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Mensaje por Kya el Sáb Jul 29 2017, 02:34

“Aunque, cuidado. Si te quedas mirándonos a todos así, pueden malinterpretarte”

Aún no dejaba de pensar en esa frase, mientras ella misma se desmenuzaba en pensamientos despotricantes ante lo insinuado por el pelirrojo. Con aquella expresión tan suspicaz y tono tan sabelotodo... y por un momento podría jurar que gruñiría en amargada reacción debido al calor que ahora invadía sus mejillas de aquella forma que esperaba que no se notara, por no volver a mirarle por unos cuantos minutos mientras realizaba su trabajo. Tan consciente como anuente de las reacciones que tenía, la atención que había puesto en ella, la forma en la que había estado silencioso y atento a cada acción que sus ágiles manos de sanadora realizaban, tomando un paño seco para secar la piel y finalmente poder apreciar el espectro completo. Escuchando lo que este decía, sobre la falta de necesidad de vendas- Claro que sí señor sanador –contestó con una divertida ironía que denotó con aquel ladear de su cabeza y un arquear de ceja y una sonrisa que le daba aires juguetones.

Sonrisa que fue atenuándose lo suficiente como para que ella, mirara aquella herida una vez más y extendiera su diestra hacia un frasquillo con aquel ungüento transparente, que mantenía aquella consistencia de crema con un aroma reconocible a lavanda. Como el olor que desprendía ella misma y mientras destapaba este habló, tomando un palillo para mezclar un poco- Podría... pero la tela puede crear fricción e irritar la herida y alentar el proceso de sanación... que si no me equivoco... podría terminar entre esta noche y mañana... –dijo con normalidad, haciendo los cálculos necesarios al ver aquel avance sorprendente- Sin embargo no es necesario cubrirla con tantas capas, por lo que utilizaré solo una vuelta para mantenerla protegida de la tela y así no la exponemos a nada que altere tu recuperación...vale? –terminando de mezclar el ungüento, untó dos de sus dedos en este y acercándose cubrió la herida, esparciéndolo con cuidado. Él sentiría frescura, como si estuviese frío en vez de caliente- esto hará que la inflamación se reduzca y con lo rápido que va... podrás retirar los puntos mañana sin tardanza y ayudará a que la piel subsane rápido...

Y hablando de rapidez, ella había conocido personas con distintos tipos de sanación, unos lo hacían más rápido que otros, pero naturalmente les tomaba muchísimo más tiempo que ella hubiera jurado no eran de la noche a la mañana- Si es que esta misma noche no está lista para deshacer los puntos, que supongo podrás hacerlo tu... –dijo dando aquel voto de confianza al último. Pero su mente estaba en otro lado, girando los engranajes de la mejor manera, alimentando la maquinaria neuronal para llegar a una explicación de lo que aquel pelirrojo con ojos como el cielo, era... Ella era observadora y al serlo sabía reconocer aquella sensación de “corte” que tenían los dragones que pudiese acercarse a la “empatía” humana, porque los humanos y los dragones tenían un brillo distinto en sus ojos. Había visto ese vacío en Vhagar, su tutor, en aquel inquisidor... Delzimër y unos cuantos más contados con los dedos de una mano que había conocido, por cosas del destino. Y todos en algún momento, por la elección de palabras, terminaban siendo descubiertos como dragones... Como también había conocido híbridos... y ni siquiera los híbridos podían sanar así de rápido, ejemplo cercano... aquella híbrida con la que había desarrollado una relación de amistad algo extraña, Eadgyth, la herida que ella tenía era más grande que la que el pelirrojo había tenido la noche anterior, 15 cm de largo, si no se equivocaba al recordar... y ni siquiera ella a la mañana había podido levantarse sin sufrir el dolor de la hinchazón.

No era un dragón, no era un híbrido, parecía humano pero la forma en la que sanaba, decía otra cosa... ¿entonces? Cuando llegó a esa pregunta, ya estaba buscando un rollo de venda menos grueso, para que no le molestara demasiado y sirviera como protector contra el roce, recordó lo necesario y sumida en sus pensamientos, realizó lo mismo, pasando la venda en torno su torso para cubrir la herida y anudar de una forma que parecía semejante a doblar, para que el nudo no molestase en lo absoluto. Rara vez ella se equivocaba cuando hacía deducciones...pero en ese momento no pudo más que recordar aquella tarde en la granja, el sentimiento de seguridad abrumador que la hizo literalmente consentir que el mundo se despedazara y a ella le importaría lo que le importaba en ese momento lo demás, momento en que levantó su vista para verlo de nuevo, mientras sus labios querían formular aquella pregunta que se hacía lugar en la punta de la lengua, pero que no escapaba de la misma cristalina mirada que ahora se cuestionaba... y tragando saliva, sintió como el silencio se hacía en aquella estancia de nuevo y con su perfil derecho iluminado por el sol, volvió a buscar esos ojos azules, buceando en el brillo que estos despedían “No eres un dragón... no eres un híbrido, pero... pareces humano...” ella era inteligente, demasiado para su propio bien y una punzada dolorosa hizo que sus labios se separasen y contuviese el aire.

No solo había conocido híbridos y dragones...
También había conocido a aquel mercenario que había encontrado en los bosques, Vasruk se llamaba ¿cierto? Si, Vasruk... y él le había tenido la confianza suficiente para decirle que era un desafiado. El único que había conocido, un sin corazón...y sus ojos azules se mantuvieron fijos en los ojos del pelirrojo por cuanto podría haber significado una eternidad comprimida en segundos, mordiendo su labio inferior en un automático gesto que era propio de ella. Viendo sus facciones su rostro que ahora seguro reflejaba la interrogante de lo que ella pudiese querer decir, en esa conversación muda en la que otra punzada en su pecho parecía gritarle la respuesta de aquella situación y vamos que tampoco iba a ignorar la cicatriz extraña en su pectoral izquierdo. “Donde su corazón...” y se detuvo al liberar su labio de a pocos, tragando saliva de nuevo, mientras su respiración se entorpecía y buscaba controlar sus deducciones que ahora como una carreta sin caballos caía colina abajo, sin jinete que le detuviese, deseando auto sacudirse y rogar a su mente que se detuviese. Que dejara de pensar babosadas y finalmente tomara control de sí misma.

Probablemente no se volverían a encontrar y estaba ella desmoronándose por algo que a lo mejor no tendría que saber, pero algo muy dentro de ella sufría agonizante por la posibilidad que parecía más factible, se hiciese una realidad y entonces... entonces ¿Qué? ¿Quién era ella para cuestionarse todas esas cosas y preocuparse de que así fuesen o no? Y como si fuera poco, no solo sus pensamientos estaban desbocados, un impulso la obligó a anclar su cuerpo a la silla y mantenerse tan rígida como una estatua, como si Cronos, el dios del Tiempo hubiese ordenado que aquella escena se detuviese y quedase plasmada para la eternidad como estatuas silenciosas de un momento por siempre intocable. Un impulso palpitante como el latido certero de vida que hablaba de la irracionalidad de las emociones. Inentendible claro... como todo lo demás y esa preocupación que quería desbordar hasta sus cuerdas vocales y formular alguna cosa- Trys... –acortó con voz en extremo ronca. ¿Qué? ¿Qué iba a decir? ¿Qué iba a preguntar? ¿Cómo iba a explicar aquel silencio? ¿era siquiera necesario? ¿Por qué estaba tan confusa y porque parecía no saber exactamente lo que necesitaba? ¿Por qué sentía que estaba emocionalmente desnuda, y él sabría cómo ver en ella? Y aun así no podía dejar de verle.

“¿Por qué sigues pensando pendejadas, Kya?” pensó para sí mientras sus labios volvieron a morderse, en un castigo auto infringido por idiota. Castigo que les venía bien, por aquella picazón, la ansiedad... el caos, el big bang, la gravedad invertida, la fuerza magnética. Si tan solo esos conocimientos estuvieran al alcance de la sanadora, tendría a quien echarle la culpa de semejantes sucesos apocalípticos. Si él no la mirase de ese modo, ayudaría un poco más y podría ordenar a su sentido común a tomar el turno, en medio de todo lo que se formaba como nebulosas, como el nacimiento de una nueva estrella en medio de aquel universo más allá que explotaba y se fragmentaba, como si eternos ciclos de renuevo se formaran y en menos de lo que pensara, su adrenalina pudiese tomar el lugar de su sangre y le propulsaran... ¿Dónde? ¿Por qué? “Arg, tonterías sin sentido” ¿necesitaba tener sentido? “No todo en esta vida tiene sentido” decía uno de los tantos hombres inteligentes que había conocido cuando le hablaban de los mundos más allá de las estrellas. El viejo soñaba con aquellas locuras y ella apenas trataba de entender las explosiones de energía que invitaban a su cuerpo a levantarse de aquella silla y...

Sus dedos fueron los siguientes... en sentir ese cosquilleo, esa necesidad de sentir, de mitigar, de entender, de palpar la realidad de distinta manera, de contestar y reprochar, de asumir y reafirmar, de construir...





Sus labios se liberaron para inhalar una bocanada audible, de aire, sintiendo su propio corazón doliente anunciarle que Cronos sostenía su mano sobre ellos y era tan misericordioso para dejarla por fin, moverse. La ojiazul, se levantó de aquella silla que empujó hacia atrás con suavidad, mientras desviaba sus ojos, por un segundo hacia la mano que sostenía la camisa y como la vida era como era... quizá en un gesto que ella misma no comprendería hasta más adelante, extendió su mano para tomar aquella camisa, mirándolo de reojo a los ojos, no necesitando indicarle cual era la intención de ello, esperando a que él liberara la prenda para que la sanadora por fin pudiese tomarla con ambas manos y extendiéndola, acomodó entre sus manos la misma para alzarla y ayudarle a colocársela. Ni en un millón de años ella se hubiese imaginado así misma sufriendo los estragos de la confusión como en aquel momento, en que primero le ayudó a meter la cabeza, emitiendo una pequeña risa baja recordando cuando le había llamado cabezón, la noche anterior y sin borrar aquella sonrisa, le ayudó con las mangas, para que metiera las manos y no tuviera que retorcerse tanto al colocársela...

Un nudo en su garganta le indicaba que las irregulares palpitaciones de su corazón ante una idea que era tan innombrable para ella, al punto de que no quería ni pensarlo, aunque su inteligente sensatez le indicaba que de nada servía... le respondían a todas las preguntas formuladas en silencio y era consiente de cuanto dolía. Por una razón desconocida, bajó los costados de la prenda y finalmente la acomodó- ... me quedaré tranquila –dijo entonces forzándose a sonreír, aunque en ese momento algo más allá de lo incomprensible se quebrara en fragmentos pequeños. Dándose cuenta de algo que silenciosa conservó para sí misma, antes de colocar una barrera de roca sólida entre el dique de agua que parecía haberse roto y el mundo exterior, aparentando una calma tan fresca como el manantial más puro... ¿había alguna posibilidad a la tranquilidad ahora? No y por primera vez, pagaría al dios del tiempo por que le permitiese girar ese reloj de arena que seguro el mismo manejaba a su antojo para mover el tiempo de los seres sobre la tierra, retrocederlo a cuando tan solo eran dos extraños, porque no podía engañarse pensando que eran realmente extraños.

No lo eran, de alguna manera ella lograba ver cosas y él, también y en algún punto de ese corto trayecto, habían llegado a ese en el cual ahora ella, sentía como si el mundo se hubiese vuelto surreal y distinto, colores distintos, aromas distintos, desde una perspectiva que no era la suya... y era muy tarde para que el tiempo pudiese detenerse y revertirse, sentía sus manos frías, congeladas, aunque la tibieza del sol las acariciaba, como si necesitara algo de aire o este no fuese suficiente, vértigo... seguido de una presión en sus pulmones que le cortaron la capacidad de pensar- ...A lo mejor es más seguro salir cuando apenas están  saliendo las personas a sus trabajos... –murmuró desviando su mirada hacia la ventana, como si recibir los rayos del sol sobre su rostro, la ayudase a sentir la vida que tanto sentía se le estaba escapando en ese momento, antes de volver a buscar sus ojos y formular con suavidad- .... a no ser que quieras desayunar algo, antes de salir de aquí...  –Un poco más, apenas un poco más.

And Just like that...




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Mensaje por Trystan el Vie Ago 11 2017, 19:29

Por evitar tensar los músculos, no lo hice pero estuve más que tentado de reír, con sus palabras, repletas de sarcasmo, dándome la razón como si yo fuese el mejor de los sanadores. Nada más lejos de la realidad. Pero sí me conocía lo suficiente como para saber que no necesitaba tanto aparataje de vendas para una herida que en unas horas no sería más que una marca más.
Pero por ese gesto que acompañaba su ironía, no podía tomármelo a mal.
Además, desde que la conociera, ese aire relajado y hasta divertido, que parecía envolvernos a ambos, aislándonos de todo lo demás, era algo sólido y palpable. Algo que me había pasado con muy poca gente, a lo largo de toda mi vida.

Finalmente, me explicó lo que iba a hacer. Tal vez, no tanto, pero la herida aún seguía necesitando cierta protección. Kya lo tenía más que claro. Y, ¿yo qué podía objetar? Por muy lógico que yo pudiera llegar a ser, ella era la experta y de seguro, no era la primera herida de este cariz a la que se enfrentara... aunque puede que sí la que más rápido sanara. Y lo que más me inquietaba, era que, aunque se hubiese sorprendido en primera instancia, no había mostrado ni la más mínima curiosidad a pesar de yo sabía que Kya era consciente de que no era del todo normal-. Está bien. -contesté, conforme con lo que ella había explicado, asintiendo levemente como acto reflejo, en lo que la observaba hacer. Mis azules se fijaron con detenimiento en ese ungüento de un tono verdoso muy claro que al final, al contacto con mi piel, me estremeció del frescor que transmitía. Me hizo gracia saber que aquello precisamente era para la inflamación que no tenía.

Sin embargo, aunque yo intentará restarle importancia a una herida que sabía que sanaría en muy poco tiempo, era envidiable lo bien que me hacía sentir que Kya insistiera en cuidarme. Una sensación de seguridad que pocas veces sentía estando en pleno centro de Talos.
Era, cuanto menos, curioso. O irónico.

Y fue entonces, inmediatamente después de comentar que muy probablemente yo mismo pudiera quitarme los puntos esa misma noche cuando pasó. Kya mostró ese gesto pensativo y hasta dubitativo, evitando mi mirada. Supe entonces que estaba reflexionando claramente. ¿Por qué me era tan fácil ver en ella? ¿Por qué Kya no necesitaba decirme palabra para yo intuir con precisión lo que estuviese pasándole por la cabeza? Porque algo me dijo que era fácil que estuviese ahondando en sus recuerdos por si había visto alguna vez algo parecido a lo que estaba curando desde anoche. Un silencio para nada incómodo se hizo entre ambos, mientras ella se concentraba en proteger la herida, con mucho menos aparataje de vendas, eso sí. Sus manos parecían lo suficientemente autónomas e independientes para ir por libre, mientras su mente le hacía fruncir levemente el ceño, haciéndome dudar de si lo arrugaba por pura concentración o por esas cavilaciones internas. Ni siquiera me di cuenta de lo concentrado que estaba en cada gesto o movimiento posible en el rostro de Kya, cuando ella levantó su mirada para estrellarse con la mía.
Y pude ver tantas palabras en esos ojos que acabé abrumado. Tanto que tuve que pasar saliva, al no encontrar una coherencia definida en aquellos azules que parecían afirmar, preguntar y callar, de forma simultánea. Sí veía evidente turbación en aquellos brillosos azules, queriendo decirme algo que no llegaba a entender. Se me frunció el ceño sutilmente, en todos esos segundos que nos mantuvimos en silencio, con la mirada fija en el otro. Otro agujero temporal que parecía ralentizar el tiempo por eones, y nos daba la oportunidad de vivir mil vidas en lo que los demás mortales vivían sólo segundos.
Eso sí podía reconocer que no me había pasado con nadie.

Kya pareciera cuidarme y protegerme de la misma forma que personas que llevaban bastante tiempo en mi vida. Y, aunque fueran solo dos ocasiones en las que nos habíamos cruzado, sentía que aquella muchacha de cabellos castaño-cobrizo y mirada clara, me conocía por momentos más que yo mismo. Aunque la misma idea me pareciera inaudita, era algo que iba más allá del sentido. Otra de las cosas para las que no conseguía encontrar explicación.
Ni siquiera tenía claro si lo que andaba pensando tenía sentido.

Ahora sí, tan sólo era consciente de que aún mantenía mi mirada zarca en ella, intentando ignorar esa sutil mordida de su labios, que por un momento, me hizo cambiar de opinión con respecto a todo. Ese hormigueo suave volvió a mí, instándome a actuar, tentándome con un impulso inusitado cuando escuché mi nombre de sus labios. Y de nuevo, el tiempo pareció detenerse una vez más. Intrigado por aquello que fuera a decirme que nunca salió de sus labios. Que sus intensos ojos callaron, aunque fueron casi evidentes para mí. ¿Casi? No sabía decir si entendía lo que estaba pasando, en realidad. Mi ceño se volvió a fruncir, evidenciando un poco mi confusión, antes de que sonriese con cierta amplitud y, por fin, no reprimiese la tentación de alzar mi mano y golpear con tremenda suavidad la punta de su nariz con mi dedo índice. Sólo un toquecito, capaz de romper esa magia irracional establecida entre ambos. Algo tan inexplicable… como atrayente e insalvable.

Por suerte, Kya reaccionó, incorporándose de aquella silla con normalidad, sin movimientos bruscos. Tomó la camisa de mi mano y me ayudó a ponérmela, oyendo su risa por aquella alusión que levemente recordaba pero que no hice mención. Aunque ya no mirase, sonreí por sus palabras, sin apartar mis azules de ese rostro ahora bañando por la luz del sol-. ¿Estás segura? -inquirí, poco convencido, basándome en ese titubeo en sus ojos. No cabía duda de que mi herida le estaba dando más quebraderos de cabeza de lo esperado. Y no precisamente por ser un corte del todo grave.

Ante su propuesta, asentí con suavidad. Mejor era abandonar el lugar antes de que la ciudad entera despertara. Pero su añadido me pareció igual de apropiado-. Hmmm… -fingí pensar por un segundo, con un gesto que ella pudo observar, torciendo cómicamente mis labios a un lado, exagerando el hecho de que yo estuviera pensando-. Creo que se me ocurre algo mejor. -finalmente sonreí, dejando mis azules anclados a los tuyos-. Ya que tenemos los dos que salir de Talos… ¿qué te parece posponer el desayuno hasta entonces?
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Mensaje por Kya el Lun Ago 21 2017, 21:58

Las pulsaciones de su corazón marcaban un paso distinto cada que ese vórtice de tiempo y espacio suspendía toda vida exterior para encerrarles en esa burbuja de tiempo que solo ellos dos conocían. Con sus ojos fijos en los de él, quietos, buceó en los iguales que ahora reflejaban un centenar de palabras sin ser más que pensamientos. Interrumpidos por aquel suave toque en su nariz que la hizo reír por lo bajo, sacándola de la ensoñación en la que se había sumergido lo suficiente como para darse cuenta que no había tiempo que perder con tanto pensamiento acumulado, sin sentido. ¿No tenía sentido realmente? ¿o sí? Vayan los dioses a saber, ella solo prefirió distraerse algo más que no le desgastara emocionalmente tanto, como lo hacía el comprender lo que estaba ocurriendo- No, no estoy segura, pero confío en que vas a cuidarte y seguir mis instrucciones... –aunque sanase anormalmente rápido- Me quedaré tranquila... –musitó mordiendo un poco sus labios, como si fuese una auto orden para sí misma, al momento en que recogió absolutamente cada cosa dejada suelta por allí, sobre aquella mesa de madera oscura y rústica, dejando el cuenco con el agua manchada de rojo donde seguramente, era normal en las posadas dejarla y luego, pasarían a limpiar.

Seguramente cuando ya no estuvieran allí.
La voz masculina, la hizo mirarle por sobre su hombro antes de escuchar aquellas palabras que proponían dejar el desayuno para luego. Propuesta que no negó afirmando con un suave sonido de su garganta, porque tenía todo el sentido del mundo y en ese momento ella necesitaba eso. Algo con sentido que devolviera su cerebro a funcionar correctamente, algo lógico que pudiese medir y controlar. Mientras sus manos, ágiles herramientas de trabajo, guardaban todo adecuadamente y ella pasaba a colgarse su bolso cruzado y así tomar sus botas y con todo el cuidado del mundo se las colocaba, ajustando las correas de modo que estas aferraran bien y, por último, irguiéndose, se colgó su chaqueta en el brazo para encarar al pelirrojo al que observó una vez más, analítica y silenciosa.

Preocupándose por aquella mancha en su camisa, que seguro llamaría demasiado la atención- Tenemos que esconder eso...-dijo la muchacha con un inhalar profundo. Claro ¿con que?, la bufanda hubiese sido de ayuda, pero estaba hecha un mero trapo manchado junto con lo que dejaba para que botaran. El pelirrojo quizá también pensó en lo mismo, hasta que los ojos de ambos volvieron a encontrarse y luego ella miró su propia chaqueta; Que no le quedaría, pero podría llevar colgada del brazo con calma, al menos para cubrir la mancha hasta salir de la ciudad o encontrar una mejor opción para ocultar aquello. La sanadora, inspiró con profundidad, mientras suspiraba de vuelta no muy convencida de aquel parapeto para evitar llamar la atención-...al menos así no se ve... no creo que haya mucha gente concurriendo las calles así que espero que podamos salir bien... –ambos intercambiaron miradas y tomando energías de alguna manera, salieron al pasillo, que estaba desierto, encontrando su camino por este hasta las escaleras que llevaban a la primera planta donde estaban las mesas.

Esta vez, quien atendía la barra, era una robusta mujer vestida con aquella ropa tan propia de las meseras, regordeta con una pañoleta sobre la cabeza, que los ojeó cuando iban dirigiéndose hacia la salida. El instinto de Kya fue el de desear salir más rápido, pero se contuvo y levantando una mano se despidió de la mujer agradeciendo con un movimiento de cabeza, causando que la señora asintiera con una sonrisa bonachona. Inhalando una vez, siguió al pelirrojo para salir del local y finalmente ver como la calle apenas si tenía personas, los pocos que había, eran madrugadores para abrir sus negocios rápido, otros entrando a la ciudad, casi nadie saliendo y sería extraño que salieran con prisas. La muchacha se detuvo delante de un dormido muchacho, sentado en una butaca, mientras sacaba unas monedas y saludaba- Buenos días...-el chico se agitó un poco y sobresaltó al verla delante- El azabache de mal temperamento... –dijo entregándole las monedas al mozo que sonriendo asintió buscando al imponente animal que, al verla, relinchó, movilizando su enorme cabeza hacia el pelirrojo antes de dejarse tirar por ella- ¿Dio muchos problemas?... –el muchacho negó empático para elogiar el porte del animal antes de verlos partir.

El sol no llegaba a iluminar las calles, aún parecía estarse desperezando de a pocos al comenzar el día como aquellas personas que caminaban con cierta pesadez, unos bostezando, otros más enérgicos saludando a otros, la sombra azulada y fresca de los edificios de la izquierda se proyectaba sobre la calle y las puertas de los edificios del lado derecho. Y gracias a estas sombras era un poco más difícil reconocer los rostros de las personas que iban y venían, más porque empezaban a caminar de un lado a otro los habitantes, montando sus puestos, abriendo sus locales de a pocos, otros descargaban frutas y verduras para ser organizadas en sus lugares. El aroma a pan llegó a sus sentidos y causó que la muchacha alzara su nariz y aspirara con suavidad, llenando sus pulmones con este y sintiera su estómago sufrir por un trozo de pan caliente recién hecho. Estaban acercándose a una panadería seguro. Sin embargo, sacada de su ensimismamiento por el pelirrojo, escuchó un susurro que le avisó que esperase un poco más adelante, mientras le miró alejarse de ella y desaparecer de momento a otro entre unos puestos de telas, capas, prendas de vestir de esos que tenían pinta de bazar. No era ropa de la mejor calidad, pero hacia las funciones para aquellos que necesitaban y no podían pagar prendas mejores o.... como el pelirrojo que literalmente se había interesado por conseguir algo para cubrirse bien. La muchacha avanzó con algo de lentitud, divisando aquel puesto donde expuestos había grandes discos de pan, caliente, recién salidos del horno de leña seguramente, con solo acercarse sentía el calor ardiente y junto a estos... queso... solo faltaba la mantequilla y estaban listos.

Acercándose, comenzó a rebuscar por sus monedas, en aquella bolsita, que sostuvo entre sus finos dedos, pero fue detenida por una de aquellas ásperas manos conocidas ya para ella. Porque las había sostenido por el tiempo suficiente, la noche anterior. Y alzando el rostro se encontró con los ojos azules cielo que ahora le devolvían una sonrisa. Portaba una capa verduzca, rústica que le cubría bien los hombros y la espalda, parte del frente, tapando con discreción absoluta aquella mancha. Y se enroscaba en torno a su cuello, como si tuviese una capucha que podía usarse en caso de lluvia, la tela que se enroscaba cubría un poco su mentón y sus labios hasta su nariz, por lo que sería más fácil esconder sus facciones, sin llamar la atención, ya que ese tipo de capas eran usadas por los que solían pastorear ovejas, cabras y otros animales mansos, incluso es la que usaban los que arreaban el ganado en los días lluviosos. Ella en casa poseía una, que había usado cuando aún realizaba las tareas más complicadas de la granja... antes de que empezara a sentir los efectos de aquel malestar en su espalda que la limitaba de ello y más.

“Déjame a mi” fue lo que susurró la voz ronca del pelirrojo, que sacó una bolsita de monedas y se adelantó a pedir un pan y un cuarto de queso. Que, según el panadero, estaba suave y listo para comer con el pan caliente. El hombre, alegre por la posible primera venta del día, empacó ambos productos en una bolsa tejida y se los entregó al resistente, mientras ella miraba al panadero y se despedía con una sonrisa y un “Tenga buen Día”. El pelirrojo le devolvió la chaqueta y ella se la colgó del brazo, mientras avanzaban hacia una de las salidas de la ciudad, más guardias, más dragones jorobando las entradas y vigilantes. Pero por suerte, no era una entrada que le fuese desconocida a ella, ya que era la que, por suerte, usaba usualmente cuando ingresaba en la ciudad y, por si fuera poco, descargando unas cajas de productos estaba a unos cuantos metros un vecino de la granja. Por lo que con toda naturalidad la muchacha se aproximó al hombre anciano que la saludó con unos buenos días, ofreciendo ayuda con los productos que el hijo mayor de este vendería en su negocio y aunque el pelirrojo estuvo reacio al inicio, ambos ayudaron al viejo a descargar la carreta ganándose un pase tranquilo fuera de la ciudad cuando este, agradecido les ofreciera (por conocer a Kya), darles un aventón a la granja. Atando a Tormenta a la carreta pudieron sentarse en el vagón junto a las cajas vacías de mercancía y conversar el trayecto fuera de las murallas de la ciudad, bromearon un poco más, sobre los métodos tan “normales” que utilizaba la sanadora para solucionar aquellas situaciones, haciendo alarde de lo único positivo que tenía “repetir la misma rutina todos los días”, se rieron sí. Mucho.

No dejaron que les llevaran muy lejos, a medio camino se despidieron del viejo. Y Kya y el resistente encontraron un árbol donde echarse a comer lo que él había comprado, como habían conversado con anterioridad. Aquel pan estaba aún caliente y el queso, si estaba suave, por lo que, al ponerlo contra el pan, se suavizó un poco más y pudieron comer algo sencillo, pero rico. Conversando de cosas tranquilas, al estar bajo ese árbol, ver los campos y los dorados sembradíos que se extendían al horizonte con las cosechas, de los alimentos, del método de producción y otras cosas que variaban en matices a medida que comían y disfrutaban de aquel momento que como pocos, les traía tranquilidad. O a lo mejor, alargaban la despedida, como aquella primera vez, en que él había musitado de ese modo tan triste que debía irse, la diferencia es que, en ese momento, sentados allí entre risas, ninguno de los dos parecía con ganas de formular las palabras de despedida. Hasta que llegó el momento, en que el silencio, la brisa y aquella paz, les hizo salir de ese atemporal lapsus en el que volvieron a mirarse, recogieron las cosas que llevaban y en una despedida algo... extraña. Partieron caminos, no sin girarse a ver como se iba el otro, no sin preguntarse mentalmente, si volverían a verse.

O cuestionarse una vez más ¿Qué era aquello que tanto les perturbaba? y estaba, segura que lo hacía, porque lo había visto en sus ojos. Había visto tantas cosas...y quería conocerlas también.




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