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"Ponte las pilas" (Thareon) - OneShot

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"Ponte las pilas" (Thareon) - OneShot

Mensaje por Derek el Jue Ago 04 2016, 00:58


No sé durante cuánto tiempo corrí. Sólo sé que corrí, todo lo que me dieron las piernas, a través de las galerías, sin prestar ninguna atención a por dónde iba. Esquivé gente, obstáculos, miradas y comentarios. Y esquivé los sentimientos que en ese momento me estaban haciendo derramar lágrimas mientras corría. Lo que no pude evitar, fue pensar en Trystan. Y no en el hecho de que hubiera intentado matarme. Sencillamente no podía dejar de verle como a Valis. Con esa expresión vacía. Con esa voz impersonal. Con esa mirada al matar, al ver sangre, al dejarse llevar por ese vacío horrible que ahora tendría en el pecho…

No podía dejar de ver a Trystan como al monstruo en el que sabía que se iba a convertir. Al igual que mi primo. No podía dejar de preguntarme si iba a compartir también el mismo futuro. No podía aceptar… que el que para mi seguía siendo mi mejor amigo, aunque ya no fuera recíproco, fuera a terminar… así.

En algún punto indeterminado, mis piernas fallaron, y yo caí al suelo estrambóticamente, dando un par de vueltas de croqueta. Me raspé los codos y las manos, y las lágrimas se tornaron de puro dolor durante un segundo. De hecho, creo que algo se debió venir abajo, a parte de mi orgullo y mi integridad, porque me quedé ahí, sorbiéndome los mocos y sollozando como un puto looser durante un rato, escuchando mis propios gimoteos en la oscuridad.
Eran tantas cosas últimamente, tantos… estragos que habían sucedido desde mi marcha. Encontrarme todas las consecuencias de mis actos de semejante manera, un zas detrás de otro en toda la boca, ya empezaba a ser demasiado.
Terminé por sentarme ahí, en medio de ningún sitio, y abrazarme las piernas con los brazos y las manos peladas. Esa parte de las cuevas era más fría que el resto, quizá porque estaba más cerca de la superficie y más alejada de las corriente de lava subterráneas. Quizá por eso también era algo más oscura. La verdad es que no tardé en inquietarme un poco, por no saber exactamente dónde estaba, así que no tardé en sacar de mi bolsillo uno de mis últimos palitos de luz. Le di un golpe contra el suelo, chasqueó, y se iluminó con un color verde-azul eléctrico. Lo alcé en mi mano, y no reconocí el sitio. La verdad era que no tenía ni fruta idea de dónde coño estaba, pero no me preocupé mucho en realidad. De echo otra cosa atrajo mi atención, y fueron los familiares destellos que plagaron las paredes y el techo de la galería.

La visión de aquellos pequeños microorganismos agrupados entre los líquenes formando aquella especie de cielo estrellado sobre mi, logró paliar parte de mi desconsuelo. Me trajo recuerdos, me hizo sentir... en casa. Por primera vez en mucho tiempo. Y volví a añorar esos brazos cálidos sobre mis hombros, esos momentos despreocupados sobre la hierba con un barril de cerveza... Todo lo que no supe valorar en su momento, y que sólo vi cuando ya no era mío.

... Jeh. De verdad... era un patético gilipollas.

- Tienes buen gusto para los escondites. – Una voz grave detrás de mi me sacó de mi ensimismamiento. Di un bote de sorpresa, y me giré, para encontrarme con dos ojos azules que brillaban en la semioscuridad con luz propia. El hombre no parecía tener cara de haber salido de un combate contra un berserker… bueno, quitando que seguía teniendo las garras de manos y pies y la cola escamosa serpenteando a su espalda. Era un poco creepy verle a medio transformar, la verdad. Pero al menos su rostro volvía a ser humano, y su mirada de preocupación no se apartó de mi a medida que se acercó: - ¿Te encuentras bien?
- No… – Confesé. ¿Cómo coño iba a estar bien, después de lo que acababa de pasar? No obstante, no tardé en asumir por qué el dragón me preguntaba eso. - Jeh… No sufras, no le ha pasado nada al as de tu plan. Aún puedo seguir haciendo bombas para ti.
- Tienes un muy mal concepto de mi, ¿lo sabías? – El dragón sonrió. No parecía ofendido. De hecho, se sentó a mi lado, de una forma rara debo añadir, debido a la forma poco humanoide de sus piernas. - ¿De verdad crees que te he salvado sólo por ser valioso para mi plan?
- Obviamente… - mascullé rodando los ojos.
- Obviamente te equivocas. – Me rebatió, con esa media sonrisa confiada.
No le contesté, porque no me apetecía ni medio kilo discutir con él. Simplemente afiancé el abrazo sobre mis rodillas y apoyé mi barbilla en ellas. De vez en cuando le lancé miradas furtivas a Thareon, pero el dragón parecía ensimismado con la visión de aquellas falsas estrellas en el techo. Tras varios minutos así, entendí que él no pensaba iniciar la conversación, y que si pretendía llegar a algo, iba a tener que hablar yo.


- ¿Qué hago aquí, Thareon?- Pregunté con tono cansado, hastiado. Agotado de todo y de todos.
- Dímelo tú. – Genial. Justo la respuesta que buscaba, gracias.
- Si lo supiera no te lo preguntaría, ¿no crees, genio? – Dije con voz hosca y expresión molesta. Thareon me devolvió una mirada tranquila. Me sorprendió que no se calentara con mi falta deliberada de respeto hacia su persona. Tanto que no tardé en inspirar hondo, abandonando mi hostilidad. - Volví a Talos, siguiendo el consejo de Gihaial, pensando que podría arreglar las cosas. O al menos parte de ellas. Redimirme por el dolor que había causado. Pero… – volví a apoyar la barbilla en las rodillas. - … al parecer allá donde voy, sólo consigo herir a la gente. No hago más que empeorar las cosas.
- Hmm… Así que estás deprimido, ¿es eso? – Resumió. Así, como si fuera tan simple.
- ¡N-no estoy deprimido, dragón idiota! ¿Por qué iba a estarlo?
- No lo sé. No soy yo el que tiene la cara llena de churretes ahora mismo. – Su confesión hizo que mis mejillas enrojecieran y que me empezara a restregar las manos por la cara para quitarme los rastros de lágrimas con cierta violencia.
El dragón se rió por lo bajo, negando con la cabeza. - ¿Te resulta divertido? - Inquirí, visiblemente ofendido.
- No, para nada. - Dejó de reírse y negó con la cabeza. Seguía sonriendo. Pero ciertamente, no tenía una sonrisa alegre. - En realidad, tu situación es muy deprimente, Derek. Así que no te avergüences por estar deprimido. Tienes todo el derecho del mundo a estarlo. - ¿Sabéis ese momento en el que uno no sabe si sentirse halagado o humillado por las palabras de otro? Pues así me sentí yo más o menos. - Que todos aquellos a los que has querido te detesten, en especial tu mejor amigo, y que tú no puedas dejar de apreciarle, especialmente sabiendo el futuro que le espera... A mí también me entristecería. - Clavó en mi esos irises azules topacio tan peculiares, y yo terminé por desviar la mirada hacia ningún sitio.
- ¿Por qué crees que lo hizo? - Thareon me observó con atención interrogante. - El dragón que le arrebató el corazón a Trystan. El que se lo quitó a mi primo... ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene para un dragón jugar así con una vida humana? No lo entiendo...
Él suspiró, y su sonrisa se tornó un gesto de seriedad pensativa. - No podría decírtelo, Derek. Hay tantos motivos como estrellas en el cielo. - Alzó su rostro hacia las biolumenescencias del techo. - Algunos lo hacen sólo por diversión, otros por honor, otros por venganza, y algunos hasta por amor...
- ¿Por amor? - Parpadeé, sorprendido.
- Sí, por amor. - Asintió él, sonriendo de nuevo. Recordé vagamente la historia que me había contado Megerah y su desafío. Y el tal Mocoh ese, a fin de cuentas, ¿no la desafió para salvarla de la muerte? ¿Eso se podía considerar amor? Bueno, en cualquier caso, yo dudaba que ese fuera precisamente el motivo del desafío de Trystan. - Lo que quiero decir, es que a fin de cuentas un desafío es la forma en la que un dragón le da a un humano de demostrarle algo. Quizá un cambio de ideas, quizá un sentimiento, quizá que es más de lo que aparenta... hasta una promesa es válida en ese término. Trystan tiene que demostrarle algo al dragón que lo haya desafiado, y si lo logra, recuperará lo que le pertenece, y ganará mucho más de lo que ha perdido.
- Ya, ¿pero a qué precio? - Negué con la cabeza. - Mi primo pasó años así, Thareon. Y la última vez que lo vi... ya no era él. Era otro. Ni siquiera era una "persona", parecía más un... una...
- ... una máquina. - El dragón asintió. Y yo volví a parpadear asombrado de que un reptil fuera precisamente el que hiciera semejante analogía. - Es cierto, en los desafíos hay un punto de no retorno. Probablemente tu primo ya lo hubiera pasado hace tiempo, y nunca hubiera vuelto a ser el mismo de haber recuperado su corazón. Pero no tiene por qué pasarle eso a Trystan también, Derek. Si realmente quieres arreglar algún día las cosas con él, quizá deberías empezar por confiar un poco en él, en vez de huir de su presencia sólo porque te asusta perderle, igual que perdiste a tu primo. - Sí, a mi también me sonó aquello como a una regañina de padre. Pero ni con eso pude quitarle la razón. Aunque...
- ... él ya no confía en mi.
- A duras penas confías en tí mismo, ¿de verdad esperas que lo hagan los demás? - Auch. Touché. Puta filosofía dracónica... - La confianza en su tesoro muy valioso Derek. Una vez renuncias a ella, es muy difícil reconquistarla. Un sólo error puede empañar años de buenos actos. Y tu error es muy grande como para simplemente esperar que se olvide con una buena acción. - Aquello me pesó un poco, pero sólo porque me vi obligado a darle la razón otra vez. Pensaba que participar en la rebelión iba a redimirme de muchas cosas, pero estaba claro que me había sobreestimado en ese sentido. Mi cagada no iba a arreglarse, y me iba a tocar pensar en otra estrategia para recuperar mi relación con Trystan. - Gihaial tenía razón: hacer algo bueno es una buena forma de empezar. Pero todavía te queda mucho por andar. Tienes que darte tiempo, Derek. Y también a Trystan.
- No es que tengamos mucho... - comenté, #asícomodato.
- Pues... ¿cómo decíais los humanos antes? ¿Ponte las... bridas?
Me quedé mirándole con cara de pasmao, antes de empezar a partirme la caja en dos con su expresión. ¿De verdad el dragón estaba intentando ir de enrollado conmigo? Se me hizo raro de pelotas oír hablar a una lagartija con expresiones de hacía siglos. - "Pilas". Es "ponte las pilas". - Le corregí, y le di un suave golpe en el hombro como premio de consolación.- Close enough, dragón.
- ¡Jeh! Bueno, eso. - Se encogió de hombros y me devolvió el golpe. Me arrancó un quejido de dolor, el muy bruto...  - Hacía muchos años que no escuchaba esa expresión. ¿De dónde las sacas tú, por cierto?
Me pasé la mano por la nuca. Era la primera vez que me preguntaban el motivo de mi extraña forma de hablar, anacrónica cuanto menos. Y me hizo gracia, la verdad. - Pues... de los libros. Y los cómics. Ya sabes, que son como libros de dibujos, y lo único escrito son los diálogos... - Él asintió. Volvió a sorprenderme que supiera de lo que hablaba. Normalmente los dragones no se interesaban mucho por las cosas humanas, y menos por las cosas que en teoría tuvieron que destruir.
- Sí, los recuerdo. Creo que durante la guerra leí alguno.
- ¿En serio? -Enarqué una ceja. Nah, mentira. Se estaba marcando un farol. - ¿Cuál?
- Uno sobre un tipo con una armadura roja mágica, que podía volar y la tenía conectada a un corazón brillante.
- ¿Ironman? - Vale. Chapó. Era verdad, el tío lo había leído. Se me desencajó la mandíbula y todo. Ahora vas y lo cascas...
- Ni idea. Pero me alegré de que no existieran armaduras así en la guerra. - Ese comentario me resultó tan, tan, TAN, Alaric; que casi me meé de la risa en su cara. Él me acompañó en la carcajada, aún no sé muy bien por qué. Y justo entonces, el palito de luz empezó a perder intensidad entre nosotros. - Volvamos, los dos tenemos cosas que hacer. - El dragón se levantó, y yo le imité, dispuesto a seguirle en la oscuridad.

Dejé atrás el palo de luz, las estrellas bioluminiscentes, y la pena por pensar que, después de todo, aún habría alguna cosa que pudiera arreglar. Con el tiempo...




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Derek
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