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Mensaje por Armand el Dom Sep 25 2016, 01:37

Perfecto, incluso con el sabotaje de un desconocido en las alturas, la marcha se había reanudado sin demasiados retrasos, aunque entre el escándalo de aquel dragón que ahora volaba de forma errática sobre nosotros y los empujones del pueblo para saquear algo de comida de la caravana era difícil mantener las ideas completamente claras, aunque no me preocupaba precisamente por hacer avanzar a los soldados, sus mentes ya compartían una sola idea, lejos de aquello, lo que tenía en la cabeza ahora era seguir a uno de los encubiertos que me enviaba señales rapidas de nuestro estorbo, si bien sabia moverse con rapidez sobre esos techos, con tanta prisa no sabía ocultar bien los rastros que dejaba, suficiente ruido para oir con algo de esfuerzo, una presencia delatable con buena observación, seguirlo era algo que solo los de nuestra clase podrían hacer con precisión, y justo cuando aquella flecha comenzó a ir en dirección hacia el cuello de otro caballo, estaba cerca yo también.


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Buen intento, pero no toleraría más esta ridícula búsqueda de líos innecesarios, ya teníamos suficientes problemas con otro supuesto dragón intentando destrozar las proximidades. –Continuen la marcha, ¡protejan a los caballos!- Algunos soldados corrieron a resguardar a los animales restantes que aun andaban después de que dejé los trozos rotos de la flecha en el suelo, mientras tanto ahora me disponía a cazar a aquel alborotador yo mismo, los soldados que rondaban los techos hacían más señales rápidas y discretas mientras más se acercaban, solo bastó hacerles una última seña para que avanzaran a enfrentar a quien fuera que trataba de cazar a los caballos, en el caso más extremo yo me encargaría de esto personalmente.

-Kael, es suficiente, si no bajas de ahí acabarás ardiendo y reavivando las llamas.- Aunque un esfuerzo noble, los intentos de Kael ya no parecían del todo necesarios, las pocas ascuas moribundas en la caravana estaban terminando de morirse por si solas, ahora solo faltaba que el abandonara aquellas brasas a medio arder antes de que terminara inmolándose por simple valor desmedido, no sería lo más prudente mostrar tal vulnerabilidad en público, incluso si no nos prestaban atención.




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Mensaje por El Juglar el Dom Sep 25 2016, 23:58

POST DEL JUGLAR

La acción parece haber quedado claramente dividida en dos planos bien diferenciados: Por un lado, a ras del suelo, algo sorprendente, aunque quizá no tanto teniendo en cuenta las circunstancias y el temor a que el dragón caiga, sucede. Kael, con sus esfuerzos, logra que esos valiosos segundos supongan la diferencia entre salvar el contenido de la caravana y permitir a esos ciudadanos coger la comida sin mayores dificultades. Algunos sufren pequeñas quemaduras o tratan de cogerla resguardándose las manos y moviéndose rápido, y otros, no obstante, intentan alcanzar aquellos más alejados del foco del calor. Sin embargo, ninguno parece dispuesto a atacar al general del ejército de los dragones. Las miradas, eso sí, son curiosas y de evidente sorpresa al verle allí haciendo eso. De hecho, para ninguno pasa desapercibido los esfuerzos que el dragón esmeralda está haciendo, y alguna que otra palabra de agradecimiento se funde con el bullicio general.

El precio, no obstante, es caro. El esfuerzo y la cercanía con el fuego pasan factura a las manos del dragón esmeralda, quien se ve obligado finalmente a soltar la manta si no quiere que el dolor sobrepase el umbral de lo soportable. Pequeñas ampollas empiezan a distribuirse por las palmas y el dorso de sus manos, unas más grandes que otras, y una sensación de ardor, aguda y molesta, entumece sus extremidades.

Mientras tanto, Armand consigue que el convoy avance al detener el ataque estratégico de Alrik. La maniobra del exiliado es eficiente, y los hombres que el comandante de la marina ha destinado en su busca, pese a ir estrechando el cerco, no logran dar con el lugar exacto desde el cual dispara. No obstante, el bloqueo del ataque provoca que la caravana siga avanzando y que nadie se detenga debido a que la mayor parte de la multitud ya se ha disgregado. Un par de hombres del comandante, de hecho, ven salir la flecha, y se dividen, uno a cada lado de los tejados, para arrinconar al exiliado y ponerle las cosas difíciles. En sus manos queda seguir esa lucha o tratar de modificar su estrategia. Las órdenes del dragón, eso sí, son bien acatadas, y formaciones de dos soldados empiezan a escoltar a los animales de tiran de las caravanas para evitar nuevos accidentes.

El otro plano se encuentra sobre el cielo de Talos. Allí, las arriesgadas y peligrosas ideas de ese trío tienen efectos dispares. La cadena sobre el cuello, cortesía de Elia, consigue que el dragón, pese a no querer, se estabilice mínimamente. Un rugido de dolor escapa del animal cuando Daval improvisa una especie de timón personal para dragones... Pero, en realidad, ninguna de esas dos cosas surte un efecto real. La espada está incrustada, pero tirar de ella no facilita que el dragón vire, y usar la cadena directamente, viendo su estado, tampoco parece una idea aceptable...

Aunque es Braid quien da con la clave al golpear los ojos de la bestia, obligándole a cerrarlos sin poder hacer nada por evitarlo. Y en esa ceguera, quizá de forma inconsciente, o quizá por estar escuchando las palabras de su compañero, vira, como si en efecto respondiera a las solicitudes emitidas desde su lomo, en dirección a la plaza de Talos. Así, el convoy va quedando atrás para esas tres personas, puesto que la dirección de las caravanas es otra, directas al castillo.

Pero es la plaza lo que empiezan a contemplar. Una plaza que hierve de actividad a esas horas de la mañana.

¿Valdrá la pena?

Aclaraciones:

  • Cualquier duda se encuentra resuelta aquí.
  • Post introductorio para que os vayáis ubicando y podáis empezar a hacer lo que queráis. El convoy, si no hacéis nada, seguirá avanzando. Yo ya tengo un mapa hecho y una ruta.


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Mensaje por Invitado el Miér Sep 28 2016, 21:08

Se alejaban, mientras se agarraba a la escamosa piel de su amigo Christopher.

Braid había logrado dar con la clave de que el dragón virase con éxito hacia la plaza de Talos, pero a medida que mirada hacia el lugar, gracias a su visión, por mucho, más desarrollada que la de los demás encima de su amigo, con atención distinguir en la premura como el lugar que habían elegido para el descenso se hallaba lleno de gente.

Pronto, un terror le invadió, haciéndole paralizarle. Debía actuar con rapidez.

El joven dragón mantenía aún las alas fuera y sin darse cuenta con el pasar de los segundos parecía que el dolor se aminoraba, sin embargo, caer en cuenta de ello, era algo que no podía ponerse en mente ahora mismo, pues la situación era más contingente y requería su atención. El dragón de ojos azules miró una vez más hacia atrás, viendo con preocupación y los ojos entrecerrados por las corriente de viento que generaba la velocidad del dragón en dirección ascendente como con dificultad su amiga Elia se esforzaba con el otro hombre por mantener el curso correcto de Christopher hacia a la plaza, apenas pudiendo sostenerse ellos mismos ante la fuerza de Christopher quien ahora se hallaba cegado debido a la decisión de Braid. El joven dragón se soltó de su amigo y aleteo una vez más  y se logro sostener en el aire rápidamente, y volando hacia la plaza, resguardo sus alas para dispararse en picada hacia el lugar dejando atrás muy rápidamente a los otros.

Justo estando en la altura correcta desplegó sus alas nuevamente y planeo, dando algunos fuertes aleteos que le ayudaron a sostenerse y caer de pie sobre la base la estatua del gran dragón de ala fuente.

Hablo a la red entera. –¡A todos los miembros de la armada, la marina y la inquisición presentes en la plaza de Talos…os habla el Primer Oficial de la Marina, Braid. Sé que más allá de mi nombre en Puerto Krosan como hijo de un aristócrata, no me conocéis y no sabéis quien soy, pero por favor, en este momento en nombre del General Kael y del Comandante Armand, os ruego vuestra ayuda. Ahora mismo un dragón en su forma real se halla rumbo a la plaza incapaz de controlarse así mismo, si cae, la situación será devastadora. Ayudadme a despejar la plaza o tendremos que cargar una vez más con la muerte de más ciudadanos en nuestros hombros…demostremos que pueden confiar en su ejército. Os lo ruego, por favor, ayudadme. Por lo que más queráis!– Ingenuidad, tal vez demasiada, más de la que podía tener el joven dragón que hoy, apostaba por la buena voluntad de su raza en ayudar y demostrar a los humanos que estaban para protegerlos, y no para dañarlos.

Sabía a muchos de los suyos les importaba un bledo la humanidad, pero seguía confiando en que habían mas dragones como él. Diferentes.

Acto seguridad, y sabiendo a que viva voz su presencia quedaría marcada en la red con esas palabras, que sin duda alguna su hermano y toda la sociedad dragonica escucharían, optó por confiar, y hacer algo para salvar a esa gente. No los dejaría morir, no esta vez, y no le importaba si las consecuencias ante quien siempre se había esforzado por mantenerle en el anonimato y el ideal vivido de su familia en la que los humanos no eran más que escoria esclava lo metía en problemas. Era un dragón y se comportaría como tal. Aleteo una vez más y desde el cielo antes de caer en la plaza, comenzó a dar gritos a viva voz. Debía evacuar el lugar o las consecuencias serian devastadoras. –¡Gente de Talos, escuchadme, en cuestión de segundos un dragón caerá y sin importar quienes seáis seréis aplastados…despejad la plaza ahora. Por favor, hacedlo!– Grito con fuerza sabiendo que solo llamaría la atención a la primera, pero no podía hacer más, y no se rendiría. –¡Por favor, hacedlo rápido, despejad la plaza, corred!– Grito a todo pulmón, casi quedándose sin respiración mientras se movía a pie por la plaza. –¡Correeeeeeeed!– Volvió a gritar con desesperación.

Si aquello no resultaba, y los suyos no ayudaban. Nada lo haría.
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Mensaje por Elia el Jue Sep 29 2016, 15:24

Los segundos que el hombre de ojos rojos tardó en volver a subirla a lomos del dragón carmesí se le hicieron largos y pesados. Lentos, plagados de una incertidumbre tal que lo único que la mujer era capaz de oír era el sonido de su propia sangre corriendo frenética por sus venas, llegando hasta su corazón y volviendo a músculos. Eso, y el aire que la golpeaba, colándose entre sus ropas, alborotándole el cabello y haciéndola zozobrar con tanta violencia que por un momento creyó no ser capaz de sostenerse. Una de sus manos prendía el tobillo del hombre con fuerza, engarrotados los dedos ante la realidad de que ese era el único punto de apoyo que tenía para evitar precipitarse al vacío, y la otra, flexionada a la altura de su pecho en un intento inútil por volver a alzarse, mantenía presa uno de los extremos de la cadena que ella misma había arrojado por el abismo que aquel escamoso cuello dibujaba. Sus pies pendían en un limbo invisible y se aferraron, quizá por desesperación, quizá por frialdad, quizá por una necesidad que iba más allá de salvar a toda la gente que había bajo el reptil, al otro extremo de aquella consecución de eslabones, ese con el que había pretendido rodear aquella reptiliana garganta y que ahora, empujada por la inercia, regresaba a ella de una forma que no era la que había imaginado.

Ningún humano, aunque no grite, aunque no patalee, aunque no alce la voz para quejarse de la aciaga suerte que le ha tocado vivir, aunque un solo segundo de ese tiempo escaso en maldecir a esa mano divina que se suponía marcaba el rumbo de sus acciones, se siente cómodo suspendido sobre un infierno que amenaza con engullirle… y Elia, a pesar de que cada vez se sentía más cómoda en las alturas, no era una excepción. Su modo de vida, no obstante, le había concedido la suficiente templanza como para tomarse un segundo y mirar a su alrededor, como para valorar todas las opciones que se le cruzasen en el camino antes de lanzarse de cabeza hacia un objetivo, y por eso fue que, a pesar de que no se demoró ni un solo segundo en ascender de nuevo, tirando con vehemencia de su propio cuerpo para que eso, sumado a la fuerza del otro, la hiciera volver a quedar a los mandos de aquella criatura, no ignoró tampoco las cosas que se sucedían a unos cuantos metros bajo ella. Desde aquella peculiar posición, mientras subía a un lugar del que intentaban echarla, la esclava fue consciente de todo cuanto, ajeno a ella, continuaba aconteciendo.

Vio en la cabeza a la rata de la marina capitaneando a los soldados, dándole las órdenes pertinentes para que protegieran a las bestias que tiraban de los carruajes. Vio, quizá por la altura que el híbrido había alcanzado con su vuelo, al arquero que estaba causando el retraso de la caravana arrastrándose por el suelo de una de las azoteas, probablemente buscando otro lugar desde el que asentarse para disparar. Vio a Braid golpear a la criatura alada en los ojos y sintió el giro que la bestia comenzó a describir en el aire. Vio el lugar al que se dirigían, hacia la plaza, abarrotada de gente, hirviente de actividad… y durante aquel balanceo, como si en ese momento el tiempo se detuviese, vio cómo el águila, su águila, desplegaba las alas y trataba, con todas sus fuerzas, de apagar ese fuego que consumía la comida del convoy. Observó a cámara lenta, mientras se alejaba más y más, cómo sus manos aporreaban una y otra vez la lona y cómo aquella gente, su gente, la gente que verdaderamente sufría bajo una tiranía a la que él no representaba pero de la que era fingido portavoz, le rodeaba hasta hacer que le perdiera de vista. Sintió miedo. Tanto que eso, sumado a que apenas había vuelto a sentir su cuerpo apoyado sobre una superficie firme, se echó a temblar. No sintió que su salvador le arrebataba la espada que le había arrebatado a aquel soldado antes de que Kael la lanzara, ni tampoco cómo aquella mano que había velado por su seguridad la prendía del pie para evitar una nueva caída. Sus ojos, abiertos de par en par, sólo sabían mirar esa gente que cada vez se hacía más pequeña intentando localizarle… y no fue hasta que el rugido del dragón no retumbó en sus oídos que no volvió en sí.

Tensó la mandíbula, girando la cara para volver a enfocar al frente. Sus dedos, blancos por los nervios, se aferraron inconscientemente a una de las protuberancias que emergían de la espina dorsal del reptil y su cuerpo, agazapado, buscó en la anatomía de la bestia el lugar preciso para poder apoyarse sin caer. Le llevó unos segundos reunir el valor suficiente para alzarse sobre ese inestable suelo, equilibrada por una brisa que la ayudaba a mantenerse estática donde estaba, para dirigirse a su viejo amigo al ver que éste echaba la vista hacia atrás.

- ¡Ve! –y sin más, viéndole partir hacia el lugar donde la gente se concentraba, la esclava volvió a acuclillarse donde estaba, tomando al otro por el brazo para que la mirara- Ayúdale. Despejad la plaza. –echó la cabeza a aun lateral para ver la distancia- Os daré todo el tiempo que pueda. ¡Date prisa! –a él las gentes le temían. Si ella podía hacer algo porque ese día no terminara en tragedia, sin duda su destino estaba sobre aquella criatura. Ambos eran más útiles en tierra.

Apoyó la mano en la espada tras dar la orden y aguardó en silencio a que se fuera antes de echar una mirada por encima de su hombro, hacia esa muchedumbre que desaparecía, y sonreír. Era un buen hombre. Realmente lo era. Su mirada cambió cuando echó la vista al frente, más decidida, más seria y su mano libre asió con fuerza la cadena, tirando de ella, mientras apretaba los dientes. Cerró los ojos… y quizá fuera su fuerza interior que empezó a girar a su alrededor impidiendo el vuelo, quizá la sonrisa de algún dios que apreciaba su valor… pero como fuera, el aire empezó a batir en dirección contraria al vuelo, sólo lo necesario para hacerle mantener el rumbo, ralentizándolo sin que cayera. No sabía cuánto aguantaría, ni tampoco cómo terminaría aquello. Lo único que esperaba era que Braid y su híbrido favorito tuvieran el tiempo suficiente para apartar a la gente… porque Elia apenas podría darles unos segundos de tiempo antes de que esa misma brisa con la que había pretendido detener a ese bastardo con sangre Verminaard, les empujara a ambos hacia abajo. Hacia la plaza. Contra la estatua de la Reina Madre.


Última edición por Elia el Mar Oct 18 2016, 19:17, editado 1 vez




If you know the enemy and know yourself, you need not fear the result of a hundred battles.
If you know yourself, but not the enemy, for every victory gained you will also suffer a defeat.
If you know neither the enemy nor yourself, you will succumb in every battle.


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Mensaje por Alrik el Sáb Oct 08 2016, 03:34

El ejército se había recompuesto demasiado bien para su gusto de aquel intento de ataque. Con los soldados en guardia y sus escudos en ristre parecía imposible conseguir hacer alguna baja más, al menos no sin acercarse hasta un punto demasiado peligroso para proceder. Pese a haber visto morir a un dragón a sus mismos pies y haber hablado hasta la saciedad con la joven castaña que había conseguido asesinar a uno, la verdad era tan pura como los copos recién caídos, el solo sería un contratiempo menor, una pequeña piedra en el camino fácil de rodear o de apartar. Por eso se mantenía aparte del mundo, escondido tras la densa foresta, incapaz de comprender como su propia especie permitía seguir humillada ante aquellos seres.

El frío del suelo había tardado poco en traspasar los pesados pantalones, aunque esto solo hacía caldear ya el de por si inflamado genio del cazador. Mientras apretaba un poco de nieve con los dedos, con fuerza hasta que se formó un buen pedazo de hielo, un nuevo chillido de Skadi llamó su atención. Los inequívocos círculos marcaban el movimiento que se había empezado a generar en los tejados colindantes, marcados por sendos chillidos de la rapaz, que parecían cuasi molestos, aunque como siempre nunca sabría hasta horas más tarde si con él o con los extraños que ya empezaban a moverse entre los tejados, aunque, por suerte para Alrik, el indecoroso refugio entre la pulcra colada de alguien había impedido que aquellos hombres lo detectaran aún. Si no hacía algo pronto esa ventaja desaparecería en unos momentos. Volviéndose a colocar el arco al hombro y tras taparlo con su capa, echó un vistazo a uno de los callejones que rodeaban la fachada del edificio. Con más prisas que premeditación, se descolgó del techo, con intención de minimizar la caída. No obstante, la congelada superficie no ofrecía el agarre suficiente y el viejo cazador se precipitó pesadamente en una ingente acúmulo de basura que incluso bajo aquellas temperaturas, olía como si bajo aquella bazofia se encontrara el cuerpo completo de un dragón muerto.

-Dos visitas a la capital seguidas que acabo en la basura como las sobras de la cena. Se levantó aún refunfuñando y quitándose aún trozos de lo que antes debió ser comida, aunque había que ser demasiado optimista para pensar que era la cena de ayer. Se dirigió a la plaza a través de una de las bocacalles menos concurridas, con suerte conseguiría alcanzar de nuevo la comitiva y volvería a tener alguna oportunidad. Confiaba al menos que entre el gentío, aquel extraño olor se diluyera lo suficiente como para no llamar demasiado la atención.
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Mensaje por Arsene el Mar Oct 18 2016, 16:32

Parece que las ideas nos iban llegando a todos una tras otra, jinetear un dragón, ahorcarlo un poco e incluso darle algunos golpes para que obedezca, entre eso y los intentos por mantenernos firmes estábamos logrando algo, aunque el problema que teníamos ahora no se resolvía con actos de riesgo, al menos no de esta clase de riesgo. La plaza era el habitual hervidero de gente, al menos no es la crematoria de la vez pasada, pero aun asi seguían siendo demasiadas para aterrizar esta cosa, e incluso los gritos de advertencia del rubio que había bajado a avisar no hacían demasiado efecto.

La rubia también insistia en que lo ayudara, aunque mi excusa era que yo no tengo alas, al menos no ahora mismo, y no creo que pueda tenerlas, y si me diera por lanzarme de esta altura ni siquiera con lo que soy terminaría vivo, o seguramente acabaría inmóvil de por vida, y eso no sería particularmente conveniente, no para la clase de problemas que suelo buscarme. En eso solo me quedó una alternativa en la cabeza, y no era la más delicada de todas, recuerdo bien una forma de dispersar masas con facilidad, aunque la vez que me valí de ese método no estaba del todo en mis casillas, fue un acto bastante más ardiente de lo que esperaba, y no iba a seguir calcinando gente por gusto a menos que lo merecieran, pero eso requeriría demasiadas cosas. En fin, después de debatirme un par de segundos entre lo que podía hacer y lo que no terminé cediéndole las riendas a la chica. –Agarrate fuerte, y no mueras.- Sin esperar alguna respuesta más salí corriendo a uno de los bordes, a medio camino ya sentía ese dolor tan usual que sentía al cambiar de forma, cuando comenzó la caída ya podía percibir como todo se hacía más pequeño, y algunos metros antes de aterrizar ya estaba completamente consciente de lo que acababa de hacer.

The convoy (Mini-trama) - Página 4 Deathwing-o

Comencé a rugirles a todos a los cuatro vientos, no tardaron nada en salir corriendo por cualquier lugar que pudieran, lástima que a veces el pánico da más fuerte de lo esperado, la gente salía entre atropellos y demás, algunos se lastimaban entre ellos al retirarse, pero supongo que es mejor que morir aplastados bajo el peso de un dragón o calcinados de forma instantánea, en fin, la plaza se despejó en un par de segundos, incluso con toda esa gente ya parecía que estuvieran acostumbrados a correr cuando veían a un dragón. Ahora lo que faltaba era encargarse de bajar a aquel idiota, supongo que la rubia sola no podría hacer que se comporte, o al menos no sin lastimarlo de forma permanente, alcé el vuelo con rapidez, y una vez más llevándome por el medio la cabeza de la estatua de la reina de un coletazo mientras ganaba atura, seguramente esa cosa estará maldita de tantos golpes que recibe, de todos modos no iba a preocuparme por eso, cuando alcancé al otro dragón le puse las garras sobre el cuello y lo obligué a volver a tierra, ayudaba que fuera más pequeño que yo, fuer bastante fácil bajarlo, y  por lo que veo la rubia logro evitar darse una hostia demasiado fuerte en el aterrizaje, aparte de eso un par de calles demolidas y pánico colectivo era poco por evitar que destruyeran lo demás.




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Mensaje por Kael el Dom Oct 30 2016, 20:40

Estaba haciendo lo correcto. En el fondo de alguna parte de su ser, sabía que ese lugar era donde debía estar. Que su posición en esos momentos no se encontraba sobre las casas de Talos, interceptando a ese híbrido en un combate de fuego y garras, de destrucción y peligro para el resto de ciudadanos. Que allí, conteniendo ese pequeño incendio y permitiendo a esos ciudadanos obtener unos suministros que se iban a echar a perder, estaba siendo más útil. Atrás quedaba, de hecho, el amargo recuerdo de la reprimenda por parte de su reina por haberse comportado de forma imprudente en anteriores altercados, o haberse transformado y puesto en peligro la integridad de muchos. No iba a cometer de nuevo un error semejante, o dar más pretextos para ser humillado en público o para que su figura se viera más cuestionada de lo que ya estaba. No, no estaba dispuesto a pasar por ese aro y observar como aquellos que se movían en las sombras, esos que siempre habían estado ahí y esos otros que aprovechaban la nueva coyuntura para hacerse un hueco en el poder, conseguían lo que pretendían.

Pero, además, tenía otro motivo, uno en el que empezó a pensar mientras apaciguaba las llamas y escuchaba, dentro del bullicio y la sorpresa generalizada, palabras de agradecimiento. ¿Le daban las gracias, a él, a un dragón, al general del ejército de la reina, a la cabeza visible de los soldados que hasta hacía bien poco controlaban sus vidas? ¿No recordaban lo sucedido años atrás, o décadas atrás? ¿No recordaban su frialdad o su aire implacable? Quizá sí, o quizá no. Poco importaba, en realidad, puesto que no solo estaba haciendo eso por ellos. También lo hacía por él, por sentirse bien consigo mismo. Por creer en algo, en una idea, que al menos alimentaba su esperanza más que el panorama actual. Y también lo hacía por ella, por esa persona que se había subido a los lomos de esa bestia sin pensárselo dos veces tras dejar un beso sobre sus labios. Aún sentía el tacto cálido en la boca y el hormigueo del gesto, y supo que quería que ella se sintiera orgullosa de él. Que, por una vez, viera algo diferente a la decepción o al odio en los ojos de otra persona.

Frunció el ceño y dejó escapar un siseo de dolor ante las quemaduras de sus manos, soltando la lona segundos después, cuando ya no quedaba nada que repartir. Bajó de la caravana de un salto y miró a su alrededor antes de echar a correr hacia la plaza a la máxima velocidad que le permitían sus piernas. Con suerte, llegaría a tiempo de evitar una catástrofe. Si esa bestia se estrellaba sobre la plaza y no existía aviso de ningún tipo, las víctimas podrían contarse por centenares...

Y no estaba dispuesto a que esa misión terminara en un nuevo fracaso.




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Spoiler:
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Mensaje por El Juglar el Dom Oct 30 2016, 21:07

POST DEL JUGLAR

Los movimientos empiezan a sucederse con mayor rapidez. Los nervios, el estrés, la adrenalina y el miedo generan efectos dispares y a la vez complementarios en muchos de los improvisados protagonistas del convoy. Kael se da cuenta con cierta rapidez de que el dolor de las quemaduras, aún siendo soportables, ralentiza sus acciones.  Es rápido, pero su ritmo no es tan elevado como el que podría tener de estar en plenas facultades, y durante su trayecto tiene que lidiar con pequeñas masas de gente que tratan de huir o de encontrar un camino seguro. No obstante, el general tampoco se ha dado cuenta de que, al caer de la caravana, la pieza de tela que llevaba en uno de sus bolsillos ha caído, y ahora es pasto de las llamas que él mismo ha estado conteniendo hasta hacía bien poco.

Alrik, por otro lado, logra caer con cierta fortuna y no partirse ningún hueso. Sin embargo, si presta la debida atención y mira hacia los lados en alguna de las muchas bifurcaciones que toma hacia la plaza, podrá apreciar que el convoy no está siguiendo ese mismo camino, y que su idea de intentar atajarlos no parece viable. La plaza hierve de actividad, en efecto, pero no parece ser el destino final del ejército y de sus caravanas. El exiliado, pues, debe elegir un camino claro: O colaborar con esa bestia que surca los cielos, o seguir con su particular y entorpecedora empresa.

En la plaza el ambiente es completamente distinto. De esa calma inicial y apacible se pasa a la tensión de ver a un dragón volando en su forma real. Muchos recuerdan lo sucedido tiempo atrás y el olor a carne quemada. Otros tuvieron la suerte de poder estar y vivir para contarlo, y otros la desgracia de perder a sus seres queridos en esa rebelión. Y de la tensión surge la sorpresa cuando Braid desciende y da el aviso, tanto por la red como al resto de ciudadanos. Lo que podía parecer una práctica o un reconocimiento aéreo se convierte en algo caótico y problemático. Algo peligros. Y de la sorpresa, surge el pánico cuando Daval comete el error de transformarse para que la plaza se despeje más rápido. Y la acción de dragón e híbrido, en conjunto, surte efecto, aunque no el deseado: La gente huye, pero no de forma ordenado. Unos se empujan con otros. Otros aplastan a los primeros. Los niños, mujeres y ancianos se ven en posiciones inferiores en su intento de huir de la plaza, y los gritos se alzan por encima del aleteo del dragón, incluso de sus característicos sonidos...

Pero algo permite que la situación mejore. Unos segundos, unos pocos. Los que Elia gana con ese misterioso viento, ralentizando la caída lo suficiente como para que, pese al pánico y el descontrol, la plaza quede bastante despejada. Ambos, bestia y humana, comienzan a precipitarse sobre la plaza, y la joven esclava tiene un par de segundos, quizá uno solo, para no terminar aplastada ante la fuerza del impacto o cayendo bajo el peso de la bestia sobre la que se encuentra montando en esos momentos. Su muerte, no obstante, parece inminente aunque haya salvado las vidas de muchos.

El dragón choca con violencia independientemente de lo que la esclava haga, llevándose una parte de la estatua en el impacto, que cae al suelo con estrépito, y el suelo tiembla con una violenta sacudida cuando todo su peso se deja caer. Un rugido lastimero escapa de sus fauces y luego se hace el silencio en la plaza. Un silencio extraño, incómodo.

Mortal.

Aclaraciones:

  • Cualquier duda se encuentra resuelta aquí.
  • Post introductorio para que os vayáis ubicando y podáis empezar a hacer lo que queráis. El convoy, si no hacéis nada, seguirá avanzando. Yo ya tengo un mapa hecho y una ruta.


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Off: Daval, he anulado la última parte de tu post ya que has realizado demasiadas acciones en un solo turno, comprometiendo también las acciones de otros usuarios al cerrar algunas tuyas o darlas por supuestas. Como verás, he dejado gran parte de lo que has hecho, así que solo he cancelado lo que he visto más oportuno para que la situación quede coherente.

Off2: Habrá una intervención más después de esta antes de que termine esta mini-trama, así que tenedlo en cuenta para lo que queráis hacer ^^.
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Mensaje por Elia el Lun Oct 31 2016, 21:01

Podría haber abierto los ojos y ver qué era lo que estaba haciendo. Podría haber abierto los ojos y ser consciente, de una vez por todas, de que ella tenía el poder de vencer esa violenta brisa que combatía en su rostro y alborotaba sus cabellos. Podría haber abierto los ojos y haberle dado forma, dirección y sentido al aire que la rodeaba en lugar de simplemente dejar que su corazón marcase el pulso, la fuerza y la forma de aquellas invisibles caricias. Podría haber abierto los ojos y percatarse de que no era la fuerza con la que sus manos asían la cadena que rodeaba el cuello del dragón carmesí la que estaba frenando el avance de este. Podría haber abierto los ojos y observar cómo aquella imponente criatura aleteaba con torpeza, avanzando con mágica lentitud apenas lo suficiente como para que la plaza quedase despejada. Podría haber abierto los ojos y comprobar la distancia, cada vez más pequeña, que la separa del suelo. Que la separaba de un golpe doloroso y magistral. Que la separaba del polvo y las cenizas en las que al final terminaría, irremediablemente, por convertirse cuando Odín la llamara a su lado. Aquella distancia que la separaba la muerte y de todo lo que alguna vez había conocido.

Pero Elia, aun con todo, mantuvo los párpados bajados. De alguna forma que no alcanzaba a comprender del todo, o que quizá era demasiado compleja para ser explicada, allí arriba, a lomos de una criatura a la que temía y cuya garganta rodeaba con una cadena sólo un poco más oxidada que la valentía que aún latía en su pecho, era libre. Libre para tomar un destino que no era el suyo. Libre para volver a surcar los cielos una última vez antes de hundirse en la piedra, en las entrañas de esa tierra de la que no todos tendrían que haber salido. Libre para elegir. Libre para decidir qué hacer. Libre para decidir cómo terminar sus días. Libre para decidir por quién dejar correr esa sangre que cabalgaba frenética por sus venas. Libre para entregarse a una causa perdida. Libre para mostrarle al mundo lo fuerte que era la raza humana; la importancia que un miserable esclavo podía cobrar sólo si tenía la determinación suficiente para hacer lo que era menester. Libre para demostrarle a cuantos escépticos hubiera que dragones, humanos e híbridos podían formar un buen equipo contra una amenaza. Una amenaza como la que trataba de dirigir. Una amenaza a la que Braid, el híbrido de ojos rojos y la fémina, se habían enfrentado dejando a un lado sus intereses.

Apretó los dientes cuando notó, en el ángulo que tomaba su cintura, que la criatura descendía. Fue entonces cuando sus manos, blancas por la presión, palidecieron un poco más durante unos instantes; fue entonces cuando su corazón, acelerado por la intensidad de los acontecimientos, por el miedo y por ver cerca su final, dio un vuelvo y se detuvo… y fue entonces y sólo entonces que la esclava se decidió finalmente a abrir los ojos. Un segundo, dos quizá. Sólo el tiempo necesario como para ver que lo que iba a hacer que aquella bestia escamada se detuviera no iba a ser otra cosa que la estatua de la Reina Madre. Sonrió para sí. Muchos meses en el pasado, había estado en la inauguración de aquella imponente escultura acompañada por el digno portador de unos ojos verdes que había perdido entre el gentío. Muchos meses en el pasado, había visto nevar por primera y puede que única vez en su vida. Muchos meses en el pasado, había elegido la prudencia a la acción… ahora, en el futuro que vivía, su elección era otra. Su elección era tirar ese símbolo que no debió volver a erigirse.

Se mantuvo sobre el dragón todo el tiempo que consideró oportuno, y sólo cuando apenas quedaban unos segundos para sentir su fatal destino, cuando sólo apenas dos segundos la separaban de la catástrofe, Elia relajó la fuerza que sus brazos ejercían, esbozó una sonrisa sutil y calmada y volvió a bajar los párpados. Visualizó la cara de su hermano. Visualizó la cara de su águila, y por un instante, también sintió en su boca el sabor y el tacto de aquel último beso. Sus piernas se movieron por pura inercia cuando la llevaron a precipitarse por la curvatura de una de aquellas imponentes alas, y quién sabe si fue por un movimiento del híbrido o puede que por el aire, pero la mujer salió despedida a una distancia mayor de lo normal… y fue durante esa caída, que la humana se dio cuenta de que el cansancio que atenazaba sus músculos era tal, que si quiera pudo hacerse un ovillo durante el descenso para intentar resguardarse del golpe.

Sólo esperaba que, si era su momento, pudiera estar pronto sentada a la mesa con el padre de todos.




If you know the enemy and know yourself, you need not fear the result of a hundred battles.
If you know yourself, but not the enemy, for every victory gained you will also suffer a defeat.
If you know neither the enemy nor yourself, you will succumb in every battle.


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Mensaje por Arsene el Mar Nov 08 2016, 00:53

Bien, sabía que el pánico se apoderaría del pueblo tarde o temprano teniendo en cuenta la clase de escandalo que es estaba armando, lo que no quería que pasara era que escalara a tal grado, la gente estaba aun más loca de lo usual y pues mi presencia no hacía más que agitarlos sobremanera por encima del deseo de salvarse, al final hacer esto ayudó menos de lo que quería pero bah, ya me esperaba algo similar. Lo más divertido fue ver como el idiota que tratábamos de aterrizar caía por su propio peso cerca de mí y se llevaba un trozo de la estatua de la reina, y yo que quería ser el que se llevara ese honor hoy, pero al menos ese logro del día estaba cumplido, solo tocaría esperar que a nadie se le ocurra reconstruirla para evitar más incidentes, y viendo las cosas más positivas me di cuenta de que la rubia había sobrevivido al impacto, bastante bien de hecho pero seguramente estaría mareada por aquel paseo tan rústico, y además de eso las cosas se habían quedado demasiado calladas, demasiado incluso para los oídos que tenía ahora mismo, pero no me quedaría para saber de que demonios se trataba, y eso pensaba mientras comenzaba a perder mi tamaño y me acercaba al lugar sobre el que la rubia había caído, no sin antes robarme un trozo de tela de un puesto destruido para evitar correr como llegado al mundo por ahí, aquella loca que hace poco le lanzaba groserías e insultos a todos estaba bastante magullada, pero viva y lo suficientemente despierta para quejarse del dolor por lo bajo, y honestamente sería una traición dejarla aquí sola para que le pase lo que me pasó a mi una vez.

-Vamos, ya nos encargamos de lo nuestro y ya no pintamos nada aquí, es momento de irnos.- Y sin más que decir la levante del suelo lo más rápido que pude y comencé a andar sobre los escombros para buscar alguna salida, por lo alto, por lo bajo, a la vista de todos, donde fuera, pero lo primero de importancia que vi fue al sujeto de los ojos verdes, nada más pudimos vernos por un instante, suficiente para darnos a entender que de alguna forma estábamos a mano antes de saltar detrás de otra pila de madera y piedra desperdigados por las caídas y comenzar a sortear las calles en busca de alguna alcantarilla, esos segundos tan dolorosamente largos que tarde en encontrar un agujero lo bastante grande para caber los dos me dejaron con más de una duda respecto a si me habían seguido o si me estarían siguiendo, al menos había evitado cualquier ruta que me llevara demasiado profundo a la base de la resistencia, lo que me importaba era alejarme lo suficiente de la ciudad y salir por un desagüe que nos dejara fuera de la vista de todos lo suficiente para que se calmara la situación.

Y varios momentos estresantes y largos después conseguí lo que buscaba, un drenaje que desembocaba en una playa lejana de los puertos, sería suficiente para pasar un par de días lejos del jaleo y regresar con la cabeza baja para que no pensaran que tuvimos algo que ver, con suerte nadie nos habrá reconocido hoy.




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Mensaje por Invitado el Jue Nov 24 2016, 17:47

Por fin, la caída se había dado.

Los actos de Braid habían dado fruto, al menos hasta el momento en que había decido descender a la plaza, en un desesperado intento de que los dragones con algo de sentido de común le hiciesen caso a él, pero ¿Quién era él? Quizá podía tener un cargo importante como Primer Oficial del buque insignia, pero es que incluso para todos los miembros de la Marina él era nada más que eso: un protegido. El protegido de Dagmar, su hermano mayor. El capaz siempre había sido su hermano, y no el, quien era un niño mimado. La verdad, el joven dragón portuario no entendía aun porque el Comandante le había puesto bajo su mando, dándole esa gran responsabilidad, que veía ese dragón en él? ¿Por qué lo ponía a prueba de esas maneras tan particulares? Lo obligaba a ser menos dependiente, y aquello siempre se había sentido bien un poco de libertad y responsabilidad propia, aquella que siempre había anhelado y creyó podría encontrar en el océano. Aún mantenía la esperanza de que fuese así…de que en algún momento la aventura lo esperaba y pudiese ir más allá junto a él, junto a Dagmar. Lejos de todo estos yugos sociales.

El sueño eterno que se alejaba bastante de los intereses particulares de Dagmar y su ambición.

Todo eso lo pensó cuando estaba en medio de aquel caos que aquel híbrido que no conocía había causado, viendo a la gente correr de aquí para allá y como había entorpecido un poco lo que había intentado hacer. Por la joven mente pasaron los peores pensamientos, no quería que nadie muriese a causa de Christopher, a causa de una rebeldía estúpida. –No…– Se dijo en voz alta y grito con esmero. –¡Corred!

Braid miro como en medio de la multitud enardecida un pequeño niño caía, llorando sin que nadie le prestase ayuda ante el pánico. Abrió los ojos como platos y fue en contra de todos los que corrían en dirección contraria a él viendo como el llanto del pequeño que no sabía qué hacer se perdía entre los gritos de dos dragones en medio de la plaza. –¡Apartaos, apartaaaaoooos!– Y en medio del miedo, un miedo que jamás hubiese sentido expandió sus alas y las agito con fuerza levantándose un poco del suelo y lanzándose a toda velocidad con la que ya había ganado mientras corría y justo, segundos antes de que el dragón cayese a tierra deslizándose por esta, logró tomarlo entre sus brazos, lanzándose y cayendo en dirección contraria de Christopher quien siguió de largo destruyendo parte de la estatua que adornaba la Plaza de Talos y hundía en caos todo el lugar. Con el niño entre sus brazos, los oídos aturdidos por el sonido de todos los impactos, las alas cubriéndoles debido a que las había usado para poder cubrirse de un golpe y los raspones en su cuerpo, entre abrió los ojos viendo el montón de polvo y tierra que se espacia en el aire después del estruendo y la soledad que se había apoderado de todo el lugar. Miró al dragón lejos de él y escuchó el sonido que emitió, miro al niño entre sus brazos, vivo y acurrucado a él mientras seguía llorando y una mujer que salía de algún callejón gritando un nombre. Braid supo que se trataba de la madre del pequeño y se levanto para que esta viese que estaba a salvo, y se lo entrego en sus manos. –Tranquila, estáis a salvo. Salid de aquí antes de que lleguen los soldados.

–Christopher, Elia…– Pensó en voz alta, al momento, y enseguida se viro en dirección al dragón, corriendo para encontrar al otro híbrido correr con Elia en sus brazos, quiso detenerlo, quería ver como estaba su amiga, pero también estaba su amigo en el lugar, solo. Apretó los puños obligándose a confiar en que aquel desconocido, la cuidaría bien. –No muráis, Elia.– Pensó y fue hacia Christopher, tocándole y hablándole al oído. –Vamos amigo, tenéis que ayudadme si queréis que os saque de aquí. Volved a tu forma humana antes de que lleguen los soldados.– No hizo más que preocuparse al no tener respuesta. –Christopher, por favor…si la Inquisición llega…no podré ayudaros. Sabéis cual es mi deber como soldado…no quiero entregaros…– Volvió a decir, y bajo la cabeza recostándola contra la piel del dragón, pensando lo peor. –Por favor…
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Mensaje por Kael el Dom Nov 27 2016, 21:04

Kael avanzaba todo lo rápido que podía por las calles de Talos. Tras tantos años viviendo entre ellas se conocía la gran mayoría de caminos y atajos para llegar rápido a su destino, pero ahora la ansiedad provocaba que sus acciones no fueran tan premeditadas y comedidas como lo eran antaño. Al fin y al cabo, no estaba persiguiendo ladrones ni buscando indicios de actividad terrorista. Se encontraba persiguiendo a un dragón, o híbrido (aún no lo tenía del todo claro), que había sembrado el caos y el terror en el convoy. En su convoy. Y esa acción no podía quedar impune...

O al menos, esa era la versión que iba a dar si alguien le preguntaba por su rostro serio o la tensión que adornaba sus facciones, convirtiendo una cara ciertamente atractiva en una máscara con un rictus permanente que no parecía abandonar ni siquiera cuando respiraba. El dolor del fuego aún laceraba sus manos con esa ardiente sensación, y su pecho subía y bajaba con mayor rapidez conforme era consciente de que estaba más cerca de su objetivo. Y temía, por encima de todas las cosas, encontrarse con una masacre similar a la que ese hombre que había ayudado a Elia en la locura de subirse a lomos del dragón. El olor a sangre, los gemidos ahogados de los moribundos, la sensación de vacío que quedaba en el lugar después de esa tragedia... No, no quería pasar por ello una vez más.

Sin embargo, en el fondo, temía por ella. Por su flecha. No sabía cómo podían terminar las cosas, ni había podido hacer nada por evitar que esa intrépida mujer se lanzara a las fauces de una muerte casi segura. Y ahora, quizá, encontraba su cadáver junto al de otros tantos.

Giró sobre la última esquina y sus ojos divisaron finalmente la plaza instantes antes de que el dragón se estrellara. El estrépito fue sonoro, y la estatua sufrió unas consecuencias reparables pero importantes. El corazón se le quedó pequeño en esos momentos al no verla en la distancia, aunque la plaza, sorprendentemente, había sido bastante despejada, y las bajas parecían mínimas, por no decir inexistentes...

Pero seguía sin verla. Conforme avanzaba, acercándose al centro y al cuerpo del dragón tirado en el suelo, seguía sin apreciar su cabello dorado, su silueta, sus ojos verdes:

¡No os acerquéis! — Exclamó hacia algunos ciudadanos que, movidos por una morbosa curiosidad, parecían dispuestos a ser un poco valientes. Los hombres que había destinado previamente allí se acercaron.— Estableced un perímetro de seguridad y preparad las cadenas. Si está inconsciente no tardará en transformarse de nuevo.— No tenía claro quién era, pero era culpable de atentar contra una misión oficial del ejército de la Reina Madre. Y, hasta tener más información, le esperaban las mazmorras y un par de interrogatorios.

Kael, sin embargo, empezó a dar vueltas alrededor de la plaza. Técnicamente aseguraba que todos estuvieran bien y medía los desperfectos generados en la estatua. Pero, en realidad, seguía buscándola...

¿Dónde estaba?




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Mensaje por El Juglar el Dom Nov 27 2016, 21:55

POST DEL JUGLAR

El impacto de Elia contra el suelo es contundente. De no haber esperado hasta el último instante y saltado en el momento final, seguramente la joven humana estaría muerta. No obstante, pese a ello, la esclava sufre unas consecuencias nada desdeñables: Varias costillas se fracturan en el impacto contra el suelo, y las contusiones y magulladuras son poca cosa en comparación con el traumatismo que sufre en la cabeza, que empieza a sangrar de forma abundante. Pierde la consciencia en el acto, y por sus heridas, parece necesitar atención médica con bastante urgencia.

La plaza, eso sí, ha sido correspondientemente despejada y no han habido víctimas mortales. Más allá de los daños y desperfectos sufridos sobre la estatua, nadie ha terminado muerto, señal de que los esfuerzos de Daval, Braid y la propia Elia han servido para algo. De hecho, las palabras del marine sobre el cuerpo del dragón surten efecto. Quizá en un último acto de voluntad antes de caer inconsciente, o quizá presa de su propio cansancio, la bestia se envuelve en un haz de luz antes de terminar convertido en su forma humana, desnudo y con los ojos cerrados, respirando tranquilamente. No parece presentar heridas profundas, y la regeneración propia de los de su raza hace el resto del trabajo. Los soldados de Kael, eso sí, obedecen sus órdenes sin rechistar y con rapidez, rodeando la plaza. Son dos de ellos los encargados de rodear el cuerpo del joven peliblanco con un par de cadenas y levantarlo del suelo ante la atenta mirada de algunos.

El general de la armada, sin embargo, solo puede apreciar como dos figuras, una de ellas rubia y malherida, sostenida sobre el cuerpo de la segunda figura, abandonan la plaza mediante un acceso secundario antes de desaparecer de la escena completamente.

El convoy, mientras tanto, ha alcanzado las puertas del castillo. Solo dos caravanas se han perdido y el resto no han sufrido mayores percances ante la ausencia de nuevos ataques o manifestaciones. A efectos prácticos, la misión ha sido un éxito, pero no rotundo. Quizá la eficiencia del ejército pueda volver a ser lo que era después de todo...

El tiempo dirá.
Aclaraciones:

  • Cualquier duda se encuentra resuelta aquí.
  • Post introductorio para que os vayáis ubicando y podáis empezar a hacer lo que queráis. El convoy, si no hacéis nada, seguirá avanzando. Yo ya tengo un mapa hecho y una ruta.


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Mensaje por Invitado el Mar Nov 29 2016, 16:41

Era tarde, pese a sus esfuerzos.

Las personas hacían acto de presencia, queriendo ver el causante de tal destrozo, él como un dragón estaba ahí, a merced de la vista. Los seres imponentes y fieros, los que los dominaba, caído. Pero, ¿era realmente un dragón? El joven dragón portuario nunca había visto la forma dragonica de su amigo, no pudo encontrarle en la red, eso no era indicio de nada, sin duda: los dragones podían simplemente cerrar la red y desconectarse, el lo sabía bien, era algo que no era bien visto, pero sabía que a su amigo le valía un reverendo rábano aquello. El tamaño era lo más extrañó, a su edad Braid tenía un tamaño considerable, incluso siendo aún tan joven, en su forma draconiana alcanzaba un tamaño bastante atípico a su edad y desarrollo, pero era algo de familia, su padre, su hermano,  que recordase, según las historias de su linaje: sus abuelos, eran dragones de gran tamaño. Temidos, respetados. Observó a Christopher, que, pese a estar inconsciente, pareció escuchar la voz de su amigo. Braid no pudo evitar sonreír grata y satisfactoriamente al ver que quizá el sentimiento que tenía hacia él, pese a los años, seguía siendo el mismo.

Le agradaba saber que tenía amigos como él, pese a que se tratará de un loco rebelde sin causa. Le agradaba saber que aun inconsciente era valorado.

Al Christopher tomar su forma humana, y quedar desnudo a la vista de todos, quienes, enseguida vieron al marino al lado del dragón, ya no escondido por el tamaño de su forma bestial, se detuvieron, dubitativos de seguir adelante pese a la curiosidad. El joven de brillantes ojos azules miro alrededor, y con entereza, se vio obligado a hacer lo que debía. –Os ruego no os acerquéis más, este es un asunto competente a la ley. Mantened distancia, por favor.– Dijo, en voz alta y observó a joven “dragón” tirado en el suelo, notando aquella extraña cicatriz en su pecho, que jamás había visto y cerrando los ojos con decepción al ver quien entraba en acción tras su intento de sacar a su amigo de ahí. –No...– Pensó para si, mientras escuchaba una voz autoritaria a la que los soldados obedecían cuando hicieron un perímetro siguiendo las órdenes del General Kael, a quien observó por unos instantes a lomos del caballo, incapaz de sostenerle la mirada por más de algunos segundos, y manteniéndose serio, cuando la verdad, estaba devastado por dentro. Quizá para todos los soldados ahí, había hecho un excelente trabajo protegiendo a todos los pobladores aledaños, reduciendo los daños al mínimo y las perdidas, siendo tan solo un marino, cumpliendo muy bien una tarea que generalmente era más propia de los miembros de la Armada que de la Marina en sí, pero él sabía que si bien ese excito militar podía ser bastante favorable para él y su reputación, había fallado en sacar a alguien estimado de aquel aprieto, y ya no podía hacer nada. Sus ojos, por unos instantes, se redirigieron al Comandante Armand, quien se hallaba tan solemne como siempre, serio, imperturbable y frió, que de alguna manera estaba o parecía estar satisfecho con lo que su Primer Oficial había logrado, como si no le sorprendiera, como si de verdad hubiese esperado que todo aquello ocurriera como el esperaba de Braid.

Una razón por la cual no sabia si sentirse bien, o mal, habiendo cumplido una expectativa pero a consta de un alto precio.

El portuario dragón sintió la mano de un alguien posarse sobre su hombro derecho, y al girar el rostro y darse cuenta, miró que era uno de los dos soldados encargados de levantar al criminal, quien le dirigió un par de palabras antes de proseguir con el protocolo a la mirada de los ciudadanos presentes. –Bien hecho, marino. Seguro que vuestro Comandante y el General estarán más que satisfechos. Ahora dejad lo demás en manos de la Armada, la Marina ya ha tenido suficientes problemas por hoy. Descansad.– Braid lo miró, no articulo palabra alguno, y con rostro serio ante su fracasó, solo asintió, volviendo a ver de reojo a Christopher, y, cruzando miradas con el Comandante Armand una vez más, terminó por posar su mano sobre el mango de espada, y retirarse de la escena sin ver atrás.

No vería lo que le harían Christopher, no sería testigo de cómo la rebeldía de su amigo, desembocaba en el encarcelamiento, y él, simplemente, esta vez, era incapaz de hacer absolutamente nada.
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