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Cuando la veda se abre para los ratones [Aloine]

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Cuando la veda se abre para los ratones [Aloine] Empty Cuando la veda se abre para los ratones [Aloine]

Mensaje por Cedrik el Dom Ago 06 2017, 18:42

Estaba rodeado. Los gélidos orbes miraron tras de sí, hacia el precipicio, y volvieron rápidamente hacia sus perseguidores. No tenía escapatoria… ¿o sí?

No tenéis escapatoria, ¡rendíos!

¿Rendirse? ¿Él? Oírlo de boca ajena hizo que una de sus pobladas cejas se alzara con cierta incredulidad. Ese joven tenía agallas. Lo recordaría. El Teniente junto los pies en la repisa de tan alta cornisa y extendió los brazos formando una cruz, con bravuconería les guiñó un ojo, y se dejó caer hacia atrás. Hacia el inminente y oscuro abismo.



Un par de horas antes.

No —fue rotundo y autoritario—. Será tras el toque de queda. Mandad a la patrulla a mi posición y el resto dejadmelo a mí.

Pero…

La duda estaba más que presente en aquella única palabra, mas acabó sentenciada al exilio cuando el Teniente lo cortó.

Cuando quiera saber vuestra opinión os lo haré saber.

Clavó con molestia una daga en la mesa, atravesando con el filo el mapa y parte de la robusta mesa, y centró los gélidos iris en su compañero. No esperó una respuesta, tomó la cazadora de cuero que con presteza se puso y ató las correas de su espada a la espalda. Su vista danzó por la habitación buscando la bandana hasta que su camarada se la puso ante sus propias narices.

¿Creéis que es el mejor momento para ello? Acabáis de recuperaros de un ataque de huargos y desde entonces tenéis un humor de perros.

De eso ya hace varios días —farfulló. Le arrancó la bandana de las manos y lo miró con los ojos entornados. Había captado la mofa de la gracia y un gruñido salió de su garganta—. Sólo hazlo.

No necesitaba que le dijeran que estaba de mal humor, ni que intentaran averiguar el motivo que causaba ese estado. Él ya lo sabía. Y no era una causa que pudieran solucionar una pelea, acudir a la Flor Azul o usar las estrategias y pruebas de combate con sus subordinados. Pero cada una de esas acciones -de las que en los últimos días abusaba- ayudaban a menguar ese inquietante sentimiento que amenazaba con asfixiarlo. Había descubierto que era difícil volar cuando esperaba la caída. Y esa caída estaba siendo demasiado dolorosa. Ella se había ido, y estaba convencido que tras lo ocurrido no volvería.

¡A la mierda! ¡Sólo necesitaba encontrar una maldita distracción más interesante!

Y a pesar de ello, media hora más tarde, el híbrido seguía observando uno de los muelles vacíos del puerto. Un áspero y resignado suspiro salió desde sus entrañas. Dejó de martirizarse  y se encaminó a los barrios bajos de la Capital. El anaranjado atardecer indicaba que le quedaban apenas unas horas para realizar ese cometido. El mestizo, enfundado en ropas oscuras, cubrió su oculto rostro con la fina tela negra de su capucha y se dirigió a las primeras sombras de oscuridad. Allí se desvanecería fundiéndose con las penumbras.

La dulce voz de la ingenua criatura resonó en su cabeza armonizando ligeramente sus instintos y, aunque estuviera seguro de que era su imaginación, desvió la vista una última vez hacia los muelles. Sacudió su espina dorsal como si de un felino se tratase para intentar centrarse en su cometido y se agachó en ese desgastado tejado. Las tejas corroídas por los días de lluvia amenazaban con hacerle caer si no prestaba suficiente atención. Debajo de esos desgastados tejados, las callejuelas oscuras empezaban a iluminarse por las luces que salían de los hogares. Los gélidos orbes observaban la serpiente de iluminadas casas que recorrían la calle. Un par de guardias se encontraban a varias manzanas de su posición y, necios de ellos, nunca alzaban la vista para observar los tejados, aún menos cuando caía la noche. Saltó por los tejados hasta situarse cerca de los dos guardias, en esa posición podía ver la bifurcación de caminos que tenia delante y sonrió ladino.

La veda de caza se abría.




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Mensaje por Invitado el Lun Ago 07 2017, 03:22

El gran astro de a poco se iba ocultando por debajo del firmamento, como si los mares fuesen una gran manta que lo cobijaba. El naranja de los cielos poco a poco iba adquiriendo tonos oscuros, mientras Aloine esperaba paciente a la luna. Se encontraba recostada entre dos vigas del techo de una taberna próxima a los muelles, junto a ella había una jarra que apestaba a vino y en sus manos desmenuzaba un trozo de pan.

Llevaba puesta la ropa del día anterior, un par de botas de cuero negro muy flexible, calzas de lana de cordero color gris plateado y un jubón de terciopelo negro con motivos de lobos en dorado gastado. En el cuello le colgaba una fina cadena de plata y, sobre la ropa, un cinturón de cuero marrón. Finalmente, en las caderas llevaba colgado un puñal y un sable mediano, ambas armas en fundas negras y doradas. Sacó el puñal, comprobó el filo con la yema del pulgar, extrajo una piedra de amolar del bolsillo que le colgaba del cinturón y le dio un par de pasadas. Esa noche procuraría tener sus armas siempre afiladas.

Tenía la mirada tranquila, incluso aburrida, pero sus ocelos escondían ansiedad. La noche anterior no había podido conciliar el sueño y, de no cuidarse, eso podía entorpecerla y costarle la vida.

Pronto la lóbrega oscuridad tomó posesión de la ciudad, indicándole a la castaña que era tiempo de trabajar. Sacudió las migajas de sus manos y se puso unos guantes de lana negros, para luego atarse al cuello una capa corta que le llegaba hasta los omóplatos. Se agazapó sobre la viga y cubrió su rostro con la capucha, escondiéndolo entre las penumbras.

Dio un paso hacia delante y se dejó caer hacia el suelo, haciendo una pirueta al aterrizar para amortiguar su descenso. No demoró demasiado en llegar a los muelles, procurando estar siempre albergada por las sombras. Se escondió detrás de unos barriles y asomó la cabeza por el costado, pudiendo identificar una pareja de guardias. Con discreción y sin ser vista se acercó a ellos, levantó del suelo una roca robusta y sin demora se la lanzó al guardia que perfilaba hacia ella. Antes de que su compañero pudiera reaccionar pasó uno de sus brazos por debajo de la axila del hombre y con el otro envolvió su cuello, logrando obstruir el paso de aire al cerebro. En pocos segundos quedó inconsciente y Aloine se agachó ante el otro guardia. La roca le había dado justo en la nariz y no cabía duda que estaba rota, la castaña no pudo evitar contorsionar su rostro en una mueca de dolor.

Lo siento, love. Nada personal. —Antes de que pudiera decirle algo, levantó su cabeza con ambas manos y le dio un fuerte golpe en la nuca contra suelo.

Se puso de pie y limpió con las manos unas gotas de saliva que le habían quedado sobre jubón. Ahora debía esconder los cuerpos y seguir adelante. Todo iba bien y sin complicaciones, estaba dispuesta a apostar que esa noche la terminaría pasando en un calabozo.
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Mensaje por Cedrik el Lun Ago 07 2017, 22:56

Cuando silbó para captar la atención de los dos guardias que abrirían la veda de caza no esperaba que los muy hideputa estuvieran preparados. Y aunque sabía que su compañero de fechorías lo había delatado para que estuviera más entretenido, tenía que admitir que iba a matarlo. Absoluta y completamente. No tendría ni un ápice de piedad contra él. Eso lo sabía hasta la Reina Madre. Sus gélidos ojos se entrecerraron ante la voz de alto que apareció tras de sí y una sonrisa ladina, oculta por la bandana, se reflejó en sus labios. Un único hombre era el que había captado su atención. El mismo hombre le devolvía la mirada con divertida superioridad. Él, y sólo él, era el que iba a agonizar lenta, muy lentamente, en la arena de Talos cuando terminara el entrenamiento.

A por él —rugió y acto seguido se dio la vuelta, alzando la mano en señal de despedida.

¡Se podía ser hijo de más rameras!

Cedrik entrecerró más lo ojos si cabía y gruñó en un instinto más animal que humano. Para cuando el primero de los reclutas se acercó tiró de su brazo y lo lanzó contra los otros dos. El trío de guardias cayó en una maraña de entrelazados pies, brazos y ropas sobre el suelo. Había demasiado trabajo por hacer… Rodó los ojos y acabó dejándolos en blanco antes de salir corriendo hacia la bifurcación de un callejón. Si el ratón se estaba quieto, los gatos no aprendían a cazar.

Para cuando se vió acorralado en aquel tejado, sorprendido por la rapidez del aprendizaje de esos jóvenes, el Teniente empezaba a estar cansado de correr de callejón en callejón y de tejado en tejado. Había esquivado a los reclutas y guardias sin mucho problema. Y, por supuesto, había evitado luchar contra ellos. Ahora les enseñaría un truco nuevo. En realidad la idea se la había dado Zed años atrás...

Y entonces saltó.

Estaba claro: No tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo. Ni siquiera había trazado una vía de escape cuando se le ocurrió saltar con tanta arrogancia. Sintiéndose caer por el vacío creyó diferenciar un «¡Está loco!» que le hizo soltar una carcajada. ¡Oh, vamos, podían volar! A las malas siempre podía transformarse en dragón y evitar el trompazo contra el suelo. Si se controlaba bien la distancia… claro. Sus gélidos iris se centraron en la tierra que parecía agrandarse a medida que caía como un peso muerto y algo captó su atención. Ver caer a uno de sus chicos de una pedrada y como otro era noqueado lo hizo cambiar de planes.

Extendió el brazo derecho hacia la pared e intentó agarrarse a una de las cornisas. Su mano vibró en un millar de agujas clavándose en cada uno de sus poros y se adentraron como cuchillas en sus músculos. Notó como su mano dobló su tamaño en una fusión de la uña con la carne. Las conocidas y bicolores escamas de su forma de reptil rodearon su piel humana hasta cubrirla, y entonces, sólo entonces, su garra acabó incrustandose en el poyete de lo que antaño había sido una antigua ventana. Su vista entrecerrada, se fijaba en la encapuchada figura que había despachado a sus chicos en cuestión de segundos, y sonrió con diversión.

«Vaya vaya.. tenemos un nuevo ratón en la función». Cedrik ojeó desde su posición hacia los lados y comprobó las antorchas que le indicaban por donde acudirían sus patrullas. Cuando comprobó que la vía de escape más plausible era hacia los muelles se dejó caer. Su cuerpo rodó nada más tocar el suelo y se estampó por la inercia contra la pared de enfrente. Con graciosa -y fingida- torpeza acabó en una postura ciertamente cómica para cualquiera. Ladeó el rostro y sus iris se centraron en los motivos lupinos que lo hicieron emitir un gruñido molesto.

Huargos… —siseó contrayendo las pupilas.




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Mensaje por Invitado el Mar Ago 08 2017, 12:01

Se tardó más apartando los cuerpos de los guardias que dejándolos fuera de combate. Los muy malditos estaban muy gordos como para vivir del sueldo del ejercito, o robaban comida algún lugar o ella se encontraba del lado equivocado con la resistencia. Antes de abandonar los dos cuerpos, buscó en sus bolsillos y se quedó con un par de bolsitas de monedas como recompensa por no haberles dibujado una segunda sonrisa en la garganta, también estuvo tentada de quitarles las espadas y navajas, pero necesitaba seguir ligera.

Una vez estuvo dispuesta a seguir con su misión escuchó un sonido y los pelos de la nuca se le erizaron. Quedó quieta, como si al no mover una fibra de su ser se volvería invisible. No podía explicarse porque, pero de repente sentía un gran malestar, pero una corriente eléctrica le sacudió la espina y pudo volver a enfocarse en lo que hacía.

Rápida como una gacela se adentró por el callejón que los cerdos del ejercito habían estado cuidando, su objetivo se encontraba tal vez un par de metros más adelante. Escuchó voces a lo lejos y dio dos pasos sobre una pared, para luego impulsarse con ella y usar un tubo metálico que sostenía un cartel para ascender hasta los tejados. Dio una elegante pirueta en medio del aire y aterrizó con todo el sigilo que pudo, pero las tejas estaban podridas y viejas, era inevitable que una no se partiera contra el suelo.

De repente las voces se callaron y se agazapó contra la cornisa, apoyando el estómago. El velo nocturno estaba de su lado y pudo escapar la mirada de un guardia que habían enviado a investigar. Caminó en cuclillas hasta el borde trasero de la construcción, donde pudo ver un almacén que tenía solo dos hombres armados cuidando la puerta de entrada, pero al lado había un puesto de guardias. Las luces anaranjadas y las risas desvergonzadas eran un aviso de cautela para la parda, al mínimo descuido tendría a toda una guarnición persiguiéndole el resto de la noche.

Dioses... En las cosas que me meto. —Se susurró a sí misma y cerró los ojos, mientras en su mente recitaba una oración, esa noche iba a necesitar la ayuda de algún Dios, fuese cual fuese.

No podía incapacitar a los dos hombres que cuidaban la puerta, el sonido de sus armaduras al caer llamaría la atención de los demás. Necesitaba deshacerse de los que estaban en el puesto con algún tipo de distracción, así podría colarse en el almacén antes de que se dieran cuenta. Estuvo un buen rato tratando de pensar como hacer eso, hasta que vio la solución justo al lado de ella.

Se desprendió del cinturón una de las bolsitas de monedas que le había quitado a los guardias y dentro de ella puso un puñado de heces, lo ató con un cordón y se quitó los guantes, no quería tocarse la cara con ellos por error. Se irguió y saltó sobre la muralla, que seccionaba aquél lugar como una especie de patio, tratando de mantener el equilibrio. Llegó hasta el techo del puesto guardias y dejó caer por la chimenea la bolsita llena de mierda, para luego tomar una teja que estaba floja del suelo. Los guardias no tardaron en salir tosiendo, vomitando y maldiciendo. Fue entonces que arrojó la teja contra una ventana, rompiendo ambas, de manera que la gran mayoría fue a buscar el causante de tal travesura.

Ahora solo quedaban los que vigilaban la puerta de entrada, quienes compartían risas por lo que acababa de ocurrir. Aloine se dejó caer al suelo y ni bien pudo levantarse corrió a toda velocidad hacia el que estaba a la izquierda, el hombre al verla quiso desenfundar su arma y decir algo que seguramente sería parecido a "quieta en el nombre de la Reina Madre", pero ella saltó en el aire y se perfiló de costado, trayendo ambas rodillas hasta el estómago y descargando la inercia con una fuerte patada sobre el pecho del guardia, haciendo que este se chocara contra su compañero y cayera torpemente al suelo. Ella aprovechó la falta de equilibrio del segundo guardia y desde el suelo le dio una  fuerte patada al talón, haciendo que también cayera con fuerza.

Aprisionó el cuello del primero en el arco del codo y apretó con fuerza, sofocándolo sin piedad, mientras que levantaba su pierna derecha lo más alto que pudo y la hizo descender rápidamente contra la cara del segundo. Una vez dejó de moverse, el que tenía entre su brazo y la axila, lo soltó y comprobó que el otro también estuviera fuera de combate. Se levantó y nuevamente se quitó la suciedad de la ropa, buscó en los cuerpos la llave del almacén y tras encontrarla abrió la puerta.

El lugar se encontraba oscuro, pero su mirada lapislázuli podía diferenciar con modestia qué era qué. Arrastró los dos cuerpos dentro y se limpió el sudor que perlaba su frente, había sido difícil, pero ahora solo quedaba marcar cajas. Pan comido, o eso creía.
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Mensaje por Cedrik el Miér Ago 09 2017, 21:02

Cedrik observaba como los odiosos huargos escapaban de su vista y huían como una presa asustadiza. La sorpresa lo había invadido al ver como la pequeña figura se había detenido en la oscuridad, como si ello conllevara el evaporarse, y comprobaba que el estruendo de su caída no auguraba un peligro cercano. Tal peligro como él. Cuando confirmó que el ruido no era seguido de más retornó a la desconocido misión que la movilizaba. A decir verdad, era sumamente interesante. Perdida de vista en ese salto hacia la parte alta de uno de las azoteas colindantes, el mestizo se sentó a esperar que parte de su guarnición lo atrapara. Los primeros en llegar fueron los que habían creído atraparlo en la azotea. Sus respiraciones agitadas delataban que habían corrido sin pausa en un descenso de muchos pisos hacia abajo. El alivio de la más joven se vio fácilmente reflejado al sentirla caer de rodillas y apoyaba la cabeza temblorosa en su propia lanza. Cedrik simplemente se enderezó en el suelo, se acercó y le palmeó la cabeza dándole cierta tranquilidad. Él, aunque fuese un loco, no moría por tan poco. No esperó mucho para divisar al resto de las patrullas.

El juego había cambiado. La calma se alteraba. No estaba seguro si la tormenta surgía por los sentimientos que intentaba aplacar con todos sus esfuerzos o porque su cicatriz parecía arder en un intento por abrirse y arrancarle el corazón. Pero todo ello era sumamente doloroso. Últimamente sus sentimientos estaban alterados. Lo estaba achacando a la ingenua criatura que lo había dejado en el Templo sin una dichosa despedida. Esa ingenua criatura que poco a poco lo estaba volviendo loco. ¿O lo estaba ya? Frotó con nada de cuidado la cicatriz de su pecho y gruñó al recordarla. Un largo silencio se hizo en la bifurcación de caminos. Tan largo que pareció ser eterno. Cuando el mestizo habló las órdenes fueron tan claras y concisas que los reclutas se limitaron a asentir y confirmar con un «Sí, señor» antes de desaparecer por los callejones.

«Encontrar y capturar», había especificado.

Por su parte estiró los brazos hacia delante e hizo crujir los huesos de sus muñecas. Llevó una mano al hombro contrario y presionó hasta que el hombro tronó. Hizo lo propio con el contrario. Se aseguró que la herida de las dentelladas no se había abierto por la caída y tras comprobar que así era se encaminó al callejón por el que la acrobática figura trepó. Siguió sus pasos, más o menos, los gélidos orbes del Teniente divisaron el tubo que había servido de impulso para la otra y alzó una ceja. Eso no aguantaría su peso. Se adentró algo más en el callejón y giró hacia una de las calles más estrechas. Con algo de impulso y estrategia dio un paso en la pared de la derecha, tomó impulso a la izquierda, y repitió el movimiento zigzagueando entre paredes hasta que sus manos tomaron el borde de una de las azoteas. Se impulsó hacia arriba y se agazapó observando los tejados. Amparados por la oscuridad sendos hermanos observaban objetivos diferentes y mientras ella parecía elaborar su plan, Cedrik se acercó con sigilo; mas esperó paciente entre la oscuridad y una apartada pared maltrecha a que la desconocida actuara. No tuvo que esperar demasiado. El sonido de las ventanas rompiéndose y los guardias dando la voz de alarma fue suficiente para saltar por el último de los tejados. Se acuclilló donde poco antes había estado tumbada la desconocida y sonrió ladino al comprobar cómo volvía a aplacar a dos de los guardias en un suspiro. Aquello empezaba a resultar vergonzoso. Casi agradeció comprobar que al menos aquellos no eran de su guarnición.

Cedrik esperó a la que figura se adentrara con los guardias al interior del almacén para saltar con presteza y, lejos de usar la muralla como pasarela para alcanzar el puesto de guardias, simplemente se colgó de donde estaba y se dejó caer usando la pared de apoyo. La caída hizo que sus rodillas se doblaran vagamente. Bajó la bandana que ocultaba la mitad de su rostro y se deshizo de la capucha para despeinarse el pelo mientras debatía qué hacer. Hasta que la idea le vino a la cabeza y sonrió con perspicacia. Volvió a levantar la bandana para ocultar la mitad de su rostro. Un par de cajas apiladas le sirvieron de escalera suficiente para dar dos pasos sobre la pared y llegar a un ventanal lateral. Con la diestra empujó el cristal con sumo cuidado y abrió la ventana por la que acto seguido se coló. No se olvidó de volver a cerrar la tras sí. Ahora, acuclillado como se encontraba, vigilaba desde aquella pasarela el interior del almacén y a la intrusa que se paseaba entre las cajas.

Se acercó al borde de la pasarela, cuando estuvo seguro que la mujer hacía algo en las cajas, y se deslizó por la barandilla hasta aterrizar en la parte superior de una de ellas. Delante de él tenía otra caja de menor tamaño que, si permanecía agachado, podía servir de escondite. Al menos hasta que… Oh, ahí estaban. El sonido de las placas de los guardias retumbó cercano. Pronto unos seis hombres, sus chicos,  aparecieron por la puerta que rápidamente bloquearon y alarmaron a los guardias que habían desparecido para reconocer la causa de los intrusos. La voz de mando y órdenes del soldado que había dejado al mando eran concisas. Casi se sentía incluso orgulloso, mas no aún no. Se sentiría más orgulloso si cazaban al ratón.  Fue pronto cuando los guardias empezaron a barrer el almacén en busca de la desconocida.

El mestizo, lejos de querer ayudar en la improvisada prueba, se impulsó de nuevo por la caja por la que había descendido y volvió a subir a la pasarela para tener un mejor ángulo de visión. Esperaba no tener que actuar en aquella persecución de seis contra uno.




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Mensaje por Invitado el Vie Ago 11 2017, 14:50

Paseó entre las cajas durante un rato, tratando de identificar con su olfato cuales eran las que debían ser marcadas. Cada vez que encontraba una desenfundaba su puñal y con la punta de este dibujaba una pequeña "x", la cual pasaba desapercibida si no se prestaba especial atención. Estaba bastante contenta consigo misma, había logrado llegar hasta ahí sin que la vieran y en cuanto terminara nadie nunca sabría que había estado haciendo de las suyas. Incluso había comenzado a tararear una canción, como quien olía rosas en lugar de cajas.

Al menos fue así hasta que escuchó las pisadas de los guardias que se habían agrupado en la entrada, cosa que la hizo maldecir por lo bajo. Se agazapó contra la caja más próxima y probó el filo de su puñal con el pulgar, si eran demasiados tendría que salir peleando de aquél almacén. Su mente comenzó a idear un plan, alguna estrategia que la ayudara a salir sin que la viesen. El almacén contaba con pequeñas ventanas a los costados, por las cuales podría salir, pero no estaba segura si se podían abrir desde adentro. No podía perder el tiempo, ellos tenían la ventaja de sus números, pero ella tenía las sombras y el elemento sorpresa. Chasqueó los dedos y pequeñas chispas saltaron, todavía no podía lograr llamas, solo se valía de su agilidad y su acero.

Cerró los ojos, contó hasta tres, y normalizó su respiración. Entonces salió de su escondite, procuró caminar sin hacer ruido y lo más pegada posible contra la pared. Los  guardas se habían separado en unidades para encontrarla más deprisa, uno de ellos estaba al otro extremo de la cornisa contra la que estaba apoyada. De pronto salió a toda velocidad, le puso los guantes sucios en la boca al hombre y el acero de su puñal dibujo una estela plateada que tuvo fin en su muslo izquierdo, no tenía tiempo de hacerlo de manera limpia. El guardia quiso gritar de dolor, pero se vio ahogado por los guantes. Antes de que pudiera hacer más ruido, Aloine lo golpeó en la nuca con el extremo sin punta, dejándolo completamente fuera de combate. Rápida y sigilosa siguió adelante, la luz la iba guiando hacia la salida. Se detuvo de repente y notó a otro guardia, suspiró y se lanzó a toda velocidad contra el hombre.

¡Está aquí! —Gritó mientras le apuntaba con la punta filosa de la lanza.

Ella dio un par de pasos en la pared y envolvió el cuello del contrario con un brazo, apresándolo en el arco del codo, para así impulsarse contra la pared y hacerle caer con violencia hacia el suelo. Aquello no lo dejaría inconsciente, pero no podría pararse por unos minutos. Se levantó del suelo y comenzó a correr, el guardia ya había llamado a sus compañeros de armas y no había nada que pudiera hacer más que huir. Otra guardia apreció a escasos metros de la puerta, disponiéndose a  atravesarla con la lanza. Pero la mestiza fue demasiado rápida y arrojó su puñal contra ella, la mujer cerró los ojos y Aloine pudo jurar que sintió el hedor de la orina. La hoja del arma no se clavó en la carne, sino en la tela de su uniforme y luego penetro la madera de la pared, evitando que pudiera moverse, más por el susto que por el puñal. Aquello era una lastima, a ella realmente le gustaba esa arma.

Una vez fuera se alegró de sentir la brisa nocturna, pero esta no duró mucho, a lo lejos se sentía el sonido de más botas en camino. Se dispuso a correr de nuevo para trepar la pared que le enfrentaba. Entonces algo chocó contra ella con una fuerza tremenda, sus pies se despegaron del suelo y de pronto este yacía  horizontal. Su brazo derecho derrapó contra el suelo y su capucha se corrió hacia un costado. Tenía los ojos cerrados y el susto la había hecho perder el aliento, su brazo le escocia y sentía pequeñas piedras en su boca. Giró para quedar acostada y cuando sus ojos se abrieron, volvió quedarse sin aire.

Sobre ella se posaba una mirada cerúlea como el hielo, era brillante y familiar. Era como ver sus ocelos reflejados en el agua. Era un fantasma. Dentro de su mente algo se abrió, algo que había estado cerrado la mayor parte de su vida.

«¿Cedrik?»

Quiso hablar, pero quedó en el intento. De repente el mundo se sacudió, sintió sus oídos pitar y manchas negras comenzaron a oscurecer su campo visual. Entonces quedó tendida en el suelo, su cara al brillo de la luna y su mente aturdida e inconsciente.
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Mensaje por Cedrik el Lun Ago 14 2017, 19:38

Desde su privilegiada posición podía comprobar cómo ese ratoncito marcaba ciertas cajas del almacén. Su ceja se alzó en un intento por recordar el contenido de las mismas, mas lejos de recordarlo lo deshechó por el momento. Estaba seguro que posteriormente lo averiguaría. Apoyó los codos en la barandilla. Parsimónico y estoico, como quien miraba una función, y ladeó el rostro al percibir como la risueña figura se animaba en su escasa victoria. Una sonrisa ladina se perfiló al ver como el escurridizo ratoncillo se percataba de la artimaña. Sus gélidos ojos la perdieron de vista unos instantes al haberse ocultado. Sólo unos segundos. Hasta que su pequeña capucha emergió de nuevo de entre las cajas.

Ya había visto su forma de actuar. No necesitaba más al ver que el primero de los guardias era abatidos y rodó los ojos. Ese entrenamiento le iba a llevar más papeleo del que había creído y eso era algo que no le agradaba en lo más mínimo. Desvió los iris cuando percibió la precisión de la llave que noqueó a otro de los guardias. Cerró los ojos en un suspiro largo y tedioso, esos chicos tenían demasiado que aprender. ¿Y estos reclutas eran los que debían proteger a los ciudadanos de Talos? No le extrañaba que los insurgentes acabarán llevando a cabo sus ataques. Anduvo sobre la pasarela hasta llegar al lateral de la entrada. Se deslizó por la barandilla hasta las cajas cercanas y su mirada se ensombreció al ver el brillo de la daga clavarse cerca de Emma, la más joven. Eso si que no.

No tardó ni cinco segundos en acortar la distancia de las cajas hasta la joven recluta  y comprobar que no había sido dañada. Palmeó con calidez la cabeza llorosa de la joven para calmarla. Su diestra sacó con enojo la daga de su prisión de madera y la presionó hasta que sus nudillos quedaron blancos. Iba a permitir que se fuera, que a pesar de saltarse el toque de queda o fuera un terrorista, si sus chicos no lo cazaban,  estaba dispuesto a dejarlo marchar. Pero no le agradaba que hicieran llorar a las damas, y el ratoncito había roto uno de sus códigos morales. Con sombría y férrea determinación salió del almacén, con daga en mano, y divisó a la escurridiza figura. Examinó la periferia y determinó por dónde huiría.

Para cuando el ratón quiso darse cuenta, Cedrik ya había calculado el punto determinante, en base a la estatura, para hacer la intercepción y ocasionar la fatídica caída que daría fin a la persecución. La ligereza del cuerpo lo hizo fruncir el entrecejo al percibir, demasiado tarde, que había usado más fuerza de la necesaria en el bloqueo. El cuerpo que reconoció como femenino poco antes de comprobarlo con sus gélidos ojos, derrapó sobre la gravilla del pavimento. Lejos de acabar él también en el suelo, se reincorporó e hizo unas señas a los que llegaban.

Llevad a los heridos a la enfermería y comprobad las cajas marcadas —ordenó recuperando el aliento del placaje—. Quiero un informe en mi mesa al amanecer.

Se acercó a la tendida mujer y la observó desde la altura. Impertérrito. No prestó la más mínima atención a la horrorizada, o sorprendida, mirada que la desconocida mujer le devolvió. Siquiera hizo un amago por calmar el reclamo que había apuñalado a su medio corazón, poco antes de que una patada fuera a parar en el perfilado rostro femenino.  Si hubo sorpresa, no se reflejó en el rostro del Teniente; mas el repentino dolor punzante se vio extinto al mismo tiempo que la luz de las preciosas esferas lemanita. Cedrik  se acuclilló ante el cuerpo desmayado de la mujer, apartó un mechón de su rostro, y la observó con interés.



Domicilio familiar. Un par de horas después.



El magnífico salón donde se hallaban constaba de un enorme hogar y podían observarse caer prolongadas telas rojizas y blancas con el escudo de la familia. Éstas caían desde el alto techo hasta el suelo por las paredes, junto a ellas podía observarse las lámparas de aceite bizqueaba ante la más mínima brisa. La enorme mesa en forma de U descansaba en el centro de la estancia y un par de enormes sillones de telas escarlatas se recogían al resguardo del calor del hogar. Empereo, lo que más llamaba la atención, quizás, era un enorme cuadro familiar que pendía encima de la chimenea. Su tío, Alec, había pedido que se retratara para que la felicidad de antaño fuera recordada por todos los que allí pusieran sus pies. Un legado que Cedrik habría quemado gustoso al estar su abuelo reflejado en él, mas no lo hacía por el simple hecho de que sus padres, su tío y su melliza se encontraban retratados en el mismo lienzo. Un mal menor no enturbiaría algo que había sido trazado a partir de los recuerdos de antaño.

Ine, cuando despertara, se vería atada de manos y pies en una estrambótica silla. Su daga, la misma que había osado lanzar contra uno de sus chicos, permanecía incrustada en la madera de la enorme mesa en forma de U. Al alcance de la mano de su hermano. Cedrik, por su parte, estaba sentado frente a ella, con los pies sobre la misma mesa, y con los ojos cerrados en un aparente y armonioso sueño. Si en realidad estaba dormido o no sería algo que la recién descubierta enemiga del reino tendría que descubrir por sí misma.  




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Mensaje por Invitado el Mar Ago 15 2017, 14:08

Diferentes imágenes llovían sobre su memoria y como gotas de tinta, espesas y oscuras, le atormentaban en su inconsciencia. Al recobrar la compostura sintió su cabeza zumbar y todos los sonidos parecían ser amortiguados por una capa de agua, como si se encontrara sumergida en los más lóbregos mares. Quiso abrir los ojos, pero el brillo de la fogata y las lamparas parecían alumbrarle dentro del cráneo. Sintió una puntada terrible en su sien y quiso comprobar la herida con sus dedos, pero sus restricciones se tensaron y devolvieron su muñeca a su sitio. Maldijo en voz baja, apretando los dientes. La habían capturado y ahora se encontraba a la merced de los perros, solo que esta vez no había nadie que arriesgaría el pellejo por la híbrida desconocida.

Abrió los ojos despacio, dándoles a estos una oportunidad para que se acostumbraran a la iluminación. Su sorpresa fue evidente cuando descubrió que no estaba en las mazmorras, pero eso no la tranquilizó. Se tomó unos segundos para calmarse y controlar su respiración, si entraba en pánico no había oportunidad de que pudiera evaluar su situación. Lo primero que cautivó su mirada fue el hombre que estaba dormido frente a ella, con los pies arriba de la mesa de manera despreocupada, seguramente era el perro del lord dueño del lugar. El brillo anaranjado de su puñal le llamó la atención, torció el gesto y lo observó durante unos instantes. También estudió el gran salón en el que se encontraba, era gigante y tenía toda la parafernalia digna del hogar de alguien importante. La luz titilante de la chimenea y lamparas parecían danzar sobre las paredes, hacía que los rostros del retrato casi parecieran vivos, los retorcía y cambiaba. Obviamente se trataba de otra maldita y orgullosa familia de dragones, Aloine escupió al suelo en cuanto aquellas miradas se posaron ante ella.

¿Sería sabio intentar escapar? Se preguntó una y otra vez, no tenía nada de información acerca del lugar en el que se encontraba. No sabía si más allá de las puertas encontraría otra guarnición de guardias esperándola, estaba desarmada y herida, incluso le comenzaba a costar mantenerse despierta. Pero su instinto fue el que tomó la decisión, si se quedaba en las manos del ejército no tardaría en llegar a los calabozos de la inquisición.

Miró las restricciones que la mantenía en su asiento, eran cuerdas gruesas y estaban bien apretadas, la fuerza bruta no le serviría. No era su primera vez en una situación como esa, sabía como podía liberarse, pero eso solo le hacía odiar más la situación. Contó hasta tres y acercó su boca hasta el pulgar derecho, lo tomó con sus dientes y comenzó a tirar de él. Se contuvo las ganas de gritar y una lagrima se deslizó veloz sobre su mejilla, antes de lograr sacar el hueso de su lugar. Entonces estiró los dedos y liberó su mano de la atadura, para luego tratar de volver a acomodar su dedo. Ahora era rígido, iba a tener transformarse para reparar las articulaciones. Se estiró lo más que pudo hasta que sus dedos rozaron su puñal y poco a poco lo fue acercando a su alcance, hasta que por fin lo pudo tomar.

Una vez estuvo libre, se acercó al hombre que tan plácidamente dormía. Tomó sus cabellos y le hizo estirar el cuello, haciendo que el acero besara la la piel de este. Quedó en completo silencio cuando su mirada se encontró con la suya, la mano que sujetaba el puñal comenzó a temblar y se mordió la lengua. Quería gritarle, quería llorar, quería reclamar. Pero cualquier intento de palabra se ahogaba en su garganta.

¿Adonde... Me has traido? —Fue lo único que dijo, sin quitarle el puñal de encima, mientras sus gélidos iris eran rodeados del carmín que retenía sus lagrimas.
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Mensaje por Cedrik el Mar Ago 15 2017, 21:21

Tal vez la peor pesadilla era aquella que, una vez despierto, uno constataba que no había sido un sueño sino una expresión de la realidad. Y que el mal sueño, el que lo había torturado durante toda la noche con las más severas amonestaciones y amenazas, era, comparado con la experiencia de la realidad, una perturbación que se desvanecía, mientras la experiencia de la vigilia era una presencia apremiante que atenazaba cualquier voluntad de decisión. ¿Cuántas veces, durmiendo, soñaba que aquello que experimentaba era solamente un sueño y que, como tal, desaparecería con la vigilia y podía seguir durmiendo, tan tranquilo?

La pesadilla era un sentimiento profundamente único, arraigado en sus temores no resueltos, en angustias ignoradas, en transgresiones que venían a cobrar su deuda. En la pesadilla se contemplaba a sí mismo en un trance que ponía en evidencia la fragilidad de su cuerpo y de su mente como si estuviera sometido a una violencia que le arrancaba lo más específico de su ser, la existencia, y en su lugar lo ocupaba un secreto del que quería olvidarse y que se manifestaba más que en una imagen o una representación, como un vacío atiborrado de remordimiento y de pesar por lo que se había hecho o por lo que se había dejado de hacer.

Su pesadilla era un tono grave, severo y denso, por el que era muy difícil avanzar por lo compacto del aire que lo encarecía todo; por esa razón el color de su pesadilla era de un gris plomo por la pesadez compacta de la materia onírica. La pesadilla era ante todo una atmósfera, también pesada por la multitud de acreedores que rodeaban su camastro. Era una atmósfera turbadora por lo que tenía de profética, premonitoria, y aclaratoria. El terror de la pesadilla se daba por la inminencia de lo que iba a suceder o de lo que estaba sucediendo y de lo que no había escapatoria posible, como un acto ineludible que venía a recaudar lo que se le debía y en el que el mestizo reconocía la deuda que debía abonar. Siempre en la pesadilla uno se sentía en deuda, y debía pagar por unas decisiones que habían tenido unas consecuencias nefastas que ahora, en el mal sueño, se dilucidaban.

En su pesadilla, el temor y la proximidad del peligro afirmaban la precariedad de la existencia real y la proyección de esa precariedad en un futuro inmediato, de aquí que el sueño malo se viera vinculado a las terribles premoniciones que más pronto o más tarde iban a cernirse sobre él, que en la pesadilla se encontraba a merced de una presencia lacerante en el espacio onírico. Espacio angosto, paradójicamente de dimensiones inabarcables, donde la oscuridad penetraba hasta los intersticios y los pliegues tectónicos de su conciencia malparada.

Pero él no estaba sumido en una pesadilla.

No opuso resistencia. La descarga causada por los finos dedos que retenían su rubio cabello, en esa latente amenaza, lo hicieron abrir los ojos pasados los segundos. Parsimónico y estoico. Había estado pensando en ello, pero seguía sin entender qué había llevado a una traidora del reino a mirarlo de aquella forma. Y aunque se devanara los sesos se negaba a ceder al deseo de creer. De tener cierta esperanza. Por eso había optado por urdir esa artimaña, a la necesidad de saber qué la había llevado a mirarlo, antes de haber quedado inconsciente, de esa forma. Esa mujer había conseguido que el vacío constante de su corazón se cerniera en un sentimiento de malestar. Un sentimiento que lo hacía caer a un infierno. Su infierno.

Ahora la amplia extensión de su cerúlea mirada encontró la visión más enternecedora que había visto en años. No estaba preparado para ello pero él sabía que no lo estaría ni en un millón de años. La acuosidad lemanita que le devolvía la mirada atrapó sus sentidos e hizo que contuviera el aliento. En el intento por encontrar las palabras que no conseguía emitir le pareció conmovedora y, pese a que no alcanzaba a percibir qué deseaba decirle, su angustia era tan significativa. La fiera guerrera se había convertido en un tembloroso cervatillo que quería proteger. Notó como el filo de la daga se movía inquieta por el estremecimiento que le causaba y la pregunta osciló hasta romper el sepulcral silencio.

«A casa»

Las palabras surgieron desde lo más profundo de su corazón, ni siquiera había movido los labios. Su voz voló presta a través de su pensamiento,  por la unión neuronal que lo unía a su melliza, y no se detuvo hasta instalarse en ella. No había muro. No había bloqueo. Su voz no retumbó en un eco hueco por culpa de una muralla. Sus iris se opacaron. Ensombrecieron el ápice de felicidad que tintineó en su medio corazón. Percibió como su mandíbula volvía a tensarse bajo la piel y como el filo de la daga le rascaba la garganta al respirar; le resultó irónico. Todo ello.

Si lo prefieres puedo reducirte y llevarte a una fría celda —sonó autosuficiente. Sus dedos tamborilearon la superficie de la robusta madera en aparente calma—. Veo que has recuperado tu daga. La pregunta es: ¿serás capaz de usarla? Ahora mismo la fierecilla que había en los muelles parece temblar como un junco ondeado por la brisa más precaria.

Llevó la siniestra a la mano que sostenía la daga e intentó apartarla sin mucho empeño.

Suelo pagar mis deudas, pero no con mi vida.




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Mensaje por Invitado el Miér Ago 23 2017, 20:15

«¿Casa?»

La palabra resonó en su mente una y otra vez, primero fue repetida en la voz de su hermano y luego con la suya. Las palabras que él entonó rebotaron en sus oídos, carecían de significado. Ella estaba en silencio, sin sacarle los ojos de encima al que era su hermano. Sus cabellos parecían hilos bañados en cobre brillante, enredados de manera cuidada. Sus ocelos eran azules y chispeaban, como si alguien hubiera destrozado un trozo de hielo e iluminado los pedazos con una luz blanca. Eran fríos y como los de ella, la mirada de la madre que compartían.

Aloine dibujó una soberbia línea con sus labios, en un condescendiente gesto. Expulsó aire por su nariz, como si estuviera conteniendo una risa. Aquello le parecía un buen chiste, una broma tan cruel como graciosa. Había pasado tantos años de su vida ella sola que se había olvidado que su corazón carecía de una mitad, había olvidado que antes del acero había tenido a un hermano. Sí, tenía un hermano, un hermano que había corrido hacia un rumbo desconocido y la había dejado escondida en un asqueroso recoveco. Miró a su alrededor, la sala era ahora completamente diferente. Aquella era la casa ancestral de su familia, la niña del retrato era ella y el blasón era el que su padre vestía para las batallas. Cerró los ojos y negó con su cabeza. Tal vez en algún tiempo esa había sido su casa y su escudo, pero el día en que Cedrik la dejó atrás ella se vio obligada a ser alguien más.

Con cuidado y de manera pausada quitó el filo de la garganta de su hermano, como si aún no estuviera confiada de que él no la atacara. Hizo girar el puñal sobre su mano e instintivamente quiso enfundarlo, pero era obvio que la había despojado de su cinturón y sus armas. Entonces volvió a jugar con el puñal y lo dejó clavado entre el pequeño espacio que había entre el índice y el dedo medio de Cedrik.

«Has llegado demasiado tarde, Cedrik. Dos décadas demasiado tarde.» Le dijo con su mente, de la misma forma que él le había hablado.

No sabía identificar sus sentimientos, eran demasiados como para poder ponerle un nombre. Rió para si misma y se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja.

A mí no me debes nada, aquella niña murió hace mucho tiempo. —Sonrió, dulce y radiante—. Y el que llevaba la espada que la mató eras tú.
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Mensaje por Cedrik el Jue Ago 24 2017, 11:48

La interrogativa voz resonó en su cabeza de manera molesta. ¿Eran tan difícil creer que la traía de vuelta? ¿Que estaba en casa? Su casa. El único legado que tenían de sus progenitores. Había recorrido durante años la faz de la tierra hasta que su tiempo se vio suscrito al Ejército, pero de eso apenas habían pasado un par de años. Los mismos en el que el mundo empezó a mutar en esa nueva era de subterfugio para los suyos. Sabía que estaba viva, pues su medio corazón seguía con la esperanza de encontrarla, y he aquí que se hallaba su otra mitad. Se amonestó internamente al no creerlo desde el inicio, por pensar que la independiente y fuerte mujer en que se había convertido no era ella, pero se equivocaba. Igual que él, ella había pasado dos décadas sobreviviendo, dos décadas que la habían llevado a delinquir en aras de… ¿los insurgentes?.

Sus iris se cristalizaron en una sombría mirada. Podía ser. Explicaría por qué no la había encontrado, por qué estaba en el almacén y por qué su condición de militar había aumentado el asombro de su hermana en el reencuentro. Jugaban en equipos contrarios de un campo minado.

Liberado de la atadura del puñal llevó la diestra al cuello comprobando que el sentir era únicamente eso y que su cuello seguía intacto. Sus iris se desviaron hacia el puñal que amenazadoramente había incrustado entre la oquedad de sus dedos y frunció el ceño. Notó como cada uno de sus músculos se tensaban ante la acusación. Y no rebatió sus creencias, sus ideales, Ine creía que llegaba tarde. Cedrik lo había hecho. La había dejado vagar en el mundo sin su protección y ahora se había convertido en… ¿en qué se había convertido? Su dulce hermana había sobrevivido y le había demostrado cómo. Era posible que llegara muy tarde y que ella no lo necesitara, pero él la necesitaba a ella. Siempre la necesitaría.

El dolor martilleó su vitalidad y lo engulló en las sombras. Sintió como sus pulmones se arrullaban con una espesa y cortante bocanada de aire que lo asfixió. ¿Él la había matado?

Te lo pondré fácil —fue casi inaudible, como una desgarrante confesión.

El Teniente tomó el puñal con un ágil movimiento y con la misma presteza se levantó de la silla. Su inminente figura volvió a sobrepasar la de su hermana en la totalidad de su envergadura y, por un segundo, sólo uno pudo verse la duda en la gélida mirada. Una duda que se evaporó en el mismo instante que tomó la mano de Ine y le depositó el puñal en la misma. Estaba seguro que por reflejo lo tomaría. Así pues, la obligó a acercar el puñal a donde se situaba su medio corazón y presionó haciendo que el filo se clavara en la cicatriz de su carne. El calor de la sangre empezó a brotar de la incisión, mas cuando una pequeña parte de la daga se hundió, dejó de presionar.

«Es cierto, no he llegado a tiempo, no conseguí alcanzarte. Y si soy la causa de tu muerte, de arrebatarte la vida... te doy la mía», sus palabras brotaron como un ruego hacia su hermana. Estaba dispuesto a morir si Ine era quién lo ahogaba en las aguas del río Estigia, si así conseguía que el daño causado en Isaur hacía más de dos décadas se sosegaba con su muerte.




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Mensaje por Invitado el Dom Ago 27 2017, 22:42

Cuando se levantó ella permaneció firme, ya había enfrentado hombres que le sacaban el doble de su volumen, no flaquearía solamente por un intento de ser disminuida. Estuvo a punto de decir algo ingenioso, para hacerle entender que estaba más que dispuesta a presentar pelea, pero sus labios se sellaron cuando él colocó en sus manos el puñal. Sintió como la punta atravesaba su carne y cuando lo vio a los ojos, a ella también le dolió. En aquel momento él había vuelto a ser Cedrik, su hermano. Sus ojos parecieron no envejecer y se sintió frágil y menuda ante él. Sus belfos temblaron y de sus ocelos brotaron lagrimas, calientes y cristalinas. La miraba como el día en que la había abandonado, con aquella estúpida esperanza ingenua que tenían todos los hombres de su estúpida e ingenua familia.

Se apartó de golpe, dándole la espalda y por unos segundos se permitió ser frágil. Las lagrimas cayeron por sus mejillas y ella intentaba con todas sus fuerzas tragarse el nudo que se había atado en su garganta. Sentía que su medio corazón se había encogido al tamaño de un puño y que presionaba con fuerza dentro de la cárcel que era su pecho. Inspiraba con fuerza, tratando de aplacar de una vez por todas aquella oleada de emociones que sentía.

Solo un idiota busca pagar muerte con muerte... —Su voz era un hilo tembloroso que se movía en el aire. Volvió a inspirar con fuerza y suspiró, tranquila, el nudo se había vuelto palabras—. La muerte solo puede pagarse con vida.

Se secó las mejillas con la manga de su jubón y se dio media vuelta. Sus ojos se habían enternecido en rojo, pero su color cerúleo seguía siendo gélido. Ya no había rastro de la fragilidad que la había poseído, había vuelto a ser Aloine la huargo. Pero a pesar de eso, no podía ver a su hermano a los ojos, su mirada se refugiaba en el venado coronado blanco que representaba el escudo de su familia.

Yo... Necesito mis cosas e irme... Debo reportar mi fracaso. —Escupió aquella palabra como si fuera ácido dentro de su boca, pero como cualquier otra persona, sentía la necesidad de retirarse y lamer sus heridas.
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Mensaje por Cedrik el Miér Ago 30 2017, 19:33

Se dice que para situaciones desesperadas, hay que tomar medidas desesperadas y era posible que la magnitud y la opción que había tomado fueran causados por esa generacional frase de hace siglos. Otro podría haberlo considerado una locura por la contradicción que acababa de darle a su propia hermana, pero ella, debido al shock de la situación, no se había percatado siquiera de ello. Incluso él, por un segundo había dudado de ella, se había permitido flaquear ante la idea del: «Y sí...», pero dio un salto de fe. Un gran salto de fe.

Dos décadas era demasiado tiempo para cambiar a alguien. Ella había cambiado. Él había cambiado. Pero… ¿hasta qué punto? No tanto como ambos deseaban aparentar. La evidencia fue presente cuando se vio reflejado en el espejo acuosos de los círculos polares que lo observaban con la reciente demostración. Mil agujas parecían perforar su piel e incrustarse amenazantes hacia el interior de sus músculos, rasgando la carne de papel ante el afilado puñal, y era ese dolor lo que demostraba que seguía vivo. Pero no fue tanto la percepción del dolor, sino las cristalinas gotas que resbalaban por las mejillas de su Ine lo que perforó de lleno su corazón.

El instrumento de la muerte acabó abandonado sobre la mesa de manera despreocupada, como un juguete roto que ya no le interesa a nadie, y suspiró con resignación o alivio, o quizás ambos. Comprobar que la dureza era sólo para ocultar su propia debilidad consiguió que los músculos que había tensado de forma inconsciente se relajaran en su totalidad. Una parte de él se alegró de saber que su dulce hermana seguía allí, sin corrupción y tan puro como lo había conocido. Su diestra se alzó con la intención de enjuagar sus lágrimas, de calmar sus penas y rogar por su perdón. Un perdón que había suplicado en su red privada durante años sin respuesta. Los dedos del mestizo no llegaron a tocar el lamento de su melliza, pues una parte de él sabía que no era merecedor de su perdón. El puño que formaba ahora su mano acabó encima de la mesa en un ligero golpe. Con impotencia.

De nuevo un suspiro resignado salió entre sus labios.

Es que me he convertido en un idiota —sonrió tirante ante la verdad de sus propias palabras—, pero te dije que no pago mis deudas con mi vida.

Con el resguardo de su media vuelta, dejó de observar su propio reflejo en el mar de lágrimas. Ahora se centraba en observar la temblorosa espalda que se agarraba a toda su voluntad para calmarse. No supo descifrar si la punzada que sintió era por la herida o por ella, pero si consiguió discernir algo que no pensaba dejar que ocurriera. No de nuevo.  Había tardado dos décadas en encontrarla, en que sus caminos se cruzaran y en sentirse orgulloso de verla convertida en una mujer con fortaleza.

¿Dejarla ir? No, no podía.
No de ese modo.
Tampoco quería forzarla a quedarse.
Debía hacerlo porque era su hogar.
No podía acudir a la imposición.

Ese era Alec, nuestro tío —su tono se quebró al mencionarlo, siendo evidente la estima que sentía por él, y señaló a su tío en el cuadro familiar—, pereció por el frío. Estuvimos buscando durante años pero nunca te encontramos… erigió una tumba en tu nombre y aún en su lecho de muerte me prometió buscarte en el río Estigia, aunque eso lo obligara a vagar por las aguas eternamente —retornó la mirada a ella con cariño y una sonrisa tirante en los labios—. Yo le prometí que no extinguiría mi vida en este mundo mortal hasta encontrarte. Y heme aquí que te he encontrado.

Presionó la clara tela de lino sobre la herida y desvió los ojos hacia la misma al percibir que se impregnaba con más sangre de la que esperaba. ¿Quizás se había pasado con la herida? ¿Había calculado mal? No importaba. Etta ya lo amonestaría lo suficiente cuando le explicara el motivo de su nueva muesca.

Te dejaré ir, si es lo que deseas, pero... —siempre había un pero en quienes se criaban en los bajos fondos—... antes quiero que me contestes a algo. ¿Por qué no me hiciste caso en Isaur?

Una pregunta que lo había mantenido en vigilia durante más de mil noches. ¿Por qué no había esperado a que volviera? ¿Qué había sido lo que la había hecho dudar tanto de él?




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Mensaje por Invitado el Jue Sep 07 2017, 04:27

Sus ojos volvieron hacia el retrato que colgaba sobre el fuego, quienes antes eran desconocidos ahora eran su familia. No sabía como sentirse al respecto o, más bien, no entendía lo que sentía. Añoranza, tristeza, familiaridad, alegría, todas esas emociones y muchas más se mezclaban en un conglomerado uniforme, haciendo que Aloine buscara un recoveco en lo profundo de su mente para poder no romperse en miles de pedazos. Todo era muy inesperado y sucedía demasiado rápido.

Su mirada volvió al suelo y sus dedos se volvieron inquietos. Era obvio que Cedrik había llegado a amar a aquel al que llamaba tío, pero por más que ella intentara entender eso, no podía. A pesar de todo, lo que en verdad la sacó de aquella nebulosa espesa, fueron las palabras de su hermano. Hablaba como uno de ellos y era de esperar, su hermano era miembro del ejercito, había sido criado por un dragón mientras ella crecía siendo una mercenaria. Eran diferentes, el día y la noche, la luna y el sol, dragón y humana. Por más feliz que su hermano estuviera de encontrarla, Aloine no podía ignorar el hecho de que aquél hombre era el enemigo.

Era posible que lo que hablaba era la verdad, pero... De haberla encontrado, ¿la hubieran querido? ¿Hubiera sido la niña que ellos buscaban? ¿Seguía siendo hija de su padre? Demasiadas preguntas, preguntadas demasiado tarde.

Antes de que pudiera responder algo, su hermano le planteo una duda que le hizo hervir la sangre. Tantos años habían pasado y en su cabeza ella era tan culpable como él, quien había huido y la había abandonado. Chistó con la lengua y el mar furioso de sus ojos se encontró con el hielo templado de los de Cedrik.

Te esperé... —El hilo que era su voz quedó atrapado en su garganta, las palabras habían salido más agudas y bajas de lo que esperaba—.Te esperé hasta que calló la noche, siempre que mis ojos se dirigían hacia el callejón por el que te fuiste, esperaba que se encontraran con los tuyos. Me dije una y otra vez durante horas que aparecerías, estaba completamente segura, siempre volvías. Pero esta vez... No lo hiciste, no llegaste, en tu lugar llegaron los mercenarios que te perseguían. —Las palabras se le atropellaban una tras otra, como si el discurso lo hubiera preparado durante años sin saber que lo había hecho—. Se habían dado cuenta de que eras demasiado rápido y se dieron por vencidos contigo, así que volvieron por mí, pensaban que eramos dragones. —Se le escapó un intento de risa, ni se había dado cuenta de que sus labios se habían torcido en una sonrisa tan irónica como amarga—. Aún recuerdo el aliento acre de Letho... Como me tiró de los pelos para arrancarme del escondite y escupía al hablar... Yo pelee como pude, rasguñé, mordí, los maldije. Tuvieron que destrozarme la quijada de un puñetazo para que me quedara inconsciente. —Se llevó la mano hacia la cara y acarició el sitio donde había sido golpeada, se había regenerado bien, pero en las peores noches recordaba el dolor—. Te esperé, Cedrik. Te esperé lo mejor que pude.

Decidió terminar con su relato, hablar de más no le haría bien a ninguno de los dos.

Entonces Aloine dio dos pasos al frente y con delicadeza colocó una mano sobre el hombro de Cedrik, no pudo evitar acariciarlo con el pulgar.

Por el amor que se tuvieron nuestros padres, te pido que no vuelvas a meterte en mi camino. —Su voz era íntima y cálida, no había rastro de amenaza o malas intenciones. La idea de chocar aceros con Cedrik le rompía el corazón.

Sin medir más palabras y sin querer posar sus ojos sobre él, fue hasta el umbral. Sintió como su corazón se encogía dentro de su pecho, pero sabía que con aquél encuentro podría vivir en paz, o eso quería creer.
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Mensaje por Cedrik el Sáb Sep 09 2017, 17:45

No era capaz. ¿Por qué sus músculos no se movían a pesar de querer estrecharla entre sus brazos? Debía decirle cuánto la había echado de menos. Cuánto la necesitaba. Cuánto le desgarraba su medio corazón volver a dejarla marchar. Y cuánto la quería. Pero era incapaz. Los traicioneros músculos permanecían fríos como la madera de ébano, impertérritos en una visión de algo que lo desgarraba por dentro al saberse que la estaba perdiendo y él era el único causante de ello. Un nudo en la garganta le constreñía la voz hasta el punto de asfixiarlo. Él siempre había sido el causante de la pérdida, del abandono, y ser consciente de ello lo tambaleaba en la pasarela imaginaria de un barco; a la espera de ser engullido y hecho añicos por los fieros tiburones hambrientos que aguardaban su alimento. Era el verdugo que empuñaba la guadaña sepultante de los sentimientos que antaño había gozado su dulce y cálida hermana. Y sin embargo, la mujer que tenía delante se mostraba libre y fuerte a pesar de las lágrimas que habían empañado el profundo mar de sus orbes.

La calma mar viró en una tormentosa batalla que sacudía el hielo fragmentado por el oleaje de su mirada. Cedrik entrecerró los ojos con precaución, mas no pensaba reprimir su furia. Su mirada se centró en ella y en las desafiantes palabras que lo impactaron como saetas envenenadas. Presionó los puños hasta que los nudillos se tornaron de un blanco roto. Reconoció el dolor de saberse traicionado, el brillo de rebeldía y veracidad que durante años había absorbido en su ser; el mismo que sabía no podría ser desprendido con solo un lo siento. Fue incapaz de formular las oraciones de protesta para encaminarla al camino correcto. Sacarla del error de no haberla buscado, pero de nada servía si no era capaz de confiar. Cegada por los ojos velados para ver que él nunca la había abandonado y su vida entera la había destinado a buscarla—. Cuidado —advirtió, más para él que para ella, y un brillo inquietante y turbio dejó ver que su humor distaba de ser amistoso. Sus palabras lo llevaron al lugar exacto donde el avejentado mercenario podría estar y cómo lo mataría por osar mentirle durante tantos años.

Su mirada perdida volvió a engarzarse con la medianoche de su otra mitad. Sintió el cálido tacto de su mano en el hombro y contuvo un suspiro de resignación. ¿Qué derecho tenía a pedirle que se quedara? En realidad ninguno. No alzó la mano en su busca; siquiera hizo el amago de moverse para no espantarla o quizás para evitar que pensara que la dañaría. El frío se alojó en su hombro cuando ella retiró la mano y, a medida que se alejaba se convenció que era lo mejor. Alejarla de él. Decidió que la protegería entre las sombras. Siempre lo haría. Y erróneamente creyó que alejarla de un traidor, un asesino, era lo que la había mantenido con vida todos esos años. La madera crujió bajo el martilleo cabreado del puño cerrado de Cedrik. La mesa se quejó resquebrajándose cuando la figura de su hermana desapareció por el umbral y gruñó con molestia. Ira. O ambas. Tomó la daga que había dejado abandonada Ine en la casa—. ¡Anastasia! —gritó y miró hacia la puerta que daba paso a las cocinas. Era consciente de que la mujer estaría escondida en el umbral, solía hacerlo con suma frecuencia, y a él no solía importarle. Era como de la familia y sabía perfectamente qué era lo que la llevaba a preocuparse así por él.  Era lo mismo que lo llevaba a él a hacer lo que su código moral le obligaba.

La mujer entró a trompicones hacia el salón y con enormes ojos verdosos lo miró con alarma.

¿La hago volver? —imploró apurada al verlo tan alterado—. Sé que puedo hacerla volver.
No, devuelvele esto —un segundo golpe sobre la mesa amenazó con romperla y negó—. Sólo devuélveselo y recuerdale que este seguirá siendo su hogar. Siempre.

La mujer salió entonces de la vivienda, a raudas zancadas, con una idea mucho más diferente de lo que su señor podría imaginar. Para cuando Anastasia volviera a la casa el mestizo habría desaparecido del salón y una sensación de precaución se alojaría en ella. Nada bueno parecía augurar aquella noche; nada bueno se fraguaba cuando la determinación del mestizo se centraba en algo.




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