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[SV] Counting stars [Privado] [+18]

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[SV] Counting stars [Privado] [+18]

Mensaje por Kael el Lun Feb 15 2016, 17:25

Kael espoleó a su caballo una vez más, consciente de que el tiempo apremiaba. Pese a estar en los aposentos tratando de descansar, el estruendo que había sacudido la ciudad y esas extrañas columnas de luz que habían emergido de diferentes puntos de la región eran motivos más que suficientes para sacarle de su ensimismamiento y acercarse a alguna de esas fuentes para ver qué diantres estaba sucediendo. Todo había estado bastante tranquilo desde hacía tiempo: Los elementales parecían haberse tomado una tregua tras haber alterado el equilibrio de poder entre dragones y humanos, e incluso los terroristas o resistentes, pese a todo, habían bajado la cadencia de sus actividades, volviéndose, aparentemente, más selectivos en sus objetivos...

Pero ahora ver un cielo con un espectáculo de luces, similar a alguno de esos fenómenos propios de otros tiempos u otras zonas mucho más lejanas, despertaba de nuevo la inquietud del general del ejército dracónico. Necesitaba calma, tiempo y una aparente tranquilidad para llevar a cabo sus acciones y sumar pequeños pasos que le llevaran hasta su objetivo final, y cualquier accidente, manifestación o conflicto solo ralentizaba el proceso y aumentaba la impaciencia de una ciudadanía cada vez más deseosa de cambiarlo todo pagando sangre, jade y acero.  Kael alzó la mirada en cuanto cruzó la última muralla de Talos y se adentró en los campos de cultivo. Lo cierto era que ese juego de luces desprendía un halo mágico, propio de otro tiempo pasado, y no parecía estar hecho por la mano de ningún hombre. Los reflejos y la intensidad de cada uno de los haces se entremezclaban con soltura y naturalidad, provocando que muchas de las estrellas que adornaban esa fría noche fueran más brillantes, más intensas y más atractivas a la vista.

Orientó a su montura hacia las lindes del bosque, decantándose por el haz verde. Y algo le dijo, quizá la intuición, que el altar tendría algo que ver en todo esto. Un altar que, desde que había aparecido, había convertido al bosque en una especie de ente vivo, o esa era la sensación que él tenía cada vez que se adentraba en sus dominios de raíces, ramas, hojas y animales silvestres. De hecho, cuando alcanzó su destino, el dragón esmeralda bajó del caballo, dejándolo justo en la salida meridional y comenzando el camino a pie. La gruesa capa de piel le cubría del frío y, con la capucha echada, era realmente complicado reconocerle, pese a que la empuñadura del mandoble sobresalía de su hombro izquierdo y su estatura resultaba imponente.

El altar no paraba lejos, en realidad, o eso recordaba. Pocas veces se había acercado mucho, consciente de que la presencia de un dragón podía traer consecuencias negativas y de que los dioses elementales le despertaban un temor que no había compartido nunca con nadie cada vez que veía su poder...

Y así, se perdió en sus pensamientos, ajeno a la posibilidad de que alguien, o algo, se acercara demasiado...

BSO:

Musiquita y todo =)


Última edición por Kael el Lun Feb 29 2016, 03:43, editado 1 vez





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Re: [SV] Counting stars [Privado] [+18]

Mensaje por Elia el Miér Feb 17 2016, 00:05

Había sido un día tranquilo, y la noche prometía ser mejor. Aquel día, por primera vez en mucho tiempo, Elia había podido quedarse en la morada del dragón de ojos rojos al que le había tocado servir sin tener necesidad real de atender ninguna orden ni obligación; y las horas de oscuridad que se abrían entre ella parecían prometerle, con el delicado susurro del fuego crepitando en la chimenea de sus aposentos, una noche cálida y tranquila en la que podría sentirse en soledad con sus pensamientos. Precisamente se encontraba en la bañera, con el cuerpo sumergido y la cabeza reposando sobre uno de los bordes de la bañera, cuando ese horrible estruendo, que bien parecía haber partido el cielo en dos, la hizo tensar los músculos y ponerse alerta, saliendo del agua y aproximándose a la ventana sin ni siquiera preocuparse por el frío que comenzaba a envolver su ser erizando su piel o por las húmedas huellas que sus pies dejaban a su paso. Había apoyado las manos en el alféizar de la ventana, apartando la nieve distraídamente con los dedos, antes de dirigir la vista al oscuro manto que se extendía sobre Talos y fruncir ligeramente el ceño ante ese espectacular juego de luces que, como amantes en una eterna velada, danzaban el uno contra el otro sin separase apenas lo necesario como para necesitar volver a juntarse.

Sonrió, y ese gesto fue el único preludio que una mujer como ella, tan escasa en palabras y justificaciones, dejó ir antes de ataviarse con ropa de abrigo, dirigirse a hurtadillas hacia la puerta de la mansión e, ignorando el toque de queda, deslizarse por el laberinto que formaban las calles de la ciudad sin más compañía que la de su montura. Había tenido cuidado de que las patrullas no la viesen, pero lo cierto es que cuando uno de esos guardias alzó la voz en grito para espetarle que se detuviera, no se lo pensó dos veces antes de espolear a la yegua y atravesar, a la carrera, las murallas de Talos. No echó la vista atrás cuando las piedras dejaron paso a la tierra, y aunque el viento le cortaba los labios y enfriaba sus rubios cabellos, que aún no habían terminado de secarse, no echó la vista atrás hasta que dejó de oír el ruido que hacían sus perseguidores. Entonces y sólo entonces, esbozó un gesto pícaro y cambió el rumbo, dirigiéndose hacia el bosque, de donde emergían una de esas columnas de luz que habían dado origen a tan maravilloso espectáculo.

No sintió miedo cuando las sombras de aquellos eternos centinelas empezaron a formar una arbórea bóveda sobre su cabeza, y en realidad, tampoco se detuvo a pensar que quizá la estaban observando, o que se estaba metiendo más aún en la boca del lobo. No. No pensó. No quería pensar. Lo mejor y lo peor que le había pasado en su vida había sido, precisamente, por no pensar, y en aquel momento, con ese cosquilleo rodeando sus piernas y subiendo por su vientre, supo que no estaba dispuesta a pensar. Supo que esa sensación de libertad que ahora se adhería a su paladar era algo a lo que no iba a renunciar, y también que, por mucho tiempo que pasase, por muchos golpes que le dieran, por muchas veces que el mundo a su alrededor la hiciera caer de rodillas y rompiese su alma, sus sueños y su cuerpo, nadie podría arrebatarle jamás la paz que hacía que, al abrigo del mar de aromas que envolvía el bosque, inundaba sus sentidos, embotándolos y refrescándolos con una facilidad ciertamente pasmosa.

Su paseo, que en principio iba a llevarla al altar de la tierra, continuó en soledad cuando el relinche de un caballo perforó sus tímpanos y la hizo darse cuenta de que había alguien más en aquel lugar. Alguien en cuya presencia no había reparado hasta aquel mismo momento. Alguien que desapareció nada más desmontar de la bestia que la había llevado sobre su lomo sin darle a la mujer tiempo suficiente como para escudriñar en esas facciones que vibraban bajo aquella mortecina y mágica luz algún rasgo que le resultase mínimamente conocido… aunque tampoco lo necesitó. Conocía al animal. Conocía el mandoble que asomaba por el hombro izquierdo; y aunque no hubiera tenido la ocasión de ver su rostro, sabía que conocía a la persona que había bajado de él. El tiempo que habían compartido, escaso e intenso para todo lo que podrían tener, había sido más que suficiente como para que una vulgar esclava humana a la que la falta de iluminación impedía ver con claridad dos metros más allá de donde estaba, reconociese entre las tinieblas y a pesar de la gruesa capa de piel con la que se cubría, la forma del cuerpo y de andar del general del ejército dracónico al servicio de la Reina Madre.

Elia se acercó al equino cuando el moreno hubo desaparecido, y le acarició el hocico con cuidado, dejándole que la reconociese, antes de dejar a su yegua al lado del semental y disponerse a seguir al dragón preocupándose de que sus pasos no hicieran más ruido del estrictamente necesario. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo era posible que se hubieran vuelto a encontrar, sin pretenderlo, después de días sin verse? ¿Qué clase de magia era la que aquellos altares despedían que eran capaces de hilar el destino de dos personas, no, de dos guerreros, tan similares y a la vez tan distintos como lo eran ellos dos? No lo sabía, y, en realidad, no estaba segura de querer averiguarlo… porque aquella noche no estaba hecha para pensar, y Kael, curiosamente, siempre había tenido la habilidad de hacer que olvidase quién era, dónde se encontraba o qué cosas le habían pasado.

Le observó desde la prudencia hasta que una idea, que la hizo esbozar una maliciosa sonrisa, cruzó su mente, y no necesitó meditarlo demasiado para echar mano del cuchillo de su bota y, sin molestarse en liberar el acero de la vaina que cubría la hoja, acercarse a él hasta quedar a su espalda. Con un rápido movimiento, Elia golpeó en la parte posterior de una de las rodillas del de cetrinas escamas, y echó un brazo sobre sus hombros, rodeando su cuello y obligándole a inclinar la cabeza hacia atrás, mientras la otra mano le ponía el filo de un arma que jamás le haría daño a la altura del costado. Aumentó la presión de sus brazos un segundo, y después de eso inclinó la cabeza al frente hasta dejar sus labios a la altura del oído contrario.

- ¿No es un poco tarde para estar fuera de casa? –susurró, dejándole que la reconociera antes de dejar escapar una carcajada.


Última edición por Elia el Mar Mar 22 2016, 15:39, editado 1 vez
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Mensaje por Kael el Sáb Feb 20 2016, 03:47

Algo le sorprendió por detrás. O mejor dicho, alguien. En otras circunstancias, quizá si no se hubiera ensimismado en su propio hilo de pensamientos, se habría dado cuento del sonido de las pisadas, o de esa extraña sensación, provocada por siglos de supervivencia y de instinto guerrero, que se acrecentaba en su interior cuando tenía a alguien demasiado cerca y no lo ubicaba a simple vista. Nunca le habían gustado las sombras ni todo lo relacionado con ellas, puesto que era muy fácil asesinar desde la oscuridad y sin dar la más mínima oportunidad al rival de defenderse. Nada tenía de honorable degollar a alguien sin haber visto el esfuerzo de un combate previo y, por ello, había aprendido a prestar atención a sus sentidos y seguir sus sabios consejos sin rechistar, salvando la vida en más de una ocasión...

Aunque en esta empezó perdiendo, algo poco usual. Sintió el golpe en la parte posterior de la rodilla, lo suficientemente fuerte como para hacer que tropezara. Trastabilló, y la nieve que decoraba con su blanco manto la tierra del bosque provocó un ligero resbalón que evitó que pudiera girarse con rapidez. De hecho, esa persona sabía lo que estaba haciendo, puesto que, antes de que recobrara la compostura, ya le había pasado un brazo por el cuello, y el general dracónico ya sentía algo afilado sobre su costado. Era incapaz ver qué era o de qué material estaba hecho, y sintió que la adrenalina en su cuerpo crecía a una velocidad vertiginosa, a la par que la vergüenza de haber sido pillado de una forma tan sencilla y evidente para alguien como él.

Eso sí, toda sensación quedó estancada, no, detenida en el tiempo cuando escuchó las palabras de la mujer y reconoció su voz. Sus ojos, de hecho, parecieron quedarse clavados en algún punto invisible de la oscuridad que se arremolinaba delante suyo, esperando a ser invadida por el sonido de sus pisadas. Su cerebro parecía incapaz de digerir un hecho tan simple y contundente como la carcajada que Elia dejó escapar después, demostrando que se estaba divirtiendo sobremanera con esa actuación.

¿Qué hacía aquí? ¿A estas horas? Y sola. ¿Estaba loca? ¿No sabía que era peligroso?

¿Por qué pensaba en todo eso?

Sonrió, pero ella no pudo verlo:

Muy gracioso. —Su tono de voz parecía molesto, tenso, incómodo. Como si la broma, o el juego, no le hubiera terminado de gustar. Y de hecho, no le gustaba, o no del todo. Elia había sido rápido, astuta y silenciosa, desde luego, pero su orgullo, de una forma u otra, había recibido un pequeño golpe y necesitaba recomponerse. —Tiene más gracia que me lo digas tú. Sumamente irónico, jovencita.

Sabía que eso la haría distraerse. Que el sonido de su voz, envolvente, profundo y ahora más magnético, despertaría en ella las mismas sensaciones que la propia Elia había iniciado en el interior del dragón esmeralda...

Y ahí estaba su ventaja. Un chasquido, similar al de un crujido, rompió el tenue silencio que se había instaurado entre ambos, y justo a la altura de su lumbar, no sin un dolor intenso que supo aguantar de forma estoica, su cola, escamosa, contundente y de un verde brillante, emergió. La manejó con soltura y comodidad, demostrando que estaba más que acostumbrado a sacarla cuando era necesario, y se valió del factor sorpresa para enroscarla en torno a los tobillos de la humana, alzándola después sin apenas esfuerzo y colocándola boca abajo, con sus dorados cabellos rozando en sus puntas la nieve.

Despacio, con delicadeza, trazó un arco con la cola, colocando a Elia frente a él y balanceándola suavemente de izquierda a derecha:

No deberías asaltar a encapuchados en plena noche, Elia. ¿Qué haría contigo un ser despiadado y cruel en estos momentos?





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Re: [SV] Counting stars [Privado] [+18]

Mensaje por Elia el Dom Feb 21 2016, 20:44

Por un segundo, que se le hizo dolorosamente eterno, Elia realmente pensó que se había equivocado. Que había metido la pata. Que aquel día, que había empezado iluminado por un espléndido sol invernal y que había terminado por convertirse en uno de los más tranquilos y placenteros en la vida de la esclava desde que la marcasen como la propiedad de un reptil al que despreciaba, no tendría su colofón en una noche que pronto se había coronado como una de las más mágicas de cuantas podía recordar. Por un segundo, Elia pensó que Kael se pondría en pie, molesto, preocupado, enojado y nervioso ante la perspectiva de que un humano le hubiera sorprendido en el bosque cuando, probablemente, se encontrase investigando qué demonios era lo que había causado el espectáculo de luz y color que se sucedía sobre sus cabezas. Por un momento pensó que la encararía, le echaría en cara su temeridad, su falta de respeto y su desdén por las normas. Pensó que la mandaría a casa con poco más que un par de palabras bordes y la promesa de una reprimenda ejemplar cuando volvieran a encontrarse, si es que eso llegaba a suceder. Pensó que había conseguido colmar una paciencia que ya tendría que estar tocada y hundida con los últimos sucesos acecidos en Talos.

Inconscientemente, o quizá no tanto, la mujer aflojó la presa que hacía sobre su cuello. Continuaba agarrándole, pero ya no le presionaba la garganta con el brazo, ni tampoco le obligaba a mantener la cabeza contra sus clavículas. No continuó presionando el filo envinado del cuchillo contra su costado, y sus dedos, en vez de cerrarse en puño sobre ellos mismos o sobre la capa con la que el general de la armada protegía su cuerpo de las inclemencias del tiempo, pasaron a aposentarse sobre su hombro. Cerró los ojos. Incluso con aquella humedad; incluso con todo aquel frío atenuando y embotando sus sentidos; incluso con todo el mar de esencias que azotaba al bosque cuando el astro rey decidía tomarse un descanso, la esencia de Kael le seguía pareciendo única e inconfundible. Ligera. Suave. Intensa. Única. Escondió la cara en el hueco que debía dibujar su cuello, y sólo cuando hubo hecho esto se tomó la molestia de inspirar con lentitud, hinchiendo sus pulmones y capturándole una vez más en su interior. Haciéndole suyo de esa manera tan discreta y personal que le permitía ser consciente, a ella y sólo a ella, que sería capaz de encontrarle en una multitud, en un campo de batalla, sólo con el aire le llevase una pincelada de aquel aroma.

Sonrió, pero él no pudo verlo. Resbaló la mano del lateral de su cuerpo, donde aún agarraba la empuñadura del arma con el que le había “amenazado”, hasta su vientre, y allí presionó con suavidad, pretendiendo pegarle a ella. Ya subía la cara para volver a hablarle al oído y echarle en cara, no exenta de sorna, que la edad le estaba volviendo un viejo cascarrabias, cuando él volvió a alzar la voz para dirigirse a ella. Perdió la mirada en algún punto del paisaje que tenía enfrente, cayendo, sin darse cuenta o quizá sin querer darse cuenta, en el embrujo que aquella voz parecía recitar para ella cada vez que rompía el silencio; admirándolo sin decir nada y permitiendo que la envolviera con esa calidez que tan familiar se estaba volviendo. Era realmente increíble cómo, sólo con separar los labios para responder a la provocación de la humana, el general del ejército dracónico tenía la capacidad de hacerla perder la noción del tiempo, de la realidad, del peligro e incluso de sí misma… porque cuando oyó el chasquido y alcanzó a comprender qué era lo que pasaba, ya era demasiado tarde como para poder hacer algo al respecto.

En poco menos de un segundo, Elia colgaba cabeza abajo, con sus dorados cabellos peinando la nieve sobre la que se había dado de bruces. Sus ojos, abiertos de par en par por la alerta, se dirigieron hacia el motivo por el cual sus pies se encontraban inmovilizados y sus manos se extendieron hacia el suelo buscando un punto de apoyo que, en realidad, no era necesario. Inclinó la cabeza a tiempo como para ver cómo él trazaba un arco con la cola y la alzaba aún más, dejándola aún boca abajo y haciéndola perder el tacto del suelo pero permitiendo que le mirase directamente a la cara. La humana enarcó una ceja y relajó el cuerpo, destensando el abdomen y dejándose caer cuan larga era, pero manteniendo los bazos pegados a sus costados. No. Quedaba claro que no se había enfadado, o no mucho al menos.

Cuando volvió a hablarle, la mujer decidió hacer caso omiso al balanceo con el que su ser se desplazaba, en el aire, de izquierda a derecha. Cruzó los brazos bajo el pecho... ¿o quizá en aquella posición podía considerarse que estaban sobre él?, mesándose posteriormente la barbilla con aire fingidamente pensativo. Aún se demoró unos segundos en hablar.

-Una persona cruel y despiadada me llevaría ante el imperturbable general de la armada para que me encerrase en una mazmorra y me diera un castigo ejemplar.-pronunció con soltura, sonriendo de medio lado, decida a continuar con la broma. Entonces, en uno de esos vaivenes, extendió la mano para agarrarse a una de las solapas de la gruesa capa de piel que portaba sobre los hombros. Detuvo su cuerpo, y giró un poco para quedar de frente al dragón, sosteniéndole la cara. Paseó la mirada por sus facciones antes de contraer sus labios en gesto pícaro y modular la voz- Así que... ¿qué vas a hacer, Kael? ¿Me he ganado un castigo?
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Mensaje por Kael el Lun Feb 22 2016, 06:26

Kael estaba disfrutando con el repentino cambio de tornas que esa transformación parcial había generado entre ambos. El sorprendido había pasado a ser el factor sorpresa, y la asaltante se había convertido en una presa indefensa... Aparentemente. Ya conocía lo suficiente a Elia a unos niveles también lo suficientemente íntimos como para saber que la lengua de esa mujer era tan afilada como sus hachas y que, pese a tenerla inmovilizada, no iba a estarse quieta bajo ningún concepto. Solo esa repentina mueca, con los ojos abiertos de par en par, delataba que, en efecto, la había pillado al descubierto y no había tenido en cuenta su capacidad para transformar partes de su cuerpo a voluntad. Algunos dragones se encontraban todavía aprendiendo el proceso, pero él, quizá por edad o experiencia, había conseguido desarrollarlo hasta niveles bastante interesantes, pese a que no lo usaba en demasía...

Y desde luego no se habría imaginado usarla para algo semejante, aunque fuera entretenido. Alzó un poco más a Elia, asegurándose de tener la cara a la suficiente altura como para tener que mirarla a la misma distancia, y no tener que bajar la cabeza o provocar que ella la subiera demasiado y le generara algún tipo de molestia en el cuello, y ladeó el rostro, esperando la respuesta al juego que él mismo había iniciado. Seguramente nadie sería capaz de reconocerlo en esos momentos, jugando con una humana por la que empezaba a sentir algo más que una mera atracción en mitad de un bosque como si fuera una especie de... Adolescente, o algo así, pero tampoco le importaba, a decir verdad. Bastante tenía con sus responsabilidades y sus ideales, ahora bien distintos al de la reina o la inquisición, como para encima preocuparse por lo que alguien, inexistente en esos momentos, pudiera pensar o decir.

Además, Elia hizo gala de esa habilidad, aparentemente especial, para mostrarse interesante y juguetona en las circunstancias más inverosímiles. Daba igual que estuviera colgada boca abajo, agarrada de los tobillos mediante la cola de un dragón, o que la estuviera balanceando con la facilidad de aquel que jugaba con un jarrón y decidía donde colocarlo para que quedara bonito y atractivo. Ella se mantenía en esa raya, en esa broma iniciada, en ese duelo, ya no solo verbal, que solo incrementaba las sensaciones entre ambos. Aún se atrevía, es más, a cruzar los brazos sobre el pecho y mesarse la barbilla en actitud pensativa, como si la situación le resultara cómoda, apetecible y normal, muy, pero que muy consciente de que eso podía alterarle...

Aunque no más, desde luego, que sus palabras. Porque las escuchó, primero con una mueca de sorpresa y después con una fingida cara de estupefacción, bastante creíble pese a que sus dotes de interpretación no eran especialmente sorprendentes. Hacer mención a su cargo y su supuesta reputación había sido un golpe bajo, pero no tanto como esa última pregunta, modulada en un tono de voz que resultaba tan peligroso y cercano como incitante.

El silencio se apoderó del bosque, y durante unos instantes, solo el sonido de su respiración fue lo único audible para él. Su mirada no se despegó de la contraria pese a la distancia que les separaba, y tampoco hizo ademán de romper el contacto que Elia había establecido con las manos en un intento de mantenerse centrada. Kael suspiró, alzándola un centímetro antes de dejarla caer, de forma controlada, hasta que su cabeza dio un tenue coscorrón contra la nieve y volverla a alzar a la misma altura:

Es sabido por todos que no hay nadie más cruel y sanguinario que el general de la armada. —Y, no obstante, pese a sus palabras, ya le había dado un golpe como réplica muda a esa supuesta fama que le precedía y que ella sabía, de primera mano, que tenía poco de cierta. Era intenso, violento incluso, sí, pero en ningún momento se consideraba cruel, sanguinario o despiadado. Su código se lo impedía, y eso era algo compartido con la  mujer que ahora mantenía boca abajo. Kael sonrió, de forma enigmática, disfrutando de la situación. Ella había plantado una semilla con esa pregunta, y él estaba dispuesto a regarla y ver qué fruto daba. —Pero creo que te daría un castigo ejemplar, sí: Quizá podría empezar por arrancarte una extremidad... —Con la misma suavidad y control, la mantuvo quieta en ese momento y estiró un brazo, depositándolo en el cuello de la mujer y descendiendo la mano por su hombro, su brazo, y flexionó las rodillas para alcanzar su mano, acariciando las yemas de todos y cada uno de esos cinco dedos.— ...O podría abrirte en canal y ver qué tienes dentro... —Posó esa misma mano en el nacimiento de su pecho y descendió por su escote, sobre la ropa, hasta alcanzar el vientre y detenerse justo en el límite de sus pantalones. — También podría hacerte arder...

Y entonces, su mano fue más allá. Un instante, una centésima de segundo, entre sus piernas, antes de volver a ascender. Alzó más la cola y la atrajó hacia él, de forma que ambos rostros quedaron a la misma altura:

...O devorarte...

Lo susurró sobre su boca, tan cerca que dolía incluso respirar. No dejó de mirarla en ningún momento. Es más, añadió unas nuevas palabras, sobre los labios contrarios, ladeando el rostro para que el contacto fuera tan, tan cercano que cualquier movimiento era una especie de beso tortuoso e incompleto:

¿Quieres que te castigue...?





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Mensaje por Elia el Mar Feb 23 2016, 01:32

Se veía a leguas que Kael, independientemente de lo serio, lo regio o lo insensible que pudiera parecer en según qué situaciones, estaba disfrutando como un niño ante el repentino cambio que habían dado las tornas. No había más que presar atención a cómo su respiración, rítmica, profunda y tranquila, hacía eco en el claro en el que estaban. Sólo había que pararse a contemplar cómo la posición de su cuerpo denotaba el poco interés que le merecían, de repente, los asuntos que le hubieran llevado a internarse en el bosque a aquellas horas de la noche. Sólo había que estar lo suficientemente pendiente como para percatarse de esa sonrisa que no terminaba de adueñarse sus facciones, pero que parecía estar luchando por asomarse por sus ojos y contraer sus mejillas en un gesto tan paciente y taimado como el brillo que desprendían esos hermosos orbes que la observaban con diversión. Sólo había que mirar más allá de la forma en la que balanceaba el cuerpo de la humana, como si fuera un mero objeto decorativo cuyo lugar en la habitación aún no había decidido, para darse cuenta de que, en realidad, estaba teniendo tantísimo cuidado con ella que casi parecía que estuviese tratando con algo frágil que pudiese quebrarse en cualquier momento. Sólo había que mirar la forma en la que la cola, de cetrinas escamas esmeraldas que nacía de la parte baja de la espalda masculina sólo para apresar los tobillos de la esclava, se enroscaba sobre ellos en un movimiento tan sinuoso como medido.

Poco importaba, en realidad, que se empeñase en demostrar lo contrario cubriendo sus facciones con máscaras de sentimientos y sensaciones que, aunque creíbles, distaban mucho de reflejar, siquiera mínimamente, lo que realmente latía en el interior del dragón. Lo que Elia podía ver cada vez que cruzaba miradas con él. Lo que había podido conocer, vivir y disfrutar, con la persona que ahora mismo manejaba su cuerpo a su antojo. Quizá a otra otro podría engañarlo. Quizá con otra persona le bastase con fruncir el ceño o cambiar el tono de su voz para confundirla y hacerla pensar que cualquiera de las palabras que le diría a continuación podrían convertirse en realidad; pero Kael había tenido el acierto, o quizá el error, de dejar que la humana se le acercase lo suficiente como para que eso no fuera, ni de lejos suficiente, para amedrentarla o hacer que dejase llevar por lo que él pudiera ansiar de ella. Con el tiempo, la rubia había aprendido a identificar sus expresiones, sus mentiras y sus pensamientos sólo con clavar en él los puñales de jade de su rostro… por eso supo, en cuanto la elevó en el aire sólo un centímetro más de donde estaba, que no se le había ocurrido nada bueno.

No se esperó que la dejase caer, y por eso fue que no pudo reprimir un quejido ahogado cuando sintió que se precipitaba contra el suelo, así como tampoco pudo controlar la tensión que se apoderó de ella y que hizo que, a pesar de continuar sujeta, se hiciera un ovillo sobre sí misma y se cubriese la cabeza con las manos… aunque seguro que él tampoco se esperaba esa bola de nieve que lanzó contra su cara al devolverla a la posición inicial.

Agitó la cabeza para desprenderse de los níveos copos cuando él comenzó a hablar, y mantuvo la expresión seria, devolviendo los brazos a sus propios costados, mientras él relataba las cosas que podría hacerle.

-Hm hmm… –pronunció como única respuesta, arrastrando las letras hasta convertir esa peculiar respuesta en poco más que un suave ronroneo. Expuso el cuello cuando él decidió deslizar los dedos por el lateral del mismo, y tampoco le impidió que acariciase su mano, relajando incluso los dedos cuando decidió pasearlos por su palma, pero tensándolos en el momento oportuno que le permitiese dejar la marca de las uñas sobre su piel. Arrancarle un miembro, decía. Sí, seguro, ¿qué podría haber más normal entre dos personas que el hecho de que una le arrancase las extremidades a la otra?- Hm hmm… –repitió en el mismo tono provocador y sensual al oír la macabra sugerencia de abrirla en canal para ver qué había dentro. Tensó entonces la espalda, arqueando ligeramente el cuerpo para que ese sendero que él dibujaba desde el nacimiento de su pecho hasta el límite de sus pantalones, fuera tan recto y tan extenso como su humana naturaleza le permitía. Sonrió, soltando una pequeña carcajada, cuando al deslizar la mano por su vientre le sobrevinieron unas ligeras cosquillas- Hm hmm… –una vez más, aunque notar durante esa centésima de segundo cómo los dedos de Kael buscaban el secreto que se escondía entre sus piernas, hizo que su respuesta se demorase en salir a la luz el tiempo que duró el contacto. Tiempo en el que, todo sea dicho, sus rodillas presionaron, de manera casi imperceptible, la una sobre la otra.

Contuvo la respiración cuando a desplazarse en el aire bajo los designios del general, entornando los ojos y entreabriendo los labios… esperando algo que, en realidad, no llegó. Tragó saliva apenas un segundo más tarde, y se mantuvo contra su boca, conteniéndose de manera casi dolorosa, por no hacer ni tan siquiera el amago de poseerla con la suya. Se mordió la cara interna del labio antes de tomar aire con lentitud, luchando por serenarse.

- Hm hmm… –su labio tembló cuando el moreno habló contra él, cerrando por un momento las manos en puño en un intento por contener esa rabia, entremezclada con frustración y resignación, que empezaba a adueñarse de su cordura. Se pasó la lengua por los labios y respiró con lentitud contra sus facciones, sin moverse ni un ápice de donde se encontraba, sólo ladeando un poco la cabeza para que él sufriera las consecuencias de ese infructuoso contacto tanto como ella.- ¿Y tú qué quieres, Kael? –casi un susurro. No necesitó alzar mucho más la voz gracias a la inusitada cercanía entre ambos. Abrió los ojos y dirigió la mirada hacia esas esmeraldas que la miraban con diversión. Se pasó la lengua por los labios, esbozando a continuación una enigmática sonrisa- ¿Oírme gritar? –deslizó las manos por sus brazos, imitando los movimientos que él había realizado antes sobre su cuerpo- ¿Recorrer mi interior? –una línea, desde el vientre hasta el esternón. Enarcó una ceja y amplió la sonrisa. El juego de palabras era más que evidente.- Si me haces arder… –pronunció, dejando caer la mano hasta la cata interna de su muslo y comenzando a ascender por su anatomía, ignorando no obstante su miembro y pasando a afianzar el agarre sobre el hueso de su cadera-O intentas devorarme… –le miró directamente a los ojos antes de sacar la lengua y dibujar un húmedo sendero desde su nariz a su mentón pasando por el valle de su boca.- Tú te consumirás conmigo.
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Mensaje por Kael el Mar Feb 23 2016, 06:31

Tenerla agarrada así le daba un entretenimiento que no había contemplado encontrar cuando abandonaba la seguridad y la calidez de sus aposentos en pos de averiguar qué demonios eran esas luces, pero al mismo tiempo le limitaba la capacidad de desplazarse lo suficiente como para plantearse si era, o no, rentable hacer ciertas cosas, como esquivar esa bola de nieve que Elia formó entre sus dedos instantes antes de tirársela a la cara, en una clarísima señal de reproche por el golpe que le había propinado de forma consciente y para nada accidental. De hecho, no lo esquivó, puesto que le parecía mejor mantenerla sujeta y no realizar movimientos bruscos con la cola que pudieran marearla más allá de la peculiar y curiosa posición en la que se encontraban en esos momentos, y su pelo, negro, empezó a generar un curioso contraste con el blanco puro de la nieve, entremezclándose el cabello y los copos lo suficiente como para que se evidenciara el impacto, para gozo y disfrute de Elia.

Eso sí, Kael tampoco pensó en ello más allá de unas décimas de segundo, puesto que Elia empezó a responder, prácticamente al mismo tiempo que él iba anunciando esas peculiares y, en teoría, horrendas formas de castigar a una persona, con esa expresión tan peculiar y suya. Incitante, sensual, acariciante, intensa... Era difícil describir con unas pocas palabras lo que Elia estaba haciendo en esos momentos. Era como si, detrás de esas supuestas amenazas que en cualquier otra circunstancia habrían implicado un peligro mortal, ella decidiera seguir el juego, tocar el fuego con los dedos y dejar que las llamas acariciaran sus sentidos casi tanto como lo habían hecho sus dedos sobre el cuerpo de la joven a la que, ahora, sometía a una cercanía tan terrible como masoquista por su parte...

Porque ella no era la única que sufría lo indecible para no romper las distancias. No era la única que quería atrapar ese labio inferior que ahora temblaba con esa última expresión, desplazándose sobre el suyo propio. No era la única que a cada "hmm hmm", había sentido deseos de callarle la boca con un beso y robarle el aliento, el alma y la cordura con el mero juego que su lengua podía proporcionar sobre la contraria. No era la única que, en esos momentos, se estaba poniendo a prueba, jugando con unas normas que le obligaban a mantenerse quieto, estoico, aparentemente frío por fuera, con tal de no dejarse someter por ella y de mantener esa posición de poder.

No obstante, las palabras de la humana se le antojaron puñales. Puñales , quizá no del mismo color o intensidad que el que sus orbes suponían cuando le daba por mirarle fijamente como en esos momentos, pero ardientes y con un objetivo claro: Su estabilidad. Una estabilidad que ella ya conocía y que había tentado en más de una ocasión. Una estabilidad que, a fin de cuentas, no era la mayor ni la mejor de sus virtudes, menos aún con ella, menos aún en esas circunstancias. Una estabilidad que hacía de cadena para esa bestia que se liberaba cuando las cosas se ponían interesantes y podía mostrarse tal cual era sin temor a ser juzgado.

Una estabilidad que ella, paso a paso, palabra a palabra y caricia a caricia, comenzó a destrozar. Desde la primera caricia sobre sus brazos, pasando por ese recorrido ascendente hacia su pecho y la cercanía con la que recorrió su muslo, acercándose a una zona tan peligrosa como deseable, el cuerpo de Elia, su voz, sus gestos, su sonrisa y su posición parecían estar hechos para hacerle caer en la tentación y sumirle en un mar que ya había probado antes y se le antojaba demasiado dulce. La ambigüedad, normalmente desagradable en el círculo de los nobles, se convertía en una herramienta más en los labios de esa humana, una herramienta con un único fin: Provocarle. Ese doble sentido en aquella pregunta, acompañada de esa aparente certeza en sus últimas palabras y el húmedo contacto de la lengua de Elia sobre su nariz, labios y mentón, provocaron que algo en su interior se resquebrajara...

Aunque no llegó a romper. No, porque, tras las veces que habían coincidido, ahora era capaz de querer más. Más de ella, más de aquello... Y sabía como conseguirlo. Su cuerpo, eso sí, tembló por entero unos instantes, sintiendo una profunda frustración por tener que contenerse, por no poder dejarse llevar y someterla al influjo que su deseo hacia ella podía generar. En su lugar, Kael ensanchó la sonrisa, lo justo para hacerla notoria, enseñando parcialmente los dientes:

Te gustaría, ¿verdad? —Derramó su aliento sobre los labios contrarios, y acortó aún más, si era posible, las distancias, de forma que el labio inferior de Elia quedó atrapado entre los suyos, en un sutil y tenue mordisco, constante, pero demasiado efímero como para convertirse en algo notorio. Y, de hecho, siguió hablando.—Que recorriera tu interior... —Bajó el tono de voz un grado. Era audible, pero más grave que antes.— ...Que te hiciera gritar... —Bajó un poco más el tono de voz, y cabalgó en ese límite en el que el susurro y su voz natural jugaban y reverberaban de forma única, intensa. Magnética. No vio necesario matizar una frase cuyo significado, como el de ella, quedaba perfectamente claro.—Que te devorara... Que te hiciera arder... —Adentró su lengua en el interior de la boca de Elia, lo justo para bordear el contorno interno de su labio inferior, desde el perfil derecho hasta el izquierdo, con una lentitud exasperante. Por dentro, el general dracónico sufría lo indecible, y tenía la peculiar sensación de que, en cualquier momento, esas cadenas que él mismo había colocado en torno a su propia voluntad se quebrarían en mil pedazos...

No obstante, no dejó de hablar una vez tuvo ese gesto, pero convirtió su voz en un susurro, profundo, grave, tan atrayente que resultaba complicado apartar la mirada de sus labios conforme hablaba:

Que ardiera contigo... —Parpadeó una sola vez, despacio, de forma que pudo leer en ella todo lo que, en esos momentos, estaba despertando, convirtiéndose en el ascua perfecta de ese fuego que Elia ya le había enseñado previamente.—Devorarme... —Tomó las manos de Elia con las suyas propias, e hizo que una de ellas descendiera por el propio cuerpo de la esclava, desde su pecho hasta su vientre... Pero fue más allá, adentrándose entre sus piernas con la propia mano de Elia. En efecto, no se le había pasado por alto esa presión en las rodillas, esa forma de intentar retenerle, de anhelar más. Y estaba dispuesto a volverlo a ver... pero de otra forma más interesante.—Recorrerme por entero...—Deslizó los dedos de Elia, guiándolos bajo la directriz de sus lascivos pensamientos, sobre su intimidad conforme hablaba.—Oírme gruñir sobre tu oído...—Detuvo la mano un instante y entrelazó sus dedos con los de ella, sintiendo la calidez que emanaba de su sexo...

Y, de nuevo con soltura, la guió, pero esta vez eran los dedos de ambos los que generaban las caricias, simultáneamente y sin detenerse... Como su propia voz:

No sé qué tiene eso de castigo, Elia... —Inspiró profundamente por la nariz, captando su aroma justo delante de ella, haciéndole ver, en esa profunda respiración, hasta qué punto estaba sufriendo y sacrificándose al mismo tiempo por encender aún más la llama de esa pasión, oscura y particular, en la que tan cómodo se sentía.—Aunque estás a tiempo de portarte bien y pedírmelo...

Como él hizo con ella aquella mañana cuando, incapaz de soportar por más tiempo la crueldad de la distancia entre ambos cuerpos, terminó pidiendo que terminara con la deliciosa tortura a la que le había sometido. Sus dedos siguieron el ritmo y la soltura de las caricias sobre su intimidad, provocando que ella se acariciara en el proceso, que se masturbara para él mientras le escuchaba, imaginando y pensando en todo aquello que le estaba contando





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Mensaje por Elia el Miér Feb 24 2016, 02:00

Desde el mismo momento en el que Kael la había alzado de los tobillos como si fuera un fardo y había empezado a balancearla de un lado a otro, Elia había sabido que estaba a merced del dragón… y de alguna manera, retorcida e inquietante, la sensación le gustaba. Quizá era porque lo vivido con él le había permitido llegar a un punto, de confianza quizá, que le habría sido complicado o imposible alcanzar con otra persona y que le permitía saber, incluso en esas circunstancias, que aun cuando su voz dijera lo contrario o sus acciones pudieran parecer peligrosas para quien les viese desde fuera, no tenía nada que temer. Quizá era porque sabía que, independientemente del coscorrón que se había llevado contra la nieve cuando se precipitó contra el suelo, él no la dañaría. Sabía que, a pesar de que la bestia que latía en su interior le hacía ser impulsivo, visceral y temperamental en según qué circunstancias, no descargaría su ira contra ella ni aun cuando su orgullo, eterno e inexorable como el transcurso del tiempo, hubiera sido puesto en tela de juicio al ser sorprendido y reducido por la esclava; al sentirse amenazado por ella. Sabía que no tenía de qué preocuparse porque, si ella se lo pedía, si de sus labios escapaban las palabras adecuadas, sería capaz de hacer a un lado todos sus instintos sólo por su bienestar.

Había tenido ocasión de verlo cuando se lanzó desde los cielos para rescatarla de las oscuras aguas que querían arrastrar su alma al fondo del mar. Había tenido ocasión de sentirlo cuando esas manos que acababan de acariciar su cuerpo la habían despojado de sus cadenas, de sus dudas, de sus miedos y de su ropa. Había podido saborearlo cuando le había hecho suyo, cuando había sentido que se habría paso por su cuerpo sin que pudiera o quisiera hacer nada por detenerle, o cuando había tenido ocasión de oír su corazón repiqueteando con fuerza contra su piel, sus oídos o su propio pecho… y era eso lo que hacía que, aún con el indomable carácter del que siempre hacía gala, a la rubia no le importase darle ese instante de superioridad. De poder. De supremacía. De control sobre ella… porque el respeto que se tenían era tanto, era tan fuerte, que sabía que tenía la misma influencia sobre él que el que ella acababa de regalarle. Prueba de ello fue, en realidad, ese temblor que sacudió el cuerpo del varón cuando la mujer paseó su lengua por sus facciones. Prueba de ello era el calor que había empezado a despertar en el vientre de la humana y que se extendía por el resto de su anatomía como una serpiente cuyo único propósito era, en palabras de Kael, hacerla arder.

Sonrió, y fue un gesto ladino y provocador, que se correspondió a su vez con el que él le dedicó. Ambos sabían cómo jugar a ese juego. Ambos sabían hasta qué punto presionar y cómo tirar de esas cadenas que otros habían colocado sobre ellos, encerrándolos en jaulas donde todo lo que eran y todo lo que debían ser, escapaba al destino que ellos mismos quisieran forjarse. A la joven no le era desconocido que la criatura con la que él compartía alma luchaba por liberarse y poseerla como ya había hecho en alguna que otra ocasión; y él, por contrapartida, sabía de la lucha interna que se libraba en su interior ante la necesidad de expresarse como quería. De hacer lo que quería. De tomar de él lo que desease. De hablarle, acariciarle o sentirle de cualquiera de las formas que pudieran ocurrírsele. Tomó aire con lentitud, y perdió la mirada en el hermoso contraste que sus oscuros cabellos hacían con la los albures copos que les rodeaban y que se habían aposentado sobre ellos cuando la fémina, instantes antes, le había arrojado aquella bola de nieve. Sólo volvió a la realidad cuando su aliento, precedido por su voz, volvió a adentrarse en ella, rodeándola y llamándola de una forma tan hechizante que era imposible no responder.

Entornó los ojos para mirarle, y ya se disponía a cerrarlos y a disfrutar del mordisco sobre su labio inferior cuando él se separó y continuó hablándole, sumiéndola en una dolorosa y satisfactoria contradicción que no estuvo segura de saber sobrellevar. Sólo con oírle modular la voz, allí, tan cerca de ella que casi parecía que aquel vibrante tono saliera de su propia garganta, bastó para que su piel se erizase y que el escalofrío le mordiese las clavículas antes de continuar descendiendo por su pecho. Separó los labios cuando su lengua se adentró en ellos, manteniéndose quieta, sufriendo en realidad y rezando porque aquel ardiente contacto terminase y diese comienzo a otro. Mordió su lengua antes de que se retirase, marcándole sin hacer fuerza, pero haciéndole ver que él también estaba jugando con fuego; y tan anonadada quedó con ese lento parpadeo, que no se percató de que él la había tomado por las manos hasta que no fue demasiado tarde.

Frunció el ceño ligeramente cuando comenzó a mover una de ellas y tensó el abdomen, curvando un poco el cuerpo hacia arriba, cuando la obligó en silencio a recorrer su propia anatomía hasta que sus dedos se posaron sobre su sexo. Contuvo la respiración cuando sus propios dedos, empujados por el lascivo dominio que los de Kael ejercían, comenzaron a danzar sobre aquella zona, y aunque devolvió su cuerpo a la posición inicial, incapaz en realidad de hacer otra cosa, cometió el error de cerrar los ojos y permitir que un torbellino de recuerdos, fantasías, y todas esas promesas que parecía estar haciéndole su voz, alumbrasen su mente y sacudiesen su cordura. Aún flexionó un poco las piernas, tratando de combatir aquella intensa sensación, antes de luchar por subir de nuevo los párpados y sobreponerse a todo lo que él parecía despertar en ella con desquiciante facilidad… pero no fue su autocontrol ni su rebeldía los que hicieron que la mujer se revolviese contra él e intentase, vehementemente pero en vano, liberar sus manos del agarre que le hacían las contrarias; sino sus últimas palabras. Esas que hablaban de una petición que una parte de ella se negaba a llevar a cabo mientras otra, en la que sólo mandaba la creciente necesidad de él, parecía rogarle por ser satisfecha.

- Quizá… –respondió casi en un susurro tras unos largos segundos, bajando tanto el tono de voz que casi parecía que se estaba dando por vencida, que casi parecía que finalmente su regio carácter se había doblegado al extraño influjo que Kael tenía sobre ella. Sus piernas empezaron a temblar- Quizá sí me gustaría… –cerró los ojos y contrajo un poco la expresión, echando la cabeza hacia atrás y conteniendo una sacudida que naciente de su sexo, que poco a poco respondía a la silenciosa llamada que el general estaba haciendo al enredar sus dedos con los de ella, se propagó por su cuerpo haciéndola temblar. Dejó escapar el aire, exhalando con nerviosismo, y relajó un poco los músculos tras eso, entornando los ojos y dirigiendo una mirada débil hacia esas esmeraldas que la observaban con morbosa superioridad. Se aproximó un poco más a él si eso era posible, entreabriendo los labios y dejando que su respiración humedeciese la piel contraria, y ahí, en ese punto en el que un solo giro podía hacerla sentir finalmente dentro de la boca del dragón; sobre esa fina línea donde la cordura casi estaba ya borrada, Elia habló- Tienes razón. No es ningún castigo… –su voz vibró de manera especial al decirlo. Dolorida, suplicante y aún así se tomó su tiempo para resbalar su nariz por la mejilla masculina, aspirando su aroma casi con desesperación antes de tomar, con un cuidado que casi rayaba lo inverosímil, el labio inferior contrario entre los suyos. Lo acarició con dulzura, envolviéndolo con su boca como si fuera la primera vez que le sentía de esa manera, regalándole, en ese momento, la posibilidad de volver a ver cómo se retorcía de nuevo ante la presión sobre su intimidad… y justo tras eso, lo encerró entre los dientes haciendo gala de una rabia oscura que pareció apoderarse incluso de su mirada, tirando de él sin miramientos y dejando escapar un fiero gruñido. Aún lo retuvo unos segundos antes de soltarle e inclinarse hacia atrás, separándose de su cuerpo, alzando el mentón con arrogancia y enarcando una ceja- Tendrás que hacerlo mejor si quieres que te pida algo.
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Mensaje por Kael el Lun Feb 29 2016, 03:40

Kael estaba jugando con fuego. Era un fuego convertido en una persona, y concretamente, en la mujer que aún mantenía sostenida en esa precaria postura gracias a la función, improvisada y ciertamente original, que había hecho de su cola en forma humana. Seguramente en otro contexto, con otra persona, no se le habría siquiera ocurrido. No habría podido imaginar como una herramienta que le había sido otorgada, regalada y dada para generar destrucción y terminar con la resistencia que los elementales podían suponer para la reina ahora pasaba a ser algo que le otorgaba una diversión que solo era comparable a la tensión y la excitación que la situación le generaba. Una tensión de la que no estaba dispuesto a desprenderse y que, no obstante, tampoco sabía cómo parar a esas alturas. De haber tenido una oportunidad de impedirlo, había sido antes de que Elia le asaltara por la espalda. Antes de que ella decidiera jugar con él al atraparle, mostrándole un nuevo abanico de posibilidades...

Antes de que sus dedos, junto con los de ella, se enterraran en su sexo para acariciarla de forma superficial, mas no por ello menos intenso. Antes de que de sus labios escaparan esas palabras en una clara declaración de intenciones, tan contundente que cualquier intento de suavizarlas, matizarlas o convertirlas en algo que realmente no eran solo serviría para destrozar toda la esencia retorcida e inquietante que estaba creando con ella, basada en la confianza que ambos se profesaban y en la certeza, la seguridad, de saber cómo, cuándo y de qué forma parar si veía cualquier indicio de molestia o incomodidad en la persona que en esos momentos la acompañaba.

Y sin embargo, pese a ser consciente de todo aquello, no podía evitar que los segundos que tardó Elia en responder a sus sugerencias, tan lascivas como directas, cargadas de ese dulce veneno que cualquiera estaba dispuesto a morder para conseguir un poco más, se le antojaran largos, pesados, lentos, incómodos, frustrantes y, sobre todo, muy, pero que muy aparatosos. No era capaz de leer en la mirada de Elia con facilidad, puesto que sus propias emociones, anhelos y deseos suponían una barrera que le costaba superar en esos momentos. La deseaba, eso era un hecho, y sentir sobre la yema de sus dedos la ardiente intimidad de la humana no le ayudaba a mantener la calma y la concentración. De hecho, era todo lo contrario: Por cada instante, por cada milésima de segundo que mantenía ese juego, el autocontrol de Kael se perdía dentro de esa vorágine de sensaciones contradictorias pero intensas que ella provocaba. Solo sus primeras palabras, emitidas en un susurro que pareció acelerar aún más las pulsaciones de su corazón, lograron arrancarle un atisbo de sonrisa, puesto que, en efecto, creyó que había conseguido su objetivo: Que Elia se lo iba a pedir. Que ese juego iba a terminar porque ella decidía rendirse y aceptar que, en esos momentos, estaba bajo su merced. Que era mejor eso a mantener una resistencia fútil que ninguno de los dos deseaba.

Fue un craso error. Lo vio venir tarde, quizá porque la cercanía de Elia embotaba sus sentidos hasta el punto de anularlos, hasta el punto de ser incapaz de ver más allá de esos labios que se aproximaron, certeros como una flecha disparada por un arquero experto, hacia los suyos propios... Y en el momento en el que sintió el sabor de su boca, se perdió. perdió la batalla, la guerra y seguramente la cordura. Perdió todo aquello que había ganado, toda esa ventaja que esa posición le había generado, que esa iniciativa suya, impredecible, le había otorgado. La perdió, puesto que fue incapaz de imponer de nuevo esa distancia, de separarse él mismo, de dejar claro que era él quien decidía cuando sus bocas decidían probarse mutuamente. Sin darse cuenta, perdió los papeles...

Y le dio a Elia el poder de controlarle lo suficiente como para atrapar su labio en un intenso mordisco y tirar de él a la par que le dedicaba un oscuro y profundo gruñido. Kael abrió los ojos, anteriormente cerrados, presa de la repentina sorpresa, y emitió un quedo jadeo por la mezcla de dolor y placer que asaltó su cuerpo y se extendió por todos los rincones de su interior. Y cuando sus esmeraldas buscaron las contrarias, encontraron una ceja enarcada y una pose altiva, orgullosa y claramente contraria a todo aquello que, hasta ese momento, le había mostrado. Sus dudas se disiparon en cuanto ella volvió a hablar, insinuando que podía hacerlo mejor si quería que se lo pidiera. Que, pese a todo, ella seguía estando por encima. Que, pese a ser tan consciente como él del deseo que se había instaurado entre ambos, pese a saber a ciencia cierta que sus piernas temblaban por el efecto de sus caricias y sus palabras, estaba dispuesta a mantenerse en esa posición, a no darle aquello que le había pedido si quería probarle una vez más y fundir sus cuerpos en uno solo.

Durante un par de segundos, su expresión fue un poema, con el rostro desencajado, los ojos entornados en una clara mueca de sorpresa y los labios entreabiertos, con el inferior enrojecido por el mordisco anterior. Kael, sencillamente, era incapaz de atisbar hasta qué punto llegaba la tozudez, cabezonería y tesón de esa mujer. Hasta qué punto estaba dispuesta a sacrificar el placer de ambos con tal de no dedicarle unas sencillas palabras y terminar con ese juego para dejarse llevar por algo mucho más oscuro y frenético...

Por suerte, solo fueron un par de segundos. Y no, no fueron los que tardó en recomponer esa esencia retorcida y juguetona con la que se había sorprendido a sí mismo para seguir y fingir que lo que acababa de pasar no le había encendido más de lo que ya estaba, para retomar las normas y aparentar que todo estaba bien y se esperaba esa respuesta. No fueron, tampoco, los segundos que tardó en digerir el golpe que ella le acababa de dar, ni tampoco fue lo que tardó en mirarla a los ojos y comprender que debía seguir si quería arrancar esa petición.

Sencillamente, el dragón esmeralda no tenía tanta paciencia. No cuando deseaba algo con tanta fuerza que su cuerpo temblaba. No cuando la causa de ese deseo la tenía delante. No cuando había empezado a jugar con fuego y se había quemado, algo sumamente paradójico teniendo en cuenta qué era él y qué era ella. No cuando, ahora que se daba cuenta de lo que había generado en Elia y de lo que Elia había generado en él, podía manifestar de la mejor forma que sabía lo que opinaba respecto a esas palabras. Lo que opinaba respecto a esos juegos y esas situaciones morbosas, sí, pero demasiado sutiles para alguien como él, o como ella.

Rugió, y las hojas parecieron temblar presas del temor a ser removidas de sus ramas por la fuerza que emitió en ese gesto. Alzó a Elia con la sencillez de quien alzaba una pluma y viró la cola, colocándola boca arriba...

Antes de correr hacia el árbol que, unos metros más allá, parecía contemplar con estoicismo la escena. Sus pies se desdibujaron en la nieve, presa de esa velocidad sobrenatural que le daban sus reflejos sobrehumanos, y avanzó los escasos metros que le separaban del tronco en cuestión de un par de segundos. Sin miramientos, pero controlando en la medida de lo posible fuerza, se valió de la cola para empujar a Elia contra el tronco, de cara a él, y pegar su cuerpo al contrario. La humana, no obstante, seguía sin tocar el suelo con los pies, manteniéndose en ese precario equilibrio que la cola del dragón le estaba dando:

¿A quién pretendo engañar? —Murmuró, y una de sus manos viajó a la intimidad de Elia, colándose en sus pantalones, acariciando directamente sobre su sexo. No podía seguir con ese juego. No podía fingir que nada le afectaba, o que las palabras de Elia no habían despertado a esa bestia que ella ya había visto en anteriores ocasiones y con la cual había gozado, gemido y disfrutado hasta la saciedad que su cuerpo y su límite le permitía. No podía fingir ser quién, realmente, no era ni sería nunca. Eso se lo dejaba a los que sabían mentir, actuar e interpretar. A los que podían mantenerse firmes y estoicos cuando los instintos hablaban por encima de la lógica, la razón o la coherencia.— No puedo contigo. —Y no se refería a cuestiones físicas, o psicológicas. Sencillamente, era incapaz de contenerse con ella. Era incapaz de mantenerse neutral, o de no dejarse llevar ante el calor de su cuerpo, el sabor de sus labios o la humedad de un sexo que, de nuevo con ese instinto directo, penetró con dos de sus dedos. No dejó de hablar, ahora sobre su boca, pero su tono ya no era un susurro. Ya no era algo indirecto, cargado de matices, o sensual e incitante. Ahora era profundo, visceral. Suyo. Como lo era ella. Como lo iba a ser en cuestión de minutos. Y ambos lo sabían sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo.— Me enloqueces. Me enervas. Me nublas los sentidos.—A cada frase, a cada pausa, devoraba su boca y mordía su labio inferior.—El castigo es no hacer lo que estoy haciendo. Contenerme un segundo más... Duele.

El dragón se quemaba, lenta e irremediablemente, conforme profanaba el interior de Elia con sus dedos, trazando profundos círculos a cada vaivén que ejercía con la muñeca...

Y disfrutaba de ello como si no existiera un mañana.





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Re: [SV] Counting stars [Privado] [+18]

Mensaje por Elia el Lun Feb 29 2016, 06:30

Una maliciosa sonrisa empezó a adueñarse del rostro de la humana en cuanto aquel jadeo, casi desesperado, escapó de los labios del general y le acarició los sentidos de esa forma tan única, tan salvaje, tan visceral. Daba igual si estaba o no colgada boca abajo sobre la nieve, o si a él podría bastarle un solo movimiento para hacer que se precipitase sobre aquel helado manto y obligar a que sus dorados cabellos peinasen el suelo hasta encontrar su lugar en las huellas que las pisadas de ambos, o en realidad sólo de él, había dejado sobre esa frágil superficie. Daba igual si el agarre sobre sus tobillos se acrecentaba en fuerza, si disminuía o si seguía siendo la misma. Daba igual si la sangre bajaba a su cabeza hasta hacerla sentir una presión cada vez más molesta en las sienes. Daba igual si, a cada instante que ese provocador silencio se prolongaba, el temblor de las piernas de la humana continuaba aumentando hasta que al final era toda ella la que temblaba bajo la magia que los dedos de Kael, incluso sobre su ropa, eran capaces de tejer usándola a ella misma como lienzo, como modelo y como inspiración. Daba igual si esas sacudidas, lentas, crueles y repetitivas, aumentaban en intensidad hasta que era imposible contenerlas; hasta que era imposible no dejar soltar, en una exhalación, todo cuanto estaba generando. Daba igual. Daba igual. Daba igual, sí… porque al final, aun con todo, había sido ella la que había logrado imponerse sobre él.

Se lo dijo su expresión. Se lo dijeron sus ojos, encendidos por un deseo, por una incertidumbre, por un brillo, que podría haber hecho morir de envidia a las más perfectas piedras preciosas. Se lo dijo su manera de mirarla, con calma, con rabia, con necesidad, con sorpresa. Se lo dijeron sus labios entreabiertos, que parecían rogar en silencio por otra de esas caricias que ella, con la altiveza y la tozudez que la caracterizaban, le negaba como si no hubiera deseado internarse en aquella boca desde el mismo momento en el que había sabido que era él quien se encontraba en aquel lugar, a aquella hora tan tardía, en presencia de una soledad que estalló en llamas cuando deslizó sus manos por el cuerpo contrario. Se lo dijeron sus músculos, tensos y temblorosos por cada una de las acciones, de las caricias, de las palabras que ella le había susurrado en aquel tono de voz que sólo él conocía. Se lo dijo su manera de respirar; esa forma que tenía de contener su aliento durante los primeros segundos en los que sus bocas volvían a fundirse. Se lo dijo el ritmo de su corazón, ese que había sentido en su lengua al morderle; ese que había sentido en su propio interior cuando la cercanía le había permitido saborearle… y sólo quedaba por ver, en realidad, cuál sería su respuesta.

Los segundos que ese rugido, que sacudió el bosque e hizo temblar las hojas, tardó en salir al exterior se le hicieron interminables. Incómodos. Lentos. Atroces. El pecho de la mujer estaba a punto de ceder ante el empuje que su corazón hacía cuando ese sonido, que casi parecía una promesa de lo que aún estaba por venir, petrificó su cuerpo y heló su sangre en las venas… por apenas una milésima de segundo. Elia no le tenía miedo. No le preocupaba que se descontrolase. No cuando sabía, de primera mano, lo que significaba que el moreno dejase fluir todo lo que tenía dentro. No cuando conocía las benditas consecuencias que arrastraba consigo el hecho de despertar a la bestia alada, dominante y salvaje, con la que compartía alma. No cuando había estado buscando su esencia desde el mismo momento en el que, tiempo atrás, se había dado cuenta de que sólo ese dragón que ahora le daba la vuelta como si su peso fuese el propio de una pluma, era capaz de hacer vibrar hasta los últimos pilares de su razón; hasta arder con ella si con eso conseguía que su frágil cuerpo fuera, como ya había reclamado en alguna ocasión, suyo y sólo suyo.

No tuvo tiempo de reaccionar antes de que una sensación de mareo, que hizo temblar su cuerpo cuando él le dio la vuelta, recorriese hasta el último resquicio de su mente y le hiciera perder el poco equilibrio que aún conservaba. Flexionó las piernas en un acto reflejo y llevó una mano a su cara, cubriéndose la mitad de su faz mientras la otra buscaba un uno de apoyo en el cuerpo de quien aún continuaba sosteniéndola, encontrándolo finalmente en el borde de su capa de piel. Se dejó caer sobre su pecho a medida que él avanzaba hacia ninguna parte y sus pisadas se desdibujaban en la nieve, escondiendo, durante el tiempo que duró el trayecto, la cara en el hueco que su cuello dibujaba. Su espalda no tardó en chocar contra la áspera superficie que el tronco de un árbol representaba, y su cuerpo, por inercia, se extendió sobre la corteza cuan largo era. Echó la cabeza hacia atrás, arrugando los labios en un silente gesto de dolor que la cercanía con el cuerpo contrario se encargó de borrar antes de hacerse palpable. Aunque tenía los ojos cerrados, no se le pasó por alto que sus pies seguían sin tocar el suelo.

Le oyó hablar, y se acomodó contra el árbol sobre el que la había empujado, siéndole imposible no terminar por encumbrar el paseo que sus ojos dieron sobre su expresión, su mirada y la posición de su cuerpo, en una carcajada sonora y provocadora… que terminó por morir en su garganta en cuanto la mano contraria se adentró en su ropa y viajó hasta su sexo, acariciándolo directamente y arrancándole unos jadeos que ni quiso ni pudo contener. Resbaló la cabeza sobre la superficie sobre la que se encontraba, elevando la barbilla y exponiendo su cuello sin percatarse de ello. En algún momento, sus manos habían roto el contacto con el cuerpo contrario y habían ido a palpar los nudos de la madera a la altura de su cadera, crispándose sobre ella cuando la voz de Kael empezó a brotar de nuevo. Gutural. Ronca. Posesiva. Primitiva. No necesitó mucho más para que retorcerse contra esos dedos que profanaban su interior fuera algo inevitable; pero su voz, sin embargo, terminó por volcar sobre la boca contraria las primeras exhalaciones en lugar de dejarlas florar en el ambiente.

Cada palabra era un ruego que la dejaba suplicando por más. Cada mordisco era una tortura de la que no quería perderse ni un segundo. Cada embestida que los dedos contrarios realizaron sobre su cada vez más húmeda intimidad era un castigo al que no tenía ni la menor intención de renunciar. Correspondió a cada beso con la misma intensidad. Con el mismo ímpetu. Se adentró en su boca buscando su lengua, y cuando la encontró y pudo morderla y tirar de ella, todo su cuerpo tembló una vez más, consciente de la fina línea que separaba el placer del dolor… y a pesar de eso, fue incapaz de perder la sonrisa. Fue incapaz de borrar de su rostro el dulce esbozo que sólo él era capaz de pintarle. Fue incapaz de no devorar su boca cuando él la buscaba; cuando se internaba en ella después de cada reproche. Fue incapaz de contener los círculos que su cadera comenzó a dibujar en el aire, sobre su mano, buscando evidenciar aún más un contacto que la estaba consumiendo. Fue incapaz de no reclamarle, en ese silencio tan común entre los dos, que la liberase de esa particular presa que hacía en sus piernas y le permitiese rodear su cintura con ellas hasta que el calor que sentían les hiciera que los límites de cada ser quedasen difusos.

Llevó las manos a su propio cinturón, desabrochándoselo sin mirar y sin dejar de besarle y morderle, bajándolo unos centímetros, apenas lo necesario como para facilitarle el acceso a su interior. Lanzó, tras eso, sus dedos contra el cuerpo contrario, y mientras una rodeaba sus hombros para impedir que se alejase, la otra le tomaba de la barbilla y hacía fuerza para que su yugular quedase expuesta. Aún recorrió aquella zona con la lengua antes de dejar una fiera dentellada sobre el lugar donde su pulso era más que evidente, vertiendo luego su aliento y subiendo hasta su oído. Donde respiró con ansiedad. Recordaba lo que acababa de decirle. Recordaba que le había dicho que le dolía no tomarla, no acariciarla, no dejar salir sus instintos y poseerla con la intensidad que le caracterizaba. Su voz salió con dificultad al exterior.

- Entonces hazme tuya.
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Mensaje por Kael el Mar Mar 01 2016, 18:20

En ese momento, Kael empezó a percibir todo cuanto le rodeaba con una precisión milimétrica e inquietante. El sonido del viento crispando las hojas de unos árboles que, presas del repentino frío y poco acostumbrados a ese tipo de clima, provocaba la muerte y caída de muchas de sus hijas, formando un manto verdoso entremezclado con el blanco de la nieve caída días atrás. El crujir de un arbusto ante el paso de un animal, seguramente un conejo o una ardilla en busca de refugio o algún fruto que llevarse a la boca. El sonido de sus pies hundiéndose en la nieve al flexionar las piernas ligeramente, buscando una mayor comodidad para seguir penetrando con sus dedos el interior de Elia. La ardiente sensación que invadía la zona de su mano en contacto con la intimidad de la humana, húmeda y expectante, clamando por mayores atenciones, manifestando su deseo con una creciente excitación. Los jadeos de la propia Elia, derramados sobre su boca, sin control o moderación alguna. Al fin y al cabo, nadie podía oírlos...

Y pobre de aquel que se atreviera a interrumpirle. A interrumpirles en un momento en el que, una vez más y tras demasiado tiempo (al menos desde su punto de vista), podía volver a quitarse las cadenas de la formalidad y dejar que su animal interior campara a sus anchas. No obstante, aún quedaba una cerradura por quitar. La cerradura que solo ella sabía cómo deshacer, de qué manera y en qué grado. La cerradura que, pese a todo, le hacía mantener cierto control en esa intensidad, visceral y pasional, que imprimía a todo gesto que estaba realizando en esos momentos. La cerradura de la cordura, el buen hacer y el autocontrol.

Una cerradura que ella destrozó con sus últimas palabras. Aún sentía la lengua ligeramente enrojecida y dolorida tras el mordisco, sin paños menores, que la esclava había propinado sobre ese músculo, un latigazo incitante, doloroso y placentero a partes iguales, que lo único que había conseguido era que sus dedos se adentraran más aún en su interior, respondiendo, quizá de forma inconsciente o quizá con toda la intención que su instinto en esos momentos le permitía, a esos movimientos de cadera que Elia realizaba, buscando más. Más de aquello, más de él. Más de esa bestia que siempre trataba de controlar por miedo a lo que ella, o los demás, pudieran pensar. Más de aquel hombre, tan diferente a la fachada de general correcto y firme que esgrimía ante el resto del mundo, que ella parecía valorar de una forma tan diferente, tan profunda e íntima, que se le antojaba surrealista.

"Entonces hazme tuya."

Quiso arrancarle la ropa. Dejarla desnuda, expuesta. Sentir como sus prendas se rasgaban bajo la presión de sus dedos o un brusco movimiento de su cola. Atender a esa muda súplica que las piernas de Elia ejercían, buscando su cintura sin llegar a alcanzarla, torturándola con esa cercanía que no terminaba de unir del todo. Quiso ver su cuerpo, sentirlo sobre su piel, devorarlo por completo. Poco importaba en esas centésimas de segundos en las que la mente de Kael hervía de actividad que se encontraran en medio del bosque, o el frío que, pese a la ardiente sensación que mordía su cuerpo en esos momentos, se mantenía como constante espectador de ese acto de lujuria, de ese teatro de deseo, impulsos y pasión.

Su mano libre viajó a los pantalones de Elia y, durante un instante, estuvo a punto de romperlos, de partirlos en dos. Pero algo en su mente reaccionó en forma de sonido, y sus ojos descendieron del rostro de la humana al nacimiento de su cadera. Estaban desabrochados y ligeramente bajados. Ella misma lo había hecho para facilitarle el acceso a su interior y que así siguiera consumiéndola por dentro. Una carcajada escapó de sus labios, derramada sobre la boca de la humana antes de buscar su lengua y atraparla entre los dientes, tirando esta vez él... Y manteniéndola bien sujeta. Quería que gimiera en su interior. Que se estremeciera sin poder siquiera controlarse a una distancia tan ínfima e irrisoria que pudiera sentir hasta el más mínimo temblor. Que no olvidara, pese al placer, esa mota de dolor que sus dientes estaban ejerciendo.

Abandonó el interior de Elia, y se valió de ambas manos para bajar los pantalones de forma brusca, dejando sus piernas expuestas. Una sacudida de puro deseo golpeó su cuerpo y empezó a temblar ligeramente. Tal era el ansia y la necesidad que sentía en esos momentos, incontrolable como un huracán o un terremoto. Ansia de ella, de su cuerpo, de sentirse en su interior. Sus manos viajaron a sus propios pantalones, desabrochándolos y bajándolos también con la misma rapidez y precariedad. No estaba para jugar, ni para ser sutil. Ni siquiera era capaz de valorar la posibilidad de probar ese néctar que Elia tenía entre las piernas, de hundir el rostro en su intimidad. Sencillamente, la quería a ella. Quería poseerla, hacerla suya, tomarla y demostrarle hasta qué punto ella había contribuido a crear lo que ahora tenía delante de esos cetrinos orbes...

Y no tardó más de cinco segundos en demostrárselo. El tiempo que tardó en deshacer el agarre de la cola con un sutil resplandor verdoso y acortar la distancias, colocándose entre sus piernas. El tiempo que tardó en mirarla, sin soltar su lengua con sus labios curvados en una sonrisa intensa, única, puesto que solo ella podía contemplarla. Solo ella podía contemplar ese estado, esa forma de hacer las cosas, esa manera de esa. Solo ella tenía ese privilegio, ese derecho. Y solo ella, por tanto, recibió el miembro del dragón esmeralda en su interior mediante una única y profunda embestida, rápida. Kael gruñó, de una forma mucho más profunda de lo habitual, al sentir como el interior de Elia le recibía y empezaba a amoldarse, como dos piezas de un perfecto puzzle, a su propia entrepierna.

No obstante, Kael no esperó. Tenía la apremiante sensación de que el tiempo iba en su contra, de que aquello terminaría rápido y luego no podría volver a disfrutar de ello hasta que el destino lo dictaminara una vez más. Para él, todo encuentro con ella debía ser recordado y disfrutado hasta el último instante. Y las palabras de la humana seguían resonando en su interior con tanta fuerza que parecía escucharlas por encima de sus profundos y potentes latidos. Así pues, el dragón esmeralda comenzó a embestir a la joven, sin dilación, con movimientos potentes y rápidos y sin soltar su boca en ningún instante. Sus manos se afianzaron, una en cada nalga, facilitando una mayor profundidad y una comodidad necesaria para poder disponer de ella como en esos momentos necesitaba, y su respiración comenzó a acelerarse paulatinamente, incapaz de ser controlada o moderada por su propio subconsciente...

Porque en ese rincón de su interior, la percepción global había disminuido, y ahora solo era capaz de centrarse en dos cosas, aparentemente opuestas, aparentemente incorrectas, aparentemente indebidas, aparentemente imposibles.

Elia.

Suya.





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Mensaje por Elia el Lun Mar 07 2016, 02:29

Le deseaba. Le necesitaba. Ansiaba sentirle. Anhelaba volver a vibrar como sólo él era capaz de conseguir que lo hiciera. Quería temblar contra él hasta que su propio cuerpo se encontrase en ese límite en el que realidad y fantasía se unían de tal manera que podía llegar a olvidar incluso su nombre. Deseaba sumergirse en la humedad de su boca. Dejarse envolver por el calor que emanaba de su cuerpo. Permitir que la arrastrase de nuevo a esa oscura vorágine en la que todo cuanto era, todo cuanto podría ser, lo que había vivido, lo que había temido y lo que había querido conseguir, era tan poco importante como las posiciones que ellos, dragón y humana, general y esclava, tenían en una sociedad que les prohibía entregarse de aquella manera. Quería bailar a su son tan sólo movida por las caricias que aquellas hábiles manos brindaban sobre su cuerpo. Retorcerse contra cada parte de esa anatomía que habría recorrido con los dedos, los labios y la lengua hasta la saciedad. Empaparse de su aroma, poseer su cordura, hacer suyas todos y cada uno de esos gestos que se adueñaban del rostro de Kael con la misma brevedad y fervor con la que una estrella fugaz cruza el cielo nocturno sólo para estallar y dejar caer sobre la tierra una lluvia de sueños y luz.

Lo quería todo. Todo lo que él pudiera darle. Todo lo que pudiera mostrarle. Quería que fuera suyo y solamente suyo. Suyo hasta un punto peligroso. Suyo como ella lo era de él en aquellos momentos en los que su cuerpo se estremecía ante las acometidas que sus dedos hacían sobre su húmedo sexo, cada vez demandante de más. Suyo hasta el punto de que rozase lo prohibido. Suyo hasta que sintiera el cuerpo del dragón como si fuera el propio, como si cada movimiento, cada giro de cadera, cada jadeo que escapaba de su boca para morir en la contraria, no tuviera causa ni causante. Suyo hasta el punto de que sus pieles se fundieran en una sola. Suyo hasta que su acelerado pulso irrigase la esencia de ambos seres. Tan suyo que cada respiro que se tomaba de su boca fuera una tortura. Tan suyo como lo era de él cada efímero escalofrío que sacudía el cuerpo de la mujer. Suyo como podía serlo el agua retenida en el cuenco de las manos antes de que se escurriese entre los pliegues de sus dedos… o como lo eran los pliegues de la ropa que se deformaba bajo la presión que cada parte de ella sobre el de él, buscando algo más. Algo más de aquello. Algo más que él le denegaba y que la hacía desesperarse. Jadeó. Suyo como siempre. Suyo como nunca lo sería.

Notó que bajaba las manos hasta sus pantalones, y tembló ante la posibilidad de que la desnudase de nuevo, de que expusiese su cuerpo y la dejase vulnerable a él y a las inclemencias del tiempo. Subió los párpados, y vio la tensión en sus manos al cernirse en torno a esa prenda que les separaba. Vio cómo él bajaba esas esmeraldas, empañadas por la lujuria, hasta la sugerente curva de su cadera… y oyó su carcajada. Clara. Cristalina. Instintiva. Visceral. Posesiva, incluso. Sonrió contra su boca. Una sonrisa cargada de intenciones, de sugerencias, de provocaciones y palabras que se le antojaban vacías de significado ante la realidad de aquello que estaba viviendo. De aquello que volvía a compartir con el de escamas cetrinas. Mordió su labio inferior, y de haber podido, de no haber tenido a su espalda el tronco de un árbol que le impedía retroceder y reaccionar a sus acciones si no era con su consentimiento, hubiera tirado de él hasta que la tensión de la piel la hubiera obligado a soltarle. En lugar de eso, ladeó el cuello y entreabrió la boca, recibiendo su lengua y englobándola con los labios antes de permitir que se encontrase con la suya y volvieran a danzar al ritmo que su lascivia les dictaba… aunque él parecía tener otros planes. Así se lo quiso hacer ver cuando la atrapó con los dientes y se alejó unos centímetros, haciendo que ella arrugase un poco el ceño y emitiese un gruñido de queja, que terminó cuando dolor y placer se unieron de manera tan deliciosa, tan maravillosa, que sólo acertó a coger aire.

Se revolvió con fuerza, agitando los pies en una muda petición de que la soltase y la dejase erguirse de nuevo en el piso cuan alta era; pero no pudo sino encogerse y quedarse quieta cuando el general dirigió sus manos a su ropa, la prendió y se la arrebató con brusquedad, con violencia. Su piel se erizó al contacto con el gélido aire que les rodeaba, y aunque la sensación no tardó en extenderse por su espalda y deslizarse como una serpiente por sus costillas, mordiendo sus costados y enroscándose sobre sus senos hasta hacer que su cima se irguiese, pronto fue sustituida por ese calor, característico y único, de un cuerpo junto a otro. No buscó un punto de apoyo cuando abrazó la cintura masculina con sus piernas, aproximándolo más a ella si eso era posible, y tampoco perdió un solo instante en terminar de desprenderse de la ropa. El tiempo jugaba en contra de ambos una vez más. No tenían un instante que perder, y Kael lo sabía. Lo sabía tan bien como ella; y por eso, ante la necesidad de sentirle y ante la certeza de que él mismo se estaba desprendiendo de sus vestimentas, Elia volvió a reír contra la boca contraria, y su carcajada sólo fue interrumpida por el fiero gemido, más alto quizá que los que él acostumbraba a oírle, que se abrió paso en su garganta ante la rudeza con la que el moreno acababa de abrirse paso en su carne.

Por unas décimas de segundo le fue imposible moverse, le fue imposible reaccionar. La sensación de control que él estaba ejerciendo sobre ella y la ardiente sensación de tenerle dentro era suficiente como para dejarla paralizada durante los instantes en los que él gruñó sobre su boca. Un gruñido que se le antojó distinto a todos los demás. Más primitivo. Más intenso. Más profunda. Como si en aquel encuentro se estuviera dejando llevar de una manera distinta a las demás ocasiones. Como si en aquella ocasión la bestia que dormía en su interior le estuviese ganando la batalla y se estuviera adueñando de su cuerpo. Como si aquella fiereza que tan controlada intentaba tener siempre ante el temor de dañarla, hubiera encontrado un lugar por el que escaparse. Su corazón dio un vuelco ante esa posibilidad mientras su mente, por otro lado, no dejaba de mostrarle la sonrisa que había visto segundos antes adueñarse de las facciones contrarias. Echó los brazos por sus hombros y pegó su pecho al contrario, afianzando el agarre que sus piernas hacían sobre el cuerpo contrario al tiempo que él hacía lo propio con sus nalgas. No le importaba. No le temía. Cada muestra de ese fallido autocontrol sólo servía para que Elia sintiese que quería más. Más de aquello. Más de él. Más de la necesidad que él tenía de ella. Más de su verdadera naturaleza.

Deslizó las manos por su nuca y hundió las uñas en su espalda, encontrando entonces un sendero por su ropa que le permitiese disfrutar de su piel; y mientras jadeaba con fuerza, rendida ante esas exigentes embestidas, comenzó a tirar de su propia lengua, haciendo caso omiso al punzante dolor que se comenzó a extender por ella, para liberarla de la presa de los dientes contrarios. Liberada de este sometimiento, y con el ardor aún como recuerdo, la rubia descendió por la faz contraria, dejando un reguero de besos y mordiscos por su mejilla, por la línea de su mandíbula y retornando al cuello. Aún se tomó su tiempo, recreándose en cada curva que tenía ocasión de saborear, antes de ascender a su oído, donde derramó cada gruñido, cada jadeo, cada gemido y cada exhalación, que él le arrancaba. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar. Quería ver qué era lo que había estado conteniendo… y sólo había una forma de hacerlo.

Llevó una mano a la zona posterior de su cabeza, empujándola de forma que cayera sobre el hueco que su cuello dibujaba.

- Muérdeme. –susurró- Como si fuera tu último bocado.
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Re: [SV] Counting stars [Privado] [+18]

Mensaje por Kael el Miér Mar 09 2016, 05:45

Kael nunca había disfrutado de la música como otros tantos de sus congéneres. Nunca había podido interpretar alguna pieza con uno de esos instrumentos creados por los humanos con esa maestría técnica que solo los suyos eran capaces de imprimir, pero tampoco se le daba nada bien comprender, entender y explotar el talento y el genio humano, ese carácter explosivo y creativo que los dragones, en su estancamiento eterno y su incapacidad de comprender lo que significaba la palabra "evolución, no eran capaces siquiera de atisbar. No obstante, el dragón esmeralda, en la simpleza que un momento tan intenso había creado, sí que sabía una cosa: Disfrutaba de la música que Elia componía en esos momentos con su boca. Entendía perfectamente la partitura de ese gemido, profundo, desgarrador y sincero, que la humana había dejado escapar, incapaz de controlarse ante la brusca entrada que el general de la armada había hecho en su interior. Sabía sacarle partido a ese sonido retumbando en sus oídos, adentrándose en sus tímpanos y expandiéndose en su mente como una piedra lanzada sobre el agua con demasiada fuerza, repartiendo sus ecos en forma de eléctricos estímulos que en esos momentos recorrían todo su cuerpo...

Y quería más de esa música. No necesitaba tocar un instrumento cuando tenía su miembro dentro de ella, embistiéndola sin compasión, sin freno y sin autocontrol alguno. No necesitaba ser un genio de lo creativo o un maestro de lo técnico para convertirse en algo que, en esos momentos, muchos habrían deseado de conocerla: Uno solo con Elia. No necesitaba, ni veía necesidad, de tener algo más que no fueran sus manos sobre el trasero de esa mujer, sujetándola. De sentir las piernas de la humana envolviendo su cintura con gracilidad e intensidad, facilitando la postura y la sujección que su cuerpo y su fuerza permitían. No quería escuchar otra cosa que no fuera todo aquello que Elia dejara escapar. No quería ver nada más que sus ojos, su cuerpo. No quería deleitarse con otra cosa que no fuera ese temblor que había sacudido el cuerpo de la joven cuando la había desnudado, incapaz de frenar las sensaciones que él provocaba.

No soltó su lengua, no en primera instancia. Ni siquiera cuando ella tiró, despacio, hacia atrás, forzando ese límite del dolor tan difuso para ambos como la concepción del bien y del mal en un mundo como el que les había tocado vivir, al menos para ella, o como lo podía ser para alguien eterno como él, alguien que había visto caer imperios y contemplar el alzamiento de otros. Y nadie, ni nada, podía juzgar lo que estaban haciendo a la sombra de ese árbol que, de haber tenido sentido de la vista, habría sido cautivado, asustado, o ambas cosas al mismo tiempo, incapaz de mirar durante más de cinco segundos. Nadie podía, porque nadie sería capaz de entender la necesidad que sacudía su cuerpo en esos momentos, la sensación de esos hilos, cada vez más pequeños, fragmentándose uno a uno, deshaciéndose. Unos, a cada penetración que su fuerza ejercía en el interior de Elia, devorándola por dentro, consumiendo su interior en una locura decadente, pero demasiado deliciosa como para dejarla escapar. Otros, con cada jadeo, gemido, exhalación o respiración contenida que la humana dejaba escapar, rellenando esa partitura invisible que él tenía en su cabeza, esa extraña pieza musical que estaban interpretando los dos...

Y todos, absolutamente todos, sujetaban la misma cosa: Autocontrol, cordura, coherencia, lógica. Mantenían dormida a la bestia, sujeta a esas mínimas concepciones sociales, algunas inculcadas y otras aprendidas, que dictaban lo que era correcto y lo que no. Sintió como la lengua de Elia se escapaba de la prisión de sus dientes, y Kael embistió hasta el límite, deteniéndose después y mirándola fijamente. Sus ojos se habían teñido de un tinte febril, casi ido, generando un contraste casi escalofriante con el lento y pausado círculo que trazó con la cadera y el fiero y profundo gruñido que dejó escapar de su garganta, mostrando su clara contrariedad al hecho de haber liberado su boca.

No obstante, no tuvo demasiado tiempo para pensar demasiado, puesto que entendió rápidamente porque ella quería tener la boca libre. Los mordiscos y los besos se sucedieron en una cadencia enloquecedora, y a cada uno de eso gestos, un nuevo hilo moría y su interior despertaba un poco más...

Pero no fue hasta que las palabras de Elia alcanzaron su oído, entremezcladas con los jadeos y los gemidos que escapaban de su garganta, cuando ese último hilo, ese último resquicio, se rompió. Kael pudo escuchar algo parecido a un estallido en su interior y, después, una calma. Una centésima de segundo. Quizá dos.

Lo que tardó el fuego en expandirse y consumirlo todo a su paso con la fiereza que solo las llamas podían ejercer. El susurro de Elia se extendió con la rapidez de la toxina más mortífera que la naturaleza podía generar. Cada palabra parecía una puñalada creada única y exclusivamente para asesinar el sentido de su conciencia. Y que fuera ella, justamente ella, quien quisiera ver el resultado de su obra, solo le provocaba más.

Las manos del dragón esmeralda soltaron el trasero de la joven, temblorosas. Tal era la sensación que le embargaba en esos momentos. Había detenido sus embestidas, y ahora sus dos orbes cetrinos se encontraban fijos en los contrarios. Por un momento, apareció la incertidumbre en su mirada. La duda de haber escuchado mal, de haber entendido algo incorrecto. Pero fue tan vacua, tan fugaz, tan rápidamente consumida por todo lo demás, que Elia apenas podría atisbarlo...

Eso sí, podría apreciar como el dragón que yacía en su interior, ese que buscaba despertar, tomaba el control. Como esos dos orbes ahora la penetraban con la mirada de aquel que había vivido más de dos milenios. Como parecían encenderse y brillar, danzando al son del reflejo que devolvía los irises de la humana. Como sus manos se posaban una a cada lado del cuerpo de la mujer, con las palmas apoyadas sobre el tronco, y empujaban con tal fuerza que se hundían en la madera con una facilidad sorprendente y terrorífica, inundando el bosque de un crujido intenso. Como su cadera retomaba las embestidas, más rápidas, más duras, más intensas.

Y, en esa vorágine, las palabras de la humana seguían presentes en su mente. El dragón las observaba y las interpretaba, despacio, sin prisa pese a que todos los movimientos de su cuerpo indicaran lo contrario. Sumido en esa especie de trance, libre de todas las cadenas, Kael comprendió lo que le había pedido. Sencillo en apariencia, complicado en realidad. Pero Kael dormía, y su sentido del deber, su honor y sus principios, dormían con él. De haber estado despierto, habría entendido las consecuencias de hacerlo. De haber estado despierto, habría pensado antes de actuar, de dejarse llevar por el deseo que Elia despertaba con una facilidad aplastante.

Pero no estaba despierto, y el dragón dominaba. Y al dragón, como antaño, no le importaban las leyes, las costumbres, las posiciones y las jerarquías. Era libre, tomaba, cogía y poseía lo que quería. Cedía a deseos, caprichos y peticiones solo si le apetecía, si lo veía oportuno o si sacaba provecho. Dominaba sin interrupciones, sin que nada ni nadie le detuviera.

Rugió, y su rugido se asemejó más que nunca al de su forma real, profundo, reverberante. El calor se expandió con tanta fuerza por su cuerpo que sus escamas parecieron aumentar de temperatura, volviéndose muy calientes al tacto. Ladeó más el rostro y, sin pensárselo dos veces, atacó el lateral derecho del cuello de Elia, cerrando los dientes con fuerza. No tardó más de dos segundos el sentir el sabor metálico de la sangre inundando su boca, ardiente, espesa, fresca, y tardó menos de uno en cerrar toda la boca en torno a esa zona, apretando con fuerza, succionando el corte que había provocado, superficial pese a todo.

Su último bocado. Eso era ella en esos momentos, sometida a los designios de su boca a la par que sentía las uñas de la humana sobre su espalda. No era Elia. No era humana. No era esclava, como él tampoco era Kael, ni el general del ejército...

Aunque sí un dragón. Un dragón que probaba un manjar como si fuera el último. Un dragón que había cerrado sus fauces en torno a su presa y que no estaba dispuesto a soltar.

Un dragón que siguió embistiéndola como si, con ello, pudiera conseguir que ella viera lo que tenía delante. Que sintiera lo que sentía él. Que temblara como lo hacía él.

Un dragón que le daba la oportunidad a ella, y solo a ella, de verle en su máxima expresión.





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Re: [SV] Counting stars [Privado] [+18]

Mensaje por Elia el Mar Mar 22 2016, 04:11

Aquel contacto, aquella manera tan brusca de poseerla. Aquella manera tan visceral de reclamar como suyo su cuerpo, su aliento, su corazón y su alma. Aquella manera, tan posesiva, de recorrer una y otra vez cada resquicio de piel de la humana que tenía al alcance de los dedos, de los labios, de la lengua o de los dientes. Aquella manera tan… suya, de desnudarla, de pegarla a él y de hacerse un hueco en su interior hasta que los límites de ambos cuerpos se volvieran difusos e irrisorios. Aquella manera de mirarla, tan directa, tan amenazante, como si sólo con un tenue destello de aquellas esmeraldas pudiera hacerla sentir toda la necesidad que tenía de ser la única causa, la única razón y el único motivo, por el que esa mujer que en aquel momento se encontraba sometida a sus deseos se retorciese ante el más puro y violento de los placeres. Aquella manera que tenía de indicarle, en un silencio sólo interrumpido por las aceleradas respiraciones de ambos, cuanto había extrañado tenerla de aquella manera, cuanto había anhelado volver a adueñarse de todo cuanto era y verter en su interior cada gota de su esencia. Todo ello hacía que el cuerpo de Elia ardiese y temblase presa de un violento frenesí que la iba llevando poco a poco a la locura.

Lo único que era capaz de vislumbrar con claridad era aquella mirada febril que tanto se parecía a la suya y que tan diferente era al mismo tiempo. Lo único que era capaz de sentir era su miembro enterrado en su carne, sus respiraciones entremezcladas y sus dedos marcando su piel, sosteniéndola y empujándola a cada demanda que sus caderas hacían sobre la contraria. Sólo oía su respiración, sus gruñidos y cómo sus propios jadeos silenciaban todo lo que no formase parte de esa burbuja que les rodeaba cada vez que, como en aquella noche en la que las luces danzaban sobre el cielo, tenían un momento para dejarse llevar sin que ninguna norma, ni ninguna persona, ni nada que no fuesen ellos mismos, pusiese límites a lo que sentían y les impidiese dejarse consumir por esa atracción que no hacía otra cosa sino crecer por cada una de aquellas sonrisas que no se cansarían de dedicarse aun cuando el otro no pudiera verlas… Y quería más. Más de esas oscuras sonrisas. Más de esas miradas cargadas de rabia. Más de su aroma. Más de su sabor. Más de su tacto. Más de todo. Quería ver qué era aquello que guardaba en su interior. Quería conocer la causa por la que se contenía. Quería verle despojado de sus cadenas, fuera de esa jaula de autocontrol. Quería tenerle para ella. Sólo para ella. Entregado a ella.

Por eso fue que, cuando Kael detuvo el vaivén de su cadera, los segundos que transcurrieron hasta que volvió a embestir su sexo con furia se le antojaron eternos. Por un momento, tan efímero que ni tan siquiera llegó a percatarse de ello, temió estar pidiéndole demasiado. Una parte de ella vio la duda y la incertidumbre en los ojos del moreno, y sintió sus manos temblorosas despegarse de su cuerpo, obligándola a asirse a él sólo con la quebradiza fuerza de sus piernas. Tragó saliva, mojándose con la lengua esos mismos labios que parecían estar hechos de fuego líquido e inspirando por ellos con una calma forzada. Envolvió las mejillas masculinas con la palma de sus manos, y ya se inclinaba de nuevo sobre él para darle un lento beso en los labios y decirle cualquier cosa, cuando la repentina entrada del militar en su interior hizo que una nueva sacudida recorriese cada centímetro de su ser, forzándola a arquear la espalda y siéndole imposible no dejar escapar un gemido, profundo y desgarrador, que hizo morir todo el miedo y todas las dudas que se le habían generado en los últimos segundos. Cerró los ojos con fuerza e inclinó la cabeza hacia atrás, sintiendo que su piel se erizaba al son del crujido de la madera a su espalda, pero luchando para centrar la poca entereza que aún le quedaba en continuar rodeando su cintura, permitiendo, al tiempo, que sus femeninos dedos se crispasen con lujuria y necesidad sobre la capa que él aún portaba sobre los hombros.

Su corazón repiqueteaba con una fuerza desconocida en su pecho cuando el calor del cuerpo contrario aumentó y la instó a lanzarse contra su boca y conquistarla con su lengua, volcando en ella cada jadeo y cada exhalación que él le arrancaba. Llevó entonces las manos a la correa que cruzaba su pecho y mantenía su mandoble sujeto a su espalda, sacando fuerzas de su propia ansiedad para desabrocharlo y dejarlo caer al suelo, ignorando el sonido con el que el metal chilló ante el golpe. Condujo, tras eso, sus ávidos dedos al broche que mantenía aquella gruesa capa sobre sus titánicos hombros, deshaciéndose de ella a tirones, con ira, permitiendo que compartiera destino con el acero que había a los pies de él antes de repetir el proceso con la que ella misma llevaba consigo. Aposentó tras eso la mano diestra en su nuca, sosteniéndole la cara, y condujo la otra por un camino inexistente sobre su torso, afianzándose en su costado antes de tirar con vehemencia de su camisola para poder colarse entre esta prenda y su cuerpo. Aún marcó con las uñas por la zona de las costillas antes de concederse el capricho de repetir con su espalda en sentido ascendente, hundiendo los dedos en su piel todo cuanto le era posible y aumentando la presión cuando llegó a sus omoplatos, donde se mantuvo un momento mientras la esclava dejaba escapar un gruñido y mordía su labio inferior.

No fue sin embargo hasta que no se separó un poco para mirarle a los ojos, que se dio cuenta de que aquel que en esos instantes disponía de su cuerpo como le placía no era Kael. No era el hombre que la había salvado de morir ahogada en los acantilados. No era la persona que la había protegido de los altercados de la plaza. No era ese que había cogido el cordel de su vestido como dulce y discreto recuerdo de su primer encuentro. No. Aquel que la miraba era la bestia con la que compartía cuerpo y alma. Lo vio en sus ojos, cuyas pupilas comenzaban a rasgarse ante la intensidad de aquello que estaban viviendo. Lo sintió en esa forma, paralizante y primitiva, que tuvo de clavar sus orbes en ella mientras se adentraba en su interior una y otra vez. Lo oyó en ese rugido, reverberante, escalofriante y salvaje, que le dedicó antes de ladear la cabeza y lanzarse sobre su cuello. Allí estaba todo cuanto era. Allí estaba aquello que había estado encerrando. Allí estaba todo cuanto no le había permitido ver hasta que ella no se lo había pedido. Allí estaba el dragón que la deseaba. Allí estaba el dragón al que deseaba.

Una brutal descarga sacudió su cuerpo y la hizo retorcerse de puro gozo, provocando que un gemido, que le desgarró la garganta hasta casi dejarla sin voz, escapase de sus labios; y, tras eso, su respiración se entrecortó. Si él hubiera tenido ocasión de contemplar el rostro de la joven, habría visto cómo el dolor y el placer entremezclaban en su mirada y deformaban sus facciones en una sonrisa perversa, oscura, morbosa e inexplicable. Tomó aire con exquisita dificultad cuando el general finalmente cerró la boca en torno a la delicada anatomía de su cuello, jadeando y temblando ante la perspectiva de que esa criatura que la dominaba y que había vivido más de dos milenios estuviera disfrutando del sabor de su sangre. Que estuviera disfrutando de ese último bocado que ella le había rogado que le diera y que él, por toda respuesta, se había tomado su tiempo en regalarle.

La mano que tenía en la nuca contraria subió hasta su cabeza, empujándolo más contra su propia yugular y ladeando el rostro a fin de facilitarle el acceso. Entonces sintió deseos de llamarle. Quiso pronunciar su nombre. Quiso arrastrarle aún más por ese sendero que no acababa sino de abrirse ante ella… pero fue consciente, apenas cuando abrió la boca, de que aquel que se había adueñado de su ser no era Kael, y de que ella, en ese momento, tampoco era Elia. Se dio cuenta, de que la única manera que tenía de llamarle y pedirle porque no se detuviese, porque continuase con aquel decadente baile hasta que sus fuerzas la abandonasen, pasaba por volcar en su oído cada jadeo, cada exhalación, cada gemido y cada gruñido con el que parecía querer demostrarle hasta qué punto el fuego formaba parte de su naturaleza… y mientras lo hacía, mientras dejaba salir de su boca todas y cada una de aquellas provocadoras manifestaciones, no pudo evitar volver a arañar su espalda dejando que sólo fuera el calor de ambos cuerpos el que guiase la intensidad de los trazos. Cuando los valles de sus vértebras le indicaron que esa deliciosa senda había llegado a su fin, rompió el contacto para llevar la mano al cuello de su camisola y tirar de ella hacia el lateral, poniendo tanto fervor en el movimiento que la tela crujió ligeramente antes de dejar a la vista la sugerente línea de su clavícula, el pilar de su hombro diestro y, bajo ellos, el mar de escamas esmeraldas que le marcaba como lo que era. Como lo que estaba siendo: un dragón. Un dragón que tomaba, poseía y reclamaba como propio todo cuanto quería. Un dragón que disfrutaba de ese bocado como si realmente fuese el último.

Arrastró la boca hacia la zona, paseando, aparentemente sin prisas, la lengua por cada sitio que alcanzaba a tocar, disfrutando de esa pasión inusitada que no pudo resistirse en querer capturar con los dientes mientras su cuerpo empezaba a temblar.
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Mensaje por Kael el Vie Mar 25 2016, 04:27

El sabor de la sangre se deslizaba por su garganta con la suavidad del mejor y más caro de los licores que cualquier noble podría haber soñado. Ni el vino de las mejores cosechas, el ron de las mejores fermentaciones o la cerveza más exquisita era capaz de rivalizar en esos momentos con la sensación, ardiente, intensa y metálica, que el sabor de la esencia vital de Elia estaba generando en su interior conforme se adentraba en su cuerpo y se aposentaba en su estómago en ese flujo lento pero lo suficientemente constante como para que sus papilas gustativas no perdieran el detalle. Paradójicamente, ya había probado la sangre de la esclava anteriormente, puesto que en algún momento había perdido esa parte de autocontrol, trazando un mordisco con demasiada intensidad, deslizando sus uñas por la piel contraria demasiada fuerza...

Pero nada podía compararse, ni en duración ni en fuerza, a lo que en esos momentos atravesaba el general del ejército y destrozaba todo su interior con la peligrosidad de un ejército demasiado sediento de combates al encontrarse con una resistencia notoria. Todos sus principios y todos sus instintos habían estado contenidos, guardados en un afán de evitar que, ante cualquier cosa, ella pudiera terminar daña. Y era ella, y no cualquiera de las otras mujeres con las que había yacido, puesto que solo ella había llegado hasta ese punto. Solo ella le había complacido hasta ese grado. Solo ella había buscado esos trazos, esos lazos invisibles que se cernían sobre su conciencia, y los había roto con esa pasión y ese salvajismo que rallaba lo animal en algunas ocasiones.

Y solo ella, por tanto, era merecedora, o víctima, de todas esas sensaciones que se habían despertado en el dragón de escamas esmeraldas. Su cuerpo no había dejado de temblar durante un instante, y no era precisamente el frío la causa. Los arañazos que Elia trazó sobre su espalda provocaron sutiles arqueamientos seguidos de escalofríos, buscando intensificar ese contacto, ese dolor que, en esos momentos, se le antojaba poco, corto, escueto y sutil. Ahora, con todos sus sentidos puestos en ella y sin ataduras, toda esa costumbre que había cogido para asemejarse en algo a los humanos, todos esos niveles que había reducido de su esencia dracónica, quedaban completamente expuestos y a merced de lo que su mente quisiera hacer con ella. No cesó tampoco la cadencia de sus embestidas, constantes, rápidas y profundas, permitiendo que su miembro se adentrara en el sexo de la humana una y otra vez, sintiendo la creciente humedad rodeándole, envolviéndole con la ardiente y apremiante certeza de querer más, de seguir con aquello y no detenerse. La muerte misma podía intentar apartarle de ella en esos momentos, y terminaría fracasando estrepitosamente...

O morirían consumiéndose mutuamente hasta los últimos resquicios de su mente. El crujido de su camisola rasgándose ligeramente para dejar expuesta su piel fue como música para sus oídos, así como la sensación de la lengua de Elia sobre sus escamas, trazando después mordiscos que, dada la condición de ese rasgo que le identificaba como lo que era, se le antojaron mucho más sensibles que en cualquier otra zona. Kael ardía, y no sabía realmente cómo parar. Tampoco quería, a decir verdad. No ahora que sentía la piel de Elia entre sus dientes. No ahora que podía notar la sangre tiñendo sus labios con ese característico sabor. No ahora que una parte de su ser recordaba también el aroma de todo aquello que había dejado atrás, convirtiendo la sangre de la humana en algo especial y único para sus sentidos. No ahora que la hacía suya a un nivel al que nadie, ni siquiera él, había llegado siquiera imaginar.

¿Miedo? ¿Dudas? Siempre existían. Las tendría, más tarde o más temprano. Quizá se arrepintiera después, al ver las consecuencias de ese fiero bocado, de ese último manjar que Elia le había ofrecido, rompiendo todas sus cadenas. Quizá se sintiera culpable, arrepentido o apenado por ver los estragos de todo aquello. Pero eso sería después, después...

Porque ahora solo quería una cosa, clara y concisa. Su corazón bombeaba con fuerza la sangre hacia sus músculos, y aumentó la presión de sus dientes, deformando la piel que sostenía bajo los mismos, rasgándola un poco más. Podía sentir el pulso de Elia en el interior de su boca, y supo que había perdido el control en el momento en el que un raudo, fugaz y oscuro pensamiento surcó su mente: La vida de ella estaba en sus manos. Tenía la suficiente fuerza como para cortar esa arteria con la boca, y solo tenía que tirar. Tirar, y ver como la sangre escapaba, como si de un oscuro manantial se tratara, a través de ese agujero que él mismo podía crear. Tirar y observar en esos irises cetrinos como la vida escapaba del cuerpo de la mujer que, tiempo atrás, había salvado del frío abrazo de la parca.

Pero no olvidaba el regalo que le había hecho y el placer que estaba obteniendo al sentirse liberado. No olvidaba que, pese a todo, estaba así por y para ella. Para nadie más....

Y esa idea, ese deseo, esa sensación, provocó su siguiente reacción. Inconsciente, sin meditar siquiera hasta qué punto podía ser una buena idea, Kael gruñó sobre la piel del cuello de la humana, derramando su cálido aliento, y movió su torso lo justo para intensificar el contacto de la boca de Elia sobre su piel. Entreabrió los ojos, ahora con un brillo completamente antinatural en ellos, y bajó la mirada, buscando contemplar la belleza de ese cuerpo desnudo y tembloroso, ahora entregado a él. No la encontró. La tela, una vez más en forma de ropa, era el molesto impedimento, la innecesaria barrera entre ambos.

Rugió una vez más, haciendo que varias aves salieran disparadas del árbol sobre el que la estaba poseyendo de forma salvaje ante la dificultad de discernir si aquel sonido era humano o dracónico, y alzó una de sus manos mientras la otra se agarraba al trasero de la humana sin dejar siquiera de embestirla. Todos sus músculos se tensaron, y pareció encogerse unos instantes conforme su mano empezaba a mutar. La piel empezó a verse sustituida por escamas del mismo color que su pecho, y las uñas se desprendieron de su posición, alargándose y convirtiéndose en garras. La propia mano, con todos sus huesos, empezó a deformarse, alargándose y estrechándose...

Convirtiendo la mano humana en la garra de un dragón, clara y del color del jade. El sudor en su cuerpo aumentó por el esfuerzo y el intenso dolor, pero no cesó la caótica danza que mantenía en el cuerpo de la joven, enterrándose en su carne. En su lugar, abrió los ojos, sin dejar de sujetar su cuello con los dientes, y descendió con una de esas afiladas y mortales garras sobre el corto espacio que les separaba. La uña central descendió justo por el centro de la pecho de la mujer, rasgando la camisola justo por el centro con una facilidad aplastante y terrorífica, sin el más mínimo esfuerzo... Y rozando la piel, arañando, en el proceso. Trazando un surco descendente hasta llegar al límite que su flexibilidad y la posición le permitían antes de volver a ascender y deshacerse de la prenda con dos movimientos medidos de sus garras, revelando por fin la anatomía del pecho de la mujer:

Mí...

No terminó la palabra, puesto que necesitó tomar aire para recordar como podía articular y usar la boca para hablar. Su tono de voz se había vuelto oscuro, posesivo, peligroso:

Mía...

Abandonó su cuello, soltando la presa, con esos pequeños orificios, superficiales, aún sangrando ligeramente, y toda la zona claramente enrojecida...

Y entonces, el hombre convertido en dragón ladeó el rostro y atacó el otro lateral, mordiéndola con la misma rabia, intensidad y necesidad de la que había hecho gala anteriormente.





Spoiler:
Gracias *_*:
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