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Trabajo y diversión van de la mano (Hietszan)

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Trabajo y diversión van de la mano (Hietszan) Empty Re: Trabajo y diversión van de la mano (Hietszan)

Mensaje por Hietszan el Jue Sep 24 2015, 00:41

Allá por donde paseara la mirada, lo único que veía era miedo. Parecía como si aquellas débiles y despreciables criaturas con las que se veían obligados a convivir no fueran capaces de sentir otra cosa cuando tenían ante sus ojos la siempre hermosa figura de un dragón; cuando veían aparecer a uno de ellos con el uniforme negro propio de la santa Inquisición o, simplemente, cuando sus pasos marcaban el ritmo y el camino de su siguiente objetivo. En sus pobres, breves e insulsas vidas, no había hueco para sentir nada más, y Hietszan lo sabía. Sólo tenía que ser lo suficientemente sagaz para ver cómo se escondían tras los callejones cuando veían aparecer a aquellos ángeles de la muerte como lo eran ellos; cómo aguantaban la respiración y se pegaban temblorosos a las paredes, agachando la cabeza en una muda súplica de perdón por haber cometido el pecado de nacer, por encontrarse en aquel lugar y en aquel momento precisos y rezando en silencio a la Gloriosa Reina Madre para agradecerle que sus mensajeros les permitiesen seguir revolcándose en la mierda un día más.

El moreno sonrió de medio lado. Ladino y sádico. Algo en su interior chillaba de puro placer cuando una de aquellas ratas, cuya boca apestaba a la más pura miseria y cuyo cuerpo maltrecho no dejaba sino escapar suspiros de agonía entremezclados con el hastío de una vida prestada, se retorcía de dolor ante sus ojos. No podía evitarlo. Sus ojos brillaban cuando les veía tirados en el suelo, arrodillados y suplicando por algo que nunca fue suyo, y la sensación de satisfacción que le invadía no podía sino asemejarse con la que podría sentir un niño al que sus padres le conceden un capricho tras una buena hazaña. Era superior a él, y tratar de retener aquello que sentía era como decirle al viento que soplase hasta que una montaña se inclinase ante la figura de un hombre solitario; como pedir a las falsas deidades que el mar se abriese para permitirles paso a un grupo de herejes; como tratar de dirigir el curso de un río de lava que se deja caer como sólo una lágrima es capaz de hacerlo sobre la ladera del volcán que le ha visto nacer; como tratar de impedir que, cuando ambos inquisidores terminasen de hacer su trabajo, él no le sacara los ojos a ninguno de los bastardos que habían osado mirar a su compañera y recorrer su silueta con la lascivia tan propia de aquellas deplorables criaturas. Era, sencillamente, imposible.

Le dirigió una fugaz mirada a la rubia a cuyo lado caminaba al doblar en una esquina, pero lejos de perderse en los juegos de luces que la trenza parecía dedicarle cada vez que las hebras se enredaban las unas en las otras formando bucles, clavó sus ojos castaños en una sombra que se movía por un callejón secundario y cuyas risas, murmullos y pasos torpes no hicieron que él se sintiera especialmente cómodo. No había que malinterpretarle, no es que aquella dragona le hiciera sentir nada más allá del necesario respeto que debía existir entre compañeros de profesión, pero que aquellos seres inferiores se tomaran tantas libertades era algo que simplemente le desquiciaba. Disimuló un suspiro de una resignación que sólo se permitía sentir porque sabía que había algo especial más adelante, y se permitió el lujo de pasear ambas manos, enfundadas en sendos guantes de cuero negro, por el cabello para peinarlo distraído hacia atrás, paseando la mano por su barbilla antes de volver a dejarla caer cuan larga era.

Al contrario que con su compañera, y a pesar de que él también vestía de negro, tal como era menester, sus pasos eran sordos, silenciosos. Apenas se oía de su caminar rítmico y bien medido el inevitable roce de la tela al son del balanceo de los miembros, y aunque su cabeza se alzaba por encima del hedor que le rodeaba con la arrogancia propia de los dragones que se saben superiores, lo cierto era que se mostraba algo más distraído que ella. Puede que por su posición más relajada, porque la anchura proporcional de sus ropas, en comparación con las de ella, le hacía sentirse más relajado o quizá porque sus movimientos no estaban tan marcados por unos gestos que sin duda delataban una agilidad felina. Era irónico pensar que, a simple vista, él parecía el calmado de los dos.

Se detuvo ante la puerta cuando la rubia lo hizo, pero mantuvo las manos en la espalda hasta que ella habló, permitiéndose devolverle con la misma sinceridad que ella le había brindado, la sonrisa con la que sus mejillas parecían haber sido acuchilladas. Por toda respuesta, se colocó delante de la portezuela y descargó una patada en la zona de la cerradura. La madera cedió para dejarles paso como cede la carne tras cortarla con un cuchillo.

- Las damas primero. –pronunció, divertido y burlesco al tiempo que llevaba una mano a la espalda y la invitaba, con un suave y bien calculado gesto con la mano libre, a que se adentraran en aquel lugar.
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Mensaje por Hietszan el Vie Nov 06 2015, 22:00

Bajó los párpados con suavidad y acentuó su sonrisa con apenas un sutil alzamiento de mejillas que no duró más de lo que alguien tarda en parpadear. El comentario de su compañera le había resultado cuanto menos curioso, y a pesar de que no era alguien a quien le gustase especialmente las bromas o que se despreciase de aquella forma tan… peculiar, su figura como inquisidor y como el orgulloso dragón de escamas esmeraldas que era, incluso él podía llegar a comprender que aquello lo había hecho para poder disfrutar más de la situación que tenían ante ellos y crear un clima de más compañerismo que el que el silencio que habían compartido durante toda la caminata les había proporcionado. Como fuera, apenas respondió a aquella sutil provocación mas que con la ya mencionada sonrisa y un movimiento de cabeza, que fueron el único preludio a un barrido de sus dedos sobre la palma de la mano que se encontraba extendida.

Se hizo a un lado para dejar algo de espacio cuando la rubia se internó en la estancia, y tiró de su extremidad hasta colocarla en su espalda, junto a la otra, de tal forma que los dedos de una formasen un lazo en torno a la muñeca de la otra. Alzó el mentón y avanzó. Lento, con calma; como correspondía a alguien que sabe que tiene el mundo literalmente a sus pies; como le correspondía a alguien que sabía que la sola mención de su sombra era causa de pesadilla entre el populacho… y como Corah tenía la situación de sobra controlada, o eso le pareció cuando vio cómo sacaba las porras para descargarle un golpe en la cara al pescadero, decidió atravesar la habitación y dirigirse a la parte posterior de la casa a fin de cerciorarse de que no había más inquilinos allí.

Girando la cabeza a un lado y otro y haciendo un esfuerzo por mantener la compostura a pesar de la saturación a la que su olfato estaba siendo sometido tan rápidamente, entró en una habitación donde unos ruidillos ininteligibles le previnieron de que algo pasaba en el interior. Las bisagras crujieron cuando el batiente de la puerta dejó paso a la imponente figura del inquisidor, y la madera sobre la que sus botas repiqueteaban crujía bajo su peso como lo hacía un látigo bien esgrimido antes de besar la piel del castigado. Melodioso. Fantástico. Un niño le miraba desde una esquina de la habitación agazapado tras un mueble carcomido por la humedad y abrazado a sus propias rodillas. Tenía los ojos desencajados por el miedo, y la ropa sucia y raída. Iba descalzo, para variar. Le ponía enfermo lo poco que cuidaban los humanos de su prole cuando otras razas, como la suya, tan poderosa y magnífica, estaba pasando por un período un poco complicado a ese respecto. Negó con suavidad de la cabeza. A él le daba igual, un parásito menos consumiendo de los recursos que la Gloriosa Reina Madre tan benevolentemente les proporcionaba, pero hasta los animales tenían más cuidado con su progenie.

Decidió no obstante ignorar momentáneamente al infante, y centrar su atención en el contenido de una cuna de la que apenas le separaban unos pasos. No pareció sorprenderse demasiado cuando encontró otra criatura en su interior, envuelta en una manta, pero no pudo evitar que su sonrisa se ampliase.

>> He encontrado algo interesante, preciosa. –susurró por la red mientras echaba los brazos por la barandilla y cogía a aquella criatura con las manos, echándosela a un lado del pecho con tanto cuidado que casi parecía que fuese algo suyo.  Se volvió hacia el otro, más mayor, y se acercó hasta él para cogerlo por el cuello de la camisola, obligarlo a ponerse en pie y arrastrarlo hacia la puerta a pesar de los continuos tirones de aquella criaturita que buscaba soltarse. Un empujón contra una pared y un bofetón fueron suficiente para bajarle los humos antes de volver al lugar por el que habían entrado. No pudo evitar que se le escapase una inquietante risotada cuando vio al hombre atar a su mujer a una silla, probablemente obedeciendo las órdenes de su compañera de profesión.

- Me encantan las reuniones familiares. –dijo tras un suspiro de falso encanto, agarrando al niño que caminaba por el cabello y arrastrándolo hasta la mesa sobre la que decidió sentarse a contemplar la escena, dejándole de pie a su lado y obligándole a contemplar la escena mientras el otro dormitaba sobre su clavícula y una de sus pequeñas y regordetas manos se aferraba a uno de los pliegues de tela de su uniforme. No le agradaba especialmente, pero sólo había que verles la cara a aquellos dos bastardos para que el suplicio que suponía tener a ese bicho cerca estuviera más que compensado. Miró a la de ojos acerados y le hizo un gesto con la cabeza. Si ella había tomado la iniciativa con los adultos, lo mejor era que también continuase.




FDR: Perdón perdón perdón perdón >.<. Te he hecho esperar un huevo
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Mensaje por Hietszan el Dom Nov 29 2015, 20:31

No es que los niños no fuesen lo suyo. Había tenido la ocasión de ver crecer a sus hermanos pequeños, y aunque alguno había salido rana sabía que, llegado el momento, podría desempeñar la tarea sin demasiados problemas, haciéndolo mejor incluso que sus propios padres y sin que le supusiera un problema llevar a cabo todas esas tareas tan desagradables que eran menester realizar cuando una criatura de ese tamaño, vida y formas estuviese en sus manos… pero es que no soportaba a los humanos. Se notaba en la tensión que se acumulaba en su mandíbula, remarcando los límites hasta darle un aspecto agresivo; en la forma en la que miraba hacia abajo cuando aquel bicho se revolvía un poco para acomodarse sobre su uniforme de inquisidor o en la mano cerrada en puño contra aquellas diminutas piernecillas. Su única vía de desahogo era ver la expresión de miedo en los adultos o la dócil sumisión que el hijo mayor de la pareja mostraba ante el contacto que mantenía con el dragón; además, por supuesto, de ver a una mujer como Corah imponiéndose y haciendo que los anfitriones que tan amablemente les habían recibido en su humilde morada, se echasen a temblar.

Forzó una pequeña sonrisa, moviendo un poco el brazo izquierdo, el que aquella rata en miniatura le tenía inmovilizado, mientras chascaba la lengua en el cielo de la boca en tono consolador. Sabía por experiencia propia que si algo temía el populacho de la fuerza del orden que ellos representaban y que contaba con el total beneplácito de la Reina Madre, era la capacidad de usar algo ajenos a los propios acusados para hacerles daño y conseguir que hablasen. Por eso era que su acompañante se encargaba de los golpes mientras que él hacía su mejor esfuerzo por no dar rienda suelta a su odio y a su visceral amor por el dolor y mantenía a raya sus ganas de arrancar uno a uno los dedos de aquellos que se encontraban a su cargo. Miró a la humana, y luego al humano. Sonrió. Sabía qué estaban pensando. Sabía qué sentían. Sabía que culturalmente eran las hembras las que se encargaban de sacar a la progenie adelante y que por eso, para aquella pareja, ver que de los dos era él quien se encargaba de los pequeños, hacía que las pocas esperanzas que pudieran guardar ante la efímera posibilidad de que el instinto maternal les hiciera controlar su brutalidad, se extinguiesen.

>> Les pone nerviosos que yo tenga a los críos. Creo que preferirían que los cogiera una mujer.<< –Comentó con cierta sorna por la red, esbozando al tiempo una inquietante media sonrisa. Aquellas reacciones le parecían tan divertidas, tan especiales, que consideró conveniente que la rubia supiese, si es que no se había dado cuenta ya, que tenían esa ventaja inicial y que sería una buena baza a su favor aprovecharla. Soltó una carcajada cuando el comentario de ella resonó en su mente- >> Me encantan esas ideas tuyas, preciosa.<<

- ¿Quién no se alegraría de que la familia esté tan unida? –volvió a hablar en el plano físico, pasándose la lengua por los labios y moviendo la mano derecha para acariciar la cabeza del hijo mayor, mesando sus cabellos oscuros antes de deslizar la mano por su cara, acariciando su mejilla con el pulgar. Se agachó un poco para ponerse a su altura, acuclillándose frente a sus ojos- Eres un muchacho fuerte, ¿verdad? –comenzó a hablarle, obligándole a mirarle y ladeando un poco el rostro, alzando las cejas como si exigiese una respuesta. Asintió con rapidez- ¿Y a que quieres mucho a tu hermano? -La humana empezó a balbucear cosas dirigiendo miradas de pánico al hombre, que parecía simplemente petrificado ante aquella visión. Su diminuto interlocutor volvió a asentir, sorbiendo por la nariz y agachando la mirada para ocultar sus lágrimas- Vamos, vamos. No llores. Nosotros no somos los malos. Estamos aquí para protegerte. –hizo una pausa- Protegeros –se corrigió- A ti y a tu hermano.
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