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Oh, darling! [Elia]

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Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Invitado el Mar Dic 22 2015, 04:06

Nieve. Nunca había visto tal cosa, y si no fuese por lo recién sucedido en la plaza de Talos, estaría un tanto emocionada por ver los copos de nieve. Pero ahora, mientras iba rumbo hacia su local, sentía la nieve caer sobre ella, y lo único en lo que podía pensar era en todas las vidas perdidas que hubieron en ese día; en como se pudo evitar toda esa tragedia. Observó sus alrededores, sintiendo la pena extenderse sobre su pecho, terminando en un nudo en la garganta. No recordaba haberse sentido así nunca, ni siquiera cuando no complació el deseo de sus padres de unirse al ejército. Se sentía frustrada, impotente, con las ganas de hacer todo pero sin poder mover un dedo. Era horrible, y aquello, sumando al hecho de no poder transformarse a su verdadera forma, la tenía de un humor bastante peculiar. Aferró sus manos enguantadas a la canasta que llevaba consigo, sintiendo como el frío la abrazaba con gusto. Una parte de Imogen quiso quedarse en casa, viendo como los copos de nieve caían atreves de su ventana, pero el simple hecho de quedarse allí sin hacer nada, la malhumoraba más de la cuenta. También estaba su madre, la cual no dejaba de hablar de cómo los inquisidores habían actuado correctamente ante la tensa situación del otro día. —Es oficial, madre—aseguró la pelinegra—Haz perdido la cabeza. —Y con eso, dejó la habitación en donde se encontraban. No podía seguir escuchando las incoherencias de Iris, sentía que si permanecía otro minutos más allí,  iba a terminar loca o, peor,  se le llenaría la cabeza de gusanos, tal y como le había ocurrido a su madre. Pero, ¿Cómo podía? Una vida era una vida, sin importar si se trataba de un dragón, un híbrido o un humano. Resopló sacudiendo un poco la cabeza, no quería pensar en eso, solo quería concentrarse en lo que le gustaba, en ayudar.

Se detuvo frente a su local, frunciendo el ceño levemente. Tenía varias quemaduras, pero nada grave, luego, si la nieve se dignaba a dejar de caer, buscaría a alguien para que lo arreglase. Sin perder mucho tiempo, entró, sintiéndose de inmediato menos fría que antes gracias a las diversas velas que habían en el lugar. Diez segundos exactos pasaron para que Yria, la humana que se encargaba del lugar mientras ella no estaba, se acercara con una sonrisa a saludarla. —Señorita— dijo haciendo una pequeña reverencia. Lo único que Imogen notó en la humana fueron sus labios pálidos por el frío, y le extendió la canasta sonriendo. —Toma, un regalo—murmuró con cierta alegría, moviéndose por el lugar con esa agilidad y elegancia que tanto la caracterizaba. Rozó los frascos en donde tenía las medicinas, cerciorándose de que todo estuviera en el lugar correcto. Es que Imogen era algo así como una enferma con el orden, los nervios se le ponían de punta si encontraba algo fuera de lugar. —Un… ¿un regalo, Señorita? Yo… no creo que…—Imogen posó sus ojos en ella al instante, haciendo que la humana se encogiera por la intensidad de estos. —Yo sí creo que puedo hacerte un regalo, Yria—aseguró con el ceño fruncido—A demás—juntó ambas manos emocionada—es navidad—canturreó acercándose a ella, danzando—así que deja de intentar devolver mi regalo, me ofendes. —aseguró solemne mientras asentía. No eran joyas, ni vestidos ostentosos, ni nada del otro mundo. Solo era alimentos que le servirían para pasar esta temporada fría en su hogar, y una que otra cosa para abrigarse y mantenerse calientita. No era nada. Pensó afligida, pero luego recordó que no podía hacer otra cosa. —No tienes que agradecerme—se apresuró a decir. Yria asintió contenta e hizo una pequeña reverencia.

Tomó algunos frascos en donde tenía las hierbas para hacer remedios ya que algunos se estaban acabando. Pensó en enseñarle a Yria a cómo hacerlos, pero luego tendría menos excusas para venir al local. — ¡Señorita! —el grito de Yria hizo que Imogen se sobresaltara, casi derramando el remedio en la mesa. —Espero que sea… oh—Yria sostenía a una chica, y no era cualquier chica, era Elia. —¡Oh, Elia, querida! —rápidamente la ayudo a mantenerse de pie, y al hacerlo, notó los latigazos que tenían en sus espalda. —¿Estas bien? — Preguntó preocupada—¡Claro que no estás bien! Mírate —dijo mientras respiraba hondo intentando mantener a raya sus emociones, emociones que amenazaban con salir disparadas. Nunca estaría de acuerdo al maltrato que se les daba a los humanos, nadie merece ser tratado de una manera tan cruel, pero, como siempre, tenía que respirar hondo y tratar de vivir con ello. Primero la sentó en la pequeña cama que tenía, y buscó rápidamente un té de especias que tenía. —Toma, esto te hará sentir mejor —aseguró sonriéndole. Con suma delicadeza, la recostó boca abajo, para poder examinar sus heridas en la espalda. —Tenía tiempo sin verte por aquí, señorita busco muchos problemas—murmuró pensativa, viendo las heridas.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Elia el Miér Dic 23 2015, 23:29

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos días? ¿Tres? ¿Una semana? ¿Un mes? La última vez que caminó por esas calles por las que sus desacompasadas pisadas a estaban haciendo eco, iba acompañada por Kael y acababa de salir de la morada del dragón que la creía de su propiedad camino a la plaza de Talos. Recordaba perfectamente cómo esa mañana se había levantado de la cama sintiendo que algo iba a salir mal, que las cosas iban a torcerse de una forma que nunca hubiera creído posible y cómo había intentado sobreponerse a la desagradable presión de su pecho. Recordaba lo desapacible que le había parecido estar sobre el colchón de plumas y lo ásperas que le parecieron las sábanas con las que había cubierto su cuerpo aquella noche. Recordaba la suavidad con la que esa última comida se había adherido a su paladar, el contraste de temperatura cuando el agua se abrió paso en su garganta y cómo esas gotas perlaron sus finos labios. Tragó saliva y buscó a tientas un apoyo en el muro que tenía a su lado. El frío tacto de la pared contra su mano se le hizo insoportablemente doloroso, pero lo peor vino no obstante cuando al intentar retomar la marcha, sus piernas fueron incapaces de sostenerla y cayó sobre la nieve que no había dejado de caer desde aquel fatídico día.

Había sido la primera y la única vez que había tenido alguna clase de contacto con la Inquisición o con sus miembros, pero el tiempo que había pasado en aquella sala, sabiéndose inocente de las faltas de las que la acusaban y encontrándose con que nadie la creía, con que Feuerhaust había tardado en responder por ella, había sido incluso peor que la propia tortura… porque había empezado a sentir miedo, a ser consciente de lo que en realidad estaba poniendo en juego, a sentir en sus propias carnes el odio y la ira irracionales con las que los dragones pretendían doblegar el espíritu del pueblo. Apretó los dientes e intentó levantarse. No quería volver a pasar por aquello si seguía por el camino que le dictaba su código de honor, si hacía caso a esa rebeldía innata que le decía que no debía mirar a otro lado sólo porque algo no le gustase… Pero no quería resignarse a que el frío metal de las cadenas le volviese a morder las extremidades o desfigurase su cuerpo, su mente e hiciera añicos su cordura. No si a nadie le importaba que machacaran sus huesos hasta convertirlos en polvo; no si el mundo en el que vivía prefería ahogarse en la miseria y malvivir con las migajas que las criaturas en el poder les tiraban con desprecio a alzar las manos y pedir más.

Porque si sólo ella lo hacía, le cortarían la nariz, la lengua, las orejas y las manos. Porque si sólo ella lo hacía, sólo sería una vida más de las muchas que ya se habían consumido forjando la historia a la que ahora todos hacían caso omiso. Porque ella sólo era una esclava y a nadie le importaba si vivía, si moría, o lo que hicieran con su cuerpo llegado el momento. Se llevó las manos a las costillas al levantarse, guiñó un ojo y apretó los dientes con fuerza, conteniendo las ganas de quejarse y haciendo lo posible por volver a alzarse cuan alta era y volver a poner rumbo a su destino. Temblaba, sangraba, tenía frío. La habían echado a la calle con poco más que una triste camisola y unos pantalones de lino. Lo único que le habían devuelto de lo que ella había llevado puesto había sido el medallón con el que el dragón la había marcado como su favorita y cuya cadena ahora le laceraba la piel con menos misericordia que el látigo. Su avance era lento y pecaminoso. Torpe y dificultoso. A cada paso, su musculatura vibraba y la hacía ver lo frágil y vulnerable que era. Lo pequeña que podía llegar a ser… aunque su esfuerzo tuvo su recompensa.

Tras una ardua caminata, su objetivo se presentó ante ella como se presenta un oasis ante un viajero extraviado. Se abalanzó sobre la puerta haciendo uso de las escasas fuerzas que aún le quedaban, y tal fue su ímpetu, que el batiente cedió ante su peso y la llevó a caer sobre los brazos de una mujer. No necesitó subir los párpados para reconocerla, igual que tampoco necesitó percibir nada más que el suave timbre de voz de Imogen para saber que la dragona también estaba allí, que le hablaba, que la había reconocido a pesar de su aspecto desaliñado y que estaba dispuesta a ayudarla.

Se dejó hacer a pesar de que hasta la más delicada de las caricias hacía que se encogiese de dolor, y permitió que ambas mujeres la llevaran hacia la camilla, donde se sentó apoyando los codos sobre sus rodillas y sosteniéndose la cabeza con sendas manos. Sus temblores empezaron a ser más evidentes por momentos. Sólo levantó la mirada cuando la otra le ofreció una humeante taza de té que le supo poco más que a ambrosía tras días sin ingerir nada.

- Muchas gracias. –musitó, y su voz sonó extraña cuando habló, tanto que incluso la rubia se extrañó al oírse. Dejó el té sobre una mesita cuando la morena le indicó que se tumbase, aunque aún escondió la cabeza entre los brazos cuando le subió la ropa para ojear el estado de su espalda. Sonrió de medio lado ante su comentario y continuó con la broma.- He intentado no meterme en muchos líos últimamente, pero no puedo evitarlo.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Invitado el Dom Dic 27 2015, 05:55

Si Imogen fuera buena ocultando las cosas, en esos instantes, su rostro estaría pasivo, sin evidencias de lo que en su interior sucedía. Pero, como ese no era el caso, se podía notar lo irritada que estaba con esa situación. Es algo normal. Repetía su madre. Ha sido así por mucho tiempo. Decía su padre. Si bien Imogen sabía, que en la manera en la que los dragones trataban a los humanos era algo normal, pero eso no significaba que estuviese de acuerdo con ello. Estaba exhausta de ver como una y otra vez ellos salían malogrados, tal y como había pasado con Elia. Exhausta de ver como pisoteaban todo en ellos, y cuando no quedaba más, les arrebataban sus esperanzas, sus ilusiones, incluso sus ganas de luchar. Imo había atendido a demasiados humanos, muchos le contaban sus experiencias, y al final del día, no podía evitar ir a su casa con un nudo en la garganta. No podía evitar sentir la pena, el sufrimiento, ese sentimiento de pérdida que iba acompañado con esa horrible sensación en su pecho. Incluso si no había vivido absolutamente nada comparado a lo que ellos vivían todos los santos días. Respiró hondo, cortando sus pensamientos, tenía que concentrarse en Elia.

No pudo evitar reírse al escucharla hablar. —No serías tú sino lo hicieras. —respondió sin dejar de mirar las heridas. Pero me gustaría que te alejaras de los problemas, quiso agregar. Tal vez la sermonearía luego, ahora tenía que sanar sus heridas. Por suerte, no tenía una hemorragia (ni las heridas no eran muy profundas), sangraba, sí, pero nada grave. Se estremeció un poco ya que el frío le estaba molestando más que antes, así que le hizo señas a Yria para que acercara varias velas. Luego, le susurró todo lo que necesitaría para sanar las heridas de la rubia. Y mientras esperaba, miró a Elia con una pequeña sonrisa. —¿Quieres hablar de ello? —preguntó inclinándose un poco hacia ella, algo preocupada. No iba sofocarla de preguntas sobre lo que le había sucedido, si ella no quería hablar de eso, lo entendía perfectamente. Pero no estaba de más preguntar ya que a veces, no siempre, los demás si querían desahogar sus penas.

Cuando Yria regresó con todo lo necesario, tomó un poco de vinagre, eso ayudaría a detener el pequeño sangrado. —¿O prefieres hablar de la nieve? —dijo rociando el vinagre en las heridas. —Si me preguntas a mí, la encuentro un poco interesante —murmuró viendo como la sangre dejaba de brotar de su espalda. —Nunca antes la había visto—le aseguró mientras limpiaba los residuos de sangre. —Ya puedes saber la sorpresa que me lleve cuando vi esa cosa blanca caer—soltó una suave carcajada, buscando el agua caliente que Yria le había traído. —Esto va a doler un poco, tengo que cauterizar la herida—le advirtió. Con el ceño fruncido, le echó el agua caliente a sus heridas, para así poder sanarlas. No le gustaba mucho esa parte incluso si era parte de todo el proceso. —Aunque es bastante irritante—asintió arrugando la nariz—no puedo estar en mi forma natural, y es muuuuy incómodo. —pensaba que si seguía hablando, distraería a Elia del dolor. Era eso y que la joven dragona le gustaba parlotear acerca de todo.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Elia el Lun Dic 28 2015, 01:57

A pesar de que la piel le ardía por los golpes y quemaduras, de que sentía cómo sus heridas palpitaban al son que marcaba su corazón y de que esa incómoda tirantez hacía que moverse fuera colosal y absoluta tortura, Elia sentía tanto frío que por un momento creyó que la sangre se congelaría sobre los cortes. Puede que fuera por el frío que entraba desde fuera a pesar del más que evidente cambio de temperatura que había en el lugar en el que almas caritativas como Imogen desarrollaban su labor; por la hipotermia que no se había despegado de sus huesos desde que la Inquisición la dejó libre y le permitió caminar de nuevo por las desiertas y asoladas calles de una ciudad como lo era Talos o por verse despojada del poco calor que su camisola había sido capaz de retener durante la caminata. Elia sabía que se encontraba en buenas manos, pero le era imposible no temblar ante la perspectiva de verse expuesta ante otra persona de una forma tan explícita, tan evidente, tan innegable.

Tomó aire y apretó los dientes cuando oyó que la dragona se giraba hacia su ayudante y le daba indicaciones sobre lo que tenía que traerle para tratar a la rubia, apenas incorporándose un poco sobre sus codos tras eso en un vano intento de lo que estaba por llegar. Por el rabillo del ojo, vigiló los movimientos de la morena cuando se dispuso de nuevo cerca de la camilla en la que yacía, y bajó la frente hasta apoyarla sobre esa superficie al ver que tomaba el primer bote para curarla. Tragó saliva y presionó los labios hasta convertirlos en una fina línea blanca en un vano intento porque éstos dejasen de temblar, ahogando un quejido y aguantando la respiración cuando el vinagre tomó contacto con su espalda. Perdió la cuenta del número de veces que sus párpados subieron y bajaron, a velocidad de vértigo, a fin de evitar que sus cetrinos orbes se derramasen en todas esas lágrimas que había tenido que tragarse en los dos últimos días.

Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar, así que internamente agradeció que la otra empezase a hablar y a darle su opinión sobre la nieve, sobre el frío, y sobre todas las repercusiones que todo eso llevaba de la mano. Esbozó una ligera sonrisa, compungida por el dolor, al oírla mencionarse sobre la sorpresa que le produjo ver los níveos copos caer del cielo y cubrir todo cuanto su prodigiosa vista era capaz de alcanzar, y suspiró de puro alivio al ser consciente de la delicadeza con la que estaba retirando la sangre de su cuerpo… aunque el gesto se borró de su faz tan pronto como el agua caliente se derramó sobre ella y se adentró en su ser, quemándola, abrasándola por dentro y por fuera. Intentó estarse quieta y dejarse hacer, pero retorcerse fue algo que no pudo evitar. Sus manos se cerraron en puño sobre la tela que cubría el camastro sobre el que se hallaba tumbada, y su respiración se entrecortó cuando un quejido escapó de su boca.

El corazón le iba a mil, y su respiración sonaba agitada y pesada. Tragó saliva antes de hablar. Le contaría lo que había pasado, no tenía de qué avergonzarse, pero había que empezar desde el principio.

- Yo estaba en la plaza cuando empezó a nevar. Justo antes de que los soldados ajusticiaran a los niños. –comenzó a decir con el tono más neutro que fue capaz de poner, necesitando no obstante aclararse la garganta antes de continuar- Ni siquiera sabía qué demonios era… fue el General Kael quien me lo dijo. –notó que tenía la frente perlada por el sudor cuando volvió a dejar caer la cara sobre la camilla. Relajó sus manos, con las muñecas quemadas por el metálico beso de unos grilletes y extendió una de ellas hacia la taza de té. Recordaba la escena. El rostro del moreno había pasado de un absoluto desconcierto por el fenómeno a una curiosidad difícil de describir cuando ella le preguntó. Un momento bonito para unos sucesos no tan bonitos. Tras un trago, decidió bromear de nuevo sobre su estado- No me desagrada el frío; aunque si me lo permites, parece que a algunos dragones os pone de un mal humor muy particular.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Invitado el Mar Dic 29 2015, 02:26

Ver a los humanos reaccionar debido a los métodos que utilizaba para sanarles, era, en definitiva, lo más difícil de su trabajo. Muchos terminaban inconscientes debido al fuerte dolor que sentían, otros gritaban hasta más no poder, y otros, a pesar de sentir esa agonía, soportaban. Tal y como estaba sucediendo con Elia. Cuando le echó el agua caliente, pudo ver que no gritaba, pero que aun así se retorcía. Ella no pudo evitar sonreír de manera leve, la chica era fuerte, y aquello le agradaba bastante de la rubia. Tomó un trapo que tenía cerca, y le secó el sudor con una pequeña mueca al escucharla quejarse. Imo tenía la suerte de que sus heridas sanaran rápido, sentía dolor sí, pero no por mucho tiempo. —Ya está… —murmuró de forma cariñosa. Yria le acercó uno de sus remedios, y los colocó en la herida con suma delicadeza. Eso la haría sentir mejor dentro de poco, para luego ayudarla un poco a cicatrizar.

Se levantó rápidamente, para buscar una manta que tenía en la parte de atrás del local. Regresó igual de rápido, y cubrió a Elia con la manta. Se sentó en la silla, abrazándose a sí misma mientras la miraba. —¿Quieres un poco de comida? —preguntó posando sus ojos azules en Yria por unos segundos. Estaban escasos de comida, era cierto, pero Imogen siempre traía de su casa alimentos para tenerlos allí en el local, ya que, sabía que Yria se encontraba ahí la mayor parte del tiempo, y con este clima, era obvio que no saldría a comer. Se quedó mirando hacia afuera por unos instantes, pensando en que, si fuera humana como Elia, podría salir a la calle, y disfrutar la nieve sin que le molestara de esa manera tan enfermiza. Sus pensamientos se fueron por ese camino prohibido, deseando cosas que no debía, pero, que aun así, lo hacía. Su semblante de a poco se fue entristeciendo, concentrada en esos pensamientos, esas ideas que le atormentaban al día al día. Estaba tan confundida con todo. Parpadeó, prestándole atención a Elia nuevamente.

La escuchó atenta, y frunció el ceño al oír la mención de los niños que fueron asesinados. Le desagradaba tanto aquel tema, y no quería seguir pensando en ello, no cuando escuchó el nombre del General. Imo mostró su más radiante sonrisa, y se movió inquieta en la silla. —¿El general Kael? —sus ojos mostraban curiosidad mientras la observaba. —¿Qué hacían juntos, eh? —Imogen era una romántica empedernida, le emocionaba, no podía evitarlo, incluso si Elia no le estaba dando razones para que pensara otra cosa. Puso los ojos en blanco, tratando de calmar las miles de ideas que cruzaban en su cabeza. —¡Cierto! —posó la mano en su frente. —Viendo la nieve, obviamente. —su nariz se arrugó de inmediato, y asintió rápidamente, dándole la razón. —¿!Que si nos pone de mal humor?! —se recostó en la silla, haciendo una mueca de asco. —No sabes nada, imagínate tú lo irritante que sería para un pajarito no poder volar—se cruzó los brazos—pues eso, o peor. Si, muchísimo peor. —resopló, frustrada.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Elia el Jue Dic 31 2015, 01:13

Un escalofrío erizó su piel cuando sintió las manos de la dragona sobre la maltratada piel de su espalda e incluso contuvo la respiración cuando las yemas de los dedos contrarios perfilaron los cortes, las quemaduras, que el beso del látigo trenzado había vuelto a dejar sobre su piel. Bajó los párpados con pesadez y apoyó la frente sobre el vaso de té que aún sostenía entre sus manos, apretando así mismo los dientes para que la molestia que suponía que algo tocase esa zona tan sensible actualmente, de su cuerpo disminuyese, o, al menos, se hiciera más soportable. Los métodos de Imogen siempre habían sido algo rudos para su gusto… aunque teniendo en cuenta la gravedad de las heridas que tenía cada vez que iba a visitarla, en realidad tampoco podía decir nada al respecto. Suficiente que la dragona siempre se mostraba comprensiva y cariñosa con ella. Suficiente que intentaba distraerla, hablándole sobre cualquier cosa que se le pasara por la mente. Suficiente que, con esas charlas, intentaba hacer menos amargas ya no sólo la sensación que oprimía el pecho de la esclava, sino también la situación que la había llevado a tan deplorable estado.

La espalda aún le ardía, con ese dolor característico que sólo quienes alguna vez habían sufrido un golpe de esas magnitudes conocían, cuando la otra fue a por una manta y la arropó con ella antes de seguir hablándole. El todo de su voz era un bálsamo para su torturada entereza, y aunque negó con la cabeza ante el ofrecimiento de la comida, consciente de que no estaban en la mejor época del año para andar con exigencias en la morada de alguien que sólo le brindaba ayuda y buenas palabras, internamente no pudo sino agradecerle tantas atenciones, permitiéndose incluso esbozar una sonrisa cuando secó el sudor que perlaba su piel. Dio otro sorbo al té antes de empezar a retorcerse bajo la manta, sosteniendo la taza con la mano y agarrando la manta con la otra, ciñéndosela a la altura del pecho para permanecer arropada. Aún le llevó unos largos segundos sentarse, pero cuando lo consiguió soltó todo el aire que sus pulmones habían retenido hasta ese momento, echando al tiempo la cabeza hacia atrás y girando el cuello con cuidado para crujirse las cervicales.

Soltó una risa suave cuando le preguntó acerca del General y pensó que, aunque confiase en ella, no podía contarle todo lo que había ocurrido entre ambos. Pensó que no podía contarle sobre aquel encuentro en la sala de curas, donde tantas normas fueron infringidas, ni tampoco mencionarse sobre la vez que la pelirroja la empujó por un acantilado y él acudió, como un ángel guardián surgido de la más profunda y escalofriante nada, para devolverle, a golpes directos a su corazón, la vida que las aguas habían intentado tragarse. No podía decirle que le había salvado la vida, ni tampoco que ella le había devuelto el gesto el día de la ejecución en la plaza, cuando un encapuchado alzó un puñal de jade contra la espalda del moreno. No… no podía contárselo. Quizá era miedo. Quizá, la imposibilidad de justificarse y defenderse de unas acusaciones que, fueran como fuesen, iban contra todas las leyes establecidas por aquellos que compartían raza con la curandera. Por toda respuesta, negó con la cabeza, y dio la única explicación que, aunque coherente, aunque cierta, aunque inconclusa, resumía bastante bien por qué había estado a su lado cuando la nieve había empezado a caer.

- No Imogen, no estábamos viendo la nieve. –entre otras cosas porque no sabíamos que iba a empezar a nevar. Entre otras cosas, porque reunirse para admirar la belleza de un fenómeno así, exigía obligatoriamente de una complicidad, de una conexión, que podía causarle muchos problemas de salir a la luz. Ladeó la cabeza antes de pasarse la lengua por los labios y proceder a explicarse- Nos encontrábamos cerrando un contrato sobre la compra de nuevas armas para el ejército de su majestad. –casi escupió las últimas palabras. Tener que hacer como la que rendía pleitesía a una figura que representaba a un sistema opresor que lo único que había hecho había sido arrancarle todo aquello que alguna vez llegó a amar, era algo que la ponía enferma.

Verla perder los nervios, verla mostrarse frustrada por lo que el repentino frío traía consigo, por esa incapacidad para transformarse y sacar a relucir su forma real sin congelarse, se le antojó especialmente gracioso. Aunque no fue esta, sino su última frase, esa en la que intentaba hacerla comprender la irritación que la sacudía al no poder extender las alas y volar, la que hizo que Elia perdiera la sonrisa y llevase la mirada a la ventana. A través de ella, a pesar de que los cristales estaban empañados por el cambio de temperatura, podía ver perfectamente cómo caían los copos. Dejó escapar el aire de sus pulmones, y el ruido cabalgó entre un suspiro y un bufido. No estaba enfadada, no la culpaba por decirle que no entendía lo que significaba para ellos tener que mantenerse con los pies pegados al suelo; pero en realidad, tampoco debía ser demasiado distinto a saber que tu vida no valía más de lo que alguien estuviera dispuesto a pagar por ella. Más aún. No debía ser muy distinto al hecho de que ese pago le diera permiso a la persona que lo realizaba para disponer a placer de otro como si fuera ganado.

- Creo que sí puedo hacerme una idea de lo molesto que puede ser. –musitó. Ella había volado. Había tenido la suerte de que el dragón esmeralda le permitiera subirse a su lomo y la llevase tan alto que pudo tocar el cielo con la yema de los dedos. Sí. Definitivamente, se hacía a la idea.

Dio un nuevo sorbo al líquido, envolviendo el recipiente con sendas manos, antes de dejar sus brazos reposar sobre sus propias piernas.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Invitado el Lun Ene 04 2016, 03:12

¿Armas? —dejó caer sus manos en su regazo, sus hombros se encorvaron mientras que de sus labios salió un pequeño suspiro, defraudada. A pesar de que Elia no le había dado razones para que se inventara toda una historia de amor en su cabeza, ella esperaba firmemente otra cosa. En realidad, todo menos armas. En su rostro se podía ver la confusión, su ceño se encontraba fruncido, mirándola como si la rubia tuviese cuernos en la cabeza. La verdad era que, a pesar de que Imogen era una dragona muy sociable, aun no encontraba a la persona a la cual depositar su confianza. Muchos de los dragones que conocía les parecía infinitamente aburridos, otros, cerrados de mente porque o no entendían su trabajo, o se burlaban de ello sin descaro. ¿Las otras dragonas? Ni mencionarlas. Las que conocía tenían ese aire de superioridad, haciendo que Imo solo se imaginara diferentes escenarios, en donde las dragonas terminaran sin sus preciadas cabezas. ¡Y cuanto lo intentaba! Intentaba mostrarse cariñosa, y cuando eso parecía ahuyentarlas, se mostraba elegante y refinada. Pero le incomodaba inmensamente, no tenía por qué fingir para agradar a los otros, al final, eran ellos los que se perdían de su encantadora personalidad. O eso se decía Imo siempre para levantarse el ánimo. Ah, sin embargo, se encontraba a Elia diferente. A pesar de que no era una mujer de muchas palabras como ella, parecía disfrutar de su compañía tanto como Imogen lo hacía, y aquello le agradaba.

Armas—bufó por lo bajo, negando con la cabeza, sintiéndose levemente ofendida. —¡Armas, no, Elia! —se quejó haciendo una casi mueca de dolor. Puede que estuviese exagerando, pero así era ella, ¿no? Una exagerada y dramática en la mayoría de las cosas. Respiró hondo, tratando de calmarse. No quería presionarla, pero era casi inevitable ya que, solo con ella (y la humana que trabajaba con ella) podía hablar, aunque sea a medias, de ese tema. Pensó en su madre, la cual insistía en que Imogen debía conseguir una pareja, ¡casarse! Obviamente ese tipo de conversaciones no terminaban nada bien, porque a pesar de que Imogen había crecido rodeada del amor y cariño de sus padres, no se veía con alguien, y mucho menos casada. No sabía la razón exacta, solo estaba segura de que le aterraba casi de manera excesiva. También, una parte de ella, pensó en decirle que la vida era más que eso, en esa constante guerra que había entre los dragones y los humanos, en las armas, en las muertes… ¿Pero cómo podía ser tan descarada, tan hipócrita? Su risa fue triste, amargada, olvidándose de repente que estaba teniendo una conversación con la humana. Toda la maldita existencia se basaba en eso, en esa guerra, en esa sed de sangre que no parecía saciarse, y la dragona se sentía entre la espada en la pared, afligida y abrumada por esos pensamientos que se encontraban en lo más profundo de su mente, apartándolo para evitar cometer una locura. Pero mientras con más ganas lo apartaba, con más furia quería salir a la superficie.

Negó con la cabeza, como si trata de sacudir esos pensamientos, ¡como si fuera posible!Pero… ¿Estaba más interesado en las armas que en ti? —preguntó, ladeando una sonrisa tímida, observándola con atención; decidiendo que este sería su último intento. Por eso, notó cuando dejó de sonreír, haciendo que Imo se acercara para verla más de cerca. ¿Había dicho algo indebido? No era la primera vez que lo hacía ya que solía decir muchas cosas sin antes pensar. Cerró los ojos, pensativa. Y entonces lo entendió, suspirando. Hablaba de sentirse como un pajarito sin poder volar, cuando eso era lo que hacían los dragones con los humanos, le cortaban las alas, incluso mucho antes de que pudieran aprender a volar. —Lo siento —murmuró abriendo los ojos, volviendo a sonreír de manera tímida. Se recostó en su silla, volviendo a abrazarse, sabiendo que aquello no era suficiente. Se colocó su capa en la cabeza, y frotó sus manos para entrar en calor. Le hizo señas a Yria para que le preparará una taza de té, a ver si así, se le quitaba un poco el frío. —Así que dime, pequeña busca problemas —la observó, enarcando una ceja. — ¿Ya me vas a decir que fue lo que te pasó? —señaló las marcas que tenía en las muñecas. —Para poder sermonearte en paz —dijo sonriendo de una manera divertida.
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Re: Oh, darling! [Elia]

Mensaje por Elia el Lun Ene 04 2016, 16:46

Una risa, tan suave, clara y débil como el tañido de una campanilla en una mañana de viento, brotó de los labios la esclava cuando el final de su explicación sobre por qué se encontraba acompañada de tan insigne dragón cuando dio comienzo la nevada, había hecho que su hermosa y aparentemente joven curandera contrajese su rostro en una mueca que dejaba entrever muchas sensaciones contradictorias entre sí. No pretendía ofenderla con sus gestos, pero se le antojaron tan divertidas las sombras que cayeron sobre su rostro y que parecían versar sobre la frustración de no ser testigo ni oyente de una historia de amor llena de pasión, traiciones, celos, y de todas esas cosas que sobrecogían el corazón de muchas mujeres, que no había podido evitar que sus hombros se convulsionasen a pesar de la molestia que podía suponerle para las heridas de su espalda. Inclinó un poco la cabeza al frente intentando serenarse, y cruzó la mano derecha sobre su pecho, escondiendo los dedos bajo la manta cuando decidió posarlos sobre su propia piel como si sostenerse a sí misma fuese a hacer que la molestia disminuyese.

Miró a Imogen a los ojos. Lo cierto era que nunca habían hablado de ello, pero no había que ser ninguna clase de erudito para darse cuenta de que aquella mujer no estaba a favor de las armas, de la lucha, ni de la esclavitud, o, al menos, del deplorable trato que se le daba a los esclavos. Por lo que Elia había tenido la ocasión de ver, y por los detalles que había podido apreciar del trato que le daba a su ayudante en aquel lugar, la morena no parecía ser de esas que defendiera a capa y espada un régimen en el que el simple hecho de tener la capacidad de metamorfosearse y convertirse en una criatura tan impresionante como letal diera el permiso, el poder o la autoridad necesarias para hacer y deshacer con otras vidas como buenamente deseasen. Había hecho de su forma de vida una manera de ayudar a aquellos que no habían tenido la suerte de nacer bajo la estrella correcta y más que eso, parecía disfrutar invierto su tiempo en charlar con aquellos que, como la humana que se arrebujaba contra la manta que le había dado, habían encontrado en ella algo más que una ayuda para cuando la dama de la muerte amenazase con sesgar sus vidas con la misma piedad que un agricultor blandía una hoz en contra de los ramilletes de trigo.

Parpadeó. Ella era un alma cándida que rechazaba cualquier tipo de violencia y que desde el primer día, aun cuando no habían compartido apenas un par de palabras, no había dudado ni lo más mínimo en reprenderla por su actitud tan temeraria. Esta vez, sin embargo, la rubia no había tenido la culpa. No toda. Se peinó un mechón rebelde tras la oreja.

- Armas sí, Imogen. –respondió esbozando una sonrisa casi benevolente y bajando la mirada un momento antes de seguir hablando.- Si Feuerhaust, mi señor, se dedicase a… -¿a qué? ¿Qué ejemplo de los tuyos vas a poner ahora?- … a hacer malabares con pelotas de colores y subido a un monociclo por todo Talos, –muy visual, sí señor- yo haría lo mismo. –sentenció, haciéndole un gesto con la cabeza, intentando que comprendiese que su relación con las armas, en esta ocasión, no dependía de lo que ella quisiera hacer o de lo que considerase correcto- Pero él se encarga de vender armas, y yo en realidad no tengo nada que decir. –No podía, pero tampoco quería, aunque eso no lo dijo. Para bien o para mal, todo lo que Elia sabía era pelear. Blandir una espada o un hacha era todo cuanto habían podido enseñarle y ya representaba, en realidad, más de lo que cualquier mujer humana debería saber… y aunque eso hubiera hecho que su piel se rasgase una y otra vez bajo el indomable beso del cuero trenzado, no podía sino alegrarse de saber que no había caído jamás en la vulnerabilidad, en el yugo, que suponía para otras esclavas el saber que ni tan siquiera eran dueñas de su cuerpo o de los frutos que podían traer al mundo.

Volvió a ajustarse la manta, y ya se perdía de nuevo en el mar de sus pensamientos, cuando la voz de la otra la hizo volver a realidad de una manera más brusca de la que, en realidad, hubiera esperado.  Parpadeó varias veces y clavó su mirada en la contraria, como cerciorándose de que había oído correctamente. Miró a un lado y separó los labios para hablar, pero necesitó dos intentos para despejar su mente de todo lo sucedido en el primer encuentro con el susodicho y que algo más o menos coherente saliera de ellos.

- Bueno, eh… –di que sí, ponte en evidencia. Bajó los párpados y asintió con lentitud, haciendo un movimiento casual con los hombros- Sí, claro. ¿Por qué iba a interesarse por algo que no fueran las armas? –añadir algo más, con sus fantásticas dotes sociales, sería hacer que lo ocurrido quedase al descubierto, así que se limitó a esperar por si la otra tenía algo más que decir. El cambio de tercio y el paso de tema fue algo que agradeció, se miró las manos, riendo ante la perspectiva de ser sermoneada… otra vez- La plaza se convirtió en un caos. Los soldados empezaron a cargar contra el pueblo, los elementales empezaron a plantarles cara… Antes de poder darme cuenta tenía cuatro dragones escupiendo fuego sobre mi cabeza. –se pasó la lengua por los labios- Dieron la orden de vaciar la plaza e intenté ayudar con la evacuación… pero debí sacar de allí a quien no debía, porque fui arrestada por la Inquisición. –hizo una pausa, y negó con la cabeza ante la que podría haber sido la siguiente pregunta de su interlocutora-Las marcas son de Feuerhaust por los dos días que he estado retenida. –otro incentivo para que no se metiera en líos, suponía. Agito la cabeza en sentido negativo antes de mirar a la otra, frunciendo los labios en un gesto de amargura- Y... tengo... que volver antes de que me echen en falta. -se puso en pie y se volvió a colocar la ropa, dejando un beso en la frente de la dragona antes de aproximarse a la puerta.- Muchas gracias... por todo.
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