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Sempiterno ♣ → Roxanne Wagner

Mensaje por Invitado el 13.05.16 15:41

Y creí que tal vez le lloraría, que derramaría lágrimas en su ausencia pero no, al contrario de mi equivocada creencia, lo que sentía era una extraña liberación, como si por primera vez me hubiese abierto al mundo y este tuviera mil y una historias que ofrecerme. -No debería, señorita.- Dijo el siervo de la mansión de Gabriel Rhaegar, mi desaparecido amo y señor. Mi mirada furtiva se deslizó de soslayo hacia la puerta principal y acto seguido me giré para tomar rumbo hacia mis aposentos, que eran los mismos que los de Gabriel, pues él siempre me había tenido en su todas y cada una de las noches así como también había hecho de su cuarto el mío, más por mero afán de posesión que por sentimiento. -Eso lo iremos viendo, Charles.- Murmuré en voz baja pero lo suficientemente audible como para que el trabajador pudiese oirme. Él no hizo ningún gesto, tan solo adoptó una pose de desaprobación ante mis intenciones.

Las campanas retumbaron en el ambiente lúgubre de la mansión anunciando que ya estaba cumpliéndose la media noche. Fue entonces cuando salí de la cama, desnuda, y abrí el gigantesco armario de madera de roble para coger un vestido blanco, vaporoso, corto... muy corto. Unas delicadas sandalias adornaban mis pies y un perfume frutal y aflorado daba a mi piel el aroma que yo deseaba.

Salí de la mansión cual fugitiva abandonando la carcel para poner tumbo a la taberna. Había decidido visitar un nuevo lugar y a poder ser, relacionarme con más seres, bien fueran humanos, dragones o híbridos... Estaba ansiosa de entablar amistades y de sentir que el mundo era más mundo desde que mi amo ya no dirigía mis cadenas de eslcava. Mi señor tenía personal fiel, el cual estaba buscándolo con desesperación pero desde hacía dos meses ya no se tenían noticias.

La famosa taberna tenía un ambiente exquisito, había convencido a alguien de por allí para que me acompañase a entrar y una vez dentro, decidí perderme en su interior. Músicos tocaban acordes que invitaban al cuerpo a moverse y así fue como tras destensarme por la situación, comencé a bailar sobre una elevación en la que era fácil verme, tan fácil como que en cuestión de 2 - 3 minutos habían un par o tres de dragones con la mirada fija en mi. ¿Querrían algo?

Entonces vi sus ojos llamativos y exóticos. Me estaba mirando fijamente desde lo lejos, como si toda su atención se centrase únicamente en mi. Una melena oscura caía por sus hombros con suavidad y su escote... Mordí mi labio inferior y bajé para dar unos cuantos pasos hacia aquella mujer que había captado mis 5 sentidos y seguramente alguno más si es que lo tuviera.

Ella también se había acercado y no sé si instintivamente pero comencé a sentir como el cuerpo me hormigueaba y una especie de calor interno emanaba desde mi vientre, o incluso más abajo... -Juliette- Susurré con ella a pocos centímetros de distancia mientras humedecía mis labios acaparando su mirada con la mía. Quise acercarme más pero me mantuve a la espera de su reacción. Esperaba que fuese igual que la mía. -¿Quieres bailar?- Le sugerí con delicadeza y acerqué mi mano a su rostro para apartar un pequeño mechón de cabello que me entorpecía la mirada.
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Re: Sempiterno ♣ → Roxanne Wagner

Mensaje por Invitado el 18.05.16 5:59

Los días de caza eran duros y más cuando Olaf estaba fuera por mucho tiempo. Había semanas en las que sus expediciones acaparaban todo el tiempo del híbrido, confinándome en la más aburrida soledad. La naturaleza era mi compañía, pero era desesperante hablarles a las ardillas sin obtener una maldita respuesta. Necesitaba contacto, rogaba una réplica a mis palabras. El canto de los pájaros se había metido en mis oídos con tal imperio que era la melodía de fondo de mis pensamientos. Respirar el aire puro me tranquilizaba y revitalizaba mi cuerpo, pero eso era lo que no soportaba: la extrema relajación. Deseaba con todas mis fuerzas algo distinto, un giro completo que tornase mi dirección, aunque no fuera para siempre, sino que se tratase de una nueva ruta que seguir para llegar al mismo destino, pues esta era demasiado apacible y serena.

Como cada mañana, temprano me hice al arco y juntos nos ganamos el pan ese día. Llegué pronto a la casa e hice un guiso de conejo y patatas, del cual únicamente guardé un cuenco, que sería suficiente para mí. El resto lo llevé al pueblo, donde la gente, como de costumbre, se acercaba a mí con sus propios recipientes para probar la deliciosa receta que olía a cielo y misericordia. Pronto, la olla se quedó tiritando, a excepción de una ración, así que me di la vuelta para irme a casa, ya que por el camino, siempre me encontraba al mismo mendigo. Era un hombre mayor, muy mayor. Había trabajado muchísimo, pero la desgracia se había cebado con él, pues había perdido a su mujer e hijos a causa de las fiebres, al igual que yo había perdido a mis padres.

-Buenos días, señor Anthony. Vamos a cambiar esa manta… - Dije cambiando la cobija sucia que tenía de andar por el suelo y le entregué otra que yo misma había tejido. Se la pasé por los hombros y le envolví como si fuera un gusano de seda. No había conocido a mis abuelos, por desgracia y ya a mis padres no tendría que cuidarlos más, de modo que ayudar al viejo Anthony me hacía sentir como su nieta postiza.- Hoy he hecho un guiso de conejo, ¿tiene su cuenquecito?
-Pero bueno, hija… - Los ojos del anciano se encharcaron y también lo hicieron los míos, pero disimulé como la mejor de las actrices.- Si no fuera por ti, ya me habría muerto… Y aun así no viviré lo suficiente para agradecer tu bondad…
-No diga eso, Tony. Usted es más fuerte que cualquier persona que conozco.- Le abrigué más con su manta, así estaría el doble de calentito. Le di un beso en la frente y vertí la ración de guiso en su cuenco de barro.- Mañana volveré.
-Quizá ya no esté, querida. No te esfuerces tanto con este viejo…

No sabía cuándo, pero lo que sí sabía era que cualquier día podría ser el último que viera a aquel hombre y eso me entristecía. Volví para mi hogar, agradeciendo a los cielos que tenía una casa donde vivir. Me puse a llorar como una estúpida y algo dentro de mí, gritó que parase. ¿Qué demonios estaba haciendo? Estaba malgastando un día que podría ser precioso, pues lo único que necesitaba para ser feliz, era a mí misma. Cuando quise darme cuenta, la noche había caído, de modo que me enfundé un vestido con una larga falda, un corpiño de torso y un blusón blanco por debajo de éste. Cogí una capa con capucha para librarme del frío y llegué a la taberna que más cercana quedaba a mi casa. Pedí una buena jarra de cerveza y bebí un cuarto de ella de un solo trago. Me dio un escalofrío, pues aunque Olaf tuviese la culpa de que bebiera cerveza, no me acababa de acostumbrar al sabor amargo de la cebada tostada. Muchos hombres se acercaron a mí, pero estaba muy ocupada cambiando el sonido de fondo de mis pensamientos. En lugar de pájaros, escuchaba risas y una agradable música.

Pero entonces, una preciosa mujer se subió a un pequeño escenario improvisado y comenzó a bailar. Me había sentido atraída por las mujeres durante toda mi vida, al igual que me ocurría con los hombres. Jamás me había enamorado de un cuerpo, sino de almas, sin embargo, la belleza de un cuerpo hacía que mi sangre hirviese como lo estaba haciendo en ese momento, pues la belleza de aquella mujer de cabellos dorados, era innegable. Mis piernas se movieron solas para ponerse de pie. Con un dedo sigiloso, desaté el lazo de mi blusón a la altura del pecho y para cuando llegué hasta ella, no pude reprimir mi deseo por tocar su piel. ¿Sería tan suave como parecía? Las yemas de mis dedos se posaron en uno de sus muslos y le acaricié con delicadeza. El resultado del tacto fue tan placentero que posé mis labios en el hueco que había ocupado mi mano y dejé sobre su piel un beso.

-Rox… - Le devolví el favor de mi nombre y me subí a la tarima con ella, a modo de respuesta a su pregunta. No quería bailar, en realidad, pero si era con ella, no me lo había tenido que pensar dos veces.- Aunque creo que se me da mejor mirarte…

Traté de responder a sus movimientos sintiendo la música y el halo de erotismo que desprendía aquella situación. De cerca era más bella todavía. Sus ojos tenían tintes azulados y verdosos, pero lo que me provocaba verdaderamente, era su boca. Esos labios pedían a gritos ser mordidos. Llevé una de mis manos a su barbilla y me atreví a cumplir el deseo implícito que en ellos se dibujaba. Primero lamí su labio inferior y después lo mordí con sutileza. Aquella situación estaba provocando que mis muslos comenzasen a humedecerse.
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