que por fin tenía?
Eso hice cuando Moira estaba a mi lado.
No tenía sentido que la llorase y me desesperase por su ausencia eternamente.
Elianne y mi desafío, ciertamente, eran mi prioridad.




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