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Culpables entre inocentes (Dargan)

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Culpables entre inocentes (Dargan)

Mensaje por Gihaial el Mar Mayo 03 2016, 17:56

Las mazmorras. Ese lugar en el que mi oscuridad era mi ventaja, porque yo estaba entre los pocos que de verdad la conocían. Que no le profesaban temor alguno. Allí donde la voluntad de hombres y dragones se resquebrajaba hasta romperse en pedazos. Allí donde las voluntades morían y la verdad se acallaba a golpes. Allí, donde los límites de la crueldad llegaban a desdibujarse hasta límites insospechados, especialmente viniendo de manos de la Inquisición.
Aquel era el lugar en el que sabía que podría acabar yo, si erraba en el camino que ahora recorría.

No obstante, en aquella ocasión, no estaba allí por cometer crimen o pecado alguno. Estaba allí para ser uno de los pocos consuelos que visitaban a los dos soldados condenados en el Juicio. Habían pasado tantos interrogatorios, que los pobres ya no sabían qué contestar a las preguntas, cada vez más retorcidas y sin sentido que les formulaban. Kael debía formularlas, él debía ser el encargado de llevar a cabo dichos interrogatorios. Pero su labor no daba resultados. La Inquisición conseguía permisos para entrometerse en la sesiones, hacer sus propias preguntas, sacar sus propias conclusiones... Por más que Kael y yo tratásemos de asegurar su inocencia, la Inquisición (y en última instancia, la Reina) parecían decididos a utilizar a aquellos soldados como cabeza de turco para apaciguar al pueblo tras lo ocurrido en la plaza.
Siempre tenía que haber un culpable, siempre tenía que correr la sangre, para asegurar que todo permanecía "estable". Mas yo no dejaba de preguntarme

Poco podía hacer por ellos, en realidad, salvo ofrecerles palabras de apoyo y consuelo, y llevarles a escondidas algo de comida que no estuviera podrida. No podía ver su estado, pero sí percibir el cada vez más denso y enfermizo hedor de la orina, los excrementos y el fétido olor que desprendían. Podía percibir sus manos cada vez más frágiles y delgadas, a medida que el hambre y las torturas hacían mella en ellos. "Sed fuertes", les decía. "Pronto terminará todo", les prometía. A pesar de ser promesa que podía no llegar a mantener. Aquello era lo que ellos deseaban escuchar. Ellos y tantos otros encerrados entre aquellas paredes. Muchos acusados por traición, por no poder pagar los tributos correspondientes a Su Majestad. Mujeres, hombres, niños por igual. Y su amplia mayoría, humanos. La decadencia y la desesperación era más desagradable allí que el propio olor.

Empero, no eran los inocentes los únicos que llenaban aquellas celdas. Los culpables, los criminales, también lo hacían. Y fueron dos criminales precisamente, los que me tendieron la trampa aquel día. Seguramente me habían visto pasar durante los días anteriores. Siendo así en seguida adivinarían que siempre bajaba solo, que rara vez portaba armas, y que los golpes de mi bastón tanteando el suelo me delataban como un ciego.
Fueron inteligentes, no lo niego, en su emboscada. A la que regresaba, los dos reos, residentes cada uno en una celda, uno frente al otro; se habían hecho con algún trozo de cordón. Se lo habían pasado el uno al otro en la oscuridad, y en silencio habían esperado mi llegada, para tensarlo cada uno por su lado a la altura de mis tobillos justo en el momento en el que di un paso entre sus celdas. Mentiría si dijera que lo había visto venir, porque no lo hice ni literal, ni metafóricamente. No hicieron ruido, parloteaban fingiendo sus sórdidas conversaciones usuales. En resumen: lograron engañarme, aprovechándose de mi mente distraída y mi guardia baja.

Besé el suelo con un golpe que no logré evitar, y me llenó la boca con el sabor de la sangre y el barro. Acto seguido unas manos me aferraron y arrastraron por el suelo, creando una asfixiante presa sobre mi cuello. - Sólo una gotita... Sísisisisisi... Una gotita, una gotita, para mi... - Boqueé, silenciado por aquel brazo que me apretaba con una fuerza inesperada la nuez. Traté de zafarme, pero no pude. Lo cual delató a un dragón lo suficientemente fuerza como para reducirme.
- ¡Yo también quiero! ¡Quiero, quiero! ¡Dámelo, yo te ayudé a cazarlo! - Otra mano empezó a tirarme del pantalón. Un soberbio taconazo por mi parte le crujió los dedos contra el suelo, provocando que el segundo gritase de dolor. El primero entonces me cortó en la base del cuello con algo pequeño y afilado. Gruñí, intentando a toda costa romper su agarre y evitar que su apestosa boca lamiera desesperadamente mi sangre con una necesidad sólo propia de un adicto. Pensé en acudir a la red para lograr ayuda. Pero no quería delatar mi presencia allí, y menos de semejante forma. Acorralado, mi mente viajo en los límites de la red, buscando a alguien, alguna mente abierta que me leyera en soledad.

Cualquiera. Quien fuera.






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Re: Culpables entre inocentes (Dargan)

Mensaje por Dargan el Sáb Mayo 07 2016, 18:31

Oscuridad. Eso había ahora en su mente. Intentaba aislarse de lo que lo rodeaba,. De sus preocupaciones. De la debilidad de no poder ser quien debía ser, según su entrenamiento y su pasado. Incluso de la incansable e insistente Red, también, que como un murmullo incansable sonaba en sus oídos. Iba caminando por el interior del castillo, solamente buscando la salida para viajar hasta el mercado, comprar algo de comida y regresar a su casa. Le gustaba hacer esas caminatas, pasearse entre humanos como uno más de ellos, conseguir productos viéndolos cara a cara, y no dejar que ningún sirviente o esclavo  traiga a la casa algo que no sea de su agrado. Por supuesto, había ido a la mayor profundidad del Castillo del Dragón, y por lo tanto, iba ataviado con su armadura usual, su capa roja y su larga espada en la cadera derecha, lista para desenvainar si algo sucediera, o si necesitara la misma para una demostración formal de poder, claro. De pronto, se detuvo. Fue extraño. Fue un susurro, pero diferente, lejano, ahogado, privado de la intensidad que dé tienen usualmente estos mensajes telepáticos, que resuenan dentro de la cabeza haciéndola explotar si no se lo controla.

-¿Que...? -
Murmuro para sí mismo, y giro el rostro. Uno de los suyos estaba en peligro. Debía apresurarse. -¿Donde...? -Fue el pensamiento y el mensaje que transmitió, y rápidamente tuvo la respuesta: Las mazmorras. Sin decir nada a nadie, ni siquiera seguir manteniendo de momento esa conversación telepática, el dragón echo a correr a toda velocidad. Irrumpió en las mazmorras, provocando un sonoro estruendo cuando la puerta de madera fue empujada y reboto contra el muro. Bajo las escaleras a saltos, ágil, hasta que irrumpió en la más profunda oscuridad. ¿Donde estaba? ¿Que pasillo era?... De pronto, la luz que emanaba del exterior, tenue, pudo hacerlo divisar una figura tirada en el suelo entre dos celdas enfrentadas. Se acerco, rápidamente, ya con la espada en la mano. Lo conocía. No había tenido demasiado contacto, pero lo conocía. Era un militar retirado del ejército, quien ya no podía ver. Dos presos lo estaban atacando, intentando beber su preciosa sangre.

-¡Malditos!-
Exclamo Dargan, y alzo el pie izquierdo, el mas hábil, para dar una poderosa patada al cráneo de quien sujetaba del cuello a Gihaial. El preso se resintió, pero no lo soltó. Su sed y su adicción eran demasiado intensas como para eso. -¡Suéltalo!- Exclamo Dargan, y pateo nuevamente la cabeza de forma lateral, haciendo que el preso se metiera otra vez en su celda alejándose a un rincón. Solo quedaba el otro, quien se aferraba cual criatura rastrera a los pies del no vidente. Un espadazo, dos, tres, eran dragones, así que el acero no cortaba su piel, pero si generaba dolor y contusiones. Luego del cuarto golpe, también lo soltó, y el guerrero dragón sujeto de la solapa de la nuca del atuendo de Gihaial al dragón y tiro de él, arrastrándolo velozmente del alcance de los presos, ya sea de aquellos que lo habían atacado como de los otros que podrían asomarse por las demás celdas contiguas de cada lado. Una vez a salvo, en la encrucijada de pasillos y rodeados por la seguridad del concreto, Dargan miro hacia un lado, luego al otro, enfrentando la oscuridad estoicamente, antes de envainar el acero y girarse hacia el dragón. ¿Cual era su puesto?.... Ah, Teniente general retirado. Era cierto. ¿Pero cómo llamarlo?... Daba igual. Estaba herido, sin duda. Se acuclillo a su lado, y le puso una mano en el hombro, ayudándolo a identificar con más claridad que estaba a salvo.

-Tranquilo, amigo. Estas a salvo. ¿Que ha pasado?- Las voces tenían un eco propio, víctima del encierro de las mazmorras. -¿Quieres que te saque de aquí, al exterior?- Interrogo, echando nuevamente un vistazo alrededor. No había sido un motín, eso era vital. Solo dos presos que querían algo de sangre de dragón. Ya no había de que preocuparse...
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Re: Culpables entre inocentes (Dargan)

Mensaje por Gihaial el Dom Mayo 22 2016, 15:37

Durante un pequeño fragmento de segundo, llegué a asustarme de verdad. A pensar que iba a morir allí, de una forma absurda, patética y sin ningún tipo de mérito. Sólo el fruto de un error de novato: bajar la guardia, confiarse en territorio hostil. ¡Pobre de mi! ¡Cuánto mal me habían hecho tantos años alejado del campo de batalla! No obstante, me resistí a ello con todas mis ganas, a pesar de mi desfavorecida situación. El adicto tragaba, bebía, lamía, frenético. El otro arañaba, tiraba, gimoteaba por su porción del apetecible pastel. Yo me revolvía, golpeaba como podía a mi opresor, a medida que notaba que cada vez me faltaba más el aire en los pulmones... De poder ver, seguramente, ya habría empezado a percibir el mundo difuso alrededor. Pero los sonidos eran muy nítidos: cada gota, cada trago, cada estertor en mi oprimida garganta, cada voz...

- ¡Malditos! - La maldición rebotó por las paredes de la mazmorra, haciendo que yo mismo luchara con más ganas, intentando patear al preso que trataba de agarrarme los pies. No supe en primera instancia quién era mi misterioso salvador, pero supe que estaba golpeando violentamente al que me asfixiaba. Sus brazos por fin me soltaron, y yo me incliné hacia delante, jadeando, cogiendo aire desesperadamente. Escuché el filo de una espada. Un golpe, dos, tres... y finalmente el otro reo reculó también. Algo, o en este caso más bien alguien, me agarró del cuello de la túnica, y me arrastró para apartarme del alcance de los dos adictos. Yo traté de medio ponerme en pie mientras tiraba de mi, medio corrí a cuatro patas. Un par de metros más tardes me dejé caer, sentándome en el suelo, aún resollando cual caballo espoleado. Me llevé la mano a la garganta, aún tenía esa sensación, como si un grillete se hubiera instalado en mi tráquea. Me ardían los pulmones, y la piel allí donde los dientes del dragón preso se habían hundido, para saborear mi sangre. También sentía el labio dolorido, por el impacto de la caída inicial...

Me sentí un poco patético, tirando en el suelo y herido, como un cadete novato. Pero la sensación no llegó a asentarse del todo. Una mano amiga se apoyó en mi hombro, y aquella voz volvió a dirigirse a mi con clara preocupación. Tragué saliva, aunque notaba la garganta inesperadamente seca, antes de hablar con la voz ronca por la experiencia. - Gracias... - Murmuré, hablando a duras penas sobre los gimoteos de los presos haciendo eco en las pétreas paredes subterráneas. Negué con la cabeza, ante su pregunta. - Me han... tendido una emboscada... No lo he visto venir... - Sonreí durante un segundo, torpemente, quitando un poco de hierro al asunto con aquel chiste malo. Aprovechando su brazo, me apoyé en él para ponerme por fin en pie, y recuperar la poca dignidad que me quedaba. Él me preguntó si quería sacarme a la superficie, y no tardé en asentir: - Sí, por favor... - No sonó a súplica por poco. Necesitaba salir de allí, agua para limpiar las heridas y aire fresco que darle a mis necesitados pulmones. Y de paso, a mis nervios. Alcé la mano, buscando su hombro en mi oscuridad. Recuperando su dosis de oxígeno, mi cerebro logró identificar al dueño de aquella misteriosa y salvadora voz que había evitado que muriera asfixiado.  - Capitán Dargan, ¿me equivoco? - Dije, ya un poco más entero.






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