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Unexpected care ~ Trystan ~ Oneshot

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Unexpected care ~ Trystan ~ Oneshot

Mensaje por Megerah el Miér Mar 22 2017, 21:53


Parecía mentira que Itherskal contase aún con menos de medio año de vida. Había crecido deprisa. Más de lo que lo haría un humano en ese mismo tiempo. Ya se pasaba más tiempo despierto. Ya conseguía sentarse sin apoyo, probando cómo sonaba todo aquello que tuviera en sus manos al ser golpeado. Respondía a su nombre, cuando lo llamaban, llegando a sonreír muchas de las veces que sabía que su madre lo miraba. Megerah se quedaba a ratos idiotizada por los gorgojeos del pequeño o cuando balbuceaba ruiditos que querían ser palabras. Ither le levantaba los brazos casi siempre que veía las intenciones de su madre de auparlo.
La rubia mantenía la sonrisa la mayor parte del tiempo, más cuando Thareon se sumaba a la ecuación, disfrutando de esa familia que habían formado en esa burbuja dentro de la más fuerte de las Revoluciones. Una situación que no dejaba de ser precaria para los tres, llena de incertidumbres y, por parte de la mujer, de preocupaciones por el porvenir de su pequeño.

Como madre, también pasaba tiempo con Moira, compartiendo experiencias, aunque la rubia le sacara un par de meses largos de ventaja. La niña de la morena era increíblemente tranquila, llamando al lado más tierno de la redimida cada vez que tenía la ocasión de sostenerla en brazos. Creando un vínculo que, aunque no fuera de sangre, se sentía igual de real. Ambas mujeres se ofrecían a cuidar la descendencia de la otra, cuando una de ellas no podía, bien porque necesitaba salir, o bien, por pequeños temas administrativos dentro de las propias cuevas.

Así fue cómo Erah andaba con Elianne ese día. Moira se había acercado a ella temprano para que cuidara de su hija, diciéndole que salía un rato. La rubia, despreocupada e ignorante de lo que ocurriría ese fatídico día, aceptó sin problemas.
Cuidó de los pequeños durante toda una mañana,que ya a tan temprana edad parecían entenderse a la perfección, complementándose en actitud, para darle un respiro a la madre de Itherskal.

Pero no fue hasta ese momento en el que coincidió con los dos niños dormitando que se fue en busca de algo de agua. La burbuja que le había absorbido en ese habitáculo con los pequeños, pareció quebrarse, haciéndola consciente de que, incluso, ya avanzaba la tarde, más de lo esperado. Se extrañó de que la morena no hubiera regresado aún, pero esa confianza en su amiga, la mantuvo tranquila. su propio inconsciente la aseguró que Moira muy probablemente se estuviera retrasando por haber ido más lejos que otras veces. o por alguna razón de peso que la rubia no dejaba de quitarle a la otra mujer. Hasta que en su camino se topó con dos exploradores que sintieron determinación al verla-. ¡Megerah!
Ésta se giró contestando a su nombre, con una ceja enarcada, viendo a un par de muchachos, acercándose a ella, con rapidez. Con esa sospechosa rapidez que sólo anunciaba problemas-. ¿Qué ocurre?
El muchacho que la había llamado se veía exaltado, al parecer, por la carrera que había podido darse-. Creemos... que ha pasado algo con... -se quedó sin aliento, por lo que tuvo que detener sus palabras para respirar un par de veces.
No obstante, la mujer ya empezaba a tensarse conforme pasaban esos segundos sumida en la desinformación- ... ¿Con quién?
El chico tragó saliva visiblemente antes de girarse a su compañero para que le diera una espada ensangrentada que Erah reconoció antes siquiera de que su interlocutor contestara a su pregunta:- … Moira.

La rubia pestañeó incrédula, levantando la mirada de nuevo hacia el chico. ¿Momo? ¿En serio? No podía creer que le hubiera pasado algo a esa mujer que había llegado a considerar como su hermana. Negó varias veces con la cabeza, como si le costara creérselo. Aunque, en realidad, no quería creer algo así-. Pero, no lo entiendo... ¿dónde está? -inquirió con sus azules intensamente inquisitivos. Tanto, quizás, que el muchacho se pensó la respuesta durante demasiado tiempo. Hecho que Erah aprovechó para desesperarse un poco más-. ¿No la habéis visto?
Él negó con la cabeza. A la mujer se le antojó un movimiento tan lento y parsimonioso que su desesperación sólo se incrementando un poco más-. No, Megerah.
Una exhalación significativa se escapó entre los labios de la redimida-. ¿Entonces? -preguntó, con la sensación de no comprender nada y además, siendo privada de información. No quería pecar de dramática, ni dar cosas por sentado antes de tiempo. Pero todo apuntaba a una mala y desesperanzadora noticia-. ¡Habla! -instó al ver que el chico tenía cierto reparo, el mínimo para agachar la mirada mientras se explicaba:
- En lo que regresábamos, nos hemos encontrado cerca de la entrada dos cuerpos sin vida, varias marcas ensangrentadas, armas, entre ellas la espada... -comenzó, con cierto aire confuso, antes de bajar aún más la mirada acompañada de su mano, hasta el bolsillo, donde introdujo ésta, para sacar un colgante que la rubia no tardó en reconocer. No tardó en tendérselo-. Y esto.
La mano de la rubia se alzó, temblorosa, hasta hacerse con aquel botecito de cristal, que en su día ella misma le diera a la que compartió su vida de esclava con la rubia. Se quedó mirándolo largos segundos, casi agradeciendo que los dos exploradores se mantuvieran expectantes y pacientes por esas palabras que se amotinaban por salir, atascadas en su garganta. Esa mala sensación hizo que tragara saliva, con la intención de menguar esa incomodidad. Sin éxito. Finalmente, los azules e intensos ojos de la rubia se elevaron, buscando los contrarios-. Buscad a dos compañeros más. -comenzó ganando entereza en la voz según hablaba-. Quiero que peinéis la zona. Buscadme en cuanto regreséis. -murmuró, mostrado una sutil sonrisa que no llegó a sus ojos, en respuesta al asentimiento reiterado de los chicos, comprensivos al ver cuánto podía haber afectado aquello a la redimida. De sobra, sabían que era petición personal de Megerah, fuera del plan o tareas rutinarias. Pero Erah, sorpresivamente, se había ganado el respeto y hasta el aprecio -pese a su carácter-, de la inmensa mayoría de los habitantes de las cuevas. Había pasado a ser la pareja del líder a tener fama propia. Y no precisamente mala. Todos, en el lugar, tenían claro que lo de pedir favores no era su estilo. Por eso, cuando ocurría, nadie se negaba.
Como en aquella ocasión.

Los chicos la abandonaron con rapidez, siendo seguidos por la ahora inquieta mirada de la rubia que, aunque exteriormente se mantuviese tranquila en apariencia, por dentro rogaba a todos los dioses habidos y por haber que sólo fuera un mal susto y la morena estaría de nuevo con ella antes de que pasara un día más.
Dos días después...
Pero no fue así.
Pasó el primer día, y los resultados de esa petición de la rubia no fueron precisamente positivos. Erah sintió cómo un pedacito importante de su mundo se desmoronó en el momento en que supo del regreso de los muchachos. Sin nada que le indicase el paradero o porvenir de la que había sido su amiga desde que podía recordar. Pero no fue hasta que se vio sola, que pudo liberarse en llanto por esa frustración de no saber. Esa incertidumbre que no auguraba buen devenir. Y la mera idea de no volver a ver a su Momo, le partía aquel corazón que había pasado por tanto. Y muchas de esas cosas, junto a Moira. Lloró, en silencio, sin más compañía que Itherskal, quien no dejó de balbucear, reclamando atenciones de su madre, visiblemente preocupado. Elianne, ajena a ese derrumbe, sin entender nada a su tan pequeña edad, miraba sin ver, oía sin escuchar, sin hacer apenas ruido. Como si también viese justo que la rubia tuviese su momento para desahogarse.
Fue entonces, cuando se planteó hablar con su pareja, Trystan. Se armó de valor, para buscarlo y ponerlo al corriente, eligiendo cuidadosamente sus palabras para que el pelirrojo no se pusiera en lo peor desde el primer momento. Pero no lo encontró. Tarde, recordó vagamente esa conversación que tuvo con él y la posterior revelación de su amiga. Trystan se había ido unos días, como ya hacía en la Resistencia, para recabar información y visitar su base cerca de Talos, merodeando alrededores. En realidad, aquello le daba margen a Megerah para seguir buscando a la morena, aunque permaneciera con los pies en la tierra. Bien sabía ella que, en los tiempos tan duros que corrían, una desaparición era una definición imprecisa de muerte. Si en algo no había cambiado la rubia era en esa determinación por ser realista, manteniendo la esperanza en las causas justas. Ya regañaría a Moira cuando volviese. El “si es que volvía” era algo que Erah no podía permitirse el lujo de concebir. Su realidad era que la morena no estaba en su vida. Una visión cruel pero realista. Guardar la esperanza en causas perdidas era algo agónico y acababa consumiendo. Megerah sabía que las cuevas guardaban todo lo que Moira era y adoraba. Si no había vuelto ya era porque no podía.
Por la razón que fuera.

La rubia se mostraba consecuente con la situación, con gesto taciturno en sus paseos. Había tenido el detalle de quedarse con Elianne a su cuidado y cargo, hasta que alguno de sus padres pudiera regresar.
No obstante, tuvo el detalle de acercar a la pequeña al lugar donde estos compartían lugar en las cuevas, para que no extrañase esa esencia inherente del sitio que calmó a la niña después de haber estado intranquila de forma aparentemente inexplicable durante unas horas. La rubia, ahora madre de dos criaturas, de forma inesperada y temporal, aprovechó que su pequeño dormía plácidamente para calmar a la pequeña Elianne, inquieta -supuso Erah-, al echar de menos la presencia de su verdadera madre.

Se tumbó en ese lecho, haciendo lo propio con la niña, dejándola boca arriba, repleto de pieles y paja, ahora frío y austero. Como si de un aroma balsámico se tratara, Elianne se fue dejando embaucar por ese sueño que la inquietud le negaba mientras que la mujer acaricia su cuerpecito con mucho mimo. Cuando vio que se había dormido, Erah se incorporó en silencio, echando un vistazo analítico a la estancia. Reparó entonces en esos dos libros en cuero curtido que había cerca de ella. A Megerah no le gustaba ser chismosa, pero su prioridad ahora no radicaba en enterarse de todo lo escrito allí. Abrió uno, por la primera página y leyó, dándose cuenta de que era un diario de la propia morena. No tardó en cerrarlo, frunciendo el ceño y los labios, consecuente. Tenía esa sensación de estar violando la intimidad de Moira, pero, por otro lado, su lado más insensible analizaba cada ápice de información con crítica.
Repitió el proceso con el otro cuaderno. Esta vez parecía dirigido a esa pequeña que ahora dormitaba con toda la tranquilidad del mundo, contándole cómo era su padre cuando aún podía sentir.
Todo aquello, por muy buenas palabras que fuesen, no ayudarían a tener controlada la situación.
Ni los sentimientos.
Y con ello, ese lado oscuro de Trystan.

La rubia suspiró largamente-. Está bien, Momo. -encogió sus labios, frunciendo el ceño de nuevo, todo en un gesto que apenas duró un segundo. Exhaló profundamente instantes después-. Con todo esto, me estás obligando a hacer algo que posiblemente no te gustase de estar aquí... -pero no estaba. Ya no.

Erah adoraba a Moira. Y, en consecuencia, llegó a apreciar a Trystan lo mínimo para considerar la idea de ocultarle parte de la verdad para no hundirlo en la miseria más de lo que ya estaría con esa nefasta noticia. Lo necesitaba mínimamente centrado, pues el pelirrojo era pieza importante en esa tercera parte del plan de Thareon, en el que el resistente acompañaría a Derek, en una partida pequeña para ingresar en el castillo y colocar las bombas en los lugares pertinentes.
Cuatro días después...
Ya eran demasiados días sin la morena. Y ya la rubia empezaba a dar por sentadas las cosas. Aunque no fueran de la mejor manera.
Cuando Nyssa se acercó a darle una carta que supuestamente Moira le había dejado para ella, Erah entrecerró la mirada y se animó a preguntar. La pelirroja, con la lengua tan fácil que tenía, no tuvo reparo en decirle que tenía varias notas para varias personas. Incluido, Trystan. Supo arreglárselas para que la híbrida se las diera, ya que la rubia era quien estaba cuidando a su pequeña también. Así, Megerah se había estado empleando a fondo para buscar, encontrar y recopilar esos detalles de Moira para Trystan. Ahora, contando esas cartas que supuestamente le ayudarían, pero que sólo empeoraría el estado de ánimo del pelirrojo.
Las intenciones de Moira querían ser sanas, pero, Erah no compartía ese punto de vista.
La redimida podía ser objetiva en el tema, cosa que la desaparecida resistente, no pudo serlo nunca, cuando se trataba de Trys. Algo obvio, por esos sentimientos que tenía.

Así como Erah no podía ser imparcial con Thareon.

Quiso pensar que, de haberse dado la situación inversa, Moira habría intentado ayudar de la misma forma. Su intención tampoco era perversa. Megerah ya no sabía ser así. Simplemente no era el momento. Apenas quedaba tiempo para ese día en el que pretendían cambiar el mundo hasta ahora conocido, rompiendo los moldes de esa dictadura para comenzar de nuevo, en ese mundo en el que esperaban poder vivir más tranquilos.

Mientras el pelirrojo seguía ausente, ajeno a todo lo que se removía en las cuevas, Erah llegó a comentarle a Thareon la situación. Bueno, más bien, el dragón azul volvió a leer en esos azules aguamarina esa preocupación y dolor que Megerah no supo expresar. La presión ante ese tierno tono que él adoptó para que ella hablase -como siempre hacía-, terminó por hacerla sucumbir y la rubia acabó llorando de rabia e impotencia en los musculosos brazos de su pareja. Le contó lo ocurrido. Le contó sus miedos. Sus inquietudes. Sus dudas. Y hasta ese pequeño plan que pretendía hacer más fácil la precaria situación del desafiado.

Thareon rezongó, poco convencido, a pesar de que él mismo había estado enseñando a Trystan a intentar controlar esas desbordantes emociones que lo sacaban fuera de sí. Mas terminó viendo la razón, y la pureza de las intenciones de Erah, por salvaguardar ese plan que el propio dragón azul se esforzaba por llevar a cabo. Todos habían hecho tremendos sacrificios para llegar allí. No podían vacilar ahora. Ninguno de ellos.

Pero no fue hasta que pasara un día más, que ese momento de revelación se diera.

En ese momento, la redimida se encontraba, hablando con un par de desafiados más. Unos que habían llegado de los primeros, que gracias a esas reuniones entre todos los de su condición, habían cambiado su forma de ver sus cualidades, sacándoles tremendo provecho y desarrollándolas con esmero. Como si de un sexto sentido se tratase, desvió la mirada a la entrada por un segundo. Y por un segundo, todo se congeló. A lo lejos, vio a Trystan, con un pequeño petate a la espalda. Se le veía rejuvenecido desde que ellos dos hablasen y empezara a buscarse ese lugar como resistente que había descuidado. Pero no estaba solo. Al parecer, la gente parecía ansiosa por comunicarle lo sucedido. Y el gesto de su semblante denotaba, una dolorosa incredulidad. La rubia tuvo el detalle de excusarse sin demora ante sus compañeros-. ¡Trystan! -lo llamó, poniendo rumbo hacia él, con la esperanza de atajar a tiempo y cortar más esa avalancha de información que, tan de golpe, no era nada buena.

Cuando el pelirrojo la miró, Erah supo que ya lo sabía todo. Ese petate que traía, cayó al suelo con un golpe seco, antes de que el desafiado empezase a retroceder sobre sus pasos. Y ahí, la mujer de dorados cabellos, se apresuró a darle alcance. Llegó a agarrarlo del codo, para que el hombre, de un movimiento brusco, se apartase-. ¡Suéltame! -exclamó, contraatacando con lo que quiso ser un empujón.
Pero, una vez más, se olvidó de que Megerah era una mujer de muchos recursos. Y el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, no era ninguna excepción. Con una rápida llave, inmovilizó sus manos y se valió de una de sus piernas, cruzándola entre ellos, para que de un simple movimiento como bien era doblarla, golpear la parte posterior de las rodillas del pelirrojo, hasta hacerlo arrodillarse. Pese a esa pérdida de altura, Erah no le soltó los brazos, manteniendo esa mirada azulada de brillo trémulo cuando él la miró-. No pienso dejarte hacer ninguna tontería.
El desafiado parecía desmoronarse por momentos, hecho que la rubia fue aprovechando para deshacer la llave, devolviéndole la movilidad-. Pero... -le escuchó articular, con una voz ahogada que no le fue indiferente a la rubia.
Era difícil. No había otra forma. Trys no podía vivir en la ignorancia y Erah no habría podido aguantarse, siendo honestos. Lamentablemente para ambos, no eran los únicos habitantes de las cuevas, y controlar el libre albedrío de los humanos que vivían con ellos, era imposible-. Nada de "peros". Te necesito entero y despierto. -su voz, pese a las palabras, era suave, aterciopelada. Casi queriendo acariciar la desesperanza que marcaba agitadamente la respiración ajena.
El hombre calló. Si bien por no mencionar palabra. O por no poder, directamente. Sus labios se movieron, haciendo ademán de ir a hablar. Pero sin éxito. Sus azules se inundaron de aquel halo que enrojecía el blanco de sus ojos y resaltaba esos zarcos- ... No sé si pueda.


Y ahí, él se echó una de sus manos a la cara, negando con la cabeza, encorvándose hacia delante y rindiéndose a la mala noticia. La rubia pudo en ese momento desentenderse. Pero algo en su interior no quiso hacerlo. Se agachó a su altura, llegando a colocar su diestra en el hombro ajeno. Llenó de aire sus pulmones, como de valor y determinación sus palabras:- Trystan. No dejaremos de buscarla. -aseguró, con cierto titubeo. No porque no fuese cierto. Sino por lo que podían no encontrar-. Te lo prometo. -movió el pulgar quedamente, a modo de sutil caricia, en lo que Trys apenas se movía, más allá de ese pequeño temblor en sus hombros que era más que revelador-. Removeré cielo y tierra en la medida de lo que yo pueda hacer. -continuó, queriendo estar segura que él la estaba escuchando. No eran la primera vez que hablaban. Y, hasta ahora, como redimida, se había ganado el respeto de los desafiados. Trystan entre ellos. Había descubierto un entregado aliado en aquel hombre y casi podía entender por qué Moira lo quería tanto. Cosa que nunca admitiría a nadie ni en voz alta-. Pero, a cambio, te necesito centrado. -era un trato justo, después de todo, aunque nada fácil.
El hombre llenó sus pulmones de aire, exhalando entonces por la boca, asintiendo rápida y dudosamente-. Lo entiendo, yo...
- ¿Lo entiendes? -interrumpió la mujer, con una ceja enarcada.
- Sí...
Megerah suspiró nuevamente por la nariz, ahora moviéndose para quedar frente a él-. Escúchame. -murmuró, elevando su torpe y fina mano izquierda al mentón masculino. Esas miradas, tan parecidas en color, de un salvaje már a otro aún más picado, transmitieron mejor cada sentimiento que reflejaban, más que un millón de intentos por ponerlos en palabras-. Estamos llegando muy lejos. Todos. Tú también. -comenzó, ajena a todo lo que no tuviera que ver con aquel hombre que ahora necesitaba algo a lo que anclarse para no perderse a sí mismo para siempre-. Sé que has perdido mucho... -Moira se había pasado horas contándole de Trystan. Porque, después de todo, también era una mujer que gustaba de complacer a su pareja. Buscó consejo en Erah más de una vez, aunque luego, ignorase la mitad, sin mala intención. Porque Megerah era muy distinta a ella y, la mayoría de las veces, pensaba que los continuos detalles de la morena, no eran necesarios. Pero claro, ambas tenían bien presentes cómo era cada una-. Pero quiero pedirte este último esfuerzo. -tragó saliva, a mitad de camino entre la incomodidad y, para qué negarlo, Megerah no estaba acostumbrada a hablar tanto. No obstante, esta ocasión lo merecía, sin lugar a dudas-. Es duro, me lo imagino. O quizás, ni siquiera pueda... -terminó admitiendo, antes de humedecerse suavemente los labios y proseguir:- Pero necesitamos que sigas luchando ahora más que nunca... por ella...  -por Moira. Por su pareja. Por todas esas personas y familias que lo necesitaban. O que lo merecían-. Por ese mundo mejor para Elianne.
La mención de su hija pareció hacerlo reaccionar. Volvió a buscar los ojos de la redimida antes de preguntar:- ¿Y mi pequeña?
Ella no pudo más que sonreír, sutilmente suave-. Está bien, pelirrojo. No te preocupes por ella.
Trys asintió con lentitud, pero las meras y calmantes palabras de la rubia parecieron no ser suficientes-. Quiero verla.

No podía negárselo. Quizás, en ella encontrase esa razón para mantener el temple y la razón, en unas circunstancias tan devastadoras. Se incorporó, tendiéndole la mano derecha que Trys aceptó. Una vez levantados los dos, él recogió sus pertenencias y se dejó guiar hasta el lugar en el que Elianne se encontraba, bajo la tutela de la redimida. El pelirrojo tomó en brazos a su hija, acurrucándola contra su pecho, como si fuera lo más frágil que hubiese sujetado en su vida. Lo más preciado con lo que le hubieran podido obsequiar  en esas tres décadas en la Tierra. Sintió un pequeño temblor en las piernas que lo obligó a sentarse. Sus ojos azules, brillaron con una dolorosa felicidad, haciéndole ver a Erah cuánto adoraba a aquella criatura. Supo sin dudar, que Trystan estaba más que dispuesto a darlo todo por aquella niña-. Hola, princesa... -le escuchó susurrar. Aquella voz cargada con tantas emociones contenidas se coló en los oídos de la rubia, haciéndole tragar saliva por ese nudo repentino en el pecho. La escena del terrorista con su única familia de sangre presente, turbaba hasta al alma más impasible. Por lo que Megerah no quedaba exenta de esa influencia. Un quedo suspiro salió de sus finos labios, en lo que se agachaba frente Trystan, una vez más.
Sus miradas se encontraron, ambas con intensa emoción, con promesas silenciosas y clara turbación. No obstante, antes de que la redimida pudiera mencionar palabra, el hombre pareció recuperar parte de la entereza y adelantarse a ella:- Haré lo que me pides. -dijo con determinación, a pesar de su voz pastosa y ahogada-. No quiero darla por perdida. Aunque... -la mujer lo vio arrugar el ceño- no es... la primera persona que perdiera sin saber qué fue de ella. -Megerah ignoraba que aquel hombre ya había perdido a sus padres así e, incluso, a su pareja anterior. Se extrañó de ese amago de sonrisa torcida que se quiso ver en los labios masculinos, repleta de resignación e ironía-. Quizás me ayude la costumbre... -enunció antes de volver su mirada a Elianne.
- No estás solo, Trystan. -murmuró, dejando una ligera presión en la rodilla del desafiado. Por un momento, no supo qué más decir, hasta recapitular de forma superficial-. ¿Estarías dispuesto a seguir como hasta ahora?
Trys, aunque emocionado, supo mantenerse sereno, dándole la impresión a Erah de que sus premisas eran ciertas y aquella criatura le haría mucho bien-. Sí me gustaría, pero... -miró a su hija, en un gesto que fue más esclarecedor para la redimida que cualquier explicación.
- Yo cuidaré de ella. -prometió haciendo que el pelirrojo volviera a mirarla.
- ¿Estás segura?
Ella asintió, convencida-. Puedo manejarme. Yo apenas salgo de aquí, Trystan. Y ya cuento con la poca experiencia que me ha dado el tiempo con Ither. -explicó, en un gesto que se antojó demasiado afable para ser ella-. Tú necesitas mantener esa rutina, aunque ahora tengas una preocupación que será una piedra a la espalda. Si confías en mí para cuidar de tu hija, es posible que ambos podamos mantenernos ocupados el tiempo necesario y suficiente.
- ¿Y después?
La mujer tragó saliva con suavidad-. Ya pensaremos en el mañana cuando llegue. Lo importante es que logremos verlo... -su gesto se suavizó, en lo que su entereza flaqueó por un mísero y maldito instante-. Ella lo habría querido así, ¿no crees?
Esas últimas palabras, turbaron parcialmente esa tensa tranquilidad. Trystan se mordió los labios, antes de asentir. Agachó sus azules al bebé, llegando a presionar ese quedo abrazo ante la calma imperturbable de la pequeña. Un último suspiro inundó el aire y el silencio, antes de que el desafiado con un simple "gracias", dijera tantísimo.

Erah simplemente, sonrió. Ya hablaría con él en otro momento, sobre todo lo pendiente que quedaba. Demasiado quizás. Pero lo importante, es que ambos estaban irónicamente juntos en esto.





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